miércoles, 30 de septiembre de 2009

El cuento de Sinué

Amenemhat I

Con el Imperio Medio se inicia la época de oro de la cultura egipcia. El jeroglífico ha sido sustituido en parte por el papiro y se cultivan diversos géneros. Es la época en la que se creó la lengua clásica egipcia, que servirá de modelo permanente, mediante un proceso de enriquecimiento del vocabulario, tomado de la lengua hablada y de una mayor perfección de los modos de expresión gramaticales. Esta lengua será copiada y ensayada por generaciones y generaciones de escribas deseosos de dominar la lengua más bella. Y gracias a estos copistas se nos ha conservado de modo preciso los textos más populares de las escuelas o casas de la vida.


Dentro de ellos encontramos las narraciones, una serie de relatos históricos o semihistóricos escritos con pretensiones literarias, con frases rebuscadas, y en muchos casos mezclando la prosa poética y la composición en verso.


Posiblemente la más famosa sea el Cuento de Sinué. Se trata de un relato de las aventuras de Sinué (o Sinuhe), cortesano del reinado de Amenemhat I. El comienzo de la narración se sitúa en el momento de la muerte violenta del rey, cuando su corregente e hijo Sesostris se encuentra en Libia con el ejército. Noticioso el príncipe de lo que ha ocurrido en palacio, regresa a Egipto, y Sinué, conocedor de algún secreto de Estado, para nosotros desconocido, emprende la huida hacia el este, pasa los muros del príncipe y allí se esconde.


Sesostris


Con acierto literario se nos cuenta que al pasar el istmo de Suez, iba tan cansado y sediento que sentía en su lengua el sabor de la muerte. Encuentra a unos beduinos que le socorren, y va de país en país, hasta Biblos y Kedenu. En sus andanzas da con Nenshi, hijo de Amu, príncipe de Retenu Superior, que ya tenía noticias suyas por los egipcios que allí vivían. Le piden noticias de Egipto y Sinué contesta disculpándose mediante un discurso enigmático en el que se inserta un himno de exaltación a la realeza compuesto en prosa poética.


Su huésped le protege y da tierras, ganado y le casa con su hija. Nuestro héroe vive muchos años entre estos semibárbaros en la tierra de Yaa, ubérrima de higos, viñas, miel, aceite y toda clase de frutas. Llegó a ser jefe de una tribu y padre de muchos hijos, ejerció la hospitalidad con todos los caminantes, fiel a las costumbres de su nueva patria. De acuerdo con ellas, protagoniza un duelo con un hombre de Retenu que vino a desafiarlo, y que cayó bajo los certeros golpes de Sinué, con lo que los bienes del beduino pasan a ser propiedad del egipcio. El relato del duelo tiene un tono épico indudable, con los circunstantes contemplando el combate.


El cuento de Sinué


Pero el rey de Egipto, Sesostris, tiene noticias de los hechos de Sinué y le manda emisarios con un decreto que se copia literalmente en el relato de la misma manera que en las tumbas se copian las cartas del faraón. El decreto alcanzó a Sinué cuando estaba en medio de su tribu, y se alegró de poder volver a Egipto. Contestó con una misiva que se copia igualmente en el relato, y emprende la marcha después de repartir sus bienes entre los hijos que quedan ahora al frente de su tribu.


Cuando llegó a Egipto fue recibido por el faraón, los grandes, toda la corte y los príncipes. La alegría de Sinué se debe fundamentalmente a que puede morir sin que se le enterrase con los bárbaros, porque el faraón le hizo donación de un bello sarcófago.


Es interesante por muchos motivos, y no es el menor la conciencia de que Egipto es el único país en que puede vivir un hombre civilizado.



Bibliografía:

Egipto y los Grandes Imperios – Francisco José Presedo


lunes, 28 de septiembre de 2009

Origen del teatro romano


Durante los años 364 y 363 a. C., siendo cónsules C. Licinio Pético y C. Licinio Estolón, hubo una peste en Roma. Por este motivo no tuvo lugar en la ciudad nada digno de recuerdo, salvo que para impetrar la paz a los dioses, por tercera vez desde su fundación se celebró un lectisternium. Consistía esta celebración en un banquete que ofrecían los romanos a sus dioses, poniendo los manjares sobre una mesa en el templo y, alrededor de ella, las estatuas de los dioses invitados, que se representaban inclinados en una especie de triclinio llamado lectus, el brazo izquierdo descansando sobre un cojín (pulvinus), con viandas ante ellos como si tomaran parte en el banquete. En lugar de estatuas también podían ser figuras portátiles de madera, con cabezas de bronce, cera o mármol y cubiertas con sus ropajes.


Como la violencia de la enfermedad no se había mitigado ni por las medidas humanas ni por los auxilios de los dioses, los espíritus fueron dominados por la superstición. Los juegos escénicos fueron entonces instituidos entre los medios de aplacar la cólera celestial. Constituían toda una novedad para un pueblo belicoso que no había conocido más que los espectáculos del circo. Por lo demás, sus orígenes fueron modestos y hubo que importarlos de fuera. Sin canción alguna, sin imitar siquiera los gestos de un cantor, bailarines traídos de Etruria danzaban al son de la flauta, y a la manera etrusca ejecutaban movimientos no sin gracia.


La juventud romana dio después en imitarlos, al tiempo que se cruzaban entre los bailarines versos licenciosos, y acomodaban sus movimientos en cierta armonía con sus palabras. Y así fue adoptada la diversión, y su empleo frecuente la mantuvo con vida. Al actor se le llamaba ister en etrusco. Ya no se intercambiaban como antes gestos groseros, improvisados a la ligera, sino sátiras o centones, llenos de ritmo y ya escritos para tener acompañamiento de flauta y el movimiento apropiado.


Al cabo de unos años, Livio Andrónico (284 a. C. – 204 a. C.) fue el primero que, a partir de las sátiras, se atrevió a componer un drama con argumento. Como cualquier otro de los de entonces, representaba sus propias obras. Se sabe que en el 240 a. C. recibió el encargo de escribir una comedia y una tragedia con ocasión de los ludi romani celebrados tras la victoria en la Primera Guerra Púnica. A partir de ahí los actores comenzaron a emplear cantantes que los acompañaban en sus gestos, reservándose únicamente los diálogos pa

ra ellos mismos.


Romanos entrando al teatro


Cuando este modo de representar liberó al drama de la risa y del chiste descarado, y el drama se convirtió en un arte, los jóvenes dejaron la representación de comedias en manos de profesionales y volvieron a la costumbre antigua de componer sus versos humorísticos y de intercambiarlos entre ellos. Estos dieron lugar a las despedidas llamadas exodia, apéndices que solían combinarse con las farsas atelanas. La atelana, así llamada porque procedía de Atella, era una especie de comedia tomada de los oscos, y los jóvenes se la reservaban en exclusiva para que los actores profesionales no la contaminasen. Se trataba de farsas populares improvisadas de tono satírico, mezcla de versos y de prosa intercalada con términos rústicos. Se empleaban máscaras fijas, cuyos nombres eran: Dossennus, Maccus, Bucco, Manducus, Pappus. En el siglo I a. C. hubo autores, sobre todo Lucio Pomponio y Novio, que le dieron dignidad literaria. En la atelana, los papeles femeninos eran interpretados por actores de sexo masculino que eran libres y que escondían su identidad mediante máscaras.


A veces los actores se dejaban llevar por una arriesgada tentación: criticar a los poderosos. Por esta razón sufrieron trágicas consecuencias, como aquel actor que arremetió contra Calígula y fue quemado vivo en el anfiteatro por orden del emperador.


Teatro romano de Mérida - España


La popularidad de este género alcanzó su punto álgido en el siglo II d. C. durante el periodo de Trajano y de Adriano y tuvo éxito durante todo el periodo imperial, como demuestran las numerosas estatuillas y máscaras de terracota que representan los tipos característicos de la atelana, procedentes de todos los rincones del Imperio romano.


Pero los teatros permanentes no existieron hasta el 55 a.C., cuando Pompeyo el Grande se atrevió a construir uno vinculándolo a un templo para hacerse perdonar su audacia. Anteriormente los teatros habían sido siempre estructuras efímeras de madera construidos para los ludi, en los que la representación teatral competía, no siempre con éxito, con otro tipo de espectáculos.



Bibiliografía:

T. Livio, VII, 2.

La República de Roma – Antonio Blanco Freijeiro

Suetonio – Calígula, 27, 4

Les classiques latins – Luciano Canfora


sábado, 26 de septiembre de 2009

La Casa de las Siete Chimeneas

La Casa de las Siete Chimeneas - Madrid

Más que casa era un palacio mayor. Fue edificada en Madrid durante el siglo XVI, en el callejón de las Infantas, que culebreaba entre tapias verdes de yedra de las huertas y las tapias del convento de Capuchinos. Cuenta la leyenda que la había hecho construir un montero a quien enriqueció el rey Felipe II, y el arquitecto fue Juan Bautista de Toledo, no Juan de Herrera, como dicen muchos. Éste fue sólo un ayudante.


El palacio era la dote de la joven Elena, la hija del montero, al casarla con un brillante militar, capitán de caballería, que moriría en Flandes poco después. Conocida la heroica muerte de su marido, la joven viuda se sepultó en sus lutos, tapizó su habitación de raso negro y clausuró ventanas y celosías para que no entrara un rayo de sol. A los pocos días apareció sin vida en el lecho nupcial.


Nadie supo a ciencia cierta cómo había muerto. Alguien apuntó que quizá fueron la causa los vahos de un brasero encendido que aliviaba el frío glacial del enorme aposento. Otros creyeron que la muerte era más misteriosa. Extrañamente el cadáver desaparece; unos acusan al padre de Elena, otros dicen que está emparedada en algún lugar de la casa. Poco después, el padre de la desdichada se ahorca de las vigas de la mansión. El rey Felipe, el oculto y constante protector de la familia, ordena una investigación de los sucesos, más por acallar los rumores que la unían sentimentalmente a la fallecida que por otra cosa. Nada da resultado y la incógnita sobre las circunstancias de la muerte siguen siendo desconocidas. Dijeron que había fallecido de languidez, de desesperación callada.


Felipe II


El caso es que, desde entonces, hubo un fantasma en la casa, una aparición espectral, una dama vestida de blanco con la cabellera flotante al viento, que durante las noches de luna llena, tras el toque de ánimas, deambulaba por el tejado entre las siete orgullosas chimeneas con una antorcha en la mano. Se arrodillaba al fin, se santiguaba y se daba golpes en el pecho mirando hacia Oriente, como si se dirigiera a la mole tenebrosa del Alcázar real.


La historia de la casa es harto complicada y famosa. Poco tiempo después fue comprada por Baltasar Cattaneo, un comerciante genovés que realizó la primera reforma. En 1623 era la residencia del conde de Bristol, embajador extraordinario de Su Graciosa Majestad Jacobo I de Inglaterra. Alojó en esa época al Príncipe de Gales, futuro Carlos I, cuando viajó a España con su amigo el duque de Buckingham como novio de la Infanta Doña María, con la que no llegó a casarse.


Carlos Estuardo, Príncipe de Gales


Pasando el tiempo, el 26 de marzo de 1766, el edificio presenció el célebre motín de capas y sombreros. En esta casa habitaba el marqués de Esquilache, Don Leopoldo de Gregorio, ministro de Carlos III. La Casa de las Siete Chimeneas fue asaltada, se rompieron las botellas de las bodegas, saquearon las despensas, destrozaron los lujosos muebles de los salones y no quemaron la casa por ser propiedad del marqués de Murillo, que nada tenía que ver con aquella algarada.


Años más tarde habitó esta mansión Manuel Godoy, otro ministro que también supo de la impopularidad, y la multitud volvió a asaltar la casa, quemó los enseres y lo devastó todo.


La vieja casa de las Siete Chimeneas


Hoy existe todavía la casa de las Siete Chimeneas, pero ya es otra. Don Jaime Girona la adquirió en 1883 y encargó al arquitecto que la derribara para después reconstruirla, aunque conservando el estilo y las siete chimeneas. El edificio fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1948. En la actualidad es sede del Ministerio de Cultura.


miércoles, 23 de septiembre de 2009

Goliardos, Sopistas, Tunos y Tunantes

Tuna de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Universidad de Zaragoza a finales del siglo XX

Dejando a un lado la universidad de Córdoba, fundada por los árabes en el siglo VIII, la primera universidad española que se creó siguiendo el modelo europeo fue la de Palencia en el año 1212, durante el reinado de Alfonso VIII. Los estudiantes que acudían eran, en ocasiones, pobres, y dieron lugar a los llamados sopistas, antepasados de los actuales tunos. Su falta de recursos para mantenerse los impulsaba a recorrer calles, plazas y conventos ofreciendo su música a cambio de un plato de sopa y de algunas monedas que ayudaban a costear sus estudios.


Los sopistas eran la versión española de los goliardos europeos, y de ellos deriva la actual tuna. La palabra goliardo proviene del francés gouliard, con el significado de clérigo que llevaba vida irregular. El origen del término se encuentra en el latín gens Goliae, gente del demonio. Representaban la picaresca del ambiente en torno a las universidades europeas, vivían como juglares y vagabundos entre los que era frecuente la delincuencia, y dieron origen a un tipo de poesía muy extendida por la Europa de los siglos XII y XIII. Estaba generalmente escrita en latín y era muy satírica y crítica.


Se los llamaba sopistas porque se decía que vivían de la sopa boba. Llevaban consigo una cuchara y un tenedor de madera, siempre esperando comer en el primer lugar donde tuvieran la suerte de que se les ofreciera un plato. Por eso en la actualidad esos cubiertos de madera son símbolo de las tunas universitarias. Cuando al anochecer sonaba en las calles la campana que indicaba a las gentes la hora de recogerse en sus casas, era cuando ellos salían a rondar los balcones de las mujeres que pretendían conquistar. Armaban tanto bullicio que los ciudadanos se quejaban del ruido, que no les permitía descansar por la noche. En el año 1300 el Liber Constitutionem de la universidad de Lérida llegó a prohibir estas andanzas nocturnas que perturbaban la paz y el descanso, condenando a los culpables a la pérdida de sus instrumentos.


De esa misma época data la obra Razón de amor y denuestos del agua y el vino. “Un escolar la rimó, que siempre dueñas amó”, dice el autor. La obra habla de las cintas que penden de las capas de los estudiantes, y que son cintas de amor, por las que la dama los reconoce en la oscuridad de la noche. Y el arcipreste de Hita, en el libro del buen amor, también alude al carácter mendicante de los sopistas.


En cuanto al origen de la palabra tuna, es incierto. Para algunos procede de Thune, albergue para mendigos muy extendido por el sur de Francia durante aquella época. De ese modo, serían tunos los que vivían a expensas de las Thunes. Para otros, deriva del español atún, dada la similitud con el carácter migratorio de estos peces —tunos eran los trabajadores que se desplazaban hacia el sur en busca del trabajo que les proporcionaba la temporada del atún en el Mediterráneo—. Hay quien opina que el origen está en el latín tonare, siendo tonante o tunante aquel que tona música, aunque los cambios fonéticos no se ajustarían a la regla.


La actividad que desarrollaban, cantando o tocando para ganarse la vida o para poder costearse el viaje de regreso a casa en vacaciones, se designaba con el verbo tunar o correr la tuna, es decir, andar vagando en vida holgazana y libre, de lugar en lugar. Tampoco hay que olvidar que un sinónimo de tuno es tunante, “el que tuna o anda vagando” con el significado de pícaro o bribón, persona astuta que sabe cómo engañar a los demás o bien amigo de fiesta y jolgorio.


Muy noble y andariega tuna universitaria de Jaén


Pero las tunas, tal como han llegado hasta nosotros, no se crearon hasta el siglo XVI. En 1538 se dictó una norma llamada Instrucción para bachilleres de pupilos. Mediante ella se ofrecía vivienda a los estudiantes pobres que no podían costearla. Estas viviendas eran dirigidas por los estudiantes más antiguos o bachilleres de pupilos, que debían apoyar en sus estudios a los bobos o estudiantes nuevos. Pero este modelo nunca fue ejemplo para el estudio serio. En La vida del Pícaro Guzmán de Alfarache se dice lo siguiente: " . . . no querían ver libro, ni atender a lo que habían venido a la Universidad; jamás se les caían las guitarras de las manos, daban mucho entretenimiento, cantaban muy buenos sonetillos y siempre tenían de nuevos, y los sabían hacer muy bien y pasar el instrumento".


El tuno español actual es el último goliardo, y como tal ha pasado también a las universidades de América. El atuendo en la actualidad recuerda al de los siglos XVI y XVII. La banda sobre el pecho, llamada beca, varía de color según la universidad a la que representa. Llevan en la capa las cintas regalo de las mujeres para las que han cantado, y los escudos de las ciudades y países que la tuna ha visitado

por todo el mundo.


Y, para terminar, les dejo con una famosa poesía goliarda que despertará en más de uno viejos ecos olvidados:


In taberna quando sumus,

non curamus quid sit humus,

sed ad luddum propreramus,

cui semper insudamos...


(Cuando estamos en la taberna no nos interesa donde sentarnos, sino que nos precipitamos al juego, el que siempre nos hace sudar.)


In taberna quando sumus...


Bibliografía:

Cancionero de estudiantes de la tuna: el cantar estudiantil de la Edad Media – Antonio Luis Morán Saus, José Manuel García Lagos, Emigdio Cano Gómez

Tuna.upv.es

es.wikipedia.org/wiki/Goliardo

web.educastur.princast.es/cp/fresneda/colegio/COMENIUS%20A%C3%91O2/LA%20TUNA/TUNA.htm


martes, 22 de septiembre de 2009

Los estudiantes en la Edad Media



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El más sencillo de los grados universitarios daba derecho a ostentar una corona de laurel, bacca lauri, y de este nombre latino derivó el vocablo bachiller. Seguía la licencia docendi, es decir el permiso para enseñar las materias de una facultad, con derecho a vestir una capa redonda y caída, llamada toga. El licenciado podía ponerse también un birrete. En lo alto de la pirámide académica estaban los doctores. Tenían la obligación de pagar una espléndida comida a numerosos invitados y sufragar unos festejos pomposos, en lo que parece apreciarse cierto propósito corporativista de dificultar el acceso al clan. El rector y los decanos de la universidad eran elegidos por los estudiantes, al igual que en muchos lugares y ocasiones eran también designados los profesores.

La tarea de delimitar la población estudiantil se complicaba por la multitud de estudiantes a tiempo parcial y de otras personas que vagaban por las universidades, entre ellos los criados de los estudiantes ricos, los empleados de la universidad, los pícaros y los ladrones, así como los antiguos estudiantes que nunca abandonaban la ciudad universitaria.
Universidad de Salamanca
La palabra lección viene de leer, y esto es lo que tenía que hacer el docente: en tiempos anteriores a la invención de la imprenta, ante la escasez de libros, que imposibilitaba que cada estudiante pudiera hacerse con todos los necesarios, el profesor leía el texto y añadía su propia conceptuación, contestando las dudas que le expusieran los alumnos.
Los alumnos gozaban de poder absoluto: vigilaban la asistencia a clase de los profesores, su puntualidad y el nivel de sus explicaciones; no toleraban que se saltasen ningún tema difícil y les exigían respuesta a cualquier clase de pregunta. Los exámenes, orales exclusivamente, tenían también forma de debate. En algunos lugares el candidato debía prestar previamente juramento de que, si era suspendido, no ejercería venganza alguna “por medio del cuchillo o el puñal” contra el profesor. No era extraño que los estudiantes, que solían ir armados, trabaran duelos y reyertas por los más variados motivos, incluso sobre temas académicos.
Se practicaban novatadas y bromas pesadas a mansalva, y se celebraban muchas fiestas, aparte de las festividades religiosas, que eran conmemoradas de forma peculiar. Algunas conducían a estremecedoras parodias de la fe y sus dogmas, con festejos groseros que acababan teniendo por escenario los lugares de peor nota. El obispo de París decidió prohibirlos, y la facultad de teología le respondió que “la locura es una segunda naturaleza del hombre que parece serle congénita, y que conviene que disponga de expansión por lo menos una vez al año.”
Universidad de La Sorbona

También ocurrían otros desenfrenos en las fiestas generales de la población, en las cuales destacaban los escándalos promovidos por los escolares e invariablemente protegidos y excusados por las autoridades académicas. Destacaba por su violencia y descaro el sector de los llamados goliardos, libertinos y delincuentes que se amparaban en el nombre de estudiantes para prolongar años y años una vida de licencia y rapiña.
Un concilio reunido en Salzburgo los definió así: “Se pasean desnudos en público, frecuentan las tabernas, los juegos y a las cortesanas, se procuran el sustento mediante los delitos que cometen.” En otras ocasiones los goliardos se limitaban a sacar beneficio tocando instrumentos, cantando en coro o componiendo poesías, un poco a la manera de las tunas universitarias perpetuadas hasta hoy. Estos conjuntos de músicos y pícaros iban de una población a otra, tal vez con el pretexto de seguir los cursos de algún maestro célebre.
Todas las fronteras estaban abiertas y las puertas de las cátedras eran de una liberalidad tal que todo el mundo podía aprender y enseñar donde quisiera.



Fuente: 
El reverso de la historia - Pedro Voltes

domingo, 20 de septiembre de 2009

La Universidad Medieval


Las universidades europeas tienen por punto de partida las fundaciones de escuelas superiores que emprendió Carlomagno, asesorado por el sabio monje Alcuino. Entre ellas la más próspera fue la de París. En Notre-Dame se reunió un claustro prestigioso y célebre, en el que destacó la figura de Guillermo de Champeaux, pronto superado y sustituido por Abelardo. Éste sería el auténtico fundador del barrio latino de París (así llamado porque era el de los estudiantes, que hablaban latín, la lengua culta). Abelardo, para salir de la jurisdicción del obispo, determinó ir a dar sus clases fuera de la ciudad de entonces, en lo que acabaría siendo el barrio de los estudiantes y las tabernas.


Parecidos acontecimientos ocurrían por aquellas fechas en otras ciudades europeas. El problema de reunir, alojar y sustentar a los estudiantes fue resuelto según el modelo de colegio, el cual adoptó las más diversas modalidades. Uno de los primeros que conocemos fue el establecido en 1180 por el ingés Josse en París, en favor de 18 estudiantes pobres. Lo instaló cerca del hospital todavía existente llamado Hôtel-Dieu, con ánimo de favorecer a los enfermos proporcionándoles la asistencia que les darían los colegiales. Para justificar su manutención, los estudiantes tenían que llevar la cruz alzada en los entierros de los enfermos y rezar cada tarde unas plegarias. Dentro de una filosofía semejante, el confesor y amigo de San Luis, Roberto Sorbon, fundó su propio colegio, germen de la posterior Sorbona.


A comienzos del siglo XIII los maestros y los alumnos de las diversas escuelas de París acordaron integrarse en una corporación abstracta que las reuniera, y a la cual se dio el nombre de universidad, precisamente con el afán de subrayar su alcance general y global. El rey Felipe Augusto convino en que fuera una entidad autónoma y le reconoció un estatus privilegiado, que sería ampliado y robustecido por otros reyes. El Papa se convertía en garante y custodio. La universidad adquirió capacidad de conferir grados académicos, gobernarse a sí misma y defender su propio orden.


La institución estaba convencida de que debía ser una Alma Mater, y para cumplir tal cometido se comprometió a defender a los estudiantes contra los abusos de los caseros y hospederos que los alojaban. El papa Gregorio IX, de acuerdo con el rey San Luis, se interesó en establecer un ordenamiento de la cuestión. En París se constituyó una comisión formada por dos ciudadanos y dos profesores para fijar el precio de los alquileres. El propietario tenía que acatar sus normas; de no hacerlo, su casa sería dada de baja durante cinco años del censo de las alquilables.


Los estudiantes eran dispensados de los pagos de aduanas y peajes y sus equipajes estaban bajo protección. Tenían derecho a llevar armas, y no se mostraron cortos ni perezosos en usarlas. El componente clerical de la institución dio base a que pudieran llevar traje eclesiástico, con lo cual participaban del respeto que se prestaba a la Iglesia.


Mapa con las universidades medievales


Desde época muy remota, cualquier población que presumiera de tener instituciones universitarias sabía que lo habría que pagar con turbulencias, desórdenes, delitos y desvergüenzas de todos los tamaños por parte de unos estudiantes tan protegidos y casi con licencia para cometer toda clase de desafueros. Se hicieron célebres los tumultos del año 1200 en París, comenzados en el local de un tabernero a cuya hija querían ofender ciertos estudiantes. La riña trascendió a la calle, luego al barrio y más tarde a la ciudad entera; acudieron burgueses, prebostes y guardias. Cinco estudiantes perdieron la vida. Los regentes de la universidad se quejaron al rey y amenazaron con una huelga. El rey Felipe Augusto los atendió, decretó que los estudiantes estuvieran exentos de la jurisdicción ordinaria y los remitió a la eclesiástica. Tanto el monarca como los burgueses se estremecieron ante la amenaza de trasladar los estudios fuera de París. Multitud de gente de todos los oficios vivía de ellos, desde los encuadernadores hasta las prostitutas.


Menos de 30 años más tarde se repitió el conflicto en París, esta vez para preocupación de Blanca de Castilla, regente por cuenta de su hijo, el futuro San Luis. Los desórdenes comenzaron otra vez en una taberna y la regente, de acuerdo con el obispo, ordenó detener a los culpables. Fueron muertos dos estudiantes y la universidad decidió marcharse de París. Tuvo que intervenir el Papa a fin de poner paz y transcurrieron dos años llenos de debates y negociaciones. La bula Parens Scientiarum del Papa Gregorio IX señaló el fin de la crisis y al mismo tiempo reafirmó y perfiló la institución universitaria y sus privilegios.



Continuará


sábado, 19 de septiembre de 2009

Paulina Bonaparte



Paulina, segunda hermana de Napoleón Bonaparte, nació en Ajaccio el 20 de octubre de 1780. Cuando los ingleses ocuparon Córcega en 1793, huyó con su familia a Marsella, donde estuvo a punto de casarse con un miembro de la Convención. La hermosa Paulina fue entonces pretendida por el general Duphot, que después fue asesinado en Roma en diciembre de 1797.
Tras numerosos amoríos, se casó con en general Leclerc. Cuando éste fue enviado a Santo Domingo, Napoleón ordenó a su hermana que acompañara a su esposo con su hijo. Embarcó en diciembre de 1801 en Brest. Los poetas la llamaron entonces la Galatea de los griegos y la Venus marina. El propio Canova, uno de los máximos exponentes de la escultura neoclásica, esculpió su imagen en mármol, Venus Victoriosa, la diosa de la belleza.
Tras la muerte de su esposo a consecuencia de unas fiebres, el 6 de noviembre de 1803 se casó en Morfontaine con Camilo Borghese, miembro de una de las más ilustres familias romanas y a quien Napoleón otorgó el título de príncipe, mientras que a ella le concedía el ducado de Guastalla. Su hijo falleció en Roma poco después.
Con Napoleón, que la amaba tiernamente, tuvo muchas disputas y muchas reconciliaciones, porque ella no siempre seguía los caprichos de su política. Pero el estilo orgulloso con el que exigía lo que sus hermanos rogaban, la hacía precisamente más atractiva para Napoleón. Una vez, sin embargo, cuando cometió una falta contra la emperatriz, que nunca le había gustado, fue obligada a abandonar la corte.
Al abdicar Napoleón en 1814, su reacción fue de lo más fraternal. En lugar de permanecer en su palacio de Roma, partió hacia Elba para reunirse con su hermano, e hizo de mediadora entre él y otros miembros de la familia. Cuando Napoleón desembarcó en Francia, ella fue a Nápoles a ver a su hermana Carolina, y después regresó a Roma. Antes de la batalla de Waterloo puso a disposición de su hermano todos sus diamantes, que eran de gran valor. Los diamantes iban en el carruaje de Napoleón, el que llevó a esa batalla. Él tenía intención de devolvérselos.
Después vivió separada de su esposo en Roma, donde ocupaba parte del palacio Borghese y poseía, a partir de 1816, la villa Sciarra. Su hogar, en el que prevalecía el buen gusto y el amor por el arte, era el centro de la más espléndida sociedad romana. Veía con frecuencia a su madre y a sus hermanos Luciano y Luis. Cuando se enteró de la enfermedad de Napoleón, repetidamente solicitó permiso para ir a verlo a Santa Helena. Finalmente obtuvo el permiso, pero poco después llegaba la noticia de su muerte.
Ella falleció en Florencia el 9 de junio de 1825. Mujer de reconocida generosidad, dejaba muchos legados y una donación en virtud de la cual dos jóvenes de Ajaccio pudieron estudiar medicina. El resto de sus propiedades fueron a parar a sus hermanos, el conde de Saint Leu y el príncipe de Montfort.
Paulina fue famosa tanto por su belleza como por su fuerte carácter, que tanto recordaba a su hermano. Era muy aficionada a la poesía italiana, y disfrutaba leyendo los versos de Petrarca. Tenía un talento dramático que mostraba en funciones teatrales privadas. Su matrimonio con el príncipe Borghese nunca le proporcionó felicidad. Llevaban mucho tiempo separados cuando poco antes de su muerte hubo una reconciliación y establecieron su residencia en Florencia.
A su muerte sólo tenía 45 años, pero había envejecido prematuramente por el cáncer que la consumía y por la vida alocada que había llevado, llena de lujos, excesos y amantes. Al acercarse su fin llamó a su esposo y le pidió perdón por todas las ofensas que le había hecho. Pidió que la vistieran con su mejor vestido y con su propia mano escribió un testamento en el que nadie fue olvidado. Murió aferrada a un retrato del emperador, y su último pensamiento fue para él.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El humor del Gran Condé

Luis II de Borbón, Príncipe de Condé

Era la época de la Fronda, durante la menor edad de Luis XIV. Algunos de los nobles más importantes de Francia habían pasado por la fortaleza de Vincennes por conspirar contra el cardenal Mazarino. Allí estuvo encerrado hasta el mismísimo duque de Beaufort, nieto de Enrique IV, al que la leyenda ha atribuido la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro e incluso la paternidad de Luis XIV. Sin embargo, no permaneció Beaufort mucho tiempo prisionero en Vincennes, pues protagonizó una famosa fuga que hizo las delicias de los de su bando.


Ahora la prisión aguardaba la llegada de Luis de Condé y su hermano Conti. Tampoco ellos se librarían, a pesar de que eran príncipes de la sangre y además Condé se había convertido en el héroe nacional desde que ofreciera a Francia la gran victoria de Rocroi sobre los españoles. Durante la revolución de la Fronda había apoyado en un principio a la regente, y de modo muy eficaz; pero su profundo desagrado por Mazarino le había hecho acabar por cambiar de bando e intrigaba para alejarlo de Ana de Austria.


Fortaleza de Vincennes


Los prisioneros entraron en la torre de Vincennes custodiados por el conde de Comminges. Puesto que todo se había llevado tan en secreto, allí no estaban preparados para recibir a nuevos inquilinos, de manera que la guarnición no tenía camas que ofrecerles. Comminges, que iba a permanecer ocho días de guardia —curiosamente más adelante diría que los días que pasó en Vincennes junto a Condé fueron los más felices de su vida—, pidió que trajeran cartas, pues era la mejor forma de pasar la noche en esas circunstancias. Jugaron hasta que llegó la mañana, y entonces se hicieron los preparativos necesarios para albergar a los nuevos cautivos.


Cuando Comminges se despidió, preguntó si había algún libro que desearían tener. Conti respondió que le gustaría la Imitación de Jesucristo.


—¿Y Vuestra Alteza? —preguntó el conde, dirigiéndose a Luis.


—A decir verdad, monsieur —repuso él—, a mí me gustaría tener la Imitación del Duque de Beaufort.


jueves, 17 de septiembre de 2009

Indomable Enriqueta

Enriqueta María de Francia retratada por van Dyck

Cuentan que Enriqueta de Francia, esposa de Carlos I de Inglaterra, a su llegada a Londres fue conducida por el rey a su gabinete, y entre otras obras de arte y objetos preciosos que en él había, advirtió la presencia de un imponente retrato de Calvino que lo representaba con la pluma en la mano sobre un libro y los ojos clavados en el cielo. La reina, mujer de fuerte carácter, católica a ultranza y poco hábil a la hora de morderse la lengua, se quedó pensativa contemplándolo. El rey le preguntó la causa.


—Pienso —respondió ella— que no es extraño que Calvino haya escrito tantos desatinos, pues que no miraba lo que escribía.