viernes, 24 de julio de 2009

Cellini y la peste

El Perseo

La peste seguía causando víctimas, entre éstas muchos de mis compañeros y conocidos. Yo me creí a salvo de ella. Una noche vino a cenar con un amigo suyo, que era también mío y compañero de arte, una cortesana boloñesa, llamada Faustina.


Era ésta una mujer bellísima, pero de casi treinta años, y tenía consigo una jovencita de trece o catorce. Por ser la mencionada Faustina cosa de mi amigo, por todo el oro del mundo no la hubiera tocado. A pesar de que ella decía estar muy enamorada de mí, constantemente observaba fidelidad a mi amigo; mas luego que se fueron a su lecho, yo robé aquella criadita, la cual estaba nueva, sin estrenar, que ¡ay de ella si su ama lo hubiera sabido!


Así pues, la gocé aquella noche, con mucha mayor satisfacción por mi parte que hubiera tenido con su ama Faustina. Acercándose la hora de desayunar, y rendido yo, que muchas millas había caminado, al querer tomar el alimento me acometió un gran dolor de cabeza, con muchas bubas en el brazo izquierdo, manifestándose un carbunco en la muñeca de la mano izquierda, por la parte de afuera. Se espantaron todos en casa, y mi amigo y las dos putas, la grande y la pequeña. Todos huyeron; por donde vine a quedar solo con un pobre mancebillo mío, que no quiso dejarme; sentí desfallecer el corazón, y me tuve, en verdad, por muerto.


Salero de Francisco I


En esto, pasando por la calle el padre de aquel mi aprendiz, que era médico del cardenal Iacopacci y estaba a sueldo suyo, dicho mancebo dijo a su padre:


—Benvenuto está enfermo en el lecho.


No pensando qué podría ser esa indisposición, entró a verme en el acto, y tomándome el pulso vino a comprender lo que hubiese querido que no fuera. Se volvió de súbito al muchacho y exclamó:


—¡Oh, hijo traidor y fementido, me has arruinado! ¿Cómo puedo ir ya a la presencia del cardenal?


A lo que el niño repuso:


—Mucho más vale, padre mío, éste mi maestro que cuantos cardenales tiene Roma.


Entonces el médico se dirigió a mí, diciéndome:


—Pues ya que estoy aquí, quiero medicarte; sólo de una cosa has de estar advertido, y es que si usaste del coito peligras de muerte.


A lo cual repliqué:


—Pues esta noche lo he usado.


—¿En qué criatura y cuándo?


—En una mocita que era doncella.


Entonces, advertido de las imprudentes palabras que empleó, me dijo:


—Tanto por ser recientes las bubas, que aún no hieden, cuanto por llegar a buena hora el remedio, no temas, que yo espero de todos modos curarte.


Benvenuto Cellini


Me medicó y partió súbito; compareció luego un amigo muy querido, llamado Juan Rigogli, el cual, apiadándose de mi gran mal y de hallarme tan solo, abandonado por mi compañero, dijo:


—Benvenuto, no me apartaré de ti hasta que estés curado.


Le contesté que no se acercase a mí, porque estaba desahuciado. Tan sólo le rogué que, cuando Dios me hubiese quitado del mundo, cogiese una buena cantidad de escudos que había en una cajita cercana a mi lecho, y que se los enviase a mi pobre padre, escribiéndole afablemente.


Mi buen amigo me dijo que en modo alguno se separaría de mí; y que respecto a cualquier desenlace de este asunto, sabía muy bien lo que era conveniente hacer por el amigo. Y así pasamos adelante con la ayuda de Dios y con los oportunos remedios; comencé a aliviarme, y pronto escapé con bien de aquella tan grave enfermedad.


Teniendo aún abierta la llaga y encima una compresa con ungüento, marché, jinete en un potrillo que yo tenía sin domar. Sus pelos eran largos, y parecía un oso. Sobre él fui en busca del pintor Rosso, que estaba en Civitavecchia, en un pueblo del conde de Anguillara, llamado Cervetera. Me recibió con grandes muestras de alegría. Feliz y alegre, regalado con óptimos manjares y mejores vinos por dicho conde, allí permanecí cerca de un mes. Todos los días iba solo a pasear a la orilla del mar, donde hacía gran acopio de piedrecillas, conchas y caracolas raras y lindísimas.


El último día me asaltaron muchos hombres, los cuales, disfrazados, habían descendido de una barca de moros. Con poca esperanza de no acabar abrasado o herido, cabalgué rápido en mi caballejo, y, como Dios quiso, el potranco saltó lo que es imposible de creer, y cuando me vi a salvo, di gracias a Dios. Se lo narré al conde; dio la alarma; se vio el bajel en el mar. Al otro día, sano y salvo, me volví a Roma.



Benvenuto Cellini – Mi vida, capítulo VII


17 comentarios:

  1. Madame, no da usted tregua en la velocidad de sus cartas. Me atrevo a prevenirla contra Don Benvenuto, de quien, si por sus memorias fuese, no habría moza o mancebo que librado saliera. Y al señor condestable de Borbón dice que alcanzó de certero arcabuzazo, con gran quebranto y penar para la ciudad de Roma...

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  2. Eso sostuvo siempre, aunque al parecer no esta tan claro. Presumía de tener vista de lince.
    Tenía mal caracter el caballero, pero se lo perdono.

    Bisous, monsieur

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  3. Entre escritos, versos y cartas llegue a su espacio. Lo aprecio y considero un muy buen Blog.

    -Sin palabras Madame, maravilloso

    Espero la gracia de vuestra visita en el mío... Hasta pronto, feliz día para todos.
    _________________________________________

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  4. Gracias, monsieur.
    Acabo de enlazarlo yo tambien, porque me ha gustado muchisimo su escrito.

    Bisous

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  5. Aunque tantos murieron, algunos lo pudieron contar.Sus post Madame son siempre interesantes.

    Un abrazo.

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  6. Muchas gracias, madame. Igualmente sus relatos lo son.

    Bisous

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  7. Ay, madame, no tenía ni idea de este episodio de la vida de Cellini. Qué afortunado sobrevivir a una enfermedad tan terrible que sin embargo se llevó tantas pobres almas. Como siempre un placer aprender con usted. Un besito!

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  8. Pues si, muchos sobrevivieron a pesar de los rudimentarios antibioticos y medicamentos de la epoca. Asi que si ellos conseguian enfrentarse a la peste, mucho mejor lo haremos nosotros con la gripe A :)

    Bisous, madame

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  9. Madame , su relato ha sido excelente y me ha impresionado la palabra desahuciado , ¡ que fuerte !.Felicidades .
    Un besazo .

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  10. Gracias, madame. En realidad el merito del relato es de Cellini, que ademas sabia escribir muy bien. Sus memorias son una autentica delicia.

    Bisous

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  11. Cellini mentía casi más que hablaba, y sus memorias, según los expertos, no son de fiar. Con todo, es un tipo simpático, marrullero y fanfarrón que me cae bien. Y sus obras eran sencillamente magníficas, como el salero que nos has puesto y que se considera su obra maestra.Siempre es un placer visitarla, dama. Un abrazo muy fuerte.

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  12. Si, madame, a veces se atribuia el protagonismo, como en el caso del condestable de Borbón, pero como ejercicio literario sus memorias no tienen desperdicio.

    Bisous, madame

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  13. Un relato muy freso y lleno de vida (y también de sinceridad), aunque Benvenuto era un tipo de cuidado. No sé si tanto como Caravaggio, pero por el estilo.

    Por cierto, creo que el salero fue robado hace bien poco y no sé si restituido. ¿Sabe algo acerca de esto?

    Un beso, madame

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  14. Si, madame, fue robado, y encima creo que por una persona bastante inexperta, para que vea como anda la cosa de la seguridad. Él entendía de alarmas, eso sí. Ahi habra estado la cuestion.

    Si, creo que fue recuperado, pero con pequeños daños, porque no lo trató con nada de cuidado.

    Bisous

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  15. Caray, con Benvenuto, todo le era bienvenido... Eran otros tiempos. Delicioso fragmento, no conocía estas Memorias.
    Saludos, Madame.

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  16. Pues le recomiendo su lectura, monsieur, porque Benvenuto escribía muy bien y sus memorias son muy amenas.

    Bisous

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  17. Madame, de Cellini nunca he sabido que pensar, el tipo era un brabucón, pendenciero y seguramente, miente más que habla. Como artista es más un joyero y orfebre que un escultor propiamente dicho. Pero sus memorias son muy entretenidas y tiene pasajes divertidos.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)