lunes, 24 de agosto de 2009

La Condesa von Koenigsmarck

Aurora von Koenigsmarck

Augusto, Elector de Sajonia y rey de Polonia, debe su fama a la fuerza de su musculatura y a sus conquistas amorosas. Cambiaba de amante tan fácilmente como de camisa, y el número de sus bastardos era incalculable.


De todas estas mujeres ninguna era tan bella como María Aurora, condesa de Koenigsmarck, la menor de las dos hijas del conde Conrado de Koenigsmarck. Nacida en 1668, tenía también un hermano, Felipe, del que se afirmaba que era el hombre más hermoso de Europa.


A la muerte de su padre, Aurora, contando sólo 3 años de edad, hubo de acompañar a su madre desde su Suecia natal hasta Hamburgo. Cuando su madre falleció, encontró un hogar en el de su hermana, que se había casado convirtiéndose en la condesa Loewenhaupt.


De creer a sus contemporáneos, era difícil encontrar tantas perfecciones reunidas en una sola mujer. Era de estatura media, figura perfecta y llena de gracia, cabello negro como ala de cuervo, cayendo como un velo hasta sus rodillas. Su cutis y su piel eran del blanco más puro; sus dientes, dos hileras de perlas entre labios sonrientes, curvados como el arco de Cupido. Su rostro era un óvalo perfecto de rasgos delicadamente cincelados e iluminados por un enorme par de ojos negros.


A estos dones de su físico había que añadir otros de su carácter. Su conversación chispeaba de ingenio y sabiduría; podía expresarse fluidamente en una docena de idiomas, tocaba y cantaba divinamente, escribía versos elegantes y también sabía pintar. Sus modales eran afables y corteses, era generosa hasta el exceso y tenía un corazón tan tierno como grande.


Así era la joven que un día, en compañía de su hermana mayor, partió a reclamar la fortuna que su malogrado hermano Felipe decían que había dejado bajo la custodia de sus banqueros de Hanover. Cuando llegaron, sin embargo, les dijeron que no había nada excepto unos cuantos diamantes.


Dresden


En una situación tan apurada, y ante la sospecha de que unos banqueros deshonestos se habían apoderado de la fortuna, deciden recurrir al Elector de Sajonia. Así que se dirigieron a Dresde, pero allí les dicen que Augusto se encontraba de caza, y que no regresaría en todo el mes. Su esposa y su madre, sin embargo, les dieron una cálida acogida, y cuando él regresó, su madre le presentó su petición, rogando su protección para ellas.


No hubiera hecho falta ninguna palabra por su parte, pues desde el preciso instante en que vio a Aurora, Augusto se sintió su esclavo, tan ansioso por cumplir su voluntad como cualquier adolescente enamorado. Les prometió que se haría justicia y les pidió que fueran sus invitadas.


Así se encontraron instaladas en la corte de Dresden, festejadas como reinas. Augusto, desde el principio, le rendía un homenaje que nunca antes había rendido a ninguna de sus conquistas. Pero Aurora no era mujer que pudiera ganarse fácilmente. Ella escuchaba sonriente sus palabras melosas y recibía sus atenciones con la graciosa complacencia de una reina, pero rechazaba todos sus intentos por ir más allá. Augusto, por primera vez, se encontraba con un iceberg que toda su pasión no era capaz de derretir.


—Estoy seguro de que me odia y me desprecia —le confesó a un amigo—, mientras que yo la amo más que a mi propia vida.


Y a ella le dirigía carta tras carta con mensajes como éste:


Si supierais el tormento que sufro, la bondad de vuestro corazón no podría evitar apiadarse de mí. Fui un loco al declararos mi pasión tan brutalmente. Dejadme expiar mi culpa, postrarme a vuestros pies; y, si deseáis mi muerte, dejadme al menos recibir la sentencia de vuestros dulces labios.


Augusto II de Polonia


Durante más de un año ella respondía asegurándole su gratitud, su estima y respeto, pero no había nada más en aquellas notas que él besaba antes de colocarlas sobre su corazón. Tan alarmada llegó a estar Aurora que amenazó con abandonar una corte en la que estaba expuesta a tales peligros; pero su hermana estaba poco dispuesta a abandonar un lugar en el que lo estaba pasando tan bien, pues también ella tenía sus admiradores, entre ellos el príncipe de Fuerstenberg, el hombre más atractivo de Sajonia. En vez de marcharse, prefirió representar el papel de Cupido.


Y tan bien lo hizo que al cabo de unas semanas Aurora finalmente se había rendido. Ella puso únicamente como condición que, al menos por un tiempo, su relación permaneciera en secreto.


En compañía de su hermana y de algunas de las damas más hermosas de la corte partió hacia Moritzburg. Allí comenzó el reinado de Aurora sobre el corazón del Elector de Sajonia. Ella no tardó en corresponderle con una pasión tan ardiente como la suya propia. Durante los años que siguieron, Augusto no tuvo ojos para otra mujer. Aurora le dio un hijo, Mauricio de Sajonia, que iba a ganar muchos laureles en un futuro y sería, además, el abuelo de la escritora Georges Sand.


Pero no estaba en la naturaleza de Augusto permanecer fiel para siempre a ninguna mujer, y también el reinado de Aurora tocó a su fin. Al cabo de un mes del nacimiento de su hijo, Augusto, ahora rey de Polonia, había caído en las redes de la también hermosa condesa Esterle. Aurora se dio cuenta de que su sol se ponía, y sin una palabra dejó su cetro y se retiró al convento de Quedlinburg.


Amada por todos por su caridad y dulzura, pasó sus últimos años hasta que en 1728 le llegó la muerte, y en la cripta del convento que tanto amaba duerme aún su último sueño.


16 comentarios:

  1. Bueno, en cuanto a belleza externa... o mucho han cambiado los canones de belleza o el retrato no le hace justicia.
    Curioso personaje, quizás un tanto demasiado sumisa para mi gusto. En cualquier caso, siempre interesante.
    Saludos, Madame y buen comienzo de semana.

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  2. En ese retrato ya era mayor, monsieur. El tiempo frecuentemente no perdona.

    No me diga que hay gente demasiado sumisa para usted.

    Bueno, cuestion de puntos de vista. En mi opinion, en esas circunstancias la retirada es la unica salida elegante y digna para una dama. Tal vez no para quien no lo sea.

    Bisous, monsieur

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  3. Mme. paso a saludarla y decir que me ha agradado su entrada, como siempre,muy buena.
    Felicidades.
    Un abrazo Isthar

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  4. Muchas gracias, madame.
    Espero que se encuentre mejor.

    Bisous

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  5. comparto con Xibelius que el cuadro o no es muy real, o el tiempo la trató muy mal o el ideal de belleza del siglo XVII no es ni parecido al del XXI(me inclino por esto último).
    En cuanto a lo del convento, me temo que las examantes reales tenían poco más de donde escoger ... o el convento o el exilio... ya que su permanencia en la corte se vería con resquemor de la amante titular y su vida podría incluso correr peligro... vamos una opinión mía...

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  6. Era una mujer mayor que habia engordado mucho, perdido su figura perfecta y hasta da la sensacion de que los dientes, ademas del ovalo perfecto de su rostro y esos labios de curva perfecta. La descripcion de la joven Aurora ya no se correspondía con el retrato, no.

    Ay, monsieur, si fueran solo las ex amantes reales las que tenian poco donde escoger! Imaginese usted las que no habian recibido palacios lejos de la corte como regalo al que retirarse si lo deseaban.

    Bisous, monsieur

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  7. Se dice que el amor viene siempre con fecha de caducidad. Que puede durar una semana, un mes, un año o muchos...Este caso no iba a ser diferente. Lo terrible es la solución de retirarse a un convento. ¡Cosas de tiempos pasados!

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  8. Bueno, a mi tambien me pareceria terrible, pero en la epoca estaba muy de moda. Todavia habia gente que lo hacia voluntariamente!
    Pero si, asombra pensar en la cantidad de mujeres que durante los siglos XVII y XVIII eligieron terminar sus dias en un convento.

    Bisous, monsieur, feliz tarde

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  9. Bueno, por el retrato, tampoco el mentado Augusto era un Adonis precisamente, pero no hay nada como apoyarse en un buen trono (y con un músico de cámara como Sylvius Leopold Weiss, tocando el laúd por las esquinas del palacio), para ablandar el corazón de las condesas.

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  10. Jiji, no, él no era mi tipo. Pero el hombre debia de ser todo un seductor. Él sí que sabía.

    Buenas noches, monsieur

    Bisous

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  11. Madame ayer os dejé un comentario en esta entrada, igual no escribí correctamente el código y no se publicó...Os decía que me había gustado mucho la historia a pesar del triste final...hay que ver la moda del convento...y que es una pena que el retrato no haga justicia a la belleza de la dama, que sin duda la tuvo, y mucha. Un besito!

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  12. Si, madame, la verdad que mirando el retrato ya no se puede encontrar nada de la descripcion que se hacia de ella. Tuvo que ser muy triste ver como era abandonada al ir perdiendo su belleza, que al final resultó ser lo único valorado, como casi siempre.

    Bisous, madame

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  13. Hay tanto rigor y perfeccionismo en tus escritos que me anonadas.

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  14. Gracias, monsieur, el rigor lo procuro, pero del perfeccionismo estoy lejos aqui: este es el blog facilito, el de los textos que se arman en unos minutos. Si fuera algo mas que un pasatiempos no lo haría así.

    Bisous

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  15. Qué proceder tan admirable el de Aurora, Madame!. Lástima que la pobre no pensara que cuando un ser humano está acostumbrado a tener relaciones pasajeras, es prácticamente imposible que las abandone definitivamente, ya ve a Augusto, sólo unos años fue monógamo y después volvió a las andanzas.

    Otra más que si amo de verdad ;). Aún me acuerdo de la historia de la mujer que estuvo con duque de Guisa y al final no quiso saber de otro hombre aunque hubiesen terminado la relación.

    Un abrazo Madame!

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  16. Ana Gonzaga, en efecto. Sin embargo ella se casó, en lugar de elegir el convento. Pero se debia, sobre todo, a que en su primera juventud ella habia estado destinada al convento por su padre contra su voluntad, asi que no era cuestion de ingresar en uno cuando sufrió el desengaño.

    Bisous, madame

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)