viernes, 20 de febrero de 2009

Carlomagno más de cerca


Era un guapo mozo, moreno, robusto, de estatura superior a la media. Sus únicos defectos eran la voz, un tanto chillona, el cuello de toro y una cierta tendencia a engordar sin ser glotón; Carlos comía bien, pero cosas sencillas. De las carnes prefería la del cerdo, pero sus gustos eran bastante vegetarianos: ajos, cebollas, coles y nabos que se hacía servir en bandejas de plata.

Uno de sus días más felices fue aquel en que descubrió el queso. Fue un obispo amigo suyo quien, al invitarlo a comer un viernes, le ofreció un queso de oveja. Carlos, que nunca había visto nada semejante, cortó una tajada, mordisqueó la corteza, y como la encontró desagradable se puso furioso. ¡Cualquiera lo invitaba a comer!, dirán ustedes, y con razón, pues al obispo le costó lo suyo convencerlo de que lo bueno era el resto. No obstante, en cuanto accedió a probarlo se mostró encantado, y desde aquel día no sólo no faltó en su mesa, sino que incluso se lo llevaba en sus viajes.

Era casi abstemio, cosa extraña entre los francos, créanme. Para que se hagan una idea, estas gentes eran tan activos catadores de vino que tomaban como pretexto incluso los funerales para brindar por el alma del difunto hasta emborracharse. Carlos combatió esta costumbre con el celo de un cuáquero; persiguió las borracheras y amenazó con la prisión a los amigos de Baco.

Su vida doméstica tenía aspectos peculiares. Gustaba de la intimidad y por las noches cenaba siempre con su esposa, sus hijos y el confesor, que le recitaba salmos y fragmentos de La ciudad de Dios, su libro preferido. Pero no dormía con su esposa, fíjense. Tanto salmo durante la cena y luego resulta que tenía en la casa un indeterminado número de amantes de las que se servía abundantemente tras los postres. Adoraba a sus hijas, pero nunca consintió que se casara ninguna, lo que originó la sospecha, al parecer infundada, de que mantenía relaciones incestuosas con ellas. De todos modos, que no pudieran casarse no significaba que les exigiera también castidad. Ellas tuvieron sus devaneos, de los que nacieron algunos hijos que Carlos aceptó sin protestar.

Era religioso, pero sin desmesura en sus devociones. Se levantaba al amanecer, bebía un vaso de agua, comía una manzana, se ponía una túnica vieja y botas de cuero, montaba a caballo y durante horas enteras cazaba en los bosques con un reducido séquito, y a veces solo.

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"El pasado es un prólogo" (William Shakespeare)