miércoles, 11 de marzo de 2009

"Soy el mariscal Ney"

Todos los trucos son lícitos para no morir fusilado. Y, de entrada, sentimos más simpatía por los fusilados que por los fusiladores. Dicho esto, nadie podrá pensar que le echamos nada en cara al glorioso mariscal Michel Ney, príncipe del Moskova y duque de Elchingen, una de las figuras más brillantes de la galaxia de mariscales que rodeaba a Napoleón, al dar crédito a la suposición de que salió vivo de su fusilamiento y disfrutó luego de placenteros años de propina.

Nada parecía llamar a este hijo de un tonelero de Sarrelouis, nacido en 1769, a las glorias militares ni al mando de millares de hombres. Después de trabajar en el taller de su padre, Ney fue ayudante de una notaría y oficinista de una sociedad minera. A los veinte años de edad, coincidiendo con el inicio de los hechos revolucionarios en Francia, el hombre entra en filas, participa en varias acciones y alcanza, con sólo 25 años, el grado de coronel. Al año siguiente ya es general. Antes de que se acabe el siglo, y con 30 años, manda un ejército y dirige campañas de altos vuelos.

En 1802 se casó con la señorita de Anguié y en 1803 Napoleón le hizo mariscal. Tras haber tomado parte en renombradas batallas, fue enviado a España, donde vivió años de preocupación y controversia, puesto que era consciente de la inestabilidad del dominio francés y discrepó de su superior, Massena, en el modo de plantear la campaña de Portugal. De ello derivó que se le ordenase regresar a París en 1811.

Los acontecimientos le dieron la razón y Wellington llevó a cabo la campaña victoriosa enemiga que él había temido y prevenido. Al siguiente año fue destinado a la campaña de Rusia y se distinguió en las terribles batallas de Smolensko, Valutina y Borodino, y en las que siguieron en el centro de Europa tras la retirada.

Cuando Bonaparte abdicó, Ney se aproximó a Luis XVIII, el cual le cubrió de honores. Tenía 44 años cuando se engañó a sí mismo prometiéndose comenzar una carrera de propietario rural en su finca de Condrot. Pero entonces Napoleón decidió regresar a Francia y desembarcó en sus costas. El Borbón quiso someter a Ney a una prueba demasiado dura y le dio el mando de las tropas enviadas a enfrentarse con él. Como es bien sabido, el enfrentamiento consistió en que tanto la tropa como los oficiales aclamaron al emperador echando los gorros por los aires y emprendieron la marcha sobre París.

Total, que fue nombrado jefe de un cuerpo del ejército, y con él combatió en la batalla de Waterloo, con tan poca fortuna que no faltó quien dijera que fue el culpable de la derrota. Abatido, confuso y cansado, regresó al campo, y, enterado de que se le perseguía, se refugió en varias fincas amigas. Al cabo fue detenido y procesado. Un consejo de guerra se declaró incompetente para juzgarlo, alegando que Ney era noble y debía ser juzgado como tal. Pero en el estamento de la nobleza eran mayoría los enemigos del mariscal, y no fue sorprendente que lo condenaran a muerte, el 6 de diciembre de 1815.

La historia oficial anota que el día siguiente, a las 9 de la mañana, Ney fue sacado de la prisión y conducido a los jardines del Observatorio de París. Se le colocó contra una pared, delante del pelotón.


Un diplomático británico, testigo de la ejecución, explicó más tarde que Ney había reclamado dar las voces de mando, mostrando gran valor. Poníendose la mano en el pecho, habría gritado: "¡Soldados, disparad al corazón!". Se oyó una descarga y Ney cayó bañado en sangre. El cadáver fue sacado apresuradamente de allí y llevado a un hospital donde estuvo toda la noche. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio del Père-Lachaise. La viuda no asistió.

Tres años más tarde, en la ciudad norteamericana de Florence, en Carolina del Sur, un profesor de francés declaró un día que él era el mariscal Ney fusilado. Se llamaba, o se hacía llamar, Peter Stuart Ney, y cabría pensar que en su cabeza se había generado cierto mecanismo de asunción inconsciente de la personalidad si no se hubiera dado el caso de que un médico le reconoció y le encontró en el cuerpo las mismas heridas que el mariscal había recibido. El profesor explicó que los soldados del pelotón de ejecución no habían querido disparar contra él. Wellington, deseoso de salvar la vida de un colega, le había hecho llegar un frasquito de líquido rojo para que lo rompiese sobre su camisa en el momento oportuno, y había cuidado que su "cadáver" fuese escondido y llevado a un lugar seguro. Más tarde habría sido sustituido por otro que había en el hospital, para cubrir las apariencias del entierro. Luego fue embarcado hacia América, donde comenzó una nueva vida.


Durante la travesía fue reconocido por un veterano de las guerras napoleónicas, el cual, interrogado más tarde, ratificó la identificación. Es más, el profesor conocía perfectamente todos los pormenores de la familia del mariscal, sus campañas y demás, en términos inalcanzables para un farsante. Un experto en grafología de Nueva York examinó las grafías de los dos Ney y determinó que correspondían a la misma persona.

En suma, cuando el profesor Ney murió en paz, en 1846, sin haber salido de Carolina del Sur, sus últimas palabras fueron: "Yo soy el mariscal Ney".


Bibliografía:
El reverso de la Historia - Pedro Voltes

14 comentarios:

  1. Intrigante historia Madame! Vaya como a burlado a todos este caballero, escapar de un fusilamiento y rehacer su vida en América. Es como si hubiera vuelto a nacer.

    Besos,

    Caroline

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  2. Hola, muy interesante historia, felicidades besos Isthar

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  3. Bueno, yo no diría que no fuera un impostor. Supongo que nunca estaremos cien por cien seguros. Uno de esos misterios de la historia.

    Gracias, madame Caroline y madame isthar.

    Bisous

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  4. No conocía la historia... realmente misterioso... y como apuntas, dan ganas de creer en su veracidad, a pesar de ser enemigo nuestro...

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  5. La verdad que hay impostores que llegaron a asumir tan bien su identidad que ellos mismos estaban persuadidos de ser el personaje. En ocasiones resulta muy dificil averiguar la verdad.

    Bisous

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  6. gracias por la visita, mi estimada madame Gema.

    Bisous

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  7. Interesantísimo. Desconocía esta historia y desde luego resulta rocambolesca. Y no menos extraordinario es que pasara de tonelero a príncipe... Está, además, muy bien escrito. Saludos cordiales.

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  8. Genial historia Diana :).

    Tiene todos los elementos necesarios para convertirse en una novela, mientras leía el post no imaginaba al Mariscal Ney viviendo luego en Nortearmerica y sobretodo laborando como profesor.

    Besos

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  9. Yo tampoco acabo de imaginarlo, pero imposible no es. ¿Quien sabe? Uno de esos misterios que nos ofrece la Historia.

    gracias, madame

    Bisous

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  10. No conocía esta historia y me ha encantado. Tiene ese toque de enigma que te deja con la duda.
    En realidad hay muchos otros que siguen en la vida actual haciendo lo mismo que Ney.

    Un abrazo

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  11. Si, es una constante en todas las epocas. Mas recientemente tuvimos el caso de la presunta Anastasia.

    Bisous

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  12. Si, esta es una de las muchas historias (ciertas o no) que se conocen de la época napoleónica. De no ser cierta merecería serlo.
    Otra historia curiosa es la des ·envenenamiento" del Emperador en Sta. Elena.

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  13. no es la historia que me contaron desde niño. su esposa e hijos huyeron de francia por miedo de correr la misma suerte escaparon a suramerica donde sus hijos tubieron familia.mi abuelo fue el hijo mayor de el.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)