lunes, 2 de marzo de 2015

MUJERES EN LA HISTORIA II


Antología de relatos escritos por mujeres sobre mujeres desde 1940 hasta hoy.

"¡Estimadas compañeras y amigas!


 "
Queremos celebrar el próximo 8 de Marzo Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que en mis tierras es también el día de la Madre, con el nuevo libro que tanto estamos esperando."



"MUJERES EN LA HISTORIA (2), será una magnífica ocasión para recordar y revivir las historias de sus protagonistas, ¡un maravilloso regalo para este día tan especial!
Aut
oras de España e Hispanoamérica escriben sobre las mujeres que han influido en los procesos sociales desde la II Guerra Mundial hasta hoy. Y demuestran cómo la sociedad evoluciona en muchos aspectos debido al impulso también de las mujeres, sus ideas, heroísmo, valor, constancia y el grandísimo esfuerzo en la realización de proyectos sin traicionar sus ideales."

 "Las autoras de los relatos son: Josefina Aldecoa, Sol Antolín Herrero, Teca Barreiro, Eva María Cabellos, Virginia Cantó, María Luisa De León, Sara García-Perate, Laura Garrido, Marta Gómez Garrido, Eva Gordillo Jerez, Ángela Hernández Benito, Teresa Iturriaga Osa, La Vizcondesa de Saint-Luc, Elena Marqués, Carmen Martí Fabra, Rosario Martínez, Carmen Moreno, María Teresa Pérez Arenzana, María Teresa Lucía del Mar Pérez, Charo Ramos, Rosa Serrano Romero, Rosa, Montserrat Suáñez, Melanie Taylor Herrera, Virginia Valdominos y María Zaragoza."

"¡Muchas gracias a todas!"
Vera Kujareva - Miguel Ángel de Rus
M.A.R. Editor

A partir del 8 de marzo

sábado, 28 de febrero de 2015

Catalina de Médicis y Lucas Gaurico


Durante la época de su matrimonio con Enrique II, Catalina de Médicis residió la mayor parte de su tiempo en Fontainebleau. Allí se levantaba cada mañana a las siete para comenzar a recibir temprano a las personas que le solicitaban audiencia. A las diez asistía a misa, un servicio religioso oficiado con escasa pompa y en estricta intimidad. Después de comer hacía una corta siesta y recibía de nuevo hasta las dos. Era entonces cuando la visitaba el rey, normalmente junto a otros notables. Por la tarde, si hacía buen tiempo, Catalina salía mientras Enrique jugaba a los bolos. Si llovía, el rey cambiaba los bolos por los dados o el tarocchi, un juego de naipes muy de su gusto, y ella bordaba mientras hacía que le leyeran algún libro. A las seis se reunía la familia para la cena, y dos veces por semana se celebraba un baile. 

La reina no tenía ni un momento para estar realmente a solas, pues siempre estaba bajo la atenta mirada de una caterva de servidores. El capitán de la guardia hacía su ronda, los arqueros vigilaban alerta y por todas partes había guardias suizos capaces de proteger el palacio y a sus moradores. Al oscurecer, el mayordomo ordenaba que trajesen los candelabros. Centenares de ellos comenzaban a iluminar cada rincón de palacio; había lámparas en las antecámaras y faroles en los patios, haciendo de Fontainebleau un lugar muy diferente al siniestro Louvre, donde ninguna luz alcanzaba a difuminar la lóbrega impresión de unos corredores que se tornaban inquietantes en el silencio de la noche.

Una vez acostado el rey, se cerraba la puerta de palacio y no volvía a abrirse hasta que Enrique hubiera despertado. Él mismo guardaba las llaves bajo su almohada.

Enrique II

Totalmente apartada de las tareas de gobierno, la preocupación central de Catalina durante aquellos años era su esposo. Aunque los desvelos que le mostraba nunca habían sido correspondidos, no dejaba de adorarlo. Demasiado consciente del origen plebeyo de los Médicis, ella sentía reverencia por la sangre real; veía en su marido a un ser superior que le había hecho un honor al desposarla, algo que tenía que esforzarse cada día por merecer. Temía perderlo. Las profecías resultaban nefastas, y Catalina creía en las predicciones de los astrólogos. 

Es bien conocida la que hizo Nostradamus sobre la muerte del rey, aunque no lo es tanto que siete años antes hubo un distinguido matemático que practicaba también la astrología y que fue capaz de predecir igualmente su muerte. Se trataba del napolitano Lucas Gaurico, que ya cuando tenía catorce años había vaticinado que un Médicis sería el Papa León X. 

Gaurico no era de los que decían a la gente lo que deseaban oír: el podestà de Bolonia le hizo una consulta, y el astrólogo le dijo que sería expulsado de la ciudad y privado de su poder. Como no le agradó la respuesta recibida, Bentivoglio lo desterró tras hacer que le aplicaran el tormento de la mancuerda, lo que le ocasionó secuelas permanentes. La ira del podestá no pudo impedir que las predicciones se cumplieran y que sufriera una derrota que reforzó a Gaurico. 

Protegido por el Papa Pablo III, cuyo ascenso al solio pontificio también había predicho, se dirige a Roma, donde continúa estudiando la influencia de los astros. En su libro Tractatus Astrologicus muestra la carta natal de papas, cardenales, aristócratas, músicos, artistas e intelectuales. Más tarde, en 1552, envía su predicción sobre la muerte de Enrique. Inicialmente podría haberla hecho para el duque de Ferrara, interesado en conocer el destino tanto de Carlos V como del rey de Francia; pero también Catalina de Médicis estaba deseosa de conocer la suerte que correría su marido.


Lucas Gaurico informó que el rey moriría en un duelo. Esto causó un gran desconcierto, porque era sabido que un rey no podía batirse en duelo con uno de sus súbditos, de modo que nadie lo creyó. Sin embargo, el astrólogo insistió en que Enrique debía evitar todo combate en campo cerrado, especialmente a los 41 años, porque en esta época podría recibir una grave herida en la cabeza capaz de provocarle la ceguera o la muerte.

La predicción llegó al propio Enrique en una carta que le envió el astrólogo, un asunto que preocupó a Catalina, pues ella confiaba en las dotes de Gaurico. 

Nada fue capaz de torcer el destino del rey, que iba a fallecer a consecuencia de las heridas recibidas en un torneo en 1559, habiendo cumplido los 40 años, cuando una lanza astillada se clavó en su ojo y penetró hasta el cerebro.


Muchas gracias a Cayetano Gea por la magnífica reseña que hace de La Corte del Diablo en La tinaja de Diógenes. Y gracias doblemente por la opinión tan favorable que expresa en ella.

domingo, 22 de febrero de 2015

La familia hitita


Si bien los hititas castigaban el incesto, practicaban el levirato, es decir, la antigua ley en virtud de la cual una viuda que no tuviera hijos debía casarse con alguno de sus cuñados, o incluso con su suegro. Así iba pasando de uno a otro miembro de la familia a medida que estos iban falleciendo, algo que ocurría con mucha frecuencia en tiempos de guerra.

Tanto los reyes como los personajes más poderosos tenían varias mujeres, aunque la mayoría de los matrimonios hititas parecen haber sido monógamos. Incluso en el caso de los reyes, es la primera esposa la que disfruta de un status especial, mientras que el resto se asemejan más a concubinas. 

Los hititas conseguían a su esposa mediante el rapto o bien la compra. Esto último solo podía llevarse a cabo entre familias libres. Para ello el novio ofrecía un regalo a los padres de la novia, y la aceptación equivalía al consentimiento para iniciar el noviazgo, sin que la opinión de ella parezca haber contado mucho. Sin embargo los padres de la novia podían anular el compromiso en cualquier momento si surgía un candidato mejor. En tal caso debían devolver el regalo, siempre muy valioso. Si se negaban, el hombre podía casarse con ella.

El rapto era menos frecuente, aunque todos los hititas tenían derecho a practicarlo; pero prácticamente se reducía a aquellos casos en los que la mujer se negaba a aceptar al pretendiente. No era aconsejable, porque podía traer muchas complicaciones:

“Cuando alguien rapte a una mujer, se le debe perseguir. Si matara a dos o tres hombres, no habría compensación porque se entendería que se ha vuelto loco”.


El matrimonio debía consumarse en el plazo de un mes, y en caso contrario resultaba anulado. Los padres de la novia la recogían de nuevo en su hogar. Además los hititas podían divorciarse, unos trámites que podían ser iniciados también por las mujeres. Cuando el rango de ambos esposos era equivalente, todos los hijos a excepción de uno se quedaban con la madre, pero si ella era de rango inferior, ocurría justamente a la inversa, y la madre solo podía retener la custodia de uno de ellos. En cualquier caso, la esposa se quedaba con la dote durante el matrimonio e incluso después del divorcio.

La mujer debía fidelidad absoluta al esposo. En caso de que el hombre descubriera la infidelidad de su mujer en su propio hogar, “ella sería la culpable y merecería la muerte. Si el esposo los descubre y los mata, no habrá castigo para él”. En cambio, “si fuera poseída en la montaña, se consideraría falta del hombre, por lo que este sería condenado a muerte”. Es decir, que si ocurría en un lugar aislado en el que la mujer no podía pedir auxilio, no se consideraba culpable.

El esposo debía actuar de inmediato si quería tomar venganza. Si lo hacía después de haber formulado su denuncia ante las autoridades, se percibía como un asesinato.

Según el artículo 198, “si los llevara ante la puerta del tribunal exclamando: “¡Que no muera mi mujer!”, estaría concediendo la vida también al cómplice de ella. Pero si hiciera una señal en la cabeza de los dos al tiempo que gritaba: “¡Los quiero ver muertos!”, entonces sería el Gran Rey el encargado de decidir su suerte: podría mandarlos ejecutar o perdonarlos”.


Cuando un hitita se hacía cargo de la educación de un niño debido a que sus padres no habían podido ocuparse de él, tenía derecho a una compensación económica por parte de su protegido tan pronto como este alcanzaba la edad de incorporarse al mundo laboral, o bien exigirle la realización de determinados trabajos para él. Los adoptados, en caso de que se portaran mal con la familia que los había acogido, eran expulsados solo si reincidían. Y si se llevaban algo de valor, no se consideraba un robo si después lo devolvían.

Las viudas podían desheredar a sus hijos si no cuidaban de ellas a la muerte del padre. Ellas o las esposas repudiadas que pretendían expulsar a un mal hijo, tenían que denunciar públicamente el hecho colgando una prenda de él en el exterior del hogar, para que los vecinos conocieran sus intenciones. Si más adelante el hijo, arrepentido, deseaba regresar, desmontaba la puerta de la casa y la dejaba en lugar visible junto con algunos muebles. Si la madre ordenaba que todo volviera a su lugar, significaba que le perdonaba y que “le había vuelto a nacer su hijo”.


Fuentes:
Los hititas – Carter Scott
judithstarkston.com/articles/hittite-women-as-reflected-in-the-laws-of-marriage-adultery-and-rape/


...Y en otro orden de cosas, muchísimas gracias a todos los asistentes a la presentación de La corte del diablo. Firmé todo lo que había hasta agotar los ejemplares reservados para el evento.



Por último, pero no menos importante, muchas gracias a Bertha Sanroyuela por haber tenido la gentileza de escribir una reseña de la novela en su Atelier Victoriano.


martes, 17 de febrero de 2015

Presentación el miércoles 18 y libretas de promoción


Estas son las libretitas que hace Juan Carlos González Montes para Ediciones Áltera con la imagen de cubierta de la novela. ¿No son una preciosidad? Mañana llevaré la mía a la presentación para que la veáis bien.

Os espero en la librería Central de Gijón, mañana miércoles 18 de febrero a las 19:30. Vendrá Luis Folgado de Torres para presentar conmigo la novela, y después habrá firma de ejemplares. 

A partir del domingo espero recuperar el ritmo normal y la actividad habitual de este blog. Pido disculpas por las muchas jornadas que ha estado ocupando la promoción de la novela, pero comprenderéis que era necesario.

Muchas gracias a todos.


sábado, 14 de febrero de 2015

El VIDEO DE LA CORTE DEL DIABLO


Ya estamos en Youtube. Aquí tienen el book trailer que ha elaborado Ediciones Áltera para la promoción de la novela. No me digan que no les ha quedado bonito.

Les comunico que la novela ya está disponible TAMBIÉN EN VERSIÓN KINDLE. Puede descargarse en Amazon kindle pinchando sobre este enlace.

Y les recuerdo que el miércoles, 18 de febrero, a las 19:30 será la presentación en la librería Central, calle San Bernardo, 31, Gijón. Viene Luis Folgado desde Madrid a presentar la novela, lo que significa que recorrerá unos mil kilómetros solo para esto y demuestra la fe que la editorial deposita en la obra, así que no vayan a fallarme los asturianos.


Y por último, pero no por ello menos importante, muchas gracias a dlt por la extraordinaria reseña que ha publicado en su blog desdelaterraza. Inolvidable e insuperable texto. Al margen de lo bien que me trata, es un placer leerlo.



lunes, 9 de febrero de 2015

Presentación de La Corte del Diablo


Os esperamos el miércoles 18 de febrero a las 19.30 en la librería Central de Gijón.

Y de paso os dejo con esta imagen de La Corte del Diablo, situada nada menos que entre las recomendaciones de novela histórica en El Corte Inglés de Puerta del Sol, Madrid.


jueves, 5 de febrero de 2015

Lady Castlemaine (II)


Peppys nos ha dejado en su diario muchos detalles de la relación de Barbara Villiers con Carlos II:

“29 de julio de 1667. Me sorprendió ver a Lady Castlemaine en Whitehall, después de oír que el rey y ella se habían separado definitivamente. De modo que me llevé aparte a Mr. Povy, que estaba allí, y me lo contó todo: lo dominante que es esta mujer… Parece que espera un hijo, y el rey dice que no es suyo. Al oírlo ella hizo un gesto desdeñoso con la boca y se fue, y no volvió hasta que el rey acudió a Sir Daniel Harvey para que le rogara. Por eso ha venido hoy… Pero parece que le ha dicho al rey que, sea de quien sea, debería reconocerlo. Y lo que hay en el fondo de la pelea es esto: ella se ha enamorado del joven Jermyn, que últimamente había estado con ella más frecuentemente que el rey, y que ahora va a casarse con Lady Falmouth. Al rey lo trae loco su entendimiento con Jermyn, y a ella la trae loca que vaya a casarse con otra, así que andan todos locos, ¡y así se gobierna el reino!”

“7 de agosto de 1667. Aunque el rey y Lady Castlemaine se han reconciliado, ella no está en Whitehall, sino en casa de Sir Daniel Harvey, adonde él va a verla; y cuentan que le hizo pedirle perdón de rodillas y prometer que no volvería a ofenderla…”

Poco después de haber mantenido con su esposo la discusión relativa al bautismo de sus hijos, causa de su separación definitiva, ella misma se convertía al catolicismo de un modo desconcertante. Extravagante y contradictoria, se granjeó numerosos enemigos; no fueron solo el rey y su esposo quienes sufrieron su carácter endiablado, sino también el Primer Ministro Clarendon, a quien tantas veces ridiculizó. Cuando Clarendon cayó en desgracia, al regresar de su amarga entrevista con Carlos II tuvo que sufrir que Barbara se precipitara hacia la ventana a su paso y comenzara a insultarlo a voz en grito.

A partir de 1668 la duquesa dejó de tener sus apartamentos en Whitehall. Sus poco discretas infidelidades sirvieron de pretexto al monarca para una ruptura. “Si era tan hermosa como Helena, tenía tantos amantes como Mesalina”. Carlos había perdonado muchos deslices, pero el asunto con Jermyn fue más de lo que pudo soportar. 

Hubo una reconciliación, aunque esta vez era Barbara quien debía plegarse a las condiciones: abandonaría a Jermyn, no se opondría a que fuera desterrado de la corte y dejaría en paz a sus rivales: Miss Stewart y Miss Wells. Lady Castlemaine estaba acabada. A cambio de estas concesiones, Carlos creaba un ducado para ella y aumentaba su pensión. El 3 de agosto de 1670, un año después de su reconciliación, era nombrada duquesa de Cleveland.

Churchill, posteriormente el gran duque de Marlborough, era primo segundo suyo y estaba considerado el hombre más atractivo de la corte. Por supuesto, no escapó a la voracidad de la duquesa. Según Grammont, Churchill “se jactaba en todas partes de su buena fortuna, y la duquesa, que no hacía gala de circunspección en su comportamiento ni en su conversación, no parecía preocupada en absoluto por esta indiscreción.”

El duque de Buckingham finalmente le abrió los ojos al rey y lo invitó a ser testigo él mismo de la infidelidad de su amante. Carlos los sorprendió a los dos en el lecho; Churchill escapó saltando por una ventana, pero eso no evitó que el rey lo desterrara de la corte. El sexto hijo de Barbara, que nunca llegó a ser reconocido por el soberano, nació en 1672. Fue una niña que llevó el nombre de su madre, y probablemente la paternidad le correspondía a Churchill.


En la lista de amantes de Lady Castlemaine hubo un poeta, un dramaturgo, un equilibrista y un par de actores. Uno de ellos, Hart, había sido capitán durante la guerra civil. Estaba considerado el mejor actor de su época, y su interpretación más aclamada fue la de Otelo. El otro, Goodman, llevaba el idilio con tan poca discreción como la propia Barbara. Se dice que después de morir el rey nació un hijo de esa relación, y también que Goodman intentó envenenar a dos de los que Barbara tenía con Carlos II.

En 1673, a consecuencia de la ley que apartaba a los católicos del acceso a los cargos, ella perdió el suyo junto a la reina, y eso terminó de aflojar el lazo con el monarca, que ya tenía nueva favorita. Lady Castlemaine se retiró a Francia. 

En París continuó aumentando su colección de amantes, un surtido y bien nutrido grupo del que formaron parte el Caballero de Chatillon y el embajador inglés. Su relación con Chatillon era tan pública y notoria que el rey le escribió para reprenderla por el escándalo. Ella respondió a esa carta:

“…Todo lo que tengo que decir es que, como sabéis, uno no es dueño de sí en cuestiones de amor, y que no deberíais ofenderos conmigo, pues entre nosotros todo eso ha quedado terminado, de modo que no puedo perjudicaros”. Pero más adelante añade: “Os prometo que mi conducta será tal que no tendréis ocasión de lamentaros. Y espero que os atengáis a lo que me dijisteis en mi casa… ; dijisteis: “Señora, todo lo que solicito de vos por vuestro bien es que viváis en el futuro haciendo el menor ruido que podáis, y no me importará a quién améis”.

En los últimos años de su vida, Barbara cayó en las redes de Robert Fielding, un cazafortunas con el que contrajo matrimonio al enviudar de Roger Palmer en 1705. Tenía ya 65 años. La conducta de su nuevo esposo era tan violenta que se vio obligada a solicitar amparo a la justicia. Afortunadamente para ella, se descubrió que el rufián había cometido bigamia. Al parecer se había casado tan solo dos semanas antes de su boda con ella, lo que anulaba su unión.

La duquesa de Cleveland falleció de hidropesía en octubre de 1709, en su casa de Chipswick. Algunos de sus descendientes, por cierto, no dieron menos que hablar, en especial Lady Diana Spencer, Princesa de Gales.


martes, 3 de febrero de 2015

Lady Castlemaine


Barbara Villiers era hija del vizconde de Grandison, al que apenas tuvo tiempo de conocer. El caballero, primo del duque de Buckingham, solo tenía 30 años cuando sucumbió a las heridas recibidas en campaña, durante el asedio a Bristol. La viuda y su hija quedaban en una delicada posición económica, algo que la belleza de Barbara iba a ser capaz de remediar en un futuro. 

La madre volvió a casarse, y la niña se educó en el campo hasta que al cumplir quince años la llevaron a Londres en la esperanza de encontrarle un esposo que aliviara la economía familiar. A los 18 contraía matrimonio con Roger Palmer, heredero de una inmensa fortuna. El enlace se llevó a cabo a pesar de la oposición de la familia del novio. Su padre le advirtió que la hermosa joven le convertiría en el más desgraciado de los hombres, pero de nada sirvieron sus llamadas a la sensatez. 

Eran, verdaderamente, una extraña pareja: él tan devoto, tan estudioso, con la esmerada educación recibida en Eton. Ella, en cambio, mostraba unos modales más que cuestionables, parecía sentir una especial atracción por el escándalo, tenía un temperamento endiablado que contrastaba con la mansedumbre de él y, desde luego, no le gustaba pasar desapercibida.

Fue al año siguiente cuando ambos formaron parte integrante la corte de Carlos II en su exilio en los Países Bajos. La pareja fue muy bien recibida: el marido por su dinero, y la esposa por sus encantos. 

En realidad la dama había comenzado a ser admirada antes de su matrimonio, y se decía que alguno de sus enamorados, notablemente Lord Chesterfield, había obtenido tanto éxito en su empresa que la hija mayor del matrimonio en realidad era suya. El propio Carlos II se mostraría posteriormente celoso de esta relación, que ninguno de los dos interesados se molestaba en negar. Curiosamente, fue el rey quien reconoció a esa primera hija de Lady Castlemaine, al igual que haría con los cuatro siguientes.

Al producirse la Restauración, Barbara regresó a Inglaterra con la misma celeridad con la que se había apropiado del corazón del soberano, que prefirió pasar en su compañía la primera noche en lugar de sumarse a las celebraciones en su honor.

Cuando el rey se casó con la portuguesa Catalina de Braganza, todos esperaban que la llegada de una nueva reina contribuiría a debilitar la influencia que ejercía sobre el rey, pero se equivocaron. Por el contrario, el lazo con esta mujer que, según el propio Carlos, conocía todos los secretos del placer, parecía fortalecerse de día en día. El monarca otorgó a la favorita un puesto entre las damas de su esposa, tan importante que requería que el marido de Barbara fuera nombrado Par del reino. En 1662 Roger aceptaba el título de conde de Castlemaine.

El idilio de Lady Castlemaine con el rey no perjudicaba demasiado el trato entre ambos cónyuges, que básicamente se limitaban a ignorarse el uno al otro. Sin embargo, pronto ocurrió algo que provocó finalmente su separación: el conde, católico, quiso que uno de sus hijos —o al menos hijo de su esposa—, fuera bautizado de acuerdo con su fe. Ella dio su consentimiento, pero días más tarde expresó su intención de que un clérigo protestante oficiara una nueva ceremonia. Ambos discutieron, una escena definitiva y que terminó con el conde abandonando Inglaterra. Ella, anticipándose a los movimientos del esposo, se había mudado a Richmond, donde podría estar más cerca de Hampton Court y del rey. Hizo el viaje sin olvidar cargar en su equipaje cuanto dinero y joyas fue capaz de llevar consigo.

El destino de Roger iba a complicarse mucho a partir de ese momento. Fue acusado de formar parte de un supuesto complot católico para matar al rey, algo que solo estaba en la mente de Titus Oates. Según su acusador, los celos habrían impulsado a Castlemaine a desear cometer el crimen. 

Durante los tres años siguientes, muchos inocentes fueron condenados a muerte. La imaginación y el fanatismo de Oates se aliaban para correr sin freno; no tuvo empacho en acusar no ya solo a muchos nobles de la corte y a centenares de miembros de órdenes religiosas, sino al propio médico de la reina, de quien afirmó que planeaba envenenar al rey. Las mismas graves acusaciones recayeron sobre el secretario de la duquesa de York. Este fue condenado por haber mantenido correspondencia con un jesuita francés.


Roger Palmer fue encerrado en la Torre de Londres y juzgado por alta traición, pero, tal vez gracias a las altísimas conexiones de su esposa, no sufrió el mismo destino.

Carlos, mientras tanto, se mostraba sumamente generoso con la favorita, y no le importaba derrochar en ella grandes sumas de dinero que no le sobraban. Un año le ofreció cuantos regalos le habían hecho a él sus cortesanos por Navidad, y, desde luego, pagaba sin rechistar todas sus deudas de juego, que solían ser tan grandes como la propia rapacidad de la bella. A Barbara le gustaba hacer ostentación de la generosidad con la que era tratada, y a menudo aparecía luciendo más joyas que la reina y la duquesa de York juntas.

Lady Castlemaine se mantuvo en la cúspide durante casi diez años. Al cabo de ese tiempo, su propia conducta insensata la llevó al desastre. El rey amaba la tranquilidad, especialmente en su ambiente doméstico. No le gustaban las discusiones, los enojos, ni las escenas de celos, que encontraba sumamente molestas. Pero ella lo importunaba constantemente con ese asunto, y otras veces agotaba su paciencia con sus estallidos de mal genio. Lo curioso es que, mientras le hacía escenas de celos a su amante con lágrimas y amenazas, ella misma no era precisamente un ejemplo de fidelidad. Por el contrario, su voracidad sexual era superior a la de Carlos. Debido al carácter de la duquesa, la relación entre ambos llegaba a ser muy tormentosa, como observa Burnet:

“Su pasión por ella, y el extraño comportamiento de ella hacia él, lo trastornaba tanto que con frecuencia no era dueño de sí, ni capaz de ocuparse de asuntos que, en una época tan crítica, requerían gran dedicación”.


Continuará

jueves, 29 de enero de 2015

LA CORTE DEL DIABLO YA EN AMAZON Y CASA DEL LIBRO


Ya se encuentra la novela en la Casa del libro. Podéis encargarla también en esta página de Casa del Libro, donde viene con una amplia sinopsis y sin gastos de envío.

Además ya está disponible en Amazon.

Me dicen que también está ya en El Corte Inglés. Y recordad que, si no la encontráis, se puede encargar en cualquier librería de España.

martes, 27 de enero de 2015

Lanzamiento de La Corte del Diablo


Tal como os había venido anunciando, hoy comienza a distribuirse La Corte del Diablo. He dejado unas palabras en especial para mis seguidores en el blog de la Editorial Áltera, y algunas más también, por supuesto, en la novela, en la que he querido que estuvieran vuestros nombres por la “culpa” que habéis tenido en su publicación. Aquí podréis leerlas:



Quisiera, también, responder a las preguntas que me habéis estado formulando acerca de cómo conseguir un ejemplar:

Hoy, 27 de enero, comienza a distribuirse la novela. En los próximos días irá llegando a las librerías. Es recomendable aguardar un poco antes de buscar un ejemplar, para dar tiempo a los libreros a registrarla.

La novela tiene 447 páginas, y el precio de salida es de 19,50 €. En cuanto a dónde encontrarla, tendréis más probabilidades en librerías grandes, como La Casa del Libro o El Corte Inglés, pero, si no la encontráis físicamente, se puede encargar en cualquier librería de España

En las Islas Canarias también podrán conseguir su ejemplar. Además estará disponible en Amazon.

Otra cosa a tener en cuenta es que es conveniente que, al encargarla, además de título y autor digáis también el nombre de la editorial (Áltera), para que el librero sepa a qué distribuidora pedirla.

No dejéis de comunicarme si tenéis algún problema para conseguirla

Muchas gracias a todos,

Montserrat Suáñez


miércoles, 21 de enero de 2015

Luisa de Budos: el fantasma de Chantilly


En 1593 el maduro Enrique I de Montmorency, mariscal y condestable de Francia, tras haber enviudado de su primera esposa contraía un segundo matrimonio. La novia era Luisa de Budos, una joven perteneciente a un antiguo linaje del Languedoc que se remontaba a 1322, cuando su antepasado Raimundo Guillermo de Budos, sobrino del Papa Clemente V, compró el señorío.

Luisa era la hija mayor del vizconde de Portes y de Catalina de Clermont-Montoison. Había nacido el 13 de julio de 1575, y por tanto solo contaba 18 años. Su juventud, sin embargo, no impedía que ella también fuera viuda: cuando tenía quince su padre la había casado con el Señor de Vachères, que fallecía al año siguiente de la boda.

El novio, en cambio, había alcanzado la respetable edad de 59 años. Sin embargo el condestable se casaba por amor. La había conocido apenas un mes antes y no consideró necesario esperar más para convertirla en su esposa, a pesar de que se trataba de un matrimonio desigual no solo con respecto a la edad, sino también al rango y la fortuna de los contrayentes, como explica Tallemand des Réaux:

“Tenía ya una edad cuando se enamoró en el Languedoc de Mademoiselle de Portes, de la Casa de Budos; era una joven hermosa, pero pobre, y aunque de cierta alcurnia, no tenía el rango suficiente para aspirar a un condestable”.

Carlota Margarita de Montmorency

De su unión con Montmorency nacieron dos hijos: Enrique y Carlota Margarita, que sería madre del Gran Condé. Al cabo de algunos años de matrimonio, el esposo la llevó a la corte de Enrique IV, seguramente sin calcular la sensación que iba a causar. Según la princesa de Conti, “a su llegada atrajo los ojos y el corazón de todos los hombres, pero su altivez natural, y el rango que ostentaba […] hacían que despreciara el odio de las mujeres, igual que solía hacer con el amor de los hombres”.

Uno de sus pretendientes era el mariscal de Biron, gran militar de su tiempo. Y otro fue el rey. La princesa de Conti utiliza nombres en clave para referirse a los protagonistas de esta historia: el rey es Alcandre; su favorita, Gabriela d’Estrées, recibe el nombre de Crisante, mientras que Luisa es Léonide. El relato continúa diciendo que Enrique también se vio seducido, “y sabe Dios si Crisante se lo perdonó; pero eso no impedía que él testimoniara su amor a Léonide cada vez que tenía ocasión”.

Se trató, no obstante, de un capricho pasajero, puesto que por entonces era Gabriela la dueña absoluta del corazón del rey. Curiosamente, sería la hija de Luisa quien un día provocaría una ardiente pasión en el ya maduro monarca, tan resuelto a la conquista que el esposo, nada complaciente, se la llevó a Bruselas y buscó la protección de España.

En realidad Luisa no dispuso de mucho tiempo para desbancar a Gabriela, porque fallecía poco después en su castillo de Chantilly, en unas circunstancias un tanto extrañas y que desataron toda clase de rumores. Es posible que la causa de la muerte fuera una apoplejía, pero la teoría del asesinato no puede descartarse. Algunos testimonios afirman que fue encontrada en el suelo con el cuello retorcido. 

Gabriela d'Estrées

Según un relato, poco antes de morir Luisa llevaba algunos días inquieta y preocupada por algo, sin que nadie conociera la causa. Una tarde, mientras terminaba de comer en compañía de sus damas, vinieron a decirle que había un caballero muy alto, todo vestido de negro, que acababa de entrar en su antecámara y solicitaba hablarle de un asunto de suma importancia, algo que solo podría revelarle personalmente a ella. Se trataba de un hombre con quien ya se había reunido en otras ocasiones. Luisa hizo que se lo describieran con más detalle, y lo que escuchó pareció alterarla. Mandó responderle al desconocido que regresara en otra ocasión, una respuesta con la que él no se conformó. En lugar de marcharse, exclamó que, puesto que Luisa no acudía de buen grado, iría a buscarla.

Ella, que temía más recibirlo en público que en privado, accedió finalmente. Si parecía conmocionada cuando partió a su encuentro, mucho mayor era su agitación al regresar, deshecha en lágrimas y casi desvanecida. Despidió a sus damas y les dijo que no volverían a verla.

Tanto Tallemand como Saint-Simon se hacen eco de los repetidos encuentros con un desconocido en Chantilly. Los rumores pretendían que se trataba de un italiano experto en ciencias ocultas y a través del cual Luisa habría hecho un pacto con el diablo para que le fuera concedido casarse con el condestable. Pierre de l’Estoile la acusa de “entregarse al diablo”, es decir, de practicar la brujería, algo que no era insólito en aquel tiempo en el que la superstición reinaba en la corte. Se creía que había sido poseedora de un talismán, un anillo con el que se procuraba el amor de cualquier hombre que deseara, y que era de ese modo como había atrapado a Montmorency.

Enrique de Montmorency

De haberse tratado de un crimen, los sospechosos son varios. Podría tratarse, en efecto, de un oscuro asunto en el que se hubiera mezclado con gente poco recomendable. Pero no hay que olvidar que para Gabriela su muerte seguramente supuso un enorme alivio. Incluso se podría mirar en dirección al esposo, que no ocultaba los celos que le inspiraba Biron. El condestable dio grandes muestras de dolor y desesperación y permaneció inconsolable durante algún tiempo tras su muerte, aunque no tardó en decidir casarse con una joven tía de Luisa que había vivido con el matrimonio. Ella fue precisamente la persona que encontró el cadáver y supuestamente se apoderó de aquel misterioso anillo. 

Es cierto que Enrique necesitaba una nueva madre para sus hijos, pero la elección resultó peculiar a todo el mundo. Además la boda se llevó a cabo con tal precipitación que ni siquiera esperó a que llegara la dispensa de Roma para fijar la fecha. La mujer no era hermosa ni poseía una fortuna, pero puso gran empeño en engatusar al anciano, y no es descartable que sus aspiraciones hubieran nacido en vida de Luisa, que se convertiría así en un obstáculo a eliminar.

Mientras tanto surgía la leyenda en torno a Luisa de Budos. Saint-Simon recoge una tradición de la Casa de Condé, según la cual su fantasma aparecía en la ventana de la sala de armas del castillo de Chantilly, vestida con las ropas de su época, cada vez que iba a morir el primogénito de la familia Montmorency o Borbón-Condé. Poco antes de fallecer el príncipe de Conti en 1685, dos testigos afirmaron haberla visto. Días más tarde Luis Armando sucumbía a la viruela que su esposa le había contagiado. 

El fantasma de Luisa debió de ser especialmente popular durante el reinado de Luis XIV, puesto que Madame de Sévigné también se hace eco de sus apariciones.