miércoles, 1 de abril de 2015

Catalina de Médicis y la gastronomía


"Al llegar a Francia trajo consigo de todo: cocineros, reposteros, vinateros… Sus banquetes y fiestas serían recordados por siglos. No en vano, cada convite era un acto político al servicio de sus intereses, además de para mostrar a ojos de sus invitados su poder y el de la monarquía francesa. Y lo más importante: la cocina francesa puede dar gracias a ella, en parte, lo que es ahora ...trajo consigo sabores dulces y salados, el uso del aceite de oliva, la preparación de la pasta, del pato a la naranja, de la sopa de cebolla o del pollo al vino… Incluso la preparación de los hojaldres y vol-au-vent. Más allá: de no ser por Catalina de Médici, posiblemente los franceses desconocerían los helados cremosos, las esculturas de azúcar o golosinas y dulces de todo tipo."

Ediciones Áltera publica hoy un artículo sobre Catalina de Médicis y su pasión por la cocina. Si queréis conocer más curiosidades sobre este tema, las encontraréis en este enlace:


Y con él les deseo unas felices Pascuas a todos. Nos vemos tras las cortas vacaciones.




sábado, 28 de marzo de 2015

Las rosas de Heliogábalo


Vario Avito Bassiano, posteriormente llamado Heliogábalo, fue sin duda uno de los más peculiares emperadores romanos. Nacido en Siria hacia el año 203, en su adolescencia fue sacerdote del dios El-Gabal, del que deriva su nombre.

Contaba alrededor de catorce años cuando fue proclamado emperador, y su reinado supuso grandes cambios en Roma. Uno de ellos fue en materia religiosa, puesto que reemplazó a Júpiter por su propia divinidad. Según Herodiano, Heliogábalo continuó practicando en Roma los mismos ritos que había aprendido desde la infancia en su ciudad natal. Se vestía con ricas túnicas púrpura bordadas en oro, se ponía collares y pulseras y una tiara adornada con joyas. Despreciaba el paño romano y el griego, y solo encontraba aceptable el procedente de Siria. Así vestido, y acompañado por la música de flautas y tambores, procedía a honrar a su dios en excéntricas ceremonias en las que los personajes más destacados estaban obligados a participar. El emperador se subía al altar “con atuendo afeminado y las tetillas al aire”, para consternación de sus espectadores.

Su abuela, Julia Mesa, había intentado persuadirlo para que vistiera al uso romano cuando entrara en la ciudad y se dirigiera al senado, temiendo que su aspecto resultara demasiado bárbaro y ofensivo. “No estaban acostumbrados a tal atuendo y consideraban su atavío propio solo de mujeres”. Pero Heliogábalo no escuchaba los consejos de la abuela, y prefería prestar oídos a aquellos que lo adulaban. Incluso hizo pintar un retrato en el que aparecía de cuerpo entero sirviendo al dios con dichos ropajes. La imagen mostraba al emperador haciendo sacrificios bajo auspicios favorables. Heliogábalo hizo que enviasen el retrato a Roma para que se luciera en el centro del Senado. Al mismo tiempo ordenaba sacrificios públicos al nuevo dios, que debería tener precedencia sobre todos los demás que se invocaban en los ritos.


Cuando llegó a Roma, repartió dinero según la tradición y derrochó en espectáculos a cada cual más extravagante. Erigió un enorme templo a su divinidad en la ladera oriental del Palatino. Allí sacrificaba hecatombes y numerosas ovejas. Las colocaba sobre los muchos altares de los que había rodeado el templo, ante los que depositaba también jarras con los mejores vinos para que después los arroyos de sangre corrieran mezclados con el vino. Mientras tanto él bailaba al son de toda clase de instrumentos, con mujeres de su tierra que lo acompañaban en la danza alrededor de los altares. Los patricios y senadores debían permanecer observando como espectadores en un teatro.

Las entrañas de los animales sacrificados eran luego transportadas en recipientes de oro, sin que ningún hombre de baja condición pudiera intervenir en el proceso. Los encargados del transporte eran los magistrados más importantes, vestidos con túnicas de manga larga con una banda púrpura en el centro.

Heliogábalo construyó teatros y pistas de carreras para agradar al pueblo, y durante las celebraciones colocaba al dios en un carro tirado por seis caballos blancos y adornado con oro y piedras preciosas. Él mismo llevaba las riendas del carro mientras montaba su propio caballo de cara al dios y de espaldas al camino, escoltado a ambos lados para impedir que se cayera a lo largo de un trayecto que aparecía lleno de polvo de oro. La gente corría a su paso portando antorchas y arrojando flores.

La vida conyugal del emperador fue ciertamente agitada. Se casó cinco veces. La primera esposa fue Julia Cornelia Paula, en el 219, un matrimonio concertado por la abuela. Heliogábalo la proclamó augusta, pero meses más tarde le retiraba los honores imperiales y se divorciaba de ella para casarse con Aquilia Severa. Como esta era una vestal, el asunto fue un escándalo objeto de mucha polémica. El emperador dirigió una carta al senado explicando que no había podido resistir la arrolladora pasión que le inspiraba, y que, como él también era sacerdote, consideraba que su matrimonio con una sacerdotisa era perfectamente legal.

Poco después de casarse con la vestal se separaba de ella para desposar a Annia Faustina, bisnieta de Marco Aurelio y viuda de un hombre al que él mismo había ejecutado para poder desposarla. El matrimonio se celebró en julio del 221, pero a finales de ese año también se divorciaba de ella y volvía a casarse con la vestal.

Le tomó tanta afición al matrimonio que buscó también esposa a su dios. Hizo traer una estatua de Palas Atenea para casarla con él, pero entonces cayó en la cuenta de que la divinidad seguramente no estaría muy complacido con una diosa vestida con armadura. Seguro de que Urania sería una esposa mucho más adecuada, mandó a buscar su estatua a la colonia de Cartago. Con el anuncio de que estaba concertando un matrimonio entre el sol y la luna, hizo que le trajeran todo el oro que había en el templo y exigió una suma de dinero como dote de la novia. Cuando llegó la estatua a su destino, ordenó que toda Italia lo celebrara pública y privadamente con gran derroche.

Según la Historia Augusta, Heliogábalo también se casó con un atleta llamado Zotico. El emperador aparecía en público con los ojos y mejillas pintadas, se depilaba, lucía pelucas y tomaba amantes masculinos, entre ellos el auriga Hierocles, al que consideraba su esposo y al que incluso quiso convertir en su sucesor al frente del Imperio.

Dion Casio cuenta lo siguiente al respecto de esa relación:

“Imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser sorprendido in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendido por su marido [Hierocles] y golpeado hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este grave trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante”.


El mismo autor lo llega a acusar de prostituirse en el propio palacio:

“Reservó una habitación en el palacio y allí cometía sus indecencias, permaneciendo siempre desnudo en el umbral, como hacen las prostitutas, y moviendo la cortina que colgaba de anillos dorados, mientras que en una voz suave y conmovedora se ofrecía a los que pasaban por el corredor”.

Herodiano va más allá y afirma que Heliogábalo había ofrecido una fortuna al médico que fuera capaz de dotarlo de genitales femeninos.

Su pasión por Hierocles fue el detonante que precipitó su caída. La guardia pretoriana estaba cada vez más descontenta con sus excentricidades y con dicha relación. Hubo un motín. Heliogábalo intentó huir escondido en un arcón, pero fue descubierto y asesinado mientras su madre también moría abrazada a él. El joven emperador solo tenía 18 años. Después ambos fueron desnudados, despedazados y arrastrados sus despojos por la ciudad.

Cuando se recuerda a Heliogábalo, resulta difícil delimitar la frontera entre leyenda y realidad. Sus excentricidades se exageraron tanto que dieron origen a relatos como el que inspira el maravilloso lienzo de Alma-Tadema: las rosas de Heliogábalo. Según esta leyenda, durante el transcurso de una fiesta del emperador, este mandó que cayeran desde el techo tantas violetas y rosas sobre sus invitados que provocó la muerte por asfixia de algunos de ellos.


jueves, 26 de marzo de 2015

Escritores de Hoy elige el libro del mes


Tenemos una noticia que celebrar: Escritores de Hoy ha elegido La Corte del Diablo como libro del mes y nos deja una preciosa reseña:

"…Cortesanos y cortesanas al cabo de conspiraciones, amoríos interesados, manejos despiadados para conseguir más poder y, más que nobles, gañanes ansiosos de oro y favores reales. Tendrás la sensación de estar viviendo allí mismo...

"...Montserrat Suáñez dibuja más que escribe, sin cansar, acompasando la acción que va desde la sutileza amorosa más romántica hasta los deseos de guerra más enfervorecidos.

"Más que recomendable si añora la literatura de verdad."



Muchas gracias a Escritores de Hoy, y también a Raquel Campos, autora de novela romántica. Raquel hace una amplia reseña en su blog sobre La Corte del Diablo para concluir con una muy favorable opinión.

“Esta historia me ha encantado. Con una trama que atrapa desde la primera página y que no puedes dejar de leer… La ambientación está muy bien cuidada y es donde se aprecia la labor de documentación de la autora. Los detalles sobre la época, tanto políticos como cotidianos, la forma de vivir, los vestidos, etc., todo ello nos adentra en la época desde el principio… En definitiva, una historia que conjuga acción, intriga, odio, amor, amistad, lealtad, ambición y traición, además de muchos enredos. Muy recomendada.”



Este fin de semana esperamos continuar con nuestra labor habitual en este blog. Muchas gracias.


lunes, 23 de marzo de 2015

Sorteo de tres ejemplares de La Corte del Diablo



Cristina Rodrigo organiza el sorteo de tres ejemplares de La Corte del Diablo, por cortesía de Ediciones Áltera. El sorteo está dirigido a personas residentes en territorio español, y para participar solo hay que dejar un comentario en el blog de Cristina o en su facebook, siguiendo las instrucciones que ella misma explica:


Empiezo la semana con un nuevo e interesante sorteo a nivel nacional del libro: "La Corte del Diablo" de la autora Montserrat Suáñez....

Nada más fácil que responder a este post y contarme algo que te gustaría descubrir de la Corte de Carlos IX en Francia. Las tres respuestas más interesantes y divertidas ganarán un ejemplar de esta apasionante novela histórica, donde el amor, la aventura, la intriga y el misterio se conjugan a la perfección.

¡Anímate y participa! Tienes tiempo hasta el 7 de Mayo de 2015. Puedes concursar respondiendo a este post en mi blog:


Cristina Rodrigo



miércoles, 18 de marzo de 2015

La rebeldía de María Antonieta


María Antonieta adoraba a los niños y hallaba gran placer en tomar parte en sus juegos. Siendo Delfina, recibía en sus aposentos, con excesiva frecuencia para lo que dictaba la etiqueta, a los hijos de sus camareras. Ellos la distraían a menudo en “los momentos de lectura y de ocupaciones serias”, algo que suscita las protestas de su educador, el abate Vermond. La emperatriz María Teresa se ve obligada a intervenir para reconducir la situación. Pide a su hija “una especie de diario de las lecturas que hace con el abate”.

El problema es que María Antonieta no leía tanto como para poder llenar un diario. Durante todo el verano de 1770 solo lee dos libros: las Cartas del conde de Tessin y las Bagatelas morales del abate Coyer. Esto, aunque pudiera parecer lo contrario, era todo un logro. Cuando se le confió a Vermond en Viena la educación de María Antonieta, esta contaba trece años y no sabía leer ni escribir correctamente, ni en francés ni en alemán. El francés era la lengua que se hablaba en familia, pero ella, obviamente poco dotada para el aprendizaje, a esa edad tampoco era capaz de hablar correctamente aquello que practicaba a diario con los suyos desde la cuna. Al cabo de un año al menos esa cuestión mejoró sensiblemente, y la jovencita adquirió fluidez.

En lugar de leer, ella prefiere seguir jugando con sus perros y con los niños, frecuentemente al mismo tiempo. A veces paseaba por el parque de Versalles dejando a un lado todas las convenciones. Incluso se negaba a llevar corsé, asunto que tiene a la emperatriz al borde de la desesperación. Trata de hacer que su hija vista conforme dicta el decoro y la respetabilidad, pero durante dos meses María Antonieta persistirá en su negativa. Ella tiene calor, el corsé le estorba, la agobia, y el resto no importa; no se lo pondrá hasta entrado el mes de octubre.


La emperatriz lleva un nuevo disgusto al enterarse de que la Delfina se dedica a pasear a lomos de un asno tres o cuatro veces por semana. María Teresa se escandaliza, entiende que eso ya es “rayano en la disipación”. No sabe aún que todo iba a empeorar, porque con los asnos comienza a desarrollar un gusto por la equitación, y ahora se empeña en montar a caballo. Su madre lo prohíbe, pero María Antonieta desobedece y pasa con la suya. La emperatriz escribe a su hija:

“He llegado a un punto en el cual sin duda habéis tratado ya, con precipitación, de llevarme: se trata de eso de montar a caballo. Tenéis razón en creer que nunca podré aprobarlo a los quince años; vuestras tías, a quienes citáis, lo hicieron a los treinta. Eran las Señoras, y no la Delfina, y me siento un tanto molesta con ellas por haberos animado con sus ejemplos; pero me decís que el rey aprueba, y también el Delfín, y todo queda dicho para mí: ellos son quienes deben daros órdenes, en sus manos pongo a esta amable Antonieta. Montar a caballo arruina el cutis, y a la larga vuestro cuerpo se resentirá y parecerá mucho más grande”.

Esto último era lo único que podría haber hecho desistir a María Antonieta, eminentemente frívola. Pero ni siquiera eso sirvió de nada en esta ocasión. Ella continuó montando a caballo siempre que le apetecía.


Lo curioso es que practicaba la ley del embudo: la libertad que reclamaba para sí no la concedía en absoluto a su esposo, a quien manejaba con inusual tiranía. Sirva como ejemplo este que aparece recogido en una carta de Mercy:

Desde hace mucho tiempo, la señora Delfina exhorta al señor Delfín a no demorarse tanto en la caza, y ese día le había rogado que regresara a una hora razonable, para que estuviese vestido y no se hiciera esperar para el espectáculo. Mi señor el Delfín volvió tarde y, según su costumbre, mucho después que el rey. Encontró a la señora Delfina en los aposentos de Su Majestad; se acercó a ella con expresión un tanto turbada y le dijo:

—Ya veis que he llegado a tiempo.

La señora Delfina le respondió con tono bastante seco:

—¡Sí, bonita hora!

Fueron al espectáculo, donde mi señor el Delfín fue víctima todo el tiempo de la irritación de ella. Al regreso del teatro, trató él de pedir una explicación; entonces la señora Delfina le dirigió un pequeño sermón, muy enérgico, en el cual le expuso con vivacidad todos los inconvenientes de la vida salvaje que él hacía. Le hizo entender que nadie, en su séquito, podía resistir ese tipo de vida, tanto menos cuanto que su aire y sus modales groseros no ofrecían compensación alguna a sus seguidores, y que si continuaba con ese proceder, terminaría por destruir su salud y hacerse detestar. Mi señor el Delfín recibió esta lección con dulzura y sumisión; reconoció sus errores, prometió repararlos y pidió formalmente perdón a la señora Delfina.




Bibliografía:
Chère Marie-Antoinette – Jean Chalon
Marie Antoinette - Antonia Fraser


jueves, 12 de marzo de 2015

Ana de Beaujeu y Luis de Orleáns


Ana de Beaujeu era la regente de Francia, aunque solo de hecho, ya que en realidad su padre, Luis XI, se había limitado a confiarle a su hijo y heredero, Carlos VIII. El esposo de Ana también se enfrentaba a dificultades para gobernar, puesto que su suegro le había encomendado la tarea de modo verbal en su lecho de muerte. Esto fue causa de grandes perturbaciones, siendo aprovechado por los príncipes de la sangre para negar cualquier legitimidad al gobierno del matrimonio. 

Uno de ellos era Luis de Orleáns, primo del joven rey, que aspiraba a ejercer él mismo la regencia. Decidido a obtenerla, se instaló con un numeroso séquito en el castillo de Amboise, donde se encontraba por entonces Ana con su hermano Carlos VIII.

Ella, mujer sumamente inteligente y capaz, antes de que Luis llegara tuvo la previsión de pedir a todos los hombres de armas que ocupaban el castillo que le prestaran juramento de fidelidad. De ese modo su posición quedaba un poco más asegurada, aunque fuera de modo temporal. En realidad era consciente de que necesitaría algo más que el juramento de un puñado de hombres para sentirse segura en su puesto: era preciso que todo el reino sancionara su nombramiento y el de su esposo Pedro, y por tanto había que convocar los Estados Generales. Así lo solicitó, reclamando la ejecución de la última voluntad de su padre. La petición también fue hecha por Luis de Orleáns, que deseaba la misma sanción para sí haciendo valer sus derechos como primer príncipe de la sangre.

Luis de Orleáns (Luis XII de Francia)

Los Estados se reunieron en Tours el 5 de enero de 1484. Tras largos y acalorados debates, se resolvió crear un Consejo de Regencia presidida por Pedro de Beaujeu, mientras que Ana seguiría teniendo la tutela de su hermano.

La decisión no podía contentar a Luis, que abandonó Tours de inmediato y fue a instalarse en la corte del duque de Bretaña, justo el lugar al que iban siempre a parar los príncipes rebeldes, en la certeza de que allí encontrarían toda la comprensión del mundo. No fue distinto en el caso de Luis de Orleáns, acogido con grandes muestras de simpatía por el duque Francisco.

Este tenía una hija también llamada Ana, heredera del ducado, y Luis, aunque ya casado, comienza a considerar la idea de anular su matrimonio para poder desposarla, algo a lo que Francisco presta oídos y acoge con agrado.

Ana de Beaujeu, cuyos agentes estaban por todas partes y le llevaban puntuales noticias de cuanto se cocía lejos de ella, no tardó en estar al tanto del acuerdo entre ambos. Tenía que impedir como fuera que aquel proyecto se llevara a cabo, y para ello lo primero que debía hacer era hacer salir de Bretaña a Luis.


Por aquellas fechas Carlos VIII aún no había sido consagrado. El duque de Orleáns, como primer príncipe de la sangre, debía asistir a su primo en la ceremonia sosteniendo la corona sobre su cabeza, y Ana vio en ello el pretexto perfecto para hacer que acudiera a su lado.

La coronación tuvo lugar en Reims el 30 de mayo de 1484, y el 5 de julio Carlos hacía su entrada triunfal en París entre grandes festejos y celebraciones a las que asistió también su primo, demorando así su presencia en la corte de Francia. 

La relación entre Ana y él no era precisamente idílica; a Luis no le gustaba sentirse supeditado a ella, le resultaba humillante, hería su orgullo y no era capaz de ocultar su resquemor y su descontento. Hacía lo posible por irritarla, la pinchaba cuando se presentaba ocasión. Un día, mientras jugaba a pelota rodeado por las damas de la corte, según cuenta Juan de Serre, “hubo una disputa que era preciso arbitrar. Fueron a preguntar su parecer a Madame de Beaujeu, y esta dama juzgó contra Monsieur de Orleáns. Este, que era suelto de lengua y sabía de dónde procedía aquel juicio, empezó a murmurar que quien le había condenado, si era un hombre, había mentido, y si era una mujer, era una puta, cosa que, cuando se la contaron a Ana, esta se la tragó sin digerirla, aunque poniendo buena cara”.



Ya tenemos La Corte del Diablo en algún escaparate. Muchas gracias a todos los que ya la habéis leído.



domingo, 8 de marzo de 2015

Feliz día internacional de la mujer trabajadora


Queremos celebrar con M.A.R. Editor el día internacional de la mujer trabajadora. La editorial está a punto de sacar a la luz la segunda antología de Mujeres en la historia, en la que colaboro nuevamente, en esta ocasión con un relato sobre la espía favorita de Churchill.

El 25 de marzo se presentará la antología en la Biblioteca Pública Municipal Eugenio Trías, Casa de Fieras de El Retiro, Madrid.

Muchas gracias a M.A.R. Editor por culminar con éxito este empeño y haber contado nuevamente conmigo para formar parte de él, y a mis compañeras de aventura por tan exquisitos relatos como nos ofrecen en esta obra.

jueves, 5 de marzo de 2015

Las memorias de la reina Margot


Su belleza, su inteligencia y su erudición fueron célebres. También lo fue su ligereza de costumbres. Durante toda su vida, llena de peripecias y vivencias extraordinarias, cultivó las artes y las letras con igual dedicación que las intrigas políticas y amorosas. Consecuencia de una de ellas fue su destierro en Usson. Allí permaneció prácticamente recluida entre 1586 y 1605, un tiempo que ocupó en la redacción de sus famosas memorias. En ellas nos describe el reino de Francia en la época de su agitada juventud, unas páginas que constituyen un valiosísimo documento tanto por el testimonio que suponen como por su valor literario. Las memorias se detienen al llegar al año 1582, sin que se sepa con certeza si acaso Margot nunca terminó de escribirlas o si, como parece más probable, la continuación se ha perdido. Se trata, sin duda, de uno de los textos más importantes del siglo XVI francés junto a los escritos de Brantôme y de Pierre de L’Estoile, con el interés añadido de que Margarita de Valois fue la primera mujer en escribir sus memorias.

“Encontramos en Plessis-les-Tours a mi hermano Anjou con los principales oficiales de su ejército. […] En su presencia dirigió un discurso al rey dándole cuenta de su conducta en el ejercicio de su cargo, comenzando desde que abandonó la corte. Hablaba con tal gracia y elocuencia que todos los presentes lo admirábamos. […] Los laureles de dos batallas ganadas ceñían ya su frente, y la belleza, que siempre favorece todos los actos, florecía realmente en él y rivalizaba con su buena fortuna por ver cuál de las dos lo hacía más admirable a cuantos lo escuchábamos.

“[…] Mientras la reina, mi madre, paseaba por el parque con algunos de los príncipes, mi hermano Anjou me rogó que nos apartáramos ambos a una senda retirada. Entonces se dirigió a mí con estas palabras:


“—Querida hermana, nuestra sangre, además del hecho de habernos criado juntos, no nos haría amarnos tanto como lo próximos que nos sentimos. Sin duda no se os oculta la especial inclinación que siento por vos entre todos mis hermanos, y me he dado cuenta de que vos sentís lo mismo por mí. Hemos llegado hasta aquí guiados por la naturaleza, sin buscar otra cosa que el placer que nos proporcionaba conversar. Eso era suficiente mientras fuimos niños, pero ahora ya no lo somos. […] Podéis estar segura de que sois la persona a quien más amo y estimo en el mundo, y siempre compartiré mis logros con vos. Sé que no carecéis de juicio y discreción, y que podríais hacerme un buen servicio al lado de la reina nuestra madre, para seguir estando siempre en su gracia. Es necesario que yo permanezca ausente de la corte, y temo que mi ausencia me perjudique en tales propósitos. Mientras estoy lejos, el rey mi hermano está junto a ella, y podría ganar su favor. Me temo que esto no me beneficiaría. El rey mi hermano se hace mayor cada día. […] Aunque ahora se divierte cazando, puede desatarse su ambición y elegir cazar hombres en lugar de bestias. En tal caso yo tendría que renunciar a mi cargo al frente de sus ejércitos. Eso sería la mayor desdicha que podría sucederme, e incluso preferiría la muerte…

“[…] Este lenguaje me resultaba completamente nuevo, pues hasta entonces yo solo pensaba en bailar o en participar en alguna cacería, sin preocuparme siquiera de ataviarme ni de parecer bonita. Ello por ser demasiado joven para haber tenido ya tales inquietudes, y por haber sido educada con tal severidad junto a mi madre la reina, a quien no solamente no me atrevía a dirigirle la palabra, sino que, cuando me miraba, yo temblaba por temor de haber hecho algo que le disgustara. Pero al terminar de hablar mi hermano, estuve a punto de responderle con las palabras de Moisés a Dios durante la visión de la zarza ardiendo: “¿Quién soy yo? Envíame al que tú desees”.



Margot es uno de los personajes que protagonizan La Corte del Diablo, y por eso Áltera ha tenido el detalle de publicar hoy un estupendo artículo sobre ella en el blog de Ediciones Áltera. Muchas gracias, Editorial Áltera.


lunes, 2 de marzo de 2015

MUJERES EN LA HISTORIA II


Antología de relatos escritos por mujeres sobre mujeres desde 1940 hasta hoy.

"¡Estimadas compañeras y amigas!


 "
Queremos celebrar el próximo 8 de Marzo Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que en mis tierras es también el día de la Madre, con el nuevo libro que tanto estamos esperando."



"MUJERES EN LA HISTORIA (2), será una magnífica ocasión para recordar y revivir las historias de sus protagonistas, ¡un maravilloso regalo para este día tan especial!
Aut
oras de España e Hispanoamérica escriben sobre las mujeres que han influido en los procesos sociales desde la II Guerra Mundial hasta hoy. Y demuestran cómo la sociedad evoluciona en muchos aspectos debido al impulso también de las mujeres, sus ideas, heroísmo, valor, constancia y el grandísimo esfuerzo en la realización de proyectos sin traicionar sus ideales."

 "Las autoras de los relatos son: Josefina Aldecoa, Sol Antolín Herrero, Teca Barreiro, Eva María Cabellos, Virginia Cantó, María Luisa De León, Sara García-Perate, Laura Garrido, Marta Gómez Garrido, Eva Gordillo Jerez, Ángela Hernández Benito, Teresa Iturriaga Osa, La Vizcondesa de Saint-Luc, Elena Marqués, Carmen Martí Fabra, Rosario Martínez, Carmen Moreno, María Teresa Pérez Arenzana, María Teresa Lucía del Mar Pérez, Charo Ramos, Rosa Serrano Romero, Rosa, Montserrat Suáñez, Melanie Taylor Herrera, Virginia Valdominos y María Zaragoza."

"¡Muchas gracias a todas!"
Vera Kujareva - Miguel Ángel de Rus
M.A.R. Editor

A partir del 8 de marzo