El conde de Metternich llegaba a París en calidad de embajador de Austria el 4 de agosto de 1806. Al día siguiente era cordialmente recibido por Talleyrand, el ministro de Asuntos Exteriores. En Saint-Cloud, Napoleón, a quien él llama el árbitro del mundo, se entrevista con él y le asegura que se esforzará en todo momento por consolidar las buenas relaciones entre los dos imperios.
“Nunca había visto a Napoleón. Estaba de pie, en medio de uno de los salones, con el ministro de Asuntos Exteriores y otros seis personajes de su corte. Llevaba el uniforme de infantería de la guardia, y tenía puesto el sombrero. Este último detalle (inconveniente desde todos los puntos de vista, puesto que la audiencia no era pública) me sorprendió como una pretensión fuera de lugar en la que se retrataba el advenedizo; incluso me hizo dudar un momento si yo también debía cubrirme. Ensarté, a pesar de todo, una corta arenga cuyo efecto conciso y exacto difería esencialmente de las que eran habituales en la nueva corte de Francia.
“Su actitud me pareció dar muestras de fastidio e incluso de confusión. Su rostro pequeño y cuadrado, su traje desaliñado y, a pesar de todo, la clara sensación de que buscaba la manera de presentarse como un ser formidable, acabaron debilitando en mí el sentimiento de grandeza que normalmente se atribuía al hombre que hacía temblar al mundo. Esta impresión nunca se ha borrado por completo de mi mente; la he vuelto a sentir durante las entrevistas más importantes que he mantenido con Napoleón en las distintas épocas de su carrera. Es posible que haya contribuido a mostrarme al hombre tal y como era, sin las máscaras con las que sabía cubrirse. En sus ocurrencias, en sus accesos de cólera, en sus bruscas preguntas, me había acostumbrado a ver otras tantas escenas preparadas, estudiadas y calculadas de acuerdo con el efecto que quería producir en el interlocutor…”
Metternich
—¡Es usted muy joven para representar a la monarquía más antigua de Europa! —le dijo Napoleón.
—Tengo la misma edad que Vuestra Majestad tenía en Austerlitz —le respondió Metternich.
Su respuesta dio la vuelta a París, y, como anota el duque de La Force, “daba una impresión exacta de la inteligencia, elegancia y fatuidad del diplomático austriaco”.
Clemente von Metternich, con sus rasgos delicados y sus cabellos rubios cuidadosamente empolvados, elegantemente enfundado en su uniforme de Caballero de Malta, causa sensación en París. “Unas veces Maquiavelo, otras Don Juan”, era alegre, encantador, y un excelente conversador que igual habla de ciencias que de música o de arte. Fascina a las mujeres, mientras que a los hombres les resulta orgulloso y presuntuoso. Stendhal fue testigo de cómo Su Excelencia el embajador se dirigía a las audiencias de Saint-Cloud llevando en un puño de su manga un mechón de cabellos de Carolina Murat, hermana de Napoleón, “esa cara de Cromwell sobre los hombros de una mujer”, como la llamaba socarronamente Talleyrand.
Carolina no era muy discreta. Pronto informó al embajador de que Napoleón pensaba divorciarse de Josefina, confidencia que no cayó en oídos sordos.
Carolina y sus hijos
En otoño de 1806 Metternich se instala con su familia en el hotel del Príncipe de Gales. Ve con frecuencia a la familia del emperador, de la que habla en los siguientes términos:
“La emperatriz Josefina había ejercido sobre Napoleón un largo imperio; era de carácter afable y de un tacto social muy especial. Su inteligencia no era muy amplia, pero iba bien encaminada. Su gusto excesivo por el derroche provocó con frecuencia penosas explicaciones entre ella y su marido. Sería injusto echarle la culpa por alguno de los ambiciosos desvaríos de Napoleón. Si hubiese podido, habría dominado el carro sobre el que, de todas las maneras, directamente había contribuido a colocar al futuro emperador en los comienzos de su fortuna.
Josefina
“Su hermana Paulina era tan bella que más es imposible; estaba enamorada de sí misma y su única ocupación era el placer. De afable carácter, dotada de una benevolencia extraordinaria, Napoleón la quería de manera distinta que al resto de sus familiares. La ponía como ejemplo único en su familia:
“—Paulina jamás me pide nada —me ha dicho con frecuencia.
“La princesa Borghèse tenía la costumbre de decir:
“—A mí no me gustan las coronas; si hubiese querido, las hubiera tenido; he prescindido de tal placer en favor de mis familiares.
“Sentía por Napoleón una veneración cercana al culto.
Paulina
“Su tío, el cardenal Fesch, era una extraña mezcla de beatitud y ambición. Devoto de buena fe, casi creía que Napoleón era un instrumento del cielo y un ser casi sobrenatural. Creía que su reinado estaba escrito en el libro del destino y consideraba que sus desvaríos eran poco menos que decretos de Dios…”
Sobre la Corte nos cuenta lo siguiente:
“El aspecto de la corte de Fontainebleau no deja de ofrecer diversos motivos de curiosidad al observador imparcial. La Corte trata de aproximarse a las antiguas formas unas veces, y otras prescinde de ellas como si fueran incompatibles con los tiempos que corren. El emperador caza unos cuantos malos ciervos traídos de Hannover y del resto de Alemania para repoblar un bosque de veinte leguas porque los reyes también tenían días fijos para cazar. Lo único que le gusta es el ejercicio violento, conveniente a su salud, y no hace más que correr con la lengua fuera por un lado y otro del bosque, sin seguir regularmente la caza. Todo esto desespera al mariscal Berthier, pues le gustaría poner orden en sus competencias de montero mayor. Como el número de caballos y equipos es totalmente insuficiente, no se admite a nadie en esas partidas, excepto a los príncipes extranjeros
Fontainebleau
“Tres veces por semana hay teatro en la Corte. Los actores de la Comédie Française reciben mil escudos por representación, lo mismo que durante el antiguo régimen. El resto de las tardes se reparte entre las cortes de la reina de Holanda, del rey de Westfalia, de la gran duquesa de Berg y de la princesa de Baden. Los domingos hay tertulia en la residencia de la emperatriz. El Cuerpo Diplomático es recibido por los príncipes de vez en cuando y, pare estas recepciones, escogen los días en que el emperador no está en París; ni yo ni ninguno de mis colegas le hemos visto aún ni de lejos.
“Los secretarios de Estado de Francia y de Italia y los ministros de Asuntos Exteriores y de Interior se han instalado en Fontainebleau y tienen su casa abierta a todos los extranjeros. Es difícil hacerse una idea de los prodigiosos gastos de la Corte y los ministros; el castillo estaba en ruinas, los muebles se habían vendido; todo ha sido reparado y, aparte de que en cualquier rincón de París y en todas las ciudades importantes de Francia no se ven más que construcciones nuevas, se emplean millones en objetos de puro lujo y de simple fantasía…”
Sonriente e imperturbable, Metternich lo observa todo, escudriña, escucha y anota. Nada se escapa a su sagacidad, ni los cuchicheos ni los elocuentes silencios. En sus informes y en sus cartas nos ha dejado fragmentos como estos:
12 de noviembre de 1807: “El gran día pondrá fin a un Estado esencialmente precario, al margen de la naturaleza y de la civilización”.
14 de septiembre de 1808: “La posición interior y exterior de Napoleón ha sufrido terribles fracasos, como consecuencia de sus cálculos tan temerarios como falsos”.
Y en 1810: “Napoleón va camino de su perdición; Austria debe esperar y contenerse, prepararse en secreto para el cataclismo al que conduce la política del conquistador”.
Bibliografía:
Metternich - Henry Vallotton












































