domingo, 27 de julio de 2014

María Tarnowskaya, La Condesa del Escándalo (III)


La condesa tenía una servidora de entera confianza. Se trataba de Elisa Perrier, una suiza que cumplía además la función de dama de compañía y consejera. Elisa era huérfana. Sus hermanos habían emigrado a América y aparte de ellos su único pariente era una tía anciana que vivía en Neuchâtel. Llevaba al límite la lealtad que mostraba hacia María, como si fuese su perro fiel, a cambio de una paga miserable. Era capaz de hacer o decir cualquier cosa con tal de complacer a su ama. Elisa saldría bien librada posteriormente en el proceso que siguió al asesinato de Kamarowsky. Ningún testimonio la incriminaba, ni se hallaron pruebas en su contra.

En cuanto a la víctima, Kamarowsky, era un hombre honesto. Se había casado por amor con una joven culta y refinada que murió pronto, dejándole solo con su hijo. Había pasado días maravillosos con ella, parte de ellos en Venecia, donde había hecho muchos amigos debido a su carácter afable. Y, sin embargo, poco después de perder a su mujer, se había dejado engatusar por la condesa, como demuestra esta carta:

“Por poderte llamar mía para siempre estoy dispuesto incluso a cometer un delito; ser tu marido incluso poco tiempo y después ser condenado a cadena perpetua”. 

Siempre buen hijo, solicitó el permiso de su madre para comprometerse con ella, sin saber que no podría casarse, pues María le ocultó que meses antes habían sido desestimadas las demandas de divorcio presentadas por su marido y por ella misma. Tampoco le confiesa, naturalmente, que en realidad siente repugnancia por él. “Sentía con sólo verlo una repulsión tan grande que fácilmente se convertía en odio; de ahí el evidente deseo de destruirlo, claramente presente incluso bajo el móvil económico del delito”.


Kamarowsky obtuvo ese permiso, porque la anciana señora estaba totalmente encantada con María. La petición tuvo lugar en el Lido de Venecia. Allí fue donde María dijo privadamente al abogado Prilukoff:

—Bórralo de la faz de la tierra.

Una semana más tarde el incauto Kamarowsky depositaba su nuevo testamento. Hasta entonces había instituido como heredero universal a su hijo y como usufructuaria a la condesa, pero ahora es María quien hereda todas las propiedades, reservando al hijo tan sólo la legítima. “En caso de muerte, ruego a mi hijo que honre a aquella que será su segunda madre”.

Prilukoff ya podía planear su asesinato, un crimen que, como habíamos visto, le fue encomendado a Naumov. No fue, sin embargo, el crimen perfecto, y los autores habían sido detenidos. El 14 de mayo de 1910 daba comienzo un proceso que fue conocido como “el caso ruso”, en el que se oyeron 142 testimonios y que comenzó con una salva de silbidos y clamores que anunciaban la llegada de la góndola negra cerrada que traía a la acusada principal. Era costumbre que los acusados fueran transportados en una vieja barcaza verde, pero a ella se le otorgó este privilegio.

Prilukoff era el que despertaba mayor curiosidad por parte de los periodistas presentes, algunos de los cuales venían desde Rusia. En cuanto a la condesa, no parecía encontrarse demasiado incómoda: sonreía ligeramente bajo el velo al saludar a su padre, que asistía a cada sesión, o bien le susurraba un “buenos días, papá”, como si fuera lo más natural encontrarse allí.

Hubo mucho que debatir acerca del estado mental tanto de María como de Naumov. El profesor Morselli consideraba a la condesa una criatura de inteligencia mediocre, o incluso baja, y que vivía dominada por las emociones. En su opinión, había en su carácter un cierto infantilismo que explicaba que en su cabeza la idea del delito tomarala apariencia de un juego frívolo. Dominaba solamente a aquellos que se dejaban, que querían ser dominados por ella. Casi no tenía sentido de la responsabilidad, y su voluntad era sólo capricho. Suplía su falta de inteligencia con una astucia instintiva y con el disimulo y la hipocresía.


Finalmente el jurado declaró a Naumov culpable de homicidio con premeditación, con algunas atenuantes; a Prilukoff, cómplice del crimen con afán de lucro. Cuando se pronunció el veredicto, se oyó un golpe sordo. Naumov había dejado caer pesadamente su cabeza sobre el escritorio, presa de una convulsión.

María Tarnowskaya era considerada igualmente culpable, a pesar de la atenuante de trastorno mental. El suyo era un grado de complicidad que rozaba la instigación. El fiscal pedía para ella ocho años y cuatro meses, precisamente la pena que se le impuso. Pero había que deducir de este tiempo todo el que ya había pasado detenida. La condena era tan leve que la recibió con alegría.

La condesa del escándalo pagó las consecuencias de sus actos en la cárcel de Trani, en el sur de Italia, hasta 1915, año en que fue puesta en libertad por buena conducta. Fue el 10 de junio, al día siguiente de cumplir 38 años. Después de eso se sabe que estuvo en París con un diplomático norteamericano, y que poco después emigraba a América en su compañía y con nombre supuesto. Un año después la encontramos residiendo en Buenos Aires con un nuevo amante.

María Tarnovskaya falleció el 23 de enero de 1949 en Santa Fe, Argentina. Su cuerpo fue trasladado a Rusia, para que reposara en el panteón familiar.


jueves, 24 de julio de 2014

María Tarnowskaya, La Condesa del Escándalo (II)


El conde Tarnowsky deseaba divorciarse, pero María se opone y demanda al esposo por su vida de libertinaje. Como la infidelidad, si era mutua, no era causa de divorcio, el conde no pudo salirse con la suya. Sin embargo, llegados a ese punto era inevitable la separación, algo que se llevó a cabo de común acuerdo.

María Nikolaiewna Tarnowskaya comenzaba así una vida errante, viajando de un lugar a otro y viviendo numerosas aventuras galantes. Uno de sus más ardientes admiradores fue el barón von Stahl, que llegó a firmarle la siguiente nota:

“…Bajo mi palabra de honor y por todo aquello que ha quedado en mí de valor y sin mancha, prometo a María Nikolaiewna hacer todo aquello que me ordene durante todo el tiempo que dure mi estancia en Kiew…”

María le ordenó que se suicidara. Y el barón obedeció.

Mientras agonizaba en la habitación de un hospital, von Stahl, adicto él también a la cocaína, sólo tenía un deseo: que ella pasara en su carruaje bajo su ventana para darle el último adiós.

Fueron muchos los que la amaron, aristócratas “en su mayoría desequilibrados y degenerados, masoquistas por deseo y por inclinación”; pero ella parecía tener alguna imposibilidad para hallar satisfacción en la unión carnal. Según se puso de manifiesto durante el proceso, ni Naumov ni Kamarowsky lograron jamás mantener relaciones plenas con ella. Sí lo consiguió Prilukoff, el abogado, pero éste admitió que habían sido pocas veces, porque resultaba muy doloroso para María. Realmente debía de serlo, dado que hay un informe ginecológico que diagnostica “cervicometritis parenquimatosa crónica por regresión uterina puerperal, endometritis, desplazamiento del útero, quistes bilaterales y pelvicelulitis crónica”, además de espasmos vaginales muy acentuados. Se rumoreaba que, debido a este problema, María hallaba mayor satisfacción con su complaciente sirvienta.


Donato Prilukoff era un brillante abogado moscovita, un joven que había hecho fortuna muy pronto. Tenía cuanto hubiera podido desear: una buena familia, una posición, prestigio profesional, una gran casa, una esposa que lo adoraba; pero todo lo abandonó por la condesa. Donato se fue a vivir a un hotel; derrochaba cuanto había ganado hasta entonces con tal de ocupar las habitaciones de lujo en los mejores hoteles. Como nada de esto era suficiente para María, alquila un apartamento sólo al alcance de un millonario, para que ella se instale como dueña y señora.

Los amigos de Donato se asombran. No parece el mismo. Tratan de hacerle recapacitar y hay un momento en que el abogado quiere echarse atrás y se aleja de ella, pero los encantos de María terminan venciendo sobre cualquier consideración. La condesa, para hacerlo regresar, se fingió enferma y le rogó que acudiera a la cabecera de su lecho. Donato está entre la espada y la pared. Atormentado, intenta suicidarse ingiriendo un veneno que no resulta demasiado eficaz. Esta vez es ella quien acude a su cabecera y lo atiende hasta verlo recuperarse.

Prilukoff pronto se arruina por ella. María disponía de una renta modesta, a todas luces insuficientes para el lujoso tren de vida que aspiraba a llevar, y él se esmeraba por complacer todos sus caprichos y pagar las facturas sin límite. En 1906 la condesa compraba de modo tan compulsivo que había contraído cuantiosas deudas por todas partes. Donato, desesperado, vuelve a considerar la idea del suicidio, pero junto a él está “aquella víbora de voz serena”. De poco serviría a María su muerte. Lo necesitaba con vida para obtener más dinero, así que el abogado, por tratar de complacerla una vez más, decide cobrar a finales de año y a modo de anticipo las retribuciones por todas las causas que aún no ha defendido. Reúne, en total, unos 80.000 rublos y ambos se fugan con el botín.

Cuando se separaban, se escribían cartas muy explícitas, sin ningún pudor y cargadas de erotismo. Cuando estaban juntos, su vida estaba condenada a ser un eterno peregrinar por Europa. Donato no podía volver a Rusia si no era capaz de devolver el dinero sustraído con los intereses correspondientes, algo impensable, porque la pareja se había dado buena prisa en gastarlo todo. Necesitaban más, y por eso acabarán planeando el asesinato del conde Kamarowsky.


Su primer destino fue París, por entonces nido de espías zaristas. La ciudad está repleta de rusos, por lo que estiman que tal vez podrán pasar desapercibidos allí. Vana esperanza, porque el lujo con el que ella continúa empeñada en rodearse es imposible no llamar la atención.

De París se trasladan a Argelia. Ella había comenzado a cansarse de Donato, de modo que le expresa su deseo de ver de nuevo a su hijo, al que ha dejado en Rusia, y hacia allá se dirige. Es durante ese regreso a su país cuando conoce a Naumov, el que será su brazo ejecutor.

Nicolás Naumov tenía unos orígenes nada despreciables: descendía de Turgueniev, pero en su familia también había antecedentes de locura y, además, bebía en exceso. Su infancia fue muy prometedora: destaca en los estudios, a los once años había publicado ya un libro, y poco después traducía a Baudelaire. Un primer indicio de lo que sería su trayectoria posterior es un poema que escribe sobre el masoquismo.

Un día, cuando tenía 16 años, se arrojó a las aguas del Volga. Al salir a la superficie, su cabeza golpeó contra una balsa cargada de madera causándole un traumatismo. Es a partir de ese momento cuando se vuelve más inestable: se sobresalta por cualquier movimiento un poco brusco y sufre violentos tics en el rostro. En el colegio se ríen de él a causa de eso.

Nicolás se licenció en Derecho y llegó a ser el secretario del gobernador de Orel. Ocupaba ese cargo cuando el conde Kamarowsky le presenta a María. La condesa llega a la conclusión de que aquel joven nervioso será presa fácil, y decide seducirlo. Habla mucho con él acerca del que pronto se revela que es su tema favorito: el masoquismo, y le sugiere probar algunas cosas. Nicolás conoció todo el dolor que aspiraba a sentir: el que causaban los cigarrillos apagados contra las palmas de su mano, los salvajes mordiscos de la condesa, los azotes que le hacían sangrar; un juego del que quedó cautivo. Ahora está dispuesto a seguirla a cualquier parte y a darle cuanto le pida. Se hizo un tatuaje en el brazo con las iniciales de la condesa y se entregó en cuerpo y alma, sin importarle que ese camino le condujera al crimen.


Continuará



martes, 22 de julio de 2014

María Tarnowskaya, La Condesa del Escándalo


El 21 de mayo de 1910 apareció en el Corriere Della Sera la sentencia completa que condenaba a una mujer por su participación en un complot que terminaría con el asesinato de un noble ruso. Esta mujer era María Tarnowskaia, “la condesa del escándalo”. Ella es quien me ha servido de inspiración para escribir Gambito Veneciano, un relato que forma parte de la antología de género negro Tras las huellas de Arsenio Lupin.

Tres años antes de la publicación de esta sentencia, en un viejo palacio veneciano del Campo del Giglio, vivía el conde Pablo Kamarowsky, considerado invencible en la esgrima. El conde es muy conocido en los ambientes políticos y la policía lo vigila porque, debido a sus abiertas simpatías zaristas, corren rumores de que se pretende acabar con su vida.

A las ocho de la mañana de aquel 4 de septiembre, Pablo se encontraba en su habitación del palacio Maurogonato. Aún no se había levantado; comenzaba a desperezarse cuando entró una sirvienta para anunciarle que un joven ruso deseaba hablarle de un asunto muy urgente. El conde conoce muy bien al joven. Pide que le haga esperar unos minutos mientras se prepara para bajar a su encuentro. Pero no va a disponer de tanto tiempo. Cuando se levanta, la puerta de la alcoba se abre con estrépito y surge ante él el misterioso visitante, que le dispara a quemarropa.

Kamarowsky, aún con vida, es trasladado al hospital. Todavía encuentra fuerzas para denunciar a su asesino, al que ha reconocido perfectamente. Luego escribe una nota a su amada, María Tarnowskaia, quien se encontraba en Viena:

“En nombre del cielo, ven rápidamente. Me encuentro muy mal. Pablo”.

El conde obtiene este otro telegrama como respuesta:

“¿Qué te ha sucedido? Estoy terriblemente inquieta por saber los particulares. Amor desesperado. No puedo partir hoy. Cariño sin fin. María”.


Pablo se hunde. Sabe que no logrará vivir, y le hace enviar un último telegrama. Pero él ya no tiene fuerzas, y es un amigo común quien debe encargarse de redactarlo:

“El conde, asesinado por Naumov. Cuatro disparos. Estado grave. Hecha una operación de laparotomía. El herido os llama continuamente”.

Pero María no hubiera podido acudir: la policía se había movido deprisa y detuvo a Naumov cuando viajaba hacia Roma. El ruso intentó negarlo todo y ocultar su identidad. Fingió ser un ciudadano belga llamado Enrico Durand, pero de nada sirvieron sus protestas de inocencia. Finalmente confesó. Ahora también ella había sido arrestada.

Horas más tarde moría Pablo. Sus últimas palabras fueron las que le dijo al juez instructor: “Me ha asesinado Naumov… Estábamos enamorados de la misma mujer”. Pero no revelaba quién era ella.

María y Naumov no fueron los únicos detenidos. Un abogado ruso llamado Prilukoff compartía su suerte, sospechoso de haber ordenado el crimen. No se engañaban. Ella, siempre ávida de dinero, había persuadido al abogado para que planeara el asesinato. El plan consistía en convencer a Pablo de que se hiciera un seguro de vida en una compañía vienesa. La beneficiaria, naturalmente, sería la condesa. No fueron cautos, sin embargo, y la policía descubrió sin esfuerzo que algunas de las acciones habían sido perpetradas de modo muy poco discreto, entre un ir y venir de telegramas.

María Tarnowskaya, descrita como “alta, sutil, cabellos castaños, mirada insinuante”, era una mujer elegante, refinada, dueña de une hermosa voz y ornamento de los salones de media Europa: la última persona que la sociedad de su tiempo hubiera imaginado implicada en un asunto tan turbio. Y, sin embargo, sus genes parecían abocarla al desastre. Según un informe, “las anomalías psíquicas fueron preparadas largamente por las generaciones que precedieron su llegada al mundo; y he aquí que, buscando, fue fácil descubrir contaminada su herencia por parte materna. Locura en una tía materna y en la abuela, locura en los primos; y ella misma minada por la neurastenia, con desórdenes sexuales, destruida por el tifus del que derivaban huellas indelebles, arruinada por los tóxicos tan funestos como el éter, la morfina y la cocaína…”


Había nacido en 1877 en Kiew, hija de los condes O’Rourk. Aunque educada en el seno de una familia acaudalada e influyente, su juventud fue sumamente turbulenta. Dejó el colegio a los 16 años, y entonces tuvo la desdicha de conocer al conde Vassili Tarnowsky. Este se lanza a hacerle la corte y, tras ganarse las simpatías de la madre, pide a María en matrimonio. El padre no lo veía con buenos ojos, pues lo consideraba un jugador empedernido y un libertino, de modo que, mientras discutía el asunto con su esposa, María se fugó con Vassili el 10 de abril de 1894.

Tiene 20 años cuando nace su primer hijo en junio de 1897, un parto del que tarda en recuperarse. Retirada en la Riviera, contrae unas fiebres tifoideas de gran virulencia, una enfermedad para la que la ciencia de la época no ofrecía remedios demasiado eficaces.

Una vez recuperada, se reúne en Rusia con su esposo. Lamentablemente pronto queda embarazada de nuevo, y tiene un segundo parto más complicado aún, con una fuerte hemorragia. María, además, sufre porque nunca es capaz de amamantar a sus hijos: cuando lo intenta, padece una dolorosa mastitis.

Un día su esposo se fugó con una bailarina y la dejó sola con sus dos hijos, Tioka y Tatiana. Pero mucho antes de eso habían comenzado ya a sucederse los escándalos en torno a ella. En Niza, el conde Tolstoi se batió con el esposo por ella. Y después, cuando el eco de ese asunto se apagó, llegó el episodio de Borgewsky

Borgewsky era un húsar, joven romántico, apuesto, valeroso y espléndido en su uniforme. María coqueteaba con él. Le había pedido que la enseñara a disparar, y él no perdía ocasión de tomarse ciertas libertades, como rodear con el brazo a su alumna al hacerlo. Un día, cuando ella apuntaba con la pistola en dirección al blanco, él tapó con su mano la boca del cañón y le dijo:

—Antes debéis decirme que me amáis.

Pero ella, en lugar de bajar el arma, apretó el gatillo y destrozó la mano del húsar. A pesar de eso, él continuaba adorándola, y cuanto más humillaciones recibía, más se postraba a sus pies. Ella encontraba divertida la situación e incluso había comenzado a habarle de un proyecto que le rondaba hacía tiempo por la cabeza: la idea de que un hombre fuera capaz de matar por amor a ella, algo que alcanzaba su perfección si la víctima era un caballero acaudalado al que pudiera heredar, como por ejemplo… su marido.

Borgewsky, naturalmente, comprendía que ella deseara librarse de él, porque María se lo representaba como “un bruto alcoholizado y vicioso” que no la amaba. Hombre honorable, el húsar se resuelve a proponer un duelo a tres pasos al conde, pero a éste no le gustaban esas situaciones en las que uno de los dos rivales moriría de forma segura, si el elegido por la suerte podía ser él. Tarnowsky sugiere, en cambio, celebrar un banquete de conciliación y olvidar el asunto. Borgewsky accede, se organiza la comida y todo termina entre brindis de amistad, pero cuando el joven se dispone a despedirse, en el preciso instante en que besaba la mano de la condesa, el esposo extrajo su revólver y le disparó un tiro en la nuca.

Borgewsky cae al suelo en medio de un charco de sangre. La condesa se desmaya. La víctima aún logrará vivir dos meses de larga agonía, entre atroces sufrimientos, hasta morir en brazos de María en un hotel de Yalta.

Hubo un proceso contra Tarnowsky, pero salió absuelto. Se alegó que había sufrido constantes provocaciones, que el comportamiento de la víctima había sido indigno, tratando de destruir un hogar y, en suma, se trataba de uno de esos crímenes de honor para los que la época solía admitir justificación.


Continuará




lunes, 21 de julio de 2014

Mucha mierda


El mundo del teatro arrastra tras de sí un sinfín de tradiciones de carácter supersticioso, no siempre fáciles de explicar. De todos es conocida la aversión de los actores por vestir de amarillo sobre el escenario, supuestamente debido a que Molière usaba ese color cuando, representando El enfermo imaginario el 17 de febrero de 1673, murió sobre el escenario.

Pues bien, no es cierto. Ni vestía de amarillo ni murió durante la representación. Se conserva el registro del pago hecho al taller que elaboró la vestimenta que llevaba aquella noche, y que era, según consta, una bata de terciopelo “amaranto”, es decir, rojo oscuro, forrada de gris y bordeada de piel de ardilla. Sobre el escenario sufrió el ataque fatal que causaría su muerte poco después, trasladado ya a su domicilio.

Menos conocido es que en Francia evitan el color verde, considerado igualmente como portador de mala suerte en el mundo del espectáculo. El origen de esta superstición resulta oscuro. Podría encontrarse en los dispositivos de iluminación del escenario durante el siglo XIX, que no resaltaban los tonos verdes; o bien en el color del óxido de cobre que se utilizaba para teñir la ropa, pero que finalmente fue proscrito debido a su toxicidad. 

Y si a los actores franceses no les gustaba el verde, en Italia se guardaban del morado, porque en tiempos medievales se asociaba al color de la vestidura del sacerdote durante la cuaresma, unas fechas de recogimiento en las que se prohibían los espectáculos. 


Para los ingleses, el color prohibido es el azul, a menos que sea contrarrestado con plata. En otro tiempo era sumamente difícil conseguir tinte azul, por lo que resultaba muy caro. Las compañías de teatro, cuando las cosas iban mal, se esforzaban por utilizar vestimenta de ese color para así hacer creer al público que tenían éxito y que podían permitirse el gasto, y así la mayoría de las veces terminaban quebrando. Pero si además exhibían plata, entonces era una demostración de que su economía estaba realmente saneada, o bien que las apoyaba algún personaje importante y acaudalado.

Otra de las costumbres dentro del ámbito teatral es desear “mucha mierda” durante el estreno de una función. Esto tiene su lógica, si se tiene en cuenta que antiguamente no se llegaba al teatro en automóvil, sino en coche de caballos. Y los caballos ensuciaban con sus excrementos los alrededores. Así, cuanta más gente asistía, más mierda había, y ello se convertía en una medida del éxito de la obra.

No está tan claro, en cambio, el origen de la expresión “que te rompas una pierna”. Entre las múltiples explicaciones que se han propuesto, opto por aquella que la relaciona con la costumbre de hacer una reverencia al final de la representación, o una genuflexión para recoger las monedas que les arrojaban. Cuanto más aplaude el público, más veces salen los actores a saludar, y como tenían que doblar la rodilla, si tenían éxito lo hacían tantas veces que, en sentido figurado, se rompían la pierna. En cuanto a los alemanes, no contentos con la fractura de una pierna, desean a los actores Hals und Beinbruch !, o sea, que se rompan también el cuello, de paso.

Por si no lo sabían, no se les ocurra ofrecer nunca a una actriz un ramo de claveles. Quedarán mucho mejor si le regalan uno de rosas. ¿Por qué? Pues porque según una vieja tradición, el director de la compañía ofrecía un ramo de rosas a aquellas actrices a las que renovaban el contrato, mientras que las que eran despedidas recibían claveles, mucho más baratos. Y si están en Inglaterra, no olviden esperar al final de la obra para ofrecerles cualquier flor que sea. Jamás deben hacerlo antes.


Entre otras curiosidades, no se ha de decir la palabra “viernes” sobre un escenario, y, desde luego, el terror paralizaba al actor que veía a alguien con sombrero en un palco. Tampoco era buena idea llevar como adorno alguna pluma de pavo real, porque dan la impresión de tener un ojo maligno que arroja una maldición sobre el espectáculo.

Hay una obra de Shakespeare cuyo nombre no debe ser pronunciado, porque atrae a la mala suerte. Los actores la llaman, simplemente “la obra escocesa”. Ya saben cuál es. Nosotros, por si acaso, no la mencionaremos, y eso que dicen que la maldición sólo funciona si se pronuncia dentro de un teatro. Si alguien lo hace así, se procede a un ritual para contrarrestar la maldición. Hay algunas variantes: una consiste en solicitar a dicha persona que abandone el edificio, que escupa y que dé tres vueltas antes de rogar ser admitido de nuevo. 

Tener tres velas encendidas en el escenario se considera de mal augurio. Dicen que la persona que se encuentre más próxima a la vela más corta, será la siguiente en casarse o en morir, calamidades equiparables ambas. Tampoco puede haber espejos.

En los teatros, como todo el mundo sabe, hay fantasmas. Para no provocar su enojo, se recomienda dejar el teatro vacío al menos una noche a la semana. Tradicionalmente esta es la noche del lunes, cuando los actores tienen el día libre tras las representaciones del fin de semana. Pero en cualquier teatro vacío siempre debe de haber una luz encendida, precisamente para protegerlo contra los fantasmas. Esta luz suele colocarse en el centro del escenario.


lunes, 14 de julio de 2014

El tiempo y Richelieu contra quien sea

"El tiempo y yo contra quien sea"


“Dadme seis líneas escritas por un hombre y encontraré en ellas motivo suficiente para procesar al más inocente.”

"Los grandes incendios nacen de las chispas pequeñas."

"El disimulo es la ciencia de los reyes."

"Todos los asuntos de Francia no tienen de apasionado más que el comienzo".

"En cuestiones de Estado, quien tiene la fuerza tiene frecuentemente la razón."

"Hay que escuchar mucho y hablar poco para gobernar bien un Estado."

"La lealtad es simplemente una cuestión de fechas."

"Yo soy católico, pero antes que católico, soy francés."

"No hay que decir más que lo necesario, a quien es necesario y cuando es necesario."

"Es bien cierto que los españoles aspiran al dominio mundial, como que, hasta ahora, lo único que lo ha evitado son lo disperso de sus dominios y lo escaso de su número."

"La autoridad apremia a la obediencia, pero la razón persuade."

"No tengo más enemigos que los del Estado."

"Para engañar a un rival está permitido el artificio. Debemos emplear todos los medios contra nuestros enemigos."

"En cuestión de Estado, hay que aprovecharlo todo, y lo que puede ser útil no debe ser despreciado jamás."

"Muchos de los que podrían salvarse como particulares se condenan como hombres públicos."

"En cuestiones de estado, quien tiene la fuerza frecuentemente tiene la razón, y aquel que es débil difícilmente puede evitar estar equivocado a juicio de la mayor parte de la gente."

"Luego de tomada una resolución, voy derechamente a mi objetivo derribando cuanto me cierra el paso, y luego lo cubro todo con mi hábito rojo."

"Perseguir lentamente la ejecución de un plan, y divulgarlo, es como hablar de algo para no hacerlo."

"No acordarse de los favores recibidos es muy propio de los franceses."

"Las conquistas más nobles son las del corazón y los afectos."

"La muerte no es más que un instante; la vida tiene miles."

"No hay nación en el mundo tan predispuesta a la guerra como la nuestra."

"Si Dios prohibiera beber, ¿habría hecho tan bueno el vino?"

"En materia de crímenes de Estado, hay que cerrar la puerta a la piedad."

"Hay que dormir como un león, sin cerrar los ojos."

"Hacer una ley pero no hacerla cumplir, es como autorizar aquello que se quiso prohibir."

"La bondad es objeto de amor; el poder es la causa del temor."

"Nadie podría albergar a una serpiente en su seno sin arriesgarse a ser mordido."

"Quien tenga los ojos vendados, no sabrá elegir bien."

"Nunca habría un castigo lo bastante severo para aquellos que se extralimitan en el ejercicio del poder."

"Perder el honor es peor que perder la vida."

"A veces sólo hace falta un instante para evitar una tempestad."

"No hay mayor crimen que mostrarse indulgente con quienes violan la ley."

"Ser riguroso con quienes tienen a gala despreciar las leyes, es ser bueno para el pueblo."

"La razón no tiene ninguna fuerza sobre muchos hombres."

"Es más importante pensar en el futuro que en el presente. Un médico que es capaz de prevenir las enfermedades, es más estimado que el que se dedica a sanarlas."

"Para no ser desdichados, seguid el camino que dictan la prudencia y la razón."

"La razón debe ser la antorcha que alumbra."

"El amor es el más poderoso de los motivos que obligan a obedecer."

"En asuntos de Estado, el secreto es lo primero."

"La política consiste en hacer posible lo que es necesario."

***

Fin de las vacaciones. Poco a poco esperamos ir retomando el ritmo. Mientras tanto, les dejo estas frases del insigne cardenal.



domingo, 15 de junio de 2014

Los asientos en la antigua Roma


Los asientos que utilizaban los romanos están suficientemente ilustrados en las pinturas murales de Pompeya y Herculano. Se percibe en ellas que están hechos a partir de modelos griegos. 

La denominación genérica para las diferentes clases de silla es sella, y únicamente distinguían con un término diferente la silla con respaldo o cathedra. A las patas se les daba con frecuencia alguna forma artística, y eran adornadas con metal y marfil. El respaldo de la cathedra era muy curvado, con frecuencia semicircular, lo que añadía comodidad. Los cojines suaves, colocados contra el respaldo y sobre el asiento, indican que se encontraba en un principio en las habitaciones de las mujeres. Aunque posteriormente también los hombres la usaron, se consideraba una costumbre afeminada. Cathedra designa igualmente al asiento del maestro en la escuela.

Diferente a estos muebles es el solium, una especie de cathedra más lujosa. Era el asiento de honor del señor de la casa, cuya posesión pasaba de padres a hijos, así como el trono de los gobernantes y de los dioses, aunque no el sillón usado por los magistrados de la República. El solium estaba en el atrio de la casa, cubierto con un tapiz de lana de colores vivos que se retiraba sólo cuando iba a ser usado el asiento. Allí se sentaba el pater familias durante las recepciones. Este mueble también podía encontrarse en los teatros, destinados a la autoridad, y posteriormente, ya durante el cristianismo, para el obispo.


El respaldo del solium, decorado ricamente, sube a veces hasta la altura de los hombros, o incluso sobre la cabeza. El mueble, hecho a base de materiales macizos y pesados, contaba con dos brazos de artesanía, y se situaba sobre una base resistente o sobre patas altas. No queda ningún ejemplo del de madera, en el que el patrón se sentaba a dar consejo a sus clientes, pero hay varios de mármol que probablemente pertenecieron a los emperadores, así como otros situados en los templos, cerca de las imágenes divinas. El que se muestra arriba en la imagen es uno de los dos que se conservan en el Louvre. Pertenecía a un templo, y la superficie del respaldo está adornada con esculturas simbólicas que parecen relacionarlo con el culto a Ceres. El asiento está sostenido por dos esfinges cuyas alas forman los brazos de la silla.

Tronos similares aparecen en pinturas pompeyanas y en monedas romanas. Generalmente muestran patas ligeras y asientos anchos cubiertos de cojines. El respaldo y los brazos suelen aparecer envueltos en pliegues de tela. En una pintura mural de Herculano se ven dos tronos, uno de ellos con un casco sobre el asiento y el otro con una paloma, símbolos de Marte y Venus respectivamente.

La silla curul era plegable, con patas curvadas en forma de cruz. Al principio se hacía de marfil, después de metal, y se remonta a la época de los reyes. En aquel tiempo era un asiento sobre ruedas desde el que los reyes ejercían sus funciones legales. Después perdió las ruedas, pero se mantuvo como atributo de ciertos magistrados. Desde ella dictaban sentencia los jueces, pero también se permitía su uso a los cónsules, pretores y propetores y a los ediles curules; también al dictador, al general de caballería, a los decenviros y, en un periodo posterior, al cuestor. Entre los sacerdotes, sólo los flamenes de Júpiter gozaban de ese privilegio, junto con un asiento en el senado. Los emperadores también reclamaban la silla curul.


El subsellium o banco bajo, con espacio para varias personas, se consideraba de categoría inferior a la sella, por lo que era ocupado por los niños y por los servidores, y también se colocaban en los banquetes. Había un tipo de subsellium honorífico destinado a los tribunos y ediles de la plebe. 

Otro asiento de honor era una variante del bisellium, una silla doble, sin respaldo, en la que podían sentarse dos personas. Era propia de decuriones y augustos.

Por último, durante el Imperio fue frecuente el uso de la silla portátil (sella gestatoria o portatoria), principalmente por parte de los emperadores y los cónsules. El viajero iba sentado, transportado por cuatro esclavos mientras el quinto, empuñando un bastón como distintivo de su cargo, guiaba al vehículo y abría paso. La parte superior podía estar cubierta y cerrarse con cortinas, aunque también las había descubiertas.


domingo, 8 de junio de 2014

Los matrimonios de León VI (II)


Zoe era instalada en palacio como si fuera la emperatriz. No podía contraer matrimonio con el emperador, porque ya estaba casada, pero su esposo murió de un modo tan oportuno que se rumoreó que había sido envenenado. Una vez viuda, el emperador consultó al patriarca Eutimio con respecto a un posible matrimonio con ella, pero topó con su oposición. Como consecuencia, Eutimio fue trasladado a un monasterio y Zoe se convirtió en la legítima esposa de León VI.

Poco duró la felicidad de la nueva emperatriz, que fallecía al cabo de apenas dieciocho meses. Para ella no hay alabanza en las crónicas, que se limitan a afirmar que una mano misteriosa había grabado en su sarcófago las palabras “Miserable Hija de Babilonia”.

El emperador aún era joven: aunque viudo dos veces, sólo tenía treinta años. Su hermano Alejandro esperaba ansioso el momento de sucederle en el trono, pero un astrólogo había predicho que León tendría un hijo, y era preciso que la profecía se cumpliera. El problema es que la Iglesia ortodoxa reprobaba que un hombre se casara tres veces, lo cual impidió al emperador dar ese paso durante varios años.

A comienzos de 899 León decidió enfrentarse a la censura del clero y envió a sus emisarios en busca de una esposa adecuada. Finalmente se casó con una bonita joven llamada Eudoxia, y ésta le dio pronto el ansiado varón. Lamentablemente, la emperatriz y su hijo fallecieron a consecuencia de un parto complicado.


Pero León no se daba por vencido, y estaba dispuesto a probar suerte de nuevo. Apenas unos meses después ya se encontraba buscando a su cuarta esposa. El nuevo patriarca era un amigo de sus años de infancia, y esperaba que fuera complaciente.

Se equivocó. El patriarca Nicolás se posicionó radicalmente en contra de la idea de un cuarto matrimonio, y se entabló una violenta pugna entre ambos. En una ocasión un hombre trató de asesinar al emperador en una iglesia. Su hermano Alejandro y el patriarca fueron sospechosos de haber urdido el complot, pero el asesino no confesó su implicación ni siquiera bajo tortura.

León desafió al clero admitiendo en palacio a una cuarta mujer. Se llamaba Zoe Carbonopsina. El emperador había aplacado al clero prometiéndoles que se desharía de ella tan pronto como le hubiera dado su heredero varón, un feliz acontecimiento que no tardaría en producirse. El niño nació en el año 905, y a pesar de su nacimiento ilegítimo, a comienzos de 906 fue bautizado por el patriarca en una ceremonia en la que los padrinos eran su tío Alejandro y algunos de los principales senadores.

La Iglesia pensaba que el asunto quedaba así concluido, pero León no tenía intención de atenerse a la palabra dada. Por el contrario, volvió a reclamar a Zoe y buscó un sacerdote que estuviera dispuesto a casarlos. Al mismo tiempo la madre de su heredero recibía los títulos de Augusta y Basilisa.

La furia del clero fue terrible. El patriarca no reconocía el matrimonio y prohibió al emperador que volviera a pisar una iglesia. Como Nicolás no cambiaba de opinión, León decidió desembarazarse de él. Para ello lo invitó a un banquete en un palacio a orillas del mar de Mármara. En mitad de la reunión el patriarca recibió presiones para que se retractara, y como volvió a negarse, los sirvientes lo arrastraron escaleras abajo hasta el muelle de palacio y lo embarcaron rumbo a Asia. 

El antiguo patriarca, Eutimio, regresó a ocupar la sede, y tras mostrar alguna reticencia en aras de la dignidad, reconoció la validez del cuarto matrimonio del emperador.

Esta vez el hijo de León vivió, y cuatro años más tarde era asociado al trono. Aunque no terminaban con ello los conflictos para el emperador. Por entonces el hombre más influyente de la corte era Samonas, pero éste cometió el error de admitir a su servicio al joven y ambicioso Constantino. Hacia 911 comenzó a alarmarse al ver que su protegido le estaba sustituyendo en el favor real. En un intento por detener el creciente poder de su rival y conservar el suyo, lo denunció ante el emperador por comportamiento impropio con la emperatriz. 

León creyó la acusación e hizo que Constantino fuera tonsurado y enviado a un monasterio, pero posteriormente se arrepintió e hizo que regresara. Como venganza, Samonas escribió un libelo contra el emperador.

Un eclipse de luna en medio de la disputa, interpretado como una señal de mal agüero, causó gran conmoción en palacio. León tembló y envió a buscar a un obispo más versado que él en astrología. Cuando Samonas salió al paso del astrólogo y quiso saber si el eclipse era una mala señal para el emperador o para él, la respuesta fue descorazonadora para él. No se equivocaba el astrólogo: unos días más tarde Samonas era traicionado y cambiaba su puesto en la corte por la oscuridad de un monasterio.


Al año siguiente fallecía León VI. Dejaba a su esposa e hijo al cuidado de los senadores, que juraron protegerlos contra su sucesor, su hermano Alejandro III. Sin embargo, nada hicieron cuando apenas subir al trono Alejandro obligaba a Zoe a abandonar el palacio dejando allí a su hijo. Además el nuevo emperador llegó a ordenar que castraran al niño, aunque sus cuidadores lograron engañarlo fingiendo que no merecía la pena, porque de todos modos era demasiado delicado para vivir mucho tiempo.

Seguramente Alejandro no imaginaba que era él quien iba a fallecer muy pronto. Con la salud arruinada por la vida disipada que había llevado en la corte de su hermano, moría al año siguiente, y el hijo de León se convertía en Constantino VII.