sábado, 15 de agosto de 2009

La Pascua del Marqués de Sade (II)


A través de una pequeña puerta verde cruzaron un patio, al final del cual estaba la casa que Donatien tenía alquilada. Era poco más del mediodía cuando Rose era introducida en una habitación del primer piso, poco iluminada y amueblada con dos camas con dosel.

—Poneos cómoda y descansad un rato. Ahora mismo os traeré comida y bebida para que repongáis fuerzas antes de comenzar la tarea —dijo él, de ese modo agradable que sabía emplear.


Después de eso el marqués abandonó el cuarto, pero no regresó inmediatamente como le había hecho entender a Rose, sino que tardó una hora. El día anterior había encargado a su ayuda de cámara que contratara los servicios de dos prostitutas, mientras que se reservaba para sí la elección del que sería el plato fuerte de la jornada. Para ir abriendo boca permaneció un tiempo entretenido con las otras mujeres en el piso de abajo, y luego subió a buscar a su nuevo juguete con una vela en la mano, prácticamente la única luz que entraba en aquella habitación de ventanas cerradas con postigos de madera.



—Disculpad la demora. Venid, acompañadme. Os llevaré ahora al cuarto que serán vuestros aposentos —le anunció.


Rose lo siguió dócilmente hasta una habitación en el piso de abajo, pequeña y aún más oscura que la otra. Olía a humedad, señal de que no era ventilada de modo adecuado. Una vez allí llegó el sobresalto ante lo inesperado de la orden que salió de labios del marqués:


—Desvestíos —dijo con toda naturalidad, en el tono de quien está acostumbrado a ser obedecido y no espera otra cosa.


—¿Para qué? —preguntó ella apenas en un susurro, súbitamente alarmada.


—Para divertirnos —sonrió él. Lo dijo como si estuviera explicando a un niño algo que para un adulto resulta obvio.


—No lo haré, monsieur. No he venido a eso. Vos me ofrecisteis trabajo en la casa y yo lo acepté, eso es todo. Nunca me he dedicado a otra clase de cosas.


—Bueno, siempre hay una primera vez para todo, ¿verdad? Pensad que si os negáis a obedecer os mataré y luego os enterraré en el jardín —. Hizo una pausa y la observó para ver el efecto de sus palabras. Concluyó con unas carcajadas de satisfacción al ver el horror reflejado en los ojos de Rose—. Está bien, os diré lo que haremos: me iré y os dejaré a solas un rato para que reflexionéis. Cuando regrese quiero veros completamente desnuda, y, por cierto, mis deseos no admiten discusión.


Rose, aterrada por sus amenazas, comenzó a desvestirse con dedos torpes y temblorosos apenas él hubo abandonado la habitación, pero su pudor resultó superior a su miedo y no fue capaz de despojarse también de su chemisier. Nunca se había visto en un trance semejante y no se sentía capaz de hacerlo.


Aún conservaba puesta la prenda cuando Donatien volvió a entrar en aquel cuarto ataviado de una extraña guisa: se había cambiado de ropa, y ahora presentaba un aspecto extravagante y caprichoso en el que parecía querer asemejarse a un pirata: llevaba un pañuelo blanco anudado en torno a la cabeza y un chaleco con el torso desnudo debajo. Su rostro expresó furia al ver que ella no se había quitado la ropa interior, tanta que Rose retrocedió inconscientemente un paso que la acercó más a aquella cama tapizada en cretona roja y blanca.


—Creo haberos dicho que deseaba que os desnudarais por completo —tronó aquella voz que en otro tono solía resultar tan agradable—. ¿Acaso no me habéis entendido?


—No puedo hacer lo que me ordenáis, monsieur. Moriría de vergüenza. Por favor, os ruego que no me obliguéis a hacerlo —respondió nerviosa e implorante. Su acento alemán resultaba incluso más perceptible al hablar atropelladamente.


Donatien cruzó en dos zancadas la distancia que los separaba y le arrancó él mismo el chemisier. Apenas un instante después de escuchar el chasquido de la tela al desgarrarse Rose se vio empujada hacia la cama sin poder evitar que le hundiera la cara en ella. Después el marqués le cubrió la cabeza con una almohada y aún puso encima el manguito de piel de lince para sofocar sus gritos. Inmediatamente comenzó a flagelarla, alternando el azote con el haz de cañas, mientras en la otra mano sujetaba la vela.


Se detuvo en varias ocasiones para frotar las heridas con una pomada destinada a impedir que quedaran señales permanentes. Rose chillaba y, medio sofocada por las almohadas, trataba de pedirle que se detuviera; le decía que tenía miedo a morir sin confesión, lo que provocó gran regocijo en Donatien.


—Eso no importa —repuso entre carcajadas—. Si quieres, yo mismo puedo hacer de confesor. ¿Por qué no? Sería muy divertido.


Comenzó a descargar azotes con más fuerza y más rápidamente. La piel de Rose se abría desde la espalda a los muslos con cada latigazo; la sangre manaba de las heridas, pero su visión y los gritos de la mujer no lograban más que excitarlo y animarlo a proseguir. Su ritmo se aceleró hasta que él mismo comenzó a emitir unos extraños alaridos agudos que no se reconocían como humanos y que inspiraron en Rose aún más terror que los azotes.


Y, de pronto, todo se detiene…


La tortura terminó para Rose, que, libre al fin, aspiró el aire a grandes bocanadas. Donatien abandonó el cuarto y regresó poco después. Se había puesto una bata por encima y traíauna palangana y una jarra de agua.



—Lávate y luego vístete — ordenó. Había pasado a tutearla con abierto desprecio, un trato muy alejado de la cortesía con que la abordó, y que aún mantuvo al entrar con ella en la casa.


Salió de nuevo y mientras tanto Rose se dispuso a obedecer. Estaba manchada de sangre, y los azotes recibidos aún escocían horriblemente. Pronto renunció a la tarea de continuar limpiándose, porque la sangre volvía a brotar obstinadamente y cualquier roce en toda la zona magullada constituía un suplicio insoportable, así que optó por recoger su ropa y vestirse sin más dilación. Se preguntaba si la dejaría marchar ahora, pero mucho se temía que no iba a ser así. Aún pensaba en su amenaza de matarla y enterrarla en el jardín. ¿Quién se lo impediría? ¿Quién la reclamaría a ella? ¿Quién sabría dónde buscarla?



Continuará con la tercera y última entrega, que será un poco más extensa.


14 comentarios:

  1. El Marqués era un auténtico hijo de Satanás, además de un enfermo, un psicópata sin un miligramo de empatía, que se excitaba con el dolor ajeno. Su posición de noble le permitía además estar por encima de los humildes, quienes difícilmente podrían reclamar nada.

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  2. Asi es, monsieur, pensaba que podia disponer de sus vidas y utilizarlos para su placer. Me enferma que haya tanta gente que lo siga defendiendo y lo considere una especie de campeon de las libertades.
    Pero si aun hay quien piensa que lo encarcelaron por escribir!

    Bisous

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  3. Qué hombre tan cruel el marqués de Sade :(, usar el cuerpo de una mujer de manera tan cruel es aberrante, ni siquiera se dignó ayudarla a lavarle las heridas :S.

    De verdad Madame hay gente que defienda a alguien como él?? capaz de tratar a la gente a su antojo, como si fueran objetos, esa no es libertad.

    Besos Madame

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  4. A madame le sorprenderia saber cuanta gente lo tiene como una especie de idolo por considerarlo una victima del Ancien Regime en vez del más tipico producto de aquella aristocracia. A veces me encuentro con cada comentario que me pone la piel de gallina, asi que no sabía muy bien qué iba a encontrarme en el blog. Me alegra ver que estoy entre personas sensatas!

    Bisous, madame

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  5. Mme. siempre usted regalándonos interesantes temas.Felicidades.
    No puedo entrar mucho porque estoy enferma.
    pero he querido pasar a saludarla.
    Besos

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  6. Madame, siento saber que esta usted enferma.
    Espero que no sea nada de consideracion.
    Cuidese mucho!

    Bisous

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  7. Cuando, en su día (hace ya tres años!), leí el relato por entregas recuerdo que había momentos incluso de pena y simpatía por Donatien. Pero solo al principio, pronto esos sentimientos por él fueron solo de rechazo y asco. Un mal bicho.

    Feliz sábado, madame M.
    Abrazos.

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  8. Lo entiendo perfectamente, monsieur, porque era una biografia, y eso comienza con la infancia, cuando uno es aun inocente. Uno tiende a encariñarse con los personajes a medida que los va conociendo, pero en el caso de Donatien es al reves: al principio es muy simpatico (porque ciertamente lo era, y sabia desplegar un gran encanto), pero a medida que se lo va conociendo es preciso detestarlo.

    Feliz sabado, monsieur

    Bisous

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  9. Madame, qué hombre tan horrible, la maldad hecha persona si es que se le podía llamar así. Una historia fascinante y maravillosamente bien narrada, trasmitís perfectamente la tensión y el drama del momento. Sólo espero que este episodio termine bien para la pobre Rose Keller. Si es que al final nosotras siempre salimos perdiendo...Un cariñoso abrazo.

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  10. Madame, que sorpresa!
    Han terminado sus vacaciones?
    Espero que este pasando un agosto relajado, y sean motivos placenteros los que la mantienen alejada del blog.

    Bisous, madame

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  11. Jiji....pues sí madame, son placenteros, afortunadamente. La piscina, la tumbona y los buenos libros me tienen alejada del blog estos días. Pero tengo que aprovecharme porque me espera un curso duro :) Un besito!

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  12. Madame a mi parece que ya me empiza a funcionar todo bien, pero he sabido por seguidores de mi otro blog que hay a mucha gente que no le va, y que incluso no les deja publicar nuevas entradas, habra que esperar a que pase aunque es un verdadero incordio.

    Besos

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  13. Ah, si, veo que la suya ya aparece.
    Mi actualizacion del otro blog tardó mas de 4 horas en aparecer. Hoy he vuelto a actualizar, y a ver si aparece algo.
    Esto es rarisimo, espero que lo arreglen pronto.

    gracias, madame

    Bisous

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  14. Que hijo de puta... y lo triste es que estas posiciones de fuerza se producían con frecuencia y se siguen produciendo incluso en nuestro civilizado primer mundo, y si no que alguien investigue que ocurre tras los neones que siembran nuestras carreteras...

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)