martes, 20 de abril de 2010

La Coronación de Isabel I


El 14 de enero de 1559, Isabel I, reina de Inglaterra desde hace dos meses, se dirige en procesión desde la Torre de Londres a Westminster, donde va a ser coronada.

Londres es entonces una gran ciudad con casi 150.000 habitantes, casas de madera, edificios estrechos de fachadas pintadas, iglesias y jardines que pertenecieron a los antiguos monasterios. En las calles se escuchan ruidos de martillo y sierras, se hacinan tenderetes de zapateros, mesas de carniceros y pescaderos, pupitres de amanuenses públicos y bancos de cambistas. Hay montones de basura por todas partes. No circulan carruajes, y quien no quiere ensuciarse va a caballo o en litera. Pero a pesar de la suciedad y de los muchos mendigos no se aprecia en la ciudad un ambiente de miseria. Son tiempos duros, porque las persecuciones religiosas han paralizado los negocios, la peste ha causado estragos y la guerra dificulta las exportaciones de lana, principal fortuna de Londres; pero los londinenses no han agotado todas las riquezas acumuladas. Las tiendas están bien provistas.

Por los estrechos pasadizos que descienden al Támesis se ven las barcas y chalanas que remontan el río. Dominándolo todo se erige la catedral de San Pablo. Y al este se encuentra la Torre, en la que la reina acaba de pasar dos noches. Al sur, en la orilla derecha del Támesis y unido a la izquierda por un puente cubierto de casas, se extiende el arrabal de Southwark, dominio de los hortelanos, mujeres públicas, actores y gente de mal vivir. Al oeste se halla el Temple, ahora lugar entregado a gentes de ley. Siguen a lo largo del río los barrios elegantes de la Fleet, el Strand y Charing, con algunas mansiones en estilo florentino.


Como las calles son tan estrechas y están mal conservadas, sólo por agua se atraviesa cómodamente. Isabel había descendido el Támesis en una barca hermosamente decorada, recorriendo así el trayecto desde su palacio de Whitehall hasta Westminster y la Torre de Londres, pero ahora quiere tomar contacto con sus súbditos y opta por hacer por tierra el trayecto inverso.

Durante el recorrido ve las casas recubiertas de tapicerías o telas de terciopelo y los improvisados arcos de triunfo. Flotan banderas en las almenas y oriflamas en lo alto de los mástiles erigidos por todas partes. Cae la nieve en menudos copos, pero el frío no disminuye el entusiasmo de los londinenses, ansiosos por aclamar a esa reina de 25 años, apenas conocida pero esperanza de todos. Las gentes arrojan a su paso guirnaldas y ramas de olivo.

En la Torre se baja el puente levadizo y el cortejo real entra por la puerta abovedada. Cabalgan en cabeza timbales y trompetas, seguidos por heraldos y reyes de armas. Siguen varios centenares de caballerizos y señores empenachados con monturas ricamente engualdrapadas. Los últimos en aparecer son los jefes de las grandes casas feudales, portadores de las regalías o insignias monárquicas para la coronación: la Corona de Alfredo el Grande, el cap of maintenance, el globo, el cetro con la cruz, el cetro con la paloma, la espada del Estado, la espada de la Justicia temporal, la espada de la justicia espiritual, la espada de la Misericordia, el anillo místico y las espuelas de oro. El duque de Norfolk cierra esa primera parte del cortejo con el bastón de mando.


Tras un espacio, y entre una doble fila de hombres de armas vestidos de raso carmesí, aparece la litera real, especie de plataforma cubierta de paño de oro y sostenida por cuatro mulas con gualdrapas de la misma tela. La plataforma tiene un dosel sobre el trono de la reina. A derecha e izquierda hay servidores con libreas escarlata, encargados de conducirla.

Isabel lleva un vestido de brocado de oro con mangas repletas de rellenos y abundantes perlas, topacios, jacintos y granates. Sonríe con sus labios delgados y sus ojos azules, muy separados. Quiere parecer graciosa, y su mano no para de saludar, esas manos blancas de las que se siente tan orgullosa. Por todas partes resuena el grito de “¡Dios salve a la reina!”. Ella se inclina a derecha e izquierda, dando las gracias y enviando besos.

Detrás va su caballo, con gualdrapa de tela de oro y conducido por la brida de manos de Robert Dudley. Sigue un cortejo de damas ataviadas con magnificencia y montadas en mulas. Detrás avanzan gentes de Iglesia, y por último un tropel de jinetes con armadura.


El cortejo se detiene de vez en cuando para escuchar los cumplidos en latín de los magistrados y para presenciar las escenas que los gremios representan para ella. En Gracechurch, por ejemplo, hay una alegoría que representa la Unión y la Concordia, y en Little Conduit el viejo Saturno, con una hoz en la espalda, lleva el árbol de la sabiduría a su hija la Verdad, la cual sostiene una Biblia que entrega a la reina. Isabel besa el libro y lo estrecha contra su pecho.

—Tened la certeza —responde al discurso del Lord Alcalde—que no omitiré nada de lo necesario para ser una buena reina y que, a fin de asegurar la tranquilidad de mi pueblo, estoy dispuesta a derramar mi sangre si es necesario.

Es de noche cuando, a la luz de las antorchas, se llega a Whitehall. A la mañana siguiente, muy temprano y ataviada como un ídolo, se dirige a la abadía para ser coronada.

El arzobispo de Canterbury ha muerto y aún no se ha designado sucesor. El de York se ha negado a oficiar la ceremonia, por ser la soberana abiertamente favorable a la Reforma. Finalmente es Oglethorpe, obispo de Carlisle, quien la preside. Empieza por presentar a Isabel los puntos cardinales, repitiendo en cada ocasión la fórmula consagrada:

—Señora, ésta es vuestra reina legítima. Vosotros, venidos aquí para rendirle homenaje, ¿consentís en hacerlo?

Silla de la coronación con la piedra de Scone

Tras estas palabras estallan los vivas mezclados con el redoble de tambores, el sonido de trompetas, órganos, campanas y el estrépito de las salvas de artillería en el exterior. Sigue el juramento, la unción y la coronación propiamente dicha. Isabel, con la corona en la cabeza y el globo y el cetro en las manos, es conducida hasta el trono de Eduardo el Confesor, en el que se encuentra engastada la piedra de Scone, la piedra del destino, arrancada a Escocia en 1296. La reina recibe el homenaje de los pares, que sucesivamente se arrodillan ante ella, le besan la mejilla izquierda y tocan con el dedo la corona que, por este acto, se comprometen a defender. Ella tiene para cada uno una palabra amable.

Entre cánticos, comulga con las dos especies, pero para satisfacción de los protestantes, en el momento de alzar se retira tras el altar por un momento. Algunas de las plegarias se recitan en inglés, por lo que los papistas ocultan mal su descontento.

Después el cortejo deja la abadía y llega al palacio de Westminster para celebrar el banquete tradicional. Se suceden los platos: lechas de carpa, peces cebados, venados, cisnes enteros, pavos reales con sus plumas y gigantescas empanadas de las que salen niños tocando la viola y el oboe; vinos de Francia, de España y de Chipre, hidromiel y cerveza amarga.


El paladín de la reina, a caballo y con armadura damasquinada, sale a desafiar a los adversarios de su señora y lanza un guante que nadie recoge. Hora tras hora Isabel se muestra inasequible a la fatiga y a la carga de su pesada corona. Ríe, se burla incluso de algunos aspectos de la ceremonia, logrando escandalizar al enviado del duque de Mantua: “Soy de la opinión de que esta mujer ha traspasado los límites que impone el decoro”, llegaría a decir.

Pero los ingleses no comparten esta opinión. Desde el primer momento la nueva reina les ha conquistado el corazón.



Bibliografía:
Isabel I de Inglaterra - Jacques Chastenet


45 comentarios:

  1. la imagen de esta mujer a mi esta siempre me ha dado mal royo... tan blanca, una tez casi cadavérica... vale que en aquella época estar pálido era lo chic pero creo que en este caso se pasó 3 pueblos en su caso three villages

    ResponderEliminar
  2. imagino a Shakespeare observando el paso de la reina.

    ResponderEliminar
  3. Gran relato, Madame. Me he sentido como un londinense más. Enhorabuena.
    Por el puente de Londres pasa la reina...
    Feliz día

    ResponderEliminar
  4. Ay si, monsieur, parece ideal para una pelicula de vampiros. Pero como entonces se llevaba eso, seguro que los pintores se encargaban de exagerar.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  5. Madame, lo habéis contado magnificamente bien, les estaba viendo pasar y todo :).
    Menudo contraste entre la descripción del estado de la ciudad, llena de basura y mendigos y el del cortejo real.
    Feliz día madame.
    Besos.

    ResponderEliminar
  6. Época interesante y a la vez convulsa, con la rivalidad entre partidarios de la reforma y los no partidarios. Su padre fue, si no me equivoco, Enrique VIII quien instituyó en Inglaterra el anglicanismo, apartándose definitivamente de Roma.
    Un saludo, madame.

    ResponderEliminar
  7. Mais non, pas possible, monsieur Gonzalo: faltaban unos pocos años para que naciera Shakespeare. Me temo que se perdió la ceremonia.

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

    ResponderEliminar
  8. Jijiji, monsieur, yo con esta entrada he conseguido quitarme las sevillanas de la cabeza. Ahora solo escuchaba campanas. Pero va usted y hala. Y ahora vuelta a empezar.
    Ay, yo lo mato!

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  9. Muchisimas gracias, Sir John.
    By the way, your name rings a bell. Ya me acordaré.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  10. Ay madame, en realidad me he cargado la magnifica, larga y detallada descripción de la ceremonia que hace Chastenet, por querer resumir y hacer un refrito de datos. Queda como una ensalada mal aliñada, jiji.

    Feliz tarde, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  11. Así es. Y menuda se armó a su muerte, tras la desgracia de que su hijo varón murió tan joven.
    Hasta que Isabel tomó el timón, fueron años bastante malos para el pais.

    Feliz tarde, monsieur Cayetano

    Bisous

    ResponderEliminar
  12. Isabel fué una gran reina, tenía lo mejor de su madre y lo mejor de su padre.

    Besos madame

    ResponderEliminar
  13. Asi es, madame. Suerte tuvo Inglaterra, con el embolao en que estaba metido el reino, desgarrado por facciones internas. Con ella se acabó, aunque por otra parte tampoco es sorprendente: ya no quedaba nadie mas para disputarle la corona, jiji. Excepto la escocesa, pero eso supo arreglarlo ella bien.

    Feliz tarde, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  14. En esta época en la que la reforma y sus detractores se declaraban abiertamente la guerra no parecía un buen momento para que la reina se ganase tan rápido el cariño de sus súbditos. Pero así fue...

    Un relato maravilloso, Madame!

    Un saludo!

    ResponderEliminar
  15. Una bella descripción de una coronación.

    Lo que más me ha llamado la atención es eso de que está dispuesta a verter su sangre por el reino, porque la suya no se vertió, pero la de muchos otros sí.

    Saludos madame.

    ResponderEliminar
  16. Si, es que al fin se fue poniendo un poco de orden, y tal como habian sido los ultimos años hacia falta que las aguas volvieran a su cauce.
    La verdad es que sí, que la aceptaron muy rapido.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  17. Ya, pero mire qué buena disposicion tenía. Y con lo bien que queda siempre decir eso. Como invitar a comer a alguien sabiendo que ya ha comido. Quedas genial.

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

    ResponderEliminar
  18. Hola Dame Marquée!! Qué relato maravilloso madame. Me pareció estar entre el séquito y ver desde estos tiempos lo que sucedió ese día histórico para Inglaterra. A pesar de la pobreza, el reino estaba feliz, como usted dice, la nueva reina conquistó sus corazones.
    Feliz martes madame!!
    Bisousssssss

    ResponderEliminar
  19. Magnífico retrato del Londres de mediados del s. XVI. Me encanta el blog, estoy aprendiendo un montón. GRACIAS :-)

    ResponderEliminar
  20. Gracias, madame Gabriela. Es que hoy era día para ceremonias, ya sabe, asi que de paso decidí dar un paseo por el londres isabelino y volver a visitar así una ciudad que tanto me gusta.

    Feliz tarde, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  21. Muchisimas gracias a usted por asomarse a esta ventana, madame.
    Me alegro de que haya disfrutado del paseo.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  22. Nadie se imagina a Londres asi tan sucio y dejado , en oposición a tanta riqueza en la Corte .
    Un magnifico relato !

    Besos desde Málaga.

    ResponderEliminar
  23. Es bonito ver, como entonces se seguia con ilusión los eventos, que rodeaban a al poder y la corte. El respeto a los mismos. Es agradable ver relatos con gusto como estos.

    ResponderEliminar
  24. Ay madame, es que la riqueza frecuentemente esta toda concentrada en las cortes, y cuando se sale a las calles se ve demasiado contraste.

    Feliz tarde, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  25. Muchas gracias,madame. Me alegra que haya disfrutado de la ceremonia y del paseo.

    Feliz tarde

    Bisous

    ResponderEliminar
  26. Que bien ha descrito usted todo el ceremonial de la coronación de doña Elizabeth, le ha dado ustud hasta su misterio y un poquito de intriga. Me hubiese gustado ester alli, sobre todo en el banquete de Westminster, aunque creo que me vestuario no iría acorde. Que tenga una buena semana.

    ResponderEliminar
  27. Madame, parece ser que hubo una "Reina de Corazones" previa a Lady Di.
    Nos ha descrito magistralmente el ambiente de la época. Me parecía estar viviendo cada momento, a medida que leía.

    Eso sí, entre tanta pompa, me ha chocado leer que la litera de la reina iba sostenida por cuatro mulas. Al fin y al cabo, aunque la mula se vista de gualdrapa, mula se queda.

    Felices sueños.

    ResponderEliminar
  28. Muchas gracias, monsieur.
    No se preocupe, con tanta gente apretujada no creo que nadie hubiera reparado en el atuendo.
    Eso espero, porque si lo ven les iba a parecer tan extraño que igual lo quemaban por brujo! Ya se sabe la aficion que tenian.

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  29. Gracias, monsieur. Ya ve que poco glamour, jiji. No sé, me imagino que sería porque son mas mansas para esas labores.

    Buenas noches, monsieur

    Bisous

    ResponderEliminar
  30. Lo único que falla es la pinta de la reina. Si se parecía a los cuadros tenía que dar un poco de miedo.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  31. Sí, muy guapa no es que fuera, jiji. Y encima se recargaba tanto de abalorios que el resultado era aun peor, desde mi punto de vista.
    Era de las de antes muerta que sencilla.

    Buenas noches, madame

    Bisous

    ResponderEliminar
  32. QUERIDA MADAME, ESTOY HELADA DE IR EN EL CORTEJO CAMINANDO, ASÍ ME SENTÍ AL LEER TAN BELLO ESCRITO, COMO SIEMPRE, ES SU COSTUMBRE.
    DEJO UN ABRAZO

    ResponderEliminar
  33. Como de costumbre, habéis conseguido que me integre en el Londres de la época siguiendo el cortejo real y participando de la coronación de esta primera Isabel de Inglaterra.

    Me ha llamado la atención la Piedra de Scone en el trono. Curiosa historia la de esta piedra.

    Abrazos, madame.

    ResponderEliminar
  34. Me es difícil imaginar un Londres compuesto de casitas bajas construídas en adobe y madera, pero así era desde luego. Una ciudad pequeña y húmeda, inmersa durante parte del tiempo en la fría y densa niebla del Támesis.

    Curiosa historia debe de tener la piedra de Seoane. Podría pensar en dedicarle alguna entrada para ilustrarnos sobre el tema...

    Un besito

    ResponderEliminar
  35. Hola Madame:
    por fin he podido venir después de tantos problemas....Parecía que había una especie de virus en mi cuenta.

    En cuanto a Isabel I siempre la he visto como rodeada de halo de misterio. Es una impresión tonta.

    Como su anterior comentarista me cuesta mucho ver a Londres de esa forma. Creo que le he comentado que la ciudad es una de mis favoritas junto a Madrid y Caracas... Un dia de esto me atrevo a escribir sobre esas coiudades.

    Saludos Madame

    ResponderEliminar
  36. Muchas gracias, madame. Lamento las inclemencias del tiempo. Procuraremos que el proximo evento sea mas veraniego!

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  37. Con esa piedra vamos pronto, monsieur. Algo tenemos preparado, y espero sea igualmente de su agrado.

    Buenas noches

    Bisous

    ResponderEliminar
  38. Sí, Londres tambien es una de mis ciudades favoritas, sin ninguna duda. Me siento muy bien allí.

    Madame, precisamente a eso ibamos, a la piedra del destino. En unas horas tendra usted el texto.

    Buenas noches, madame Carmen

    Bisous

    ResponderEliminar
  39. Uy perdon, me hice un bolo y mezcle los dos ultimos comentarios, respondiendo al de Manuel pensando que era el de Carmen.
    Les pido disculpas a ambos.

    Bisous

    ResponderEliminar
  40. Un placer visitar su blog, Madame.
    ¡Gracias!

    Mabel- Buenos Aires

    ResponderEliminar
  41. ¡Un placer pasear por su Blog, Madame!
    ¡Gracias!

    Un beso, Mabel - Buenos Aires

    ResponderEliminar
  42. Tenía la impresión de que Isabel era una reina fría y distante, Mándame, parece que me equivoqué. Los londinenses la querían y respetaban. Ella protagonizó uno de los reinados más importantes para ese país. Saludos Madame. ¿Esta historia continúa?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No, el artículo era solo sobre la coronación, aunque tengo otros sobre diferentes episodios de su vida, como la Conspiración de Ridolfi.

      Gracias, Pilar.

      Feliz día.

      Bisous

      Eliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)