sábado, 19 de abril de 2014

La fundación de una ciudad romana


Cuando los romanos se disponían a fundar una ciudad, era preciso llevar a cabo ciertas ceremonias religiosas para invocar la protección de los dioses, una antiquísima tradición heredada de los etruscos y que recibía el nombre de inauguratio. Este término proviene del augur, a quien era preceptivo consultar para asegurarse de haber elegido el lugar adecuado. El augur procedía primero a la contemplatio, observando el cielo desde un punto elevado y alerta a cualquier señal divina que pudiera ser enviada. A través de esta contemplación decidirá si es oportuno fundar una ciudad en dicho emplazamiento, y en caso afirmativo elegirá las coordenadas o ejes principales de la ciudad.

Se examinaban entonces las entrañas de algunos animales. Generalmente se elegía un águila, por ser  las águilas mensajeras de la voluntad divina. El ave se abría en canal y se extraía el hígado, que era dividido en partes, cada una destinada a una divinidad. Vitrubio, en su tratado De Arquitectura, nos explica que según el estado de las vísceras de los animales sacrificados, comprobaban si el aire y las aguas del lugar eran lo bastante salubres para levantar allí una población. 

Si los auspicios resultaban favorables, se enganchaba un toro y una vaca a un arado de bronce para trazar con un surco la zona destinada a albergar a la población. Las reses debían ser blancas y no haber llevado nunca yugo. El toro, evocador de la fertilidad de la tierra, de la masculinidad y la guerra, debía caminar por la parte exterior del surco, mientras la hembra, símbolo del hogar, iba por el lado interior.


El fundador manejaba el arado de forma oblicua, para que la tierra levantada cayera del lado de la ciudad, y aquella que caía fuera era recogida de inmediato por los ayudantes y arrojada hacia el interior. Donde el lugar lo permitía, el espacio se diseñaba en forma cuadrada. Para las puertas, cuyo número se determinaba también por medio de tradiciones sagradas, se dejaba un espacio libre levantando el arado. El acto de llevar levantado el arado se llamaba portare, de donde proviene la palabra puerta. El surco tenía carácter inviolable, y se consideraba un sacrilegio saltar por encima.

El centro del área así delimitada era sagrado. Allí se abría una fosa circular —mundus— en la que se depositaban los restos del águila sacrificada, ofrendas y una arqueta con tierra procedente del lugar de origen de los fundadores, simbolizando así que traían a sus dioses consigo. Luego se taponaba con una piedra cuadrada sobre la que se erigía un altar. En él ardía un fuego, el focus. Era el momento en que el fundador daba nombre a la ciudad. La piedra era retirada tres veces al año, y durante esos días en los que se abría el mundus todos los asuntos de la ciudad se paralizaban, porque entendían que, al quedar abierta la comunicación con el inframundo, cualquier proyecto estaba destinado a salir mal.


El surco abierto con el arado trazaba exactamente el lugar en el que debía erigirse la muralla. Fuera de ella se marcaba un perímetro para delimitar el pomerium, un espacio sagrado destinado en exclusiva a los dioses romanos cuya protección invocaban. Para señalar los límites se empleaban pilares de piedra llamados cippi pomoerii. Se consideraba que Roma existía tan solo hasta los límites del pomerium, y que todo aquello que quedase más allá de ellos era territorio perteneciente a los romanos, pero no propiamente Roma. La zona así delimitada no era habitable, ni podía ser cultivada. Tampoco se permitían los enterramientos, ni portar armas, un acto que hubiera sido sacrílego. Los generales tenían prohibida la entrada, a excepción del día en que se celebraba la ceremonia del triunfo. Hasta ese momento debía aguardar con sus tropas fuera del pomerium.

La última parte de los rituales era la consecratio, consistente en un sacrificio a los dioses capitolinos. Después se llevaba a cabo la centuriación o división por parcelas del terreno de la ciudad, que era así repartido entre los colonos. Esta parte corría a cargo del agrimensor, quien dividía el suelo primero en centurias numeradas que a su vez se dividían en lotes más pequeños. Utilizando un instrumento llamado gnomon, comenzaba por trazar sobre el mundus una cruz que señalaría las dos calles principales. El trazo que iba de este a oeste correspondía a la llamada decumanus Maximus, y el que iba de norte a sur era la cardo Maximus. Mediante esta cruz la ciudad quedaba dividida en cuatro regiones: siniestra, dextra, antica y postica. El foro se señalaba en el lugar de intersección de las dos calles principales.


domingo, 13 de abril de 2014

Madame de Sévigné


"Si los hombres han nacido con dos ojos, dos orejas y una sola lengua es porque se debe escuchar y mirar dos veces antes de hablar." (Madame de Sévigné)


Marie de Rabutin Chantal nació en París el 5 de febrero de 1626. Perdió muy pronto a su padre, el barón de Chantal, y después también a su madre cuando contaba apenas siete años, de modo que no conoció ese amor maternal que ella prodigaría después a su propia hija, y que dejó de manifiesto en su abundante correspondencia.

Pasó de un orfanato al cuidado de sus abuelos maternos, y al fallecer el abuelo fue su tío, el abate de Coulanges, quien tomó el relevo. Educada en el campo, Marie aprendió latín, español e italiano, demostrando desde un principio gran capacidad para el estudio. 

Solo tenía 16 años cuando fue presentada en la brillante corte de Ana de Austria, donde se la recibió con entusiasmo. La jovencita resultaba brillante, rezumaba alegría y frescura y poseía un encanto natural realzado por unos maravillosos ojos azules.

Habían transcurrido dos años desde su llegada cuando Marie se enamoró de Monsieur de Sévigné, un valeroso y apuesto soldado. Fue correspondida, aunque hubiera tenido mejor fortuna de no haber sido así: Henri de Sévigné era voluble en sus afectos, lo cual parecía indicar que no iba a ser el mejor marido. Pero la familia de Marie aprobó esta unión, y, sin obstáculos que se interpusieran entre ambos, el matrimonio se celebró en agosto de 1644.

Château de Rochers-Sévigné

Sévigné presentó a su esposa en el salón de Madame de Rambouillet, y el matrimonio comenzó a relacionarse con los grandes nombres de su tiempo: Molière, Corneille, Racine, Pascal y La Rochefoucauld, todos ellos pertenecían a su círculo. Ella era lo bastante instruida para desenvolverse a la perfección en esa sociedad, y además tenía tacto, buen gusto y gran ingenio, cualidades que la ayudaban a triunfar. Los poetas le escribían sonetos, y todos la adoraban.

Monsieur de Sévigné pronto llevó a su esposa a Les Rochers, su posesión en Bretaña. Marie había aprendido desde niña a amar el campo, y también fue feliz allí, entre sus bellas rosaledas y rodeada de idílicos paisajes.

El matrimonio tuvo dos hijos: la mayor fue una niña, su queridísima Françoise, que se convertiría en condesa de Grignan. El menor fue Charles, barón de Sévigné.

Había estallado la Fronda, y el esposo de Marie recibió órdenes de reunirse con su regimiento. Ambos regresaron a París, con todos los peligros que eso suponía para la frágil fidelidad de Henri. Llegaron a la capital cuando Luis XIV entraba triunfal en compañía de su madre y del cardenal Mazarino.

En París Marie se encontraba con su famoso primo Bussy-Rabutin mientras Monsieur de Sévigné caía subyugado por los encantos de Ninon de Lenclos. Fue Bussy quien le abrió los ojos a la esposa engañada. El asunto fue sumamente doloroso para ella, pero guardó silencio. Aconsejada por su tío, se limitó a regresar a Les Rochers con sus hijos.

Roger de Bussy-Rabutin

Allá en el campo seguramente le irían llegando noticias de otras infidelidades de su marido, hasta que finalmente hubo de enfrentarse a la peor de todas: Henri había recibido una herida mortal al batirse en duelo por otra mujer. Marie quedaba viuda un día después de cumplir 25 años. Nunca volvería a casarse.

Henri la dejaba arruinada. Le era preciso vivir con gran sencillez y recurrir a la ayuda de su tío. Marie administró personalmente sus propiedades con gran sentido común hasta lograr rehacer razonablemente su economía, y entonces regresó a París. Había aprovechado el tiempo para cultivar su mente, y había ganado encanto, ingenio y simpatía. Siempre tenía la palabra adecuada, y sabía cómo decirla. No había en su carácter el menor rastro de amargura, ni siquiera en la adversidad. 

Era joven, amaba la vida y aún quería disfrutarla, así que se deleitaba con los bailes y las fiestas que ofrecía la corte. Contaba entre sus amigos al Príncipe de Condé y a Madame de la Fayette; Conti y Fouquet la adoraban, y todos querían conocerla. En cuanto a sus propios sentimientos, se dijo una vez que había sido para Fouquet menos que una amante, pero algo más que una amiga. Se ha afirmado, en efecto, que si alguna vez hubo un hombre que tocó su corazón después de su marido, ese fue el poderoso superintendente.

Marie presentó a su hija Françoise en la corte. Se preocupaba por encontrarle un buen partido, algo difícil, porque Françoise no solo carecía de su brillo, sino que pertenecía a una familia no demasiado bien vista por el rey: Luis XIV no veía con buen ojo la inquebrantable amistad de Madame de Sévigné hacia Fouquet tras caer este en desgracia. Además Marie coqueteaba con el impopular jansenismo.

Françoise de Sévigné, condesa de Grignan

Madre e hija participaron en las fiestas que dio Madame de Montespan después de firmarse la paz de Aix-la-Chapelle, y el rey les hizo el honor de distinguir a Françoise bailando con ella. Poco después la joven se prometía al conde de Grignan, un hombre inmensamente rico y, al parecer, encantador, pero con reputación de ser terriblemente feo y ya viudo por segunda vez. Tenía 36 años, y se había enamorado de la joven de 23. Para la novia se trataba, simplemente, de un esposo muy conveniente.

Marie esperaba que su yerno obtuviera un puesto de importancia en la corte, algo que le permitiera tener a su hija junto a ella en París. Mientras tanto le escribía a Françoise esas cartas maravillosas que la hicieron pasar a la posteridad. Le escribía de la mañana a la noche, incluso cuando regresaba de un baile en la corte a las cinco de la madrugada. Nunca había cansancio ni pereza a la hora de tomar la pluma para dirigirse a su hija; no había correo que no saliera con una carta suya para ella. Le escribía sobre todo: los bailes y las comedias en Saint-Germain, los sermones de Bourdalue, los escándalos de la corte o el retiro de Luisa de La Vallière al convento. Le confesaba su pasión por las viejas novelas, o su admiración por Corneille.

Grignan fue nombrado gobernador de Provenza. Para entonces el matrimonio había hecho abuela por dos veces a Marie. Mientras tanto su otro hijo parecía seguir los pasos de su padre, algo que Madame de Sévigné se tomaba con filosofía. Cuando Charles se enamoró de una actriz a la que llamaban la Champmêlé, ella la llamaba alegremente “mi nuera”. Seguramente no dejaría de sorprenderle el hecho de que un día él decidiera casarse y sentar la cabeza, hasta el punto de resultar un hombre devoto en extremo.

Madame de Sévigné

Marie tenía 70 años cuando una grave enfermedad de Françoise la hizo acudió a su cabecera. La atendió hasta verla recuperada, pero lamentablemente ella misma acabó contrayendo las fiebres, con fatales consecuencias: la enfermedad le causó la muerte.

Madame de Sévigné fue enterrada en el panteón familiar. Casi treinta años más tarde algunas de sus cartas eran editadas de modo clandestino. Su nieta decidió entonces publicarlas oficialmente.


"En cuanto recibo una carta, me gustaría recibir otra al instante, sólo vivo para ellas. Pocas personas son dignas de comprender lo que siento."



martes, 8 de abril de 2014

"Tras las huellas de Arsenio Lupin", ya disponible


Ya está a la venta la antología de relato negro Tras las huellas de Arsenio Lupin, en la que participo con Gambito Veneciano

El libro, con prólogo de Miguel Ángel de Rus, reúne historias de Maurice Leblanc, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Arthur Conan Doyle y Guillaume Apollinaire, junto con las de otros de autores contemporáneos de España e Hispanoamérica. Todas ellas están ambientadas entre mediados del siglo XIX y la Belle Époque. 

“Volvemos a encontrarnos con los más extraordinarios detectives y los más sublimes delincuentes. Regresamos a aquella época en que el interés se centraba en el argumento, la trama se aclaraba mediante el método deductivo, interesaban la explicación psicológica de los hechos y el estudio del comportamiento de los personajes.”

Pueden encargar su ejemplar a través de la librería de M.A.R. Editor, pinchando en este enlace.

Espero que disfruten de la lectura. ¡Muchas gracias!


domingo, 6 de abril de 2014

La Guerra de los Cien Años

Carlos VII el Victorioso

Al extinguirse en Francia la dinastía de los Capeto, pasó la corona a un primo de éstos, el primer Valois, que reinó con el nombre de Felipe VI. El rey de Inglaterra, Eduardo III, era hijo de Isabel de Francia, hermana de aquellos últimos reyes Capeto. Por tanto, Eduardo sostenía que él tenía más derecho que Felipe al trono francés, como heredero de su madre. 

En Francia imperaba la ley sálica, según la cual una mujer no tenía derecho al trono. Muchos deducían de esto que Isabel no podía, por tanto, transmitir aquello que nunca había tenido. Otros, en cambio, opinaban que la ley sólo impedía reinar, pero no la transmisión del derecho a un heredero varón. Sin embargo, entendían que contraer matrimonio con un soberano de otro país implicaba una renuncia a todo derecho sobre Francia mientras hubiera un heredero francés.

Tras mucho discutir y reclamar, finalmente estalló una guerra que se prolongó entre 1337 y 1453. La contienda tuvo lugar en suelo francés, aunque los escoceses aprovecharon para invadir el norte de Inglaterra con el apoyo de Francia. Los ingleses ganaron batallas muy importantes: Crécy (1346), Poitiers (1356), Agincourt (1415). Una buena parte del secreto de sus éxitos militares radicaba en los eficaces arqueros galeses, cuyos largos arcos estaban fabricados con una clase especial de madera que no abundaba en Francia, de modo que resultaba imposible competir con ellos. También resultó decisivo a la hora de conseguir victorias Eduardo, el Príncipe de Gales, conocido como el Príncipe Negro. Irónicamente Eduardo era rubio, pero debía su sobrenombre a la coraza negra que llevaba en las batallas, regalo de su padre. Se distinguió desde su adolescencia en las batallas más importantes, y obtuvo aplastantes victorias para los ingleses. No llegó a reinar, pues una enfermedad se lo llevó un año antes de que falleciera Eduardo III. (1376).
Juana de Arco
Y entonces fue cuando apareció en escena una joven campesina llamada Juana de Arco y dio la vuelta a la historia. Juana, que afirmaba oír voces de santos, consiguió varias victorias para los franceses, gracias a las cuales Carlos VII pudo ser coronado en Reims. Posteriormente fue capturada por los borgoñones, aliados de los ingleses, a quienes la vendieron. La joven fue acusada de brujería y quemada en una hoguera en Rouen. 

Durante el transcurso de esta dura y prolongada contienda, Inglaterra perdió todas sus posesiones continentales a excepción de Calais. El suelo francés resultó devastado, y ambos países gastaron sumas astronómicas. La población, especialmente en Francia, sufrió un importante descenso. La ley y el orden no existían, los pillajes eran frecuentes, porque los soldados que hubieran podido impedirlo estaban lejos, luchando en la guerra. El comercio se interrumpió, y para cubrir las pérdidas financieras se acribilló a impuestos a los campesinos.

En Francia había distintas facciones que le disputaban al rey su poder, aprovechando que se habían hecho demasiado necesarios para él durante la larga guerra, gracias a lo cual habían ido acumulando unas prerrogativas prácticamente ilimitadas. Otra de las consecuencias de la guerra fue la práctica situación de independencia en que había quedado el ducado de Borgoña.

En Inglaterra las necesidades económicas llevaron a los reyes a reunir a los Parlamentos con más frecuencia. Esto dio a los nobles y a los mercaderes más poder, pues no se podía recaudar impuestos sin la aprobación del Parlamento. Los procedimientos fueron cambiando para dar a los nobles mayor control sobre el gobierno. Además, al terminar la Guerra de los Cien Años la nobleza inglesa continuó enfrentándose entre sí en la Guerra de las Dos Rosas (1450-1485), entre la Casa de York y la de Lancaster.


lunes, 24 de marzo de 2014

Madame Récamier (III)


Chateaubriand se había casado el 29 de marzo de 1792, pero su mujer ocupaba poco lugar en su vida y ninguno en su corazón. El caballero acumulaba una larga lista de amantes, algo que en absoluto era desconocido para la esposa. Ella lo llamaba “le chat”, por su egoísmo y su inconstancia, pero se mostraba indulgente. Todo ello hacía que los amigos de Madame Récamier se inquietaran al ver cómo ambos se aproximaban en exceso. En pocos meses Juliette, que tan bien había sabido manejar hasta entonces las pasiones que inspiraba, caía totalmente subyugada.

Ella había perdido una fuerte suma a consecuencia de los negocios de su marido, y en lo sucesivo tendría que sufragar los gastos de Monsieur Récamier mediante su fortuna personal. Juliette aceptó la carga, pero renunció a vivir con él y alquiló un apartamento en la Abbaye-au-Bois, una abadía del siglo XVII que había servido de cárcel durante la Revolución. Había tomado su decisión y comenzaba abiertamente su relación sentimental con Chateaubriand.

Apenas instalada en la Abbaye-au-Bois, Juliette reemprendió la dirección de su salón y volvió a reunir a sus asiduos, a los que se sumaban algunos nuevos personajes que se convertían igualmente en sus admiradores. Chateaubriend le enviaba una nota cada mañana, y diariamente acudía a verla a las tres.

Chateaubriand

El 30 de noviembre de 1820 aceptaba la embajada en Berlín. Ambos debían separarse, aunque la ausencia del nuevo embajador no duraría más que unos meses. Iba a regresar a París poco después para ser nombrado ministro de Estado.

Cuando más adelante dimite de su cargo, se le envía como embajador a Londres, y desde allí acude al congreso que se reúne en Verona. “No os entristezcáis, mi bello ángel”, le escribe a Juliette. “Os amo. Siempre os amaré. Nunca cambiaré. Regresaré pronto. Todo esto durará poco. Y luego seré vuestro para siempre”.

Pero al parecer eso no resultó ser rigurosamente cierto. Madame Récamier, disgustada con él y celosa de Madame de Castellane, parte hacia Italia en compañía de dos amigos y de su sobrina, con el pretexto de buscar una mejoría en la salud de esta última. Él la acusa de “obcecación y de injusticia”. Le escribe: “Debéis reconocer que os habéis equivocado. Creedme, nada ha cambiado, y algún día lo comprenderéis”. Era noviembre de 1823. El galán no cesaba de escribir cartas melancólicas que encontraban respuestas bastante secas y cortas.

En Roma Juliette alquiló un apartamento cerca de la plaza de España y allí retomaba sus costumbres parisinas mientras hallaba consuelo en la compañía de su fiel Ampère. A fines de febrero de 1824 llegaba la reina Hortensia con sus dos hijos. Ambas se vieron con frecuencia y paseaban juntas. Madame Récamier continuaba decepcionada, y no muy dispuesta a emprender un pronto regreso, como escribe a un amigo:

“Temo encontrar en la abadía agitaciones que me son odiosas. Se me pide que regrese, pero con una persona que carece de sinceridad no es posible vivir, y estoy completamente decidida a no volver a caer en esas agitaciones”.

Chateaubriand sufría un revés político: el 6 de junio de 1824 era fulminantemente destituido. Dos horas después de serle notificada la orden real, dejaba el ministerio con sus dos gatas. Solo le quedaba consolarse con su nueva pasión, Madame de Castellane.

Juliette se encontraba de visita en Nápoles cuando conoció la desgracia de su amigo. Poco después llegaban noticias de la muerte de Luis XVIII. 

En la primavera de 1825 abandonaba Italia para regresar a París. A su llegada, Chateaubriand se encontraba en Reims para asistir a la consagración de Carlos X. Cuando finalmente ambos pudieron reunirse, fue ella quien dio el primer paso para la reconciliación. No hubo reproches ni explicaciones; la prolongada ausencia había apaciguado su ánimo y le había perdonado sus infidelidades. 

Poco después el siempre enamorado Ampère hacía un audaz intento de conquista y le ofrecía matrimonio, puesto que Monsieur Récamier ya era anciano y no podía durar mucho tiempo más. El pretendiente fue rechazado.

Juliette continuaba con sus recepciones, en las que se hacía música, lecturas y se declamaban versos, pero también se hablaba de política. Nunca había estado más animado su salón, en el que continuaba reinando Chateaubriand. Ella organizaba perfectamente sus reuniones: hacía formar con sillas cinco o seis círculos bastante separados los unos de los otros. Las mujeres permanecían sentadas mientras los hombres circulaban entre las filas. Juliette conducía a los que llegaban junto a sus amigos, agrupando a personas unidas por gustos comunes. No podía ofrecer fiestas como las que su amiga Madame de Staël daba en su día, porque no disponía de los mismos recursos económicos, pero a sus invitados les bastaba con el placer de encontrarse en su casa.

El amor no alejaba a Chateaubriand de la política. En 1827 el restablecimiento de la censura fue el pretexto para escribir artículos extremadamente violentos. Juliette trataba de calmarlo, pero los liberales del salón aplaudían estos arrebatos. Al año siguiente era nombrado embajador en Roma, y el 14 de septiembre partía a tomar posesión de su cargo.

Su partida resultó amarga para Madame Récamier. Para ella significaba la constatación de que Chateaubriend anteponía la política, a pesar de todas las muestras de ternura que recibía con sus cartas.


En mayo de 1829 se encuentran de nuevo en París. Seguramente él hubo de responder a algunas preguntas, como por ejemplo qué había significado para él aquella Hortense Allart a quien iba a visitar en la Vía delle quattro Fontane, o esa condesa del Drago, a quien hacía que sus jóvenes ayudantes llevasen flores. Probablemente fue también interrogado acerca de la romántica correspondencia que mantenía con la marquesa de Vichet, o con Madame de Cottens. Y es que el afecto de Chateaubrieand hacia Juliette era sincero, pero no exclusivo.

El 29 de marzo de 1830 moría Monsieur Récamier. Al cabo de un par de meses ella se traslada a Dieppe, donde Chateaubriand fue a reunírsele. Allí les llega la noticia de la revolución de julio. Él regresa de inmediato a París y ella le sigue pocos días después.

Chateaubriand no podía unirse al nuevo régimen. Rechazó los ofrecimientos, renunció a su pensión de Par de Francia y con ello se vio inmerso en graves problemas económicos. Después de vender sus muebles partió hacia Suiza en compañía de su esposa. Allí permanecería una temporada, aunque no dejaba de escribir a Juliette.

A su regreso, Chateaubriand recuperaba su reinado en el salón de Madame Récamier, pero pronto aparecerían nuevas preocupaciones. La duquesa de Berry lo había nombrado miembro de su gobierno secreto, y él había aceptado. En abril de 1832 fue detenido un emisario que llevaba un correo suyo a la duquesa. Chateaubriand fue arrestado bajo la acusación de conspiración contra la seguridad del Estado. Cuando fueron a detenerlo, a las seis de la mañana, lo encontraron acostado entre dos jovencitas.


Juliette fue a visitarlo, se ocupó de tranquilizar a la esposa y movió los hilos para obtener su libertad. La obtuvo con la condición de que el acusado abandonase París, de modo que Chateaubriand parte de nuevo hacia Suiza. Poco después una epidemia de cólera hace que también Juliette huya de la ciudad, y en agosto ambos se reúnen en Constanza.

La turbulencia política permite la vuelta de Chateaubriand a París, y poco después la duquesa lo llama a Venecia. Mientras tanto escribía magníficas páginas en sus memorias, y a su regreso trae el manuscrito envuelto en un chal de seda. Se organizan entonces lecturas en el salón de Madame Récamier.

En 1835 ella cumple 58 años y su salud es mala. Tal vez lo más difícil de sobrellevar es el modo en que se debilita su vista. Chateaubriand también está enfermo, duerme mal y sufre trastornos nerviosos, aunque aún viviría diez años más. “No habléis nunca de lo que yo sería sin vos; si me lo preguntaseis, no lo sabría. No he hecho suficiente daño al cielo para que no me llame antes que a vos. Veo con placer que estoy enfermo, que ayer me he vuelto a encontrar mal, que no recupero fuerzas. Para lo único que ahora sirvo es para amaros”. 

Juliette se adentra en una etapa melancólica, la última de su vida. Enterarse de fallecimiento del príncipe de Prusia, su amor de juventud, acentúa su estado de ánimo. Poco a poco la muerte le iba arrebatando a todos sus viejos amigos, y en su salón se vivía más en el pasado que en el presente.

Cuando estalló la Revolución de 1848, Madame Récamier estaba ciega. Se había sometido a dos operaciones de cataratas que no lograron devolverle la vista. Aun así, estaba junto a Chateaubriand cuando él murió el 8 de julio de ese año. Ella solo iba a sobrevivirle unos meses: instalada en casa de su sobrina, una repentina indisposición la obligó a guardar cama y terminaba con su vida el 11 de mayo de 1849. Había sido presa de un violento ataque de cólera que la fulminó en doce horas.


viernes, 14 de marzo de 2014

Madame Récamier (II)


Juliette Récamier tenía 30 años cuando su esposo se arruinó. Después de tantas penalidades sufridas, los médicos le recomendaron un cambio de aires. Se dirigió a Coppet, al château de Madame de Staël, quien por entonces preparaba su libro De l’Allemagne. Juliette pasó allí cinco meses, en compañía de otros ilustres huéspedes de su amiga. La comedia era la principal distracción, y también se representaba un drama de Madame de Staël: Genoveva de Brabante. Gaudot nos dejó la siguiente descripción de Juliette durante aquellas jornadas:

“Conmueve sin deslumbrar, atrae, retiene porque habla poco y sus movimientos son escasos y naturales… Sabe conducirse tan bien que agrada incluso a las mujeres. Nunca se le oye monopolizar la conversación, y aun menos criticar o interrumpir”, y añade la siguiente curiosidad: “Me gustan en ella hasta ciertos defectos, como por ejemplo el más gracioso bigotito del mundo.”

Uno de los huéspedes de Coppet era el príncipe Augusto de Prusia, sobrino de Federico el Grande. Era joven, muy arrogante, “atolondrado, ligero y un poco fatuo”. El príncipe se enamora de Juliette; quiere que se divorcie para casarse con ella, algo a lo que se compromete en una nota escrita de su puño y letra:

“Juro por el honor y el amor conservar en toda su pureza el sentimiento que me ata a Juliette Récamier, dar todos los pasos autorizados por el deber, para ligarme a ella con las ataduras del matrimonio, y no poseer a ninguna mujer en tanto que tenga la esperanza de unir mi destino al de ella…”.

Augusto de Prusia

Además ofrece a Juliette un brazalete de oro y una cadena con un corazón de rubíes. Ella le correspondía. Deseaba el divorcio, pero vacilaba y le faltaba el valor para tomar una decisión de esa envergadura. El príncipe se inquieta y le reprocha que no quiera causar “algunos momentos desagradables a una persona a la que no amáis y que os ha hecho perder ya doce de los más hermosos años de vuestra vida”.

Según nuestras cuentas eran catorce los que llevaba casada, lo que parece sugerir que tal vez Juliette declaraba un par de años menos de los que en realidad tenía.

De regreso en París, Augusto la apremia y ella se decide a plantear la cuestión a su esposo. Monsieur Récamier no acoge con agrado la solicitud de un divorcio que le colocaría en una posición incómoda, y Juliette se echa atrás. Augusto protesta apasionadamente. “He quedado como fulminado por un rayo al recibir vuestra carta. ¿Sois vos en realidad la que me escribís? Después del juramento que me habíais hecho, yo no podía dudar de vuestros sentimientos. Acabáis de destruir todas mis ilusiones y de convertirme en el más desdichado de los hombres. Ni siquiera os dignáis darme una razón, una mentira que explique un cambio tan súbito. No puedo comprender una conducta tan extraña. No me reduzcáis a la desesperación. No sabéis lo que sería capaz de hacer”.

No hizo nada, y continuaron escribiéndose durante un año más.

Madame de Staël

Augusto de Prusia fue relevado en el corazón de Juliette por otro Augusto: el hijo de Madame de Staël. Para entonces la posición de Madame Récamier era muy comprometida, debido a que mantenía estrechas amistades con personas no gratas a Napoleón. Se encontraba en Dijon cuando su marido le confirmó la orden de permanecer desde aquel momento a cuarenta leguas de la capital. La decisión del gobierno había sido tomada el 30 de agosto de 1811. Juliette eligió como residencia Châlons-sur-Marne, y allí se reunieron con ella su padre y su esposo. Al cabo de ocho meses se decidía a marchar a Lyon, donde la reclamaba la familia de Monsieur Récamier.

En Lyon iba a encontrar la amistad de la hermana menor de su marido y la de algunos exiliados. Allí conoció a Ballanche, filósofo e impresor que nos es descrito como “feo, silencioso y torpe”. También Ballanche se enamoró de ella, y Juliette se dejó amar.

La duquesa de Abrantes la muestra en sus memorias bordando en su pequeña habitación, donde tenía su piano y sus libros. Aparecía a veces en el balcón, sin sombrero, con su vestido blanco. Monsieur Récamier le recomendaba que evitase ser pródiga en sus caridades, porque su generosidad tenía mal freno. Juliette hacía educar a su costa a una niña inglesa que quitó a unos saltimbanquis.

Manuela Téllez y Girón Pimentel, duquesa de Abrantes, retratada por Goya

En Lyon se sentía muy vigilada. En parte por escapar al control y en parte por distraerse, planeó un viaje a Italia. Partió en la primavera de 1813 en compañía de su sobrina y de una sirvienta. Al llegar a Turín cayó enferma y sufrió dos crisis nerviosas.

Una vez en Roma, se instaló en la Plaza de España. Al cabo de un mes alquilaba el primer piso del palacio Fiano, donde recibía a los franceses residentes en la ciudad. Ballanche, siempre enamorado, acude desde Lyon a visitarla y pasa una semana en Roma. El viejo arqueólogo Seroux d’Agincourt le sirve de guía a Juliette. A sus 83 años aún es sensible a la belleza femenina, y galantemente le envía flores a diario. 

Después Madame Récamier partió hacia Nápoles, invitada por el rey Joaquín y la reina Carolina. Ambos la recibieron en palacio con la más exquisita cortesía y la condujeron a Pompeya para que asistiera a una excavación. Finalizada su estancia en Nápoles, regresaba a Roma.

Los acontecimientos políticos daban un giro completo, y en mayo de 1814 entraba en París Luis XVIII. Era la señal para el regreso de los exiliados. Juliette llegaba procedente de Roma el 1 de junio y volvía a abrir su salón, al que acude la élite de toda Europa. Wellington era uno de sus múltiples admiradores.

Luis XVIII

Uno de los asiduos era Benjamin Constant, antiguo amor de Madame de Staël. Constant no se conforma con la amistad de Juliette, pero ella desconfiaba porque sabía que el caballero era voluble en sus afectos. En septiembre de 1814 él escribe: “Ciertamente no bromeo, puesto que sufro. Me mantengo en una pendiente muy inclinada. ¡Os es tan indiferente causar sufrimiento! Los ángeles también tienen su crueldad”. 

Su situación económica había mejorado considerablemente. El esposo volvía a ser afortunado con sus negocios y ella había heredado de su madre un capital nada desdeñable, lo que le permitía volver a tener caballos y coches. Alquiló un palco en la Ópera y recibía en su casa después del espectáculo, pero fue un breve paréntesis en sus desdichas, porque poco después Monsieur Récamier volvía a arruinarse.

El 20 de marzo de 1815 Napoleón está de regreso en las Tullerías, hace llamar a Constant y este acepta redactar una constitución mientras sigue persiguiendo a Juliette. Fue por entonces cuando tuvo lugar en casa de Madame Récamier una lectura de Adolfo, en el curso de la cual Constant estalló en sollozos. Esos Cien Días no fueron los más hermosos de su vida: el caballero había perdido una doble partida, en política y en el amor. 

Madame de Staël

La salud de Madame de Staël comenzaba a declinar poco después. Ella luchaba contra la muerte, aparentando que estaba mejor, y no renunciaba a seguir ofreciendo cenas a sus amigos. Durante el transcurso de una de ellas, en febrero de 1817, Juliette se encontró sentada junto a Chateaubriand. Aquel encuentro iba a marcar profundamente a Madame Récamier.

Cuatro meses más tarde recibe la trágica noticia de la muerte de su amiga. Juliette tenía 39 años y estaba a punto de vivir su gran amor.


Continuará

domingo, 9 de marzo de 2014

Madame Récamier


“Jeanne Françoise Julie Adélaïde, hija legítima de M. Jean Bernard, consejero del rey y notario de Lyon, y de Marie Julie Matton, nacida ayer en la calle La Cage, fue bautizada por mí, el abajo firmante, sacerdote, el 4 de diciembre de 1777…”.

La niña, a la que llamarían Juliette, permaneció al cuidado de una de sus tías maternas cuando su padre obtuvo el cargo de recaudador de finanzas en París en 1784. Allá en Villefranche, Juliette estableció profundos lazos de afecto con su prima, Mademoiselle Blachette, que un día se convertiría en la baronesa de Dalmassy. Sin embargo, su estancia en el hogar de sus tíos solo duró cuatro meses, tras lo cual fue enviada para su educación al convento de la Déserte, donde otra de sus tías maternas había profesado como religiosa.

“Aquella época regresa a veces a mí como un sueño vago y dulce, con sus nubes de incienso, sus eternas ceremonias, la procesión por los jardines, los cánticos y las flores.”

En París los Bernard llevaban una existencia casi lujosa. Cuando Juliette abandonó el convento y se reunió con ellos, aprendía a tocar el piano, el arpa y a cantar; su madre la llevaba a los espectáculos, le enseñaba el arte de engalanarse y la acompañaba a Versalles.

La familia recibía a mucha gente, entre ellos a un banquero llamado Jacques-Rose Récamier, célebre ya por su riqueza. Los Bernard y los Récamier se conocían desde hacía mucho tiempo, y sus relaciones eran tan íntimas que algunos rumoreaban que Juliette podría ser en realidad hija del banquero, “un hombre sin principios y que solo se gobernaba por el placer”. Sin embargo, él fue precisamente el esposo elegido para la jovencísima Juliette, que solo contaba quince años cuando se casaba en París el miércoles 24 de abril de 1793. El novio tenía 42. Se trataba de un matrimonio de conveniencia que nunca podría ser consumado, debido a una particularidad fisiológica, un defecto de constitución que aseguraba a Juliette una virginidad infranqueable.

Monsieur Récamier

La gracia y la belleza de la joven la hacen destacar muy pronto en el París del Directorio. Era muy hermosa; seducía por la esbeltez de su cintura, la elegancia del cuello y los hombros, la blancura de su tez y una expresión de inequívoca bondad. Ella acoge su éxito con tacto y no se mezcla en las intrigas políticas. Siempre se mantiene un poco aparte, con una reserva de buen tono. Sencilla en sus gustos, no lleva ostentosos diamantes, sino que se contenta con perlas. Sin embargo, la belleza es un concepto tan subjetivo que ni siquiera ella se libró de alguna crítica, como la que hizo el barón de Tremont, quien le reconoce el más bonito de los rostros pero añadiendo que “por encantador que fuese, estaba más cercano a la modistilla que a la gran señora”. Le reprocha sus cabellos castaños, no lo bastante abundantes, aunque reconoce que son sedosos. Le ve “los pies vulgares, la silueta sin elegancia, el brazo delgado y el pecho llano”, un detalle este último que contradice Brillat-Savarin al decir que Juliette tenía el busto muy hermoso.

Récamier se sentía orgulloso de los éxitos cosechados por su esposa. A finales de 1798 el matrimonio se instala en una villa de la rue du Mont-Blanc, y es por entonces cuando Juliette conoce a Madame de Staël, nueve años mayor que ella y una gran influencia para la joven. Germaine la introdujo en la sociedad literaria de aquel tiempo, y con ella hizo Juliette su aprendizaje en el manejo de un salón. 

Madame Récamier levanta muchas pasiones. Ella no las rechaza, sino que “las desvía y las amortigua”, convirtiéndolas en amistad. Sabemos que amó, aunque, debido a defecto de constitución, nunca sabremos exactamente cómo.

Luciano Bonaparte
El primer asalto a su virtud lo llevó a cabo Luciano Bonaparte. Ambos se habían conocido durante una cena en Bagatelle. Subyugado por la belleza de Juliette, le escribió una carta con su declaración. Nada obtuvo, por supuesto, excepto una puerta abierta a la amistad.

De 1800 a 1802 la popularidad de Madame Récamier continúa en ascenso. Su aparición en el paseo de Longchamp o el simple hecho de que pasase la bandeja en la misa de Saint-Roch constituía todo un acontecimiento, y los diarios hablaban de ella. En esa época se encuentra con Chateaubriand en casa de Madame de Staël, pero por entonces aún no sabía que acababa de conocer a quien sería la pasión de su madurez.

La paz de Amiens abría Inglaterra para los franceses, y Madame Récamier acude a Londres en compañía de su madre. Durante su estancia allí, en mayo y junio de 1802, recogió un brillante tributo de admiraciones. También los diarios ingleses alababan su belleza. La duquesa de Devonshire la hace dama de compañía, y el príncipe de Gales la abruma con su amabilidad. Después regresó a Francia pasando por Holanda, y una vez en París reanuda sus recepciones.

Madame de Staël era una amiga muy comprometedora que se relacionaba con los opositores al régimen. El padre de Juliette también prestaba su apoyo a una hoja periódica hostil al Primer Cónsul y a su familia, y facilitaba la circulación de escritos y propaganda monárquica. Fue detenido por ello y conducido a la prisión del Temple, aunque gracias a Bernadotte, gran amigo de Juliette, se libró de una acusación y fue puesto en libertad. Napoleón se contentaba con su destitución.

Madame Récamier albergaba rencor contra el Primer Cónsul a consecuencia de este incidente, pero procura no dejarlo traslucir. La gente continuaba aglomerándose en sus salones, y sus bailes eran muy populares. Su mansión rezuma el gusto exquisito que la caracteriza: la escalinata está recubierta de alfombras turcas y por todas partes hay flores y arbustos raros; a la izquierda del vestíbulo está el tocador, el baño y el dormitorio en el que Juliette recibe a las señoras, una enorme habitación recubierta de espejos y con puertas de marquetería. El lecho está cubierto por los más finos tejidos de la India y flanqueado por dos candelabros muy altos. 


A las recepciones que daba en su casa de París se añadían las que ofrecía en su casa de campo de Clichy-la-Garenne, donde los invitados disfrutaban de un paseo después de comer, y más tarde a un recital de versos. Luego se escuchaba música, y Juliette cantaba acompañándose con el arpa.

Madame de Staël, una vez viuda, busca distracción en la literatura y publica su novela Delphine. La obra obtuvo un éxito considerable, pero la autora estuvo a punto de ser encarcelada. Se libró con una orden de exilio que le fue comunicada en otoño de 1803. Madame Récamier le ofreció hospitalidad durante ese tiempo en su castillo de Saint-Brice.

Desde febrero de ese año, el salón de Juliette había permanecido cerrado. Su esposo se encontraba en mala posición y corrían rumores desagradables respecto a su banco, y ella eligió mal momento para cometer imprudencias mostrando sus simpatías por algunos opositores, como su amigo Montmorency, Moreau o la propia Madame de Staël. Sin embargo, se presentaba una ocasión de recuperar la gracia de Napoleón. En el momento de la Consagración, el emperador trató de atraerla a su corte. Hubo negociaciones al respecto, pero sin resultado. Madame Récamier fue sometida a vigilancia, aunque sin ser molestada.

La situación financiera del marido iba de mal en peor. El Ministro del Tesoro le negó un préstamo, y eso precipitó la quiebra. Arruinada, Juliette mostró resignación. Liquidó su dote y puso en venta las joyas y la mansión, que abandona para alquilar el apartamento del príncipe de Pignatelli. Una nueva desdicha caía para ella como un mazazo: la muerte de su madre en enero de 1807.

Bonaparte por Meynier

Madame de Staël, de regreso gracias a las gestiones de Juliette, estrecha aún más su amistad con ella, y de todas partes llegan testimonios de afecto entre los enemigos del régimen. Junot trató de intervenir ante el emperador en favor del banquero, pero solo obtuvo esta desabrida respuesta del emperador:

—Yo no soy el amante de Madame Récamier, y no salgo en auxilio de los negociantes que sostienen una casa de seiscientos mil francos anuales, Monsieur Junot.


(Continuará)