Cuando una tribu celta llegaba a la conclusión de que había incurrido en el desagrado de los dioses, hacer algún sacrificio humano para aplacarlos. A veces el elegido para tal honor era el joven más fuerte, hermoso y sano, y que aún no hubiese conocido mujer alguna. Pero, eso sí, no podía ser obligado.
El elegido, lejos de considerarse una víctima, se consideraba un héroe, porque así se le había enseñado desde que era niño. Al llegar la luna llena se vestía con sus mejores galas: los pantalones de las fiestas, la túnica corta, las botas y una capa larga. Su padre le entregaba entonces el cinturón con la espada.
El pueblo contemplaba su paso en medio del más respetuoso silencio mientras abandonaba la cabaña. Luego todos caminaban hasta el lugar del sacrificio. Se internaban en el bosque hasta alcanzar el lugar en el que ardía la fogata que los druidas han encendido junto al círculo de estacas. Sobre ellas lucían las cabezas de otros héroes anteriores, algunas de ellas ya simples calaveras tras los años transcurridos desde el sacrificio.
El joven se detenía ante el druida, quien le entregaba un plato. Sería su última cena, unas tortas de trigo y cebada y un vaso de vino sin fermentar. Luego, tras limpiarse los labios con un paño, comenzaba a quitarse la ropa, conservando tan sólo el torque.
Continuaba aguardando en pie, mirando hacia delante. Un druida se acercaba a su espalda y con un golpe lo apuntillaba en la nuca con la propia espada, la que su padre le había entregado mientras se vestía. Es la primera muerte del héroe. La segunda se produce cuando el druida rodea el cuello del cadáver con una cuerda y lo estrangula con violencia, a pesar de que sabe que el joven ya no vive. Y la tercera, la definitiva, se produce al cortar la cabeza con un cuchillo sagrado.
Sin lágrimas ni lamentos, todos regresan a la aldea en la confianza de que ahora los dioses volverán a protegerlos.
Pero no era ésta la única modalidad de sacrificio humano practicado por los celtas, sino que eso dependía del dios al que fuera dirigido, y había prácticas realmente crueles. Según Julio César, los esclavos de los galos de alto rango eran quemados junto al cuerpo de su amo como parte de los ritos funerarios. Además, cuenta que "toda la Galia es adepta a rituales religiosos; por consiguiente, los que padecen graves enfermedades o están sometidos a los peligros de la batalla, sacrifican a víctimas humanas… Algunos tejen enormes figures de mimbre y llenan sus miembros con humanos, que son quemados al prender fuego a las figures. Suponen que los dioses prefieren que esta ejecución sea aplicada a ladrones y otros malhechores atrapados in fraganti, pero a falta de ellos recurren a ejecutar inocentes”. Según Estrabón, “algunos hombres eran abatidos don flechas y empalados en los templos; o construían una enorme figura de paja y madera, y después de arrojar al interior ganado y toda clase de animales salvajes y de humanos, la quemaban haciendo de ello una ofrenda". Tácito se refiere al ataque de los romanos sobre la fortaleza de Anglesey mencionando que allí los altares estaban “empapados de sangre humana”. Y Boadicea, durante su rebelión contra Roma, empaló a los romanos que hacía prisioneros, también como ofrenda a sus dioses.
Si bien hay algunos estudiosos que se cuestionan la exactitud de estos relatos por proceder de fuentes hostiles, lo cierto es que en las islas británicas existe evidencia arqueológica que indica que los sacrificios humanos pudieron haberse practicado desde mucho antes de la llegada de los romanos. Y en Alveston, Inglaterra, se encontraron 150 esqueletos que se remontan a la época de la conquista romana, aparentemente todos ellos víctimas de los druidas en una sola sesión.
Para aplacar a Taranis, dios de las tempestades y las tormentas que podía “hacer caer el cielo sobre sus cabezas”, las víctimas eran degolladas.
En el caso de Esus, deidad de la Naturaleza, se colgaba de un árbol a los prisioneros de guerra. Para Teutates, divinidad guerrera asociada a Marte, las víctimas, generalmente prisioneros de guerra, eran quemados junto con el botín obtenido en la guerra, o, según otras fuentes, ahogados.
Los celtas de Hispania ofrecían sacrificios a una deidad guerrera, y en la zona de Salamanca la tribu bletonense celebraba los acuerdos sacrificando un hombre y un caballo. En cuanto a los lusitanos, incluían sacrificios humanos en sus ritos de adivinación. Según Estrabon, los Celtas atravesaban a sus víctimas con una espada y adivinaban el futuro en sus espasmos de muerte.
El elegido, lejos de considerarse una víctima, se consideraba un héroe, porque así se le había enseñado desde que era niño. Al llegar la luna llena se vestía con sus mejores galas: los pantalones de las fiestas, la túnica corta, las botas y una capa larga. Su padre le entregaba entonces el cinturón con la espada.
El pueblo contemplaba su paso en medio del más respetuoso silencio mientras abandonaba la cabaña. Luego todos caminaban hasta el lugar del sacrificio. Se internaban en el bosque hasta alcanzar el lugar en el que ardía la fogata que los druidas han encendido junto al círculo de estacas. Sobre ellas lucían las cabezas de otros héroes anteriores, algunas de ellas ya simples calaveras tras los años transcurridos desde el sacrificio.
Continuaba aguardando en pie, mirando hacia delante. Un druida se acercaba a su espalda y con un golpe lo apuntillaba en la nuca con la propia espada, la que su padre le había entregado mientras se vestía. Es la primera muerte del héroe. La segunda se produce cuando el druida rodea el cuello del cadáver con una cuerda y lo estrangula con violencia, a pesar de que sabe que el joven ya no vive. Y la tercera, la definitiva, se produce al cortar la cabeza con un cuchillo sagrado.
Sin lágrimas ni lamentos, todos regresan a la aldea en la confianza de que ahora los dioses volverán a protegerlos.
Si bien hay algunos estudiosos que se cuestionan la exactitud de estos relatos por proceder de fuentes hostiles, lo cierto es que en las islas británicas existe evidencia arqueológica que indica que los sacrificios humanos pudieron haberse practicado desde mucho antes de la llegada de los romanos. Y en Alveston, Inglaterra, se encontraron 150 esqueletos que se remontan a la época de la conquista romana, aparentemente todos ellos víctimas de los druidas en una sola sesión.
En el caso de Esus, deidad de la Naturaleza, se colgaba de un árbol a los prisioneros de guerra. Para Teutates, divinidad guerrera asociada a Marte, las víctimas, generalmente prisioneros de guerra, eran quemados junto con el botín obtenido en la guerra, o, según otras fuentes, ahogados.
Los celtas de Hispania ofrecían sacrificios a una deidad guerrera, y en la zona de Salamanca la tribu bletonense celebraba los acuerdos sacrificando un hombre y un caballo. En cuanto a los lusitanos, incluían sacrificios humanos en sus ritos de adivinación. Según Estrabon, los Celtas atravesaban a sus víctimas con una espada y adivinaban el futuro en sus espasmos de muerte.





















































