lunes, 17 de agosto de 2009

La Pascua del Marqués de Sade (III)


Rose terminaba de vestirse cuando Donatien regresó con comida para ella. En la bandeja había pan, carne de vaca hervida y una garrafa de vino. La mujer no tenía hambre ya; se sentía indispuesta y febril, pero algo le decía que si no comía lo que le había traído, él se enfurecería de nuevo y aquel horror volvería a comenzar, así que se puso a engullir como pudo el contenido de la bandeja y bebió unos sorbos de vino, lo que la reconfortó un poco.


El marqués observó mientras comía, y en cuanto terminó volvió a conducirla a la habitación del primer piso. Pero, ¡ay!, no la observó con la suficiente atención, pues no se dio cuenta de que Rose había ocultado el cuchillo entre sus ropas.


—Ahora escúchame bien: no hagas ruido y no se te ocurra acercarte a la ventana. Si no haces ninguna tontería, esta misma noche podrás regresar a París. De lo contrario te aseguro que lo lamentarás —la amenazó, y se fue encerrándola con llave.


Rose había escondido el cuchillo para utilizarlo contra él si volvía a intentar golpearla salvajemente, pero ahora veía claro que podía darle otro uso que la ayudaría a escapar de aquel lugar: rápidamente se puso a sacar las sábanas de la cama y a anudarlas. Las ató al marco de la ventana. Los postigos estaban cerrados, pero con el cuchillo consiguió abrirlos, y entonces se descolgó por las sábanas hasta el jardín. Corrió hasta trepar a un pequeño muro de piedra y saltó al patio que había al otro lado. Cayó al hacerlo, se lastimó en un brazo y una mano, aunque en caliente apenas lo sintió: escocían mucho más las heridas que le había causado el marqués, de modo que se incorporó y continuó corriendo como si la persiguiera el diablo.


Y algo así ocurría en esos momentos: un perro ladró en el exterior e hizo que la mirada del ayuda de cámara de Donatien, su cómplice habitual en esa clase de aventuras, se dirigiera hacia la ventana justo cuando Rose intentaba huir. Al percatarse de lo que estaba sucediendo avisó rápidamente a su amo, entretenido abajo con las prostitutas, y el marqués, muy contrariado, lo envió en su persecución.



La mujer pronto pudo sentirlo tras ella, gritándole que se detuviera. Estaba loco si pensaba que iba a hacerlo. Pero las pisadas cada vez sonaban más cerca de sus espaldas y la alarma la hizo abandonar el camino para tratar de atajar por entre los árboles, dificultando así la ruta a un perseguidor que avanzaba más rápido que ella.


La vista se le nublaba, le ardían los pulmones como si fueran a estallar, las rodillas se le doblaban casi a cada paso y se negaban a sostenerla; sin embargo sabía que su única oportunidad era conseguir llegar al pueblo antes de que le dieran alcance. Tropezó y cayó, pero sacó fuerzas para levantarse y seguir corriendo. Escuchó una maldición apenas susurrada a sus espaldas y se dio cuenta de que ya tan sólo unos pocos metros la separaban del hombre que venía a capturarla.


Rose continuaba corriendo sin mirar atrás hasta que pisó las calles del pueblo. Fue entonces cuando la alcanzó el ayuda de cámara; la aferró por un brazo para intentar detenerla y le mostró una cartera llena de dinero.


—Espera —jadeaba el hombre—. Mira, recibirás todo esto si regresas conmigo a la casa. Vamos, no seas tonta, mi amo es muy generoso y quiere compensarte bien.


Era cuanto podía hacer. No podía llevársela a la fuerza, porque a esas horas, las cuatro de la tarde, podía toparse con gente en las calles, y de hecho había alguien que, a lo lejos, ya se detenía a mirar extrañado. El marqués no se daría por contento con un proceder tan poco discreto.


Rose se limita a apartarlo de un empujón y sigue corriendo sin darse cuenta de que ya nadie la persigue. No sabía adónde se dirigía ni dónde detenerse; el miedo la espoleaba y la hacía continuar, alejarse cada vez más de aquella casa y del hombre que la había torturado y que ahora seguramente quería matarla. Corría hacia un gran claro de luz del que había huido la niebla dejando un cielo de color azul plomizo.



Unas mujeres que charlaban en la calle se dan cuenta de que la persona que venía corriendo hacia ellas con cara de espanto presentaba un aspecto despeinado, desaliñado e incluso podían apreciar las manchas de sangre. La alarma se apodera de estas damas y detienen su paso para preguntarle qué estaba ocurriendo. Rose se vuelve y señala con un dedo tembloroso hacia el lugar del que venía. Jadeaba tanto por la fatiga que apenas era capaz de narrar sus desdichas.


—Allí…. Una casa fuera del pueblo… Un hombre me abordó en París al salir de misa… Me ofreció trabajo… Luego me llevó allí, me arrancó la ropa y me azotó hasta que creí morir… Me amenazó con matarme y enterrarme en el jardín… Ayudadme, por favor, su sirviente me persigue para llevarme de nuevo allí. No permitáis que vuelvan a atraparme…


Se aferraba desesperadamente y entre temblores a aquellas señoras, ante el asombro de ellas, que con expresiones de espanto murmuraban que ese hombre tenía que ser un demonio. Pero al mirar en la dirección en la que señalaba no vieron a nadie que la persiguiera, y toda aquella historia les parecía tan extraña que quisieron asegurarse de que era cierta. Para ello la llevaron hasta un patio en el que pudieron comprobar discretamente que, en efecto, Rose tenía horribles heridas que requerían atención. No se trataba de ninguna loca, sino que sabía muy bien lo que decía, y la evidencia estaba en el cuerpo de la pobre desdichada.


Tras deliberar entre ellas, deciden que lo mejor es llevarla a casa de un abogado, pues él sabría mejor qué convenía hacer y cómo debería hacerse. El abogado escucha su declaración e inmediatamente la acompaña hasta el château de monsieur Lambert, el alguacil mayor de Arcueil, para que repita la historia ante él. Sin embargo el alguacil no se encuentra en casa, por lo que Rose tuvo que contárselo a su esposa, la persona que la recibió. Madame Lambert, una mujer muy sensible y acostumbrada a que nunca ocurriera nada de importancia en aquella pacífica población, se vio tan impresionada por el relato que se sintió indispuesta y tuvo que retirarse a su cuarto con el frasquito de las sales.



Horas más tarde el policía del pueblo le tomaba declaración oficialmente, y fue entonces cuando se solicitó la presencia del médico para que atendiera a Rose. La mujer pasó la noche en casa de un vecino que se compadeció de ella y le ofreció alojamiento. Al día siguiente madame Lambert, ya recuperada de la indisposición, fue a visitarla y se ocupó de que la trasladaran a su propio château, donde estaría mucho más cómoda y mejor atendida.

Y, si se preguntan qué hacía Donatien mientras tanto, sepan que había regresado a París apenas un par de horas después de que Rose se escapara. No tardó mucho a partir de que su ayuda de cámara volvió con el fracaso de su misión; sólo lo necesario para recoger sus cosas y tratar de eliminar inútilmente el rastro de su última fechoría. Después de eso se reunió con su esposa y sus suegros en la capital y se limitó a esperar a ver qué sucedía.



He construido el relato en base a la detallada declaración de Rose Keller ante la policía. Ésta es, por tanto, su versión de los hechos exclusivamente. La de Donatien, como se comprenderá, difiere bastante.


12 comentarios:

  1. Conmovedora historia Mme. felicidades.
    Un gran abrazo Isthar.

    Queria preguntarle si le agrada mi blog de poesias. No se si estará lindo.besos

    ResponderEliminar
  2. Ahora mismo le echo un vistacito, madame.

    Bisous

    ResponderEliminar
  3. lo dicho en la anterior entrada... un cabrón... ¿quedan más entradas? ¿cual fue la declaración del marquesito?

    ResponderEliminar
  4. Rose parece tener suerte.
    Ahora sería necesario que Donatien tuviera su merecido escarmiento.

    Nos vamos a Barcelona unos días, madame.
    Hasta la vuelta.
    Cuidaos y divertíos.

    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  5. ¿Quién dijo que el Infierno no existe? Existe aquí, entre nosotros, y lo forman individuos como este ser tan despiadado y repugnante. ¡Qué alegría que la pobre Rose se librara de una muerte segura! Un besito querida amiga!

    ResponderEliminar
  6. Si la declaración de Rose es cierta, el Marqués es lo que dije anteriormente: un psicópata, un sádico, satanás en persona...Hay que tener mucha imaginación para pensar que la chica se ha hecho las heridas sola.
    ¿Qué diría en su defensa el Marqués?
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  7. Monsieur Jose Luis, el insistía en que ella era una prostituta y sabía a lo que iba, que no la contrató precisamente para asuntos domesticos, y que ella habia aceptado todo previamente, pero que luego, al ver que era un caballero importante habia querido extorsionarlo. Y que exageraba todo mucho.

    ResponderEliminar
  8. Monsieur Enrique, Donatien tuvo su merecido, eso si.

    Disfruten de sus vacaciones, monsieur.

    Bisous

    ResponderEliminar
  9. Bueno, madame Ana, el placer de Donatien por suerte no era matar. Eñ unico riesgo era que se le fuera la mano, pero no era lo que buscaba.
    En cualquier caso, ni ella lo sabia ni se hubiera librado de una segunda tanda de no haber podido escapar.

    Bisous

    ResponderEliminar
  10. El marqués, por supuesto, era un sadico, monsieur Cayetano. La propia palabra deriva de su título.
    Pero el dijo que Rose sabía a lo que iba y que habia aceptado libremente el precio. Que sin embargo, despues quiso sacarle todo el dinero posible. Dijo que exageraba, que una mujer malherida no salta y corre tan atleticamente durante kilometros, y que hacía cuento para sacarle lo mas posible.
    Lo unico cierto es que las heridas, al menos, eran superficiales, curaron muy pronto y no dejaron secuela. Pero, como usted dice, no se las hizo ella sola, ni el tampoco negó que la azotara.

    De todos modos, esto fue solo el comienzo. Sus fechorias se irian haciendo cada vez mas atroces, y llegó a extremos demasiado repugnantes.

    Bisous, monsieur

    ResponderEliminar
  11. Como de costumbre, excelente!!!, me paso todo el día (Si el tiempo me lo permite)leyendo sus historias y anegrotas de la antiguedad y a veces no tanto, ya que pareciera como que las historias siempre se repiten. Si no es molestia y si se me permite tengo un blog/s de cocina que lo relaciono con los personajes (Humanos y comidas son inseparables)y encuentro datos que son verdaderamente un placer utilizarlos. Pido humildemente si los puedo usar para sacar información y anexarla a mi blog (Se sobreentiende que la autoría de los mismos figurará con su nombre y blog). Un saludo cordial y gracias por el trabajo realizado por Ud. Es la realización de un gran esfuerzo y la vale la pena recordarlo
    Javier Sarmiento

    ResponderEliminar
  12. mucho delo que se dice podría ser cierto o no pero lo que si no me cabe duda que el tipo era un especial personaje de esa época que daba mucho que hablar

    ResponderEliminar

"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)