lunes, 30 de marzo de 2009

Bodas a lo Médicis

Retrato de hombre con la medalla de Cosme el Viejo - Botticelli


Cosme de Médicis es un tirano. Según él, la autoridad debe ejercerse tanto sobre las estructuras administrativas como sobre las costumbres; las artes tampoco escaparán a esa forma de autoritarismo. Se le reprocha el haber practicado “la caza de brujas”, y navegará con igual facilidad por la tiranía política y el mecenazgo literario hasta su muerte en 1464.

En Florencia todo está reglamentado, incluso los placeres. El Consejo, donde Cosme reina como amo y señor, exige que las casas privadas se edifiquen suntuosamente. Si el Médicis ama el lujo, el barrendero también tiene que amarlo. Se otorgan ayudas para la construcción que se recuperan mediante el pago de impuestos.

Cosme firmó varios centenares de ordenanzas en 35 años de gobierno. Se refieren tanto a funerales como al matrimonio, autorizado a partir de los 16 años. El matrimonio nunca se pacta según el deseo de los futuros esposos. Los casamientos a lo Médicis los decide un intermediario, el sensale, que pone en conocimiento del funcionario público el nombre de los novios. La dote no es una costumbre, sino una obligación. Su monto no se entrega al futuro esposo, sino que se deposita en el Monte, el banco del Estado, y allí permanecía durante 15 años. Después se permitía retirarla, pero se aconsejaba dejarla; a partir de entonces se percibía un interés progresivo. La colocación del anillo, símbolo del compromiso, se celebra obligatoriamente con un almuerzo y una cena. Se hacen regalos, pero los de la novia no deben superar las cien libras. El día de la boda se coloca una cinta o una guirnalda de flores que atraviesa la calle donde vive la futura esposa. La reglamentación de la decoración exterior varía según las artes, las corporaciones y el monto del depósito que el padre de la desposada tiene en el banco del Estado.


Antes de la misa, los casados, acompañados por sus familiares y amigos, van al Bigallo, cerca del baptisterio de San Giovanni, donde se celebran siempre los grandes casamientos. Suenan las trompetas decoradas con el blasón que simboliza el arte al que pertenece el novio. La novia, bajo un velo blanco que simboliza su castidad, avanza hacia el altar donde la espera el esposo. Antes de la ceremonia a veces a éste le está permitido salir a caballo de la casa de sus padres, acompañado de 10 mujeres como máximo; pero tiene que respetar la obligación de volver a la casa de la novia en compañía de por lo menos dos mujeres o de dos hombres; de lo contrario le será aplicada una multa de cien florines. Y no es que sean costumbres, sino decretos que en Florencia nadie puede ignorar.

Por respeto al sacramento, está formalmente prohibido consumar el matrimonio la misma noche de la ceremonia.

Los banquetes también están sujetos a reglamentos. En el del mediodía no puede haber más de 25 mujeres sin contar las de la familia, no más de 10 hombres y no más de 8 servidores. Las nupcias no pueden prolongarse más de 2 días. Las danzas y los ejecutantes de trompa y de timbal están prohibidos fuera de la casa de la novia, donde siempre se desarrollan los festejos. Se controla el menú y el cocinero tiene la obligación de informar lo que será servido a un funcionario especial. Sólo se permiten 3 platos y 25 porciones por plato. Si se sirve carne de vaca, no pueden consumirse otras carnes. Para la cena sólo dos platos: picadillos, gelatinas o tartas. Cualquiera que sea el rango de la casada, no tiene derecho a distribuir o a enviar ningún adorno, bolsa, cinturón o tocado.



Como buen banquero, Cosme vela por la economía. Lo que se ahorra en el casamiento contribuirá a la riqueza de la ciudad. Utiliza los fondos de que dispone para que en Europa envidien el prestigio de Florencia.


Bibliografía:
Los Médicis. El dinero magnífico - Claude Mossé

sábado, 28 de marzo de 2009

La competitiva marquesa de Verneuil

María de Médicis

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Cuando Enrique IV de Francia se casó, su amante, Enriqueta d’Entragues, marquesa de Verneuil, comenzó a correr con María de Médicis una carrera de velocidad, un curioso concurso de fecundidad, poniendo todo su amor propio en dar al luz al mismo ritmo y con la misma regularidad que la reina. Así, en 1601, habiendo dado María un Delfín al rey, la Verneuil no perdió el tiempo y trajo un niño al mundo, “que el rey besa y mima mucho, llamándolo su hijo y encontrándolo más hermoso que el de su esposa, la reina, diciendo que éste se parece a los Médicis, pues es negro y gordo como ellos. Se dice que, al enterarse la reina, lloró mucho.”

Esta marcada preferencia por el hijo del amor henchía de desmesurado orgullo a la favorita, que llegaba a considerarse la única y verdadera mujer del rey, declarando indecentemente “que ella era la reina antes que la otra”, y llamando a su hijo Delfín. La confusión era, pues, total, y el rey la alentaba ex profeso, confundiendo a las madres como confundía a los hijos. Cuando iba a visitar a su numerosa prole, se hacía acompañar indiferentemente por la reina o por la amante y, a veces, por ambas a la vez.

Marquesa de Verneuil

Así, en la vida doméstica la jerarquía se invierte muchas veces y la favorita toma, con el consentimiento de todos, el primer lugar. Esas inversiones domésticas suelen acarrear no sólo querellas, humillaciones, celos, sino también insultos de los que no se salvan los oídos del rey. Enrique IV toleraba que María de Médicis calificara a Enriqueta de “marquesa puta”, y que ésta respondiera sin ambages tratando a la reina de “gorda banquera”.


Bibliografía:
Las mujeres del Rey – Chaussinand-Nogaret
Journal pour le règne de Henri IV – L’Estoile
Mémoires – Claude Groulard

martes, 24 de marzo de 2009

Diálogo de Besugos

La familia de Carlos IV

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En la familia y en la corte de Fernando VII ocurren sucesos equivalentes a tres o cuatro dramas de Shakespeare juntos. En sus cartas íntimas al ministro Godoy, la reina María Luisa calificaba a su hijo de “marrajo cobarde”. Para muestra del ambiente familiar, creo que basta con este botón.

Napoleón hizo saber a Fernando que su padre exigía que se le devolviese la corona que poseía en virtud de una abdicación nula, debiendo darle al punto respuesta escrita. El día en que ésta fue entregada, Fernando VII visitó a su padre y mantuvieron el siguiente diálogo asombroso, de cuya autenticidad responde en sus memorias el canónigo Escoiquiz:

Fernando VII

Fernando.— Padre mío, si Vuestra Majestad no hizo voluntariamente la renuncia de la corona en Aranjuez, ¿por qué no me lo advirtió entonces, sabiendo que en tal caso nunca la hubiera yo admitido?

Carlos.— La hice voluntariamente.

Fernando.— Pues, ¿por qué ha protestado Vuestra Majestad contra ella?

Carlos.— Porque no la hice en mi ánimo con intención de que fuese para siempre, sino para el tiempo que me pareciese.

Fernando.— ¿Por qué, pues, hizo Vuestra Majestad la renuncia sin esa cláusula, o no me lo dijo a lo menos en secreto?

Carlos.— Porque no me dio la gana ni tenía obligación de decírtelo.

Fernando.— ¿Pues acaso insinué yo a Vuestra Majestad siquiera que lo hiciese?

Carlos.— No.

Fernando.— ¿Y Vuestra Majestad quiere ahora volver a reinar?

Carlos.— No. Estoy muy lejos de eso.

Fernando.— Pues ¿por qué me manda Vuestra Majestad que le devuelva la corona?

Carlos. — Porque se me antoja, y no tengo necesidad de decirte la razón. Ni quiero que me hables ya una palabra de esto, sino que obedezcas.


Bibliografía:
Historia Inaudita de España - Pedro Voltes

viernes, 20 de marzo de 2009

La muerte de Alfonso XII

Alfonso XII

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El 26 de noviembre de 1885, las campanas de las iglesias de España doblan a muerte cada cuarto de hora y los cañones de las fortalezas hacen salvas hasta la puesta de sol. El día anterior ha muerto el rey. El periódico de ayer decía:

S. M. el Rey don Alfonso ha experimentado un recargo en su enfermedad, pero esta tarde se ha encontrado algo mejor, habiendo tomado algún alimento.

También se reseñaba que el rey sufrió un ataque de disnea, que hoy valoramos como fase extrema de la tuberculosis que le llevó a la tumba.

¡Qué tristeza da ver en el Palacio de Madrid las muestras de amor que le profesaba doña María Cristina! En una cartulina están pegadas unas hojas secas y, en el margen, la reina escribió en alemán: “Del ramo que le entregué a mi Alfonso en el jardín de nuestra residencia en Arcachon, 22 de agosto de 1879”.

María Cristina de Habsburgo

Contra su fama de rigidez, la reina era persona tierna y dulce. En sus habitaciones se conservaron unos cuadernos donde apuntó canciones y poesías que le llamaron la atención. Una dice:

Dentro de mi pechito
Tengo una cuna
Donde el bien de mi alma
Viene y se arrulla,
Y en los vaivenes
Se despierta y me dice:
Chacho, ¿me quieres?

Los periódicos del día 27 informaron de que las Cortes habían designado a doña María Cristina reina gobernadora, e inmediatamente este nombre fue corregido por el de reina regente, que es el título con el que actuó. Encargó a Sagasta formar gobierno. En estos primeros pasos de la Regencia, la única nota discordante fue el motín acaudillado por los sargentos de Cartagena, el 10 de enero de 1886. Ni los republicanos ni don Carlos VII querían violencias a la sazón. El país estaba resuelto a apoyarla en su dificultosa empresa.

El 17 de mayo de 1886 nació el rey Alfonso XIII, casi seis meses después de la muerte de su padre. En el palacio de París, Isabel II preguntaba a sus visitantes españoles:

—¿Qué piensas de mi nieto?

En el Palacio Real madrileño hay una foto suya, dedicada en 1900 a Alfonso XIII con las palabras de “Una pobre anciana que te quiere mucho”.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Las infidelidades de Luis XV

María Leczinska

La reina María Leczinska no hallaba consuelo cuando supo que su esposo la engañaba. Desesperada, se encerró en sus aposentos a llorar amargamente su desdicha. Luis fue a verla aquella misma noche, con la intención de acostarse con ella y hacer las paces. Esto, naturalmente, indignó aún más a María, la cual se negó a sus pretensiones. El marqués de Argenson cuenta en sus memorias que el rey pasó cuatro horas en el lecho de su esposa sin que ésta se dignase prestarse a sus deseos. Según esta versión, parece, sin embargo, que la razón principal de la negativa de la reina era que "bobamente se imaginaba que su salud corría peligro, puesto que madame de Mailly había tenido tratos carnales con varios libertinos de la corte". Así pues, María se acurrucó entre las sábanas, fingiendo dormir, sorda a sus súplicas. A las tres de la mañana, perdida la paciencia, el rey saltó del lecho gritando:

-¡Será la última vez que intento la aventura!

Y salió dando un portazo.

Luis XV

La reina se hallaba encinta de dos meses. En mayo dio a luz una hija. Cuando se lo anunciaron a Luis XV, y puesto que sus dos hijas anteriores eran llamadas Madame Quinta y Madame Sexta, le preguntaron si la niña se llamaría Madame Séptima. El rey respondió:

-No. Se llamará Madame Última.

Y lo fue. A partir de entonces ya no ocultó su relación con madame de Mailly, lo que le valió el reproche del cardenal Fleury. Pero el joven monarca replicó:

-He dejado en vuestras manos el gobierno de mi reino. Espero que al menos me dejéis a mi amante.

lunes, 16 de marzo de 2009

Conjura en Toledo


Hubo entre los reyes visigodos un príncipe que no era de estirpe gótica. Se llamaba Ervigio, y la Crónica Rotense nos lo presenta como hijo de padre bizantino y madre visigoda. Su padre había sido expulsado de Constantinopla por el basileus y llegó a España en calidad de refugiado. Allí fue recibido con magnificencia por el rey Chindasvinto, que le dio por esposa a una pariente suya.


El fruto de este matrimonio, Ervigio, se convirtió en un distinguido magnate de la corte toledana en tiempos del rey Wamba. Llevaba el título de conde en razón de su pertenencia al comitatus, es decir, al séquito del monarca. Pero Ervigio iba a protagonizar un encumbramiento todavía mayor, pues lograría colocar sobre su cabeza la corona del reino visigodo.


Su encumbramiento fue el resultado de una refinada conjura tramada por él y que tuvo por escenario el palacio toledano. En la tarde del domingo 14 de octubre de 680, el rey Wamba tomó una infusión de hierbas, como seguramente tenía por costumbre. Pero esta vez hubo algo inusual, porque el conde Ervigio, con la probable connivencia de personas de los servicios médicos de la corte, mezcló en el brebaje una fuerte dosis de esparteína, un poderoso narcótico que no producía la muerte, pero que privaba de sentido a quien lo tomaba. El efecto fue inmediato: Wamba se desplomó en aparente estado de coma y los magnates creyeron que se hallaba en trance de muerte. Con el fin de que muriera como un buen cristiano, se decidió imponerle el hábito de penitente.


Wamba fue tonsurado. Se recubrió su cuerpo con un cilicio y se trazó sobre él una cruz de ceniza. Entre oraciones se amonestaba al penitente a observar los deberes que tenía que cumplir a partir de entonces, si es que sobrevivía, totalmente apartado de los asuntos terrenales: “No te mezcles en ningún negocio de este siglo, no desees ninguna cosa temporal: vive ya como un muerto para este mundo.”


Pero Wamba, lejos de morir, despertó. En cuanto cesaron los efectos del hipnótico, volvió en sí y se encontró transformado en penitente público, legalmente incapacitado para reinar.



El monarca intentó resistir al despojo del que había sido víctima. Pataleó y alegó que la penitencia era inválida, pues se la habían impuesto contra su voluntad, hallándose inconsciente bajo los efectos del narcótico.


En el canon 3 del concilio XII de Toledo, reunido apresuradamente para ratificar la legalidad de la realeza de Ervigio, resuenan los ecos de las protestas de Wamba y de los argumentos aducidos contra él por el primado Julián, amigo de Ervigio. El canon calificó de “procaz y obstinado descaro” el intento de aquellos que pretendían “liberarse del signo venerable de la tonsura y arrojar lejos de sí el hábito de la religión afirmando desvergonzadamente que no estaban sujetos a las reglas de la disciplina eclesiástica porque ellos no pidieron la penitencia ni al recibirla conservaban el sentido”. Y el canon aducía como decisivo argumento teológico el hecho de que tampoco eran conscientes los párvulos que recibían el bautismo y no por ello el sacramento dejaba de ser válido y de obligar a quienes lo recibieron.


Wamba, abandonado por todos, cesó su inútil resistencia y suscribió dos documentos preparados por los autores de la conjura. En uno de ellos designaba a Ervigio para sucederle en el trono, sin necesidad de una elección como la que le había dado a él la corona; el otro era un mandato dirigido al obispo de Toledo para que procediera sin dilación a conferir la unción real a Ervigio. Y hubo un tercer documento: una declaración de los magnates de la corte certificando la tonsura de Wamba y la imposición del hábito de penitente.


Ervigio, proclamado rey el lunes 15 de octubre de 680 y ungido el siguiente domingo, pudo dar comienzo a un reinado tan ardientemente deseado como sinuosamente conseguido.



Bibliografía:

Semblanzas visigodas - José Orlandis

Los godos en España - E. A. Thompson


sábado, 14 de marzo de 2009

El mito de Belerofonte

Belerofonte era nieto de Sísifo, rey de Corinto. Se vio obligado a expatriarse por haber dado muerte en un duelo a un noble llamado Béleros, del que deriva precisamente el nombre de Belerofonte. Se refugió en Tirinto, en la corte del rey Pretos. Pero éste también se sintió agraviado en cierta ocasión por el héroe y, al no querer matarlo porque los huéspedes eran sagrados, decidió enviarlo a realizar una hazaña peligrosa. Con esta finalidad lo remitió a Iobates, rey de Licia, con el encargo secreto de que lo quitase de en medio.

Quimera
Iobates se comportó con el joven como Euristeo con Hércules, encargándole rudos trabajos. El primero consistió en enviarlo a luchar contra la quimera, monstruo que tenía cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, y que arrojaba llamaradas por la boca. El héroe mató al monstruo con ayuda de Atena, quien le dio el caballo alado Pegaso.

Vencedor de esta primera prueba, fue enviado después a pelear contra los solimos, belicoso pueblo de Licia, y posteriormente contra las amazonas.

La vejez del héroe fue amargada por la envidia de los dioses, quienes habían contraído matrimonio con sus hijas. Cierto día que Belerofonte, confianzo en las fuerzas de Pegaso, quiso escalar al Olimpo, fue derribado de su montura. Su cuerpo quedó hecho pedazos y el corcel alado se convirtió en estrella pasando a formar parte de una constelación que todavía lleva su nombre.



miércoles, 11 de marzo de 2009

"Soy el mariscal Ney"

Todos los trucos son lícitos para no morir fusilado. Y, de entrada, sentimos más simpatía por los fusilados que por los fusiladores. Dicho esto, nadie podrá pensar que le echamos nada en cara al glorioso mariscal Michel Ney, príncipe del Moskova y duque de Elchingen, una de las figuras más brillantes de la galaxia de mariscales que rodeaba a Napoleón, al dar crédito a la suposición de que salió vivo de su fusilamiento y disfrutó luego de placenteros años de propina.

Nada parecía llamar a este hijo de un tonelero de Sarrelouis, nacido en 1769, a las glorias militares ni al mando de millares de hombres. Después de trabajar en el taller de su padre, Ney fue ayudante de una notaría y oficinista de una sociedad minera. A los veinte años de edad, coincidiendo con el inicio de los hechos revolucionarios en Francia, el hombre entra en filas, participa en varias acciones y alcanza, con sólo 25 años, el grado de coronel. Al año siguiente ya es general. Antes de que se acabe el siglo, y con 30 años, manda un ejército y dirige campañas de altos vuelos.

En 1802 se casó con la señorita de Anguié y en 1803 Napoleón le hizo mariscal. Tras haber tomado parte en renombradas batallas, fue enviado a España, donde vivió años de preocupación y controversia, puesto que era consciente de la inestabilidad del dominio francés y discrepó de su superior, Massena, en el modo de plantear la campaña de Portugal. De ello derivó que se le ordenase regresar a París en 1811.

Los acontecimientos le dieron la razón y Wellington llevó a cabo la campaña victoriosa enemiga que él había temido y prevenido. Al siguiente año fue destinado a la campaña de Rusia y se distinguió en las terribles batallas de Smolensko, Valutina y Borodino, y en las que siguieron en el centro de Europa tras la retirada.

Cuando Bonaparte abdicó, Ney se aproximó a Luis XVIII, el cual le cubrió de honores. Tenía 44 años cuando se engañó a sí mismo prometiéndose comenzar una carrera de propietario rural en su finca de Condrot. Pero entonces Napoleón decidió regresar a Francia y desembarcó en sus costas. El Borbón quiso someter a Ney a una prueba demasiado dura y le dio el mando de las tropas enviadas a enfrentarse con él. Como es bien sabido, el enfrentamiento consistió en que tanto la tropa como los oficiales aclamaron al emperador echando los gorros por los aires y emprendieron la marcha sobre París.

Total, que fue nombrado jefe de un cuerpo del ejército, y con él combatió en la batalla de Waterloo, con tan poca fortuna que no faltó quien dijera que fue el culpable de la derrota. Abatido, confuso y cansado, regresó al campo, y, enterado de que se le perseguía, se refugió en varias fincas amigas. Al cabo fue detenido y procesado. Un consejo de guerra se declaró incompetente para juzgarlo, alegando que Ney era noble y debía ser juzgado como tal. Pero en el estamento de la nobleza eran mayoría los enemigos del mariscal, y no fue sorprendente que lo condenaran a muerte, el 6 de diciembre de 1815.

La historia oficial anota que el día siguiente, a las 9 de la mañana, Ney fue sacado de la prisión y conducido a los jardines del Observatorio de París. Se le colocó contra una pared, delante del pelotón.


Un diplomático británico, testigo de la ejecución, explicó más tarde que Ney había reclamado dar las voces de mando, mostrando gran valor. Poníendose la mano en el pecho, habría gritado: "¡Soldados, disparad al corazón!". Se oyó una descarga y Ney cayó bañado en sangre. El cadáver fue sacado apresuradamente de allí y llevado a un hospital donde estuvo toda la noche. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio del Père-Lachaise. La viuda no asistió.

Tres años más tarde, en la ciudad norteamericana de Florence, en Carolina del Sur, un profesor de francés declaró un día que él era el mariscal Ney fusilado. Se llamaba, o se hacía llamar, Peter Stuart Ney, y cabría pensar que en su cabeza se había generado cierto mecanismo de asunción inconsciente de la personalidad si no se hubiera dado el caso de que un médico le reconoció y le encontró en el cuerpo las mismas heridas que el mariscal había recibido. El profesor explicó que los soldados del pelotón de ejecución no habían querido disparar contra él. Wellington, deseoso de salvar la vida de un colega, le había hecho llegar un frasquito de líquido rojo para que lo rompiese sobre su camisa en el momento oportuno, y había cuidado que su "cadáver" fuese escondido y llevado a un lugar seguro. Más tarde habría sido sustituido por otro que había en el hospital, para cubrir las apariencias del entierro. Luego fue embarcado hacia América, donde comenzó una nueva vida.


Durante la travesía fue reconocido por un veterano de las guerras napoleónicas, el cual, interrogado más tarde, ratificó la identificación. Es más, el profesor conocía perfectamente todos los pormenores de la familia del mariscal, sus campañas y demás, en términos inalcanzables para un farsante. Un experto en grafología de Nueva York examinó las grafías de los dos Ney y determinó que correspondían a la misma persona.

En suma, cuando el profesor Ney murió en paz, en 1846, sin haber salido de Carolina del Sur, sus últimas palabras fueron: "Yo soy el mariscal Ney".


Bibliografía:
El reverso de la Historia - Pedro Voltes

martes, 10 de marzo de 2009

El hombre que no quiso reinar



Grande, de fuerte tórax, luchador de brazo terrible, “león erizado cuando se acercaba el momento del combate” y muy piadoso. Corría la leyenda de que su fuerza era tal que una vez partió en dos a un sarraceno con un solo golpe de su espada. Su estatura era superior a la media, sus facciones agradables, podría decirse que atractivas, o incluso hermosas. Tenía la barba y el pelo de un color que se describe como de un tono castaño muy claro o como rubio oscuro. Recto, valeroso, de carácter apacible, casto, devoto, humano, con porte agradable y tan cortés que “parecía un monje más que un guerrero”.


Así retratan las crónicas a Godofredo de Bouillon. Nació nuestro héroe en el reino de Francia hacia el año 1060. Descendía de Carlomagno, tanto por su abuela paterna, Matilde, como por su abuelo materno, Godofredo el Barbudo, duque de la Lotaringia y hermano del Papa Esteban II. Su padre fue Eustaquio, conde de Boulogne.


Al Barbudo lo sucedió su hijo el Giboso, que, al no tener descendencia, dejó como herederos a su sobrino Godofredo de Bouillon y sus dos hermanos. Nuestro caballero recibió del emperador Enrique IV el ducado de la Baja Lorena en vasallaje; pero el emperador se lo pensó mejor y decidió confiscar el ducado en provecho de la corona, reservándolo para su propio hijo Conrado, y dejándole a él sólo el condado de Anvers y la señoría de Bouillon. Godofredo, que tenía por entonces poco más de 20 años, no dejó por ello de servirle con fidelidad, y así lo siguió en la expedición italiana contra el Papa San Gregorio VII, entrando en Roma en 1084.


Se ha apuntado en alguna ocasión que fue la conciencia de haber cometido un grave pecado al participar en esta campaña lo que lo impulsó a tomar la cruz y partir hacia Jerusalén en compañía de sus dos hermanos, respondiendo al llamado de Urbano II.


El mayor, Eustaquio, al parecer lo hizo sin ningún entusiasmo; el menor, Balduino, hombre de barba y cabello negro, más corpulento que Godofredo, había estado destinado a la Iglesia, y estudió en Reims, en Cambrai y en Lieja antes de hacerse caballero, condición más adecuada a su gusto por el fasto y a su altivez de gran señor, dos rasgos que no compartía con Godofredo. Balduino soñaba con lograr en Oriente un feudo a medida de su ambición, y de hecho, como si partiera a las cruzadas sin idea de volver, se llevó consigo a su esposa normanda, Godvère de Toeni, y a sus hijos pequeños.


Para financiar la campaña, Godofredo vendió o empeñó varios de sus estados, reuniendo, con sus hermanos, 80.000 hombres. Los diversos cruzados tomaron, con sus respectivos ejércitos, diferentes recorridos hacia Tierra Santa, y acordaron reunirse todos en Constantinopla.


En 1097 tuvo lugar el cerco de Nicea, donde “sólo cuando la división comandada por Godofredo se acercó, al clamor del trueno ‘¡Dios lo quiere!, la reñida batalla se decidió a favor de los cristianos”. Tomaron después Edesa, y formaron un principado que tuvo por señor a Balduino.


Tras múltiples penalidades, enfermedades y lucha contra los elementos, hambre y rencillas entre los caballeros, con un ejército agotado y reducido a la mitad por tanto revés como habían padecido, el 7 de junio 1099 los cruzados iniciaron el cerco de Jerusalén. El calor del verano era abrasador, y la sed insoportable. Pero entonces, cuando cundía el desánimo, Godofredo vio muy oportunamente a un hombre con un brillante escudo en el monte de los olivos, y comenzó a propagar a los cuatro vientos que San Jorge acudía en auxilio de los cristianos. La moral se rehizo y la ciudad pudo ser tomada al asalto. Godofredo fue uno de los primeros en entrar, y abrió las puertas a los demás desde el interior.




Una vez conquistada la plaza, los cruzados decidieron convertir Jerusalén en un reino, y eligieron por rey a Godofredo, por ser el caballero que más virtudes reunía. Pero él se negó a ostentar ese título, “por respeto a Aquel que había sido coronado con una Corona de Espinas en aquel lugar”. Prefirió, en cambio, ser el “Guardián del Santo Sepulcro”.


El caballero, que se ganó reputación de justo incluso entre sus enemigos, vivió otras victorias que acrecentaron su fama. Falleció a consecuencia de la peste el 18 de julio de 1100, sin haber cumplido aún 40 años, y fue enterrado en la iglesia del Santo Sepulcro. Le sucedió su hermano Balduino, que se hizo coronar rey.



Bibliografía:

Si te olvidara, Jerusalén - Pierre Barret y Jean-Noël Gurgand

Historia de las Cruzadas - Hans Eberhard Mayer

jueves, 5 de marzo de 2009

La Teogonía

El gran Urano llegó seguido de la Noche y animado de deseo amoroso se tendió cuan largo era sobre la tierra. Entonces Cronos, saliendo del lugar donde se había emboscado, agarró a su padre con la mano izquierda y, empuñando con la derecha la gran hoz de afilados dientes, le cortó en un instante las partes viriles y las arrojó detrás de sí, al azar. Pero no fue un despojo inútil lo que soltó su mano, porque las gotas de sangre que de aquél se derramaron las recibió la Tierra, fecundándola nuevamente y dando a luz entonces a las robustas Furias o Erinias, a los enormes Gigantes, que vestían lustrosas armaduras y manejaban grandiosas lanzas, y a las ninfas Melias.


Y las partes viriles que Cronos cortó con la guadaña y arrojó desde el continente al proceloso mar, fueron flotando de acá para allá hasta que de la carne inmortal salió una blanca espuma de la que emergió una bellísima deidad que se dirigió primero a la sagrada Citera y luego a Chipre, situada en medio de las olas del mar. Al tomar tierra brotó la hierba por donde ponía sus plantas y fue llamada Afrodita, la diosa del Amor.

Teogonía - Hesíodo

martes, 3 de marzo de 2009

La mujer que reinó después de muerta



El 18 de abril de 1320 había nacido el príncipe heredero de Portugal, que recibió el nombre de Pedro. Siendo hijo de Beatriz de Castilla, era lógico pensar para él en un matrimonio orientado en esa dirección, y así fue. En agosto de 1340 se llevó a cabo su boda con Constanza Manuel, hija del infante y famoso escritor Don Juan Manuel, que era sobrino del rey de Castilla Alfonso X el Sabio.


Entre el séquito de Constanza viajaba una joven de extraordinaria belleza. Se llamaba Inés Pérez de Castro, y la apodaban “Cuello de garza”. Era hija natural de un importante miembro de la antigua nobleza gallega y leonesa, y sucedió que el príncipe, apenas la vio, se enamoró de ella. Esto causaba la desdicha de los tres, porque, por una parte, Inés, aun correspondiendo a los sentimientos de Pedro, era demasiado virtuosa para ceder a sus pretensiones, y por otra parte Constanza se mostraba celosa de esta relación, aunque fuera platónica. Nada dispuesta a tolerar semejante irregularidad, exigió que su rival fuera alejada de la corte, y así lo ordenó el padre de Pedro, el rey Alfonso IV de Portugal.


Castillo de Alburquerque, Badajoz


Inés tuvo que refugiarse en Alburquerque, aunque su enamorado continuaba viéndola a escondidas. Pero el 13 de noviembre de 1345 Constanza falleció al dar a luz al heredero, Fernando. Pedro era ahora libre; Inés y él se convirtieron en amantes, parece ser que se casaron en secreto y tuvieron 3 hijos.

Años más tarde Alfonso IV el Bravo quiso casar nuevamente a su hijo para establecer otra alianza. Cuando lo llama a su presencia, Pedro le dice que no puede hacerlo, porque ya está casado con Inés. El rey se desespera, monta en cólera. No puede admitirlo; ella, por su origen ilegítimo, no es adecuada para el heredero de Portugal, y ni siquiera sabe cómo va a explicar lo sucedido después de que las negociaciones hayan ido tan lejos. Le parece una catástrofe y teme que los hermanos de Inés desplacen a su nieto Fernando en la línea sucesoria para llegar a ver coronado a uno de sus sobrinos. Los enemigos de los Castro le sugieren la solución: ella tenía que morir.


Alfonso sentía escrúpulos. Por una parte veía la inconveniencia de esa unión, pero por otra un crimen así constituía una crueldad muy alejada de él hasta entonces. Un día se decidió y, según una versión, mandó a Gonzálvez, Coelho y López Pacheco con instrucciones secretas de asesinar a Inés. Aunque se arrepintió casi de inmediato y envió rápidamente un mensajero con su contraorden, éste no llegó a tiempo de impedir el crimen. Según otra versión, él mismo se presentó en compañía de estos hombres en el Monasterio de Santa Clara, en Coimbra, aprovechando que el infante estaba ausente de cacería. Inés, avisada de su llegada, sospechó lo que se proponía, de modo que salió a esperar al rey rodeada de sus hijos. Su actitud suplicante conmovió a Alfonso, que ya se marchaba cuando los caballeros mencionados lo persuadieron para que les permitiera continuar adelante con el plan. Entonces regresaron en busca de Inés y la degollaron.


El rey falleció poco después, dicen que consumido por la pena y el remordimiento. Pedro era ahora el nuevo rey de Portugal. Ocultó su rencor hasta entonces mientras iba hilvanando en su mente la venganza, una reacción tan insólita que convirtió a Inés en leyenda: primero ordenó exhumar su cadáver, la sentó en el trono a su lado e hizo que fuera coronada al mismo tiempo que él para recibir el homenaje de los nobles y dignatarios de la corte. Se ha sugerido que este episodio puede tener su origen en la costumbre portuguesa de la época de colocar figuras de cera de los reyes sobre el túmulo funerario, de modo que tal vez fuera su efigie lo que hizo sentar en el trono en vez de su cadáver.

Inés fue enterrada en la nave central del monasterio de la Alcobaça, en una tumba de mármol blanco junto a la que Pedro hizo preparar su propia sepultura, tan cerca que los catafalcos se tocaban los pies. "Quería que el día de la resurrección, al levantarse, su primera imagen a contemplar fuera la de Inés".



Sepulcro de Inés de Castro y Pedro el Cruel


Después el nuevo rey procedió a castigar a los culpables de un modo que le valió para algunos pasar a la Historia como Pedro el Cruel (no lo confundan con el rey de Castilla del mismo nombre) y para otros como Pedro el Justiciero. Los persiguió de modo implacable y, cuando los tuvo en sus manos, a uno de los asesinos le arrancó el corazón por el pecho, y a otro por la espalda antes de que sus cuerpos fueran reducidos a cenizas.


De manera póstuma Inés de Castro fue declarada su esposa y reina de Portugal, convirtiéndose de esta manera en la única persona que reinó después de muerta. Así cumplió su amado la promesa que le había hecho en vida de que ella sería un día su reina.

Los viajeros pueden aún contemplar sus tumbas en su sombría grandeza, pese a los daños que los soldados de Napoleón causaron en 1811 buscando unos tesoros que no existían.

¿Fue Pedro el Cruel? ¿O fue el Justiciero?



domingo, 1 de marzo de 2009

Laura y el Marqués de Sade

Laura de Noves, musa de Petrarca

"Siempre pensé que debía casarlo pronto. Nadie me creyó, me decían que no era urgente, pero ahora sé que ha llegado el momento", escribía desesperado el conde de Sade, padre de Donatien, nuestro marqués. La elegida fue una joven de su edad: Renée-Pélagie de Montreuil, la mayor de los seis hijos del presidente del tribunal de apelaciones de París. Pero Donatien, a sus 22 años, había hecho su propia elección.

Su amada se llamaba Laura, como aquella antepasada del marqués que inspiró los versos de Petrarca y cuya memoria siempre honró Donatien como símbolo del ideal amoroso. ¿Creyó encontrarlo ahora reencarnado en esta otra Laura, la hija del conde de Lauris?

La joven pertenecía a una de las más aristocráticas familias de Provenza, así que, como es natural, el padre de Laura ya tenía buscado un candidato mucho mejor que el hijo de un conde totalmente arruinado. Era imposible desde un principio, pero eso no le hizo desistir. La conoció durante una visita de ella a París, pero luego Donatien se trasladó a Aviñón para estar más cerca de ella, y se convirtieron en amantes.

Para Laura él no fue el primero. Su sensualidad era insaciable, pero también sabía ser muy calculadora a la hora de pensar en su conveniencia. Utilizó al joven para su placer y luego, en el momento que consideró oportuno, recurrió a su propio padre para que le comunicara que debía abandonar cualquier idea de matrimonio con ella.

Le partió el corazón, como demuestra esta carta que él le escribió por entonces:



¡Mentirosa! ¡Infeliz desagradecida! ¿Qué ha sido de vuestra promesa de amarme mientras vivierais? ¿Quién os obliga a serme infiel? ¿Quién os convence de romper los lazos que iban a unirnos para siempre?... Sin duda vuestra familia ha influido en vuestra decisión. Teme unirse a alguien que la adora. Los eslabones de una cadena persistente le resultaban únicamente a usted una carga y su corazón sólo susceptible de inconstancia y frivolidad, no fue lo bastante delicado para reconocer su encanto… mi amor no le era suficiente… Inmenso, nacido para hacerme infeliz. Quiera la infidelidad del traidor que ha tomado mi lugar en su corazón, hacerle aparecer un día el amor tan odioso como usted ha hecho la infidelidad a mis ojos… Pero ¿qué digo? ¡Ah, mi amada amiga, divina amiga! Único contenido de mi corazón, único deleite de mi vida, ¡a dónde me lleva la desesperación! Perdone las palabras de un infeliz que está fuera de sí, cuya única meta es la muerte una vez ha perdido lo que amaba. Quién puede atarme a la vida cuya única dicha es usted. La pierdo a usted, pierdo mi vida, muero, muero la muerte más cruel…, me aturdo, querida amiga, ya no estoy en mi juicio, corren las lágrimas, veo como a través de una nube… ¡Sólo a usted anhelo y deseo! ¡Sólo pienso en usted!”



Bibliografía:

El marqués de Sade, una vida - Francine du Plessix Gray

El marqués de Sade - Walter Lenning