La heráldica, o ciencia del blasón, es una ciencia auxiliar de
Las Cruzadas tuvieron mucho que ver con esta ciencia, pues la convivencia de caballeros de diferentes naciones bajo unas mismas banderas hizo necesario crear un símbolo que distinguiera a uno de otro, y, junto con la cruz que fue el emblema común, comenzaron a aparecer las primeras piezas y figuras.
La palabra “heráldica” procede de “heraldo”. Los heraldos eran nobles caballeros que ejercían la función de jueces encargados de dictar las normas a seguir en los torneos. El origen de los escudos de armas es plenamente castrense, pues se fundamenta en la lucha, ya sea en la guerra o en los torneos, llevando los ejércitos unos distintivos emblemáticos. Los guerreros tenían necesidad de diferenciarse en los combates mediante algún signo externo, al ir cubiertos con armaduras. Eran precisamente los heraldos quienes asignaban a cada apellido su escudo de armas correspondiente, tras investigar al caballero en cuestión, y el país que más contribuyó a la elaboración y desarrollo del lenguaje heráldico fue Francia.
Aunque el origen de los escudos es, pues, individual y reservado a los guerreros, se convirtieron en familiares y hereditarios a partir del siglo XII, y pronto pasaron a ser usados por quienes no participaban en combates, es decir, por las mujeres y los clérigos. El blasón dejó de ser distintivo de la nobleza cuando los plebeyos ricos iniciaron también su empleo. Por tanto, salvo en regiones concretas de algún país, los escudos de armas no significan prueba alguna de nobleza.
La forma de estos escudos varía de una nación a otra. El español, o al menos el más usado tradicionalmente, y que la heráldica universal considera como privativo de España, es rectangular, cuadrilongo, y redondeado en su parte inferior.
La lectura o descripción de un emblema heráldico se realiza a la inversa, es decir, como si se contemplara una figura humana: su lado derecho será nuestra izquierda, y viceversa.
Los metales y colores con los que se pinta tanto el escudo como las figuras, reciben el nombre de esmaltes. Hay dos metales: oro y plata; y cuatro colores: gules (que es como se llama en heráldica al rojo), azur (azul), sinople (verde) y sable (negro). El púrpura o violáceo no se considera verdaderamente heráldico.
El oro simboliza nobleza, magnanimidad, riqueza, poder, luz, constancia, sabiduría, y se expresa con el color amarillo.
La plata es insignia de pureza, integridad, obediencia, firmeza, vigilancia, elocuencia, y se expresa en color blanco.
El gules denota fortaleza, victoria, osadía, alteza, ardid.
El azur representa la justicia, celo, verdad, lealtad, caridad, hermosura.
El sinople denota esperanza, fe, amistad, servicio, respeto.
El sable es prudencia, rigor, tristeza, honestidad, obediencia.
Distinguir los metales y colores, cuando aparecen pintados, no supone dificultad, pero sí cuando el escudo está tallado en piedra o dibujado a pluma o a lápiz, salvo que al pie del mismo se acompañe su explicación detallada. Para superar este obstáculo, se empleó al principio el método de poner iniciales a los colores. Otros les asignaban una cifra del 1 al 7. Sin embargo, fue el jesuita Pietra Santa quien concibió la idea actual de representar los colores mediante señales gráficas. De esta manera representó el oro con puntitos, la plata sin señal alguna; el gules con líneas verticales, el sable con líneas transversales y verticales o con fondo negro…
A los esmaltes dichos se añade el color de la carne, llamado carnación, para representar partes del cuerpo humano, y también los colores al natural de animales, plantas, frutos y sombras.
Las reglas del blasón no permiten poner en el escudo metal sobre metal, ni color sobre color. Los casos en que se comete esta irregularidad son escasos, figurando entre ellos el escudo de armas de Jerusalén. Se compone de metal sobre metal, oro sobre plata (amarillo sobre fondo blanco).



































