Bertrada era hija de Simon, Señor de Montfort-l’Amaulri. Huérfana desde la infancia, había sido educada en la corte de su tío, y con sólo 16 años fue entregada por esposa al conde Fulco IV de Anjou. Fulco, cincuentón envejecido prematuramente a causa de su vida licenciosa, ya había tenido tres esposas, de las cuales dos aún vivían. Todas habían sido repudiadas con diferentes pretextos. Estaba casado con la madre de su hijo cuando vio a Bertrada y quedó prendado de ella. Puesto que además si la tomaba por esposa se aseguraba el dominio del condado de Maine, el conde no tuvo mucho que pensar antes de lanzarse a pedir su mano.
Nada impidió que Bertrada, a su pesar, se convirtiera en condesa de Anjou en el año 1089, pues su familia vio en ello un enlace muy ventajoso y políticamente conveniente, pero la joven se prometió a sí misma que pronto encontraría el medio de deshacer una unión que aborrecía.
Había dado un hijo a su esposo —ese hijo sería conde de Anjou y rey de Jerusalén— cuando el matrimonio viajó a Tours, donde se encontraba el rey Felipe I de Francia con la corte. A la vista de su belleza, Felipe dio fiestas en su honor e hizo cuanto estuvo en su mano por agradarle. No fue difícil, dada la disposición de Bertrada. Un día en que Fulco asistía a la bendición de las nuevas pilas bautismales en la iglesia de San Juan, ella se dirigió a Meun-sur-Loire, y desde allí a Orleáns con una escolta de caballería que el rey había hecho preparar. El propio Felipe se encontraba en la villa para recibirla.
El rey había estado casado con Berta de Holanda, pero la había repudiado y desterrado a Montreuil, y cuando conoció a Bertrada hacía planes para casarse con Emma, hija del conde de Sicilia. La prometida se había embarcado a bordo de un navío cargado de ricos presentes y había llegado ya a las costas de Provenza. Pero entonces Felipe cambió de opinión: ya no deseaba casarse con ella, sino con Bertrada, de modo que Emma tuvo que regresar a su país cruelmente afrentada.
Felipe y Bertrada se ocuparon de disponer lo necesario para poder casarse cuanto antes. Cada uno trabajaba por obtener su libertad, y ella pronto logró sus fines. Se casaron en París el 15 de mayo de 1092. El obispo de Senlis les dio la bendición nupcial en presencia del arzobispo de Ruán y del obispo de Bayeux, hermano de Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra. La oportuna muerte de Berta al año siguiente terminó de zanjar el asunto, dejándoles el camino despejado
Pero Felipe se encontró con un problema: Ivo, obispo de Chartres, que debía al rey su nombramiento, contra todo pronóstico se pronunció abiertamente contrario a este matrimonio. En 1094 dijo que “no podía obedecer porque su conciencia no le permitía faltar al juramento que había hecho como obispo, de permanecer fiel a las leyes y a las doctrinas de la Iglesia de Roma, y que una de esas leyes exigía que antes de nada se reuniera un concilio para establecer la legitimidad de su divorcio de la reina Berta, y la validez de su matrimonio con Bertrada, y que él prefería ser arrojado al mar con una piedra de molino al cuello que autorizar con su presencia una unión tan escandalosa”.
El rey siguió adelante con el consentimiento del cardenal Roger, legado del Papa Urbano II. Pero Ivo elevó sus protestas a la Santa Sede hasta lograr que el cardenal fuera despojado de su cargo como legado. Fue sustituido por Hugo, arzobispo de Lyon, quien recibió instrucciones precisas de Roma. Hugo reunió un concilio en Autun el 16 de noviembre de 1094, y a consecuencia del mismo el rey fue excomulgado y se le prohibió tomar parte en la Primera Cruzada.
A pesar de todo Felipe continuaba viviendo con Bertrada. Urbano II escribía a todos los obispos de Francia exhortándoles a hacerlo entrar en razón “o a utilizar contra él todo el rigor de los cánones”. El reino quedaba expuesto a una revolución al ser los súbditos animados a la rebelión contra el soberano.
Un nuevo concilio tuvo lugar en Clermont. El conde de Anjou envió a sus representantes. No sólo fueron excomulgados Felipe y la reina, sino que el anatema se extendía a “aquellos que concedieran a Felipe la dignidad de rey o lo reconocieran como su soberano”. Afortunadamente para el rey, los obispos de Francia protestaron, al sentir que el Papa atacaba sus derechos tanto como los de la Corona.
Un poco más de firmeza por parte de Felipe en esos momentos hubiera decidido el curso del asunto, pero era incapaz. El rey hizo promesa solemne al Papa de separarse de Bertrada y no volver a hablarle si no era en presencia de testigos, pero no se atuvo a su promesa: ella no fue alejada, sino que seguía acompañando siempre a su esposo. Eso no podía ser, de modo que pronto llegaron las instrucciones pertinentes: en todo aquel lugar donde apareciera la reina acompañando a su marido no se celebraría la misa, y cuando se fuera sonarían las campanas en señal de alegría.
Bertrada se enfureció cuando estas medidas se cumplieron estando en Sens. En una actitud abiertamente desafiante, ordenó que las puertas de la iglesia fueran derribadas y la misa celebrada por sus propios sacerdotes.
Nada impidió que Bertrada, a su pesar, se convirtiera en condesa de Anjou en el año 1089, pues su familia vio en ello un enlace muy ventajoso y políticamente conveniente, pero la joven se prometió a sí misma que pronto encontraría el medio de deshacer una unión que aborrecía.
Había dado un hijo a su esposo —ese hijo sería conde de Anjou y rey de Jerusalén— cuando el matrimonio viajó a Tours, donde se encontraba el rey Felipe I de Francia con la corte. A la vista de su belleza, Felipe dio fiestas en su honor e hizo cuanto estuvo en su mano por agradarle. No fue difícil, dada la disposición de Bertrada. Un día en que Fulco asistía a la bendición de las nuevas pilas bautismales en la iglesia de San Juan, ella se dirigió a Meun-sur-Loire, y desde allí a Orleáns con una escolta de caballería que el rey había hecho preparar. El propio Felipe se encontraba en la villa para recibirla.
Francia en el año 1100
El rey había estado casado con Berta de Holanda, pero la había repudiado y desterrado a Montreuil, y cuando conoció a Bertrada hacía planes para casarse con Emma, hija del conde de Sicilia. La prometida se había embarcado a bordo de un navío cargado de ricos presentes y había llegado ya a las costas de Provenza. Pero entonces Felipe cambió de opinión: ya no deseaba casarse con ella, sino con Bertrada, de modo que Emma tuvo que regresar a su país cruelmente afrentada.
Felipe y Bertrada se ocuparon de disponer lo necesario para poder casarse cuanto antes. Cada uno trabajaba por obtener su libertad, y ella pronto logró sus fines. Se casaron en París el 15 de mayo de 1092. El obispo de Senlis les dio la bendición nupcial en presencia del arzobispo de Ruán y del obispo de Bayeux, hermano de Guillermo el Conquistador, rey de Inglaterra. La oportuna muerte de Berta al año siguiente terminó de zanjar el asunto, dejándoles el camino despejado
Pero Felipe se encontró con un problema: Ivo, obispo de Chartres, que debía al rey su nombramiento, contra todo pronóstico se pronunció abiertamente contrario a este matrimonio. En 1094 dijo que “no podía obedecer porque su conciencia no le permitía faltar al juramento que había hecho como obispo, de permanecer fiel a las leyes y a las doctrinas de la Iglesia de Roma, y que una de esas leyes exigía que antes de nada se reuniera un concilio para establecer la legitimidad de su divorcio de la reina Berta, y la validez de su matrimonio con Bertrada, y que él prefería ser arrojado al mar con una piedra de molino al cuello que autorizar con su presencia una unión tan escandalosa”.
A pesar de todo Felipe continuaba viviendo con Bertrada. Urbano II escribía a todos los obispos de Francia exhortándoles a hacerlo entrar en razón “o a utilizar contra él todo el rigor de los cánones”. El reino quedaba expuesto a una revolución al ser los súbditos animados a la rebelión contra el soberano.
Un nuevo concilio tuvo lugar en Clermont. El conde de Anjou envió a sus representantes. No sólo fueron excomulgados Felipe y la reina, sino que el anatema se extendía a “aquellos que concedieran a Felipe la dignidad de rey o lo reconocieran como su soberano”. Afortunadamente para el rey, los obispos de Francia protestaron, al sentir que el Papa atacaba sus derechos tanto como los de la Corona.
Bertrada se enfureció cuando estas medidas se cumplieron estando en Sens. En una actitud abiertamente desafiante, ordenó que las puertas de la iglesia fueran derribadas y la misa celebrada por sus propios sacerdotes.
Continuará
Bibliografía:
Histoire des reines de France – Laure Prus
Memoirs of the queens of France – Annie Forbes Bush
The Capetians: kings of France – Jim Bradbury
A history of France and the French people – George Moir Bussey, Thomas Gaspey, Théodose Burette
Violence against women in medieval texts – Anna Klosowska, Anna Roberts










Que despechada se sntiría la princesa siciliana. Supongo que su padre se quejaría abiertamente a la Corte de Francia. ¿Y qué fue de Enma de Sicilia? ¿Nos lo contará usted más adelante, madame?
ResponderSuprimirY la reina Bertrada veremos como queda con su matrimonio en entredicho.
Buenas noches, madame
Notable obstinacion la del rey Felipe
ResponderSuprimirPrometerle al mismisimo papa tal inaudita tarea (de hablarle a su esposa en presencia de testigos unicamente )como asi tambien la valentia de Bertrada sobre oficiar misa a pesar de la medida en la ciudad de Sens
Aguardaremos la continuacion madame!
Un abrazo y el cariño de siempre
Pese al conocimiento que tengo de estas costumbres siguen aún escandalizándome estos matrimonios urdidos por interés en el que los cónyuges distan mucho en edad el uno del otro. Me parece abominable.
ResponderSuprimirPor lo demás, tampoco apruebo el hecho de que las esposas o prometidas (como la pobre Emma de Sicilia) fueran repudiadas al antojo de los caballeros. ¡En qué horrendo lugar nos dejaban a las damas...!
La oportuna muerte de Berta al año siguiente de que se juraran los votos matrimoniales hace trabajar mi mente maquiavélica (porque se supone que fue una muerte natural, verdad? jejejje)
Veremos cómo sigue la intrigante historia, aunque ya me imagino a Bertrada obstinada y caprichosa derribando las puertas de cuanta Iglesia se toparan en su camino y haciendo quitar las campanas de los campanarios.
Besos querida amiga, feliz sábado.
No es de extrañar el enfurecimiento de la tal Bertrada, de ser esposa a la fuerza de un señor mucho mayor que ella a poder optar por emparejarse con el rey... media un abismo.
ResponderSuprimirEn fin, veamos cómo acaba la historia.
Saludos.
Nunca se sabe, monsieur. Yo misma no sé lo que me puede dar por contar más adelante, así que no lo descarto. Bien pudiera ser.
ResponderSuprimirBuenas noches, monsieur
Bisous
Menudo pulso le echaron esos dos a la iglesia. Como ve, hubo mas de una Ana Bolena, lo que pasa que el tío de Berta no era emperador.
ResponderSuprimirFeliz dia, monsieur
Bisous
Madame Akasha, sobre eso del repudio, como ve la situación habia llegado a ser terrible para las mujeres: el conde de Anjou habia repudiado a varias, y el rey a la suya. Se cansaban de ellas o encontraban otra mas conveniente, y la esposa era arrinconada como trasto inutil. Había llegado a ser demasiado.
ResponderSuprimirPero no, la muerte de Berta, por lo que sé, fue natural :)
Feliz dia, madame
Bisous
Sí, la casaron a la fuerza. Ella no quería de ninguna manera, así que no la culpo por intentar anular su matrimonio.
ResponderSuprimirFeliz fin de semana, monsieur
Bisous
Hay que ver con qué facilidad se casaban y descasaban en la época, madame!!
ResponderSuprimirPasad un buen día.
Besos.
REALMENTE, LA IGLESIA SIEMPRE DESVALORIZANDO SUS IDEALES...
ResponderSuprimirQUE TRISTE CUADRO ESTE, QUE LA ENFRENTA A UNA SITUACIÓN DE LUCHA POR EL ORGULLO DE POSEER EL PODER DE DECISIÓN SOBRE PERSONAS.
LA AMBICIÓN MATERIAL, SUPERA EL DESEO ESPIRITUAL DE SUS GUÍAS.
ABRAZOS QUERIDA MADAME
Hola Madame,
ResponderSuprimirHay que ver como los soberanos hacía y deshacían sus matrimonios a su antojo...
Me pongo en el lugar de las consortes repudiadas y me imaginó el golpe que fue para ellas ser relegadas al olvido y rechazadas sin pretexto alguno. El matrimonio era un juego y nosotras las piezas de ajedrez.
Bertrada aparentaba ser una dama tenaz,luchadora, que sobretodo sabía lo que realmente quería y iba hasta el final con sus propósitos, costase lo costase. Espero con ansiedad la continuación!
Besos y feliz sábado
Dama de gran tenacidad
ResponderSuprimirMadame.
Ambos demostraron lo que querían al enfrentarse a la Iglesia
Sin embargo, con las circunstancia de repudio de las consorte, pueda que nos sorprenda con un repudio a Bertrada.....
Espero la continuación Madame
Saludos
Madame,
ResponderSuprimir¿estamos ante una relación por amor? Qué interesante la firmeza de la joven...
Feliz tarde.
Una interesante historia, Madame. Tantos problemas traía un matrimonio arreglado, pero uno desarreglado más, por lo visto.
ResponderSuprimirPásela bien.
Bisous
Ya ve usted. Parece mentira, pero es mas dificil ahora, creo yo.
ResponderSuprimirFeliz tarde, madame
Bisous
Nadie quiere ceder sus derechos, pero en este caso no todos tenían ambicion material. La del rey era de otro tipo :)
ResponderSuprimirFeliz tarde, madame
Bisous
Imaginese, madame, cuánto le costó a Ana Bolena lo que otras lograron tan facilmente, aunque despues no les dejaran vivir en paz. Un mismo problema frecuentemente ha tenido distintos finales a lo largo de la historia.
ResponderSuprimirFeliz tarde, Lady Caroline
Bisous
Había que tener bemoles para enfrentarse a la Iglesia de la epoca, monsieur. Ya ve lo caro que le costó a Juan Sin Tierra no mucho después. Pero esta mujer debía de ser muy decidida.
ResponderSuprimirFeliz tarde
Bisous
Por lo menos por parte del rey no cabe la menor duda de que fue una relacion por amor. En ella entraba seguramente la ambición, lo que no excluye que haya podido encontrar al rey mucho mas de su agrado que su avejentado esposo.
ResponderSuprimirFeliz tarde, madame
Bisous
Que razon tiene usted, monsieur Mathias! Curiosamente, los matrimonios arreglados no parecen arrojar unos datos estadisticos que nos sugieran que salían peor que los otros.
ResponderSuprimirPor cierto, monsieur, no ha pensado usted en volver a casarse? Es que me da no se qué verle viudo siempre. Si quiere puedo buscarle unas cuantas candidatas.
Feliz tarde
Bisous
esa si que era mina.
ResponderSuprimiresa si que era mina.
ResponderSuprimirSi, el matrimonio entre Inés de Merano y Luis no me acuerdo cuanto fue un completo desastre, por sólo dar un ejemplo.
ResponderSuprimirMadame, ¡como osa preguntarme eso! solo bromeaba.
Digamos que me arriesgo a perder todos mis honores, títulos y la renta, que es lo que menos quiero perder, lo tengo que usar para mantener a mi madre...
...¿No decían que la pereza es la madre de todos los males? jajaja.
Bueno, un concubinato no estaría mal, así la prensa se centra en alguien que sí lo merece.
Pásela bien
Bisous
Madame, aquí estoy de nuevo. Madre mía que historia...primero la obligan a casarse con alguien que no quiere y luego no la dejan vivir en paz su amor con Felipe, la Iglesia, ya se sabe, siempre metiendo las narices...
ResponderSuprimirUn real beso.
Monsieur Gonzalo, no sé qué decirle: no entiendo su comentario, a qué se refiere o qué significa para usted la palabra "mina".
ResponderSuprimirFeliz domingo, monsieur
Bisous
Ah, comprendo, monsieur Mathias: la renta... su madre... Sobran las demas palabras. Por supuesto, por supuesto.
ResponderSuprimirPero eso del concubinato no le parece un poco escandaloso? En mi corte sería más o menos normal, pero la suya no se cómo anda.
Supongo que ya tendra usted alguna, o andara en ello.
Feliz domingo, monsieur
Bisous
Sí, estaban empeñados en que para casarse religiosamente tenian que contar con la aprobacion de la Iglesia. Manias que tenían, monsieur.
ResponderSuprimirPero a Bertrada le dijeron una vez lo que tenia que hacer porque solo tenia 16 años. Despues ya nadie pudo.
Feliz domingo, monsieur
Bisous
Hay que ver con que facilidad se divorciaba esta gente... claro que del abuso les vinieron los problemas... el obispo de la piedra de molino al cuello se arriesgó a que se cumplieran sus deseos...
ResponderSuprimir