lunes, 18 de julio de 2016

Vacaciones


Después de los últimos ajetreos, llegan las vacaciones. Volveremos en agosto.

Han sido unas estupendas jornadas en la Semana Negra, en buena compañía de público y de autores. He presentado “La leyenda del enmascarado” y participado en una mesa redonda con Lourdes Ortiz, Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido. La carpa estaba llena, a pesar de que en la de al lado teníamos la dura competencia de Luis Eduardo Aute, nada menos. Nadie puede con nosotras.


Al día siguiente asistí al evento de Lourdes y al de tres grandes de la novela negra, compañeros de editorial: Salvador Robles Miras, Germán Díez Barrio y José Díaz, que nos ofrecieron una divertidísima y exitosa presentación de sus obras.

¡Lástima que solo haya una Semana Negra al año! Me llevo un montón de buena literatura y maravillosos recuerdos. Muchas gracias a cuantos nos habéis apoyado con vuestra presencia, especialmente a los que os desplazasteis desde otras ciudades para estar presentes.


Ahí estamos, en el periódico A Quemarropa. Teresa Galeote, Lourdes Ortiz y Montserrat Suáñez.

¡Hasta pronto!


miércoles, 6 de julio de 2016

La Bastilla en el siglo XVII


La fortaleza de la Bastilla fue construida en la Edad Media para defender París durante la Guerra de los Cien Años. En el siglo XIV comenzó a ser utilizada como prisión, y los reyes de la dinastía Borbón continuaron dándole ese uso. 

La Bastilla iba a jugar un papel muy importante durante la rebelión de la Fronda, en tiempos de la menor edad del Rey Sol. Por entonces ya no era la temible y siniestra cárcel de antaño, pero la imaginación popular le atribuye horrores que hacía tiempo que no tenían cabida en sus recintos. Por el contrario, para tratarse del siglo XVII, casi podría decirse que era una prisión modélica. Mientras que en la mayoría de las prisiones de la época era habitual el empleo de la tortura, en La Bastilla se restringía su empleo, y las únicas permitidas eran la del agua y la de la bota. En el caso de las mujeres, solo se autorizaba este último tormento. Se puede decir que el trato era más humano que en el resto, y que se tomaban especiales precauciones para evitar encarcelar a la persona equivocada. Y sin embargo fue esta ciudadela construida en las afueras de París la que más adelante se acabaría convirtiendo en un símbolo del poder despótico. 

En realidad la Bastilla era la prisión de lujo, la aristocrática. Durante el reinado de Luis XIV fueron encerrados en la fortaleza algunos caballeros por haberse batido, contraviniendo la prohibición relativa a los duelos. También era el castigo habitual para aquellos acusados de espionaje, para los conspiradores, falsificadores y estafadores o para quien ofendiera al monarca de cualquier modo. Incluso muchos protestantes dieron con sus huesos en La Bastilla desde los tiempos de las Guerras de Religión. En cualquier caso, no siempre se mencionaba el motivo por el que un prisionero era encarcelado. El rey decidía personalmente quién debía ser enviado allí, por lo que las órdenes de arresto eran lettres de cachet firmadas por él y por un ministro. Todo se llevaba a cabo con mucha ceremonia: se tocaba al detenido en el hombro con un bastón, y de ese modo quedaba formalizado el arresto.


Aunque una lettre de cachet implicaba que la reclusión iba a ser por un tiempo indefinido, en principio no era una prisión prevista para largas condenas. El promedio de estancia en la fortaleza durante el reinado de Luis XIV, que recurrió a ella con inusitada frecuencia, fue de alrededor de tres años, puesto que muchas veces el confinamiento tenía un mero carácter preventivo y duraba solo el tiempo necesario para realizar la pertinente investigación de los hechos. 

Como especial medida de seguridad contra cualquier posible abuso, se designaba un ministro especial que tenía a su cargo la Bastilla. Su deber era supervisar los gastos y asegurarse diariamente del número de prisioneros que eran recibidos. Era un puesto muy codiciado, y el propio Colbert llegó a ostentarlo. 

Había mazmorras al pie de cada torre, y muy adecuadas a la novelesca idea, tan extendida, sobre la vida en la Bastilla. Eran lugares insanos que se llenaban de agua con las crecidas del Sena. A veces se colocaba una cadena y se ataba a ella a un prisionero, pero estas celdas no eran las que ocupaban los presos, sino los lugares reservados a castigos especiales para los más recalcitrantes. Ni siquiera en esos casos se retenía a nadie en ellas; una vez cumplido el castigo, eran devueltos a sus celdas. 

Se accedía por el extremo de la rue Saint-Antoine. A través del portal, adornado con numerosos trofeos, se ingresaba en el primer patio, bordeado a la derecha por unos cuantos tenderetes y a la izquierda por los establos y los barracones del gobernador. Una vez atravesado, al pie de las ocho torres se cruzaba por un puente levadizo llamado pont de l’Avancé. Estaba abierto de día, pero permanecía cerrado durante la noche. Nadie podía pasar por allí ni detenerse en aquel punto, y se apostaban centinelas para impedir que el pueblo se agrupara con la intención de contemplar el paso de los prisioneros. 


Una campana anunciaba la llegada del preso. Pasado el puente, el recién llegado se encontraba en el patio del gobernador. Al extremo del patio había otro puente levadizo reforzado por barrotes de hierro, y después de pasar ante los guardias allí estacionados se llegaba al patio de los prisioneros. Contra lo que cabría esperar, el lugar no era silencioso, ni el patio resultaba sombrío, sino bullicioso: estaba lleno de gente que hablaba, reía y se divertía con diversos juegos. 

Enfrente había un gran edificio dividido en dos por un corredor y una escalera. La planta baja era para las cocinas y el refectorio, y en el primer piso se alojaba a los prisioneros, a los que se permitía una cierta libertad de movimientos. El teniente del rey ocupaba el segundo piso, de modo que podía ver desde las ventanas de sus aposentos cuanto ocurría en el patio. Si el recién llegado se detenía allí de espaldas al puente y frente a este edificio, distinguía a la derecha las celdas de los prisioneros guardados menos estrictamente. 

En el interior de la Bastilla, un oficial hacía ronda regularmente por las celdas para asegurarse de que todo estaba en orden. Los centinelas se relevaban cada dos horas. Algunos vigilaban las ventanas e informaban de lo que ocurría en las calles, de modo que en la fortaleza todo estuviera preparado en caso de un levantamiento popular. 

A menos que se encontrase necesario que el detenido fuera interrogado por el teniente general de policía, era el teniente del rey quien le recibía. Él y un capitán acudían al encuentro del recién llegado para conducirlo hasta el gobernador de la fortaleza. Tras comparecer ante él, el recluso era trasladado a la sala del consejo, donde se le hacía vaciar sus bolsillos. 


Los aposentos del primer piso eran octogonales, con dobles puertas y grandes chimeneas sobre las que a veces había un retrato del rey. Para mirar al exterior por la ventana enrejada, el preso tenía que subir tres escalones cortados en el muro. Generalmente se permitía tener libros —en tiempos de Luis XIV la Bastilla contaba incluso con una biblioteca un tanto desorganizada—, recibir visitas, mantener correspondencia y pasear por el patio. Podían encender la chimenea y amueblar su habitación con sus propios enseres o bien dirigirse al tapicero de la Bastilla, que cobraba unos precios exorbitantes. A menudo se autorizaba al prisionero a tener dos servidores consigo si podía permitírselo. 

El castigo más común para las faltas leves era la disminución en la ración de comida, aunque casi nunca en régimen tan severo como para quedar reducido a pan y agua. En realidad los platos que se servían en la Bastilla eran muy abundantes, y, como prueba de que se trataba de la más aristocrática de las prisiones, tal vez les sorprenda saber que también se servía vino: dos botellas de borgoña o de champaña. 

Algunos presos preferían comer más modestamente y quedarse con el dinero que sobraba del destinado a su manutención. Cuando el prisionero no disponía de medios, el Estado los procuraba, y el destinatario podía gastarlos o ahorrarlos a su conveniencia, sin tener que devolver las cantidades no empleadas. A finales del reinado de Luis XIV algunas de las celdas estaban amuebladas y provistas con todo lo necesario a expensas del Estado. 

Y es que La Bastilla iba a perder por esos años su carácter de prisión exclusiva para la aristocracia al añadirse una sección para presos comunes, un lugar mucho menos agradable donde los condenados vivían de la caridad y del “pan del rey” en húmedos calabozos subterráneos. Estos prisioneros a veces eran encadenados. Eran los “pailleux”, así llamados porque dormían sobre un jergón (paillasse) cuya paja se cambiaba una vez al mes.



Para la constatación y ampliación de este y otros puntos, se puede consultar el volumen 1 de los archivos de la Bastilla, publicados por Ravaisson. 



El viernes, 15 de julio a las 20:15, presentación de "La leyenda del enmascarado" en la Semana Negra de Gijón, el mayor festival literario internacional al aire libre de Europa. El acto, en el que las autoras Teresa Galeote y Marta Gómez Garrido presentarán también sus obras, será conducido por Lourdes Ortiz. Os esperamos a los que podáis acercaros el fin de semana.



Muchas gracias a dlt por su magnífica reseña en su página "desdelaterraza". No se puede explicar mejor ese choque entre dos mundos ni escribir mejor una crítica que, además, agradezco que sea tan positiva.

http://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com.es/2016/07/la-leyenda-del-enmascarado-entre-la.html



sábado, 25 de junio de 2016

Simonne Evrard, "Madame Marat"


Simonne Evrard había nacido en Tournus el 6 de febrero de 1764, o, según otras fuentes, 1767. Fue la mayor de las tres hijas del segundo matrimonio de su padre, un carpintero de barcos. La niña, al igual que sus hermanas, recibió probablemente alguna instrucción en la escuela gratuita del hospicio de Tournus.

Simonne perdía a su madre contando tan solo diez años, y poco después también quedaba huérfana de padre. Es entonces cuando ella y sus hermanas se trasladan a París, donde una conciudadana les proporciona trabajo en el negocio que había abierto en la capital. Hay varias versiones acerca del empleo que desempeñó la niña, pero podría haberse tratado de una fábrica de manecillas de reloj.

Era bonita. Medía 1,62, tenía cabellos oscuros, rostro ovalado y nariz aguileña. La boca era más bien generosa y los ojos grises. Goupil-Louvigny dice de ella:

“Tengo razones para creer que la viuda Marat no era una mujer corriente, pues su cuñada me hablaba de ella con entusiasmo. Albertine conservaba religiosamente cuanto le había pertenecido. Yo personalmente fui encargado, en los últimos años de su vida, cuando se vio obligada por la necesidad, de vender diversos objetos y ropa que procedían de ella, todo lo cual poseía cierta elegancia y gran distinción”.


En diciembre de 1790 Marat, director de L’Ami du Peuple, entraba furtivamente en una casa y llamaba a una puerta en el segundo piso. Fue la ciudadana Simonne quien le abrió. Ella creía en la causa revolucionaria y admiraba a cuantos perseguían a los enemigos de la misma. Marat, desde su periódico, no cesaba de hacerlo. Meses antes había escrito:

“Hace un año que quinientas o seiscientas cabezas cortadas os hubieran hecho felices y libres. Hoy será preciso cortar diez mil. Dentro de algunos meses quizá sean necesarias cien mil; y lograréis maravillas porque no habrá paz para vosotros hasta que exterminéis todos los brotes de los implacables enemigos de la patria…”

Y poco después:

“Dejad de perder el tiempo imaginando medios de defensa. No queda más que uno, el que tantas veces os he aconsejado: una insurrección general y ejecuciones populares. Aunque fuera preciso cortar cien mil cabezas, no se puede dudar ni un instante. Colgadlos, colgadlos, amigos míos, pues es el único medio para eliminar a vuestros pérfidos enemigos. Si ellos fueran los más fuertes, os degollarían sin piedad; acuchilladlos, por tanto, sin misericordia.”


Simonne se sentía exaltada por estos discursos, pero la Asamblea Nacional acabó por molestarse. Eso fue el 19 de diciembre, el día en que Marat escribió en su periódico: “Corred a las armas… y que vuestros primeros golpes caigan sobre el infame general [La Fayette], inmolad a los miembros corrompidos de la Asamblea Nacional, al infame Riquetti el primero; cortad los pulgares de las manos de todos los nobles. Si sois sordos a mis gritos, peor para vosotros.”

La Fayette y Mirabeau se enfurecieron. El general, que era comandante de la Guardia Nacional, envió 300 hombres armados a la imprenta del periódico. Armarios y cajones fueron registrados sin contemplaciones, se secuestraron los ejemplares de L’Ami du Peuple, pero no lograron encontrar a Marat, refugiado en un sótano. Desde allí seguía escribiendo sus manifiestos. Ahora pedía a la multitud que masacrara a la guardia nacional y exhortaba a las mujeres a infligir a La Fayette “el suplicio de Abelardo”.

La furia del general se redobló. La Fayette envió a sus hombres en su busca. Marat, acosado, pasó una semana cambiando constantemente de lugar para no ser encontrado. Escribía a veces desde un granero, otras veces incluso desde las grutas del convento de los Cordeliers. Hasta que uno de los trabajadores del periódico le buscó un buen escondite en casa de su cuñada, Simonne evrard, que por la admiración que profesaba a Marat estaba dispuesta a darle refugio en su hogar.

La joven se enamoró de él apenas conocerlo. Marat era francamente espantoso, a pesar de lo cual sabemos que sedujo a Angelica Kauffmann, a la marquesa de Laubespine y a muchas jóvenes colaboradoras.


Durante el tiempo que él permaneció oculto a su lado, ambos se convirtieron en amantes. Un día, según cuenta Verginaud, ante una ventana abierta Marat tomó la mano de Simonne y “arrodillados ambos ante el Ser Supremo”, prometió desposarla “ante el vasto templo de la naturaleza, que tomo por testigo de la fidelidad eterna que te juro…”. Esa promesa iba a plasmarse posteriormente por escrito, con fecha de 1 de enero de 1792.

“Habiendo cautivado mi corazón las buenas cualidades de mademoiselle Simonne Evrard… le dejo en prueba de mi lealtad, durante el viaje que me veo obligado a hacer a Londres, la promesa sagrada de desposarla inmediatamente tras mi regreso, por si toda mi ternura no fuese suficiente garantía de mi fidelidad. Que el olvido de este compromiso me cubra de infamia.”.

En el momento del compromiso, Simonne tiene casi 28 años y él veinte más. Ella había llegado a su vida en un momento en que Marat se veía en la cuerda floja en todos los aspectos. Estaba aislado en sus posiciones políticas y su situación financiera era sumamente precaria. Ambos vivían juntos, y Simonne consigue ayudarlo también en esto, puesto que una de sus hermanas había muerto sin hijos y le dejaba una herencia. El 26 de julio de 1793, ella declara que “cuando el ciudadano Marat vino a vivir con ella, se encontraba en la más apurada de las situaciones; que por el interés de la patria y por ayudarlo en la impresión y distribución de su periódico, consumió la mayor parte de su fortuna…”.

Y, al parecer, ambos se casaron, aunque no celebraron ningún tipo de ceremonia religiosa. Según el Journal de la Montagne, Marat “no creía que una vana ceremonia constituyera condición indispensable para el matrimonio”. El propio Marat alude en su diario a una ceremonia privada al estilo Rousseau. Recordemos que el filósofo contrajo un curioso matrimonio con Thérèse en el que fue él mismo novio y oficiante a la vez. Dichos matrimonios no eran infrecuentes en determinados lugares de París, especialmente entre los sans-culottes, y a menudo eran considerados válidos por el gobierno local.


El día en que una joven de Caen solicitó audiencia con el Amigo del Pueblo, Simonne sospechó y le negó la entrada. Pero Charlotte Corday se mostró insistente y su presencia llegó a oídos de Marat, que tomaba su baño medicinal para aliviar la enfermedad de su piel. Decidió recibirla, y quedó a solas con ella. Poco después Simonne escuchaba el grito angustiado de su esposo: “¡Ayúdame, querida amiga!”, pero llegaba demasiado tarde: la daga de la asesina ya había alcanzado su objetivo y Marat moría.

Poco después la viuda dirigía un discurso a la Asamblea.

“No he venido ambicionando favores ni para lamentarme de mi pobreza. La viuda de Marat solo necesita una tumba”. 

Y luego habló elocuentemente contra los que habían sido los enemigos de su marido. Los periódicos de Roux y Leclerc no sobrevivieron mucho tiempo a su denuncia. Después de eso, Simonne se retiró de los asuntos públicos para vivir en compañía de la hermana de Marat, cuya familia la reconocía formalmente como su viuda.

“Declaramos, pues, que cumplimos con satisfacción los deseos de nuestro hermano al reconocer a la ciudadana Evrard como nuestra hermana, y que tendremos por infame a aquellos de nuestra familia, de haber alguno, que no compartieran los sentimientos de estima y gratitud que sentimos por ella”.

Simonne trató en vano de defender la memoria de su esposo hasta que le sobrevino la muerte, el 24 de febrero de 1824.


Muchas gracias a los que estáis acudiendo a las presentaciones de "La leyenda del enmascarado" en diversos puntos de la geografía española. Hacemos un alto en los eventos hasta la feria internacional de la Semana Negra, el 15 de julio.




miércoles, 15 de junio de 2016

Las Jacintias de Esparta


Las flores están íntimamente relacionadas con muchos de los mitos griegos. Por ejemplo, la anémona guarda relación con la muerte de Adonis, el joven amado por Perséfone y por Afrodita. Adonis cazaba solo un día cuando, al herir a un jabalí, este le clavó sus colmillos. Afrodita oyó los gritos de su amado y al llegar vio cómo se desangraba hasta morir. Allí donde caían las gotas de la sangre de Adonis, brotaban anémonas rojas. Según otra versión, las anémonas ya existían y eran blancas, pero la sangre las volvió rojas. Más adelante los cristianos adoptaron esta flor como símbolo de la sangre derramada por Jesús en la cruz.

Los griegos tenían otro mito para el Jacinto. Contaba la leyenda que Jacinto era un joven amado por Apolo. Un día ambos se entretenían practicando el lanzamiento de disco cuando el celoso Céfiro, dios del viento, hizo que el disco golpeara a Jacinto y lo matara. Según otra versión, el propio Apolo dio muerte accidental con el disco a Jacinto. Mientras el dios lloraba la pérdida de su amigo, una nueva flor nació. Apolo le dio su nombre y ordenó que se lo honrara con un festival de tres días en Esparta, con sacrificios vacunos y nocturnos. 

El festival se celebraba a finales de primavera o comienzos de verano, sin que haya acuerdo acerca de cuál de nuestros actuales meses equivale al Hecatombeus espartano. El lugar era el templo de Apolo en Amiclas, a 5 kilómetros al sur de Esparta, en el margen derecho del río Eurotas. Allí se encontraba la tumba de Jacinto, bajo la imagen del dios, según cuenta Pausanias. Este dice haberlo visto representado en el trono, escoltado hasta el Olimpo por Afrodita, Atenea y Artemisa y retratado como un hombre maduro, con barba, y no como el adolescente que aparecía en posteriores manifestaciones artísticas. En esa tumba se depositaban ofrendas antes incluso de presentarlas al propio dios.


Estos ritos adquirieron tal importancia que los espartanos incluso interrumpían sus campañas militares para acudir al festival, pues se negaban a portar armas durante su celebración. 

El primer día del festival estaba dedicado a los muertos, a los que se ofrecían sacrificios. No se podía llevar guirnaldas, ni tampoco comer pan, ni cantar himnos a Apolo, pues el duelo era absoluto. Era un día de gran abstinencia y de una tristeza inusual en los festivales de Apolo.

El segundo se celebraba con música y concursos hípicos. Todos podían participar, incluso los ilotas y los extranjeros. Los efebos ejecutaban danzas, se tocaba la cítara y la flauta y se cantaba a la gloria de Apolo, con numerosos coros que rivalizaban entre sí. Las doncellas de Esparta desfilaban en carros hechos de mimbre y bellamente decorados por las mujeres y adornados con guirnaldas. Ese día se ofrecían sacrificios de cabras y se organizaba un banquete, llamado kopis, al que los ciudadanos invitaban a sus familiares y parientes, en tiendas erigidas a tal fin. Se comían pasteles, pan, carne, caldo, hierbas crudas, higos y postre. Por la noche había una fiesta para expresar alegría por la resurrección de Jacinto y por el almacenamiento de las cosechas. Se sabe que la danza formaba parte importante de la fiesta, y que participaban las muchachas.

El último día, al igual que el primero, era de duelo, con sacrificios a los muertos y dedicado a lamentar la pérdida de Jacinto, y las mujeres ofrecían a Apolo una túnica que habían tejido.


El festival daba lugar a la matanza de un buen número de bueyes con los que se alimentaba a todos los participantes. La participación en el sacrificio era la forma de actualizar el pacto que unía a la ciudad con sus dioses, para garantizar el orden y la prosperidad.

Estos ritos eran tan antiguos que algunos estudiosos incluso afirman que podrían ser pre-dorios, y se supone a Jacinto una personificación de la vegetación que se seca al llegar el verano con el calor del disco solar. Simboliza la transformación del fresco verdor primaveral, el madurar del grano, y, por tanto, el paso de la adolescencia a la madurez del adulto.


PRESENTACIÓN EN VALENCIA DE "LA LEYENDA DEL ENMASCARADO", VIERNES 17 DE JUNIO A LAS 19:30. Librería Leo, Rinconada Federico García Sanchiz, 1.



miércoles, 8 de junio de 2016

Carlos III más de cerca


El conde de Fernán Núñez, biógrafo de Carlos III, nos ha dejado una descripción detallada de cómo transcurría una jornada en la vida del rey. Nos lo describe como un hombre contrario a toda etiqueta en el vestir, cómodo con su ropa vieja, su calzón negro y gastado, siempre deseando despojarse cuanto antes de los trajes de gala. Cuando al fin podía hacerlo, exclamaba: “¡Gracias a Dios!”. Según el conde, el soberano no debió ponérselo fácil a su sastre, porque “no le tomó medida para ninguna prenda en más de 30 años”. Descuidado con la ropa, sí, pero aseado, pues “no podía sufrir una mancha, ni que, al quitarle la camisa, le rompiesen los encajes de que usaba siempre. Entonces solía decir, aunque sin un enfado formal: “Poca maña, poca maña, amigo”. Sobre su físico, dice:

"Era el Rey Carlos de una estatura de cinco pies y dos pulgadas, poco más; bien hecho, sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña […] Había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco; pero el ejercicio de la caza le había desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa, como le vi muchas veces cuando le servía como su gentil hombre de cámara, parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido, pues la mucha blancura de la parte del cuerpo que estaba cubierta, obscurecía aún más el color obscuro de la que estaba expuesta continuamente a la intemperie […] La magnitud de su nariz ofrecía a la primera vista un rostro muy feo; pero pasada esta impresión, sucedía a la primera sorpresa otra aún mayor, que era la de hallar en el mismo semblante que quiso espantarnos una bondad, un atractivo y una gracia que inspiraba amor y confianza".

El biógrafo nos lo describe como un hombre bondadoso y familiar, religioso pero no supersticioso, de trato sencillo y carácter alegre, con talento y gracia para la imitación, aunque su dignidad le prohibía entregarse en exceso a estas chanzas. Odiaba la mentira y el engaño, y “nada le era más contrario que la afectación, la ficción y la vanidad, llevando en algún modo al exceso su aborrecimiento a estos defectos”. Dice el conde, además, que jamás se le vio pasar del enojo a la cólera, ni se le escuchó proferir una mala palabra. Recto e irreprochable, huía de todo hábito libertino. “Su castidad era extrema, y, no obstante que su temperamento robusto y la costumbre contraída en su matrimonio exigía aún su continuación en la edad de cuarenta y cuatro años, en que perdió su mujer, jamás quiso volverse a casar, y para minorar y resistir las tentaciones de la carne, dormía siempre sobre una cama dura como una piedra, y si de noche se hallaba agitado, salía fuera de ella y se paseaba descalzo por el cuarto".


Sus gustos eran tan sencillos como su carácter. Amaba la agricultura y las fábricas, pero también las artes, y muy especialmente la arquitectura. “Trajo de Nápoles una porción de artistas que trabajaban en mosaico de piedra dura, de la que se trabaja en Toscana, donde la usan, con la mayor perfección, y una fábrica de porcelana, que estableció en el Retiro, y que sirvió más para su propia diversión que para utilidad pública, pues la pasta no era buena”. Había aprendido a trabajar al torno, tarea en la que se mostraba hábil, y hacía él mismo los puños de sus bastones.

Carlos III tenía perfectamente regulada su jornada, porque “conocía que la regularidad en la vida y la distribución inalterable de las horas de un Monarca es tan necesaria para la seguridad y tranquilidad de los que le rodean, como la invariabilidad del curso del sol y de los planetas para reglar sobre ella las estaciones […] Nunca adelantaba ni atrasaba un minuto la hora que daba para cada cosa, y le he visto estar con la mano sobre el picaporte para no salir de su interior hasta dar la hora que había indicado a los que le esperaban fuera”. Consiguió evitar las depresiones a las que su familia se mostraba tan vulnerable, en especial su padre y hermanos. Estaba convencido de que el mejor remedio era no mantenerse ocioso y ocupar sus horas con toda clase de actividades. Cazaba con suma frecuencia, y sin embargo no le gustaba la caza: “Yo le he oído decir en El Pardo, estándole sirviendo a la mesa: Si muchos supieran lo poco que me divierto a veces en la caza, me compadecerían más de lo que podrían envidiarme esta inocente diversión. Me dirán muchos: podría ocuparse en otras cosas más que en la caza. A lo que responderé: lo uno, que ninguna otra ocupación reunía la ventaja del ejercicio; y lo otro, que no amando la música, y poco el juego, el demasiado estudio y lectura no era tan conveniente para el fin que se proponía como dicho ejercicio.”


Su día transcurría del modo siguiente:

A las seis entraba a despertarle su ayuda de cámara […] Se vestía, rezaba un cuarto de hora y estaba solo, ocupado en su alcoba, hasta las siete menos diez minutos que entraba el sumiller. A las siete en punto se vestía, lavaba y tomaba chocolate. Oía la misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho estaba ya de vuelta y se encerraba a trabajar solo hasta las once, el día que no había despacho. A esta hora venían a su cuarto sus hijos, pasaba con ellos un rato y luego otro con su confesor o algún ministro.

Salía después al salón grande, donde estaban esperando los embajadores extranjeros, departía con todos un buen rato y pasaba a almorzar en público, hablando con unos y con otros durante la mesa. Aunque comía bien, porque lo exigía el continuo ejercicio que hacía, siempre eran cosas sanas y las mismas. Bebía dos vasos de agua templada mezclada con vino de Borgoña en cada yantar. Después de comer dormía la siesta en verano, pero no en invierno, y salía luego de caza hasta la noche, primero con su hermano el infante don Luis y después con el príncipe de Asturias, su hijo.

Al volver del campo lo esperaba toda la familia real. Se contaba y repartía la caza, hablaba de lo que sus acompañantes habían hecho por su lado y, despedidos los hijos, daba el santo y seña para el otro día y pasaba al cuarto de sus nietos. Después tenía despacho y si entre este y la cena, que era a las nueve y media en punto, quedaba algún rato, jugaba a los naipes para ocuparlo. Cenaba siempre la misma cosa: su sopa, un pedazo de asado de ternera, un huevo fresco, ensalada con agua, azúcar y vinagre, y una copa de vino de Canarias dulce en que mojaba dos pedazos de pan tostado y bebía el resto. Se ponía siempre en la mesa un gran plato con pedazos de pan, pues a la mitad de la cena se soltaban los perros de caza y entraban como furias, se abalanzaban sobre la mesa y el rey les daba los trozos de pan. Otra cosa muy singular sucedía en la cena, y era que después de que su majestad comía el huevo, que ponía en una huevera alta, en forma de cáliz, la volvía, le daba un golpe con la cucharita, y tenía tomado el rey de tal modo el tino que quedaba derecha la cuchara y el huevo sin más lesión que la precisa para introducirla […]


Rezaba Su Majestad otro cuarto de hora o veinte minutos antes de recogerse y después salía a la cámara, se desnudaba y se metía en la cama.

Esta era la norma de vida del monarca, jamás alterada. Tanto es así que en cualquier parte del mundo en que estuviera, podía decirse casi sin errar dónde se encontraba el rey y lo que hacía en aquel día y hora, según la estación del año.




Sábado 11 de junio, de 12h a 13:30h y de 18h a 20h, firmo "La leyenda del enmascarado" y "Mujeres en la historia" en la Feria del Libro de Valladolid, caseta 41, Plaza Mayor.


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martes, 7 de junio de 2016

VALENCIA, VALLADOLID Y AVILÉS

Palacio de Valdecarzana, Avilés

En los próximos días estaré presentando “La leyenda del enmascarado” en Valladolid, Avilés y Valencia. 

En Valladolid firmaré en la Feria del Libro, Plaza Mayor, el sábado día 11, caseta 41, de 12h a 13:30 y de 18h a 20h


En Avilés presentaré en el Palacio de Valdecarzana. Agradezco al ayuntamiento de Avilés la cesión desinteresada de este bello palacio del siglo XIV para realizar el evento que tendrá lugar el lunes día 13 a las 19:30.


Y el viernes 17 estaré en Valencia para presentar mi novela junto a la escritora Raquel Campos a las 19:30 en la librería Leo, Rinconada Federico García Sanchiz, 1.


Muchas gracias a todos los que asististeis a la presentación de ayer en Gijón. 







En uno o dos días retomaremos ya la actividad del blog, si los compromisos editoriales lo hacen posible.