lunes, 21 de agosto de 2017

Don Juan de Austria y la reina Margot

Don Juan de Austria

En el Louvre Margarita de Valois, reina de Navarra, se había convertido en uno de los principales apoyos con los que contaba su hermano menor, el duque de Alençon. Este príncipe, de ambición desmedida, había soñado con poder apoderarse de la corona de Francia a la muerte de Carlos IX mientras su otro hermano, Enrique, se encontraba ausente en su reino de Polonia. Pero Enrique se le adelantó y protagonizó una espectacular huida que lo condujo a suelo francés a tiempo de evitar los planes de Alençon, obligado ahora a volver sus ojos en busca de otra pieza a la que hincar el diente.

El rey de España había enviado como gobernador de los Países Bajos a su hermanastro, don Juan de Austria. Se trataba de un cargo extremadamente difícil y en el que ya habían fracasado grandes nombres como el duque de Alba o Luis de Requesens, incapaces de poner fin a la rebelión protestante. Para alcanzar su destino en Bruselas, don Juan cruzó Francia disfrazado de sirviente, precaución que le ordenó tomar Felipe II, el cual temía una emboscada. El príncipe hubiera preferido presentarse en la corte francesa con todo el boato que le correspondía como hijo de emperador, aunque fuera bastardo, pero las órdenes del rey de España le obligaron a oscurecer rostro y cabello y rizarlo para que se asemejara al de los moros. Así caracterizado, se introdujo entre los servidores de Octavio de Gonzaga.

La tarde de su llegada a París se enteró de que se había organizado un baile en el Louvre, pues la reina madre prodigaba las fiestas para mantener a sus cortesanos entretenidos mientras ella se ocupaba del gobierno sin ser estorbada. El pueblo, consciente de que la corona estaba más en sus manos que en la de su hijo, había hecho circular una mofa contra el rey, al que llamaban 

“Enrique, por la gracia de su madre inerte rey de Francia y rey imaginario de Polonia, Conserje del Louvre, Sacristán de Saint-Germain-l’Auxerrois, Encargado de los lazos de su mujer y rizador de sus cabellos, Mercero de palacio, Visitador de los baños turcos, Guardián de los cuatro pordioseros y Protector de las claras batidas”.


Don Juan no pudo resistir la tentación de asistir de incógnito al baile, y, valiéndose de su disfraz, tuvo ocasión de saciar su curiosidad observando a la reina de Navarra, de la que tanto había oído hablar. Esa noche, después de la fiesta, confió a sus amigos cuáles habían sido sus impresiones:

—Su belleza es más divina que humana, pero está hecha más para condenar a los hombres que para salvarlos.

En la primavera de 1577 Alençon tenía sus miras puestas precisamente en Flandes. Necesitaba enviar a alguien para contactar con los flamencos sublevados, y pensó que nadie mejor que su inteligente hermana para defender sus intereses. El plan era que Margot viajara hacia allí con el pretexto de que los médicos le habían aconsejado acudir a tomar las aguas de Spa, como hacía Madame de La Roche-sur-Yon, para curar la erisipela que padecía en un brazo.

Meses después de aquella visita de don Juan, Margot obtuvo el permiso. Enrique III, encantado de ver a su hermana alejarse de la corte e impedir así que se reuniera con su marido, solicitó y obtuvo del gobernador el salvoconducto necesario para que atravesara aquellos dominios. 

Pero la reina de Navarra no hubiera querido partir antes del 5 de mayo, fecha en la que Catalina de Médicis ofreció un banquete en los jardines del château de Chenonceau, una especie de bacanal en la que todas las licencias parecían estar permitidas. Según Pierre de l’Estoile, “en aquel gran banquete, las damas más honestas y bellas de la corte, que iban medio desnudas y con los cabellos sueltos como desposadas, fueron empleadas en todos los servicios”.

El día 28 emprendía el viaje en compañía de un séquito muy numeroso. Iba en una litera de columnas, forrada de terciopelo carmesí con bordados en oro y seda, recostada sobre cojines de satén blanco. La seguía la litera de Madame de La Roche-sur-Yon y la de Madame de Tournon. Detrás cabalgaban diez bellas jóvenes con sus ayas y diez carruajes ocupados por el resto de las damas.

En Cambrai conoció al gobernador, barón d’Inchy, en un banquete organizado por el obispo. El gobernador la acompañó en la continuación de su viaje, algo que Margot aprovechó para tratar de atraerlo a su causa, como cuenta ella misma en sus memorias. 

“El recuerdo de mi hermano no se apartaba nunca de mi espíritu, acordándome constantemente de las instrucciones que me había dado, y viendo la ocasión de hacerle un buen servicio, y puesto que esta ciudad de Cambrai y sus ciudadanos eran la llave de Flandes, no la dejé perder y empleé cuanto Dios me dio de ánimo para hacer que Monsieur d’Inchy sintiese afecto a Francia y particularmente a mi hermano. Dios permitió que lo consiguiese, tanto que el gobernador, complaciéndose en mis discursos, me suplicó poder acompañarme mientras yo estuviese en Flandes.”

En todas las ciudades donde se detenía trataba de encontrar adeptos, elogiando a Alençon y prometiendo cargos y títulos a quienes lo ayudasen a conquistar los Países Bajos. En Mons fue recibida por el conde de Lalaing, muy hostil a los españoles. Margot habló con la condesa y le dijo:

—Mi hermano, el duque de Alençon, es muy capaz con las armas y considerado uno de los mejores capitanes de esta época. Vos no podríais llamar a un príncipe en vuestro socorro que más útil os fuese, por seros tan vecino y tener un reino tan extenso como el de Francia puesto a su devoción, del cual puede obtener hombres y medios, y cuantas necesidades tiene la guerra. Y si recibiese este buen oficio del señor conde, vuestro marido, puedo aseguraros que vuestra fortuna estaría lograda. Que si mi hermano se establece aquí por vuestra mediación, podéis estar segura de que me veríais por aquí a menudo, siendo tal nuestra amistad que jamás ha habido otra igual entre hermano y hermana.

En Namur se entrevistó con el duque d’Aerschot, que fue quien le presentó a don Juan de Austria. Este acogió a Margot con suma cortesía, ya que era la hermana del rey de Francia y, oficialmente, Francia era aliada del rey de España. Acudió al encuentro de la reina de Navarra en compañía del propio Aerschot, Havré, el marqués de Varambon y el gobernador del condado de Borgoña. Estuvo también presente Luis de Gonzaga, de la Casa de Mantua. Era el 20 de julio de 1577.


A oídos de la reina de Navarra habían llegado rumores de aquella visita de incógnito que don Juan había hecho a París, y también de lo que había comentado sobre su belleza. Esperaba que fuera suficiente como punto de partida para asegurarse su neutralidad en el momento en que Alençon intentase un golpe de Estado en el país. 

Para ese encuentro Margot preparó cuidadosamente su aspecto. Sacó toda su artillería y se presentó ante él vistiendo unas ropas de brocado “que la moldeaban de manera impúdica, permitiendo adivinar el nacimiento de su seno”. Ella misma nos cuenta aquella entrevista en sus memorias:

“Echó pie a tierra para saludarme en mi litera, que estaba elevada y abierta. Yo lo saludé a la francesa […] Después de una breve conversación, él montó a caballo, sin dejar de hablarme hasta llegar a la villa […]. La casa donde me alojó estaba dispuesta para recibirme, y se había encontrado el modo de hacer una sala grande y hermosa, y un apartamento para mí con cámaras, antecámaras y gabinetes, todo amueblado con los muebles más bellos, ricos y espléndidos que creo haber visto jamás, con todas las tapicerías de terciopelo o de satén”.

Aerschot le explicó que las tapicerías que admiraba eran telas preciosas que un pacha envió a don Juan después de la batalla de Lepanto para agradecerle al vencedor que le devolviera a sus hijos, que había hecho prisioneros, sin pedir ningún rescate.

El duque de Alençon

Don Juan no cayó en el lazo que le tendía la reina de Navarra, pero desplegó toda su cortesía organizando para ella numerosos festejos. Al día siguiente de la llegada de Margot, mandó decir una misa “al estilo de España, con música de violones y cornetas”, y la invitó a un banquete en el que “cenamos los dos solos a una mesa, él haciéndose servir la bebida por Luis de Gonzaga arrodillado”. Luego hubo un baile que duró toda la noche. “Don Juan me hablaba todo el tiempo, y me decía a menudo que me encontraba un parecido con su señora la reina, que fue mi difunta hermana, a la que había honrado mucho”.

El 22 estaba previsto que Margot continuara viaje hacia Lieja, pero hubo de demorarse un día, lo que dio ocasión a don Juan para ofrecerle un nuevo banquete seguido de un baile en la isla Vas-t-y-frotte, situada en el río Mosa. La reina fue conducida hasta allí en un navío ricamente engalanado y con acompañamiento de músicos. 

Al día siguiente, cuando llegó el momento de la despedida, la acompañó hasta su barco y le proporcionó una escolta hasta Huy.

El día 24, poco después de despedir a la reina de Navarra, Don Juan de Austria, pretextando una cacería, se apoderaba por sorpresa de la fortaleza de Namur con solo una veintena de soldados. La plaza se convertía en base de partida para la reconquista de los Países Bajos contra los protestantes y la nobleza rebelde.

Margot, decepcionada, había captado el mensaje envuelto en agasajos y cortesía: el rey de los Países Bajos era Felipe II, su gobernador le representaba y la corona no se tomaba.


lunes, 14 de agosto de 2017

Indíbil y Mandonio


Los ilergetes eran un pueblo que habitaba la península Ibérica entre el río Ebro y los Pirineos. Tenían por capital a Atanagrum, cuya ubicación exacta se desconoce. Otra de sus principales ciudades fue Ilerda (Lleida o Lérida), y era precisamente de ella de la que tomaban su nombre. La primera vez que aparecen los ilergetes en el registro de la historia es en una mención que hace el geógrafo griego Hecateo de Mileto hacia el 500 a.C. al hablar de los iberos que habitaban en la costa oriental. 

Cuando Amílcar Barca desembarca en Gadir (Cádiz) dispuesto a la conquista y colonización definitiva de Hispania, los ilergetes y sus vecinos ausetanos fueron aliados de los cartagineses, a los que ayudaban en su pugna con Roma. Sus jefes eran Indíbil y Mandonio. En el 211 a. C. se unieron a Asdrúbal Barca y a otros pueblos indígenas para derrotar a los hermanos Publio y Cneo Escipión cerca de Linares, Jaén. Estos últimos hallaron allí la muerte, y para Roma la derrota supuso un grave revés en sus planes de conquistar Hispania.

Pero llegó un nuevo Escipión —Publio Cornelio Escipión el Africano Mayor— que en 209 a. C. asaltó y consiguió tomar Cartago Nova (Cartagena), es decir, la capital cartaginesa de la península Ibérica. Era la Segunda Guerra Púnica. 

Escipión convenció a Indíbil y Mandonio de que los cartagineses los habían traicionado. Además ambos caudillos iberos estaban descontentos porque Asdrúbal Giscón les había exigido la entrega de la mujer de Mandonio y las hijas de Indíbil como rehenes para garantizar su fidelidad. Pero con la victoria de los romanos las cosas cambiaron: Escipión las trató con deferencia y ordenó respetar las vidas y las posesiones de todos aquellos que habían permanecido como rehenes en manos de los cartagineses, entre los que se encontraban miembros de las principales familias indígenas. Todo ello impulsó a ambos líderes a cambiar de bando y unirse a Roma.


Indíbil y Mandonio ofrecieron su lealtad a Escipión mediante el ritual de la devotio ibérica, arrodillándose ante el general romano y proclamándolo rey. Después también hicieron lo mismo los millares de hispanos a los que había dejado libres sin rescate tras la batalla de Baecula, en la que Indíbil había colaborado con Asdrúbal y había sido hecho prisionero. Se trataba de la ceremonia que establecía una relación de clientela militar entre un indígena y otro personaje de alto rango. Mediante la misma, los clientes consagraban sus vidas a su líder, al que estaban obligados a proteger en combate con las armas e incluso con su propio cuerpo. Al mismo tiempo se consagraban a una divinidad para que aceptase su vida en la batalla a cambio de la de su jefe. Si este moría combatiendo, los devoti estaban obligados a suicidarse.

En el 206 a.C., Escipión expulsó definitivamente a sus enemigos. Ese mismo año fundaba la ciudad de Itálica, cerca de la actual Sevilla, lo que demostraba la voluntad de Roma de quedarse en Hispania. 

Las numerosas tribus iberas de la península, al igual que las celtas, lucharon por su independencia, y a tal fin establecían alianzas que favorecieran sus aspiraciones. Indíbil y Mandonio se habían aliado con los romanos precisamente para recuperar su libertad frente a los cartagineses, pero todo indicaba que sus nuevos aliados se proponían someterlos a su dominio igual que los anteriores, algo a lo que no estaban dispuestos.


Corrió el falso rumor de que Escipión había muerto tras una enfermedad. Ellos consideraban que habían establecido un pacto personal con él, pero no con Roma. Por tanto, una vez desaparecido el Africano, ambos quedaban liberados de la devotio.

Indíbil y Mandonio se unieron a otros pueblos para saquear el territorio de sus vecinos, aliados de Escipión. Iberos y romanos se enfrentaron en una batalla que terminó con la derrota de los primeros. Los jefes lograron huir y pidieron clemencia al general romano, que la concedió a cambio del pago de una indemnización.

Escipión el Africano abandonó Hispania en el verano del 205 a. c., dejando el ejército en manos de los procónsules Lucio Cornelio Léntulo y Lucio Manlio Acidino. Eso dio pie a una nueva sublevación. Los rebeldes lograron reunir a un gran número de pueblos indígenas de todo el valle del Ebro e incluso de la costa levantina, refuerzos con los que formaron un ejército de treinta mil soldados y cuatro mil jinetes. Combatían con sus escudos redondos o largos, el sable de hoja curvada llamado falcata y con una espada cuyo temple era de especial calidad, la gladius hispaniensis que los romanos tanto apreciaban y que comenzarían a adoptar.


Pero esa larga y dura batalla dio la victoria a los procónsules. Indíbil cayó en la batalla. Según Tito Livio, primero murieron acribillados por los dardos los guerreros que le rodeaban para protegerlo con su propio cuerpo, y después llegó la muerte para él, “clavado al suelo por una jabalina”. 

Aunque Mandonio intentó reagrupar a las tropas, se había desatado el caos. Envió mensajes para concertar la rendición, pero Acidino exigió su entrega junto con la de los demás cabecillas, amenazando con asolar el territorio de los sublevados si no se hacía así.

Todos fueron ejecutados, y Mandonio murió en la cruz tras ser torturado. En adelante se permitió a los rebeldes continuar habitando sus tierras, si bien tuvieron que entregar las armas y pagar tributos.

Roma supo aprovechar para sus fines de conquista la institución de la devotio ibérica, pues aprendieron que lo único que había que hacer era conseguir matar al líder para ganar la batalla. Siguieron, además, la misma política cartaginesa de toma de rehenes para asegurarse la lealtad de estos pueblos. A partir de entonces los ilergetes dejaron de ser un quebradero de cabeza. Con el tiempo se fueron romanizando, y en el año 90 a. C. incluso aparecen luchando junto a los romanos en suelo italiano.


domingo, 13 de agosto de 2017

Los cretenses


Habitada al menos desde el Neolítico, Creta fue la cuna de la civilización minoica y, gracias al desarrollo de la navegación, ocupó un lugar predominante en el Egeo. Sin embargo, la historia de los antiguos cretenses no empezó a ser conocida hasta comienzos del siglo XX, cuando el arqueólogo Arthur Evans descubrió el palacio de Cnosos. Fue él quien llamó “minoica” a esta remota civilización, nombre inspirado en Minos, considerado fundador de la primera dinastía de gobernantes cretenses. En realidad se discute aún si Minos era el nombre de algún soberano legendario o indicaba, simplemente, el título de rey. 

Minos era sacerdote además de rey. Gobernaba en Cnosos, donde se fue concentrando el poder. Según la leyenda, Radamanto y Sarpedón, señores de Festo y de Malia, eran hermanos suyos, lo que sugiere que las tres ciudades podrían haber formado una confederación bajo el liderazgo de Cnosos, lugar habitado desde el 7000 a.C.

A partir del 1600 a. C floreció en Creta la cultura micénica, de origen griego. La vida se centra en el palacio, donde vive el wanax o jefe supremo sobre el que recaen todos los poderes y que parece haber sido objeto de culto. Su segundo es el lawagetas, que al igual que él dispone de un temenos, es decir, un terreno personal sagrado destinado a su beneficio y usufructo privado, aunque más pequeño. El lawagetas era probablemente el jefe del ejército, y los hekwetai (oficiales) dirigían las tropas. Había también una magistratura, la geronsia o consejo de ancianos, constituida por los gerontes, que asesoraban al rey.


Con el término basileus se designa al aristócrata que es jefe de un distrito agrario o aldea, también con atribuciones sacerdotales. El pueblo, junto con la tierra donde vive, constituía el demos. La tierra se dividía en estatal y privada, y era concedida en lotes a los usufructuarios. A cada familia se le asignaba una parcela que cultivaba por sí misma, y los propietarios terratenientes eran los telestai.

Los cretenses tenían como recurso la ganadería, la caza, la pesca y la recolección de productos silvestres, pero al principio no fueron agricultores, hasta que el aumento de la población lo hizo necesario. A partir de entonces, sus fiestas siguen el ritmo del año agrícola. Cultivaban trigo y cebada en toda la isla, y era importante el olivo, la higuera y la palmera datilera. Los campesinos llevaban a los palacios o a los centros administrativos sus cosechas y materias primas, según las cantidades previstas. Entonces recibían las raciones de alimentos básicos y el grano para la siembra, así como la ropa y utensilios que precisaran.

Criaban a gran escala bueyes, cerdos y cabras. En cuanto a la caza, era típica la de la cabra montesa, con cuyos cuernos hacían arcos. El caballo fue introducido en el siglo XVI a. C., y se han encontrado esqueletos de estos animales en algunas tumbas. Hay dos perfectamente conservados que pertenecieron a un príncipe. Podrían haber sido los que condujeron el cuerpo del difunto a la tumba, sacrificados después y enterrados con su dueño como parte de la ceremonia fúnebre. 

Empleaban la madera del ciprés para las puertas y columnas de sus palacios, aunque también apreciaban la madera del olmo. Tenían diversas formas de trabajarla, pero el mobiliario, rico y fastuoso, parece de tipo egipcio.


Las damas de Creta aparecen vestidas como la diosa madre, utilizando lana y lino como materias primas. La elaboración de joyas también era muy importante, y además los artesanos minoicos eran muy famosos como ceramistas y constructores. 

Ejemplo típico de ciudad dedicada al artesanado y al comercio es Gurnia, ocupada desde el minoico antiguo y que contaba con almazaras, prensas, molinos y talleres. La importancia de su comercio llevó al establecimiento de un sistema de pesas y medidas y a desarrollar la escritura para obtener un buen registro de las transacciones. Las excavaciones han revelado la existencia de infinidad de tablillas de arcilla inscritas con dos tipos de escritura, denominadas lineal A —desarrollada por los minoicos y que no ha podido ser descifrada— y lineal B, perteneciente a los micénicos posteriores.

Su armamento consistía en flechas, lanzas con punta de bronce, jabalinas, espadas y la doble hacha que se ha encontrado en abundancia en las tumbas de Micenas. Usaban un escudo bilobulado que dejaba al descubierto los costados y los muslos, o bien uno semicilíndrico alargado.

Pero los cretenses también sabían ser un pueblo pacífico que gustaba de la vida social y de la práctica de los deportes. Formaban una sociedad refinada, incluso sofisticada. Disponían de tiempo y riquezas suficientes para disfrutar de sus momentos de ocio y entregarse a curiosas tareas como la elaboración de complejos peinados a los muertos. Apreciaban la música y la danza, tocaban la cítara y la flauta, cuya invención se les atribuye, y fueron atletas, boxeadores y acróbatas. 


Tanto hombres como mujeres podían participar en estas actividades. Además se permitía a la mujer ejercer el sacerdocio. De las representaciones en vasos de distintos periodos y de las tablillas micénicas se deduce que las egeas no tenían la misma posición subordinada de las orientales, sino que desempeñaban un papel importante en la vida pública, y la sociedad minoica tenía características matriarcales. Ejercían también oficios humildes: había cardadoras, hilanderas, tejedoras, doncellas y sirvientas. Entre los hombres, el oficio de herrero y el de conductor de carros tenían especial prestigio.

Aunque el toro tuvo mucha importancia en la religión, las principales divinidades eran femeninas. En un sarcófago de Hagia Tríada hay una escena relacionada con el culto a los muertos en la que aparecen representadas dos mujeres, aparentemente diosas, que viajan en un carro, una de ellas empuñando un látigo. La diosa de la fertilidad era al mismo tiempo la diosa madre, la de los infiernos, dueña de los animales y soberana de la guerra. A ella se consagraban serpientes, pájaros, árboles, riachuelos o flores. 

El culto a la diosa Cibeles llegó a Creta y se celebraba de forma peculiar: era oficiado por unos sacerdotes castrados que sacrificaban un toro para beber su sangre y embadurnarse con ella. Se hacían castrar para parecerse a la diosa. Según Pausanias, una tradición frigia cuenta que Zeus convirtió en fértil un falo de piedra llamado Agdos, y que este engendró un ser hermafrodita llamado Agditis, al que los dioses decidieron castrar para convertirlo en Cibeles.

Para los minoicos y micénicos el centro del culto religioso era el palacio. Los dorios que llegaron después construyeron templos. No había muchos santuarios en las ciudades, por lo que es probable que las ceremonias tuvieran lugar más frecuentemente en las casas o en alguna especie de ermita en el campo. Recientemente se encontró un templo en la cima del monte Kefala. La colina se había allanado para su construcción, y tenía una terraza en un nivel inferior. Un muro rodeaba la zona y permitía el acceso controlado. 

Contaban con centenares de carros tirados por caballos que recorrían una densa red de calles pavimentadas con las que se conectaban las distintas ciudades. La vida en ellas era activa y abierta al comercio. En el centro de cada ciudad había un palacio con suministro de agua, decoraciones, ventanas y asientos de piedra. En el ala oeste del palacio de Cnosos se realizaban ceremonias, sacrificios de animales y ofrendas a los dioses de aceite, vino y miel. Uno de los frescos muestra a unos acróbatas saltando sobre el lomo de un toro en lo que parece ser una mezcla de deporte y ritual. Los estudiosos están divididos acerca de si la escena reflejaba una práctica real, pero parece relacionada con las historias de los jóvenes atenienses enviados al Minotauro cretense, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que comía carne humana y vivía encerrado en el laberinto.

Se desprende de los textos micénicos que todo el personal de palacio estaba vinculado al wanax, y que las diversas actividades estaban sometidas a controles, informes e inspecciones. Los esclavos eran la parte más numerosa de la población de Creta, y los micénicos solían hacer viajes navales en su busca. Se dividían en dos categorías, de las cuales la más importante era la de los doeloi. 

Los asentamientos micénicos consistían en casas construidas a modo de celdas, a veces de dos y tres pisos. Tenían un porche con columnas, una larga habitación rectangular y en muchos casos al final de ésta una despensa. En la Creta minoica había casas inmensas con más de veinte habitaciones. Encontramos, por ejemplo, la casa de Chamaizi, con 13 habitaciones que se despliegan alrededor de un patio central en una superficie de 300 metros cuadrados. El edificio contaba con su propio santuario doméstico y se remonta a los comienzos de la era minoica, pero la tendencia en la construcción de casas fue ir disminuyendo el tamaño, lo que indica que se había pasado a núcleos familiares más sencillos.

Las casas de los muertos eran reflejo de las de los vivos, de ahí que los tholoi de Creta fueran también muy grandes: en Hagia Tríada se han encontrado 250 esqueletos en uno de ellos. Pero la disgregación familiar posterior implicaba la construcción de tumbas individuales, para las que en los palacios micénicos se emplean sarcófagos o grandes pithoi (vasijas).



jueves, 10 de agosto de 2017

Los maridos de Lady Falmouth


Mary Bagot, condesa de Falmouth, fue la única hija del coronel Harvey Bagot y Dorothy Arden que alcanzó la edad adulta. Nació en 1645, y en septiembre de 1660, contando apenas quince años, se convertía en una de las cuatro damas de honor de la duquesa de York, esposa del futuro Jacobo II. 

Gramont, en sus memorias, nos la describe así:

Sus facciones eran hermosas y regulares, y tenía esa clase de piel morena que, cuando carece de imperfecciones, resulta especialmente fascinante, y más aún en Inglaterra, donde no es habitual. Sus mejillas lucían un rubor involuntario casi continuo aunque no hubiera nada por lo que ruborizarse.

Pronto se sintió atraída por Charles Berkeley. Ambos procedían de familias realistas que habían apoyado hasta su último aliento la causa de los Estuardo. Charles contaba con la amistad del duque de York, junto al que había combatido, y el rey Carlos II también lo apreciaba mucho. Con la duquesa de York, en cambio, las relaciones eran tirantes: cuando se había intentado impedir su matrimonio con Jacobo, Charles colaboró declarando falsamente que él mismo había sido su amante antes. La maniobra no sirvió de nada y la boda se celebró, por lo que el caballero terminó confesando que había mentido. Fue perdonado por la duquesa, al menos en apariencia; en cambio su padre, Clarendon, siempre le guardó rencor. Él lo describía como un joven disoluto y propenso a toda clase de perversiones.

Charles Berkeley, Lord Falmouth, vizconde Fitzharding

Poco después de la Restauración, Berkeley se convertía en conde de Falmouth. Él había puesto sus ojos en Elizabeth Hamilton, pero, como la dama estaba fuera de su alcance, buscó una segunda opción. Esa fue Mary Bagot, de la que se acabó enamorando. El 18 de diciembre de 1664 se convertía en su esposa, una unión que no se concertaba por interés. Con ocasión de este matrimonio, la reina nombraba a Mary dama de honor. Otra de sus damas nos ha dejado este comentario tan poco caritativo con respecto al enlace del conde de Falmouth:

Lady Falmouth es el único caso entre las damas de honor que ha hecho un buen matrimonio sin una buena dote; y si le preguntaras a su pobre y débil marido por qué se casó con ella, estoy convencida de que no podría dar ninguna razón, como no sean sus grandes orejas coloradas y sus enormes pies.

La felicidad de la joven pareja estaba destinada a durar poco, y no por una mala relación entre ambos, sino por la fatalidad. En 1665 Charles decidía acompañar al duque de York a su campaña militar durante la segunda guerra Anglo-Holandesa. El 3 de junio, durante la batalla de Southwold Bay, se hallaba junto al duque sobre la cubierta del Royal Charles cuando un cañonazo le arrancó la cabeza. Mary esperaba un hijo por entonces. Poco después daba a luz una niña que llevaría su nombre.

La condesa era aún muy joven y bella. Pasado el periodo de luto se la relacionó con otros caballeros, entre ellos Henry Jermyn, con el que se rumoreó que planeaba un nuevo matrimonio. Esto causó un gran revuelo, porque la mitad de las damas de la corte revoloteaban en torno a Jermyn, y entre ellas, muy principalmente, Lady Castlemaine, lo que provocaba los celos del rey. Sin embargo, los rumores eran infundados y Mary permaneció viuda durante nueve años. 


Tras fallecer la duquesa de York, Lady Falmouth acarició la idea de ser elegida por Jacobo como segunda esposa. Él la encontraba muy de su agrado, pero el embajador de Francia escribía lo siguiente por entonces:

Dudo que la pasión del príncipe por ella sea tan grande que lo lleve a desposarla. Él preferiría casarse con una princesa de Francia, a la que Su Majestad podría dotar.

Parece que la dama también resultaba muy del agrado de Carlos II, pues consta que durante su viudedad Mary recibió de él elevadas sumas de dinero sin justificación aparente, lo que hace sospechar que durante algún tiempo fue una de las bellezas que adornaron el lecho del monarca.

En junio de 1674 Lady Falmouth se casaba con un caballero de más alto rango que su primer esposo y que había tomado también parte en aquel combate naval: Charles Sackville, Sexto conde de Dorset y Primero de Middlesex. 

Dorset había sido amante de Nell Gwyn hasta que el rey se fijó en ella y lo envió a Francia para despejar el camino. Las recompensas y nombramientos que recibió en esa época podrían haber sido una forma de facilitar el traspaso de Nell a los brazos del monarca. 

To all you ladies now at land - Charles Sackville, conde de Dorset

Hombre culto, Dorset no mostraba interés por la política. Sus preferencias se orientaban hacia la literatura, fue un conocido mecenas y escribió una canción considerada una obra maestra: To all you ladies now at land. El tono de sus poemas a menudo reflejaba su propio comportamiento irreverente.

Burnet lo describe como generoso y bondadoso. Era tan flemático que, hasta que se calentaba un poco con el vino, apenas hablaba; pero, bajo esa exaltación, era un hombre muy animado […] Era caritativo hasta el exceso, pues solía dar cuanto tenía a su alcance cuando algo le conmovía [….] Detestaba la corte, y despreciaba al rey cuando veía que no era generoso ni compasivo. 

Sin embargo, también compartía alguno de los excesos en los que caía el célebre Lord Rochester. Siendo adolescente, él y su hermano, junto a otros tres caballeros, fueron acusados de asaltar y asesinar a un curtidor. Su defensa alegó que perseguían a unos ladrones y que durante la persecución habían confundido al hombre con un bandido. Fue absuelto, pero al año siguiente volvió a tener problemas con la justicia por atentar gravemente contra la moral pública con un comportamiento exhibicionista en Covent Garden. Era el 16 de junio de 1663. Se había reunido a cenar con Sedley y otro amigo en la Taberna del Gallo, en Bow Street. Seis mujeres desnudas sirvieron los platos, y después alguno de ellos, o los tres según algunos cronistas, se desvistieron y se asomaron al balcón. Según Samuel Pepys, “adoptaron todas las posturas de lujuria y sodomía que se pueda imaginar”. Sedley hizo una parodia de sermón y consiguió reunir bajo al balcón a una multitud enfurecida, ofendido su sentimiento religioso con el brindis que proponía “por la salvación de Judas, y otro por el bebé de Belén”. La muchedumbre comenzó a arrojar piedras que rompieron los cristales de la primera planta e intentaron forzar la puerta de la taberna, mientras Charles y sus compañeros les lanzaban botellas en las que habían orinado previamente. Por una curiosa coincidencia, ese mismo día un rayo hizo arder parte de la iglesia de Withyham en Sussex, donde se encontraba el mausoleo de los Sackville.

A pesar de todo esto, por alguna extraña razón sus excesos no resultaban tan notorios y censurables para sus contemporáneos como los de otros conocidos libertinos. Cuentan que Rochester le dijo una vez al rey:

—No sé qué pasa, pero milord Dorset puede hacer cualquier cosa y nunca le culpan.

Charles Sackville

Claro que Dorset era más prudente que el propio Rochester, que en otra ocasión fue desterrado de la corte por tener las agallas de reprocharle a Carlos II que le interesara más el sexo que el reino.

Se casó con Mary pese a la oposición de sus padres. Estos no escuchaban con agrado los informes que recibían sobre su nuera y, debido a estas reticencias, Dorset no hizo público el enlace hasta el año siguiente.

Charles se había enamorado. Se conserva una apasionada carta que escribió a su futura esposa y que contiene un mechón de su cabello. Desde este momento os entrego todas mis pretensiones de libertad o cualquier poder sobre mí mismo, y aunque con toda justicia pueda pareceros poca cosa ser la soberana de tan pobre dominio como es mi corazón, de rodillas confío aún en poder ofrecéroslo.

Ya casado, estuvo a punto de morir a manos del desequilibrado conde de Pembroke, con quien mantenía un pleito. Este último padecía desde la infancia una enfermedad mental que se mostraba como manía homicida sin que mediara provocación, unos ataques que se agravaban con la ingestión de alcohol. Tremendo problema, puesto que era alcohólico. La enfermedad estaba presente en su familia como una herencia maldita, pues ya su abuelo, el cuarto conde, había sufrido los mismos ataques súbitos. Pembroke había estado encerrado en la Torre por haber herido de gravedad a un hombre en un duelo, pero los lores pidieron su libertad. Pocos días después de obtenerla asaltó a otro ciudadano y mató a un tercero en una pelea de taberna. Aunque fue encontrado culpable, su rango le libró del castigo. El fiscal de la causa que mantenía contra Dorset también fue hallado muerto, y en 1680 volvió a asesinar a un oficial mientras se encontraba en estado de embriaguez.

El matrimonio con Dorset tampoco iba a durar mucho tiempo, esta vez porque Mary fallecía el 12 de septiembre de 1679 al dar a luz un hijo que no pudo vivir y fue enterrado con ella en Withyam, Sussex. El viudo, que sólo tenía 34 años en ese momento, vivió hasta 1706, tiempo suficiente para casarse otras dos veces.


martes, 8 de agosto de 2017

La organización de los juegos en la antigua Roma


Desde la más remota antigüedad, los juegos públicos guardaban relación con los actos religiosos, tanto en Roma como en Grecia. Dichos juegos se ofrecían a los dioses para ganar su favor, o como muestra de gratitud por la ayuda recibida. Eran el votum, es decir, la promesa o voto que se hacía a una deidad para atraerse su protección o la ofrenda en sí. El votum podía consistir en una estatua, un templo o en la celebración de los juegos, y se basaba en el principio del do ut des (doy para que me des).

Los votos podían ser privados, (realizados individualmente mediante las llamadas ofrendas votivas), militares o públicos. Los juegos eran votos públicos, vota pro salute rei publicae (votos por la seguridad de la República), organizados al principio por los colegios de sacerdotes. Después los encargados eran los nuevos cónsules, elegidos cada uno de enero según una fórmula que pronunciaba primero el sumo pontífce. El cónsul inauguraba el nuevo año con un sacrificio a Jupiter Optimus Maximus en el Capitolio. Le eran transmitidos los auspicios después de haber pedido el asentimiento de los dioses, pues su acceso al cargo tenía que ser aprobado por ellos para ser investido con el imperium. Tras los auspicios, el nuevo cónsul se vestía en su hogar con la toga praetexta y procedía a la salutatio, a la que acudían todos aquellos que deseaban felicitarlo. Después marchaba en procesión, acompañado de senadores y amigos hacia el Capitolio para hacer el sacrificio y los votos por el bienestar de la comunidad.

Cuando se crearon los ediles, el deber de preparar los juegos recayó sobre ellos, mientras que los magistrados más altos sólo los supervisaban. Durante el Imperio se añadieron vota pro salute principis especiales, en los que el pueblo se reunía para ofrecer los juegos a la salud del emperador.


El Estado pagaba el gasto, al menos en su mayor parte. Se financiaban con el tesoro público o bien mediante el botín capturado al enemigo, pero con el tiempo llegó a no ser suficiente con el dinero público, y los ediles, y más tarde los funcionarios imperiales nombrados para la preparación de los ludi circensis, con frecuencia tenían que gastar de su bolsillo. Augusto se reservaba para sí la organización de los más caros, nombrando a tal fin un oficial de la corte (curator ludorum). La admisión de los espectadores a los juegos era gratuita, y quienes ayudaban a financiarlos podían repartir entradas. Para el patrocinador era una magnífica ocasión de hacer ostentación de su riqueza al tiempo que mostraba su intención de compartirla con el pueblo, algo muy conveniente para aquellos que deseaban alcanzar el consulado. Los gastos eran cuantiosos, puesto que las fiestas religiosas a las que estaban asociados incluían banquetes públicos y a veces incluso obras, como la de restauración de templos.

Durante el Imperio el número de juegos anuales se incrementó enormemente: podían organizarse por el cumpleaños del emperador, el aniversario de su ascensión o los días en memoria de los difuntos de la familia. Cualquier ocasión era buena para ganar el favor del pueblo con estos brillantes espectáculos.

En una época tan antigua como la de los reyes se dice que ya tenían lugar en el circo carreras de caballos y carros. Posteriormente se añadieron representaciones escénicas. Las luchas de gladiadores, al principio preparadas por individuos particulares, pronto se convirtieron en una característica importante, pero la competición de gimnasia y música, tan popular entre los griegos, nunca llegó a ser algo muy apreciado por los romanos. Sin embargo, Nerón instituyó un certamen que consistía en carreras de caballos y en competiciones gimnásticas y musicales en las que tomaba parte él mismo.

La naturaleza de los juegos requería distintas adaptaciones: el lugar apropiado para las carreras de caballos y carros era el circo, mientras que las luchas de gladiadores y fieras tenían lugar en el anfiteatro y las representaciones en el teatro. Los juegos en el circo eran precedidos por un solemne desfile llamado pompa circensis. En él aparecía primero el magistrado que los patrocinaba, en un carro bellamente engalanado. Le seguían jóvenes patricios a caballo y a pie, los aurigas y atletas, bailarines, músicos y los sacerdotes que portaban las imágenes de los dioses.

Se dice que los juegos más antiguos fueron fundados por Rómulo y consistían en carreras de carros en el Campo de Marte. Los ludi romani, que datan de la época de los reyes, se celebraban en honor a las tres deidades capitolinas. Al principio sólo duraban unos pocos días, pero Augusto los amplió del 4 al 19 de septiembre. Los gastos que conllevaban eran tan elevados que los ediles recogían dinero de todas las provincias del Imperio para poder financiarlos.

Los juegos fúnebres formaban parte de los funerales y solían consistir en combates de gladiadores. Era una costumbre muy antigua y extremadamente bárbara en un principio, pues se degollaba a esclavos o a cautivos ante la pira funeraria o la tumba del difunto al que se pretendía honrar, para, de ese modo, aplacar a los espíritus de sus antepasados. La costumbre se suavizó con el tiempo, permitiendo que las víctimas combatieran entre sí para poder defenderse y salvar la vida. Teodorico, rey de los godos, abolió definitivamente estos juegos en el siglo V.

domingo, 6 de agosto de 2017

Isabel de Angulema: La Helena Medieval


Isabel de Angulema, consorte de Juan sin Tierra, era única hija y heredera del conde de Angulema y de Alicia de Courtenay, nieta del rey Luis VI. Siendo aún niña sus padres la habían prometido a Hugo IX de Lusignan. Este era el primogénito del conde de La Marche, gobernador de las provincias que formaban la frontera norte de los dominios aquitanos, llamados entonces Poitou francés. La niña fue entregada a los Lusignan para ser educada en su corte, custodiada en una fortaleza en la que debía permanecer rodeada de un imponente séquito hasta alcanzar la edad del matrimonio. 

Este enlace contrariaba enormemente los intereses del rey de Inglaterra. Era una amenaza para él, pues otorgaba demasiado poder a los condes de La Marche. Cuando la boda ya estaba próxima, Juan sin Tierra vio a la novia durante el transcurso de una fiesta con la que se celebraba su reconocimiento como soberano de Aquitania y decidió convertirla él mismo en su esposa. En realidad ya estaba casado con Isabel de Gloucester desde hacía diez años, pero, aunque tenía varios bastardos, Juan no había logrado descendencia de su matrimonio. Necesitaba un heredero, y ya había iniciado contactos para procurarse una nueva esposa en Portugal. Ahora la bellísima hija del conde de Angulema, destinada a dominar unos territorios de gran interés para Inglaterra, le pareció la candidata perfecta.

Al no haber hijos de su primera unión, no le resultó difícil conseguir la anulación alegando los socorridos motivos de consanguinidad (el abuelo de Isabel de Gloucester era uno de los bastardos de Enrique I de Inglaterra). Poco después, el 24 de junio del año 1200, Juan se casaba en Burdeos con Isabel de Angulema tras un novelesco rapto por el que no ofreció ninguna compensación a los Lusignan.


El arzobispo de Burdeos y el obispo de Poitou declaraban que no había ningún impedimento para el enlace del rey. Hugo, al enterarse, montó en cólera y desafió al rey a un combate singular, algo que no podía ser, pues un soberano no debía batirse con sus vasallos ni con personas de rango inferior. 

Juan llevó a Inglaterra a su nueva esposa. Allí fue reconocida públicamente como reina y coronada junto a él en Westminster el 8 de octubre de 1200. Meses más tarde visitaban la corte de Felipe Augusto en París, y luego Isabel se reunió en Chinon con su cuñada, Berenguela de Navarra, viuda de Ricardo Corazón de León. En 1202 fallecía su padre y ella se convertía en condesa de Angulema.

Mientras tanto se acumulaban los conflictos. El joven Arturo de Bretaña reclamaba su derecho a la corona de Inglaterra como hijo del difunto Godofredo, hermano de Ricardo Corazón de León y de Juan Sin Tierra. El asunto sucesorio era complicado: aunque el rey Ricardo, al no tener descendencia, en un principio había designado como heredero a su sobrino Arturo, cambió de opinión al ver que el rey de Francia se ocupaba de educar al niño en su corte. Temiendo que el francés lo convirtiera en su instrumento, Ricardo lo desheredó y nombró a su hermano Juan como sucesor. Esto generó una gran confusión en el reino: por una parte la última voluntad de un soberano tenía fuerza de ley, y por otra Arturo podía invocar derechos dinásticos, al ser hijo de un hermano mayor que Juan. 

El rey se veía obligado a ocuparse de ese asunto mientras Lusignan y su hermano, el conde de Eu, sublevaban Poitou. El rey de Francia, aliado de Hugo, confiscaba las posesiones continentales de los ingleses y, al igual que en Troya en otro tiempo, estallaba el conflicto armado. Por eso algunos historiadores dieron en llamar a Isabel la Helena Medieval.

Llegaron noticias de que Arturo, con ayuda de Hugo, había sitiado a su abuela octogenaria, Leonor de Aquitania, en el castillo de Mirabel, en Poitou. Juan saltó sobre su caballo y se presentó por sorpresa ante las murallas del castillo. Tras derrotar a sus enemigos, hizo prisioneros a ambos. Lusignan fue paseado en un carro, atado de pies y manos, aunque el rey le perdonó la vida. Después fue trasladado al castillo de Bristol, donde no pasaría mucho tiempo antes de alcanzar la libertad.

Isabel había permanecido en Chinon tras la muerte de su padre. En enero de 1203 un destacamento de mercenarios la liberó del peligro en que se encontraba, amenazada por tropas insurgentes. En diciembre de 1203 la reina regresaba a Inglaterra y pasaba las navidades con su esposo en Canterbury.

El 1 de octubre de 1207 Isabel daba a luz en Winchester a su primer hijo, que iba a reinar como Enrique III. A él siguió un segundo, Ricardo, y tres hijas a las que llamaron Juana, Isabel y Leonor. Los cinco alcanzaron la edad adulta y concertaron espléndidas alianzas matrimoniales: Juana fue reina de Escocia, e Isabel se casó con el emperador Federico II.

A la muerte de Juan sin Tierra en 1216, Isabel no perdió un instante para hacer coronar a su hijo de nueve años en Gloucester. Reunió a sus partidarios y junto con Pembroke proclamó rey a Enrique, días antes de la ceremonia en la catedral. La corona real se había perdido con el resto del tesoro, y la reina, por no demorarse, hizo que lo coronaran con su propia diadema.

Un año después de la muerte de su esposo, regresó a Francia para hacerse cargo de su herencia. Dejaba al niño bajo la custodia del regente, Guillermo Marshal, conde de Pembroke. Aún era joven y bella, y un inmejorable partido, de modo que en 1220 contraía un segundo matrimonio. 

El novio, curiosamente, era Hugo de Lusignan. La leyenda cuenta que se trataba de aquel primer prometido suyo, pero eso no es cierto. Hugo IX había fallecido meses antes, y con quien se casaba Isabel era con su sucesor, que hasta ese momento había estado prometido a su hija Juana. De hecho, la niña estaba siendo educada en la corte de los Lusignan, igual que ella en su día. Al nuevo conde de La Marche le resultó más práctico optar por la hermosa madre que esperar a que la niña alcanzara la edad adecuada. El asunto se zanjaba celebrando el compromiso de Juana con Alejandro II de Escocia.


La boda de Isabel enfureció a Enrique III, pues se había llevado a cabo sin su consentimiento. En Inglaterra era el Consejo quien tenía el poder de decisión sobre futuros matrimonios de las reinas viudas. Como represalia, se le retiró la dote y la pensión, y el Consejo dirigió al Papa una carta firmada por el rey en la que se pedía la excomunión de Hugo e Isabel. Estos, a su vez, amenazaban con no enviar a Juana a Escocia, entorpeciendo así el sistema de alianzas. Finalmente se optó por hacer las paces antes de que el conflicto alcanzara mayores proporciones.

De esta unión nacieron nueve hijos, y, al igual que los que Isabel había tenido del rey de Inglaterra, todos sobrevivieron a la infancia en una época en la que no era tan habitual.

Acostumbrada a ser reina, se mostraba arrogante y orgullosa en exceso. Se sentía ofendida al tener que ceder la precedencia a la esposa de Alfonso de Poitou, hermano de Luis IX, al que su esposo rendía homenaje, pero cuyo rango ella consideraba inferior. Tenía un carácter difícil; era vanidosa, caprichosa y sembraba el conflicto a su paso, por lo que los franceses la llamaron “Jezabel de Angulema”. 

Cuando en 1241 ella y Hugo acudieron a la corte de Francia para jurar lealtad al conde, la reina madre, Blanca de Castilla, la desairó abiertamente. Fue la gota que colmó el vaso. Isabel ya detestaba a Blanca por haber apoyado la invasión de Inglaterra durante la Guerra de los Barones, y ahora presionó a su esposo para que renunciara a su alianza con el rey de Francia. Ambos comenzaron a conspirar con otros nobles descontentos con el objetivo de reunir las provincias del sur y el este y crear una confederación respaldada por Inglaterra. 

Tras el fracaso de sus planes, Hugo se vio obligado a hacer las paces con Francia. Pero ella no se resignaba, sino que se mostraba dispuesta a lograr sus propósitos de venganza de un modo o de otro. En 1244 Luis IX sufrió un intento de envenenamiento, a consecuencia del cual se arrestó a dos cocineros que confesaron haber recibido el encargo de Isabel. Fuera o no cierta la acusación, la condesa huyó antes de que pudieran prenderla y buscó refugio en la abadía de Fontevraud. 

Hugo fue arrestado por orden del rey para ser juzgado por su participación en los hechos. El conde negó los cargos y retó a su acusador, Alfonso de Poitou, pero este rechazó el desafío alegando que un traidor como él no era digno de enfrentarse a un caballero.

Isabel, que había tomado en velo en la abadía, moría poco después, el 4 de junio de 1246. A petición suya, fue enterrada sin pompa ni ceremonia en una humilde tumba. Cuando su hijo, el rey de Inglaterra, visitó el lugar, ordenó que fuera trasladada al interior del edificio, donde reposa junto a Enrique II y Leonor de Aquitania.

jueves, 3 de agosto de 2017

La conspiración de Cellamare

Luisa Benedicta de Borbón, duquesa de Maine

Antonio del Giudice, duque de Giovenazzo y príncipe de Cellamare, era un napolitano que se había convertido en Grande de España y representaba a la corte de Madrid como embajador en Francia. En 1718 cumplía 61 años. 

Cellamare era amigo y confidente de Luisa Benedicta de Borbón, duquesa de Maine por su matrimonio con el hijo legitimado de Luis XIV y Madame de Montespan. La duquesa veía con preocupación cómo su esposo mostraba escasa ambición política, enfrascado en su traducción del Anti-Lucrecio. En una ocasión le dijo:

—Cualquier día os encontraréis con que vos sois miembro de la Academia y Monsieur el duque de Orleáns es el regente de Francia.

Una profecía que se cumplió a medias, pues si bien Luis Augusto nunca llegó a ser miembro de la Academia, su primo, Felipe de Orleáns, logró apoderarse en solitario de la regencia, pese a que Luis XIV había dispuesto que fuera compartida por ambos.

Llegados a ese punto, la duquesa decidió que había que provocar la caída del regente, y aplicó todo su esfuerzo a reunir a los enemigos de Felipe. Se alió con algunos nobles bretones, con el conde de Laval y logró atraer a su causa incluso al duque de Richelieu y a los bastardos de Luis XIV, entre los que únicamente el conde de Toulouse optaba por guardar neutralidad.

Luis Augusto de Borbón duque de Maine

Hacía algún tiempo que Madrid se mostraba hostil al regente. Felipe V no olvidaba que el duque de Orleáns había tratado por todos los medios de obtener la corona de España. Además, Francia se había unido a Gran Bretaña y a las Provincias Unidas formando contra él la Triple Alianza, a la que posteriormente se incorporó el Imperio. El conflicto, debido fundamentalmente a las ambiciones territoriales en Italia de Felipe V e Isabel Farnesio, había desembocado en una guerra, y el tratado que firmó la Cuádruple Alianza excluía de la sucesión al trono de Francia a la rama española de los Borbones.

Los agentes de los duques de Maine trabajaban en España mientras trataban de animar al pueblo francés a derribar al regente con todo tipo de promesas de poner fin a abusos. Se concibió un plan para librarse de él: secuestrarían al duque de Orleáns y lo conducirían a una fortaleza española. A continuación se convocarían los Estados Generales para fijar las bases del gobierno durante la menor edad de Luis XV y elegir al nuevo regente. Este debería ser Felipe V, o, lo que era lo mismo, un consejo de regencia en representación suya, compuesto por los bastardos de Luis XIV.

Madrid encargaba a Cellamare la misión de mantenerse en contacto con la duquesa de Maine y su consejo y de informar puntualmente de todo. El embajador español acudía al encuentro de Luisa Benedicta al caer la noche, en un carruaje en el que, para asegurarse la discreción, hacía de cochero el conde de Laval. Las entrevistas tenían lugar bien en el Arsenal, cuando la duquesa residía en París, o bien en su residencia de Sceaux. El 25 de mayo de 1718 Cellamare envía a Alberoni los dos primeros escritos de la cábala, y anuncia, en una nota cifrada, que son obra de la duquesa de Maine y del marqués de Pompadour, escritos tras una reunión en el Arsenal.

Felipe V
En la correspondencia que mantenían los conjurados, Luisa Benedicta recibe el nombre en clave de “la Reine du grand roman”. Era una intriga muy literaria, con su propio poeta, llamado La Grange-Chancel, autor trágico. El poeta publicó unas odas satíricas que dieron la vuelta por todo el reino. Apenas se encontraba un francés que no hubiera leído aquellas Filípicas, excepto el regente, que fue el último en enterarse. Cuando tuvo conocimiento de su existencia, Felipe fue incapaz de hacerse con un ejemplar de los millares que se habían repartido, pues ningún cortesano osaba confesar no ya sólo que lo tenía en su poder, sino haberlo leído o visto siquiera. Finalmente, Saint-Simon reunió coraje y le mostró la obra con la que se entretenía todo París, y que decía así:

¡Pueblo, ármate! ¡Defiende a tu amo!
Has de saber que la mano de ese traidor
Pretende arrebatarle sus Estados

Seguían acusaciones que atribuían al regente los crímenes más monstruosos, unos versos en los que se lo denunciaba como un segundo Nerón o un moderno Heliogábalo. La duquesa de Berry, hija mayor del regente, tenía el dudoso honor de ser comparada con Mesalina, y, haciéndose eco de los rumores que la relacionaban incluso con su propio padre, se aludía a las Euménides, vengadoras de divorcios y de incestos.

Saint-Simon le entregó el ejemplar. El regente lo leyó en voz baja en su presencia, en pie ante la ventana de su gabinete de invierno. De vez en cuando se detenía y hacía algún comentario, sin parecer alterado; pero de pronto su expresión se transformó. Leía el fragmento en el que lo acusaban de planear envenenar al rey.

—¡Ah, esto es demasiado! —exclamó— ¡Este horror es más fuerte que yo!

La Grange-Chancel fue enviado a la isla Santa Margarita, de donde iba a fugarse al cabo de dos años. Pero la conjura ya se había extendido. Más de veinte coroneles se unían a ella por obra de Laval, y se montó una imprenta secreta con obreros que nunca salían de día y a la que eran conducidos con los ojos vendados. Allí se producían continuos panfletos contra el regente.

Felipe II de Orleáns, el regente

Las Filípicas habían despertado los recelos de Felipe, que comenzó a sospechar que había una conspiración en marcha. Cellamare no tomaba ninguna precaución para ocultar sus conexiones con los descontentos, y él mismo hacía circular algunos de los escritos comprometedores. En una carta le escribía a Alberoni lo siguiente:

Sigo cultivando nuestra viña, pero no quiero estirar la mano para recoger los frutos antes de que estén maduros. Las primeras uvas que deben refrescar la boca de aquellos que van a beber el vino, ya se venden públicamente, y cada día se llevarán otras al mercado.

Los encargados de ejecutar el plan de secuestro diseñado por la duquesa eran aventureros que llegaban de España. Su jefe estaba en contacto con Alberoni y Cellamare. Este le indicó el lugar por el que el regente paseaba habitualmente con su hija, y pronto todo quedó dispuesto. Unos hombres se emboscaron en el Bois de Boulogne, pero, como por motivos de seguridad desconocían la identidad del personaje que tenían la misión de secuestrar, se equivocaron y se apoderaron de otro caballero. Al constatar su error, el jefe de la banda emprendía veloz la huida hacia los Países Bajos.

El regente continuaba con sus costumbres sin inmutarse y sin tomar ninguna precaución especial. Cada noche iba a cenar a casa de su amante, Madame de Parabère, en Saint-Cloud, a pesar de que el incidente en el Bois de Boulogne tuvo repercusión y llamó la atención del consejo de regencia.

La duquesa de Maine

La imprudencia de Cellamare iba a acabar pronto por descubrir todo el complot. Los papeles que trataban de hacer llegar a Alberoni fueron capturados, y con ellos los detalles. El abad Dubois, secretario de Estado de Asuntos Exteriores, envió una circular a los obispos, arzobispos, presidentes de tribunales de justicia y gobernadores de provincias. “Si algún súbdito de Su Majestad ha sido capaz de escuchar proposiciones sediciosas, no omitiréis nada para mantener, en cuanto concierne a la autoridad de la que habéis sido revestidos, el buen orden y la tranquilidad pública.”

Quedó al descubierto cómo los bastardos de Luis XIV se habían puesto a disposición del rey de España. El número de conspiradores se elevaba a sesenta, sin contar los coroneles que debían conducir al regente hasta Toledo. Dos compañías de mosqueteros recibieron orden de estar preparados para saltar sobre el caballo. Los gobernadores de la Bastilla y de Vincennes tenían instrucciones de preparar todos los alojamientos disponibles.

Cellamare era arrestado el 9 de diciembre de 1718. Al día siguiente los marqueses de Pompadour, Saint-Geniès y Courcillon eran conducidos a la Bastilla, y poco después el abad Brigault, uno de los líderes de la conjura, era capturado en Nemours disfrazado de anciana.

Poco a poco, todos iban cayendo: el Caballero du Menil, el coronel de húsares Serret… El jueves 29 un teniente de la guardia de corps entraba en Sceaux en el momento en que el duque de Maine está a punto de salir de caza. El teniente le pidió que le entregara su espada y lo condujo hasta la ciudadela de Doullens.


Mientras tanto también la duquesa recibía la visita de un capitán, encargado de trasladarla, con todos los honores debidos a su rango, primero a Essonne y después a Dijon. La nieta del Gran Condé se subió a un carruaje de alquiler y salió rumbo a su destino. En Dijon sería la prisionera del duque de Borbón, gobernador de Borgoña, su enemigo declarado.

La conspiración de Cellamare no parece haber alterado gran cosa el ánimo del regente, que seguramente nunca llegó a tomarla demasiado en serio. Él continuaba con buen humor durante esas jornadas. Una vez, al encontrarse con Destouches, padre de d’Alembert, le dijo:

—¿Sabéis algo muy gracioso?

—¿Qué, monseñor?

—El príncipe de Cellamare ha puesto vuestro nombre en la lista de conspiradores.

—¡Eso no tiene ninguna gracia! —respondió Destouches, que se había quedado blanco.

Y el regente estalló en carcajadas mientras trataba de explicarle al caballero que sólo le estaba gastando una broma.