sábado, 25 de junio de 2016

Simonne Evrard, "Madame Marat"


Simonne Evrard había nacido en Tournus el 6 de febrero de 1764, o, según otras fuentes, 1767. Fue la mayor de las tres hijas del segundo matrimonio de su padre, un carpintero de barcos. La niña, al igual que sus hermanas, recibió probablemente alguna instrucción en la escuela gratuita del hospicio de Tournus.

Simonne perdía a su madre contando tan solo diez años, y poco después también quedaba huérfana de padre. Es entonces cuando ella y sus hermanas se trasladan a París, donde una conciudadana les proporciona trabajo en el negocio que había abierto en la capital. Hay varias versiones acerca del empleo que desempeñó la niña, pero podría haberse tratado de una fábrica de manecillas de reloj.

Era bonita. Medía 1,62, tenía cabellos oscuros, rostro ovalado y nariz aguileña. La boca era más bien generosa y los ojos grises. Goupil-Louvigny dice de ella:

“Tengo razones para creer que la viuda Marat no era una mujer corriente, pues su cuñada me hablaba de ella con entusiasmo. Albertine conservaba religiosamente cuanto le había pertenecido. Yo personalmente fui encargado, en los últimos años de su vida, cuando se vio obligada por la necesidad, de vender diversos objetos y ropa que procedían de ella, todo lo cual poseía cierta elegancia y gran distinción”.


En diciembre de 1790 Marat, director de L’Ami du Peuple, entraba furtivamente en una casa y llamaba a una puerta en el segundo piso. Fue la ciudadana Simonne quien le abrió. Ella creía en la causa revolucionaria y admiraba a cuantos perseguían a los enemigos de la misma. Marat, desde su periódico, no cesaba de hacerlo. Meses antes había escrito:

“Hace un año que quinientas o seiscientas cabezas cortadas os hubieran hecho felices y libres. Hoy será preciso cortar diez mil. Dentro de algunos meses quizá sean necesarias cien mil; y lograréis maravillas porque no habrá paz para vosotros hasta que exterminéis todos los brotes de los implacables enemigos de la patria…”

Y poco después:

“Dejad de perder el tiempo imaginando medios de defensa. No queda más que uno, el que tantas veces os he aconsejado: una insurrección general y ejecuciones populares. Aunque fuera preciso cortar cien mil cabezas, no se puede dudar ni un instante. Colgadlos, colgadlos, amigos míos, pues es el único medio para eliminar a vuestros pérfidos enemigos. Si ellos fueran los más fuertes, os degollarían sin piedad; acuchilladlos, por tanto, sin misericordia.”


Simonne se sentía exaltada por estos discursos, pero la Asamblea Nacional acabó por molestarse. Eso fue el 19 de diciembre, el día en que Marat escribió en su periódico: “Corred a las armas… y que vuestros primeros golpes caigan sobre el infame general [La Fayette], inmolad a los miembros corrompidos de la Asamblea Nacional, al infame Riquetti el primero; cortad los pulgares de las manos de todos los nobles. Si sois sordos a mis gritos, peor para vosotros.”

La Fayette y Mirabeau se enfurecieron. El general, que era comandante de la Guardia Nacional, envió 300 hombres armados a la imprenta del periódico. Armarios y cajones fueron registrados sin contemplaciones, se secuestraron los ejemplares de L’Ami du Peuple, pero no lograron encontrar a Marat, refugiado en un sótano. Desde allí seguía escribiendo sus manifiestos. Ahora pedía a la multitud que masacrara a la guardia nacional y exhortaba a las mujeres a infligir a La Fayette “el suplicio de Abelardo”.

La furia del general se redobló. La Fayette envió a sus hombres en su busca. Marat, acosado, pasó una semana cambiando constantemente de lugar para no ser encontrado. Escribía a veces desde un granero, otras veces incluso desde las grutas del convento de los Cordeliers. Hasta que uno de los trabajadores del periódico le buscó un buen escondite en casa de su cuñada, Simonne evrard, que por la admiración que profesaba a Marat estaba dispuesta a darle refugio en su hogar.

La joven se enamoró de él apenas conocerlo. Marat era francamente espantoso, a pesar de lo cual sabemos que sedujo a Angelica Kauffmann, a la marquesa de Laubespine y a muchas jóvenes colaboradoras.


Durante el tiempo que él permaneció oculto a su lado, ambos se convirtieron en amantes. Un día, según cuenta Verginaud, ante una ventana abierta Marat tomó la mano de Simonne y “arrodillados ambos ante el Ser Supremo”, prometió desposarla “ante el vasto templo de la naturaleza, que tomo por testigo de la fidelidad eterna que te juro…”. Esa promesa iba a plasmarse posteriormente por escrito, con fecha de 1 de enero de 1792.

“Habiendo cautivado mi corazón las buenas cualidades de mademoiselle Simonne Evrard… le dejo en prueba de mi lealtad, durante el viaje que me veo obligado a hacer a Londres, la promesa sagrada de desposarla inmediatamente tras mi regreso, por si toda mi ternura no fuese suficiente garantía de mi fidelidad. Que el olvido de este compromiso me cubra de infamia.”.

En el momento del compromiso, Simonne tiene casi 28 años y él veinte más. Ella había llegado a su vida en un momento en que Marat se veía en la cuerda floja en todos los aspectos. Estaba aislado en sus posiciones políticas y su situación financiera era sumamente precaria. Ambos vivían juntos, y Simonne consigue ayudarlo también en esto, puesto que una de sus hermanas había muerto sin hijos y le dejaba una herencia. El 26 de julio de 1793, ella declara que “cuando el ciudadano Marat vino a vivir con ella, se encontraba en la más apurada de las situaciones; que por el interés de la patria y por ayudarlo en la impresión y distribución de su periódico, consumió la mayor parte de su fortuna…”.

Y, al parecer, ambos se casaron, aunque no celebraron ningún tipo de ceremonia religiosa. Según el Journal de la Montagne, Marat “no creía que una vana ceremonia constituyera condición indispensable para el matrimonio”. El propio Marat alude en su diario a una ceremonia privada al estilo Rousseau. Recordemos que el filósofo contrajo un curioso matrimonio con Thérèse en el que fue él mismo novio y oficiante a la vez. Dichos matrimonios no eran infrecuentes en determinados lugares de París, especialmente entre los sans-culottes, y a menudo eran considerados válidos por el gobierno local.


El día en que una joven de Caen solicitó audiencia con el Amigo del Pueblo, Simonne sospechó y le negó la entrada. Pero Charlotte Corday se mostró insistente y su presencia llegó a oídos de Marat, que tomaba su baño medicinal para aliviar la enfermedad de su piel. Decidió recibirla, y quedó a solas con ella. Poco después Simonne escuchaba el grito angustiado de su esposo: “¡Ayúdame, querida amiga!”, pero llegaba demasiado tarde: la daga de la asesina ya había alcanzado su objetivo y Marat moría.

Poco después la viuda dirigía un discurso a la Asamblea.

“No he venido ambicionando favores ni para lamentarme de mi pobreza. La viuda de Marat solo necesita una tumba”. 

Y luego habló elocuentemente contra los que habían sido los enemigos de su marido. Los periódicos de Roux y Leclerc no sobrevivieron mucho tiempo a su denuncia. Después de eso, Simonne se retiró de los asuntos públicos para vivir en compañía de la hermana de Marat, cuya familia la reconocía formalmente como su viuda.

“Declaramos, pues, que cumplimos con satisfacción los deseos de nuestro hermano al reconocer a la ciudadana Evrard como nuestra hermana, y que tendremos por infame a aquellos de nuestra familia, de haber alguno, que no compartieran los sentimientos de estima y gratitud que sentimos por ella”.

Simonne trató en vano de defender la memoria de su esposo hasta que le sobrevino la muerte, el 24 de febrero de 1824.


Muchas gracias a los que estáis acudiendo a las presentaciones de "La leyenda del enmascarado" en diversos puntos de la geografía española. Hacemos un alto en los eventos hasta la feria internacional de la Semana Negra, el 15 de julio.




miércoles, 15 de junio de 2016

Las Jacintias de Esparta


Las flores están íntimamente relacionadas con muchos de los mitos griegos. Por ejemplo, la anémona guarda relación con la muerte de Adonis, el joven amado por Perséfone y por Afrodita. Adonis cazaba solo un día cuando, al herir a un jabalí, este le clavó sus colmillos. Afrodita oyó los gritos de su amado y al llegar vio cómo se desangraba hasta morir. Allí donde caían las gotas de la sangre de Adonis, brotaban anémonas rojas. Según otra versión, las anémonas ya existían y eran blancas, pero la sangre las volvió rojas. Más adelante los cristianos adoptaron esta flor como símbolo de la sangre derramada por Jesús en la cruz.

Los griegos tenían otro mito para el Jacinto. Contaba la leyenda que Jacinto era un joven amado por Apolo. Un día ambos se entretenían practicando el lanzamiento de disco cuando el celoso Céfiro, dios del viento, hizo que el disco golpeara a Jacinto y lo matara. Según otra versión, el propio Apolo dio muerte accidental con el disco a Jacinto. Mientras el dios lloraba la pérdida de su amigo, una nueva flor nació. Apolo le dio su nombre y ordenó que se lo honrara con un festival de tres días en Esparta, con sacrificios vacunos y nocturnos. 

El festival se celebraba a finales de primavera o comienzos de verano, sin que haya acuerdo acerca de cuál de nuestros actuales meses equivale al Hecatombeus espartano. El lugar era el templo de Apolo en Amiclas, a 5 kilómetros al sur de Esparta, en el margen derecho del río Eurotas. Allí se encontraba la tumba de Jacinto, bajo la imagen del dios, según cuenta Pausanias. Este dice haberlo visto representado en el trono, escoltado hasta el Olimpo por Afrodita, Atenea y Artemisa y retratado como un hombre maduro, con barba, y no como el adolescente que aparecía en posteriores manifestaciones artísticas. En esa tumba se depositaban ofrendas antes incluso de presentarlas al propio dios.


Estos ritos adquirieron tal importancia que los espartanos incluso interrumpían sus campañas militares para acudir al festival, pues se negaban a portar armas durante su celebración. 

El primer día del festival estaba dedicado a los muertos, a los que se ofrecían sacrificios. No se podía llevar guirnaldas, ni tampoco comer pan, ni cantar himnos a Apolo, pues el duelo era absoluto. Era un día de gran abstinencia y de una tristeza inusual en los festivales de Apolo.

El segundo se celebraba con música y concursos hípicos. Todos podían participar, incluso los ilotas y los extranjeros. Los efebos ejecutaban danzas, se tocaba la cítara y la flauta y se cantaba a la gloria de Apolo, con numerosos coros que rivalizaban entre sí. Las doncellas de Esparta desfilaban en carros hechos de mimbre y bellamente decorados por las mujeres y adornados con guirnaldas. Ese día se ofrecían sacrificios de cabras y se organizaba un banquete, llamado kopis, al que los ciudadanos invitaban a sus familiares y parientes, en tiendas erigidas a tal fin. Se comían pasteles, pan, carne, caldo, hierbas crudas, higos y postre. Por la noche había una fiesta para expresar alegría por la resurrección de Jacinto y por el almacenamiento de las cosechas. Se sabe que la danza formaba parte importante de la fiesta, y que participaban las muchachas.

El último día, al igual que el primero, era de duelo, con sacrificios a los muertos y dedicado a lamentar la pérdida de Jacinto, y las mujeres ofrecían a Apolo una túnica que habían tejido.


El festival daba lugar a la matanza de un buen número de bueyes con los que se alimentaba a todos los participantes. La participación en el sacrificio era la forma de actualizar el pacto que unía a la ciudad con sus dioses, para garantizar el orden y la prosperidad.

Estos ritos eran tan antiguos que algunos estudiosos incluso afirman que podrían ser pre-dorios, y se supone a Jacinto una personificación de la vegetación que se seca al llegar el verano con el calor del disco solar. Simboliza la transformación del fresco verdor primaveral, el madurar del grano, y, por tanto, el paso de la adolescencia a la madurez del adulto.


PRESENTACIÓN EN VALENCIA DE "LA LEYENDA DEL ENMASCARADO", VIERNES 17 DE JUNIO A LAS 19:30. Librería Leo, Rinconada Federico García Sanchiz, 1.



miércoles, 8 de junio de 2016

Carlos III más de cerca


El conde de Fernán Núñez, biógrafo de Carlos III, nos ha dejado una descripción detallada de cómo transcurría una jornada en la vida del rey. Nos lo describe como un hombre contrario a toda etiqueta en el vestir, cómodo con su ropa vieja, su calzón negro y gastado, siempre deseando despojarse cuanto antes de los trajes de gala. Cuando al fin podía hacerlo, exclamaba: “¡Gracias a Dios!”. Según el conde, el soberano no debió ponérselo fácil a su sastre, porque “no le tomó medida para ninguna prenda en más de 30 años”. Descuidado con la ropa, sí, pero aseado, pues “no podía sufrir una mancha, ni que, al quitarle la camisa, le rompiesen los encajes de que usaba siempre. Entonces solía decir, aunque sin un enfado formal: “Poca maña, poca maña, amigo”. Sobre su físico, dice:

"Era el Rey Carlos de una estatura de cinco pies y dos pulgadas, poco más; bien hecho, sumamente robusto, seco, curtido, nariz larga y aguileña […] Había sido en su niñez muy rubio, hermoso y blanco; pero el ejercicio de la caza le había desfigurado enteramente, de modo que cuando estaba sin camisa, como le vi muchas veces cuando le servía como su gentil hombre de cámara, parecía que sobre un cuerpo de marfil se había colocado una cabeza y unas manos de pórfido, pues la mucha blancura de la parte del cuerpo que estaba cubierta, obscurecía aún más el color obscuro de la que estaba expuesta continuamente a la intemperie […] La magnitud de su nariz ofrecía a la primera vista un rostro muy feo; pero pasada esta impresión, sucedía a la primera sorpresa otra aún mayor, que era la de hallar en el mismo semblante que quiso espantarnos una bondad, un atractivo y una gracia que inspiraba amor y confianza".

El biógrafo nos lo describe como un hombre bondadoso y familiar, religioso pero no supersticioso, de trato sencillo y carácter alegre, con talento y gracia para la imitación, aunque su dignidad le prohibía entregarse en exceso a estas chanzas. Odiaba la mentira y el engaño, y “nada le era más contrario que la afectación, la ficción y la vanidad, llevando en algún modo al exceso su aborrecimiento a estos defectos”. Dice el conde, además, que jamás se le vio pasar del enojo a la cólera, ni se le escuchó proferir una mala palabra. Recto e irreprochable, huía de todo hábito libertino. “Su castidad era extrema, y, no obstante que su temperamento robusto y la costumbre contraída en su matrimonio exigía aún su continuación en la edad de cuarenta y cuatro años, en que perdió su mujer, jamás quiso volverse a casar, y para minorar y resistir las tentaciones de la carne, dormía siempre sobre una cama dura como una piedra, y si de noche se hallaba agitado, salía fuera de ella y se paseaba descalzo por el cuarto".


Sus gustos eran tan sencillos como su carácter. Amaba la agricultura y las fábricas, pero también las artes, y muy especialmente la arquitectura. “Trajo de Nápoles una porción de artistas que trabajaban en mosaico de piedra dura, de la que se trabaja en Toscana, donde la usan, con la mayor perfección, y una fábrica de porcelana, que estableció en el Retiro, y que sirvió más para su propia diversión que para utilidad pública, pues la pasta no era buena”. Había aprendido a trabajar al torno, tarea en la que se mostraba hábil, y hacía él mismo los puños de sus bastones.

Carlos III tenía perfectamente regulada su jornada, porque “conocía que la regularidad en la vida y la distribución inalterable de las horas de un Monarca es tan necesaria para la seguridad y tranquilidad de los que le rodean, como la invariabilidad del curso del sol y de los planetas para reglar sobre ella las estaciones […] Nunca adelantaba ni atrasaba un minuto la hora que daba para cada cosa, y le he visto estar con la mano sobre el picaporte para no salir de su interior hasta dar la hora que había indicado a los que le esperaban fuera”. Consiguió evitar las depresiones a las que su familia se mostraba tan vulnerable, en especial su padre y hermanos. Estaba convencido de que el mejor remedio era no mantenerse ocioso y ocupar sus horas con toda clase de actividades. Cazaba con suma frecuencia, y sin embargo no le gustaba la caza: “Yo le he oído decir en El Pardo, estándole sirviendo a la mesa: Si muchos supieran lo poco que me divierto a veces en la caza, me compadecerían más de lo que podrían envidiarme esta inocente diversión. Me dirán muchos: podría ocuparse en otras cosas más que en la caza. A lo que responderé: lo uno, que ninguna otra ocupación reunía la ventaja del ejercicio; y lo otro, que no amando la música, y poco el juego, el demasiado estudio y lectura no era tan conveniente para el fin que se proponía como dicho ejercicio.”


Su día transcurría del modo siguiente:

A las seis entraba a despertarle su ayuda de cámara […] Se vestía, rezaba un cuarto de hora y estaba solo, ocupado en su alcoba, hasta las siete menos diez minutos que entraba el sumiller. A las siete en punto se vestía, lavaba y tomaba chocolate. Oía la misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho estaba ya de vuelta y se encerraba a trabajar solo hasta las once, el día que no había despacho. A esta hora venían a su cuarto sus hijos, pasaba con ellos un rato y luego otro con su confesor o algún ministro.

Salía después al salón grande, donde estaban esperando los embajadores extranjeros, departía con todos un buen rato y pasaba a almorzar en público, hablando con unos y con otros durante la mesa. Aunque comía bien, porque lo exigía el continuo ejercicio que hacía, siempre eran cosas sanas y las mismas. Bebía dos vasos de agua templada mezclada con vino de Borgoña en cada yantar. Después de comer dormía la siesta en verano, pero no en invierno, y salía luego de caza hasta la noche, primero con su hermano el infante don Luis y después con el príncipe de Asturias, su hijo.

Al volver del campo lo esperaba toda la familia real. Se contaba y repartía la caza, hablaba de lo que sus acompañantes habían hecho por su lado y, despedidos los hijos, daba el santo y seña para el otro día y pasaba al cuarto de sus nietos. Después tenía despacho y si entre este y la cena, que era a las nueve y media en punto, quedaba algún rato, jugaba a los naipes para ocuparlo. Cenaba siempre la misma cosa: su sopa, un pedazo de asado de ternera, un huevo fresco, ensalada con agua, azúcar y vinagre, y una copa de vino de Canarias dulce en que mojaba dos pedazos de pan tostado y bebía el resto. Se ponía siempre en la mesa un gran plato con pedazos de pan, pues a la mitad de la cena se soltaban los perros de caza y entraban como furias, se abalanzaban sobre la mesa y el rey les daba los trozos de pan. Otra cosa muy singular sucedía en la cena, y era que después de que su majestad comía el huevo, que ponía en una huevera alta, en forma de cáliz, la volvía, le daba un golpe con la cucharita, y tenía tomado el rey de tal modo el tino que quedaba derecha la cuchara y el huevo sin más lesión que la precisa para introducirla […]


Rezaba Su Majestad otro cuarto de hora o veinte minutos antes de recogerse y después salía a la cámara, se desnudaba y se metía en la cama.

Esta era la norma de vida del monarca, jamás alterada. Tanto es así que en cualquier parte del mundo en que estuviera, podía decirse casi sin errar dónde se encontraba el rey y lo que hacía en aquel día y hora, según la estación del año.




Sábado 11 de junio, de 12h a 13:30h y de 18h a 20h, firmo "La leyenda del enmascarado" y "Mujeres en la historia" en la Feria del Libro de Valladolid, caseta 41, Plaza Mayor.


Ya en stock en Amazon

martes, 7 de junio de 2016

VALENCIA, VALLADOLID Y AVILÉS

Palacio de Valdecarzana, Avilés

En los próximos días estaré presentando “La leyenda del enmascarado” en Valladolid, Avilés y Valencia. 

En Valladolid firmaré en la Feria del Libro, Plaza Mayor, el sábado día 11, caseta 41, de 12h a 13:30 y de 18h a 20h


En Avilés presentaré en el Palacio de Valdecarzana. Agradezco al ayuntamiento de Avilés la cesión desinteresada de este bello palacio del siglo XIV para realizar el evento que tendrá lugar el lunes día 13 a las 19:30.


Y el viernes 17 estaré en Valencia para presentar mi novela junto a la escritora Raquel Campos a las 19:30 en la librería Leo, Rinconada Federico García Sanchiz, 1.


Muchas gracias a todos los que asististeis a la presentación de ayer en Gijón. 







En uno o dos días retomaremos ya la actividad del blog, si los compromisos editoriales lo hacen posible.


martes, 31 de mayo de 2016

Los Siete Reinos


A consecuencia de las invasiones de Gran Bretaña por parte de jutos, anglos y sajones, Inglaterra se fracturó en un gran número de diminutos reinos locales, cada uno con su propio rey. Algunos de ellos apenas eran algo más que jefes tribales. Con el tiempo, este caos se fue agrupando en siete reinos principales, conocidos como la heptarquía: Northumbria, Mercia, East Anglia, Essex, Kent, Sussex y Wessex. La situación continuaba sin ser estable, pues una guerra sucedía a otra en el afán de cada rey por dominar a sus vecinos y adjudicarse el título de Bretwalda. Además, a estos reinos había que sumar los varios que componían el actual Gales. Los ejércitos anglos y sajones, además de guerrear entre sí, siempre estaban preparados para combatir a galeses y escotos.

Los primeros que llegaron fueron los jutos, creando el reino de Kent en territorio celta. Al igual que los sajones, eran paganos y no practicaban el cristianismo hasta que Ethelberto, que se había casado con una princesa franca, por influencia de su esposa permitió a los misioneros la evangelización de sus tierras.

Los reinos se articulaban en la Asamblea o Wittenagemot, que, convocada por los reyes, se reunía al menos una vez al año, sin que tuviera una sede fija. los witans aconsejaban sobre la administración y organización del reino, y el rey necesitaba su apoyo para gobernar y hasta para ser designado, puesto que la monarquía no era necesariamente hereditaria. 

Cada uno de estos territorios tuvo su época de predominio hasta que finalmente el reino de Wessex, es decir, el de los sajones del oeste, se reveló como el más fuerte. A finales del siglo IX, Alfredo de Wessex, que pasó a la historia como Alfredo el Grande, se convirtió en un líder reconocido a nivel nacional por haber derrotado a los daneses, consiguiendo unificar buena parte del territorio, aunque los vikingos seguían reinando en el este y el norte. Sus sucesores continuaron la conquista de Mercia y Northumbria, pero incluso cien años después del reinado de Alfredo, el norte del país permanecía en manos de los daneses, y en el año 1014 Canuto II era proclamado rey de Inglaterra. Dos años más tarde se reparte el reino a partes iguales con Edmundo II, pero la muerte de este último deja al danés como único rey.

Y poco después de que los anglosajones recuperaran el poder con Eduardo el Confesor, llegaban los normandos de Guillermo el Conquistador y se apoderaban de Inglaterra logrando al fin una verdadera hegemonía.



Muchas gracias a Cayetano Gea por su estupenda reseña de “La leyenda del enmascarado”.

https://latinajadediogenes.blogspot.com.es/2016/05/la-leyenda-del-enmascarado.html


El día 6 de junio, a las 20:00, será la presentación en Gijón de "La leyenda del enmascarado", paraninfo del C.M.I. El Coto, Plaza de la República, s/n. Presento mi obra con la escritora Ana Zarzuelo.


El sábado 11 de junio estaremos firmando libros en la feria del libro de Valladolid, de 12h a 14h y de 18h a 20h.


El lunes 13 de junio se presentará en Avilés, palacio de Valdecarzana, calle del Sol, 2.


martes, 24 de mayo de 2016

Acaba de publicarse "La leyenda del enmascarado"


A comienzos del siglo XIII, viejos conflictos familiares y el amor a una misma mujer impulsan a Robert de Montfort a acusar falsamente a su rival de practicar la herejía de los cátaros. Torturado y sometido a proceso, Raymond logra escapar cuando está a punto de sufrir el castigo de la hoguera. Todos creen que ha muerto durante la huida.

Un relato cuyo hilo conductor es una historia de amor tan oscuro como el propio Medievo; un recorrido por Occitania y Castilla en busca del lado más tenebroso de la Edad Media junto al más romántico y evocador: los torneos, los procesos inquisitoriales, aquelarres, batallas, raptos, ritos de caballería, crímenes y maldiciones, cruzados, trovadores y señores feudales; un hombre dispuesto a todo con tal de lograr sus fines y una mujer que se debate entre sentimiento y razón.

En el Languedoc nace el amor cortés, es tierra de juglares y trovadores, del florecimiento de la poesía; el Languedoc ilumina la época más oscura de la historia de occidente. Pero su brillo y el deseo de posesión llevará a que el Papa Inocencio III convoque la cruzada contra los cátaros, una guerra que llevó la muerte a todos cuantos no coincidían con la ortodoxia del momento y que favoreció la expansión hacia el sur de las posesiones de la monarquía capetiana, dibujando así el mapa de la moderna Francia. La Inquisición actuó de un modo terrible acabó con el movimiento religioso cátaro y la hasta entonces floreciente cultura del Languedoc, creando un nuevo espacio geopolítico en Europa occidental.

Esta obra es la ganadora del IV Premio Alexandre Dumas de novela Histórica. 

Para facilitar el acceso a la publicación a aquellas personas fuera de la península, M.A.R. Editor ha decidido servirla SIN GASTOS DE ENVÍO no solo en territorio español, sino A CUALQUIER PARTE DEL PLANETA desde donde se solicite. 


La autora, Montserrat Suáñez, ha publicado La corte del diablo (Ediciones Áltera, 2015), una novela histórica ambientada en la Francia de Catalina de Médicis y los últimos Valois. Ha colaborado en la antología Tras las huellas de Arsenio Lupin y en las tres de Mujeres en la historia publicadas por M.A.R. Editor, además de ser la editora literaria y prologuista de la tercera de ellas, dedicada a la Ilustración. 

Entrevista a la autora:

P.-¿Cuál es el origen, la razón inicial, del recorrido por Occitania, Francia, Castilla que va a hacer el lector en La leyenda del enmascarado?
R.- El choque entre dos mundos que coexistían en aquella época y lugar: uno brillante, de trovadores, torneos y cortes del amor, y otro tenebroso, el del Medievo dogmático, sanguinario, intolerante y cruel. Ambos mundos aparecen representados por los protagonistas masculinos de la novela: el caballero occitano, culto y refinado, perseguido por el poderoso señor feudal, ambicioso y falto de escrúpulos, que quiere apoderarse de sus tierras y de su mujer, y para ello no duda en acusarlo de herejía.


P.- ¿Así pues, se podría decir que tiene elementos de novela histórica, novela romántica y novela de aventuras?
R.-Sí, reúne elementos de las tres cosas. Es, sobre todo, una historia de amor oscuro, con alguna pincelada gótica, protagonizada por personajes ficticios en un entorno histórico real, con hechos verdaderos, en el que he procurado mimar el detalle. Al mismo tiempo, tiene otros ingredientes que añaden la aventura a la trama.


P.- Nos propones un viaje al Languedoc del siglo XIII, a las cortes de amor. ¿Se puede decir que allí nace el concepto de amor moderno? ¿Cómo era el amor de aquella época?
R.-He oído decir muchas veces que el amor es un invento del movimiento romántico que surgió a finales del XVIII, pero echando un vistazo a la historia está claro que eso no es así. Había diferencias, naturalmente. El amor no tenía nada que ver con el matrimonio, que se contraía por razones de conveniencia; se buscaba a la persona amada fuera de él, y estaba mucho peor considerada una infidelidad al amante que al cónyuge. Se trataba de una relación sometida a las leyes de la caballería, pero que podía ser simplemente ideal y platónica. A veces la dama era un ideal inalcanzable; se la veneraba y se estaba dispuesto a cualquier sacrificio por ella. En cualquier caso, el amor cortés combinaba erotismo y espíritu.


P.- ¿Qué papel tienen en la historia que nos ofreces, los procesos inquisitoriales, los aquelarres, las batallas, los ritos de caballería, las justas, los cruzados y los trovadores?
R.-Todo ello potencia el interés de la trama y al mismo tiempo nos ayuda a situarnos en aquel tiempo y lugar. Tiene el doble interés de permitir conocer hechos, costumbres y ritos de la época y de servir de pretexto para que los protagonistas vivan sus aventuras. He querido que hubiera todo eso y algunas sorpresas más en la historia. Los cátaros, los interrogatorios, las torturas, las persecuciones y la superstición, formaban parte de aquel mundo, y no podían omitirse.


P.- ¿Se puede leer tu novela como una historia de aventuras que pudiera servir de base para una película de época?
R.-Supongo que no sería imposible de adaptar al cine, sí. Está muy documentada, todo lo que sucede es verosímil y recoge el espíritu de la época. Eso sería estupendo.


P.- Tú te diste a conocer por tus fantásticos blogs literarios de historia. Cuáles son y qué cuentas en ellos.
R.- Uno de ellos es "Cierto sabor a veneno", y está dedicado íntegramente al reinado de Luis XIV, sobre todo a la petite histoire, todas esas cosas que no suelen aparecer en los libros de texto. El otro, "De reyes, dioses y héroes", aborda temas históricos con carácter general, da igual la época o el lugar.


P.- Aunque aquella fue una época de esplendor cultural, de renacimiento de las artes. ¿Se puede decir que se vivía en un mundo cargado de dogmas religiosos, morales, de principios que resultaban terribles para la sociedad?
R.-Por supuesto. El Medievo fue, ante todo, tinieblas, oscuridad arrolladora que resultó más fuerte que la luz. El dogmatismo religioso hizo mucho daño. El arte estaba casi exclusivamente al servicio de la religión, y el sistema feudal propiciaba injusticias inimaginables. Y, sin embargo, cuando pienso en la Edad Media estoy convencida de que son sus tinieblas lo que más nos seduce y atrapa nuestra imaginación.


P.- ¿Cuál es el origen de esta novela?
R.-Está dedicada a mi amiga Mónica. Ella estaba enferma, y, como era una apasionada de la Edad Media, comencé a escribir esta historia para animarla y que tuviera alguna ilusión. Yo escribía esta novela y ella otra paralela sobre la familia de Guiomar de Ulloa, pero el proyecto se interrumpió porque Mónica empeoró. Yo tenía fe en que se recuperaría, pero nunca fue así. Mi pobre amiga falleció hace casi tres años. Era importante para mí conseguir terminar la historia y poder dedicársela un día.

http://www.mareditor.com/narrativa/leyenda_enmascarado.html



jueves, 19 de mayo de 2016

La vida de estudiante del marqués de Sade


Donatien Alphonse François de Sade no resultó un estudiante brillante durante los años de su formación en París, puesto que no se encuentra su nombre en las listas de premiados que cada año publicaba el colegio de jesuitas Louis-le-Grand, que su padre eligió para él por tratarse de la más prestigiosa institución académica de su tiempo. Allí se educaban tres mil estudiantes entre los que figuraban los vástagos de las más aristocráticas y poderosas familias del reino.

Con diez años de edad, no acudía solo a la capital: su padre contrató al abad Amblet como tutor, para que supervisara los estudios de Donatien. El sacrificio económico que suponía para la familia era enorme, pues la importancia de su linaje no se correspondía con la pobreza a la que habían quedado reducidos; sin embargo, era esencial para un miembro de la nobleza que su hijo pudiera contar con un tutor privado.

Los alumnos de familias más acomodadas residían en lujosas suites privadas, con espacio para alojar incluso a sus ayudas de cámara. Pero el padre de Donatien ya no podía alcanzar a tanto lujo, de modo que el niño no fue uno de los estudiantes internos. Probablemente vivió durante ese tiempo en el modesto apartamento del abad en la Rue des Fossés Monsieur le Prince.

En aquella época era costumbre fustigar a los alumnos. El libro de texto más importante del siglo, Manual de instrucciones para maestros cristianos, explicaba que, aunque debían evitarse los golpes en la cabeza y en el estómago, era necesario golpear las nalgas con la vara: “fomenta el buen comportamiento y debe utilizarse”.

Lycée Louis-le-Grand, París

Los jesuitas llevaban a cabo estos azotes con pródiga abundancia y considerable mano dura delante de toda la comunidad, una práctica que marcó el carácter de Donatien y sus inclinaciones sexuales. Sin embargo, a pesar de todo los jesuitas estaban considerados los mejores educadores que podían encontrarse, pues imponían una rutina menos piadosa que otras escuelas, reduciendo el tiempo de devoción a tres breves sesiones de oración diarias. Su misión era formar a la élite, al cuerpo de futuros dirigentes del Estado, a los que dotaban de una amplísima cultura. 

Cinco veces al año organizaban obras de teatro, óperas y oratorios, todo ello destinado a fomentar “la audacia y el criterio necesarios para hablar en público”, y a instruirlos para el posterior ejercicio de la abogacía y de la carrera eclesiástica. A menudo los bailarines y cantantes profesionales de la Ópera de París actuaban junto a los estudiantes, y esas obras atraían a un gran número de personas ajenas a la escuela, tanto nobles como burgueses. Solo podían participar los alumnos que obtuvieran las mejores notas, por lo que no es probable que Donatien haya figurado alguna vez en ellas.

Su rutina era espartana. La comida que ofrecía el colegio era, según testimonios, nauseabunda, y las camas de los internos solían estar infestadas de chinches. Su estancia en París supuso un alejamiento prácticamente total de la familia. Su madre, siempre fría y distante, se alojaba en un convento carmelita de la rue d’Enfer. Sin embargo, hubo otras mujeres en su entorno, damas de las que recibió el cariño que no pudo encontrar en su madre. Las primeras vacaciones de verano las pasó en el Château de Longeville, a unos 80 kilómetros al este de París, con Madame de Raimond, una antigua amante de su padre. De hecho, esta mujer se encariñó tanto con Donatien que a menudo se refería a él en sus cartas al conde de Sade como “nuestro hijo”, o “nuestro niño”, y él la llamaba “mamá”.

El padre del marqués

La dama tenía dos amigas, Madame de Saint-Germain y Madame de Vernouillet, que influirían en la vida emocional de Donatien apenas comenzar la adolescencia. La segunda, que también había sido amante de su padre, fue su primera pasión amorosa. Con solo trece años se enamorara perdidamente de ella, como cuenta Madame de Raimond en una carta:

“De verdad está enamorado de ella. Me hizo reír tanto que se me saltaron las lágrimas… Evidentemente experimentó sensaciones que no sabía expresar, lo cual le sorprendió y le enloqueció. Su confusión resultaba encantadora. Estaba enfadado, luego se quedó quieto, y después dio muestras de celos y otros signos del amor más tierno y cariñoso. Y su “amante” sin duda estaba emocionada y enternecida. Dijo: “Este niño es de lo más insólito”.

Al final de las vacaciones escolares rompió a llorar cuando se despidió de la que consideraba su mamá.

También Madame de Saint-Germain experimentaba sentimientos maternales hacia él, y lo invitó a pasar algunas temporadas en su casa solariega. Era tanto el cariño que sentía por el niño que a veces se negaba a devolverlo y rogaba que se lo dejaran un poco más de tiempo.

“Sí, disfruto queriendo a vuestro hijo. El tiempo, que todo lo consume, no hace más que incrementar mi pasión por él… Vuestro hermano ha intentado apartarlo de mí durante las dos últimas semanas. Me apena tanto que estoy desconsolada… ¿Seréis tan cruel como para privarme de mi niño y negarme el único placer que os pido de rodillas?”


Cuando Donatien se hizo adulto, su relación con estas mujeres continuó siendo afectuosa y profunda. Siempre quiso mucho a Madame de Saint-Germain. Una vez, décadas después, en una carta que escribió a su esposa desde la cárcel se refería a ella como “la única mujer del mundo a quien amo después de ti, a quien sin duda debo todo lo que un hijo puede deber a una madre”. Y en otra ocasión, interesándose por ella, decía: “Si ha muerto, no me lo digas, porque la amo, siempre la he amado mucho y nunca lo superaría”.

Durante su último año de estudios con los jesuitas, su padre tocó todos los resortes para encaminar a su hijo hacia la carrera militar. Donatien acababa de cumplir catorce cuando abandonó el colegio para inscribirse en una prestigiosa academia militar que lo formaría para servir en el regimiento de la Caballería Ligera de la Guardia del Rey, sin duda una de las unidades más elitistas. Tras veinte meses de instrucción, entraba en el regimiento a finales de 1755 con el rango de subteniente. 

Poco después, con solo quince años, iba a terminar abruptamente su infancia al entrar en batalla durante la Guerra de los Siete Años, cuando los franceses tomaron a los ingleses el puerto de Mahón, una de las fortalezas más inexpugnables de Europa. El teniente de Sade, al frente de cuatro compañías de granaderos, se distinguió en un asalto especialmente peligroso en el que perecieron más de 400 de sus compatriotas. La Gazette de París informaba:

"El marqués de Briqueville y el señor de Sade atacaron con energía el reducto de la reina y tras un acalorado y mortífero intercambio de fuego, consiguieron, mediante ataques frontales… tomar el objetivo y establecer una cabeza de puente."


sábado, 7 de mayo de 2016

La musa de Botticelli


El 26 de abril de 1476 toda Florencia se conmueve al paso de un ataúd descubierto al que millares de personas despedían arrojando flores. En él viajaba una hermosa joven hacia su última morada: Simonetta Vespucci, nacida Cattaneo, esposa del florentino Marco Vespucci, amante de Giuliano de Médicis y musa del pintor Sandro Botticelli. Tenía tan solo 23 años.

Lorenzo el Magnífico, hermano de Giuliano, escribió sus recuerdos de aquel día:

“Llegó la noche, y fui a pasear con uno de mis mejores amigos hablando de la pérdida que todos habíamos sufrido. Mientras hablábamos, como el aire era extremadamente sereno, volvimos nuestra vista a las estrellas y noté una que brillaba hacia el oeste con tal esplendor que no solamente sobrepasaba todas las demás, sino que hacía que los objetos que interceptaban su luz produjeran sombra. Nos maravillamos ante esta estrella por un momento, y luego, volviéndome a mi amigo, le dije: “No hay de qué sorprenderse, puesto que el espíritu de aquella gentil dama ha sido transformado en esa nueva estrella que vemos, o se ha juntado a ella y, si esto es así, el resplandor de esa estrella no tiene que maravillarnos, y así como en vida su belleza fue un gran descanso para nuestros ojos, podemos confortarnos ahora con la visión de tal brillantez, y si nuestros ojos son débiles para soportar tal resplandor, roguemos al Dios que es su deidad darles fuerza de modo que, sin dañarnos los ojos, podamos seguir contemplándola”…

Simonetta y Giuliano representados por Botticelli como Venus y Marte

La oscuridad cae sobre sus primeros años de vida. El lugar que la vio nacer ha sido objeto de controversia. Poliziano afirma que nació en Liguria, “donde el furioso Neptuno golpea las rocas. Ahí, como Venus, nació entre las olas”. Pero otros, con criterios menos poéticos, proponen Génova, de donde era su padre. Fue allí donde residía Simonetta cuando en 1469, al acudir con sus padres a una iglesia, conoció al que sería su marido, un joven florentino de su edad, pariente de Americo Vespuccio, que se encontraba en la ciudad para estudiar en el Banco di San Giorgio, una de las principales instituciones bancarias europeas. Marco se enamoró al instante, para gran contento de la familia de Simonetta, pues era un buen candidato a su mano, muy bien relacionado con los Médicis.

Lorenzo el Magnífico organizó la boda en el palacio de Via Larga. Posteriormente ofreció un suntuoso banquete en la Villa di Careggi. Desde el primer día, Florencia entera caía rendida ante la belleza de la novia, que Lorenzo se detiene a describir:

“Su cutis era extremadamente claro, pero no pálido; rosado, pero no rojo. Su porte era serio, sin ser severo; dulce y placentero, sin asomo de coquetería o vulgaridad. Sus ojos vivos, no manifestaban arrogancia ni soberbia. Su cuerpo era finamente proporcionado, y entre las demás mujeres aparecía de superior dignidad. Paseando, bailando o en cualquier otro ejercicio, se movía con elegancia y propiedad. Sólo hablaba cuando era conveniente y emitía opinión con tal acierto que nada se podía añadir o quitar a lo que decía”. Y después añade esta perla: “Su intelecto era superior al que requiere su sexo, pero sin aparentar darse cuenta de ello y sin caer en el error, tan común entre las mujeres, que cuando sobrepasan el nivel resultan insoportables".

Él y su hermano Giuliano figuraban entre sus numerosos admiradores, y fue este último quien logró conquistarla.

Simonetta como Flora en La Primavera

En enero de 1475, Lorenzo organizó una gran fiesta. En teoría se trataba de celebrar una victoria diplomática de Florencia, pero a nadie se le ocultaba que era a Simonetta a quien estaban dirigidos los honores. Al son de la música, jóvenes de ambos sexos ricamente vestidos montaban hermosos caballos; caían lluvias de lirios y violetas; de trecho en trecho se erguían arcos triunfales adornados con guirnaldas; se arrojaban confites a la población mientras las antorchas iluminaban el crepúsculo. 

En la plaza de la Santa Croce se organizó un torneo en honor de Giuliano de Médicis. La reina de la belleza durante las celebraciones no podía ser otra que Simonetta. El joven enamorado, Giuliano, hizo que su escudero desfilara con un estandarte sobre el que Botticelli la había representado como Minerva junto a Cupido. Como lema, La Sans Pareillle. 

Los poetas le dedican sus versos; Poliziano alude a ella a propósito del nacimiento de Venus, y Botticelli lleva al lienzo esa imagen: 

“Por los céfiros lascivos empujada / veríais la diosa que del mar salía / exprimiendo cabellera remojada / mientras el pecho la cubría”.


También fue Simonetta su musa al pintar La primavera, un cuadro que se cree encargado por el propio Lorenzo para su casa de Florencia. Cuentan que Botticelli se inspiró en el lema que llevaba Lorenzo en el torneo: Le temps revient

Otros artistas encontraron inspiración en su belleza. Tal fue el caso de los hermanos Ghirlandaio y de Piero di Cosimo, que la retrató como Cleopatra con un áspid alrededor del cuello.

Antes de que Botticelli pudiera terminar de pintar El nacimiento de Venus, ella sucumbía a la tuberculosis. Simonetta pasó sus últimos días junto al mar en Piombino, frente a la isla de Elba, cuyos aires le habían recomendado los médicos para aliviar su enfermedad. Cada día su cuñado se encargaba de hacer salir un correo que llevara a los Médicis noticias acerca de su evolución.

Botticelli nunca la olvidó: todas las mujeres que pintó en adelante tenían los rasgos de Simonetta. Y cuando él murió, 34 años después, su última voluntad fue que lo enterraran a los pies de su sepulcro en la iglesia de Ognissanti.