domingo, 7 de febrero de 2016

María de Médicis: los años de Florencia (I)


María de Médicis tuvo una infancia triste. Educada en el palacio Pitti de Florencia entre las obras de arte acumuladas por su familia, era una niña de corta edad cuando perdió a su madre, Juana de Habsburgo, la menor de las hijas del emperador Fernando. Su año de nacimiento ha sido objeto de debate. Se han propuesto fechas muy diversas, pero lo más probable es que el acontecimiento tuviera lugar en 1573, dato proporcionado por los archivos de Florencia. Otras fuentes, sin embargo, lo sitúan dos años más tarde. En su momento incluso el sexo de la criatura fue motivo de equívoco, llevando al pueblo a dar grandes muestras de júbilo al creer que se trataba de un varón. Fue una gran decepción constatar el error, especialmente para el padre, que ya lo era de cinco niñas y buscaba desesperadamente un heredero. Juana lo lograría más tarde, pero su hijo no iba a vivir muchos años.

El padre de María era Francisco I de Médicis, que por esas fechas sucedía a Cosme como gran duque de Toscana. Francisco era un hombre vigoroso, violento, dotado de cualidades intelectuales y gustos refinados; pero también era egoísta, vanidoso, cruel y entregado por completo a sus pasiones, que era incapaz de moderar. Su escandalosa relación con la veneciana Bianca Capello había sido la comidilla de toda Italia y de los embajadores extranjeros desde hacía tiempo, y ahora el gran duque se casaba con ella apenas dos meses después de enviudar.

Francisco I de Médicis

Bianca también estaba casada cuando conoció a Francisco. Tenía 15 años cuando contrajo aquel primer matrimonio con el caballero florentino Pietro Bonaventura, con el que se fugó del hogar paterno. Pero el duque la sedujo, compró al marido con un buen puesto y a ella le regaló un palacio junto al suyo para poder tenerla siempre cerca. Pietro moría asesinado en la calle en 1572, y no fueron pocos los que sospecharon que era Francisco quien se ocultaba tras la mano asesina.

Al casarse con Bianca, dejó a sus hijos en el palacio Pitti y se retiró a Pratolino con su flamante esposa. Esta unión causaba gran mortificación a María, y no solo por el abandono y la soledad que supuso para ella. Más tarde confesaría que al ver a la viuda de un burgués de Florencia ocupar el lugar de su madre, “no soportaba la humillación causada por unos amores ilícitos”. 

De esos años María solo guardaba recuerdos dolorosos. Los peligros la asaltaban en los momentos más inesperados. Por tres veces entró el rayo en su alcoba, la primera vez haciendo añicos la ventana, la segunda hiriendo a su servidora y la tercera quemando las cortinas del lecho. Otras tres veces el palacio tembló con los terremotos que sacudieron Florencia. Un día, paseando a la orilla del mar cerca de Pisa, una ola estuvo a punto de engullirla.

Palacio Pitti, Florencia

Las desgracias se sucedían en su vida. En 1583 perdía a su único hermano, y al año siguiente también a su hermana Ana, al tiempo que la mayor, Leonor, partía para casarse con el duque de Mantua. Sus otras hermanas habían muerto en la infancia, antes de que pudiera conocerlas, y ahora se quedaba sola en aquel palacio en el que la etiqueta la condenaba a permanecer encerrada casi todo el tiempo. No quedaba nadie de los suyos que la amara y en quien ella pudiera depositar su confianza, de modo que, al verla sola, sus servidores tuvieron la idea de procurarle la compañía de otra niña. La propuesta fue aprobada por el duque, y así fue como llegó a su lado Leonora Dori, posteriormente conocida como Leonora Galigai. 

De oscuros orígenes y tres años más joven que María, no era bonita, pero sí muy inteligente y dotada de un carácter sumamente alegre. Las dos niñas se entendieron bien desde un principio. Leonora era complaciente, siempre dispuesta a cumplir la voluntad de su ama y a entretenerla. Nada tiene de extraño que María, en su soledad, tomara tanto afecto a esta compañía a la que se aferró con fuerza.

El padre de María había confiado su educación a la señora Orsini, una romana rígida y severa que apenas le permitía ver a nadie y velaba para que su pupila nada supiera de cuestiones políticas. Durante sus estudios se le puso por compañero a Antonio, hijo de Bianca y el duque, nacido antes del matrimonio. Algunas fuentes afirman que en realidad Antonio fue adoptado por ambos, y otras que ella fingió un embarazo ante el afán del duque por ser padre de un varón, ya que con su esposa solo tenía hijas. Esta versión fue animada por el cardenal Fernando, hermano de Francisco y llamado a ser su sucesor en caso de no dejar el duque descendencia legítima. 

Bianca Capello y Antonio

El gran duque moría en 1587, y apenas unas horas después Bianca le seguía al sepulcro, una misteriosa doble muerte que suscitaba muchas sospechas en Florencia. Ambos habían enfermado al mismo tiempo tras cenar después de una jornada de caza, atacados por fuertes dolores abdominales y unas repentinas fiebres a las que sucumbieron al cabo de unos días. En el año 2006 un grupo de profesores y forenses de las Universidades de Florencia y Pavía realizó un estudio que demuestra que existía una elevada presencia de arsénico en los restos de Bianca y el duque. El informe concluye que fueron envenenados. 

El principal sospechoso es Fernando. Antonio no fue aceptado como heredero debido a las irregularidades de su nacimiento, que su tío supo aprovechar muy bien. Fernando se convirtió en el sucesor, y de este modo renunciaba a su capelo. Fue él quien, para acallar los rumores, ordenó una autopsia cuyo resultado indicó convenientemente que ambos habían muerto de “malaria perniciosa”.



sábado, 30 de enero de 2016

Mujeres de la Ilustración: Madame du Deffand


«Mme du Deffand es junto con Voltaire, en la prosa, el estilo clásico más puro de esta época, sin exceptuar a ninguno de los grandes escritores.» 
Saint-Beuve


Marie de Vichy Chamrond, marquesa du Deffand, nació en 1697 en el seno de una familia aristocrática, aunque con escasos recursos económicos. Su padre, el conde de Vichy, tenía sus dominios en Borgoña. Poco es lo que sabemos acerca de él y su esposa, al igual que sobre los restantes parientes de Marie, aunque conocemos a una tía contrahecha y muy inteligente que, contrariamente a las costumbres de la época, ni se había casado ni ingresado en un convento.

La niña fue enviada al convento de la Madeleine de Trénel, en París, donde recibió una pobre instrucción debido al escaso interés que ponía en el aprendizaje y en la resistencia que siempre prestó a la rutina. Ella misma escribe: “Apenas tenía diez años cuando comencé a no entender nada”.

Era aún muy joven cuando alarmó a las monjas y a su propia familia con su falta de fe. Su confesor discutía con ella, pero Marie era más inteligente y siempre encontraba argumentos con los que derrotar al sacerdote. Ante la alarma de la abadesa, su familia envió al gran predicador Massillon para convertir a la hereje, pero tampoco este lograría ningún resultado. Nadie lo conseguiría nunca. Madame du Deffand sería célebre por su ingenio mordaz y por ese escepticismo que siempre la caracterizó. Uno de sus más famosos comentarios fue aquel que hizo sobre el relato del decapitado San Dionisio caminando seis kilómetros con la cabeza entre las manos:

—Lo que cuesta es dar el primer paso.


Cuando terminó su instrucción regresó al campo, algo que le resultaba sumamente aburrido. No apreciaba la naturaleza; prefería encontrarse en sociedad, recibiendo elogios a su talento y belleza. Cuando tenía 21 años su familia decidió casarla con el coronel marqués du Deffand de la Lande. Marie no sentía la menor inclinación por él, pero el matrimonio le pareció la mejor forma de escapar al aburrimiento y monotonía de sus días, de modo que no se opuso a un arreglo que había sido hecho sin consultarle.

Pero, ¡ay!, Marie pronto comenzó a encontrar al marido al menos tan aburrido como el campo. Eso fue suficiente para que lo abandonara apenas cuatro años después de la boda. A partir de ese momento vivió en París, totalmente entregada a sus placeres y se diría que encantada con el escándalo que había provocado con su separación. Pero ella nunca mencionaba ese asunto, del que solo se hablaba a sus espaldas.

La marquesa era muy joven, bonita, atrevida e imprudente, y estaba sola, lo que alentaba a todos los galanes de la corte disipada del Regente, de quien Horace Walpole afirma que durante algún tiempo Marie fue su amante. 

Todo París continuaba a sus pies cuando se retiró al Château de la Rivière, en Bourdet, donde comenzó a dar sus famosas cenas, pero pronto se cansó también y decidió reconciliarse con su esposo. Durante seis semanas ambos vivieron como buenos amigos, pero al cabo de ese tiempo, “Madame, a su extremo de la mesa, siempre parecía triste y distraída; miraba por la ventana y suspiraba; respondía a los bienintencionados esfuerzos de marqués por mantener una conversación con delicada melancolía; al día siguiente aparecía aún más ausente; francamente aburrida al tercero; un poco llorosa al cuarto, y al final tan desesperadamente desdichada que el marqués, como caballero que era, lo único que podía hacer era regresar con su padre”. No discutieron. ¡Pelearse era tan burgués! Todo se resolvió con tacto, perfecta educación y autocontrol, poniendo así la guinda a un episodio que hizo reír a todo París.

Château de la Rivière

Para consolarse de su soledad, la marquesa frecuentaba el hogar de la duquesa de Maine en Sceaux, al que también acudía Voltaire. Allí conoció al presidente Hénault, con quien comenzó una relación.

Se cansó también de Sceaux, como de todo lo demás. Marie decidió que no quería limitarse a adornar el salón de otra persona; era lo bastante brillante para mantener uno propio, y además ya antes había ofrecido unas cuantas cenas en su casa de la rue de Beaune, unas veladas a las que había asistido Madame du Châtelet. El éxito obtenido había desatado su ambición, de modo que buscó alojamiento en la rue St Dominique, en el convento de San José. Sus apartamentos, sin embargo, no tenían nada de conventuales. De hecho, ocupaba la habitación que una vez había alojado a Madame de Montespan, y allí comenzó esas “cenas de los lunes” que causaron furor.

Cuando su esposo falleció, ella acudió a despedirse de él como de un viejo amigo; pero pronto olvidó cualquier duelo y se sumió de nuevo en la vorágine de la vida social. Hasta que un día, súbitamente, abandonó sus tertulias y reuniones y dejó París para acudir a refugiarse en la casa de campo de su hermano. Voltaire la persiguió con sus madrigales y sus amigos con mil peticiones para que regresara, pero ella todas las ignoraba. Una desgracia comenzaba a abatirla: debía enfrentarse al hecho de que, a sus 55 años, se estaba quedando ciega.

En casa de su hermano conoció a Julie de Lespinasse, la institutriz de sus hijos, una joven sin fortuna pero dotada de viva inteligencia. Ambas estaban destinadas a entenderse. A medida que perdía la vista, la marquesa necesitaba más de una persona que pudiera permanecer a su lado como dama de compañía, y Julie le pareció perfecta para este cometido.


Marie regresó a París y reanudó sus tertulias. Durante diez años Julie permaneció a su lado, ayudándola en su tarea de anfitriona a recibir a lo más granado de la sociedad de su época. Pero un día la marquesa descubrió que la mujer a la que empleaba a su servicio había abierto un salón rival en sus propios apartamentos, y que recibía en ellos a hora más temprana. La discusión que produjo este descubrimiento fue tormentosa. Julie amenazó incluso con envenenarse, y de hecho ingirió una pequeña cantidad de veneno, suficiente para sentirse indispuesta y asustar a quienes la rodeaban. Después ambas se separaron, llevándose Mademoiselle de Lespinasse consigo a la mitad de los asiduos de la marquesa, y en especial a D’Alembert.

Pero Marie no iba a rendirse. A una edad que comenzaba a ser avanzada, ciega y traicionada por algunos de sus mejores amigos, continuó reuniendo a muchos nombres importantes en su salón. Allí estaba el elegante Horace Walpole con su fluido mal francés y su gran sentido del humor; Hérault, ingenioso, aunque muy sordo; las duquesas de Choiseul y Luxemburgo y una docena de celebridades. Allí se elevaban al grado de perfección los buenos modales, el ingenio, el tacto y la delicadeza. Desde su sillón, la marquesa continuaba dirigiendo la conversación con la misma gracia de antaño. Ahora apenas salía de casa durante el día, porque no se levantaba antes de las seis de la tarde; en cambio, de noche siempre estaba en alguna fiesta, o acudía al teatro, a la ópera o a Versalles. Por las mañanas, antes de acostarse, un viejo soldado venía a leerle en voz alta. Marie mantenía a su secretario, Wiart, muy ocupado escribiendo las innumerables cartas que le dictaba para Walpole cuando este se encontraba en Inglaterra, unos mensajes cándidos e impulsivos como era ella. El inglés era veinte años más joven, pero Madame du Deffand lo amó mucho. Fue el único amor de su vida que resultó duradero.

“Puede que este cariño me ponga en ridículo; pero ¿qué me importa? ¿Qué me ha importado nunca eso?” 

Y cuando él respondía con enorme prudencia, ella le reprochaba cariñosamente: “¡Sois un hombre de piedra, de hielo, en una palabra, un inglés!”… “¿Podéis ignorar? …Pero me callo”.

Aunque no conseguía guardar silencio por más de unos cuantos días.

Horace Walpole

A medida que envejecía, ese aburrimiento que siempre había sido su enemigo la atacaba con más fuerza. Los libros ya no la entretenían; sus viejos amigos habían muerto en su mayoría. Cuando le dijeron que también Julie de Lespinasse había fallecido, comentó:

—Si hubiera muerto dieciséis años antes, yo no habría perdido a D’Alembert.

Ya tan solo le quedaba sentarse sobre las ruinas del ayer, recordar los viejos tiempos que añoraba. En julio y agosto de 1780 se quejó de sentirse más débil que de costumbre. El 22 de agosto escribía en una carta a Walpole: “Ya no tengo ni siquiera suficientes fuerzas para temer a la muerte; y no lamento nada excepto que no volveré a veros”.

Desde ese día no volvió a levantarse de la cama. Su antecámara se llenaba con aquellos personajes que habían visitado asiduamente su salón, y un poco antes de morir la marquesa oyó llorar a su secretario junto a su lecho.

—¿Me queréis, entonces? —preguntó, y su voz denotaba genuina sorpresa.

Poco después se sumía en un letargo del que ya no despertó. Dejaba a su perro Tonton al cuidado de su amado Walpole, al que también confió sus papeles, esa correspondencia que tan bien representa el espíritu de la Ilustración.


lunes, 25 de enero de 2016

Los dioses animales en el antiguo Egipto


“Egipto no abunda mucho en animales, pero los que hay, sean o no domésticos o mascotas, gozan de las prerrogativas de cosas sagradas.
"¡Desdichado del egipcio que mate alguna de estas bestias!… ¡Ay del que matare alguna ibis o algún gavilán! Sea intencionado, sea por azar, es preciso que muera por ello”.
Herodoto

Los dioses en forma de animal representaban una parte importante de la religión en el antiguo Egipto. Durante el periodo predinástico los egipcios adoraban a los dioses principalmente bajo esta forma. Algunas especies se asociaban como símbolo a determinadas divinidades, pero los egipcios no adoraban al animal en sí, sino que lo consideraban tan solo una manifestación del dios en la tierra. Podía tratarse de especies temidas y con poco contacto con el hombre, como el león, el chacal o el cocodrilo, pero también especies cuya utilidad las hacía muy valiosas, como la vaca, el gato o el asno consagrado al dios Seth. Así el halcón simbolizaba a Horus, y el gato a Bastet; el escarabajo a Khepri, el toro a Apis, el babuino a Thot y el cocodrilo a Sobek. Las formas animales que adoptaban los dioses no eran siempre las mismas. Anubis, por ejemplo, a menudo se representa como chacal, pero también podía tener forma de halcón o de serpiente.

Durante la primera y segunda dinastías, al desarrollarse la sociedad egipcia, las divinidades comenzaron a representarse también con forma humana, e incluso llegaron a crearse teriántropos, es decir, una mezcla con cuerpo humano y cabeza animal.

Con el tiempo, algunos animales consagrados a los dioses se criaron en granjas, destinados específicamente a ser sacrificados y momificados. Después se vendían a las personas que hacían peregrinajes a los templos. El comprador lo presentaba al dios como ofrenda votiva, en la esperanza de que de ese modo sus plegarias serían escuchadas, pues el espíritu del animal muerto llevaría el mensaje a la divinidad. Pero a veces se vendían falsificaciones ante la dificultad que entrañaba criar en cautiverio suficientes animales de determinadas especies, como por ejemplo halcones. En ocasiones el incauto peregrino no hubiera encontrado más que un montón de trapos y palos bajo las vendas en lugar del animal momificado que había pagado.

Estas momias ofrenda se enterraban después en enormes cementerios, a menudo en tumbas comunales. Los ibis y babuinos de Thot alcanzaron un número cercano al millón en Saqqara. En el de Bubastis, dedicado a la diosa Bastet, se calcula que había unas 300.000 momias de gatos. De hecho, se momificaban tantos gatos que a finales del siglo XIX una compañía británica compró un cargamento de 17.000 kilos, para después pulverizar las momias y emplearlas como fertilizantes. 

Algunos animales eran considerados como la reencarnación de la divinidad a la que representaban. Los egipcios pensaban que Horus podía habitar dentro del cuerpo de un determinado halcón, o Thot encontrarse en un babuino en concreto, y entonces el animal se convertía en el Ba, y era adorado como dios. Durante el periodo ptolemaico, cualquier animal en el que se creía que residía el espíritu divino era alojado con todo lujo en los templos. Los sacerdotes se ponían máscaras de animales y hablaban por su boca, expresando mediante el oráculo los deseos de los dioses según su interpretación.

El creyente tenía diversas formas de saber qué animal estaba habitado por un dios. Durante la ceremonia para determinar cuál era el que le representaba, la estatua de culto que transportaban los sacerdotes parecería inclinarse hacia un determinado animal. Cada año se elegía una nueva manifestación viviente del dios y se instalaba dentro del recinto del templo con gran pompa y ceremonia. Algunos, como Apis, se elegían por cierta marca especial o característica física que los distinguiera del resto. Eran seleccionados durante una búsqueda exhaustiva que comenzaba cuando moría el anterior buey, y trasladados al templo, donde residirían durante el resto de su vida entre grandes honores, al cuidado de los sacerdotes. Cuando el buey moría, todo Egipto mostraba su duelo durante setenta días. Después el animal se momificaba y se depositaba en una tumba propia de reyes. A veces el animal se elegía atendiendo a determinadas características, como el temor que inspiraba, o si era excepcional o no encontrarlo en esa zona. El tema parece ser tan complejo que los egiptólogos no han descubierto de qué manera era elegido exactamente cada uno de ellos.


El culto a las divinidades animales era local. En una provincia podía adorarse a un dios gato y en otra a un buey. A fines del periodo predinástico cada distrito usaba como distintivo una representación de su dios principal colocada sobre una vara. Sin embargo, llgunas de las divinidades de este periodo no solo sobrevivieron, sino que su culto se extendió ampliamente, alcanzando gran importancia a nivel nacional y no simplemente local. Por razones políticas, un dios local podía ser elevado a divinidad estatal, una posición que a veces era temporal y otras permanente.



Hoy sale a la venta el tercer volumen de Mujeres en la historia, dedicado a la Ilustración. Con tal motivo, M.A.R. Editor publica hoy una entrevista con Montserrat Suáñez, editora literaria de la obra, y un poema de Mary Chudleigh. Lo encontrarán todo en este enlace:




miércoles, 20 de enero de 2016

Preventa en Amazon y Casa del Libro


Mientras aguardamos al 25 de enero, fecha del lanzamiento, MUJERES EN LA HISTORIA 3 está ya en preventa en AMAZON y CASA DEL LIBRO. Además la editorial acaba de entregar las muestras comerciales a su distribuidor en AMÉRICA, Panoplia Export, por lo que las personas interesadas al otro lado del charco pronto podrán consultar en sus librerías la posibilidad de conseguir un ejemplar. De todos modos la antología aparecerá en breve en la web de la editorial, desde donde la envían a todas partes.


Espero que pronto veamos la segunda edición de este volumen, como ocurrió con otras anteriores antologías de M.A.R. Editor en las que he participado:

Segunda edición de volumen anterior

También segunda edición de mi incursión en el género negro


Muchas gracias a todas las personas que se están interesando por el proyecto. 


domingo, 17 de enero de 2016

Leonor de Aquitania y Bernard de Ventadour


Bernard de Ventadour (o Ventadorn) fue el más célebre de los trovadores del siglo XII. Era hijo de un soldado, o según algunas fuentes de un panadero, y de una sirvienta de cocina del castillo de Ventadour, en el Limousin. El dueño del castillo, Eble III de Ventadour, era poeta y vivía rodeado de una corte de músicos y artistas. Pronto se dio cuenta de que el joven era inteligente y derrochaba talento, por lo que decidió procurarle una educación esmerada. De ese modo Bernard se convirtió también en poeta y compuso canciones para su señor.

La discordia surgió cuando el joven se fijó en la bella esposa de Eble, Margarita de Turena. Enamorado de ella, comenzó a dedicarle encendidos versos que el dueño del castillo acogió con tal desagrado que lo expulsó de sus tierras.

Bernard partió entonces hacia Montluçon y Toulouse, y posteriormente, siguiendo un relato anónimo de su vida, se dirigió hacia los dominios de Leonor de Aquitania, “que era joven y de gran mérito, y mucho entendía de talento y de honor, y compuso cantos a la gloria de la duquesa. Y tanto le agradaron los versos y las canciones de micer Bernard que lo recibía y lo honraba, le hacía regalos y realizaba todo aquello que podía complacerle. Permaneció mucho tiempo en la corte de la duquesa, y se enamoró de ella. Y la dama se enamoró de él, y por este amor micer Bernard escribió muchas y hermosas canciones. Pero el rey Enrique de Inglaterra la tomó por esposa y la llevó lejos de Normandía, a Inglaterra. Y micer Bernard se quedó en Normandía, triste y desdichado”.


El autor termina diciendo que “todo lo que me fue narrado de él me fue narrado y dicho por el vizconde Ebles de Ventadour, el cual fue hijo de la vizcondesa a la que micer Bernard tanto amó”. Aunque el texto contiene muchos errores históricos, parece cierto que el apuesto trovador, después de haber abandonado el Limousin, se trasladó a la corte de Leonor, probablemente a Poitiers. Ya entonces gozaba de suficiente fama para que las casas más importantes le abrieran sus puertas. Leonor y él se conocieron, sin duda, aunque ignoramos durante cuánto tiempo permaneció Bernard junto a ella. El trovador del siglo XIII, Uc de Saint-Circ, insinúa que los poemas que le dedicaba Ventadour a su protectora enojaban tanto a Enrique que este le prohibió conservarlo a su lado.

Algunos de los poemas de Bernard son enviados al rey y a la reina de Inglaterra; más frecuentemente a ella, pero esto no significa nada, pues era costumbre en la época que los trovadores dedicaran obras a la esposa de su protector. Esa mujer se convertía en la Dama, símbolo de la perfección, a la que se prodigaban todos los elogios y en la que se pretendía ver la representación de belleza y virtud. En cuanto a menciones dentro de la propia obra, alude cinco veces a Enrique y una sola a Leonor, pero es que los trovadores también tenían la costumbre de no nombrar explícitamente a su Dama. En lugar de eso la ocultaban bajo un sobrenombre. El que Bernard daba a la suya era Mos Aziman, “Mi amante”.


Cuando la fresca brisa sopla,
Viniendo de vuestro país
Me parece que respiro
Un aire del paraíso,
Por amor de la gente
Que me sometió a ella,
Y mi pasión
Y mi corazón
Son prisioneros,
Pues de todas las mujeres me separé,
Por ella, tanto me ha seducido…

Mucho es lo que se ha escrito acerca de la identidad de Mos Aziman. El sobrenombre aparece en ocho poemas de su periodo “inglés”, y tres de ellos están dedicados a Leonor, razón por la que tradicionalmente se ha aceptado que se trataba de ella. Críticos posteriores rechazan esta identificación, pero con argumentos que tampoco son concluyentes. En cualquier caso, el trovador escribió para ella algunos de sus más hermosos poemas.

Señora, vuestro soy y seré
Y a vuestro servicio estaré.
Soy vuestro hombre, lo juro,
Y lo seré siempre.
Y vos sois mi primera alegría,
Y seréis la última,
Mientras dure mi vida…


No disponemos más que de hipótesis, pero es cierto que en su obra Bernard hace constantes alusiones a la historia de Tristán e Isolda, esposa del rey de Cornualles, y se compara a Tristán, “que padecía muchos dolores por Isolda la Blonda”. Es cierto que se trataba de un tema literario que estaba muy de moda, pero también es posible que hasta cierto punto tuviera tan buena acogida porque Leonor podía identificarse muy bien con ella, y porque justificaba su adulterio.

Sin embargo, puesto que la historia que la relaciona con el trovador pertenece a la primera etapa del matrimonio de Leonor con el rey de Inglaterra, algunos consideran altamente improbable una infidelidad tan temprana, pues se supone que durante los primeros años ella amó mucho a Enrique. Es más probable que todo se redujera al plano platónico, si tenemos en cuenta el fin del poema en el que el trovador evoca su separación de la Dama:

Yo soy aquel que no se queja
Del bien que Dios le dio:
Saber que la semana
En que me separé de ella
Me dijo claramente
Que mis versos la complacían.
Que todo el mundo
Se regocije
Como yo me regocijo ahora,
Pues fue solo entonces cuando ella se declaró.


Dieciocho de los más de cuarenta poemas suyos que se conservan han sobrevivido con su música. Uno de ellos, de gran belleza, es este que aquí les ofrezco, tal como fue compuesto por él: Can vei la lauzeta mover.

Can vei la lauzeta mover
Cuando veo la alondra que mueve

de joi sas alas contral rai,
de alegría sus alas contra el rayo de sol

que s’oblid’ e.s laissa chazer 
y que se olvida y se deja caer

per la doussor c’al cor li vai, 
por la dulzura que invade su corazón,

ai! tan grans enveya m’en ve 
¡ay! entonces siento tal envidia

de cui qu’eu veya jauzion, 
de cualquiera que vea alegre,

meravilhas ai, car desse 
que me admira que al instante

lo cor de dezirer no.m fon. 
el corazón no se me funda de deseo.




Fuente principal:
La vida, la leyenda, la influencia de Leonor de Aquitania, dama de los trovadores y bardos bretones – Jean Markale



viernes, 15 de enero de 2016

Mujeres en la historia (3) - La Ilustración


A punto de cumplirse un año desde la publicación de La Corte del Diablo, llega mi debut como editora literaria a cargo de la tercera antología de Mujeres en la historia, cuyo lanzamiento está previsto para el 25 de enero. Este tercer volumen contiene relatos de ficción acerca de personajes reales femeninos que vivieron durante la época de la Ilustración. Por sus páginas desfilan, entre otras, Olympe de Gouges, Catalina la Grande, la pirata Mary Read, la modista de María Antonieta, la madre de Napoleón, la marquesa de Sade, Madame du Châtelet, Rosalba Carriera, Mary Wollstonecraft y la duquesa de Alba. El lector se familiarizará con historias de mujeres que fueron revolucionarias, intelectuales, guerrilleras, feministas, artistas, aventureras; mujeres que dejaron su impronta y su testimonio en una época crucial para la conquista de la igualdad.

La calidad literaria está garantizada: junto al magnífico elenco de autoras contemporáneas que participan en esta antología, contamos también con textos clásicos que fueron publicados durante el siglo XVIII. Contiene obras de Madame de La Fayette, Mary Montagu, Mary Chudleigh y la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, de Olympe de Gouges.

Quiero agradecer a M.A.R. Editor que me confiara la dirección de este proyecto, cuyo resultado espero que no defraude. Para mí toda la labor, que incluye mi propia participación con uno de los relatos y la redacción del prólogo, ha sido una experiencia tan apasionante que casi me entristece verla finalizada con el ya cercano lanzamiento. Espero que ustedes disfruten de la obra tanto como yo he disfrutado con su preparación.



lunes, 4 de enero de 2016

Cómodo debe morir


A la muerte del emperador Marco Aurelio en el año 180 comenzó el declive de Roma con una serie de emperadores incompetentes. El primero de ellos fue su hijo, Lucio Aurelio Cómodo, corrupto, depravado y megalómano.

Cómodo era el décimo de los catorce hijos del emperador y su esposa Faustina, y el único varón que sobrevivió a su padre. Para Marco Aurelio fue una decepción. Trató de darle a Cómodo la mejor educación posible, pero poco podía hacerse ante la patente falta de cualidades y aptitudes para el gobierno, tareas que resultaban tediosas para el joven. Padre e hijo eran tan diferentes que algunos veían en ello la prueba de la ilegitimidad de su nacimiento, suponiéndolo fruto de una relación extramatrimonial de Faustina con un gladiador durante unas vacaciones en la costa.

Al morir Marco Aurelio, Cómodo tenía 18 años. Se encontraba por entonces en plena campaña militar en la frontera norte cuando el acontecimiento le hizo regresar y negociar la paz. Y ese fue todo el trabajo que se tomó: a partir de ahí dejó el gobierno en manos ajenas mientras él se entregaba a sus placeres.

Durante su reinado se pusieron en marcha diversas conspiraciones contra su persona. Una de ellas fue encabezada por su propia hermana Lucila, resentida porque su padre no los había tenido en cuenta a ella y a su segundo esposo, Claudio Pompeyano, a la hora de designar un heredero. El marido, que carecía de ambiciones y nunca aspiró a la púrpura, no participó en el complot, pero sí un sobrino suyo que se suponía que era amante tanto de la libertina Lucila como de su hija. El plan era simple: el joven Pompeyano apuñalaría a Cómodo al entrar en el Coliseo. Pero el asesino, que no parece que tuviera muchas luces, quiso adornarlo demasiado y al levantar la daga, en lugar de clavarla de inmediato en el cuerpo del emperador, se detuvo a exclamar:

—¡Esta es la daga que te envía el senado!


Antes de que pudiera terminar de pronunciar la frase, ya tenía encima a la guardia pretoriana. El complot había fracasado, y los conspiradores fueron todos ejecutados, lo que incluía a varios importantes senadores. En cuanto a Lucila, primero fue desterrada a Capri junto con su hija y otra hermana a la que había arrastrado también a la conspiración. Poco después las tres eran condenadas a muerte.

Tras este complot, Cómodo se negaba a aparecer en público, y toda comunicación con él debía pasar por el hombre que había ganado su confianza y que realmente detentaba el poder: Tigidio Perenio, prefecto de la guardia pretoriana. Tigidio se tomó tan en serio su papel y fue tan contundente a la hora de eliminar a cualquier rival que se opusiera a su autoridad que se labró muchas enemistades. 

Con el paso del tiempo iba acumulando tanta riqueza y poder que comenzó a creerse el verdadero emperador. Solo le quedaba un pequeño paso para ello, y era deshacerse de Cómodo. Pero el liberto Marco Aurelio Cleandro iba a desbaratar sus planes. Cleandro, favorito del emperador, en el año 185 tuvo noticias del complot y se ocupó de hacerlas llegar hasta Cómodo, que ordenó la inmediata ejecución de Perenio y sus hijos.

Cleandro ocupó a partir de entonces el lugar del traidor, y se comportó como él, aplastando toda oposición. La corrupción alcanzaba sus más altas cimas; todo estaba en venta: asientos en el senado, mandos del ejército, gobiernos y cargos eran adjudicados al mejor postor. Cómodo estaba al tanto, y de hecho percibía parte de los beneficios, pero no participaba en la vida pública. Tras los atentados pasaba gran parte del tiempo fuera de Roma, en las fincas de su familia. Lo único que parecía interesarle era el deporte, y muy activamente. Lejos de limitarse a ser espectador, participaba en carreras de carros, luchas de gladiadores y combates con fieras, generalmente en privado aunque a veces también en público. En una ocasión derrotó a una pantera en combate singular.


La suerte del liberto no duraría mucho. En 190 una terrible hambruna iba a causar su caída. Se interrumpió el suministro de grano y se culpó de ello a Cleandro, a quien se acusó de haberlo comprado todo. La gente se enfureció y unos días más tarde, durante una carrera de caballos en el circo Máximo, hubo una revuelta pidiendo su cabeza. La multitud recorrió las calles hacia la residencia del emperador en la villa de los Quintili. Cómodo temió por su vida y abandonó al favorito a su suerte. Cleandro había buscado protección ante él, pero el emperador optó por seguir los consejos de su amante, Marcia, y lo hizo decapitar. La cabeza, ensartada en una pica, fue paseada por las calles de Roma.

A partir de ese momento Cómodo fue consciente de que era preciso tomar él mismo las riendas del gobierno. Iba a cambiar, en efecto, pero no para bien: lo hizo como encarnación de Hércules. Orgulloso de su físico y de su fuerza, aparecía en público con una capa hecha de piel de león que cubría su cabeza, y sujetando el garrote característico de Hércules. El senado fue obligado a declararlo divinidad viviente. Ordenó que no lo llamaran Cómodo, hijo de Marco, sino Hércules, hijo de Júpiter, pues era evidente que poseía su misma fuerza e inteligencia. Erigía estatuas suyas de esa guisa por toda la ciudad, con el deseo de que inspiraran temor hacia su persona, e incluso ordenó decapitar al coloso de Nerón y reemplazar la cabeza con la suya. A raíz de un incendio que destruyó buena parte de Roma en el 191, aprovechó la oportunidad para considerarse a sí mismo el nuevo fundador de la ciudad reconstruida, a la que bautizó como Colonia Comodiana. Luego cambió los nombres a los meses y los sustituyó por los doce que se había dado a sí mismo: Lucius, Aelius, Aurelius, Commodus, Augustus, Herculeus, Romanus, Exsuperatorius, Amazonius, Invictus, Felix, Pius. 
Brutia Crispina

Se había vuelto tan paranoico que no hacía falta un complot para que ordenara la muerte de alguien. A veces bastaba con que fueran suficientemente ricos y capaces para considerar que eso los hacía peligrosos. Temía la mera posibilidad de que un día llegaran a conspirar contra su vida. Otras veces, cuando su extravagante estilo de vida había agotado prácticamente el tesoro, encontraba el modo de volver a llenarlo acusando de traición a los senadores y confiscando sus bienes. Hacía años que había hecho ejecutar a su esposa, Brutia Crispina, con la que lo habían casado a los 16 años. Cómodo se divorció de ella cuando se encontraba probablemente encinta. Crispina fue acusada de traición y adulterio y, al igual que Lucila, sufrió el exilio en Capri hasta que fue estrangulada. El emperador no volvió a casarse, sino que situó a su lado a la cristiana Marcia, que recibía casi todos los honores de una emperatriz.

Una de las aficiones de Cómodo que la gente veía con más desconcierto era la de participar en competiciones de gladiadores. Pero, si al principio combatía contra verdaderos luchadores, en igualdad de condiciones, ahora a veces utilizaba moribundos o inválidos. Le gustaba hacer que maniataran y amordazaran a hombres que habían perdido brazos o piernas durante la guerra o debido a algún accidente. Ordenaba que los colocaran así en el centro del anfiteatro, donde los atravesaba con su espada, algo que repugnaba especialmente al ejército y enconaba los ánimos. También disfrutaba disparando flechas contra diversos animales sobre una plataforma. Pero se mostraba celoso de los gladiadores que alcanzaran fama por sus hazañas en la arena. En una ocasión, al oír que un bestiario montado a caballo había dado muerte a un león con una jabalina, lo hizo ejecutar.

Cuando el día de Año Nuevo de 193 decidió luchar en la arena para celebrar la refundación de Roma, su amante y el jefe de la guardia pretoriana comprendieron que había llegado todo demasiado lejos. Durante un tiempo Marcia había conseguido hacer que Cómodo se moderara, pero ya no había nada capaz de sujetar al emperador. Aunque trataron de hablar con él y hacerle recapacitar, solo consiguieron enfurecerlo y hacer que añadiera sus nombres a una larga lista de personas que tenía intención de ejecutar. Siguiendo el bello relato de Herodiano, cuando ella se enteró, exclamó para sí:

—¡Bien, Cómodo! ¡Esta es tu gratitud por mi afecto y amor frente a tu arrogancia y a tus borracheras, que he soportado durante tantos años! ¡Pero tú, borracho, no vas a librarte de una mujer sobria!


Más tarde le trajo, como de costumbre, un vaso de vino, que el emperador solía tomar a la hora del baño, antes de acostarse. O, mejor, dicho, a la hora de uno de sus baños, porque cuentan que solía bañarse siete veces al día. Pero esta vez el vaso contenía también un veneno.

El plan fracasó de Nuevo, pues Cómodo vomitó el veneno. Los conspiradores tenían que actuar rápido, antes de que acabaran por ser descubiertos, de modo que enviaron al liberto Narciso, un luchador profesional, con la misión de estrangularlo.

Narciso cumplió con su cometido y asesinó al emperador. Al día siguiente de su muerte el senado lo declaraba enemigo público y decretaba una damnatio memoriae. Se eliminó su nombre de todo registro y sus estatuas fueron destruidas; pero la suerte volvería a cambiar para Cómodo después de muerto, porque en 195 Septimio Severo hizo que el senado decretara la restitutio memoriae y le devolviera la divinidad perdida.