martes, 30 de noviembre de 2010

Isabel Petrovna, Emperatriz de Rusia (II)

Isabel Petrovna

Durante los años del reinado de Ana Ivanovna, Isabel había tenido que sufrir las continuas amenazas de la emperatriz, que hubiera deseado encerrarla en un convento y conjurar así el peligro que representaba tenerla en la corte, donde se podría formar un poderoso partido en torno a su figura. Esas amenazas estuvieron a punto de materializarse ahora, cuando uno de los propios aliados y amantes de Isabel, Lestocq, quiso imponerle ese destino. Por fortuna para ella, poco después se arrepentía. 

Así, entre tantos peligros, un año después de la muerte de Ana, durante una fría tarde de finales de noviembre, la carroza que conducía a la gran duquesa Isabel se detenía ante la embajada francesa. La escoltaban su confidente, el conde Vorontsov, y siete granaderos. Comenzaba para ella la parte más peligrosa de aquella aventura. 

Al aparecer La Chétardie, Isabel le dijo que estaba a punto de “subir a la gloria”. La última descendiente de los Romanov por línea directa masculina marchaba en dirección al cuartel de los granaderos de Preobraienski, donde reunió a los soldados y seguidores, alzó un crucifijo, se postró de rodillas y, entre lágrimas, les dijo que era su madre, la madre del pueblo ruso.

—¡Juro morir por vosotros, jurad vosotros morid por mí!

Carruaje de Isabel Petrovna

Desde el cuartel había que dirigirse al Palacio de Invierno, para lo cual era preciso atravesar la avenida Nevski. El camino estaba cubierto de nieve endurecida. La gran duquesa, sentada en la carroza y acompañada por doscientos soldados que juraron guardar absoluto silencio durante la marcha, abrigaba cierto temor a causa del ruido que hacían las ruedas sobre la nieve helada. Se apeó y manifestó su deseo de caminar, pero los hombres, considerando que su paso era demasiado lento, la izaron sobre sus hombros para aligerar la marcha.

La resistencia que ofreció el Palacio resultó más bien débil. La regente, junto con su marido y su hijo, fueron apresados y enviados a una fortaleza. Desde allí, poco después los destinarían a Siberia, adonde el matrimonio llegaría sin lengua. Los más firmes y poderosos partidarios de los Brunswick se vieron sorprendidos en sus lechos mientras dormían y fueron fácilmente dominados. 

A las dos de la tarde del día siguiente, un gran número de nobles y prelados se reunía en el Palacio para saludar a Isabel como emperatriz de todas las Rusias, mientras que en el exterior el pueblo la aclamaba con tremenda algarabía. Ella se puso al cuello la cruz de San Andrés y salió a corresponder a las aclamaciones de la multitud. Después recorrió solemnemente las filas de los soldados. Prometió que durante su reinado no rodarían cabezas, y es cierto que se atuvo a la palabra empeñada: abolió la pena de muerte; pero se arrancaron miles de lenguas y muchos pares de orejas, por no mencionar el número de personas cegadas o con la nariz aplastada. Isabel se mostró cruel con sus enemigos. No los mató, pero los torturó. 

Isabel Petrovna

Su reinado de casi 20 años comenzó oficialmente con la ceremonia de su coronación el 25 de abril de 1742. La emperatriz Isabel pronto se sintió irritada por las pretensiones del embajador francés, que esperaba recibir un trato especial. El porte soberbio de La Chetardie y lo fastuoso de su atuendo disgustaban, además, a los nobles rusos, sobre todo a Alexis Bestuchev, político astuto e implacable que llegó a ocupar el cargo de gran canciller. Bestuchev era un anglófilo convencido. Se decía de él que estaba al servicio del embajador británico y que era enemigo acérrimo de Francia. 

La Chétardie, en un arranque de cólera, envió cartas desdeñosas sobre la mujer a la que ayudara a subir al trono, criticando su frivolidad y vanidad: “Se cambia de vestido cuatro o cinco veces al día, y le horroriza el trabajo”. Las cartas, por supuesto, estaban escritas en clave, pero la policía rusa la descubrió, las leyó y se las entregó a Bestuchev para que éste las utilizara a su conveniencia. El incidente puso fin al influjo de La Chétardie sobre Isabel. En 1744 el embajador francés fue conducido a la frontera, advirtiéndosele que jamás se le ocurriera volver por allí.

Isabel Petrovna

Isabel gobernó con habilidad, devolviendo a Rusia el orgullo nacional perdido. Siguió la política de su padre al colocar a ciudadanos rusos en puestos clave dentro del gobierno, evitando así influencias extranjeras. Terminó con la larga disputa entre Rusia y Suecia y mantuvo su alianza con Austria y Francia contra Prusia durante la guerra de los Siete Años. 

Su reinado estuvo igualmente marcado por avances culturales. El 25 de enero de 1755 establecía mediante un decreto la fundación de la Universidad de Moscú. Creó un teatro, trajo músicos y cantantes italianos y además se ocupó de cambiar la arquitectura de San Petersburgo para reflejar los estilos dominantes en la Europa de la época. 

En 1717 Catalina I encarga a su arquitecto personal, el alemán Johann-Friedrich Braunstein, la construcción de una casa de verano. Años después, en 1733, la emperatriz Ana emprende la expansión del palacio, pero para Isabel se había quedado anticuado y encargó una remodelación total, tomando como base las características del estilo rococó. 



Isabel Petrovna fallecía sin dejar descendencia el 25 de diciembre de 1761, según el calendario ruso, que aún no era el gregoriano. El trono era ahora para su sobrino, Pedro III.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Isabel Petrovna, Emperatriz de Rusia

Isabel I Petrovna

La emperatriz Isabel, segunda hija de Pedro el Grande, nació en 1709. Su padre siempre había querido casarla con Francia, y cuando la primera prometida de Luis XV, una infanta española de cinco años, fue devuelta a su país tras la ruptura de un compromiso que había dejado de ser conveniente, otras diecisiete princesas europeas entraron en liza como candidatas al trono francés. Una de ellas era Isabel. No resultó elegida, a pesar de que su madre, la emperatriz Catalina I, una vez viuda decidió proseguir la lucha por la consecución de las ambiciones de su difunto esposo. Todo en vano, pues Luis XV contraía matrimonio con María Leczinska, hija del destronado rey de Polonia. 

Al morir su madre y su sobrino, el zar Pedro II, Isabel pudo haber ocupado el trono de Rusia, pero los ambiciosos aristócratas la apartaron para situar en él a otra persona más fácil de dominar: su prima Ana Ivanovna, duquesa de Curlandia. A fin de cuentas Pedro el Grande había abolido la ley de sucesión tras los problemas que tuvo con su hijo Alexis. La nueva ley dejaba al zar libertad para elegir a su sucesor, pero la arbitrariedad del criterio y la ausencia de regulación del tema abría el camino a las conspiraciones y golpes de Estado, traduciéndose a la postre en un aumento del poder del Consejo Supremo para designar al heredero. 

Pedro el Grande

La nueva emperatriz tampoco tendría en cuenta los derechos de Isabel a la hora de nombrar un sucesor. La hija de Pedro fue relegada en favor de otro pariente, Iván de Brunswick; pero Isabel lograría triunfar sobre la odiada familia Brunswick y sus partidarios germanos con ayuda del embajador francés en la corte de San Petersburgo. Era éste Jacques-Joachim Trotti, marqués de La Chétardie, descrito como “figura byroniana rápida de ingenio pero superficial de talento”. 

El día de su llegada a San Petersburgo, el embajador recorrió las calles de la ciudad en la carroza real, acompañado de un impresionante cortejo de jinetes, hombres de a pie, lacayos, pajes y correos. La emperatriz Ana le recibió solemnemente sentada en el trono, luciendo la corona. No sabía que ese día comenzaba una gran aventura en la que Isabel, entonces de 28 años, iba a desempeñar el papel de heroína. 

Isabel era una mujer hermosa y vivaz, poseedora del raro don de establecer buenas relaciones con hombres de toda clase y condición. Su figura era espléndida, tenía ojos azules, hablaba francés correctamente y bailaba el minueto con maestría. Mujer apasionada, excelente amazona, elegante, ella imponía la moda; el encanto y la agudeza que emanaban de su persona cautivaron desde el primer momento al embajador, que pronto se convirtió en su amigo y parece que, con el tiempo, en uno de sus amantes, por otra parte bastante numerosos. El francés nunca dejó de ser un ardiente partidario suyo. 


La Chétardie

El embajador frecuentaba el palacio real en su compañía y la entretenía con anécdotas de Luis XV, hablándole de sus muchas prendas y del interés que sentía por ella. Isabel lo escuchaba con pasión y aprendía a apreciar las costumbres y la etiqueta occidental tanto como la de su amada Rusia. 

Mientras tanto, los proyectos matrimoniales hechos para ella habían ido fracasando. Unas veces renunciaban por otro partido que consideraban mejor y en otras ocasiones, incluso, fallecían. Su último prometido había muerto de viruela.

La emperatriz Ana la detestaba. Aún así, pudo contar con una pequeña corte a su alrededor. Estos eran amantes o confidentes. Isabel se sentía sola y necesitaba compañía y afecto. Algunos de sus romances y tórridos amoríos fueron con los Chouvalov (Alejandro y Pedro), con Miguel Vorontsov y con Lestocq y Schwartz. Su gran amor de juventud fue el Conde Simon Narishkin, del cual fue separada violentamente. Era adorada por los oficiales y soldados de la guardia, entre otras cosas porque aceptaba ser madrina de sus hijos. A veces se alojaba en una casa de campo en la que recibía a los soldados. Entre sus amantes se encontraba Alexis Razoumovski, con quien acabara casándose en secreto en 1742. A pesar de todo, era una religiosa devota, aunque tal vez no muy fiel seguidora en cuanto al cumplimiento de las normas morales. El clero apreciaba su devoción y le perdonaba su vida disoluta, viendo en ella a la sola heredera de Pedro I. 

Vorontsov

En 1740, al cabo de un año de la llegada de la Chétardie a Rusia, moría la emperatriz Ana. Mientras yacía en su lecho de muerte, la gente esperaba que Isabel heredaría esta vez el trono, pero no fue así. Finalmente el nuevo zar fue el protegido de Ana, su sobrino nieto Iván VI, un niño de apenas un año de edad. Su madre sería la regente. De ese modo la aborrecida familia de los Brunswick empuñó las riendas del país. 

La revolución estaba por empezar. Las intrigas y conspiraciones estaban servidas; correos secretos iban y venían de San Petersburgo a Moscú, e Isabel era vigilada día y noche por la regente, consciente de que la hija de Pedro era la favorita tanto del pueblo como del ejército.


Continuará

viernes, 26 de noviembre de 2010

El Hombre Rojo de las Tullerías


En el palacio de las Tullerías habitaba un fantasma cuya aparición siempre presagiaba desgracias. Su historia está indisolublemente ligada a los tiempos turbulentos de Catalina de Médicis, si bien hay varias versiones del relato. Según una de ellas, el hombre sería un carnicero, de nombre Jean, que vivía no lejos de palacio. La reina construía su residencia de las Tullerías, y para ello había ordenado demoler algunas viviendas. Sus ocupantes se resignaron a abandonarlas; todos menos uno: el carnicero. Jean habría de pagar muy cara su rebeldía. 

Otros cuentan historias diferentes y afirman que la desgracia se abatió sobre él por haber entrado en conocimiento de algún inconfesable secreto de la Corona, mientras que un tercer relato convierte al personaje en uno de los hombres de confianza de la Médicis, a quien habría traicionado. Sea como fuere, todas las versiones continúan del mismo modo: la reina lo hizo asesinar. 

El encargado de cometer el crimen fue cierto caballero llamado de Neuville. Éste cumplió bien con su misión y atravesó certeramente con su espada el cuerpo de Jean. El moribundo ofreció cuanta resistencia pudo hasta su último aliento, pero, herido de muerte, finalmente cayó de rodillas mientras aún desafiaba a su asesino diciendo: 

—¡Malditos seáis, vos y vuestros amos! ¡Volveré! 

Luego se desplomó sin vida, empapado en su propia sangre. 


Poco impresionado por la amenaza y tras cerciorarse de que Jean ha muerto, Neuville se envuelve en su capa gris y abandona el lugar para ir a dar cuenta a la reina del éxito de la empresa. 

De repente, mientras atraviesa una callejuela sombría y solitaria, siente una especie de presencia hostil tras de sí. Con la impresión de estar siendo seguido, de llevar unos ojos clavados fijamente en su nuca, se vuelve y ve lo último que hubiera esperado ver: el muerto está allí en pie, a tres pasos de él, inmóvil, cubierto de sangre, contemplándolo desafiante. Aquella mirada lo hiela de espanto, mas, sin dejarse dominar por el pánico, Neuville reacciona con rapidez; desenvaina su rapière y lanza una estocada que incomprensiblemente sólo encuentra el vacío. Dos veces más ataca con su acero a la infernal aparición sin lograr atravesar más que el aire. 

Desconcertado, el caballero emprende el regreso a las Tullerías, pero no halla el cuerpo en la cabaña donde acaba de cometer el crimen. El cadáver ha desaparecido sin dejar rastro. 

Neuville corre a contarle a la reina lo sucedido. Catalina escucha imperturbable a aquel hombre que trae el rostro demudado. Aunque muy supersticiosa, hace falta mucho más para asustar a esa mujer. Menos impresionada que él, se burla del relato y le aconseja que se sosiegue y no piense cosas extrañas. 


Días más tarde la propia Catalina comienza a preocuparse: Cosme Ruggieri, su astrólogo, le confiesa que ha tenido una inquietante visión durante el sueño: se le había aparecido un fantasma envuelto en una bruma roja y, además de anunciarle que una maldición caería sobre la Médicis y sobre los futuros habitantes del palacio de las Tullerías, predijo la muerte de la reina. Según el espectro, ésta tendría lugar junto a Saint-Germain. “La construcción de las Tullerías será su perdición. Va a morir”, susurró aquella voz de ultratumba. 

Tal vez la cosa hubiera terminado ahí de no ser porque, según esta leyenda, también la propia reina vio al fantasma cubierto de sangre al atravesar una pequeña estancia mal iluminada. Cuando sus damas corrieron a auxiliarla la oyeron murmurar: “¡El Hombre Rojo!”, y entonces se desmayó. 

Todo ello impulsa a Catalina a abandonar las Tullerías y a decidir no frecuentar jamás un lugar que lleve el nombre de Saint-Germain. Pero, como el destino no puede ser burlado y las maldiciones de los espectros menos aún, muchos años después, cuando fallece en Blois, el joven sacerdote enviado para darle la extremaunción se llamaba Laurent de Saint-Germain. Y junto a él murió. 


Durante los reinados de Carlos IX y Enrique III los trabajos en el palacio no se reanudaron, y por tanto el Hombre Rojo no apareció. No volvemos a tener noticias de él hasta el 13 de mayo de 1610, durante la ceremonia de coronación de María de Médicis. Al día siguiente Ravaillac asesinaba a Enrique IV. 

El fantasma parece haberse manifestado muchas veces durante el reinado de Luis XIV, tanto en Versalles como en el campo de batalla, y especialmente durante la Fronda. También fue visto la víspera de la muerte de Mazarino, y son muchos los que afirman que se apareció el mismo día en que falleció el rey. 

De vez en cuando continuó mostrándose hasta el siglo XIX para anunciar tragedias inminentes. Una noche de 1792, María Antonieta, mientras ocupaba unos aposentos en las Tullerías, se despertó sobresaltada y vio al hombrecillo a la cabecera de su cama. Volvió a encontrarse posteriormente con él, la mañana en que los amotinados asaltaron el palacio. Y al día siguiente de la partida de la familia real hacia Varennes, se cuenta que fue visto acostado en la cama del rey. 


En 1793 el Hombre Rojo se le apareció a un soldado que custodiaba los restos mortales de Marat, y continuó dejándose ver durante la República y el Imperio. Tocado con un sombrero rojo habría seguido a Napoleón a Egipto, pronosticándole la victoria. Sus apariciones en esa época fueron numerosas. Cuando Napoleón se casó con María Luisa, volvió a aparecer, pero el emperador, muy descortés, se negó a recibirlo. Y, por supuesto, también hizo acto de presencia la víspera de la batalla de Waterloo, faltaría más. 

La leyenda continuó hasta que el 26 de marzo de 1871 el palacio fue incendiado. En el momento en que explotaba el pabellón central, la gente que se arremolinaba para contemplar las llamas vio ante las ventanas de la sala de los mariscales a un espectro cubierto de sangre y rodeado de una bruma púrpura. Tendió los brazos hacia la multitud y desapareció. Después de eso nunca se le ha vuelto a ver. 

Sin embargo la leyenda del Pequeño Hombre Rojo de las Tullerías es de invención reciente, y aún no había comenzado a circular en tiempos de Catalina de Médicis. En realidad podría tener su origen en un bandido apodado Jean l’écorcheur, cuyo verdadero nombre fue Johannes Bückler. En la época del Directorio y el Consulado, el bandolero aterrorizó a la comarca de Mavence al frente de su banda hasta que fue juzgado y guillotinado.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Aviso sobre la Corte del Rey Sol



Puesto que en las próximas semanas no tendré tiempo para ocuparme de mi otro blog sobre la Corte del Rey Sol, que había dejado interrumpido, he optado por cerrarlo temporalmente al público, hasta mi regreso. Lo he configurado para poder acceder sólo yo desde mis cuentas de correo, pero cuando regrese será reabierto.

Disculpen las molestias. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Isabel de Aragón y los Cinco Ataúdes


A su regreso de la Octava Cruzada, el rey Felipe III de Francia viene cubierto de duelo. No trae más que “cofres vacíos y ataúdes llenos de huesos”. Uno de ellos contenía los restos de su esposa Isabel, muerta en plena juventud. 

Isabel era hija del rey Jaime I de Aragón y de Violante de Hungría. Fue enviada a Francia para contraer matrimonio con el príncipe Felipe, en cumplimiento del tratado de paz que los padres de ambos habían acordado. El tratado de Corbeil se había firmado el 11 de mayo de 1258, cuando la novia contaba tan sólo once años y el novio acababa de cumplir 13. Isabel aportaba como dote Beziers y Carcasona a la Corona de Francia. En cuanto a Felipe, aún no era por entonces el heredero de la corona de su padre, San Luis. Lo sería dos años después, a la muerte de su hermano mayor. 

El 28 de mayo de 1262, día de la fiesta de Pentecostés, se celebró la boda en Clermont. A ella asistieron ambos reyes, padres de los contrayentes, sellando así con una celebración familiar la paz concluida años antes. Francia recibía con alegría a esta joven que venía a ocupar el mismo trono que previamente había honrado Blanca de Castilla. 


Felipe sería llamado El Atrevido, no por su carácter, sumamente tímido, dulce y siempre a la sombra de la fuerte personalidad de sus padres, sino por su arrojo en la batalla. Su madre, Margarita de Provenza, viendo en él escasas aptitudes para el gobierno, le hizo prometer que permanecería bajo su tutela hasta haber cumplido los treinta años, pero su padre no encontró bueno el arreglo y se ocupó de que el Papa lo liberara de tal juramento. Luis IX estimaba preferible corregir las deficiencias de su hijo mediante la adecuada educación, para lo cual colocó como instructor a su lado a Pierre de la Brosse desde 1268. El propio rey se encarga de instruirlo con sus consejos, inculcándole el sentido de la justicia como el primer deber de un monarca. 

Cuando en 1270 el buen caballero partió con el rey a la Octava Cruzada, su esposa insistió en acompañarlo. A pesar de su constitución delicada, Isabel soportó con heroísmo las dificultades de la infausta expedición, tan abundante en penalidades y desdichas. Las enfermedades hicieron presa en los viajeros, en especial la disentería; el propio príncipe cayó gravemente enfermo, y el rey fallecía el 25 de agosto ante el sitio de Túnez sin haber logrado su objetivo. Con su muerte se terminaba la época de las Cruzadas. 


Tras el fallecimiento de San Luis, allí mismo en Túnez Felipe es proclamado rey. Está tan abatido por la muerte de su padre que no se siente con fuerzas para continuar aquella campaña con un ejército diezmado por las epidemias. Decide dar por concluida la expedición y, tras dejar a su tío Carlos de Anjou negociando una tregua de diez años con el enemigo, se hacen de nuevo a la mar rumbo a Sicilia. Debían anclar en el puerto de Trapani y desde allí dividirse en tres partes: una volvería a Francia con el nuevo monarca, mientras las otras dos se dirigirían a Oriente, pero una violenta tempestad sorprendió a la flota y destruyó 18 naves grandes junto con otras más pequeñas. Las dos mil personas que iban a bordo naufragaron estando ya a la vista del puerto. El rey y la reina sólo a duras penas lograron alcanzar las costas sicilianas. 

Sus desdichas no habían terminado ahí. Fue preciso detenerse por un tiempo en Sicilia a fin de recuperarse de tanta calamidad, puesto que el propio rey aún se encontraba débil a consecuencia de la enfermedad que le había atacado en Túnez. Su cuñado, el rey Teobaldo II de Navarra, había tomado parte en la Cruzada y los acompañaba durante el regreso. También él había enfermado gravemente y moría al cabo de dos semanas de haber desembarcado. La esposa de Teobaldo le seguía a la tumba poco después, y luego fue el turno del conde de Tolosa y de la esposa de éste. 


Felipe franqueó finalmente el estrecho de Mesina y se disponía a regresar a Francia atravesando Italia cuando, cerca de Cosenza, la desgracia se cebó nuevamente con la expedición. El 11 de enero de 1271, al cruzar la reina un río, el caballo que montaba la derribó. Isabel resultó gravemente herida a consecuencia de la caída. Estaba embarazada de seis meses y dio a luz de modo prematuro. Días después fallecía, el 28 de enero, sin haber llegado a cumplir 24 años. 

El dolor de su esposo fue tan grande que se temió también por su propia vida. La crónica de Guillaume de Nangis cuenta que “el rey y los barones, después de haber celebrado el funeral de la reina con gran devoción, se dirigieron tristemente a Roma, llevando consigo los cinco ataúdes del rey Luis, del rey Teobaldo de Navarra, de la reina Isabel de Francia, del conde de Nevers [hermano de Felipe] y del infante real, muerto con su madre al nacer”. 

Al llegar a Francia, después del oficio religioso en la catedral de Notre-Dame, la reina fue inhumada en la basílica de Saint-Denis, en una tumba de mármol negro con una estatua yacente en mármol blanco. 

Isabel dejaba cuatro hijos: Luis, que moría 5 años después, posiblemente envenenado; Felipe, que reinó después de su padre como Felipe IV y fue el azote del Temple; Roberto, fallecido joven, y Carlos, conde de Valois y antepasado de la dinastía que dio 13 reyes a Francia.

martes, 23 de noviembre de 2010

De Beefeaters y Cuervos


Beefeater es el apodo que reciben los guardias de la Torre de Londres, cuyo nombre oficial es Vigilantes Alabarderos del Palacio Real Fortaleza de la Torre de Londres. Se remontan al reinado de Enrique VII, cuando en 1485 el rey decidió dejar en la Torre para su protección a sus doce guardias más ancianos y enfermos. 

El origen de la curiosa palabra, que podría traducirse por comedor de carne de vacuno, es desconocido. Una teoría hace proceder el término del vocablo francés buffetier. Los buffetiers eran unos guardias en los palacios de los reyes de Francia cuyo cometido era proteger la comida del soberano. Pero parece más probable que el término beefeater derive del hecho de que en aquellos tiempos se les pagaba parte del salario en carne, una tradición que se mantuvo hasta el siglo XIX. 

Los uniformes de gala que visten en ceremonias oficiales, de color escarlata y oro, datan de 1552. Fue la reina Isabel quien añadió la golilla blanca alrededor del cuello. Pero las iniciales E R que llevan hoy bordadas, y que significan Elizabetha Regina, no se refieren a ella, sino a Isabel II, la actual reina. Los Beefeaters que se ven en la Torre de Londres en la actualidad llevan habitualmente el uniforme azul que les concedió la reina Victoria en 1858, también con las iniciales de su soberana. 

Uniforme de gala

No es tan fácil ser candidato a guardia de la Torre, porque para ello es necesario, entre otros requisitos, haber pasado previamente largos años en el ejército. Una vez admitido, el guardia ha de pronunciar un juramento de lealtad que se remonta a 1337. 

En el año 2007 ingresó en el cuerpo la primera mujer, la escocesa Moira Cameron, tras derrotar a 5 aspirantes varones. No todos los Beefeaters dieron la bienvenida a su colega femenina: hace un año la Torre informó que tres de los guardianes estaban siendo investigados por acoso, y que dos de ellos habían sido suspendidos de su cargo. Hubo acusaciones de intimidación, notas desagradables en el casillero de Moira y daños en su uniforme de gala. 

Los Beefeaters realizan 21 tareas diariamente, entre ellas la ceremonia de las llaves. Pero las principales, ahora que ya no hay prisioneros de los que ocuparse, son proteger las joyas de la Corona y atender a los miles de turistas que visitan el lugar cada día. También se requieren sus servicios cuando se corona a un monarca. 

Moira Cameron con dos de sus compañeros

Algunos de los guardias son especialmente adiestrados para cuidar de los cuervos que viven en la Torre. Reciben entonces el nombre de Ravenmasters. Su función es muy importante, porque cuenta la leyenda que el día en que los cuervos abandonen el lugar, la torre Blanca se desplomará y el Reino Unido desaparecerá. De ahí que, según la creencia popular, para impedir la tragedia Carlos II publicara un real decreto que obliga a mantener seis cuervos. 

El rey Carlos II habría tomado esta decisión en contra de la opinión de su astrónomo John Flamsteed, quien se quejaba de que las aves entorpecían su labor en el observatorio de la Torre Blanca. Para solucionar el problema, en vez de desalojar de allí a los cuervos, el rey decidió trasladar el observatorio a Greenwich. Sin embargo, es de señalar que no contamos con suficientes evidencias acerca de la presencia de cuervos en la Torre antes del siglo XIX, por lo que la historia bien podría ser un mito victoriano

El origen de la leyenda se remonta a 1136, cuando Geoffrey de Monmouth escribió Historia Regnum Britanniae. En su obra, que recoge muchos mitos celtas, se refiere a un antiguo rey del siglo V llamado Bran Hen de Bryneich, siendo Bran la palabra galesa que designa al cuervo. Este rey cayó en batalla y su cabeza fue enterrada como talismán contra cualquier posible invasión. Y resulta que en ese lugar donde se enterró la cabeza del rey cuervo se erigió posteriormente la Torre de Londres


A fin de retener a las aves y evitar que huyan, los cuidadores les recortan las plumas del ala derecha cada tres semanas. De ese modo su vuelo se desequilibra, aunque se asegura que el procedimiento no les lastima. A pesar de las drásticas medidas, algunos de ellos consiguen escapar, mientras que otros, simplemente, son “despedidos”. Raven George fue “desterrado” a un zoo en 1986 por comerse antenas de televisión, y Raven Grog fue visto por última vez fuera de un pub del East End llamado The Rose and Punchbowl, después de haber vivido 21 años en la Torre. Por eso, en previsión de estos inconvenientes, a los seis cuervos de rigor se suma siempre uno extra. Cuando durante la Segunda Guerra Mundial, y debido a los bombardeos, sólo Raven Grip sobrevivió, fue el propio Winston Churchill quien ordenó que los desaparecidos fueran reemplazados. 

Los guardias dicen que los cuervos son los auténticos Beefeaters, puesto que reciben diariamente su ración de carne de vacuno. Se les alimenta bien. Cada día comen 6 onzas de carne y galletas para ave empapadas en sangre. Una vez a la semana se les da un huevo, y de vez en cuando un conejo con su piel, además de las sobras de la cocina. 

Desde 1986 se lleva a cabo un programa de reproducción de estas aves. Raven Charlie y Raven Rhys se han apareado, y de su unión han salido 17 nuevos ejemplares. 

Los cuervos pueden alcanzar una edad avanzada. El más anciano fue Jim Crow, que vivió 44 años. Pero nunca se los olvida: junto a la entrada sur de la Torre se levanta un monumento en memoria de los cuervos fallecidos.

Cementerio de los cuervos en la Torre de Londres


domingo, 21 de noviembre de 2010

El Puente de Londres va a caer


London Bridge is falling down,
Falling down, falling down.
London Bridge is falling down,
My fair lady!

Cuando los romanos fundaron Londinium, el río Támesis no era tan caudaloso. En realidad, debido a que era cinco veces más ancho que ahora, tenía tan poco calado que cuando la marea estaba baja se formaban pequeñas isletas a lo largo de su cauce. Desde un primer momento se hizo evidente la necesidad de construir un puente para cruzarlo y para una mejor defensa de la ciudad, si bien las primeras estructuras no fueron más que pontones de madera. 

En tiempos medievales había un transbordador que surcaba las aguas del Támesis. Cuando falleció el último barquero, su hija donó toda su herencia para que se erigiera un convento. El edificio fue posteriormente un colegio para sacerdotes, y éstos construyeron un nuevo puente de madera que ellos mismos se encargaban de mantener. La iglesia que se levantaba allí se llamó después St Saviors, y en 1905 se convirtió en la catedral de Southwark. 


La primera referencia que tenemos de este puente data del año 984, cuando se cumplió desde allí la sentencia que condenaba a ser ahogada a una mujer culpable de practicar la brujería. Años después, en 1014, el rey Ethelred, con la ayuda del rey Olaf de Noruega, se enfrentaba a los daneses que se habían apoderado de Londres. Como parte de la estrategia para recuperar la ciudad, el puente fue entonces derribado por los sajones y sus aliados. El acontecimiento dio origen a la vieja canción “El Puente de Londres va a caer”. La versión original, compuesta en aquellos tiempos por un poeta noruego para celebrar la victoria de los suyos, decía así: 

London Bridge is broken down
Gold is won and bright renown
Shields resounding
War horns sounding
Hildur shouting in the din
Arrows singing
Mailcoats ringing
Odin makes our Olaf win 

La que hoy conocemos, y que la convierte en una canción infantil, data del siglo XVII. 


En tiempos medievales el puente de madera fue reconstruido varias veces, hasta que en 1176 un sacerdote y arquitecto, Peter Colechurch, construyó uno de piedra. Se tardó más de 30 años en completar la obra. Cuando se inauguró en 1209, durante el reinado de Juan sin Tierra, probablemente nadie imaginaba que habrían de pasar seis siglos antes de ser reemplazado por otro más nuevo. 

La estructura se sostenía sobre 19 arcos, todos de diferentes tamaños; había numerosos edificios sobre el puente, y en el centro una iglesia llamada de St. Thomas en honor a Thomas Becket, asesinado años antes. 

La noche del 10 de julio de 1212 se declaró un incendio en Southwark. La gente corrió a través del puente para tratar de sofocarlo, pero entonces se produjo la verdadera tragedia: el viento empujaba las llamas hacia los edificios del puente. Comenzaron a arder, y el fuego atrapó a las personas que se encontraban allí. Intentaron huir en las barcas que se acercaban a socorrerlos, pero eran tantos que sobrecargaron las embarcaciones y hundieron muchas de ellas. El recuento de las víctimas fue demoledor: se recogieron 3000 cadáveres, sin contar a los desaparecidos, todos los que murieron incinerados. 


Setenta años después del incendio Londres se enfrentó a un invierno tan crudo que las fuertes nevadas, el hielo y la fuerza desatada de los elementos dañaron la estructura y derribaron cinco de los arcos. En los años siguientes se hizo peligroso el uso del puente, hasta que en 1381 se reparó gracias al dinero recaudado al efecto por las iglesias. 

Aparte de un ensanchamiento de la calzada durante el siglo XVIII, apenas sufrió otros cambios hasta que se comenzó la construcción de uno nuevo en 1825. Para este proyecto se aceptó la propuesta de John Rennie, aunque fue su hijo quien hubo de completar la obra, tras fallecer Rennie sin lograr verla terminada. El nuevo puente fue inaugurado el 1 de agosto de 1831 por el rey Guillermo IV. 

El Puente de Londres en el siglo XIX

En 1967 se decidió volver a cambiarlo, debido a informes sobre su decaimiento y sobre la aparición de grietas. Esto suscitó muchas protestas, y algunos sugirieron que volviera a construirse como el primitivo puente medieval, incluyendo los edificios que habían sido erigidos sobre él en su día. 

Finalmente un americano, representante de la compañía McCulloch Properties, hizo una oferta de más de un millón de libras y logró hacerse con él. El puente fue desmantelado y dividido en secciones numeradas para poder montarlo posteriormente. Los pedazos se embarcaron y cruzaron el océano rumbo a California el 5 de julio de 1968. London Bridge fue levantado de nuevo en un lugar llamado Lake Hatsu City, a medio camino entre Phoenix y Las Vegas. 

Puente de Londres en Lake Hatsu City

Así que el verdadero Puente de Londres está hoy en América.


Fuente:
barryoneoff.co.uk/html/london_bridge.html


viernes, 19 de noviembre de 2010

María Estuardo y David Rizzio (II)

María Estuardo

Un asesinato político, para la nobleza escocesa de la época, es una ocasión solemne que se prepara con documentos firmados y sellados, porque las palabras de honor y los juramentos no ofrecen garantías suficientes. El procedimiento consistía en establecer en un pergamino un covenant o un bond, es decir, un contrato o una unión mediante la cual los conjurados quedan unidos para bien o para mal. Los lores y el rey consorte se obligaron así mutuamente a arrancar el poder de manos de María Estuardo. Darnley les prometió que todos quedarán sin castigo, y que él se encargaría de protegerlos. Ellos, a su vez, le aseguraban el trono en el caso de que María muriera prematuramente. 

El embajador inglés, que forma parte de la conjura, informa puntualmente de todo a la reina Isabel: “Sé con certeza ahora que la reina está arrepentida de su matrimonio y que odia a darnley y a toda su parentela. Sé también que él cree tener un copartícipe en su juego y que están en curso ciertas maquinaciones entre padre e hijo para llegar a la corona contra la voluntad de la esposa. Sé que si esto tiene éxito le será cortado el cuello a David, con aprobación del rey, dentro de los próximos 10 días… Han llegado a mis oídos cosas todavía peores que éstas, hasta proyectos contra la propia persona de la reina”. 

Pero esta última parte no se la cuentan a Darnley. Los conjurados se limitan a utilizar sus deseos de venganza contra Rizzio. El esposo humillado desea humillar a su vez a María haciendo que el asesinato se cometa en su presencia. Espera así doblegarla, amansarla. El crimen, pues, tendrá lugar en los aposentos de la reina. 

Holyrood Palace, Edimburgo (foto por Mark Tisdale)

María nada sospecha cuando comienza a caer la tarde del 9 de marzo de 1566. Rizzio sí ha recibido una advertencia anónima, pero no le presta atención, porque para evitar su desconfianza Darnley lo ha invitado por la tarde a jugar un partido de pelota a pala. 

Así llega la noche. María Estuardo ha pedido, como de costumbre, que le lleven la cena a la habitación de la torre, situada en el primer piso, al lado de su dormitorio. Algunos nobles y las hermanastras de María se reúnen allí en torno a la pesada mesa de roble, alumbrada con cirios en candelabros de plata. Frente a la reina se sienta Rizzio, vestido como un gran señor. 

De pronto se abre el cortinaje que separa aquella estancia de la alcoba y entra Darnley. Todos se levantan al instante para hacerle sitio a la mesa junto a su esposa, a quien él abraza levemente y da un beso. La conversación prosigue animada. 

Pero entonces vuelve a abrirse la cortina. Ahora todos se levantan espantados al ver la siniestra figura de lord Patrick Ruthven cubriendo el hueco de la puerta espada en mano. Estaba pálido, porque se encontraba enfermo, pero a pesar de la fiebre se había levantado del lecho para cumplir con su cometido. 

María se da cuenta del peligro, puesto que a nadie, aparte de a su esposo, se le permite utilizar la escalera que lleva a su dormitorio. 

—¿Quién os ha dado permiso para entrar aquí sin anunciaros? —lo increpa. 

—Nada de esto va contra vos, señora. Vengo tan sólo a por ese cobarde de David. 

Lord Darnley

Rizzio palidece y se agarra a la mesa. No es un héroe ni un guerrero, y tiene miedo. 

La reina pregunta al intruso qué delito ha cometido su secretario. 

—Preguntádselo a vuestro esposo —responde el hombre con insolencia. 

María se vuelve hacia Darnley, pero a él le falta el valor en el momento crucial. 

—No sé nada de todo esto —miente, y aparta la mirada. 

Se escuchan nuevos pasos presurosos y el metálico chirriar de las espadas al salir de su vaina. Los conjurados han subido por la misma escalera y ahora se sitúan cerrando a Rizzio cualquier posible escapatoria. 

María trata de negociar para salvarlo. Les pide que se retiren y les dice que si David es culpable de alguna cosa, ella misma lo acusará ante el Parlamento de la nobleza reunida. Pero no obedecen. Ruthven se acerca a Rizzio mientras otro le ha echado ya una soga alrededor del cuerpo. Se produce una enorme confusión; la mesa es derribada y las luces se apagan. El secretario se aferra al vestido de la reina; grita aterrado, los muros devuelven el eco de sus alaridos. 

—Madonna, io sono morto, giustizia, giustizia! 

Uno de los conjurados apuntaba la pistola hacia la reina, embarazada de unos seis meses. Le hubiera disparado si otro de ellos no hubiera desviado el arma a tiempo. Darnley aferra a María y la retiene firmemente para evitar que cometa una imprudencia mientras se llevan a Rizzio. 

El secretario, al atravesar la alcoba de la reina, intenta agarrarse al lecho. Los conjurados le cortan despiadadamente los dedos de un golpe de espada y continúan arrastrándolo. El propósito inicial era hacerlo prisionero y ahorcarlo al día siguiente en la plaza del mercado, pero el nerviosismo parece haberles vuelto locos y comienzan a clavarle sus puñales. Están tan fuera de sí que incluso se hieren unos a otros. David se desangra por más de 50 heridas, pero sólo cuando se convencen de que ha muerto dejan de apuñalarlo. Entonces arrojan sus despojos por la ventana.

El asesinato de Rizzio por John Opie

María lo escucha todo mientras su esposo la mantiene inmovilizada. Ella lo cubre de insultos; lo llama traidor e hijo de traidor. En vano intenta él justificarse reprochándole que hubiera concedido la mayor parte de su tiempo a Rizzio. Si hubiera podido leer lo que había en la mirada de la reina, habría retrocedido espantado. 

Darnley conduce a su esposa hasta la alcoba mientras todas las campanas de Edimburgo comienzan a tocar a rebato. Los ciudadanos acuden alarmados a Holyrood para hablar con María, pero es él quien los recibe. Les explica que lo único que ha ocurrido es que se ha descubierto a un espía extranjero que quería traer tropas españolas a Escocia. Es el rey, no osan dudar de su palabra, de modo que todos regresan tranquilamente a sus hogares. 

María Estuardo es en esos momentos su prisionera. Darnley cree ser el dueño de la situación. Ni siquiera sospecha que ha sido pronunciada su sentencia. 



Bibliografía: 
María Estuardo – Stefan Zweig

miércoles, 17 de noviembre de 2010

María Estuardo y David Rizzio

María Estuardo

En las primeras semanas de matrimonio, María Estuardo no cesa de darle a su esposo toda clase de muestras de cariño. Le ha concedido a Darnley el título de rey y cada día lo sorprende con un regalo nuevo, sea un caballo, un traje o un sinfín de pequeños detalles con los que pretende agradarle. El embajador inglés cuenta: 

“Todas las honras que pueden serle dispensadas a un marido por su mujer le son adjudicadas plena y totalmente. Todos los loores, todas las dignidades que la reina puede conferir, le son largamente adjudicados al marido. Ninguna cosa le agrada a ella que no le sea prometida a él, y ¿qué más debo decir sino que está sometida a él con toda su voluntad?” 

Pero este joven inmaduro, al darse cuenta del poder que ha adquirido en el corazón de la reina, se vuelve arrogante y descarado, recibe los regalos como si fueran debido tributo a su persona y cree tener derecho a tratarla a ella como si fuera uno de sus súbditos. Se ha acabado el tiempo de las poesías y de las ternuras; ahora replica violentamente en los Consejos y regaña a la reina de forma tan humillante que en una ocasión, al verse públicamente afrentada, María estalló en llanto. 

María Estuardo y Lord Darnley

Pronto se percata la reina del error que ha cometido al elegir a Darnley. El sentimiento que la une a su esposo comienza a tornarse en odio y desprecio, y no tarda en manifestarlo. El marido observa que ya no es llamado a las sesiones importantes del Consejo. Se le niega, además, el derecho a llevar en sus armas las insignias reales. Su amigo David Rizzio no le muestra ya ningún documento de Estado y sella personalmente todas las cartas sin consultarle siquiera a Darnley. El representante inglés le niega el título de Majestad y se retiran las monedas acuñadas con la doble cabeza Henricus et Maria

Tan pronto como María Estuardo sabe que está encinta, aleja al esposo de su alcoba. A veces se finge enferma, o fatigada; siempre encuentra algún pretexto. Darnley, furioso por tanto menosprecio, amenaza, vocifera y anuncia espantosas venganzas, pero nadie le hace caso, todo el mundo le da la espalda. 

La reina había calculado que al casarse se libraría de la molesta tutela de Moray, de Maitland y de los barones, pero se han desvanecido todas sus ilusiones. El atolondrado e incapaz Darnley no es la clase de hombre en el que apoyarse para conseguir su independencia política, y por tanto había sido preciso buscar un mejor colaborador, alguien que poseía todos los dones del buen servidor y una lealtad incondicional. 

David Rizzio

Había en la corte un hombre de este tipo. Cuando el representante de Saboya, el Marchese Moreta, visitó Escocia, traía entre los miembros de su séquito a un joven piamontés de nombre David Rizzio. Tenía unos 28 años, tez morena, mirada despierta y una gran voz para el canto. Tanto los poetas como los músicos eran bien recibidos en la corte de María Estuardo, y, como precisamente le faltaba un bajo en su coro, la reina solicita al saboyano que le permita tomarlo a su servicio. 

Rizzio, además de su buena voz, trae consigo una mente despejada, una viva inteligencia y gran cultura. Domina el latín con la misma fluidez que el francés y el italiano, y, no menos importante, escribe bien. Con tantas cualidades, pronto iban a presentarse para él posibilidades de ascenso: el secretario de la reina, Raulet, fue despedido por aceptar sobornos de Inglaterra. El puesto quedaba libre, y Rizzio pareció la persona más adecuada para ocupar la vacante. 

En poco tiempo se convertía en confidente de María. En vez de dictarle las cartas, pasa a ser él quien las escribe directamente según su criterio. Su influencia en los asuntos de Estado era visible al cabo de tan sólo unas pocas semanas. No se sabe si era en realidad un agente del Papa en la corte escocesa, tal como se ha apuntado, pero lo cierto es que sirvió a la reina con total abnegación. 

María comienza a distinguir a Rizzio con preciosos ropajes, le confía el sello del reino y todos los secretos de Estado, y al poco tiempo ya está el secretario comiendo a su mesa. El italiano ayuda a preparar en la Corte fiestas musicales y otras diversiones, y de servidor va pasando a ser amigo. Hasta altas horas de la noche le es permitido permanecer a solas con la reina en sus aposentos, y no se toma ninguna decisión sin su voluntad y conocimiento. 


Pero no tiene ningún amigo en la corte aparte de la reina. Él mismo se convierte en su principal enemigo cuando, en vez de encubrir con modestia ese extraordinario poder que con tanta rapidez había alcanzado, como es frecuente en los advenedizos cometió el error de ostentarlo con jactancia. 

Los nobles escoceses recelan. Temen que durante esas largas horas de conversación privada con la reina se trate de extirpar el protestantismo. Una conjura reúne entonces a una serie de lores protestantes. Y resulta que la nobleza escocesa no conoce más que un método para deshacerse de sus adversarios: el asesinato. 

Por fin uno de ellos concibe un plan para que el crimen no sea un acto de rebeldía, sino algo legal y patriótico, colocando como protección a Darnley, el rey a fin de cuentas, a la cabeza de la conjura. Para atraerlo a su causa, los lores atacan al joven en su honor conyugal, haciéndole concebir sospechas de que Rizzio no sólo comparte la mesa de su esposa, sino también el lecho. Avivados los celos, no necesitaron hostigarlo durante mucho tiempo. Pronto se convence de que “le es infligido el mayor deshonor que puede ocurrirle a hombre alguno”. 

El rumor corría ya imparable de boca en boca. Todo el mundo decía que David Rizzio era el amante de María Estuardo. La conjura para eliminar al secretario estaba en marcha y el esposo de la reina, sin reflexionar, se dejó atrapar en ella. Nadie deseaba tanto como Darnley derramar la sangre del italiano.


Continuará

martes, 16 de noviembre de 2010

El Golpe de Jarnac (II)


Trajeron cuatro espadas, dos para el combate y las otras dos como reserva en caso de que se rompieran las que utilizarían. Todo estaba al fin dispuesto para el duelo. Apenas el sol había comenzado a despuntar, un heraldo pronunció las palabras de rigor: 

—Nadie impedirá la conclusión de este combate, ni ayudará ni estorbará a los combatientes, bajo pena de muerte. 

Al sonido de trompetas y tamboriles, Vivonne salió de su tienda acompañado por su segundo, el conde de Aumale, y un séquito de 300 partidarios vestidos de blanco y encarnado. El caballero se detuvo a la derecha de la entrada al campo. Jarnac llegó con su segundo y 120 de su séquito, vestido de blanco y negro, y entró en su propio pabellón, a la izquierda. El examen de las armas se demoró más de lo previsto, suscitando las protestas del impaciente Aumale. 

Finalmente los combatientes entraron en el campo para jurar ante el rey y sobre las Sagradas Escrituras que su causa era justa y la del enemigo injusta, que no llevaban encima armas prohibidas o secretas ni tampoco hechizos o conjuros que les podrían procurar ventaja. 


El heraldo de armas hizo entonces el anuncio: que por orden del rey, los espectadores no hablarían, toserían ni escupirían durante el combate, ni harían ningún movimiento con los pies, las manos o los ojos, para no distraer la atención de los combatientes. 

Armados y aguardando la señal del heraldo, ambos contrincantes se sentaban en sillas frente a frente. 

De repente, se lanzó el grito tradicional: 

—¡Dejad paso a los buenos combatientes! 

A esta señal los dos adversarios se precipitaron uno contra el otro con salvaje furor. Los golpes de espada resonaron sobre las corazas y todos temieron que el pobre Jarnac quedaría aplastado sin tener tiempo de combatir. Vivonne le asestó un golpe tremendo con la espada, y de pronto vieron a Jarnac agacharse, cubrirse la cabeza con el escudo, tirarse a fondo y, rápidamente, cortar la corva izquierda a Vivonne con una daga pequeña. Arriesgando el todo por el todo, le asestó la famosa estocada secreta que había aprendido de los italianos, y que en adelante llevaría el nombre de “Golpe de Jarnac”

El coloso cayó. 


Un silencio de muerte reinó en las tribunas antes de que el público pudiera reaccionar: Jarnac había derrotado en cuestión de segundos a la mejor espada del reino. Enrique II y su amante, estupefactos y furiosos, contemplaban a su campeón tendido en tierra. Una voz altanera los obligó a erguir la cabeza. Era la de Jarnac, que se había acercado a su víctima, y, aunque le asistía el derecho de poner fin a la vida de su adversario, se contentaba con gritarle: 

—¡La Châtaigneraie, devolvedme mi honor! ¡A Dios y al rey pedidles clemencia por la ofensa que me habéis inferido! 

Vivonne no contestó. Intentó incorporarse y levantar la espada y el escudo para continuar la lucha, pero Jarnac se lo impidió. 

—Si os movéis, os mataré. 

Aún porfió el herido, diciendo: 

—Entonces matadme. 

Pero había perdido mucha sangre, y casi no estaba ya en este mundo. Jarnac se dio por contento y no hizo tal, sino que se conformó con desarmarlo y poner las armas fuera de su alcance: 

—He triunfado sobre mi falso acusador y ganado aquello por lo que luchaba: reivindicar mi honor y mi reputación. Estoy satisfecho. 

El condestable de Montmorency, que presidía el jurado encargado de velar para que todo se desarrollara conforme al código del honor, examinó al herido y estimó conveniente advertir: 

—Creo que es preciso sacarle de aquí. 


Jarnac se acercó entonces al rey para ofrecerle al vencido y pedirle que le devolviera públicamente su honor, ya que no había caballero mejor dispuesto que él a servir a su soberano. Enrique II era lento. Estuvo largo tiempo en silencio, lo que obligó al vencedor a insistir en su reclamación: 

—¡Sire, mirad! ¡Se muere! Ruego a Vuestra Majestad por amor de Dios que acepte su vida, que está en mis manos. No deseo llevar su sangre sobre mi alma. Sólo he luchado por recuperar el honor que él me había robado. 

Tras la intervención de Montmorency, que advirtió al rey que corría el riesgo de desacreditarse con su actitud al ignorar las reclamaciones de Jarnac, Enrique declaró finalmente que éste había lavado todas las acusaciones hechas contra él. El vencedor se arrojó a sus pies. El rey lo abrazó diciendo: 

—Habéis combatido como César y hablado como Aristóteles. 

Después se retiró precipitadamente con toda la corte. Diana no trataba de ocultar su cólera, mientras que otra silenciosa espectadora, Catalina de Médicis, apenas lograba disimular su alegría. 


Vivonne estaba tan seguro de su triunfo que había organizado un banquete para esa noche al que había invitado a toda la corte, a fin de celebrar su propia victoria. Apenas terminado el combate, la muchedumbre se abalanzaba sobre los platos, “las sopas y las entradas fueron devoradas por una infinidad de arpías, la vajilla de plata y los hermosos aparadores… fueron destruidos o robados, todo ello en medio de un desorden inconcebible… y el postre consistió en los cien mil golpes que repartieron los capitanes y arqueros de la guardia”. 

El vencido no pudo asistir, porque era retirado del campo por los heraldos y cuatro caballeros que lo condujeron a una atienda para ser atendido. Vivonne fallecía pocos días después a consecuencia de sus heridas. Cuentan que, desesperado por sentirse abandonado a su suerte por el rey y la favorita, y humillado por una derrota a la que no deseaba sobrevivir, se había arrancado los vendajes, provocando él mismo con ello una hemorragia fatal. 

A consecuencia de esta tragedia Enrique II prohibió en lo sucesivo este tipo de combates para dirimir las disputas. Pero la fama de la estocada de Jarnac pervive hoy en la esgrima, y su nombre se emplea para designar un ataque encubierto e imprevisto.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Golpe de Jarnac

La duquesa de Etampes

En 1546 todo el mundo se apasionaba en Saint-Germain por un asunto que ponía en jaque el honor del joven caballero Guy Chabot, Barón de Jarnac y cuñado de la duquesa de Etampes al estar casado con su hermana Louise. La duquesa era la favorita del rey Francisco I, y, por tanto, la principal rival de Diana de Poitiers, amante del Delfín. 

Jarnac, que carecía de bienes, se hacía notar hacía tiempo por una refinada elegancia y un tren de vida sumamente brillante. Montaba caballos magníficos, portaba armas muy costosas y se adornaba con joyas y ropas suntuosas que nadie se explicaba cómo se podía permitir. Un día de 1546 el entonces Delfín Enrique —tal vez arrastrado por Diana, que buscaba por todos los medios las ocasiones de fastidiar a la familia de su rival—, le preguntó al joven cómo conseguía “llevar tan buen estado”. Jarnac se contentó con recordar, sonriendo, que su padre acababa de casarse en segundas nupcias con la acaudalada Madeleine de Puy-Guyon, y que ella le hacía muchos regalos. El caso es que empleó para ello términos tan ambiguos y desafortunados que el Delfín entendió que Guy Chabot era el amante de su madrastra, y así lo contaba encantado a todo aquel que quería oírle. 

El rumor, apoyado por todas las malas lenguas de la corte, no tardó en llegar a oídos del joven caballero. Este, furioso, exclamó con indignación que “malvado y bellaco era el que así había mentido, fuese quien fuese”. 

El insulto, naturalmente, iba dirigido al heredero al trono, y Enrique, ya que no podía exigir una reparación porque su rango le impedía medirse con un simple caballero, encargó a uno de sus amigos, François de Vivonne, Señor de la Châtaigneraie, que se declarase ofendido por las palabras de Jarnac y fuese su campeón. Vivonne, joven bastante bruto y con reputación de ser una de las mejores espadas del reino, aceptó, llegando al extremo de sostener que Jarnac le había dicho a él personalmente la frase “yo me acuesto con mi madrastra”. 

Francisco I

El caballero solicitó autorización a Francisco I para desafiar a Jarnac mediante la siguiente carta: 

“Sire, he tenido noticias de que Guy Chabot ha estado últimamente en Compiègne, donde dijo que quien hubiera afirmado que se había jactado de acostarse con su madrastra era un bellaco y un malvado. A esto, Sire, con vuestra licencia y si os place, respondo que ha mentido cobardemente y mentirá cuantas veces lo repita, y que yo digo sólo lo que él me ha contado, pues me lo ha dicho muchas veces…” 

Pero Francisco I fue presionado por la duquesa de Etampes, que temía por la vida de su cuñado, y en consecuencia se opuso al duelo. 

El rey moría en Rambouillet el 31 de marzo de 1547. Días después Vivonne, manejado por Diana de Poitiers, reavivaba el asunto al enviar a Enrique II esta misiva: 

“Sire, por la diferencia que hay entre Chabot y yo, hasta el presente sólo he considerado la conservación de mi honor sin tocar el de las damas, ni aun de aquella de quien se trata. Pero viendo que por la justificación es preciso que yo afirme que Chabot ha tratado a su madrastra a su voluntad, y que él mismo me contó que la había cabalgado, acostándose con ella, espero humildemente poder vengar todo ultraje, esperando demostrarle con las armas lo que he dicho.” 

Enrique II decidió que el debate quedaría zanjado con un duelo judicial. A tal efecto se levantó una liza y algunas tribunas no lejos del castillo de Saint-Germain, y el 10 de julio de 1547, delante de toda la corte, los dos caballeros se presentaron con armaduras entre el colorido flamear de los estandartes. Nada se había ahorrado en aquella ocasión para que el acontecimiento se celebrara con todo el fasto que correspondía a un combate en el que estaba en juego el honor del rey. La multitud que se había dado cita allí era impresionante, y al público se sumaba el condestable, el almirante, los mariscales de Francia y hasta el embajador turco. Comenzaban a cruzarse apuestas mientras ambos contendientes se preparaban para el desafío. 

Enrique II

Jarnac era delgado, mientras que su oponente era rechoncho, macizo, atlético y había salido victorioso en otros duelos. El resultado del combate no podía ser más que el esperado, y Diana sonreía muy confiada. Jarnac conocía bien los peligros a los que se enfrentaba, por lo que se entrenó intensamente durante esas jornadas, peregrinó por iglesias y abadías en busca de la divina protección y no olvidó recurrir a los sabios consejos de los espadachines más reputados, en especial de Caizo, el gran duelista italiano. Como ofendido, tenía el privilegio de elegir las armas, y llegó a proponer no menos de 30 para combatir tanto a pie como a caballo. El gasto que suponía la preparación de todo este armamento, hizo a Vivonne exclamar: 

—¡Este hombre no sólo quiere combatir mi valor, sino también mi bolsillo! 

Para sorpresa general, el padrino de Jarnac, monsieur de Boissy, se decidió por algo de tipo medieval: espada pesada y cota de mallas, además de un guantelete para su mano derecha y dos dagas. Las dagas le darían una oportunidad en caso de ser desarmado por su oponente, lo que temía que podría suceder con facilidad. Por consejo de Caizo añadió al equipo una pieza de armadura para el brazo izquierdo, algo cuyo objetivo era impedir que el codo se doblara. Hubo protestas en el bando contrario, pero el propio Vivonne aceptó el uso del artilugio. 

Se cuenta que cuando uno de los escuderos de Jarnac lastimó a su rival al colocarlo en su brazo, lo que hizo exclamar al caballero: 

—¡Ya te haré pagar por esto cuando concluya este asunto! 

A lo que el escudero respondió: 

—Oh, no quedará mucho de vos después de que mi señor os haya dado vuestro merecido. 

Los combatientes asistieron a misa antes de comenzar el duelo. Jarnac mostró una actitud muy piadosa, pero no así La Châtaigneraie, que afectaba expresión de aburrimiento dando a entender con ello que “temía tanto a su enemigo como un león puede temer a un perro”.


Continuará

viernes, 12 de noviembre de 2010

Locusta la envenenadora


Locusta nació en la Galia durante el siglo I. Al vivir en el campo, desde niña aprendió a conocer las propiedades de las plantas, tanto las beneficiosas como aquellas más perjudiciales. Cuenta la leyenda que cada día probaba un nuevo veneno, hasta hacerse inmune a todos. Sus víctimas, en cambio, no habían tenido tal precaución. 

Se convirtió en esclava de Roma, pero no le fue mal. Logró hacer fortuna allí, puesto que sus conocimientos eran muy estimados. Su especialidad eran los llamados polvos de sucesión, a base de arsénico fundamentalmente, aunque también solía emplear setas venenosas, cicuta, beleño y otras plantas. Cuando había que deshacerse de un rival político o se deseaba cobrar una herencia, los romanos no tenían más que dirigirse a Locusta, porque, además, su trabajo era tan bueno que se conseguía que las muertes parecieran naturales. Se rumoreaba que la propia Mesalina había acudido a ella para librarse de Tito, el amante del que ya se había cansado. 

Agripina, última esposa del emperador Claudio, decidió recurrir a Locusta para desembarazarse de su anciano esposo. La emperatriz se entrevistó en secreto con ella y expuso el problema como si fuera una amiga suya la que precisaba de sus servicios. Locusta había sido sentenciada por envenenadora, de modo que Agripina le ofreció librarla de su condena a muerte si aceptaba el encargo. La mujer, por supuesto, accedió: nada tenía ya que perder. Al día siguiente le entregaba a Agripina una cajita llena de polvo blanco. Le indicó que bastaría con poner una pequeña cantidad en la comida de la persona que se deseara eliminar, y que haría efecto en tan sólo medio día. Al saber que a la víctima le gustaban mucho las setas, le dio además a la emperatriz unas trufas similares en apariencia, pero mortales. De ese modo el emperador iba a ingerir veneno por partida doble. Por si aún fuera poco, Locusta le proporcionó coloquíntida para apresurar los efectos del veneno, e impregnó en el mismo la pluma con la que se hacía vomitar al emperador al introducirla por su garganta. 


El 12 de octubre del año 54, después de haberle hecho servir mucho vino a su esposo, Agripina le llevó personalmente las setas. Ella misma comió una, y animó al emperador a probar la más grande. Claudio se abalanzó confiado sobre ellas. Al cabo de seis horas de haberlas ingerido comenzó la terrible agonía, hasta entrar en coma por fallo hepático y fallecer poco después. Durante todo ese tiempo Agripina no había dejado de mostrarse como esposa solícita, interesándose por la causa de su mal. 

La envenenadora aún tendría un nuevo golpe de suerte: la muerte del emperador no habría de ser el último encargo que recibiría por parte de la familia imperial. Ahora el sucesor era Nerón, el hijo de la emperatriz, y mientras Locusta se encontraba encerrada en un calabozo de palacio, Nerón quiso eliminar a Británico, el hijo de Claudio, un niño que cumplía 14 años por esas fechas. Para eso también él la necesitaba. El nuevo emperador le ofreció la libertad a Locusta si le hacía ese servicio. 

La envenenadora accedió y con ello no sólo resolvía su propia situación, sino que al mismo tiempo se convertía en una persona muy útil. Alojada espléndidamente en palacio, en los propios aposentos del emperador, hizo un primer intento de hallar el veneno adecuado al caso. Por un exceso de prudencia, para asegurarse de que no parecería un crimen, el primero no produjo los resultados deseados, y sólo tuvo como consecuencia una diarrea del joven. Nerón, desatada su furia, abofeteó a Locusta y la amenazó con la muerte si no cumplía eficazmente sus órdenes. Para asegurarse de no fallar la próxima vez, experimentó antes el veneno con una cabra. El animal tardó 5 horas en morir, lo que pareció demasiado lento a Nerón. Por tercera vez prepara Locusta su veneno y lo ensaya en un cerdo, que por fin muere con la prontitud apetecida. 

Nerón y Agripina

Poco después le llegaba la hora a Británico. Sucedió en un banquete del emperador, con un vino. Aunque fue probado primero por un catador de venenos, estaba demasiado caliente y hubo de ser refrescado con agua. El arsénico y la sardonia iban precisamente en esa agua. En pleno banquete Británico comenzó a sufrir horribles convulsiones. Nerón, impasible, le restó importancia afirmando que se trataba de uno de sus ataques epilépticos e hizo que lo sacasen del salón. 

Ninguno de los presentes osó expresar en voz alta las sospechas de que el hijo de Claudio había sido envenenado. Horas más tarde moría Británico y era enterrado esa misma noche. Su cadáver se quemó y se enterró en el Campo de Marte sin demasiada pompa y sin disimular la precipitación. Dion y Tácito mencionan que en ese momento cayó una violenta lluvia que delataba la furia de los dioses. 

Nerón colmó de honores a Locusta, le regaló tierras de gran valor y le permitió abrir una escuela para instruir a otros en los secretos de las plantas. Los venenos se probaban allí sobre animales, y a veces sobre criminales convictos. Llegó a vivir en un barrio agradable cerca del Palatino, y eran muchos los ciudadanos poderosos que frecuentaban su hogar en busca de algún remedio. Sus costumbres eran bastante rutinarias. Se acostaba temprano “a menos que la visitara algún amante anónimo”, y paseaba a sus perros, que cambiaba con frecuencia porque experimentaba sus venenos con ellos y con los esclavos que a nadie importaban. Tácito dice que el emperador hacía tanto aprecio de ella que, por temor a perderla, tenía varios hombres destinados únicamente a vigilarla. 


Pero tras la caída de Nerón se acabó la suerte de Locusta, ya que Galba la acusó de unos 400 asesinatos en enero del año 69. El castigo fue ciertamente extravagante: según Apuleyo, el nuevo emperador ordenó que fuera atada y violada públicamente por una jirafa amaestrada, para luego ser despedazada por los leones. 

Locusta se había convertido en la primera asesina en serie documentada por la Historia. 



Bibliografía:
Mujeres perversas de la historia – Susana Castellanos de Zubiria 
Historia de los emperadores romanos desde Augusto hasta Constantino – Jean Baptiste Louis Crevier. 
Discursos pronunciados en la inauguración de las sesiones de la Real Academia de Medicina en el año de 1880 a 1881 
Manual de historia romana – Philippe Le Bas