No había ya esperanza en
La gente no sabía nada; tampoco les inquietaba el hecho. Se agarraban al tenue hilo de una vaga esperanza. Imploraron, enloquecidos, su piedad. Se asieron firmemente a la promesa, que habían oído decir que Él había hecho.
Los hombres blancos estaban asustados y llamaron a los soldados. Nosotros habíamos pedido la vida, y los hombres blancos pensaron que queríamos la suya. Supimos que llegaban los soldados. No temimos. Esperábamos poderles hablar de nuestros problemas y obtener ayuda. Un hombre blanco dijo que los soldados venían a matarnos. No le creímos, pero muchos se asustaron y huyeron al desierto Badlands.
No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro atrás desde las alturas de mi senectud vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la quebrada. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como si la estuviera reviviendo. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento, y fue enterrado luego por la tormenta. Allí dio fin el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño… Se ha roto el collar de la nación y las cuentas se han perdido por los suelos. No queda ya simiente alguna y el árbol sagrado ha muerto.
El 29 de diciembre de 1890 llegaron 500 soldados del Séptimo de Caballería al campamento Sioux. Supuestamente su misión era la de escoltar a los habitantes del poblado hasta el tren que debía conducirlos al nuevo emplazamiento decidido para ellos en Omaha, Nebraska, tras proceder a desarmarlos a todos. Por motivos que jamás se han aclarado suficientemente, el ejército inició un tiroteo contra los indios desarmados, hombres, mujeres y niños. Murieron muchos de ellos en la masacre de Wounded Knee. Parece ser que el horror comenzó cuando un miembro de la tribu, llamado Coyote Negro, se negó a entregar su rifle, debido a que no comprendió la orden.
Coyote Negro era sordo.
Bibliografía:
Enterrad mi corazón en Wounded Knee - Dee Brown
























