lunes, 27 de septiembre de 2010

La Tercera Reina de Jaime el Conquistador


Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, no pareció precisamente inconsolable a la muerte de su segunda esposa, Violante de Hungría, puesto que en ese mismo año de 1251 lo encontramos viviendo con Doña Teresa Gil de Vidaurre, de quien se ha enamorado.

Teresa era una noble dama de origen navarro, viuda de Pedro Sánchez de Lodosa, con el cual había tenido al menos un hijo. Se trataba de una mujer de extraordinaria belleza y profundas convicciones religiosas que Jaime fue capaz de vencer mediante promesa solemne de matrimonio. Pero la historia de estos amores es tan embrollada que existen dudas sobre si en realidad contrajo un verdadero matrimonio con ella, debido a que más adelante el propio rey lo negaría. En realidad él nunca la llamó ni reina ni esposa. Sin embargo, en 1272 reconoció como legítimos a los hijos que de ella tenía. Esta actitud de Jaime dio pie al siguiente relato:


En el tiempo transcurrido entre el divorcio del rey de su primera esposa y su matrimonio con la segunda, se dice que se había casado en secreto con Teresa, quien le dio dos hijos. Después de eso, apagado el ardor del monarca, buscó el compromiso con Violante de Hungría a pesar de los sagrados lazos que aún lo unían a otra esposa más humilde. Resentida por su infidelidad, Teresa recurrió al Papa, alegando sus derechos; y éste, informado por el obispo de Gerona, a quien el rey había revelado en confesión la validez del matrimonio, se sentía inclinado a fallar en su favor. Jaime, al descubrir la fuente por la que el Papa había obtenido tal información, hizo cortar la lengua del informador y lo desterró de sus dominios. Por este acto sacrílego el rey fue excomulgado y el reino de Aragón sufrió el interdicto en 1246, una pena levantada después de que Jaime hiciera penitencia y restituyera al obispo en sus honores.

Otros, sin embargo, niegan esta historia y alegan muchas razones contra su credibilidad, buscando demostrar que Jaime contrajo matrimonio con Teresa tras la muerte de Violante. Pero el asunto está tan embrollado que incluso hay autores que hacen de ella un amor juvenil del rey de Aragón, previo a su primer matrimonio. Según esta opinión, Teresa habría sido la primera de las esposas. La crónica relata cómo pidió a la Santa Sede “que le hiciese justicia del rey don Jaime, que se había prometido con ella y hubiera en ella dos hijos, y por consiguiente era su marido; y esto no obstante, había contraído matrimonio con Leonor de Castilla, que era parienta suya en grado prohibido y no podía haber matrimonio entre los dos”.


Estas palabras confirman que lo que reclamaba Teresa era lo que se consideraba un “matrimonio natural”, es decir, una palabra de matrimonio dada, con la obligación consiguiente de cumplir la promesa y formalizar la unión. Pero es imposible situar un matrimonio con Teresa antes que con Leonor, y mucho menos haber tenido ya dos hijos de ella, por la razón de que él mismo afirmó que cuando casó con la infanta de Castilla no pudo, por su poca edad —estaba a punto de cumplir los 13 años—, llamarse propiamente marido hasta 18 meses después de la boda. Sin embargo, sí hay indicios de que mantenía relación con Teresa al cabo de sólo tres años de haber contraído su segundo matrimonio.

Sea como fuere, el caso es que al final de su vida Jaime negaba que fuera su esposa. La verdadera causa era que el corazón del monarca se había inflamado nuevamente. En una entrevista que tuvo lugar entre los soberanos de Castilla y Aragón, a sus 57 años Jaime se enamoró de Berenguela Alfonso, hija ilegítima del infante Alfonso, hermano del rey. Esta dama, que pertenecía al séquito de la reina de Castilla, consintió en acompañar al rey a Aragón y vivir con él como su amante hasta el fin de sus días. Algunos autores opinan que Berenguela fue la cuarta esposa del Conquistador.

Mapa de la Corona de Aragón (click para ampliar)

Fue entonces cuando Teresa depositó su causa en manos de la Iglesia y despachó mensajeros hacia Roma para defender su honor ultrajado, retirándose al convento de Zaidia hasta conocer la resolución sobre sus reclamaciones. Pero no pudo demostrar la validez de su unión mediante la palabra que el rey le había dado, porque su testigo ya había fallecido.

Jaime, por su parte, alegó que no podía seguir cohabitando con ella, porque estaba leprosa. Clemente IV, sin embargo, no admitió esa excusa, decidiendo que la enfermedad no era causa para disolver un matrimonio, y que éste era válido, pese a la ausencia de sacramento, por haber sido legitimado por la posterior consumación.

El Papa lo amonestó y lo exhortó a regresar con su esposa, pero el rey no obedeció. No obstante, en su testamento reconoció como legítimos a los hijos que con ella tenía, llamados Jaime, Señor de Jérica, y Pedro, Señor de Ayerve.


Teresa renunció al título de reina y tomó los velos allá en el convento que ella había fundado junto a las murallas de Valencia, y en él falleció entre finales de octubre de 1279 y principios de enero de 1280, sin que se pueda concretar la fecha exacta.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La Praguerie de Carlos VII

 
Carlos VII

Las malas relaciones entre el Delfín, futuro Luis XI, y su padre el rey Carlos VII habían llegado a un punto insostenible. Cuando Luis contaba 16 años, al comenzar el año de 1440, ya conspiraba con el duque de Borbón.

Carlos de Borbón era uno de los grandes príncipes de Francia. Sus dominios apenas habían resultado afectados por la guerra de los Cien Años y poseía riquezas y gente suficiente para sostener una fuerza militar privada, incluso varias compañías de aquellos mercenarios despiadados llamados écorcheurs (desolladores). Sus contemporáneos lo llamaban “el mejor atleta de Francia y el hombre más persuasivo de su tiempo… otro Paris troyano”.

Entre los descontentos que se unieron a Borbón se encontraba el padrino de Luis, el duque Juan de Alençon, a quien había arruinado la ocupación inglesa y estaba resentido contra el rey por la indiferencia que mostraba ante su calamitosa situación. Borbón y Alençon exigían un mejor gobierno y una vigorosa prosecución de la Guerra de los Cien Años, pero también tenían objetivos más personales: el conde de Maine y otros favoritos del rey serían detenidos, y al rey se le pondría bajo la tutela del Delfín.

El plan era que Carlos VII sería cercado entre las fuerzas de Alençon y de Luis, que avanzarían desde Poitou, y las bandas armadas del duque de Borbón, que operaban en Berry y Turena. Luis y su padrino alzaron la bandera rebelde en la ciudad de Alençon y esperaron apoyo, pero allí les llegaron malas noticias: había fracasado un intento de capturar al rey, y fuerzas de Carlos VII habían puesto en fuga a las bandas de Borbón.


El rey no tardó en acercarse, ante lo cual el delfín y Juan huyeron hacia el este para unirse a su aliado en sus tierras. Pero los habitantes de las ciudades mostraban poco entusiasmo por la causa, y el ejército del rey comenzaba a asolar los territorios de Borbón.

Los dos duques solicitaron negociar el cese de la lucha, y se envió un parlamentario a Clermont. Ambos declararon entonces su buena voluntad y le trasladaron las demandas del Delfín, que reclamaba la entrega de la provincia del Delfinado, legalmente suya, el gobierno del Languedoc y la Isla de Francia. Además pedía que Margarita de Escocia, su esposa, que entonces se encontraba con sus suegros, se incorporase al hogar conyugal con una adecuada pensión para gastos propios.

Los representantes del rey respondieron que cuando el Delfín pidiese perdón debidamente, Carlos VII tomaría las medidas oportunas en su honor y en el de su esposa, y trataría a los rebeldes de forma que todos quedasen contentos.

Los duques se mostraban dispuestos a ceder, pero el Delfín planteaba nuevas exigencias bastante irritantes: quería que el rey dejase de infligir sufrimientos a sus pobres súbditos y emprendiera una campaña contra los ingleses. También propuso que los rebeldes fueran sometidos a juicio ante los Tres Estados, pero sólo a condición de que previamente se castigara a los amigos del rey que hubieran cometido delitos. Luis coronó su arrogancia añadiendo que, si su padre lo prefería, estaba dispuesto a aceptar el arbitraje del duque de Borgoña, enemigo acérrimo del rey y su vasallo más peligroso.

Carlos VII

De repente los duques desaparecieron. No querían seguir aliados con el Delfín, que se estaba pasando mucho. Las tropas del rey reanudaron su avance, y los rebeldes se fueron sometiendo rápidamente. Finalmente Borbón habló con Luis, pero falseando la realidad: le dijo que todos sus seguidores serían recibidos en la gracia real. Luis, receloso, se hizo acompañar de tres de sus principales hombres y marchó con Borbón hacia el cuartel general del rey en Cusset. Pero antes de que llegaran les salió al encuentro un mensajero anunciándoles que el rey no les ofrecía el perdón.

Luis comprendió que había sido engañado. Furioso, aseguró que entonces no se sometería. Pero Borbón le respondió que era imposible regresar porque las fuerzas del rey habían cortado la retirada y era inútil toda resistencia. El Delfín tuvo, pues, que comparecer ante su padre y rendirle homenaje arrodillándose tres veces ante él. Entonces Carlos, impasible como siempre, se dirigió a su hijo, le dio la bienvenida, le recordó que hacía tiempo que no le veía y le dijo:

—Mañana hablaré contigo.

Al día siguiente, después de la misa, el Delfín y el duque se presentaron ante el rey y sus consejeros, rogándole el perdón para los hombres que los habían acompañado. El rey se negó a concedérselo, aunque les dio permiso para regresar a sus hogares.

—En ese caso, señor, tendré que volver a considerar mi posición —dijo el Delfín.

Carlos, haciendo acopio de paciencia, se mostró más suave que nunca:

—Luis, las puertas están abiertas, y si no son bastante anchas, abriré una brecha en la muralla para que puedas salir hacia donde mejor te parezca. Si deseas partir, hazlo. Con el favor de Dios, hallaremos a alguien de nuestra sangre que nos ayudará a sostener nuestro honor y nuestra soberanía mejor que lo has hecho tú.


Luis permaneció en la corte. En pocos días vio cómo expulsaban a todos los que estaban en el servicio de su Casa, salvo a su confesor y a su cocinero, y con el séquito de su padre pasó por las ciudades sometidas por el ejército del rey por haber apoyado la rebelión.

Algunos observaban amargamente el contraste entre la prisa del rey por reducir a su hijo y la apatía que mostraba para continuar la guerra contra los ingleses. El obispo de Beauvais escribía: “¿Qué ventaja ha sido esto para nosotros, vuestros pobres siervos que estamos en la frontera? Ésta no es la manera de despertar que os deseo, cuando perseguís, mi temible señor, a vuestro hijo y a otros de vuestra sangre, que hicieron lo que hicieron por deseo de tener voz en vuestros consejos”. Y así, finalmente, los hombres que rodeaban al rey le persuadieron de que concediera a su hijo un control parcial del Delfinado y le asignase tierras adicionales para que tuviera más ingresos.

El pueblo dio a este levantamiento el nombre de Praguerie, en recuerdo de otro que se había producido no hacía mucho en la capital de Bohemia.



Bibliografía: 
Louis XI – Paul Murray Kendall

jueves, 23 de septiembre de 2010

Viriato

 
Estatua de Viriato en Zamora

En el siglo II a. C. la Lusitania era una de las regiones de Hispania, prácticamente conquistada por los romanos. Comprendía el territorio entre los ríos Duero y Guadiana.

Servio Sulpicio Galba había hostigado a los lusitanos hasta obligarlos a rendirse en el año 151 a. C. Se firmó la paz, pero cuando los rebeldes depusieron las armas, en lugar de ser trasladados a tierras más fértiles, tal como se les había prometido, Galba ordenó a sus legiones que los mataran, fueran hombres, mujeres o niños. El número de víctimas durante aquella jornada se estima en 5000, a las que hay que sumar otras 9000 que pasaron a ser esclavos de Roma.

Viriato era un caudillo lusitano que ya había logrado derrotar varias veces a los romanos, pero, viendo la necesidad de poner fin a la guerra, en esta ocasión se había mostrado partidario de entregar las armas, confiando en la palabra del general, que tan buenas condiciones ofrecía. Pensó, seguramente, que a la larga Roma acabaría por hacerse con todo, y que ya nunca iban a lograr negociar un acuerdo más ventajoso.

Cuando tuvo noticias de la masacre, su dolor fue inmenso. No podía perdonarse por haber tomado una decisión equivocada, empujando a los suyos a una rendición con tan dramáticas consecuencias. Desesperado, laceró su propio cuerpo y huyó a las montañas en busca de soledad.

Detalle de la Muerte de Viriato, por Madrazo

El caudillo lusitano meditó largamente allá en las montañas. Buscaba el modo de reparar el tremendo golpe recibido y vengar a su gente. Una vez madurado su plan regresó al poblado y ordenó que se amontonaran los restos incinerados de las víctimas de aquella jornada. A la luz de la luna llena, se hundió hasta la cintura en las cenizas y juró combatir a muerte contra Roma.

La guerra de Viriato se prolongó durante 10 años, y siempre resultaba vencedor. Era una auténtica pesadilla para los romanos: veloz y resistente en el combate, se conformaba con cualquier cosa que pudiera comer, por poco que fuera; dormía al raso, no era vulnerable al frío ni al calor. Su físico era magnífico, pero su mente era aún superior. Sus soldados iban perfectamente equipados con un escudo corto y una espada curva llamada falcata. A la espalda portaban una lanza, el saunion, que se demostró sumamente eficaz y capaz de atravesar cualquier coraza a larga distancia. En cuanto a la estrategia lusitana, era la de entablar escaramuzas, fingir retirarse en desbandada para que los romanos los persiguieran, y conducirlos así hasta desfiladeros donde les tendían una emboscada fatal.

Esto era muy humillante para Roma. No podían tolerar que un simple pastor lusitano, para ellos un salvaje, los derrotara una y otra vez con tal facilidad. Decididos a terminar con la situación, se envió un nuevo ejército al mando del cónsul Serviliano.

El cónsul fue astuto. Evitó enfrentarse directamente con Viriato y prefirió atacar a las poblaciones que le prestaban apoyo. Primero fue el turno de Porcuna, donde hizo ejecutar a 500 prisioneros y esclavizó a 9500. Luego, en la Bética, hizo cortar la mano derecha a 900 hombres para que no pudieran empuñar una espada a las órdenes de Viriato.

Falcata

El lusitano no iba a quedarse atrás, y demostró que podía pagar al cónsul con su misma moneda: entró en Segovia, entonces ciudad romana, y ordenó matar a todo aquel que no le jurase lealtad.

Una nueva victoria de Viriato iba a decidir la contienda en Erisone. La ciudadela estaba siendo asediada por los romanos, pero Viriato y sus hombres encontraron un resquicio por el que entrar. Pasaron la noche allí y al amanecer salieron a caballo sorprendiendo a los romanos, que emprendieron la huida.

Serviliano, al enterarse, presentó su rendición incondicional. Viriato le comunicó que también él deseaba un acuerdo con Roma. Sus condiciones eran el reconocimiento de la independencia lusitana y que él mismo fuera proclamado amigo y aliado de Roma.

El senado aprobó ese nombramiento, pero al mismo tiempo enviaba a un nuevo cónsul, Servilio Cepio, con órdenes secretas de dominar de una vez la Lusitania.

Según Dion Casio, Cepio “era una fuente de dolor para sus propios hombres, y éstos, a su vez, estuvieron a punto de darle muerte. Era severo y cruel con todos ellos, especialmente con la caballería”. En vista de esto, no podía ser precisamente mejor con el enemigo. Su estrategia fue la de provocar a las tribus para que éstas acabaran por rebelarse y dar así el pretexto a Roma para declarar nuevamente la guerra.



El plan resultaba demasiado obvio para Viriato. Por todos los medios procuraba evitar que los suyos cayeran en las continuas provocaciones, que a veces causaban víctimas inocentes. Pero un sector acabó por estallar, y la guerra se reanudó en el 140 a. C.

Viriato, empeñado aún en mantener la paz con Roma, envío a tres de sus generales —Audax, Ditalco y Minuro— a parlamentar con Cepio. El romano los convenció de que el único modo de alcanzar la paz era matar a Viriato, a cambio de lo cual se los recompensaría generosamente.

Los tres traidores lo asesinaron mientras dormía. Clavaron las espadas en su garganta, por ser el único lugar que dejaba al descubierto la armadura que no se quitaba ni para dormir. Antes de que se descubriera el crimen, regresaron al campamento romano para recibir su recompensa, pero lo único que obtuvieron fue la famosa frase de Cepio:

—Roma no paga a los traidores.

La muerte de Viriato por Madrazo

Viriato fue llorado por todos los pueblos libres de Hispania, e incluso el senado romano reconoció su valentía. Durante varios días hubo celebraciones alrededor de su pira funeraria, y bailes en las noches de luna llena.

Fue Táutalo quien le sucedió como líder. Lejos del talento militar de Viriato, perdió la guerra y Lusitania pasó a manos de Roma.



Bibliografía: 
Numancia, la huella de Viriato – Nuria Díaz (Historia de Iberia Vieja, nº 61)

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Edith de Escocia (II)


Se decidió que Edith debía comparecer ante un concilio reunido en el palacio de Lambeth para deliberar sobre si era libre o no de casarse con el rey. Allí acudió la princesa, protestando con vehemencia y asegurando que jamás había abrazado la vida religiosa, que no tenía vocación y que tampoco era cierto que hubiese sido el deseo de su padre que profesara como monja, sino que ella y su hermana fueron enviadas a la abadía para recibir instrucción y protección. Declaró que su tía le había puesto el velo solo para protegerla contra la lujuria de los normandos, pero que ella se lo había arrancado y pisoteado, por lo cual la abadesa la golpeó y la reprendió severamente.

El arzobispo de Canterbury creyó su declaración y concluyó que podía casarse con Enrique si así lo deseaba. De modo que Edith abandonó definitivamente el convento llevándose consigo a su hermana, y se trasladó al palacio de Westminster.

Su hermano Edgar, que ahora reinaba en Escocia, envió también su consentimiento para la boda. Despejados todos los obstáculos, la ceremonia se celebró muy pronto, el 11 de noviembre del año 1100, y fue seguida de la coronación. Parece que es en este momento cuando Edith decide cambiar su nombre sajón por el de Matilde, como la madre de Enrique.

Enrique I y Edith-Matilde

La nueva reina pronto se hizo muy popular. En su corte estuvo rodeada de poetas y músicos y gustaba de acompañar a su esposo en sus viajes por el país. Era dulce y caritativa, fundó hospitales y atendía personalmente a los pobres, les lavaba los pies y besaba las manos de los leprosos. Los ingleses adoraban a Matilde. “Todo lo bueno que ella hizo aquí en Inglaterra no puede ser descrito ni comprendido por hombre alguno”, escribió de ella un cronista.

Cuando nació su primer hijo en noviembre de 1103, la gente se volvió loca de alegría. Pero entonces surgió el primer grave problema: Enrique y Rufo tenían un hermano mayor, Roberto, que se daba la circunstancia de que además era el padrino de Matilde. Su padre, Guillermo el Conquistador, había dividido sus posesiones al morir: le había dejado en herencia al primogénito el ducado de Normandía, cuna de sus antepasados, reservando el trono de Inglaterra para el segundo. Cuando Rufo falleció, Roberto se encontraba en Tierra Santa, pero ahora regresaba y se consideraba el heredero de su hermano. Reclamaba, por tanto, la corona que llevaba Enrique.

El duque de Normandía reunió un ejército y marchó sobre Winchester, donde se encontraba Matilde con su hijo recién nacido. Sin embargo, su proverbial caballerosidad salvó la situación: Roberto, al enterarse, dijo que hacerle la guerra a una mujer en esas circunstancias sería un acto indigno, y renunció a apoderarse de la fortaleza.

Ambos hermanos firmaron la paz, aunque posteriormente volvió a estallar el conflicto y en esa ocasión Enrique hizo prisionero a Roberto.

Roberto de Normandía

En una de las ocasiones en las que la corte se encontraba en Windsor, llegó un embajador de Alemania para pedir a su hija como esposa del emperador Enrique V. Aunque el emperador era 30 años mayor que la niña, la idea fue recibida con entusiasmo. Con sólo ocho años, la princesa, también llamada Matilde, fue enviada a Alemania para que se educara en el lenguaje y en los usos de allá. En Utrecht fue formalmente prometida al emperador, y cuando alcanzó la edad de 12 años se casó con él. Quedaría viuda muy joven, por lo que contrajo un segundo matrimonio con Godofredo de Anjou. De esa nueva unión nacería el que llegaría a ser Enrique II de Inglaterra, originando la dinastía de los Plantagenet.

Poco después de que la niña partiera hacia Alemania, su hermano Guillermo era reconocido como heredero al trono inglés. Guillermo viajó a Normandía para recibir el juramento de fidelidad de los normandos y para ayudar a su padre a sofocar una revuelta. Lo habían casado con otra Matilde, hija de Fulco de Anjou.

Mientras el rey y su hijo estaban ausentes, Edith falleció en Westminster con sólo 38 años. Era el 1 de mayo de 1118. Su muerte fue un golpe durísimo para Enrique, y cuando más tarde el rey perdió también a Guillermo en el naufragio del Navío Blanco, su dolor no conocía límites.

La reina fue sepultada en la abadía de Westminster. Desde entonces se recuerda a Edith como “Matilde la Buena Reina” y “Matilde de Bendita Memoria”.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Edith de Escocia

Edtih era una princesa escocesa. Su madre, Margarita, era la hermana de Edgar Atheling, el heredero sajón a la corona inglesa. Cuando los normandos de Guillermo el Conquistador invadieron Inglaterra, Edgar y su hermana se embarcaron con la intención de refugiarse en Hungría, pero nunca alcanzarían su destino, porque durante la travesía se desencadenó una terrible tormenta que desvió el navío hacia las costas escocesas.

Malcolm Canmore, el rey de los escoceses cuyo padre fue asesinado por MacBeth, reinaba como Malcolm III. Se encontraba a la orilla del mar cuando vio desembarcar al grupo de náufragos y parece que apenas posar sus ojos sobre Margarita se enamoró de ella. Como además se trataba de una princesa de noble estirpe anglosajona, decidió que no habría otra más adecuada para ser su reina.

El suyo fue un matrimonio feliz, a pesar de que eran tiempos turbulentos y el rey frecuentemente se encontraba luchando lejos de casa. Tuvieron ocho hijos, entre ellos dos hijas: Edith y María. Ambas eran aún unas niñas cuando Malcolm, mientras invadía Inglaterra en el año 1093, atacó el castillo de Alnwick y recibió una herida mortal al disponerse a recoger las llaves de la fortaleza que se rendía a él. El primogénito del rey moría también durante aquel mismo asedio. Otro de los hijos, Edmundo, fue el encargado de dar la noticia a Margarita. La reina se encontraba enferma, y el disgusto fue tan grande que no le dejó ánimos para recuperarse y terminó con su vida tres días después.


Escocia se sumió en la confusión y en la guerra civil. El hermano de Malcolm se apoderó del trono pasando por encima de los derechos de sus sobrinos. A su vez, el hermano de Margarita, temiendo que se propusiera hacerlos prisioneros, los envió a la corte inglesa, donde ahora reinaba Guillermo Rufo, uno de los hijos del Conquistador. Pero las dos niñas, Edith y María, fueron puestas bajo la tutela de su tía Cristina Atheling en la abadía de Ramsey, de la que era abadesa. Se trataba de una abadía que había alcanzado mucho prestigio como lugar en el que eran educadas las hijas de nobles caballeros y, ante el florecimiento alcanzado, se había establecido un mercado en las inmediaciones.

Durante siete años las niñas apenas abandonaron aquel recinto que constituía su protección frente a los enemigos de la familia, y mientras tanto su tío, que había conseguido el apoyo de Rufo, regresaba a Escocia para arrojar del trono al usurpador.

Pero, aunque oculta en un convento, la existencia de Edith, como princesa sajona que era, no podía ser olvidada. Recibió al menos tres propuestas matrimoniales, la primera de las cuales fue por parte de Alan, conde de Richmond. La joven no deseaba casarse con un viudo muchos años mayor que ella, pero el rey de Inglaterra ignoró sus protestas y seguramente se hubiera visto obligada a casarse de no haber intervenido el destino en su favor: el conde murió antes de que pudiera celebrarse la ceremonia formal del compromiso.

La siguiente propuesta corrió a cargo de William de Warenne, conde de Surrey. Y el cronista Hermann de Tournai afirma que incluso el rey consideró la posibilidad de casarse con ella. Pero Edith no estaba interesada en ninguno de ellos; ni siquiera en el rey. Allá en el convento había conocido al hermano de éste, Enrique Beauclerc, y era en él en quien había puesto sus ojos. Se negó a casarse con Surrey, y la abadesa, que esperaba que se hiciera monja, la apoyó en su decisión.


Enrique Beauclerc era el menor de los hijos de Guillermo el Conquistador, y el único entre ellos que había nacido en suelo inglés. Como tenía hermanos varones, nada parecía indicar que él también reinaría, pero ese día llegó cuando Rufo falleció durante una cacería, en circunstancias nunca suficientemente aclaradas.

El nuevo rey prometió que daría a su pueblo una reina inglesa, y, fiel a su promesa, pidió la mano de Edith, escocesa de nacimiento aunque de estirpe sajona por su madre. El linaje que saldría de la unión entre ambos pondría fin a la discordia entre normandos y sajones, sí, pero parece que no todo era conveniencia: Hermann de Tournai afirma que ambos se conocían ya desde hacía algún tiempo, y que él también había sido alcanzado por las flechas de Cupido. Orderic Vitalis comparte esta afirmación cuando dice que llevaba “mucho tiempo adorando” el carácter de Edith.

Ella estaba ansiosa por aceptar, pero entonces ocurrió lo inesperado: la abadesa se interpuso diciendo que eso no era posible, porque Edith ya era monja, y casarse con ella sería un sacrilegio.
Continuará

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Clamaban los liberales que la Reina no paría


María Cristina de Borbón

A los tres meses de morir Fernando VII, el 28 de diciembre de 1833, la joven viuda de sólo 27 años, María Cristina de Borbón, se rindió a la pasión que despertaba en el atractivo soldado del cuerpo de Guardias de Corps Agustín Fernando Muñoz, dos años menor que ella y de origen humilde. De hecho era tan pobre que cuentan que a veces se le tenía que retirar del servicio porque su traje estaba tan gastado que no resultaba digno que apareciera así en público. Su abuela paterna, Eugenia Funes, había sido nodriza de una de las hermanas del difunto rey, gracias a lo cual el joven guardia formaba parte de la escolta de María Cristina, y así fue como la reina se fijó en él.

—¿No os cansáis? —le preguntó en esa ocasión.

—En servicio de Vuestra Majestad no puedo cansarme nunca —respondió Fernando.

Una de sus nietas cuenta una romántica versión. Según este relato, un día en que salió de paseo en carroza por el Buen Retiro, el coche se metió en un bache y la reina se golpeó en la nariz. Al comenzar a sangrar, pidió un pañuelo a su dama de compañía, pero la señora no tenía uno a mano. Fernando, que cabalgaba gallardamente a su lado, se aproximó y le ofreció galantemente el suyo.

Sea como fuere, se trató de un flechazo, y apenas fallecido el rey ambos contrajeron matrimonio morganático y secreto. Sólo se informó al gobierno y a algunos allegados.

Agustín Fernando Muñoz

Como Isabel II, la hija habida de su matrimonio con Fernando VII, contaba apenas tres años, ella continuó ejerciendo la regencia hasta el 12 de octubre de 1840. Ese día, a las 8 de la tarde, leyó su renuncia ante la corte, el gobierno, el cuerpo diplomático y cuantas autoridades se encontraban reunidas en el palacio Cervelló de Valencia

María Cristina combinó la regencia con los embarazos. Trataba de disimularlos como podía. Sin embargo, no logró que éstos pasaran desapercibidos en los mentideros, por muchas precauciones que tomara, como reflejan las coplillas de la época:

Clamaban los liberales 
que la Reina no paría, 
¡y ha parido más Muñoces 
que liberales había!

El matrimonio fue muy feliz. Estaban enamorados, y Cristina dio a luz ocho hijos de Fernando: María de los Desamparados, María de los Milagros, Agustín María, Fernando María, María Cristina, Juan Bautista, Antonio de Padua y José María. Al conjunto de todos ellos el pueblo los apodó con sorna Los Muñoces, y el padre de todos ellos fue bautizado irónicamente como Fernando VIII.

A partir de su boda la popularidad de la regente cayó en picado, porque no era fácil ocultar su continuo estado de buena esperanza. De hecho, era muy normal oír en cualquier corrillo que “la regente es una dama casada en secreto y embarazada en público”.

María Cristina

Once años después de aquella boda, el 12 de octubre de 1844 volvieron a celebrarla, esta vez oficialmente, con el consentimiento de Isabel II. Meses antes él había sido nombrado Grande de España, y se constituyó para él el ducado de Riánsares.

Fernando llegó a acumular tantos títulos que en los últimos años de su vida, cuando ya le fallaba la memoria, no era capaz de recordarlos todos. Ya en el exilio junto a su esposa, Luis Felipe de Francia lo nombró duque de Montmorot y le concedió la Legión de Honor, que se sumaba al Toisón de Oro alcanzado tras su matrimonio oficial. Pero él nunca tuvo la ambición de ocuparse de asuntos políticos, y de hecho llegó a rechazar la corona de Ecuador, que le fue ofrecida por un grupo de notables de aquel país. Fue, sin embargo, promotor de diversas empresas por toda España, no siempre de modo escrupuloso, puesto que no vacilaban en hacer uso de la información privilegiada que poseían. El matrimonio se fue enriqueciendo progresivamente y de modo desmedido, recibiendo muchas críticas por ello.

Lo que no consiguió su hijastra Isabel II, pese a su generosidad en la concesión de ducados, condados y marquesados, fue reconocer a los hijos de ese matrimonio como Infantes de España, pues siempre topó con el muro infranqueable de sus gobiernos, que sistemáticamente se lo impidieron.

Agustín Fernando Muñoz

El matrimonio vivió feliz durante casi cuarenta años, hasta la muerte de Fernando tras una enfermedad el 13 de septiembre de 1873. Fue en Francia, en la villa que poseía María Cristina en Saint-Adresse, cerca de Le Havre, donde se encontraban pasando el verano. Cumpliendo los deseos que un día se comprometieron a respetar, su cuerpo fue trasladado a España para ser enterrado en uno de los dos sepulcros que habían mandado construir en la ermita de Nuestra Señora de Riánsares, cerca de Tarancón, lugar de nacimiento de Fernando. Allí habían construido un palacete donde solían pasar temporadas

El segundo de los sepulcros estaba reservado a María Cristina, pero a pesar de ser ese su deseo, cuando falleció, cinco años después, sus restos fueron conducidos al panteón real de El Escorial.


lunes, 6 de septiembre de 2010

Vitelio, Emperador de Roma (II)


Vitelio entró en Roma al son de las trompetas, vestido de guerrero. Empezó por conculcar todas las leyes humanas y divinas. Tomó posesión del Pontificado Máximo el día del Allia (de la derrota de Roma por los galos); se nombró cónsul perpetuo y, reuniendo a los pontífices en el Campo de Marte, los obligó a hacer ofrendas a los manes de Nerón. A un músico que amenizaba sus comidas le mandó cantar algo de aquel, y cuando entonó sus versos, Vitelio batió palmas con entusiasmo.

La vida de Vitelio estuvo marcada muy especialmente por el liberto Asiaticus, unido a él desde su primera juventud. Disgustado con su vida de prostitución, había huido, pero su amo lo encontró, lo castigó y “se sirvió de él como antes para sus placeres”. Después lo vendió a un maestro de gladiadores, lo recuperó cuando iba a presentarse en la arena y, habiendo sido nombrado gobernador de África, lo liberó. El día de su advenimiento al trono le dio el anillo de oro.

Sus vicios favoritos eran la crueldad y la glotonería. Comía tres o cuatro veces al día, superando a todos, porque tenía la costumbre de vomitar. Se hacía invitar el mismo día en varias casas. La comida más famosa fue la que le ofreció su hermano a su llegada a Roma: se sirvieron dos mil pescados y siete mil aves. Por si fuera poco, al pasar por las calles entraba en todas las tiendas y tabernas y devoraba cuanto encontraba, aunque fueran las sobras del día anterior. Vitelio creó un plato de enormes dimensiones al que llamó escudo de Minerva protectora de la ciudad, elaborado a base de hígado de escaro, sesos de faisanes, lenguas de flamencos y huevas de lampreas, ingredientes que hacía traer desde los confines del Imperio.


Fue el mayor recaudador de impuestos de toda la historia de Roma. Hasta los recién nacidos debían tributar. Si la madre era soltera y no tenía medios para hacerlo, debía dedicarse a la prostitución para poder cumplir con el fisco. Los ancianos, inválidos y parados, se veían obligados a pedir limosna todo el día para poder pagar. Los ricos pagaban lo mismo que los pobres: la cantidad no se diferenciaba según el rango social, sino en base a la edad. Al que no pagaba se lo encarcelaba y se procedía a torturarlo salvajemente durante una semana. Una tercera parte de las mercancías que entraban o salían de Roma eran confiscadas para el pago del tributo.

Dio muerte a nobles que habían sido sus amigos. A uno lo envenenó con un vaso de agua fría que le presentó al verle con fiebre. No perdonó a ninguno de sus acreedores. Uno de ellos fue enviado al suplicio cuando venía a saludarle. A otro, para el que le pidieron gracia los dos hijos que tenía, los hizo morir con él. Un caballero romano, a quien llevaban a la muerte, le gritó:

—¡Vos sois mi heredero!

Vitelio comprobó en su testamento que así era, pero a medias con un liberto, y entonces mandó matar también al liberto.

Vitelio

Mandaba matar a aquellos que hubieran hablado mal públicamente del bando de los azules en el circo, porque en su opinión eso era un desprecio hacia él y podía significar el comienzo de una revolución. A los astrólogos los condenaba en cuanto eran acusados, sin escuchar su testimonio, y se dijo que incluso había hecho matar a su madre enferma, porque le habían predicho que reinaría largo tiempo si la sobrevivía a ella. Según otra versión, la madre, disgustada, le pidió veneno y él se lo dio sin vacilar.

En el octavo mes de su reinado se insubordinaron algunas legiones y prestaron juramento a Vespasiano, que acababa de aplastar una rebelión de los judíos y el pueblo, harto de la crueldad de Vitelio, vio en él una mayor estabilidad .

Atacado por tierra y por mar, el emperador opuso, por una parte, una flota mandada por su hermano, con milicias nuevas y gladiadores, y por otra las tropas más aguerridas. Acosado por todas partes, firmó un tratado por el que sólo conservaba la vida y cien millones de sestercios. Se presentó en las gradas de palacio, declaró que renunciaba al imperio y que había sido emperador a disgusto.

Vespasiano

Al día siguiente salió a la plaza vestido de luto y leyó llorando su abdicación. Los soldados y el pueblo lo incitaban a continuar, lo cual hizo que recobrara ánimos. Atacó al enemigo, que se refugió en el Capitolio, y prendió fuego al templo de Júpiter buscando muy especialmente con ello la muerte del hermano de Vespasiano, que se encontraba entre los refugiados. Vitelio lo contempló todo desde la casa de Tiberio, sentado a la mesa.

Arrepentido de esta violencia, reunió al pueblo y ante él echó la culpa a otros y juró que nada tenía en más estima que la paz del Estado. Después sacó su puñal y se lo ofreció al cónsul, a los magistrados y a los senadores. Nadie quiso hacer uso de él, así que fue a depositarlo en el templo de la Concordia. Algunos le gritaron que la Concordia era él, y entonces volvió sobre sus pasos diciendo que él guardaría el puñal y adoptaría el nombre de Concordia.

Indujo al Senado a enviar diputados y vestales a pedir la paz, o al menos una tregua. Al día siguiente le avisaron de que se acercaba el enemigo. Bajó de su litera y seguido de dos criados tomó secretamente el camino del monte Aventino, donde estaba la casa de sus padres, para huir de allí a la Campania. Pero oyó el rumor de que iba a lograrse la paz y decidió regresar. Encontró el palacio desierto y se vio solo. Entonces se puso un cinturón lleno de monedas de oro, se encerró en la portería, ató al perro delante de la puerta y la atrancó con una cama y un colchón.

Templo de Júpiter Capitolino

Llegó la avanzada del ejército y algunos soldados. Sacaron a Vitelio de su refugio y, al no conocerle, le preguntaron por el emperador. Intentó engañarlos, pero le descubrieron y hubo de suplicar por su vida, diciendo que tenía grandes secretos que revelar, interesantes para Vespasiano. Lo arrastraron medio desnudo hacia la plaza con una cuerda al cuello y las manos atadas a la espalda. Unos le tocaban la cara con la punta de la espada y otros le arrojaban basura, llamándole incendiario y glotón.

Era el 22 de diciembre del año 69. El pueblo lo abucheaba ahora a su paso, burlándose de sus defectos: de su talla enorme, la cara enrojecida por el alcohol, el vientre abultado y una pierna más débil que la otra a consecuencia de una vieja herida en una carrera de carros, mientras hacía de auriga para Calígula. Después de atormentarlo mucho tiempo, fue linchado y su cuerpo arrastrado y arrojado al Tíber.

Murió con su hermano y su hijo a los 57 años. Fue destronado por Antonio Primo, general galo, nacido en Tolosa. En su infancia le habían llamado Becio, que en lengua gala significa pico de gallo. El augurio de Viena se había cumplido.


Bibliografía
Vida de los doce Césares – Cayo Suetonio
asalbuchi.com.ar/2008/03/vitelio-emperador-de-roma/


Definitvamente mi PC necesita urgente reparación. Anoche ya no me fue posible utilizarlo, de modo que me despido de ustedes hasta que esto se solucione, espero que en cuestión de unos pocos días.


¡Hasta pronto!

sábado, 4 de septiembre de 2010

Vitelio, Emperador de Roma


Vitelio

El origen de Aulo Vitelio es muy discutido. Para unos pertenece a la nobleza antigua, mientras que otros le atribuyen uno más oscuro y humilde. Los aduladores llegan a afirmar que los Vitelios proceden de Fauno, rey de los aborígenes, y de Vitelia, adorada como divinidad en muchos lugares. Sus enemigos, en cambio, lo han hecho descender de un liberto e incluso de un zapatero.

Sea lo que fuere, su abuelo, Publio Vitelio, fue un caballero romano encargado de los negocios de Augusto. Tuvo 4 hijos, uno de los cuales, Lucio, fue el padre del emperador.

Lucio fue dos veces cónsul y censor en tiempos de Claudio, quedando al cargo del Imperio durante la expedición del emperador a Inglaterra. Pero se deshonró por su pasión por una liberta, cuya saliva bebía mezclada con miel, con el pretexto de que era un remedio para el dolor de garganta. Según Suetonio, "no hacía esto en secreto o rara vez, sino cotidianamente y delante de todos, y para afrenta de Sixtilia", su esposa. Tenía el talento de la adulación, siendo el primero que tuvo la idea de adorar como dios a Claudio. A su regreso de Siria se prosternó ante él con la cabeza cubierta con un velo. Y buscando la manera de agradar, pidió a Mesalina que le concediera la gracia extraordinaria de descalzarla. De ese modo le quitó la sandalia derecha y la llevó consigo largo tiempo, besándolo de vez en cuando.

Mesalina y Británico

Una parálisis lo mató en dos días. El senado le hizo los funerales y le erigió una estatua junto a la tribuna de las arengas con la inscripción: “Modelo de fidelidad inquebrantable hacia el césar”.

Su hijo Aulo Vitelio había nacido el 24 de septiembre del año 15. Cuando su familia consultó su horóscopo, según Suetonio quedaron tan aterrados que hicieron lo posible por apartarlo de toda función pública, y al ser proclamado emperador su madre lo lloró como muerto. Pasó su infancia y adolescencia en Capri, “guardando los placeres de Tiberio”, que fue quien había elevado a su padre, favores que habría conseguido gracias a que el joven Aulo era amante del emperador.

Vitelio guiaba los carros de Calígula y jugaba a los dados con Claudio. Por los mismos medios atrajo a Nerón, a quien invitó algunas veces a cantar. Así fue como obtuvo las más grandes dignidades al lado de tres príncipes: fue procónsul de África y edil. Se portó bien en el desempeño del primer cargo, pero en el segundo se apoderó de las ofrendas y ornamentos de los templos, y puso cobre y estaño donde había oro y plata.

Claudio

Se casó con Petronia, hija de un cónsul. Tuvo de ella un hijo llamado Petroniano, que era tuerto. Petronia dejó a su hijo como heredero al morir, y se cree que entonces Vitelio lo envenenó, acusándolo de parricidio: dijo que en realidad Petroniano, agobiado por el remordimiento, había bebido el veneno que le tenía destinado a él. Después se casó con Galeria Fundana, hija de un pretor, con la que tuvo un hijo mudo y una hija.

Puesto que no era ambicioso, Galba no vio ningún peligro en enviarlo a regir la baja Germania, diciendo que “no eran de temer los que, como él, no soñaban más que con la glotonería de las riquezas de una provincia”. Vitelio estaba tan arruinado que no tenía ni dinero para el viaje. La turba de acreedores lo detenía en la plaza pública y sólo se contenían temiendo sus burlas malignas: no olvidaban que a un liberto que le reclamaba con más insistencia que el resto, le formó un proceso diciendo que le había pegado un puntapié y le sacó como indemnización 50 grandes sestercios. En aquel momento la situación económica de Vitelio era tan desesperada que su esposa y sus hijos, al marcharse él, tuvieron que mudarse a una casucha mientras alquilaban su hogar para salir adelante.

Durante el viaje se mostró simpático, bromeando con todo el mundo y abrazando hasta a los simples soldados. Cuando llegó a su destino no negó nada a nadie, concediendo gracias y levantando castigos. No es de extrañar que pronto se ganara el afecto de todos. Aún no había pasado un mes cuando los soldados le sacaron en paños menores del campamento de Colonia Agrippinensis y lo proclamaron emperador la noche del 1 de enero del año 69. Fue llevado a los pueblos vecinos, ceñida la espada de Julio César, que un soldado había ido a buscar al templo de Marte para ofrecérsela en un momento de exaltación.


Cuando volvió a su tienda la chimenea estaba ardiendo y se había incendiado. Este mal presagio consternó a todos.

—¡Valor, que ya luce nuestro día! —exclamó entonces. Y esa fue toda su arenga.

Luego rechazó los sobrenombres de Augusto y de César y se decantó por el de Germánico.

Enterado del asesinato de Galba, dividió las tropas en dos cuerpos: uno que marchó de avanzada contra Otón y otro cuyo mando se reservó. El primero partió bajo felices auspicios, porque un águila marchó delante de él guiándole. Todo el mundo sabía que la victoria estaba garantizada con eso. En cambio, cuando el segundo se disponía a partir, y siempre según Suetonio, se dio la curiosa circunstancia de que muchas estatuas ecuestres se cayeron de pronto. Pero como los dioses debían de considerar que tal vez eso no fuera advertencia suficiente, el laurel que había colocado sobre su cabeza se cayó en un arroyo. Más aún: por si no había captado las sutiles indirectas, en Viena, cuando administraba justicia, un gallo se subió sobre su cabeza. ¡Ay, Vitelio, un gallo representaba a un galo!

En las Galias supo de la muerte de Otón, que se había suicidado tras su derrota en la batalla de Betriac el 14 de abril. Más adelante Vitelio consagraría a Marte el puñal con el que se había dado muerte y celebró un sacrificio nocturno para conmemorar la ocasión. Ante su tumba, al ver la sencilla piedra en la que se leía simplemente la inscripción “A la memoria de Otón”, se burló exclamando:

—¡Mausoleo digno de él!

Otón

Disolvió las cohortes pretorianas como peligrosas y les mandó entregar sus armas a los tribunos. Condenó a muerte a 120 soldados que pedían recompensas a Otón por haber atentado contra Galba. Atravesó en triunfo las villas y cruzó los ríos en barcos cubiertos de flores. El desorden dentro de su ejército era total; tomaba a broma las rapiñas y violencia y permitía que sus hombres sembraran el terror por donde pasaban. Como notó que algunos temblaban a la vista de tantos cadáveres, pronunció estas terribles palabras:

—El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y más si es un conciudadano.


Continuará


Bibliografía:
Vida de los doce Césares - Suetonio

jueves, 2 de septiembre de 2010

El Caballero Bayardo (II)



Durante la guerra que enfrentaba a franceses y españoles en suelo italiano, ambos ejércitos tomaron posiciones cada uno a un lado del río Garellano, sobre el que había un puente que habían tomado los franceses. Los españoles conocían un vado que había no lejos de allí y fingieron dirigirse hacia él para cruzar el río. De ese modo esperaban alejar al enemigo del puente para arrebatarlo a su control. La estrategia funcionó, y el puente quedó indefenso. Aparecieron 200 españoles que marchaban directamente hacia allá. Bayardo se percató, espoleó a su caballo para llegar antes que ellos y, blandiendo su espada, comenzó a combatirlos. Lo angosto del lugar hacía que sólo pudieran atacarle de uno en uno, con lo que los iba conteniendo mientras un grupo de franceses llegaba al galope y al poco tiempo conseguían hacer retroceder al enemigo.

Por esta hazaña recibió como blasón un puercoespín con la inscripción “Unus agminis vires habet” (Un solo hombre tiene el poder de un ejército).

En Mirandola se enfrentó a los ejércitos del Papa. Tuvo la vida del pontífice en sus manos cuando un traidor se ofreció a envenenarle el vino a cambio de una recompensa. Pero no era ése el estilo de Bayardo, y el traidor tuvo que huir aterrado del campamento para evitar que lo hiciera ahorcar.


Bayardo

El caballero acudió con las tropas francesas de Gastón de Foix que trataban de arrebatar Brescia a los venecianos en 1512. Allí, bajo una lluvia torrencial, resultó gravemente herido durante el asalto a la muralla, cuando una lanza le alcanzó. El asta se rompió, y la punta de hierro quedó alojada en el muslo. Dos de sus arqueros lograron sacarlo de allí para llevarlo a una mansión próxima, donde fue atendido por una mujer y sus dos hijas. Un médico logró extraer la punta de la lanza, pero la herida era grave y le obligó a permanecer en aquel lugar durante varias semanas.

Las mujeres estaban aterradas: aquellos soldados eran el enemigo, así que encontraron a las hijas escondidas en el granero, temblando de miedo. Según las leyes de la guerra, la casa era suya y ellas sus prisioneras, pero él se negó a considerarlas de ese modo. Todos las demás hogares del pueblo habían sido entregados a la rapiña, y sólo se veían escenas de horror en los alrededores: diez mil hombres yacían muertos en la plaza y las tropas, borrachas, saqueaban y cometían tropelías por doquier. Bayardo situó a sus arqueros a la puerta de la casa para disuadir a los alborotadores y asegurarse de que las mujeres estarían a salvo.

Aunque no quiso aceptar ningún rescate, el día de su partida la señora de la casa se presentó ante él con una cajita de acero que contenía cinco mil ducados. Bayardo la tomó y apartó quinientos para que fueran entregados a las monjas cuyos conventos habían sido asaltados, y luego entregó mil ducados a cada hija, para que ayudaran a su dote.
Francisco I

Francisco I se convirtió en rey de Francia, y, como los anteriores, también él reclamaba parte de Italia. El 13 de septiembre de 1515 el ejército francés se encontraba acampado junto a la ciudad de Marignano. El enemigo atacó repentinamente y asaltó el campamento. Se entabló una batalla que duró hasta el oscurecer, y a la mañana siguiente la lucha se reanudaba otra vez. La confrontación fue dada en llamar “Batalla de los Gigantes”. Los franceses vencieron, y Bayardo volvía a ser el héroe de la jornada. Tras la victoria, el rey le concedió un honor muy especial. En el pabellón de seda carmesí, heraldos con trompetas de plata anunciaron el acontecimiento. La multitud se agolpaba para ver cómo el rey se arrodillaba y Bayardo, golpeando su hombro con la espada, lo armaba caballero.

Cuando en 1520 Francisco I y Enrique VIII se reunieron junto a Calais en las fiestas del Paño de Oro, los caballeros de ambos reinos celebraron el que tal vez haya sido el más grande de los torneos, y Bayardo fue nuevamente el más celebrado.

Pero siempre había sido deseo del caballero morir en un verdadero combate, y así fue. En 1524 luchaba al mando de Bonnivet cuando éste se vio obligado a emprender la retirada. Los españoles colocaron emboscadas a lo largo del camino, y en una de ellas Bayardo recibió una herida de muerte. Fue un disparo de arcabuz, un arma que él detestaba.

Estatua de Bayardo en Grenoble

Un compañero lo llevó bajo la sombra de un árbol. Bayardo, presintiendo su muerte, pidió a su amigo que lo colocara con el rostro vuelto hacia el enemigo, y que luego se pusiera a salvo. Tomó la espada, la besó y pronunció su salve al rey.

Cuando llegaron los españoles, aún respiraba. El general enemigo, Pescara, mostró toda consideración hacia él: ordenó que lo cubrieran con su propio pabellón, que pusieran cojines bajo su cabeza y que trajeran a un sacerdote para asistirlo en sus últimos momentos, tras de lo cual se le rindieron toda clase de honores. Y así, amado por sus amigos y admirado y respetado por sus enemigos, el caballero sin miedo y sin tacha acabó su vida.



Bibliografía: 
The chevalier Bayard - Herbert Greenhough Smith
Famous men of modern time - John Henry Haaren


El texto sobre Bayardo está dedicado muy especialmente a monsieur Uriel, del blog Saber Historia, por ser quien lo ha inspirado.