El Príncipe Don Carlos
En el personaje del desdichado príncipe don Carlos encontramos rasgos de una impetuosidad sin freno, un carácter desequilibrado y un odio contra los favoritos de su padre, el rey Felipe II, contra el sistema de su gobierno y contra las instituciones sobre las que apoyaba su autoridad. Nacido cuando Felipe apenas tenía 18 años recién cumplidos, desde la más tierna infancia había sido objeto de graves preocupaciones por su inclinación al mal. Su abuelo Carlos V, desde su retiro, había manifestado su inquietud.
Hay relatos espeluznantes sobre su falta de autocontrol y su carácter violento. En uno de ellos se nos muestra amenazando con un puñal al cardenal que había prohibido a un cómico que a él le gustaba.
-Qué, curita, ¿osáis burlaros de mí prohibiendo que Cisneros venga a divertirme? ¡Por la vida de mi padre que os voy a matar!
Y se abalanzó contra él de tal modo que por poco no consiguen librarlo de su furia.
Lo encontramos en otros relatos abofeteando a su tía, y ordenando atacar a sangre y fuego una casa desde la que se habían derramado por descuido algunas gotas de agua sobre su cabeza al pasar. Incluso se cuenta que en una ocasión intentó arrojar por una ventana a uno de sus servidores por haber tardado en responder a su llamada.
Felipe II
No podemos considerar probado ninguno de estos relatos, ni sabemos hasta qué punto debemos darles crédito. Sin embargo, sí está demostrado que el joven príncipe tenía un carácter cruel que se traicionaba mediante algunos actos que disgustaban enormemente a su padre. Por ejemplo, le encantaba estrangular él mismo a los conejos que cazaba, y se complacía en verlos morir.
Y no era éste el único quebradero de cabeza que daba al rey Don Carlos se burlaba de él y experimentaba un placer similar contrariando todos sus planes. Si Felipe II se erigía en ardiente defensor de la fe católica, entonces el príncipe, aunque también era católico, decidía unirse a los calvinistas rebeldes de los Países Bajos, sostener su insurrección e incluso ponerse al frente de la misma.
Lo peor de todo es que era el heredero de la corona, reconocido formalmente como tal por los Estados reunidos en Toledo en 1560.
En 1562 Don Carlos estudiaba en la Universidad de Alcalá junto con Juan de Austria y Alejandro Farnesio. Al príncipe no le gustaba el estudio, a pesar de los ilustres profesores que el rey había elegido para su educación. Faltaba a las clases y hacía amistades poco recomendables con las que se entregaba a los placeres. Felipe II lo sabía y escribía a sus maestros, inasequible al desaliento: "Continuad vuestros esfuerzos; aunque don Carlos no aproveche los estudios como debería, al menos no serán inútiles".
Alejandro Farnesio
Estudiando en Alcalá el príncipe se enamoró de una jovencita que pertenecía al entorno de una condesa que residía en el mismo palacio que él. Una noche, buscando verla en secreto, se cayó por una escalera y se golpeó fuertemente en la cabeza. El accidente fue muy grave. Además de la pérdida de sangre sobrevino una fiebre muy elevada, y los médicos decidieron operar el cráneo. Vesalio le hizo una trepanación a la que sobrevivió cuando todo el mundo lo daba por muerto, pero el percance le dejó secuelas para toda la vida, y desde entonces pareció aún más desequilibrado y debilitado.
Se temía que permanecería impotente, y en ese sentido hay una carta dirigida a Catalina de Médicis en la que se dice: "... Nos ha contado el médico de la reina católica que a pesar de las recetas que sus tres médicos le han hecho emplear para volverle capaz de tomar esposa, es tiempo perdido esperar descendencia, pues jamás tendrá hijos, y él lo sabe muy bien".
En medio de todos los defectos de su naturaleza y carácter, la única buena cualidad del infante era la adoración que sentía por su madrastra, Isabel de Valois, hija del rey Enrique II de Francia y de Catalina de Médicis.
Isabel de Valois
En un principio ella era la esposa que le estaba destinada a don Carlos, si bien mientras se esperaba que ambos alcanzaran la edad adecuada para el matrimonio Felipe II enviudó y decidió proponerse él mismo como esposo de la princesa de Francia. Su hijo, entusiasmado desde un principio con la idea de desposar a la linda Isabel, nunca se lo perdonó.
El humor cambiante y los instintos turbulentos del príncipe iban en aumento. Ruy Gómez escribió por entonces: "El Rey Católico dijo que si no fuera causa de escándalo en el mundo, recluiría a su hijo en una prisión, por los desórdenes que protagonizaba y porque no tenía el menor control sobre sí mismo".
Continuará



















































