domingo, 24 de mayo de 2009

Un insigne exhibicionista

Jean-Jacques Rousseau

El siguiente episodio está extraído de las memorias del propio Jean-Jacques Rousseau. Si no lo contara él mismo, tal vez me hubiera resultado difícil dar crédito a la historia:


“…Mi sangre enardecida llenaba sin cesar mi mente de niñas y de mujeres, pero, no acertando a dar con su verdadero uso, las empleaba extravagantemente en mi imaginación sin saber hacer otra cosa, y estas ideas mantenían mis sentidos en una actividad muy molesta, de que, por fortuna, no me enseñaban a libertarme. Hubiera dado la vida por encontrar un cuarto de hora a otra señorita Goton. Pero ya habían cambiado los tiempos en que los juegos de infancia conducían a esta clase de expansiones por sí mismos. Con los años había venido la vergüenza, compañera de la conciencia del mal; se había acrecentado mi timidez natural hasta el punto de hacerla invencible, y nunca, ni en aquel tiempo ni después, he podido hacer una proposición lasciva como no haya sido empujado por la iniciativa de aquella a quien la hiciese, aun sabiendo que no era escrupulosa, y estando casi seguro de su consentimiento.


Creció mi agitación de suerte que, no pudiendo satisfacer mis deseos, los atizaba con los manejos más extravagantes. Buscaba pasadizos oscuros, sitios ocultos donde pudiera exponerme de lejos a las miradas de las mujeres en el estado en el que hubiera querido hallarme a su lado. No era el objeto obsceno lo que veían, ni yo pensaba siquiera en ello, sino el ridículo. Es imposible describir el placer imbécil que experimentaba ofreciendo este espectáculo a sus ojos. De esto a lograr lo que deseaba no había más que un paso, y no me cabe duda de que alguna atrevida al pasar habría satisfecho mis deseos si yo hubiese tenido la audacia de aguardar. Esta locura tuvo un desenlace casi igualmente cómico, pero menos divertido para mí.


Jean-Jacques Rousseau


Un día me situé en el extremo de un patio donde estaba un pozo, al que iban a menudo a buscar agua las muchachas de la casa. Había en aquel extremo del patio un ligero declive que conducía a unas cuevas por varios conductos. En la oscuridad sondeé aquellas avenidas subterráneas y, hallándolas lóbregas y prolongadas, pensé que no tenían fin y que tenía allí un refugio seguro si me veía sorprendido. Con esta confianza ofrecía a las muchachas que iban a sacar agua un espectáculo más risible que seductor. Las más discretas fingieron no ver nada; otras se echaron a reír; algunas se alborotaron, creyéndose insultadas. Yo me oculté en mi retiro, pero fui perseguido. Oí una voz masculina con la que no había contado, y que me alarmó. Entonces me interné en los subterráneos, a riesgo de perderme en ellos; el ruido, las voces, especialmente la de un hombre, me seguían siempre. Había contado con la oscuridad, y vi luz. Entonces me estremecí, y me hundí más y más, hasta que una pared me atajó los pasos, y no pudiendo ir más lejos fue preciso aguardar allí mi destino. En un momento fui alcanzado y agarrado por un hombretón de bigotes enormes, que llevaba un gran sombrero y un sable descomunal, rodeado de cuatro o cinco viejas armadas con mangos de escoba, entre las cuales vi a la bribonzuela que me había descubierto y que sin duda quería verme la cara.


El hombre del sable, agarrándome por un brazo, me preguntó rudamente qué hacía allí. Fácilmente se comprenderá que mi respuesta no fue muy pronta. Con todo, me rehice un poco y, esforzándome, en tan crítico momento, forjé un recuerdo novelesco que me salió bien. Con tono suplicante le dije que tuviese misericordia de mi edad y estado, que yo era un joven extranjero de elevada alcurnia, que había perdido la cabeza y me había escapado de la casa paterna porque me querían encerrar, que estaba perdido si él me daba a conocer, mientras que, si me hacía el favor de soltarme, quizá podría algún día probarle mi agradecimiento. Contra lo que yo esperaba, mis palabras y mi aspecto hicieron efecto. El hombre terrible se compadeció, y después de una corta reprensión me soltó suavemente, dejándome sin preguntarme nada más. Por la actitud de la joven y las viejas, cuando me dejaron salir, conocí que el hombre que tanto miedo me inspiró me había servido de mucho y que con ellas solas no habría salido de allí tan bien librado. Las vi murmurando no sé qué, pero me tenía sin cuidado, pues mientras no se mezclaran en el asunto ni el sable ni el hombre, estaba seguro de librarme de ellas y de sus palos, porque me sentía ágil y vigoroso.


Algunos días después, yendo yo en compañía de un joven abate, vecino mío, por poco doy de hocicos con el hombre del sable, quien me reconoció al instante, y me dijo, imitando mi voz y en tono de mofa:


—“¡Yo soy príncipe; yo soy príncipe, y soy un cobarde!”, pero no trate su alteza de repetirlo.


No dijo una palabra más, y yo me escurrí con la cabeza baja, agradeciendo en el fondo de mi alma su discreción.”




Bibliografía:

Confesiones – Jean-Jacques Rousseau


22 comentarios:

  1. ¡Ay, Madame, ay Madame, no salgo de mi sorpresa y, hedeconfesar de la risa que me haprovocado lo que cuenta Monsieur Rousseau!
    Os juro por el Encinar, que jamás lo hubiese imaginado.
    En fin, como le dijo una empanada a otra: "¡De carne somos!"
    Se retira y os deja su cariños saludo sin dejar de sonreir
    La Petite Fleur

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  2. jajajaj. Me lo he pasado en grande con esta historia. Rousseau estaba como una cabra dentro de su inteligencia, pero este relato es demasiado. Y se nota que sabe contar y narrar a pesar de ser un guarro. Todavía me estoy imaginando la oscura gruta, el joven y atemorizado Jan Jacques, el tipo del sable y bigotes y las viejas de la escoba. Parece un cuadro de Goya al estilo "el aquelarre"jajaj

    Saludos

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  3. A mi lo que me asombra, madame Guiomar, es la falta de empacho de algunos personajes a la hora de escribir sus memorias, y esos alardes de sinceridad. Fijese, no nos hubieramos enterado de no ser por él mismo.

    Bisous

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  4. Si, madame Carmen, la verdad que contar encima con tan buena pluma para narrar la escena hace que no tenga desperdicio. Resulta todo de lo más vívido :)

    Bisous

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  5. JAJAJAJAJAJAJA!!!!! muy divertida la anécdota... pero como muchas veces se habla de unas épocas y otras, el noble Rosseau en nuestros días habría terminado en la cárcel... y a lo mejor recogiendo jabón de las duchas

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  6. Fijese usted el ilustre filosofo a qué se dedicaba de jovencito en sus ratos libres.
    Hoy en dia seguro que una camara hubiera estado alli para arruinar su futuro.

    Bisous, monsieur

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  7. ¡Menudo pájaro! Hemos de reconocerle, al menos, el que fuera sincero, cuando tanta gente miente a porrillo cuando escribe sus memorias. Me ha encantado este episodio que más parece descarado y pícaro que demasiado punible. Besitos dama.

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  8. La verdad que hay que tener valor para hacer una confesion semejante. Me gusta esa capacidad suya para reirse de si mismo. Sus memorias no tienen desperdicio, y se leen con sumo placer.

    Bisous, madame

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  9. Genial el relato jajaja. Desde luego, este hombre no estaba bien de la azotea jajaja.

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  10. Dicen que los filosofos estan todos un poco tocados del ala. No estoy dispuesta a generalizar, pero monsieur Rousseau al final de su vida fue un paranoico de tomo y lomo.

    Bisous, madame

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  11. Y encima tenia mas miedo de estas pobres mujeres ( con razon , porque si lo cojen ...)que el hombreton con espada .Loco de remate !

    Saludos desde Malaga.

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  12. Si, estaba convencido de que ellas le hubieran hecho picadillo, jijiji. No habria salido tan bien librado seguramente, no.

    Bisous, madame

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  13. me cuesta imaginarmelo a Rousseau en una situacion como la descrita! Genial posteo!

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  14. No lo hubiera imaginado Madame :D :D, osea que Rousseau tenía su vida paralela, jajaja. Creo que le gustaba exhibir lo que imagino, no?, si algunos seres a veces parece que lo usan de cerebro, jajaja.

    Besitos

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  15. Ya ve, madame Anabel, a mi tambien me cuesta... pero cuando él lo dice sera verdad, jijiji.

    Bisous

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  16. Sí, madame Minerva, ha entendido usted bien. Jijiji, menos mal que lo superó y se dedicó a cosas mejores. Pero figurese que comienzos tan poco prometedores.

    Bisous

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  17. ¡Ay, madame, pero qué decís! ¡Quién se lo iba a imaginar del mismísimo Rousseau! Tan sesudo y seriote que me lo imaginaba yo y ya ve...

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  18. Si, nada que ver sus memorias con el contrato social, eh, madame? :DD
    Sorpresas te da la vida.

    Buenas noches, madame

    Bisous

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  19. ¡Brava! Acabo de descubrir este curiosísimo blog, que volveré a visitar. Muchas gracias.

    http://lahistoriadedonquijote.blogspot.com
    http://giacomopucciniatravesdesuscartas.blogspot.com

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  20. Muchisimas gracias, monsieur.
    Me hago fan desde ya de su blog sobre Puccini.

    Bisous

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  21. Ay Dame, nunca imaginé que podría reirme con una entrada de historia. Y lo cierto es que viene muy bien ese toque de humor de cuando en cuando.
    Co tú dices, si no fuera porque lo cuenta él personalmente, hubiera dudado de su veracidad.

    Besos

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  22. Vivir para ver, madame!
    Y para ver mas de la cuenta, muchas veces!

    Bisous

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)