jueves, 29 de enero de 2015

LA CORTE DEL DIABLO YA EN AMAZON Y CASA DEL LIBRO


Ya se encuentra la novela en la Casa del libro. Podéis encargarla también en esta página de Casa del Libro, donde viene con una amplia sinopsis y sin gastos de envío.

Además ya está disponible en Amazon.

Me dicen que también está ya en El Corte Inglés. Y recordad que, si no la encontráis, se puede encargar en cualquier librería de España.

martes, 27 de enero de 2015

Lanzamiento de La Corte del Diablo


Tal como os había venido anunciando, hoy comienza a distribuirse La Corte del Diablo. He dejado unas palabras en especial para mis seguidores en el blog de la Editorial Áltera, y algunas más también, por supuesto, en la novela, en la que he querido que estuvieran vuestros nombres por la “culpa” que habéis tenido en su publicación. Aquí podréis leerlas:



Quisiera, también, responder a las preguntas que me habéis estado formulando acerca de cómo conseguir un ejemplar:

Hoy, 27 de enero, comienza a distribuirse la novela. En los próximos días irá llegando a las librerías. Es recomendable aguardar un poco antes de buscar un ejemplar, para dar tiempo a los libreros a registrarla.

La novela tiene 447 páginas, y el precio de salida es de 19,50 €. En cuanto a dónde encontrarla, tendréis más probabilidades en librerías grandes, como La Casa del Libro o El Corte Inglés, pero, si no la encontráis físicamente, se puede encargar en cualquier librería de España

En las Islas Canarias también podrán conseguir su ejemplar. Además estará disponible en Amazon.

Otra cosa a tener en cuenta es que es conveniente que, al encargarla, además de título y autor digáis también el nombre de la editorial (Áltera), para que el librero sepa a qué distribuidora pedirla.

No dejéis de comunicarme si tenéis algún problema para conseguirla

Muchas gracias a todos,

Montserrat Suáñez


miércoles, 21 de enero de 2015

Luisa de Budos: el fantasma de Chantilly


En 1593 el maduro Enrique I de Montmorency, mariscal y condestable de Francia, tras haber enviudado de su primera esposa contraía un segundo matrimonio. La novia era Luisa de Budos, una joven perteneciente a un antiguo linaje del Languedoc que se remontaba a 1322, cuando su antepasado Raimundo Guillermo de Budos, sobrino del Papa Clemente V, compró el señorío.

Luisa era la hija mayor del vizconde de Portes y de Catalina de Clermont-Montoison. Había nacido el 13 de julio de 1575, y por tanto solo contaba 18 años. Su juventud, sin embargo, no impedía que ella también fuera viuda: cuando tenía quince su padre la había casado con el Señor de Vachères, que fallecía al año siguiente de la boda.

El novio, en cambio, había alcanzado la respetable edad de 59 años. Sin embargo el condestable se casaba por amor. La había conocido apenas un mes antes y no consideró necesario esperar más para convertirla en su esposa, a pesar de que se trataba de un matrimonio desigual no solo con respecto a la edad, sino también al rango y la fortuna de los contrayentes, como explica Tallemand des Réaux:

“Tenía ya una edad cuando se enamoró en el Languedoc de Mademoiselle de Portes, de la Casa de Budos; era una joven hermosa, pero pobre, y aunque de cierta alcurnia, no tenía el rango suficiente para aspirar a un condestable”.

Carlota Margarita de Montmorency

De su unión con Montmorency nacieron dos hijos: Enrique y Carlota Margarita, que sería madre del Gran Condé. Al cabo de algunos años de matrimonio, el esposo la llevó a la corte de Enrique IV, seguramente sin calcular la sensación que iba a causar. Según la princesa de Conti, “a su llegada atrajo los ojos y el corazón de todos los hombres, pero su altivez natural, y el rango que ostentaba […] hacían que despreciara el odio de las mujeres, igual que solía hacer con el amor de los hombres”.

Uno de sus pretendientes era el mariscal de Biron, gran militar de su tiempo. Y otro fue el rey. La princesa de Conti utiliza nombres en clave para referirse a los protagonistas de esta historia: el rey es Alcandre; su favorita, Gabriela d’Estrées, recibe el nombre de Crisante, mientras que Luisa es Léonide. El relato continúa diciendo que Enrique también se vio seducido, “y sabe Dios si Crisante se lo perdonó; pero eso no impedía que él testimoniara su amor a Léonide cada vez que tenía ocasión”.

Se trató, no obstante, de un capricho pasajero, puesto que por entonces era Gabriela la dueña absoluta del corazón del rey. Curiosamente, sería la hija de Luisa quien un día provocaría una ardiente pasión en el ya maduro monarca, tan resuelto a la conquista que el esposo, nada complaciente, se la llevó a Bruselas y buscó la protección de España.

En realidad Luisa no dispuso de mucho tiempo para desbancar a Gabriela, porque fallecía poco después en su castillo de Chantilly, en unas circunstancias un tanto extrañas y que desataron toda clase de rumores. Es posible que la causa de la muerte fuera una apoplejía, pero la teoría del asesinato no puede descartarse. Algunos testimonios afirman que fue encontrada en el suelo con el cuello retorcido. 

Gabriela d'Estrées

Según un relato, poco antes de morir Luisa llevaba algunos días inquieta y preocupada por algo, sin que nadie conociera la causa. Una tarde, mientras terminaba de comer en compañía de sus damas, vinieron a decirle que había un caballero muy alto, todo vestido de negro, que acababa de entrar en su antecámara y solicitaba hablarle de un asunto de suma importancia, algo que solo podría revelarle personalmente a ella. Se trataba de un hombre con quien ya se había reunido en otras ocasiones. Luisa hizo que se lo describieran con más detalle, y lo que escuchó pareció alterarla. Mandó responderle al desconocido que regresara en otra ocasión, una respuesta con la que él no se conformó. En lugar de marcharse, exclamó que, puesto que Luisa no acudía de buen grado, iría a buscarla.

Ella, que temía más recibirlo en público que en privado, accedió finalmente. Si parecía conmocionada cuando partió a su encuentro, mucho mayor era su agitación al regresar, deshecha en lágrimas y casi desvanecida. Despidió a sus damas y les dijo que no volverían a verla.

Tanto Tallemand como Saint-Simon se hacen eco de los repetidos encuentros con un desconocido en Chantilly. Los rumores pretendían que se trataba de un italiano experto en ciencias ocultas y a través del cual Luisa habría hecho un pacto con el diablo para que le fuera concedido casarse con el condestable. Pierre de l’Estoile la acusa de “entregarse al diablo”, es decir, de practicar la brujería, algo que no era insólito en aquel tiempo en el que la superstición reinaba en la corte. Se creía que había sido poseedora de un talismán, un anillo con el que se procuraba el amor de cualquier hombre que deseara, y que era de ese modo como había atrapado a Montmorency.

Enrique de Montmorency

De haberse tratado de un crimen, los sospechosos son varios. Podría tratarse, en efecto, de un oscuro asunto en el que se hubiera mezclado con gente poco recomendable. Pero no hay que olvidar que para Gabriela su muerte seguramente supuso un enorme alivio. Incluso se podría mirar en dirección al esposo, que no ocultaba los celos que le inspiraba Biron. El condestable dio grandes muestras de dolor y desesperación y permaneció inconsolable durante algún tiempo tras su muerte, aunque no tardó en decidir casarse con una joven tía de Luisa que había vivido con el matrimonio. Ella fue precisamente la persona que encontró el cadáver y supuestamente se apoderó de aquel misterioso anillo. 

Es cierto que Enrique necesitaba una nueva madre para sus hijos, pero la elección resultó peculiar a todo el mundo. Además la boda se llevó a cabo con tal precipitación que ni siquiera esperó a que llegara la dispensa de Roma para fijar la fecha. La mujer no era hermosa ni poseía una fortuna, pero puso gran empeño en engatusar al anciano, y no es descartable que sus aspiraciones hubieran nacido en vida de Luisa, que se convertiría así en un obstáculo a eliminar.

Mientras tanto surgía la leyenda en torno a Luisa de Budos. Saint-Simon recoge una tradición de la Casa de Condé, según la cual su fantasma aparecía en la ventana de la sala de armas del castillo de Chantilly, vestida con las ropas de su época, cada vez que iba a morir el primogénito de la familia Montmorency o Borbón-Condé. Poco antes de fallecer el príncipe de Conti en 1685, dos testigos afirmaron haberla visto. Días más tarde Luis Armando sucumbía a la viruela que su esposa le había contagiado. 

El fantasma de Luisa debió de ser especialmente popular durante el reinado de Luis XIV, puesto que Madame de Sévigné también se hace eco de sus apariciones.



sábado, 17 de enero de 2015

Las casas en la antigua Grecia


Según la leyenda, las chozas que constituyeron los primeros hogares griegos fueron inventadas por Pelasgo, origen de la tribu pelasga de Arcadia. Lamentablemente no contamos con datos suficientes para hacernos una idea cabal acerca de las características de estas viviendas primitivas.

Lo que podemos conocer mejor, gracias a las descripciones de Homero y a otros testimonios como el de Pausanias, es la disposición de las residencias de las antigas familias reales griegas. El palacio real estaba dividido en tres partes, igual que las casas más importantes, edificios que en aquel tiempo estaban diseminados por toda Grecia, y que variaban en función de la riqueza y posibilidades de sus propietarios. Una de las tres zonas estaba destinada a las relaciones sociales. Tenía un patio en cuyo centro se erguía una estatua de Zeus y al cual se accedía desde la calle a través de una puerta de dos hojas. Alrededor había dependencias destinadas a almacenes y talleres, así como habitaciones para los servidores masculinos y establos para caballos y ganado, aunque el ganado también podía guardarse en granjas separadas.

Frente a la puerta del patio se encontraba la fachada, con un pórtico cubierto de gran tamaño y que era a veces utilizado para celebrar asambleas. Al atravesarlo se entraba en una especie de vestíbulo. Era en este lugar donde se disponían los lechos de los invitados que se quedaban a pasar la noche.


El recinto era oscuro: la luz entraba a través de ventanas laterales o bien de una abertura en el techo que servía al mismo tiempo para que saliera el humo. 

La vivienda contaba con una sala para los hombres que era la pieza principal del palacio. Había, además, habitaciones para las mujeres, la conyugal o tálamo, el arsenal y la tesorería. El hogar sobre el que cocinaban se encontraba cerca de la pared trasera. El suelo era de piedra, tal vez policromado, y los muros se recubrían de grandes trozos de metal pulido.

La tercera de las divisiones del palacio estaba dedicada al círculo familiar más íntimo. A través de un pequeño corredor se accedía a las habitaciones, la mayor de las cuales era una sala en la planta baja, exclusiva de las mujeres y sus sirvientas. 

Sobre el resto de las residencias no contamos con demasiados testimonios, pero sabemos que, al igual que en el caso de los palacios homéricos, tenían como característica un patio rodeado por columnas y que constituye el centro en torno al cual se agrupan las restantes partes de la casa. Pero, naturalmente, las casas eran mucho más pequeñas y modestas que dichos palacios. Los griegos preferían dotar de todo lujo y esplendor a templos y edificios públicos en lugar de volcarse en sus propias viviendas, y hasta la época macedónica no se pusieron de moda las casas lujosas.

Según Vitrubio, al entrar se accedía a un pasadizo estrecho que correspondería a uno de nuestros pasillos y a cuyos lados había habitaciones destinadas a fines domésticos. A través del pasadizo se llegaba al peristilo, el patio abierto rodeado de columnas por tres lados. En el lado sur del peristilo había dos pilares que soportaban una viga y formaban la entrada a una sala abierta que servía para reuniones familiares en ofrendas religiosas y comidas. Por eso el fuego del hogar, el lugar sagrado de la casa, dedicado a Hestia, estaba con toda probabilidad situado allí. 


En un principio se cocinó sobre ese fuego, pero después se hizo necesaria una cocina aparte. Sin embargo, a pesar de esa evolución el hogar, convertido en altar, iba a seguir ocupando una posición central en la casa, y sobre él se continuarían celebrando diversos acontecimientos de la vida doméstica que implicaban actos religiosos. Se adoraba a Hestia cuando había un cambio importante en la familia, como podía ser un viaje, o una recepción incluso de esclavos, los cuales siempre tomaban parte en el culto doméstico a la diosa. Otras ocasiones eran los nacimientos, dar el nombre, las bodas o los fallecimientos. Al mismo tiempo este altar era un refugio sagrado: un esclavo podía acogerse a él para escapar al castigo, e incluso personas desconocidas o enemigos hallaban protección allí. Para adorar a la divinidad se reunían todos los miembros de la familia con sus esclavos y con los visitantes, fueran conocidos o extraños.

Continuando con la descripción de Vitrubio, “avanzando hacia el interior hay habitaciones grandes, donde la señora de la casa se sienta con las doncellas en sus sillas. A la derecha e izquierda de la sala están los dormitorios, uno de los cuales se llama tálamo, los otros anfitálamos. Alrededor de todo el patio, debajo de las columnatas, hay habitaciones con fines domésticos, como comedores, dormitorios y habitaciones pequeñas para la servidumbre. Esta parte de la casa se llama ginaiconitis”, es decir, el gineceo, las dependencias de las mujeres, opuestas a la andronitis o dependencias masculinas.

Los santuarios de las deidades conyugales se colocaban en el tálamo. Además solía haber un altar en el patio, visible desde todas partes y dedicado a Zeus, protector de la familia.


Las paredes de las habitaciones solían pintarse en un solo tono, y colgaban de ellas tapices coloridos de cuya elaboración se ocupaban las mujeres de la casa. Durante el periodo helenístico, si el propietario era rico, destacaban por el empleo de mármoles, los pisos de mosaico con escenas diversas y paredes enyesadas.

El aumento del lujo hizo que se ampliara el espacio que ocupaban las residencias de los ciudadanos más acaudalados. Los edificios comenzaron a extenderse hacia la parte trasera con un segundo patio y otras habitaciones. El espacio que se ganaba era el destinado al círculo familiar más estrecho, y el resto se dedicaba a relaciones sociales.

No existía, sin embargo, un único modelo de casa. Todo dependía de la naturaleza de la región, de las necesidades familiares y de muchos factores. Se conserva un ejemplo en la isla de Delos. Ofrece la particularidad de contar con un depósito de agua, por lo que se pensó que podría tratarse de un baño público, pero las dimensiones del edificio lo hacen altamente improbable. Parece más bien que para los antiguos griegos era importante que sus casas contaran con depósitos. Incluso tenían un baño en el que disponían de un lavamanos sobre su soporte y una bañera de barro que llevaba un sistema de drenaje.



lunes, 12 de enero de 2015

Los personajes de La Corte del Diablo


Durante el otoño de 1570 Francia celebra la boda de su rey con la hija del emperador. París es un polvorín a punto de estallar. Las guerras de religión han dejado el reino devastado, y la paz alcanzada pende de un hilo. No existe acuerdo capaz de aplacar el odio engendrado por esas luchas fratricidas. 

Sobre ese caos trata de reinar el joven Carlos IX, un ser desequilibrado, celoso de los triunfos de su hermano Anjou, al que detesta profundamente; una criatura salvaje y atormentada, pero en cuyo interior late un ideal que no acierta a imponer; un rey que no consigue arrebatarle a su madre las riendas del poder que ella aferró cuando aún era un niño, y que ahora se resiste a soltar.

Junto a él, el brillante duque de Anjou, Monsieur, el favorito de Catalina de Médicis. Hermoso, inteligente, el futuro rey de Francia y de Polonia todo lo hace bien, sea bailar o dirigir un ejército… Pero muestra la misma falta de escrúpulos que caracteriza a su madre. Monsieur es ambiguo, masculino o femenino, según sople el viento de su capricho. Llegará un tiempo, cuando él sea rey, en que se rodeará de sus mignons, por los que mostrará preferencia; pero por el momento Anjou se inclina por las mujeres, y entre ellas su hermana, la futura reina Margot. Convive abiertamente con Mademoiselle de Châteauneuf, a la que no es fiel y, en suma, en esta época “generalmente le toca ser hombre”, como dice otro de los personajes. Monsieur siempre está de acuerdo con su madre… Excepto en un asunto que le traerá de cabeza...


A petición de Ediciones Áltera, he escrito algunas consideraciones acerca de los personajes que protagonizan mi novela, La Corte del Diablo. Podrán continuar leyendo sobre los demás miembros de la familia en el propio blog de la editorial.



Recuerden que estará en las librerías a partir del día 27.


viernes, 9 de enero de 2015

Los arcos de triunfo romanos

Arco de Constantino

En la antigua Roma existía la costumbre de celebrar con desfiles los acontecimientos felices, lo que pronto llevó a colocar puertas triunfales para que la procesión pasara a su través. Además de decorar las puertas de la ciudad para la ocasión, solían erigir otras de carácter ornamental, y que son lo que conocemos como los arcos de triunfo. Se trata de estructuras arquitectónicas esencialmente romanas, si bien podría encontrarse una especie de antecedente en las dos columnas que los griegos erigían en los santuarios a modo de monumento conmemorativo.

Aunque la mayoría de estos arcos se construyeron durante el Imperio, en realidad se remontan a la época de la República. El primero conocido data del siglo II a. C., y fue erigido por L. Sertinius en el Foro Boario para conmemorar sus campañas. Otro de los más antiguos fue el de Escipión el Africano.

Podían ser una forma de honrar a los gobernantes, de conmemorar un acontecimiento importante o bien la recompensa de cualquier mérito: la construcción de una vía, la restauración de un puerto o el reconocimiento a una determinada familia. Sin embargo, en la mayoría de los casos estaban destinados a celebrar la entrada triunfal de un general al frente de su ejército, con sus prisioneros de guerra y el botín capturado. Pero estos arcos no deben ser confundidos con la Porta Triumphalis, la puerta abierta en las murallas por la que tenía que pasar el general victorioso para entrar en la ciudad.

Las construcciones se fueron complicando, pasando del ladrillo o la madera a la piedra y el mármol. Se trataba así de inmortalizar la fama del homenajeado con un material más sólido y duradero, haciendo que el monumento permaneciera como instrumento de propaganda que recordaba la grandeza de Roma. 

Arco de Septimio Severo

Los arcos pueden tener una abertura o tres, pero en ningún caso dos. Al principio los romanos colgaban de ellos armas tomadas al enemigo a modo de trofeos, y las decoraciones escultóricas que los adornan representan generalmente las procesiones que van a cruzarlos. 

Un ejemplo hermoso y sencillo es el arco de Tito en Roma. En el friso se aprecia una representación en bajorrelieve de un desfile de sacrificio. Según la inscripción, fue erigido en tiempos de Domiciano por el Senado y el pueblo, en memoria de Tito. En la Edad Media se construyó una torre de fortificación encima, pero fue restaurado en 1822.

Otro famoso arco es el de Constantino. Su propósito fue el de conmemorar la victoria de dicho emperador sobre Majencio, lo que tuvo como consecuencia el establecimiento del cristianismo como religión oficial del Estado.

Durante el siglo IV había 36 arcos triunfales en Roma, de los que hoy solo tres quedan en pie. Pero estas construcciones se erigieron también por todos los rincones del Imperio. En España se conserva el arco de Bará en Tarragona, el de Cáparra en Cáceres y el de Medinaceli en Soria.


martes, 6 de enero de 2015

"Catalina de Medici, una reina fría y despiadada"

Catalina de Médicis

"Es una de las protagonistas de La corte del diablo, la nueva novela de Montserrat Suáñez. Sobrina de Papa ―Clemente VIII―, madre de cinco reyes y reinas, Catalina de Medici controló la política francesa durante más de treinta años. Su figura es de las que levanta tanta admiración como odio. Es esta.

"Catalina María Rómula de Medici vio la primera luz en Florencia el 13 de abril de 1519. La muerte de sus padres ―Lorenzo de Medici y la francesa Madeleine de la Tour d’Auvergne― le condujo a la orfandad, aunque no tardó en rescatarla del mismo el Papa León X. El Pontífice se encargó de que diferentes parientes instruyeran a la pequeña Medici con las características propias de una refinada dama. El objetivo era claro: convertirla en una moneda de cambio en cualquier acuerdo matrimonial de los que se estilaban en la Europa del siglo XVI. Hasta que la familia Medici fue expulsada de Florencia en 1527. Entonces…"


El resto del artículo que Ediciones Áltera ha tenido la gentileza de dedicar a Catalina de Médicis con motivo del próximo lanzamiento de La Corte del Diablo lo encontrarán en este enlace: 




Les recuerdo que la novela estará disponible a partir del 27 de enero.


Montserrat Suáñez

jueves, 1 de enero de 2015

La muerte del Delfín Francisco


El rey Francisco I de Francia tenía tres hijos varones y creía perfectamente asegurada la sucesión en la persona de su primogénito, el Delfín Francisco, de quien se sentía muy orgulloso. No imaginaba que iba a perderlo trágicamente con tan solo 18 años de edad. Era el 10 de agosto de 1536, y sobre su muerte corrieron ríos de tinta. Aunque al parecer padecía de tuberculosis y lo más probable fue que se tratara de una pleuresía, las circunstancias contribuyeron a propalar rumores de envenenamiento. El joven Delfín, aunque de salud frágil, era aficionado a los ejercicios violentos, y tenía por costumbre no atender los consejos prudentes al respecto. Un día jugó un partido de pelota con el que se acaloró en exceso, y, empapado en sudor, quiso beber agua muy fría. Al cabo de unos pocos días, Francisco fallecía en Tournon-sur-Rhône.

Aunque aún soltero y sin descendencia, el Delfín tenía una amante, la bella Mademoiselle de L’Estrange, y algunas voces señalaban que en realidad había muerto tras una noche de excesos en el lecho de la hermosa dama. Ella, que comenzó a escuchar otros comentarios mucho más peligrosos, decidió poner tierra de por medio antes de que alguna acusación de envenenamiento acabara por recaer sobre ella.

El primer sospechoso, fue, naturalmente, el eterno enemigo de Francia: el emperador Carlos V. Los cortesanos acusaron al escudero del Delfín, el conde Sebastián Montecuccoli, de haberlo envenenado a instigación del emperador. El conde fue torturado y no se lo dejó estar hasta que acabó confesando cuanto deseaban que dijese. Afirmó que había sido comprado por Antonio de Leyva, general de Carlos V, y a medida que el tormento aumentaba en intensidad llegó a declarar que en realidad tenía el encargo de envenenar a toda la familia real. Pero el testimonio más demoledor fue el de los cirujanos reales, que dijeron haber encontrado arsénico en el cuerpo de Francisco. Además, también se halló convenientemente en los aposentos del conde un tratado sobre venenos. Después de eso poco importaba que los síntomas no coincidieran ni remotamente con los de un envenenamiento por arsénico, como observa Voltaire. Montecuccoli, una vez libre de la tortura, trató de retractarse, pero de nada sirvió. El 7 de octubre de 1536 era descuartizado vivo en Lyon por cuatro caballos, ante el rey y toda la corte, por un crimen que seguramente nunca se había cometido. Sus despojos fueron luego colgados en las cuatro puertas de la ciudad.



Voltaire también lamenta que algunos cronistas e historiadores se hicieran eco de los rumores sin detenerse en consideraciones que debieron haberse hecho previamente. Niega que los Delfines tuvieran copero en aquella época, por lo que Montecuccoli no podía serlo. Francisco se habría limitado a pedir la bebida al servidor que tuviera más cerca. Incluso aunque el italiano hubiera tenido tal cargo, resulta difícil aceptar como dogma de fe que anduviera con el veneno en el bolsillo a la espera de que se presentara una ocasión, y que realizaría personalmente la tarea de servirle el vaso en el que iba el arsénico que le haría caer fulminado. Tampoco resulta fácil de aceptar que el emperador adelantaría algo haciendo asesinar al mayor de los hijos del rey, puesto que Francisco I tenía otros dos varones que podían suceder a su hermano. Incluso en el caso tan fantástico de que se propusiera envenenar a toda la familia, extraño resultaba comenzar por el Delfín tan solo. Más extraño aún sería encontrar la manera de que Montecuccoli llegara hasta el rey, al que no servía a la mesa.

Con el tiempo comenzó a propagarse otra clase de rumor: comenzó a decirse que el Delfín, en efecto, había sido envenenado, pero esta vez las sospechas apuntaban hacia un lugar muy diferente: su propio hermano Enrique, que habría eliminado así el obstáculo que le impedía alcanzar un día la corona de Francia. Las relaciones entre Enrique y su padre eran deplorables, y a nadie se le ocultaba, razón por la cual se lanzaban sin temor a represalias toda clase de especulaciones que nunca favorecían al nuevo Delfín.

Más tarde aún, surgirían de nuevo los viejos rumores de envenenamiento, unas murmuraciones que apuntaban hacia un tercer blanco: Catalina de Médicis, la esposa de Enrique. Cuando ella, una vez viuda, comenzó a manejar los hilos del gobierno en nombre de su hijo, de pronto alguien recordó que Montecuccoli era un caballero de Ferrara que había llegado a Francia precisamente entre los miembros de su séquito. Súbitamente alguien cayó en la cuenta del interés de la reina por las ciencias ocultas y la medicina, lo que incluía conocimientos sobre todo tipo de venenos. Sus enemigos la acusaron de haber sido ella misma quien, con solo 17 años, conspiró para eliminar a Francisco a fin de satisfacer su ambición. No sería la única vez que parecidas sospechas salpicaran a Catalina, quien se labró notoria reputación, fundada o no, de eliminar sin escrúpulos y por cualquier medio a cualquiera que le estorbase en su camino.

Nunca podremos saber con certeza cómo murió el Delfín, pero seguramente ni la prueba más evidente de que se trató de una muerte natural lograría detener esa clase de rumores una vez desatados. El ser humano parece complacerse en ellos y hallarles un interés que sitúa por encima de la búsqueda de la verdad. Se trata, como concluye Voltaire, de “…ese placer insano que los hombres, y en especial los espíritus débiles, experimentan secretamente al hablar de suplicios, igual que al hablar de milagros y de sortilegios.”


lunes, 29 de diciembre de 2014

Entrevista sobre La Corte del Diablo



El blog de Ediciones Áltera se ocupa hoy de la novela y publica una entrevista con la autora:


Les recuerdo que está prevista su salida para el 27 de enero.

Muchas gracias, y aprovecho para desearles un feliz Año Nuevo. Nos veremos después de las fiestas.


Montserrat Suáñez


domingo, 14 de diciembre de 2014

Fernando VI


Fernando fue el cuarto hijo del rey Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Nació el 23 de septiembre de 1713 tras un parto que ofreció la peculiaridad de haber intervenido hombres en la atención debida a la reina, algo que en aquel tiempo era aún muy poco corriente.

El recién nacido fue puesto bajo los cuidados del doctor Legendre, que había llegado a España entre el séquito de Felipe. De su crianza se ocuparon sucesivamente ocho nodrizas, ninguna de las cuales parece haber durado mucho en su puesto. Cuando cumplió siete años, su educación pasó a estar en manos exclusivamente masculinas, siendo nombrado el conde de Salazar como gobernador de su casa.

María Luisa Gabriela fallecía al cabo de tan sólo cinco meses del nacimiento de su hijo, y al poco tiempo el rey volvía a casarse. La nueva reina, Isabel de Farnesio, velaba por los intereses de sus propios retoños, por lo que el niño no pudo encontrar en ella una segunda madre.

En 1724 Felipe V abdicó en su hijo mayor, Luis, que fallecía sin descendencia meses después, a consecuencia de la viruela. Lo lógico era que el sucesor hubiera sido entonces Fernando, pero Isabel Farnesio maniobró para que su esposo recuperara el trono, logrando imponer su voluntad sobre aquel amplio sector que consideraba que una abdicación era irrevocable. Poco después Fernando era proclamado Príncipe de Asturias.

Bárbara de Braganza

Tenía tan sólo once años cuando comenzaron a buscarle esposa. La elegida fue Bárbara de Braganza, hija del rey de Portugal y dos años mayor que él, pero pronto surgió el primer problema al procederse al habitual intercambio de retratos entre los prometidos. Cuando el enviado español quiso obtener el de Bárbara, se le ofrecieron toda clase de pretextos para no entregarlo. El embajador, intrigado por unas evasivas y demoras que no resultaban naturales, indagó la causa, y no tardó en escribir a Madrid contando la resolución del misterio: “La cara de la señora infanta ha quedado muy maltratada después de unas viruelas, y tanto que afírmase haber dicho su padre que sólo sentía hubiese de salir del reino cosa tan fea”. Más adelante ofrece detalles mucho más demoledores: “He sabido que desde hace algún tiempo se le vienen aplicando a su alteza ciertos remedios por si fuera posible igualar los hoyos de la cara y hacer remitir el humor que destila por los ojos a causa de la cruel enfermedad, con lo que hasta concluida la curación no quieren los reyes permitir la vista de su hija”.

Finalmente el embajador se hizo con un retrato, pero, al parecer, muy poco realista, según advierte él mismo: “No está nada semejante, porque además de encubrir las señales de la viruela se han favorecido considerablemente los ojos, la nariz y la boca, facciones harto defectuosas”.

Fernando debió de encontrar decepcionante incluso el retrato que había pretendido ser halagador, porque cuando lo recibió, lo guardó en sus aposentos y nunca quiso mostrárselo a nadie en los tres años que tardaría en celebrarse la boda.

La primera entrevista entre los prometidos tuvo lugar en Caya. Fernando iba preparado para encontrar una jovencita fea, pero no tanto. Según el embajador inglés, “la infanta, aunque estaba cubierta de perlas y diamantes, desagradó al príncipe, que pese a sus prevenciones la miraba como no dando crédito a lo que veía. Claro que si bien la desposada es un verdadero adefesio, este defecto se halla compensado por su conocimiento de seis lenguas”.

Fernando VI

Y, ciertamente, una de las virtudes de la novia era su esmerada cultura. Bárbara era, además, muy aficionada a la música, pasión que compartiría con su esposo, y estaba dotada de un carácter tan agradable que no le costaba esfuerzo hacerse querer por quienes la rodeaban. Fernando, a pesar de esta primera impresión penosa, no iba a ser precisamente la excepción. Como escribió un contemporáneo, “era tal la bondad de la reina, que la hacía resplandecer como hermosísima”. Aunque, eso sí, también hay que anotar que era muy avara, y que la obsesión por quedarse en la miseria si perdía a su marido la impulsaba a acumular dinero sin medida.

Ambos contrajeron matrimonio en la catedral de Badajoz. Isabel de Farnesio no estaba inquieta por las consecuencias que este enlace pudiera traer para su propio hijo, puesto que sabía perfectamente que no saldría de allí descendencia alguna que pudiera hacerle sombra. Se conserva un informe enviado a París en el que se lee lo siguiente acerca del novio:

“Aunque por su gran juventud se encuentran en él los movimientos necesarios para contentar a una mujer, sin embargo le falta naturalmente lo que por artificio se quita en Italia a los que se quiere hacer entrar en la música, de manera que el príncipe tenía muchos fuegos, pero no producía ninguna llama ni resultado alguno propio de la generación”.

En 1746, a la muerte de su padre, Fernando alcanza la corona. Mantuvo buenas relaciones con sus hermanastros y permitió que su madrastra se quedara en la corte, pese a lo mal que Isabel se había portado con él y con su esposa mientras vivió el rey Felipe. Continuar teniéndola cerca era una fuente de continua perturbación, dado que Isabel aspiraba a manejarlo todo. 

Isabel de Farnesio

Bárbara, mientras tanto, era feliz al lado de su esposo, y su única pena era la de no poder darle un heredero. Sabía que por ello no podría ser enterrada en El Escorial, de modo que fundó el convento de las salesas reales para que sus restos descansaran allí junto a los de Fernando. No fue, sin embargo, una buena idea, porque, a pesar de ser muy querida por el pueblo, en esta ocasión apareció un pasquín en la puerta de la iglesia:

Bárbaro edificio.
Bárbara renta.
Bárbaro gasto.
Bárbara reina.

Bárbara de Braganza moría el 27 de agosto de 1758, una pérdida que causó profunda depresión en su esposo, ya de por sí muy inclinado a la melancolía. 

Cuentan que Fernando no mudó de ropa durante un año, y que no se acostó en una cama, limitándose a dormir en su butaca. Se encerró en el castillo de Villaviciosa; se negaba a hablar o a ocuparse de los asuntos de Estado. Le daban ataques de locura que lo impulsaban a arrojar vasos y platos a la cabeza de sus servidores y a tratar de estrangularse con sus sábanas o servilletas. Perdía la memoria, gritaba y suplicaba a los presentes que le dieran ideas, porque “decía que no tenía pensamientos y que era forzoso morir por falta de ellos”. Además se esforzaba por no evacuar, y para ello utilizaba como tapón los pomos puntiagudos de las sillas de su cuarto, sobre los cuales se sentaba. En esa posición podía pasar hasta 18 horas. Como mordía los vasos, fue preciso sustituir los de cristal por otros de plata, que también mordisqueaba. Había que vigilar que no se lesionara, porque quería suicidarse y pedía que le dieran veneno. Cuando cayó agotado en cama, se hacía encima sus necesidades y las arrojaba a cualquier servidor que se acercara. 

Al cabo de un año, también él descansaba al fin en paz.