viernes 20 de noviembre de 2009

La belleza en la Edad Media


La mujer de la Edad Media hubo de padecer las consecuencias de una época caracterizada por la austeridad, las frecuentes guerras y las grandes epidemias. El cuidado de la belleza resurge, sin embargo, en los siglos XI al XIII al organizarse en Occidente las Cruzadas para recuperar los Santos Lugares, entonces en manos de los musulmanes. Estas guerras originaron contactos e intercambios con otras culturas, una de cuyas consecuencias fue la introducción de nuevas técnicas en la cosmética. Los caballeros volvían a casa con todo tipo de preparados exóticos nunca vistos. Los aceites esenciales adquirieron popularidad como perfumes y también se utilizaron como antisépticos para combatir la peste.


Los vendedores ambulantes de bálsamos, artículos de tocador y hierbas medicinales, iban de castillo en castillo vendiendo sus productos. Ellos eran quienes conservaban y renovaban los secretos de la cosmética. Los productos de belleza se guardaban en el tocador, un hermoso mueble lleno de cajones y espejos con aspecto de escritorio.



Las culturas europeas tenían especial aprecio por la piel pálida, que se convirtió en signo de bienestar económico y categoría social. Las mujeres tomaban medidas extremas para diferenciarse de las campesinas curtidas a la intemperie y lograr una piel blanca, llegando incluso a provocarse hemorragias. Agregar un color rosa sutil tal como se usaba en el Siglo XIII era otro símbolo de importancia social, ya que sólo los ricos podían pagar un maquillaje facial color rosa.


La importancia de la piel blanca como signo de riqueza continuó durante el Renacimiento Italiano. Las mujeres llegaban a utilizar ingredientes mortales como el plomo y el arsénico. Los remedios cutáneos naturales también eran populares y la mayoría de las nobles tenían su propia receta para combatir los efectos nocivos de la pasta de plomo en el rostro. Utilizaban mascarillas con raíces de espárragos molidas y leche de cabra, que se friccionaban en la piel con trozos de pan caliente. También se popularizaron los cabellos con trenzados elaborados y se hacía algo así como un gel capilar con una mezcla de excrementos de golondrina y sebo de lagarto. Las damas de la nobleza se aplicaban albayalde en el rostro; se depilaban las cejas y se pintaban los labios de color rojo oscuro con tintes vegetales. Pero el carmín sólo lo usaban las prostitutas.



Durante los primeros siglos de la Edad Media los nobles no descuidaban la higiene personal. Visitaban con frecuencia los baños públicos en las ciudades, mientras que en los castillos las damas se bañaban con agua fría perfumada con hierbas aromáticas. Pero al avanzar la Edad Media estas costumbres se van olvidando. Los perfumes de fuerte olor sustituirán poco a poco a la más mínima higiene corporal.


Durante los siglos XV y XVI se lleva a cabo la gran transformación. Vuelve el gusto por los placeres, la belleza, y aún mejor, por la higiene. Es el Renacimiento, una época en que los valores estéticos toman un nuevo impulso, olvidados desde Grecia y Roma. Es el momento del florecimiento del arte italiano, de los mecenas. La estética, en todos los campos creativos, llega a cotas refinadísimas. La belleza lo abarcará todo, y por lo tanto la estética femenina formara también parte de esta armonía. Italia se convertirá en el centro europeo de la elegancia. De allí saldrán las nuevas propuestas de la moda, la belleza y la estética para influir en las cortesde Europa.



El ideal de belleza de las mujeres nobles italianas consistía en tener un cuerpo de formas muy curvadas, la frente alta y despejada, sin apenas cejas y, como hemos visto, la piel blanquecina. Tener el pelo rubio era sinónimo de buen gusto y para conseguirlo mezclaban los extractos más inverosímiles. Las damas de la nobleza veneciana se teñían el pelo con lociones compuestas de flores de azafrán y sulfuro y las hacían cocer en sus cabezas sentándose bajo el cálido sol del verano. Una nueva invención fue la introducción del lunar postizo, en un principio hecho con pequeños círculos de terciopelo negro, que se utilizaba para ocultar imperfecciones como verrugas, granos y cicatrices de la viruela. Las venecianas, además del rostro, se maquillan los pechos, que se muestra ostensiblemente a través de los grandes escotes, gustan de los perfumes traídos de Asia: almizcle, ámbar, sándalo, incienso, mirra y clavo de especias. También utilizan los extractos de rosa, jazmín, lavanda, violeta.


Los primeros tratados de cosmética y belleza aparecieron en Francia e Italia durante estos siglos. En el libro de Catalina de Sforza, Experimentos, encontramos toda clase de recetas de cosmética y perfumería, escritos sobre maquillaje, para corregir defectos del cuerpo e incluso reconciliar matrimonios.


miércoles 18 de noviembre de 2009

Los Hititas y el Sol

Imperio Hitita

Al principio el soberano del panteón hitita era el dios Sol del cielo, al que se llamaba Istanu o Señor del Cielo. Los hititas lo adoraban cuando le veían aparecer en el horizonte. El sol lo contemplaba todo como un juez al que nada le pasaba inadvertido, ni lo que se realizaba dentro de las casas o en el fondo de las cuevas. Por lo general, a sus estatuas se les ponían tres ojos. El rey Mursil lo adoraba de esta manera:


¡Sol del Cielo, Señor mío, pastor de la humanidad! ¡Tú juzgas el juramento de fidelidad del hombre, el cerdo, el perro y los demás animales del campo! ¡Tú escrutas en nuestro corazón, pero nadie puede escrutar en el tuyo! ¡Como ves a todos los que obran mal, sabes que yo siempre he ido por el camino recto!


Para los hititas el sol representaba a diferentes dioses de acuerdo con su posición. Por eso admiten la existencia de un Sol de la Tierra, el cual gobernaba sobre las divinidades inferiores, que podemos comparar con las potencias del mal o los demonios. Además, mandaba sobre los dioses del cielo, especie de ángeles. Éstas son algunas de las frases rituales que se les dedicaban:


¡Observa, Sol de la Tierra! ¡Tienes la piel manchada de sangre! Has recogido una oveja pura. ¡Toma bajo tu protección, Sol de la Tierra, los días nefastos, los años cortos y las contiendas maliciosas del pueblo!


Santuario hitita de Yazilikaya, en la actual Turquía

Cuando el sacerdote deseaba realizar un exorcismo, para conseguir que algo permaneciese oculto bajo las estrellas realizaba esta invocación:


Desde el cielo, de arriba abajo, las mil estrellas ayudan al exorcismo. ¡Que también la Luna me ayude, lo mismo que aquí abajo, en el sombrío suelo, el dios Sol de la Tierra permita que se realice el exorcismo!


No faltaba en el panteón hitita un dios Sol del agua, porque este pueblo dividía el universo en tres partes: el Cielo, la Tierra y el Océano o el agua. Pero con el paso del tiempo decidieron que el Sol tuviera una única representación: Arinna. Esto se consiguió a principios del siglo XIV a. C., y el responsable fue el rey Shubiluliuma, un personaje contemporáneo del faraón Amenofis IV o Akenatón, al que los sacerdotes de su país llamaron el hereje, por haberse atrevido a retirar de los templos las imágenes del dios Amón para sustituirlas por las del dios Atón.


Arinna


Shubiluliuma imitó al faraón aliado. En una tablilla que se encuentra en el Louvre se puede leer un texto alusivo a esta modificación del panteón hitita: el dios de la Tempestad era el marido de la diosa solar Arinna, pero se le ocurrió invadir los territorios pertenecientes a ésta, y con su error dio pie a que ella adquiriese el máximo poder.


Desde aquel momento la diosa Sol Arinna pasó a ser la primera divinidad de Hatti, su reina. Con su entronización en lo alto del panteón, el rey pasó a ser su gran sacerdote. A ella presentaba los tratados y solicitaba consejo cuando debía tomar una decisión muy comprometida.


lunes 16 de noviembre de 2009

La locura de Felipe V

Felipe V

Felipe V comía a diario gallina hervida, que le era servida junto con un cúmulo de pócimas, brebajes y tónicos para estimular su actividad sexual. A tal efecto todos los días desayunaba cuajada y un preparado de vino, leche, cinamomo, yemas de huevo, clavo y azúcar. La actividad del rey era tan desenfrenada que llegó a ser motivo de preocupación en los círculos cortesanos. En 1716 el embajador francés en Madrid informaba a Versalles que el rey estaba agotado, al borde de la extenuación “por el uso demasiado frecuente que hace de la reina”.


Algunos médicos, como el francés Burlet, advirtieron al rey que tales excesos estaban poniendo en peligro su vida. Pero esta advertencia no sentó precisamente bien a la reina, Isabel de Farnesio, que al tener conocimiento de ello hizo salir inmediatamente al médico de la corte. Esta actitud de la parmesana señala hasta qué punto era consciente de dónde residía su poder sobre Felipe V. El monarca, apocado y abúlico, se convertía con facilidad en un juguete en manos de la persona que estuviese más próxima. De ahí que la reina no quisiese oír ni hablar de separaciones. Algunos contemporáneos afirmaban que ella misma se encargaba de agravar las debilidades de su marido para de esta forma poder controlar mejor su voluntad.


Felipe V


En 1717 el rey cayó gravemente enfermo. Sufría delirios y verdaderos ataques de histeria. Había opiniones para todos los gustos y el ambiente de la corte se encontraba enrarecido. La reina trataba de controlar la situación y evitar que ésta degenerara.


Comenzó a circular un extraño rumor: se decía que la ropa blanca del rey y la reina irradiaba luz. El fenómeno afectaba a paños, sábanas, camisas… Como no se encontraba una explicación racional al suceso, se buscó otra de tipo más providencialista, llegándose a la conclusión de que se debía a que el número de misas dichas por el alma de Luisa Gabriela de Saboya, la primera esposa, había sido insignificante. Si tal era la causa, la solución era fácil: se ordenó decir doscientas mil misas por el eterno descanso de la reina difunta y, por si acaso, se renovó toda la mantelería y vestuario real afectado.


Isabel de Farnesio


Al parecer el fenómeno volvió a repetirse y Felipe V estuvo a punto de enloquecer. Ordenó establecer vigilancia permanente sobre su ropa personal y para evitar posibles hechizos su confección se encargó a monjas, pensando, sin duda, que manos tan celestiales sabrían evitar aquella obra del diablo. El rey se negaba a cambiar sus mudas de ropa interior hasta que las mismas, hechas jirones, quedaban inutilizables.


Poco después del matrimonio del primogénito, en 1721, el monarca entró otra vez en una fase de profundo abatimiento que le hizo desentenderse de todo lo relacionado con los asuntos de Estado. Pasaba largas temporadas en un palacio que se estaba construyendo en la frondosa zona de los pinares de Balsaín, en la sierra de Guadarrama, un palacio conocido como La Granja de San Ildefonso. Allí se retiraba en compañía de la reina.


El duque de Saint-Simon nos presenta al monarca por estos años como un verdadero demente: el rostro desencajado, perdido el color a su consecuencia de su costumbre de vivir de noche y permanecer encerrado durante el día. Su físico estaba notablemente envejecido para un hombre que aún no había cumplido los 40. Nunca había tenido facilidad de palabra, pero ahora llamaba la atención la torpeza de su habla, que en algunos momentos le impedía hilar adecuadamente las frases. A todo esto venía a sumarse su falta de aseo personal y su indumentaria. No se mudaba de ropa.


Luis I


A finales de 1723 entró en una fase de apatía total. Ninguno de los remedios que le aplicaban surtió efecto. Su estado era tan lamentable que algunos pensaban que su muerte estaba próxima. Había abandonado el contacto con la mayor parte de los miembros de la corte y no quería saber absolutamente nada de ningún asunto de gobierno. La reina permanecía las 24 horas a su lado, y solo cuando el rey se confesaba se alejaba unos metros de él. En estas circunstancias no pudo sorprender el decreto que Felipe V firmaba el 10 de enero de 1724 en virtud del cual hacía solemne abdicación en su hijo Luis.


El desdichado monarca poco imaginaba que al cabo de sólo 7 meses perdería a su joven hijo, y que ello le obligaría a volver a sentarse en el trono.



Bibliografía:

Felipe V, el primer Borbón – José Calvo Poyato


domingo 15 de noviembre de 2009

Los espectáculos romanos


Los espectáculos constituían uno de los rasgos más importantes y característicos de la vida romana, de la que ocupaban, según un calendario del siglo IV, 176 días al año. Muchos provenían de la República, y otros fueron añadiéndose por iniciativa de los emperadores. Además se celebraban espectáculos extraordinarios en ocasiones tales como los aniversarios o los triunfos. Junto con las distribuciones gratuitas de alimentos, eran el modo más común de ganarse la simpatía de la plebe y desviar su atención de las cuestiones gubernamentales: panem et circenses, pan y circo.


La organización de tales eventos entrañaba muchas dificultades. Uno de ellos era el de hacerse con animales y amaestrarlos. Los emperadores establecieron un monopolio para la caza y posesión de elefantes e instalaron un parque de elefantes en Laurento, cerca de Roma. A este respecto hay una anécdota de Plutarco, que cuenta que en un espectáculo en Roma, en el que también vio actuar a perros, un elefante falló una acrobacia en una actuación y fue visto a la noche siguiente ensayando por su cuenta.



Además los emperadores mantuvieron escuelas de gladiadores en Roma y más tarde en otros lugares, como habían hecho ciertos personajes destacados durante la República. Tenían especial cuidado en escoger a los más hábiles. Por ejemplo, tras el aplastamiento de la revuelta judía del 66 al 70 se seleccionó a los 600 prisioneros más capaces, que fueron embarcados hacia Roma para que murieran en la arena.


En los siglos II y III los emperadores formaron también una compañía de los pantomimi o bailarines. Los que no lograban éxito en Roma eran enviados de gira por Italia y las provincias.


La tradición de los espectáculos imperiales culminó en el 174 con el gran triunfo celebrado por Aureliano por la derrota de Palmira; después del desfile triunfal, que no sólo comprendía cautivos y botín, sino cientos de animales (tigres, alces, jirafas) y 800 parejas de gladiadores, hubo espectáculos, sesiones de teatro, carreras, partidas de caza de animales salvajes, combates de gladiadores y un simulacro de batalla naval.



Las celebraciones imperiales iban a menudo acompañadas de cenas para toda la población, que unas veces se servía cuando ésta se hallaba en los asientos del teatro o del circo, y otras se preparaban fuera, en diferentes puntos de la ciudad; en estas ocasiones el emperador solía atender personalmente a los miembros de los estamentos ecuestre y senatorial. En otras ocasiones el emperador podía arrojar a diestro y siniestro entre la multitud unas monedas llamadas missilia, que daban derecho al que las poseía a dádivas de diversas clases.


Nerón repartió de este modo pájaros, comestibles, boletos para la distribución de trigo, trajes, joyas, cuadros, esclavos, ganado, animales amaestrados, y, finalmente, barcos, bloques de viviendas y parcelas de tierra. Heliogábalo (218-222) distribuyó oro y plata, comida, trajes, camellos, asnos, ganado y venados.


En Emérita Augusta (actual Mérida, España) los espectáculos eran anunciados en carteles realizados en colores rojo y negro que se distribuían por toda la ciudad, y en los intervalos entre carreras también se arrojaban missilia o sparsiones.




Bibliografía:

El Imperio Romano y sus pueblos limítrofes – Fergus Millar

viernes 13 de noviembre de 2009

Las viudas alegres del duque de Chartres

El Regente

Felipe de Orleáns, duque de Chartres, descenciente del que fuera regente de Francia durante la menor edad de Luis XV, hacía grandes distinciones entre las mujeres que le interesaban y aquellas que simplemente pagaba para su placer. Con estas últimas parece que era excesivamente grosero y despectivo, cosa que jamás se hubiera permitido con aquellas a las que pretendía conquistar, consciente de que no era el mejor medio para ello. Estas perlas nos cuenta el famoso inspector Marais:


“El duque de Chartres ha debutado, por fin, en el salón de la Brisaude. Llegado a la casa, ésta le ha presentado su mejor pieza. Se trata de mademoiselle Lavigne, llamada Durancy, que ha tenido el placer de llevarse a Su Alteza. El príncipe ha quedado encantado con su montura y le ha dado quince luises. Después de ello hizo saber a la Brisaude que estaría encantado de repetir la carrera; pero la Durancy no ha aceptado; encontró al príncipe muy grosero en sus caricias, sin ninguna delicadeza y jurando como un carretero. Otras señoritas han estado de acuerdo y todo parece anunciar en él un fondo de libertinaje crapuloso.


Para cambiar un tal carácter, sería deseable que se enamorara realmente de una mujer honrada que tuviera el suficiente ascendiente sobre él para obligarle a adoptar un tono más galante y desembarazarse de estos términos que harían enrojecer a la más vil criatura”.



La grosería del joven duque tomó pronto tales proporciones que la mayoría de las muchachas de vida alegre rehusaban aceptarlo como cliente. Así que, rechazado por las prostitutas, no tiene más remedio que dirigirse hacia las artistas y mujeres de mundo. Al poco tiempo ya era famoso por las cenas, fiestas y orgías que organizaba en compañía de sus amigos. Le gustaban las rarezas, echarle imaginación al asunto. Una vez organizó para su amigo Fitz-James, que iba a casarse, una curiosa “cena de viudas” a la cual fueron invitadas todas las amantes del futuro esposo. Fue servida en una habitación toda cubierta de negro en la que las mujeres tapaban apenas su desnudez con velos de crepé.


Su padre, que al principio había estado preocupado porque Felipe no arrancaba, lo estaba ahora aún más porque galopaba demasiado rápido, y a finales de 1767 decidió casarlo para así tenerlo un poco más sujeto.


La elegida fue la rubia y encantadora princesa Louise-Marie-Adelaide, descendiente de uno de los hijos que el Rey Sol había tenido con su amante Madame de Montespan. La joven sólo tenía 15 años y era heredera de una considerable fortuna. Al casarse con ella, los Orleáns se convertían en la familia más rica de Francia, más incluso que sus parientes de la Casa de Borbón, la familia reinante.



El matrimonio se celebró el 5 de abril de 1769. Después de una cena fastuosa, los nuevos esposos se reunieron en la habitación nupcial, cuyas puertas se abrieron al público. Una multitud, exactamente 30 personas, entraron y se instalaron a los pies de la cama. El gran limosnero bendijo el lecho y la novia se introdujo entre las sábanas ayudada por dos de sus damas. Felipe se desvestía en una habitación cercana y aparecía al poco tiempo con sólo el batín y las zapatillas. Se quitó la prenda y todos pudieron ver que, siguiendo una costumbre del reinado de Enrique III, se había depilado completamente. Según el historiador André Castelot “los príncipes estimaban así honrar a sus esposas”.


Felipe recibió el camisón de manos de Luis XV; se lo puso y se metió en el lecho con el gorro de dormir en la mano. El conde de París y la marquesa de Polignac corrieron las cortinas de dos de los lados de la cama, pero el tercero quedó abierto para que los espectadores pudieran ver a los novios tapados con las sábanas hasta la nariz. Cuando todos hubieron desfilado, se corrió también esta tercera cortina.



Cuatro días después de la boda el duque de Chartres llevó a su esposa a la ópera. Una vez instalada en su palco, la joven reparó en algo que se le hizo un poco extraño pero que, por suerte para ella, no supo cómo interpretar correctamente:


—¿Por qué hay tantas mujeres vestidas de negro? No es decente venir a un espectáculo cuando se está de luto —comentó escandalizada al ver tanta viuda divirtiéndose.


La pobre no sabía que todas aquellas lindas personas vestidas como viudas, y que lanzaban intensas miradas hacia el palco ducal, eran las antiguas amantes de su marido. Fitz-James y sus amigos le habían devuelto la broma.


Pero sus amantes pronto descubrirían que no había razón para el luto: Felipe no tenía la menor intención de dejar de ser un libertino que se excitaba a la vista de cualquier falda.


jueves 12 de noviembre de 2009

Ceremonia de homenaje feudal


Muchos de los ritos vasalláticos se realizaban ante la corte del señor o ante testigos. Si intervenían altos personajes o estaban en juego grandes intereses, los compromisos se registraban en cartas.


La ceremonia pone a un señor en presencia de un vasallo, ligados ambos por un contrato que reviste una fuerza singular. El gran momento es el homenaje. Sin armas, sin cinturón ni caperuza, el dependiente se inclina o se arrodilla ante su señor. Pone sus manos juntas entre las del señor, que las cierra sobre ellas en señal de consentimiento y toma de posesión. Ambos intercambian un beso en la boca, o uno de ellos lo da al otro. Es signo de paz, de amistad y de fidelidad mutua. Sin embargo, el beso no es indispensable. Clásico en Francia y en los países de conquista Normanda a partir del año 1000, se propagó bastante poco en Italia. Es raro en Alemania antes del siglo XIII, sin duda porque la distancia social entre señor y vasallo era más pronunciada.



Un segundo acto sigue inmediatamente al homenaje: el juramento de fidelidad, prestado sobre un objeto sagrado. En ese momento se intercambian algunas palabras:


—¿Queréis ser mi hombre?


—Lo quiero.


—Os recibo como mi hombre.


—Os prometo ser fiel.


El vasallo será amigo de todos los amigos de su señor, enemigo de sus enemigos. El juramento ennoblece el acto vasallático, le da un tinte cristiano y convierte en perjuro a quien viola sus compromisos.



Los juramentos vasalláticos creaban relaciones tan estrechas que se requería la presencia de los interesados y ante todo la del subordinado. Algunas coutumes enumeraban los casos de fuerza mayor que autorizaban a las partes, o a una de ellas, a hacerse representar: minoría de edad, vejez, enfermedad y lejanía frecuente en el vasto Imperio germánico, donde el soberano estaba obligado a hacer largos viajes.


En Inglaterra, según Glanville, el heredero masculino, aunque fuera menor, estaba capacitado para asumir compromisos. La mujer casada no rendía homenaje, pues este deber incumbía al esposo. Y las viudas padecían la misma incapacidad. Se tomaba juramento a todas las personas libres, incluidos los clérigos, los menores y las solteras.


Según ciertas coutumes, no anteriores al siglo XIII o XIV, los juramentos recibidos por procuración deben ser renovados por el vasallo el día en que está en condiciones de cumplir con su obligación.




Bibliografía:

Señorío y feudalismo – Robert Boutruche


lunes 9 de noviembre de 2009

Los judíos en la España visigoda


En el año 613 el rey godo Sisebuto ordenó a todos los judíos de su reino que se convirtieran o salieran del país, olvidando la consigna del Papa Gregorio de que el bautismo no debía ser nunca forzado. San Isidoro, obispo de Sevilla y cabeza del clero español, nos dejó las siguientes palabras al respecto:


“En el comienzo de su reinado puso mucho ardor en la conversión de los judíos a la religión cristiana, pero poco entendimiento desde el día en que utilizó la fuerza contra aquellos que más bien debían ser captados por el espíritu de la fe”.


Moneda de Sisebuto


Muchos decidieron quedarse. Se someten al bautismo, pero sólo en apariencia, decididos a permanecer fieles en secreto a la religión de sus antepasados, con la esperanza de que las persecuciones terminen y puedan volver a declararse judíos. Otros abandonan España y atraviesan los Pirineos hacia el reino de los francos, donde poco más adelante, bajo el reinado de Dagoberto, sufrirán la misma desgracia. Otra parte de los expulsados toma el camino de África y empiezan una nueva vida.


No sabemos por qué razón actuó así Sisebuto. La situación de los judíos en España durante el periodo arriano de la monarquía visigótica había sido bastante segura, de ahí que muchos se hubieran ido estableciendo en el territorio, viendo en él un refugio. Y quizá por el número que habían alcanzado, Sisebuto creyó que podrían perjudicar la estructura interna del reino.


Judíos en la hoguera en Lucerna, Suiza


La opresión no dura más allá de su reinado. Su sucesor, Suintila, llamado por los oprimidos el padre de la patria, se comporta como un soberano benévolo y justo. Muchos de los desterrados vuelven a sus antiguos hogares. Pero esta pausa dura sólo un decenio. Una conjura destrona al rey, y en el año 633, bajo Sisenando, el concilio reunido en Toledo dispone: “De aquí en adelante ningún judío puede ser obligado a profesar la religión cristiana. No obstante, aquellos que fueron forzados a recibir el bautismo bajo el Piadosísimo señor Sisebuto y a los que se permitió recibir los Sacramentos, deben permanecer cristianos”.


-Los hijos de los bautizados son separados de sus padres y llevados a monasterios para ser educados, o bien son puestos bajo la tutela de familias cristianas.


-A un judío casado con una cristiana no le queda sino escoger entre bautizarse o divorciarse.


-Todo matrimonio en el que la esposa judía se niegue a bautizarse debe ser anulado.


-A los judíos bautizados les está prohibida toda relación con sus hermanos de raza.


-Todo aquel que, habiendo sido bautizado, se descubriera que continuaba observando los preceptos de su antigua religión, pagaría con su libertad y pasaría a ser esclavo.


-Todos aquellos que aceptaran regalos de los judíos y les otorgaran su protección estaban amenazados con la excomunión.


Persecución a los judíos en Inglaterra, de donde también acabarían siendo expulsados


Los judíos preocupan también a Recesvinto. Diez leyes de este monarca contra judíos y judaizantes fueron recogidas en el Liber Iudiciorum. El rey no duda en calificarlos como enemigos. Para él es una deshonra que se haya logrado exterminar todas las herejías y mantener pura la fe y no se haya conseguido la conversión de los judíos. Lograrla es consolidar la monarquía.


Los judíos se unieron al traidor conde Paulo en su rebelión contra Wamba. El rey Ervigio intentará resolver el problema judío promulgando más leyes contra ellos: deberán abjurar de su fe delante del obispo. El rey prohíbe aplicar la pena de muerte, pero exhorta al concilio con estas palabras:


“Extirpad de raíz la peste judaica, que siempre se renueva con nuevas locuras”.



Toledo, la ciudad de las tres culturas, capital del reino hispanogodo

Como consecuencia de las nuevas disposiciones los judíos tenían la obligación de presentarse todos los sábados y fiestas suyas ante un cristiano autorizado para poder probar que no celebraban sus ritos. Para que ni siquiera los clérigos fueran negligentes en el cumplimiento de esta obligación, se nombraron inspectores entre ellos con el fin de vigilarse unos a otros. Como castigo por tolerancia o dejadez se les imponía una excomunión de tres meses y debían pagar una libra de oro al rey.


Egica, yerno de Ervigio, se mostró benévolo con ellos al principio de su reinado. Sin embargo en el 694 declara que todas las leyes dadas anteriormente contra los judíos para lograr su conversión deben permanecer en vigor. La razón de este cambio en su actitud obedece a su convicción de que los judíos se habían lanzado por el camino de la conspiración. El rey estaba persuadido, al parecer con bastante fundamento, de que había un plan mediante el cual, y de acuerdo con aquellos que se habían refugiado en el norte de África en tiempos de Sisebuto, se facilitaría a los árabes la invasión de la Península Ibérica.




Bibliografía:

Sefarad: los judíos de España – María Antonia Bel Bravo

Semblanzas visigodas – José Orlandis

Historia del reino visigodo español – José Orlandis

Historia de los judíos – Vicente Risco