La conspiración estaba muy bien pensada, calculada para paralizar Florencia y que no se resistiera a las tropas que poco después entrarían en la ciudad. Según el plan previsto, la parte principal de los conspiradores, capitaneados por el arzobispo Salviati, iría al palacio de la Signoria, y, entrando en la sala del Consejo, tomarían el gobierno y matarían a todos los miembros que se resistieran. Pero al entrar Salviati y sus seguidores, el gonfaloniere notó que pasaba algo extraño; inmediatamente se dirigió a ellos, los distrajo por un momento y retuvo al arzobispo en su habitación privada mientras enviaba a alguien a enterarse de si había ocurrido algo en la ciudad.
Llegaron noticias de la tragedia acaecida en la catedral y la confirmación de que el grupo de Giacobbo de Pazzi y los demás de la familia estaban intentando alzar al pueblo contra los Médicis. Corrían por las calles gritando “¡Libertad!”, pero el pueblo gritaba “¡Vivano le palle!” (Le palle son las bolas que figuran en el escudo de los Médicis).
Pero no le hicieron demasiado caso y todos los sospechosos de complicidad fueron perseguidos por las calles, linchados allí donde se les capturaba y sus restos arrastrados por la turba enfurecida, cuya rabia no se aplacó hasta que fueron muertas 80 personas.
Giacobbo de Pazzi, que había escapado a la aldea de Castanno, fue capturado por los aldeanos y devuelto a Florencia, donde fue ejecutado. El mismo destino le cupo a Francesco de Pazzi, uno de los asesinos de Juliano. Sin embargo Guillermo de Pazzi, hermano de Francesco pero esposo de la hermana favorita de Lorenzo, Bianca, salvó su vida gracias a la intervención de Lorenzo, que consiguió que fuera simplemente exiliado. Los hijos o sobrinos de Giacoppo fueron sentenciados a prisión o al exilio.
Bandini, el otro asesino de Juliano, huyó a Constantinopla, donde fue capturado por el sultán y enviado a Florencia encandenado. A su llagada, la Signoria lo ejetucó en la plaza. Se conserva un dibujo de Leonardo en el que éste anotó con detallismo científico los estertores del criminal.
Por un decreto público, el nombre y las armas de la familia Pazzi fueron suprimidos para siempre, su palacio —que ahora se conoce como palacio Cuadratesti— y todos los que la familia tenía en la ciudad fueron cambiados de nombre. Además, todas las personas que contrajesen matrimonio con un Pazzi quedaban inhabilitadas para ocupar cargos públicos de la república, y la antigua ceremonia de la vigilia de Pascua, en la que se conducía el fuego a la casa de los Pazzi, se abolió. Se empleó un artista a expensas del erario público para representar en las paredes del Bargello la escena de los traidores ahorcados y colgados, en señal de infamia, por los pies.
Se acuñó una medalla en recuerdo del ataque que sufrieron Lorenzo y Juliano. Lorenzo demostró su magnanimidad en la suerte que corrió uno de los conspiradores: el cardenal Rafaello Riario. El joven cardenal, en medio de la confusión, se había refugiado en el altar mayor. Lorenzo, al llegar a casa, envió algunos de sus protegidos a recogerlo e hizo que lo condujeran al palacio Médicis, el único lugar de la ciudad donde podría estar seguro. Allí lo mantuvo oculto algunos días, hasta que hubo amainado la violencia de la turba, y después lo envió secretamente a Roma. Lorenzo mostró la misma magnanimidad con otras personas que también habían participado en el complot.
Ésta fue la cuarta conspiración para acabar con la familia Médicis. Y, una vez más, la familia salió de ella más popular que antes. Lorenzo ganó mayor fuerza y la posibilidad de tener al pueblo unido tras él. Pero algo irreparable se había perdido: con la muerte de su hermano Juliano, acababa la juventud de Lorenzo; ya no habría más desfiles ni festivales, solamente guerra, política y los trabajos literarios para dulcificar sus horas.
Bibilografía:
Florencia de los Médicis - Luis Racionero
































