jueves, 25 de junio de 2015

Los símbolos jacobitas

Retrato de una dama jacobita, 1740 – 1750 – Cosmo Alexander

La dama del retrato no ha sido identificada con toda certeza, pero se cree que podría tratarse de Jenny Cameron, amante de Bonnie Prince Charlie. Se aprecia que es jacobita porque sujeta en su mano derecha la rosa blanca de York. Los Estuardo descendían de Isabel de York a través de su hija Margarita Tudor, y en ello fundaban su derecho al trono de Inglaterra. 

Otro de los símbolos es la rosa y los capullos que exhibe en su tocado. Esa rosa representa al exiliado rey Jacobo, y los capullos son sus herederos, Carlos y Enrique.

También llevaban una escarapela blanca en el sombrero azul, como la que aparece en el relato de Bonnie Prince Charlie. Estos símbolos solían ir prendidos a una ramita de la planta que identificara la pertenencia a un determinado clan. De ese modo los escoceses distinguían a los amigos de los enemigos.

Bonnie Prince Charlie, el Joven Pretendiente

Los jacobitas también elegían como símbolo una mariposa: la vanesa de los cardos, puesto que el cardo es la flor nacional de Escocia y emblema de los Estuardo desde Jacobo III. Una leyenda dice que cuando los daneses invadieron escocia, uno de los soldados invasores pisó un cardo en la oscuridad con su pie descalzo, y los escoceses, alertados por su grito de dolor, pudieron así defenderse. Por eso en adelante llamaron a esta planta “El Cardo Guardián”.

O a veces preferían la polilla que es atraída por la luz, y que significaba el modo en que seguían a su líder. Por la misma razón aparece a veces el girasol, que siempre sigue al astro rey y era para ellos símbolo de lealtad, igual que la brújula. 

Si el cardo representaba a Escocia, el narciso es un emblema galés, y para los jacobitas se identificaba, por tanto, con el titulo de Príncipe de Gales. Y los haces de leña significaban la importancia de permanecer todos unidos. 

Igualmente eligieron las hojas de roble y las bellotas. Con la hoja de roble recordaban cuando Carlos II se ocultó en uno de estos árboles tras la batalla de Worcester contra las fuerzas de Cromwell. Carlos, que contaba principalmente con tropas escocesas, trataba de recuperar el trono tras la ejecución de su padre. El roble salvó así la vida del rey tras una derrota en la que se habían perdido muchos hombres. 

El Príncipe Carlos Eduardo Estuardo (Bonnie Prince Charlie) en Edimburgo, por William Brassey Hole

En ocasiones los jacobitas representaban con una estrella el nacimiento de Bonnie Prince Charlie, y con el sol las esperanzas del regreso de su monarca. Otras veces expresaban este anhelo con la palabra latina Redeat (que regrese), o con el número 8, por un futuro rey Jacobo VIII. Y, por último, recurrían a la cabeza de Medusa, identificando a Bonnie Prince Charlie con la figura de Perseo.

Un ritual que solían practicar era el de pasar el vaso sobre un recipiente con agua antes de beber. Así recordaban al rey “sobre el agua” (over the water), es decir, exiliado en el extranjero, al otro lado del mar (overseas).

Para brindar por la causa, utilizaban los llamados Amen glass, por ser Amen la última palabra de su himno The Origin of Our Own. Estaban grabados con dibujos y lemas alusivos y que llevaban frecuentemente una burbuja en forma de lágrima en el tallo, simbolizando el dolor por la ausencia de los Estuardo. 

Hoy terminamos con Bonnie Charlie, también conocida como Will ye no come back again?, un poema de Carolina Oliphant (Lady Nairne) convertido en canción tradicional escocesa. Después de la derrota de Bonnie Prince Charlie en Culloden en 1746 y su huida a Francia, muchos jacobitas esperaban que un día regresara. Lady Nairne escribió sobre este sentimiento a comienzos del siglo XIX.


Bonnie Chairlie's noo awa', 
Safely ower the friendly main; 
Mony a heart will break in twa', 
Should he ne'er come back again. 

Will ye no come back again? 
Will ye no come back again? 
Better lo'ed ye canna be, 
Will ye no come back again? 

Ye trusted in your Hielan' men, 
They trusted you dear Chairlie. 
They kent your hidin' in the glen, 
Death or exile bravin'. 

We watched thee in the gloamin' hour, 
We watched thee in the mornin' grey. 
Tho' thirty thousand pounds they gie, 
O there is nane that wad betray. 

Sweet the laverock' s note and lang, 
Liltin' wildly up the glen. 
But aye tae me he sings ae sang, 
Will ye no' come back again? 


sábado, 20 de junio de 2015

Ghillie Callum: la danza escocesa de las espadas


La danza de las espadas, llamada Ghillie Callum, es la antigua danza guerrera escocesa. Su nombre deriva de Gille Chaluim, cuyo significado es “el sirviente de Calum”. Según la tradición, se remonta a tiempos medievales. Una romántica leyenda sitúa su origen a los tiempos del rey Malcolm III Canmore, una época que sirvió de inspiración a Shakespeare para su obra escocesa. Ghillie Callum fue un guerrero que combatía en el ejército de Malcolm y sostuvo un combate a muerte contra uno de los generales del rey rival en 1054. Para celebrar su victoria, cruzó su espada en el suelo sobre la de su enemigo y comenzó a bailar sobre ellas. Según otra versión, más legendaria aún, sería el propio Malcolm quien ejecutó la danza.

Existe la opinión de que el baile ya formaba parte de los ejercicios que realizaban los diversos clanes para desarrollar las habilidades de sus guerreros, pero, sea cual sea su origen, se supone que acabó por convertirse en un modo habitual para los highlanders de celebrar sus victorias. 

De acuerdo con otra opinión, para estos guerreros no era solamente una forma de demostrar su agilidad y destreza, sino que incluía un componente supersticioso: bailaban sobre las espadas la noche anterior a la batalla, y creían que conseguir terminar sin tocarlas era un buen presagio que auguraba la victoria. Si el guerrero la tocaba, resultaría herido, y si la desplazaba con el pie, encontraría la muerte.


Con el tiempo han ido surgiendo muchas variantes, como la jacobita, o la de los clanes, o los sables de Argyll. Una de las más antiguas es la de Papa Stour, una pequeña isla de las Shetland. La ejecutan siete bailarines que representan a los siete campeones de la cristiandad: San Andrés de Escocia, San Jorge de Inglaterra, San David de Gales, San Patricio de Irlanda, San Dionisio de Francia, Santiago de España y San Antonio de Italia.

El texto más antiguo en el que aparece recogida la danza de las espadas es el Scotichronicon, compilado en torno a 1440. Se trata del pasaje que narra el segundo matrimonio de Alejandro III con Yolanda de Dreux el 14 de octubre de 1285.

Se cuenta que en 1573 la danza fue utilizada como estrategia por unos mercenarios escoceses que se sirvieron de ella para introducir armas en el castillo del rey Juan III de Suecia durante un banquete. Tenían intención de asesinarlo con las espadas sobre las que bailaban, pero al final nunca llegó a darse la señal convenida. Juan III había destronado a su hermanastro, Eric XIV, a quien retenía prisionero. Carlos de Mornay, antiguo favorito de Eric, pretendía ahora aprovechar la situación para coronarse él mismo, pero en el momento decisivo no se atrevió a dar la señal. Al año siguiente se descubría el complot y Mornay era ejecutado.

La danza fue representada posteriormente como recepción y agasajo de diversos reyes: Ana de Dinamarca en 1589, Jacobo VI en 1617 y Carlos I en 1633. Pero tras la batalla de Culloden en 1746, que supuso el aplastamiento de la causa jacobita, el gobierno de Londres intentó purgar las Tierras Altas de todo elemento que pudiera resultar perturbador, de modo que llevar armas o incluso el tradicional kilt escocés se convertía en un delito. La danza fue así cayendo en desuso, al no contar con el equipo necesario para ella.

El renacimiento de la cultura Highlander tuvo lugar con la reina Victoria, que impulsó los modernos juegos de las Highlands. La danza forma parte de ellos junto a pruebas deportivas y musicales. En la actualidad también las mujeres pueden ejecutarla, aunque les estuvo vedado hasta finales del siglo XIX.

El origen de estos juegos también se hace remontar al rey Malcolm III, cuando organizó una carrera a pie hasta la cima de Craig Choinnich, junto a Braemar, con la intención de convertir en su correo personal al hombre más rápido.


Los actuales juegos se celebran de mayo a septiembre por todo el país, sea en pequeñas localidades o en viejos castillos, y admiten a participantes de todo el mundo. Es tradición que el primer sábado de septiembre la familia real británica acuda a presenciar los de Braemar, a los que la reina Victoria concedió en su día el patrocinio real y que este año celebran su bicentenario.



Dedico este texto a mi amiga de Namibia, con mi gratitud por todo su apoyo. Hoy es mi turno para brindarle el mío. Fuerza y ánimo, Pilar.


Muchas gracias a Inktense por la estupenda reseña de La Corte del Diablo. Para mí es una enorme satisfacción conocer cuánto han disfrutado con la lectura.

"La corte del diablo se convierte en uno esos libros que te despiertan en la madrugada para continuarlo."

miércoles, 17 de junio de 2015

Mi estreno como editora literaria


M.A.R. Editor me ha encomendado la edición literaria de su nuevo proyecto, una tercera antología de Mujeres en la Historia que hoy mismo hemos comenzado a elaborar. Esta vez nos adentraremos en la Ilustración para rescatar algunos nombres femeninos que dejaron su impronta en el siglo XVIII, llamado de las Luces.

Nos esperan unos meses de mucho y grato trabajo, un tiempo que trataremos de agilizar para que pronto se vea materializada la obra. Para mí se trata de una aventura fascinante, un nuevo reto que me divertirá abordar. 

Muchas gracias a Miguel Ángel de Rus y Vera Kujareva por la confianza que han depositado en mí para llevar a buen puerto este proyecto. Espero no defraudaros.

Y a ustedes les pido disculpas por no estar muy presente por aquí estos días. Este fin de semana continuaré con la actividad del blog, si me es posible.


sábado, 13 de junio de 2015

El complot de Babington

María Estuardo

Seguramente la conspiración más dramática de cuantas se urdieron en torno a Isabel I de Inglaterra fue el complot de Babington, que terminó con la condena a muerte de María Estuardo. 

En el punto de partida de esta historia se encuentra Walsingham, principal secretario de la reina. Walsingham había sido embajador en Francia por la época en la que tuvo lugar la masacre de San Bartolomé contra los hugonotes. Fue el jefe del servicio de espionaje de Isabel, para la que organizó una enmarañada red capaz de desbaratar cuantas conspiraciones había en marcha, unas intrigas que tenían por objetivo acabar con la vida de la reina. El secretario veía claro que para ponerles fin era preciso eliminar de raíz la amenaza que suponía María Estuardo, y para ello decidió tenderle una trampa. Si la escocesa caía en ella, Isabel se decidiría al fin a firmar su sentencia de muerte.

La idea era hacer llegar a la reina de Escocia las cartas que su gente le escribía en París, y entregar posteriormente las respuestas de María a través de un cervecero que en realidad trabajaba para él. Ella recibía los mensajes que eran introducidos en una bolsa de cuero oculta en un tapón hueco de un barril de cerveza. Cuando el barril llegaba al castillo de Fotheringhay, donde se hallaba recluida, un servidor extraía los documentos y los entregaba a María, que no sospechaba que la correspondencia era interceptada antes de llegar a sus manos. 


Como reacción contra la política abiertamente anticatólica que estaba siendo llevada a cabo en Inglaterra, un joven llamado Anthony Babington urdió un complot para rescatar a María Estuardo y sentarla en el trono de Isabel, cuya legitimidad no era aceptada por los papistas. Estos juzgaban nulo el matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena, y por tanto consideraban que la hija habida de dicha unión no tenía derecho a ceñir la corona. Una vez destronada Isabel, la heredera más próxima era la escocesa, cuya abuela había sido Margarita Tudor.

Babington y algunos amigos se reunían en The Plough, una posada a las afueras junto a Temple Bar, y allí ultimaban el plan. Gracias a la extensa red de espionaje, Walsingham pronto descubrió la existencia de este complot y envió como infiltrado a un doble agente, un sacerdote llamado Gifford. Este había estado implicado en otras conspiraciones anteriores para asesinar a Isabel, y en octubre de 1585 había viajado a París, donde se puso en contacto con un agente de María. A su regreso, dos meses después, fue arrestado. Dicen que entonces se dirigió a Walsingham en estos términos:

—He oído hablar del trabajo que hacéis y quiero serviros. Carezco de escrúpulos y no temo al peligro. Haré cualquier cosa que me ordenéis.

Aceptados sus servicios, comenzó a trabajar por la causa de Isabel y se puso de acuerdo con el cervecero para apoderarse de la correspondencia que recibía María Estuardo. Dados sus antecedentes, ningún partidario de la escocesa hubiera sospechado de él.

Cuando se infiltró entre los conjurados, le dijo a Babington que se había enterado del complot a través del agente de María al que había visitado en Francia, y a continuación se ofreció a facilitarle la entrega de mensajes a la prisionera a través de su amigo el cervecero.


Babington confió en él y comenzó así a enviar cartas cifradas por este medio, sin imaginar que estaban siendo interceptadas por Walsingham. En julio de 1586 el joven le escribía a la reina de Escocia que él y un grupo de amigos planeaban asesinar a Isabel y ponerla a ella en su lugar con ayuda de una invasión extranjera, para lo cual solicitaba su autorización. María cometió el error de responder. En su respuesta resultaba obvio que aspiraba a mucho más que a quedar en libertad, y que contemplaba con agrado las perspectivas de sentarse en el trono inglés. Pedía que no se hiciera nada hasta que la invasión estuviera bien preparada y dejaba el asunto del asesinato de Isabel a decisión de Babington; es decir, no aprobaba expresamente el crimen, pero tampoco se oponía.

Walsingham empleaba falsificadores que rompían el sello de las cartas, hacían copia y luego volvían a sellar el original de modo idéntico a como había sido entregado antes de devolverlas a Gifford. El jefe de este equipo era Thomas Phelippes, un falsificador experto en descifrar códigos secretos. Esto resultaba necesario, puesto que los mensajes estaban codificados con 23 símbolos que sustituían a las letras del alfabeto y otros 35 que representaban palabras o frases, además de alguna otra complicación. De ese modo los conspiradores creían estar a salvo en caso de que la carta cayera en manos enemigas.

Para poder atrapar también a los cómplices, el astuto Walsingham ordena a Phelippes que añada una postdata igualmente cifrada en la respuesta de María, simulando que ha sido escrita por la propia reina de Escocia: 

“Quisiera saber los nombres y cualidades de los seis caballeros que llevarán a cabo el plan, porque, al conocer de quiénes se trata, tal vez podría daros yo algún consejo sobre cómo proceder; con el mismo propósito me gustaría saber, en cuanto podáis decírmelo, quiénes están ya al tanto, y hasta qué punto, de los detalles de este asunto.”

Sir Francis Walsingham

Babington, que no era una lumbrera, cayó en la trampa y reveló cuanto Walsingham precisaba saber. El 3 de septiembre era enviado a la Torre. Al ser interrogado, confesó que María había escrito la carta apoyando el complot. Fue juzgado junto a sus cómplices y condenado por por alta traición. Se erigió un patíbulo en St Giles in the Field, cerca de Holborn, y allí fue colgado, castrado, eviscerado y descuartizado junto a siete de ellos. Después de la ejecución, el verdugo distribuyó por diversos puntos de la ciudad los pedazos a los que habían quedado reducidos los cuerpos, para advertir de las consecuencias que traería ceder a la tentación de seguir el ejemplo de Babington.

Los otros siete conjurados fueron ejecutados al día siguiente. Tuvieron una muerte menos cruel por orden de Isabel, a quien había resultado excesivo el espectáculo anterior. Se los colgó hasta que murieron, y solo después sufrieron el resto del suplicio.

Gifford, tras recibir de Walsingham una pensión de cien libras por el relevante papel que había desempeñado, se trasladó a Francia. Al año siguiente era arrestado en un burdel y, como sacerdote, confinado en la prisión del arzobispo, donde al parecer falleció en 1590.

A María Estuardo el complot le costó la vida. El tribunal que se reunió en Westminster la encontró culpable de “urdir e imaginar la muerte y destrucción de la reina de Inglaterra”. Isabel I firmaba la sentencia y el 8 de febrero de 1587 la reina de Escocia era decapitada en el castillo de Fotheringhay.

Dieciséis años después era el hijo de María quien se sentaba en ese trono que la muerte de Isabel dejaba vacante. Los Estuardo sumaban la corona de Inglaterra a la de Escocia.


martes, 9 de junio de 2015

La Reina Virgen


Uno de los sobrenombres con los que Isabel I de Inglaterra pasó a la historia es el de Reina Virgen. A pesar de encontrarse entre los deberes de todo monarca procurar un heredero para su reino, Isabel nunca llegó a casarse, y con ello hizo correr ríos de tinta. Se han expresado las teorías más variopintas para justificar esta extraña circunstancia. Si en aquel tiempo una mujer sin hijos era aún contemplada como algo contra natura, esto era doblemente incomprensible en el caso de una reina que, aparentemente, renunciaba a ser madre. Lo más importante eran los intereses dinásticos; de hecho, para su padre, Enrique VIII, el empeño por conseguir un heredero varón había llegado casi a la obsesión, y resultaba desconcertante que Isabel no hubiera antepuesto también este objetivo. 

No procurar descendencia era, además, condenable, dado que podía desatar las ambiciones de otros poderosos señores que veían en ello la ocasión de alcanzar la corona y, de ese modo, el reino se sumiría en el caos de una guerra civil. Su propia persona se vería constantemente amenazada, rodeada de intrigas, de disputas; su vida estaría frecuentemente pendiente de un hilo, a merced de los intereses que su situación provocaba y que sus enemigos nunca dejarían de aprovechar. Isabel tenía que enfrentarse a Francia, España, el Imperio y el Papa y controlar, al mismo tiempo, las facciones que surgían en sus dominios. 

Para explicar el hecho de que no pusiera fin a tanta conspiración contrayendo matrimonio, se ha recurrido a todo tipo de argumentos basados no en la política, sino en la propia persona de la reina. Se ha pensado en ocasiones en motivos psicológicos derivados del matrimonio de su propia madre y las traumáticas vivencias de su infancia, todo lo cual produciría en ella una fuerte inhibición. Otras veces se ha alegado que tenía alguna clase de incapacidad física de la que era conocedora.


Su contemporáneo, el dramaturgo Ben Jonson, en una conversación con Drummond afirmó que Isabel tenía una malformación, una membrana anormal sobre las mucosas que hacía imposible la penetración. Jonson también decía que, a pesar de ello, la reina “ensayó a muchos hombres”, con lo cual su proclamada virginidad sería una mera cuestión técnica. Las palabras del dramaturgo se encuentran en consonancia con las que pronunció María Estuardo en una ocasión: la reina de Escocia dijo que Isabel no podía tener hijos porque “no estaba normalmente constituida como mujer”. No se sabe, sin embargo, de dónde procedía tal afirmación ni cómo había llegado a su conocimiento, por lo que no podemos aceptar ni rechazar la hipótesis.

El embajador de España, el duque de Feria, dejó escrito en sus informes que no era capaz de traer al mundo un hijo, pero tampoco sabemos cómo podía estar en posesión de este dato, a qué se refería exactamente ni cuánto tenía de veraz. Podría tratarse de una simple suposición por su parte.

Los médicos, en cambio, no mencionan nada al respecto. Por el contrario, su médico dijo una vez: “Si el rey de Francia la desposa, yo respondo de que tendrá diez hijos, y no hay hombre en el mundo que conozca mejor su temperamento que yo”. Aunque si en aquel momento se buscaba una alianza con Carlos IX, lo que se esperaba del médico era que apoyara esta pretensión afirmando lo que los franceses deseaban oír, fuera o no cierto.

Algunos comentaristas hablan de la masculinidad de Isabel, pero esto es más difícil de aceptar. Sus gustos eran siempre muy femeninos, y, desde luego, su coquetería y su atracción por los hombres eran sobradamente conocidas.

En cualquier caso, la castidad de Isabel no era ejemplar. El escándalo saltó por primera vez con Thomas Seymour cuando ella era apenas una adolescente, y desde entonces nunca se privó de flirtear con los hombres más guapos: Leicester, Hatton, Essex y muchos otros se cuentan entre sus relaciones, si bien no es posible saber hasta qué punto llegaron.

Para complicar más las cosas, también se ha llegado a afirmar que Isabel tuvo un hijo secreto. El escritor Paul Streitz, con tal de vender libros, no tiene empacho en asegurar que en realidad tuvo varios. El mayor de ellos sería el conde de Oxford. Según esta teoría, la paternidad correspondería a Seymour, pero las fechas que se aceptan comúnmente resultan difíciles de encajar con dicha hipótesis, porque la criatura habría nacido trece meses después de que el conde fuera decapitado. Para solventar el problema, Streitz adelanta en un par de años el nacimiento del niño y lo hace coincidir con un alejamiento de Isabel por motivos de salud. En tal caso, lo extraño es que Seymour tardase tanto en ser ejecutado.

Sysley Huddleston, biógrafo de la reina, es más partidario de las razones políticas, y para explicarlas establece un debate consigo misma al estilo de los coloquios de Panurgo y Pantagruel:

—Si me caso con un príncipe francés, hago una alianza diplomática que me permitirá soslayar muchas dificultades.

—Sí, pero para encontrarme en más dificultades con Europa, con el Imperio.

—Si no me caso, atraigo sobre mí la daga de un asesino, porque mi vida es lo único que se interpone entre los pretendientes y el trono.

—Sí, pero si me caso y no tengo hijos, el peligro será aún mayor.

—Si me caso, alguien compartirá conmigo las pesadas tareas que me incumben y me ayudará en las dudas que me asalten.

—Sí, pero, precisamente yo no quiero repartir, quiero ser libre.

—Si no me caso, seré objeto de intrigas, nadie me dirá la verdad, se pensará más en la mujer que en la reina.

—Ahora bien, si me caso se pensará más en la reina y mi marido me dirá verdades desagradables.

—Si no me caso, no conoceré las siete alegrías conyugales.

—Pero yo no quiero esas alegrías que se cambian fácilmente en penas.

—Si me caso, podrá arreglarse el problema sucesorio, que ha sacudido a Inglaterra tras la muerte de mi padre.

—Sí, pero a condición de que yo tenga herederos, ¿y es esto seguro? Mi padre se casó seis veces y aun así la dinastía no quedó asegurada.

—Si no me caso, seré una mujer incompleta.

—Si me caso, puede que sea una reina de poder limitado.


jueves, 4 de junio de 2015

Las normas de urbanidad de George Washington


En la biblioteca del Congreso se conserva un manuscrito de diez páginas que se remonta a 1748, cuando Washington contaba 16 años. En el documento aparecen recogidas 110 normas para regular los buenos modales, unas reglas que al parecer fueron escritas por primera vez en 1595 por jesuitas franceses. En 1640 fueron traducidas al inglés.

Sería excesivamente prolijo hacer aquí una recopilación de todas ellas, de modo que nos conformaremos con exponer algunas:

-Cuando estés acompañado, no pongas las manos en ninguna parte del cuerpo que normalmente esté cubierta.

-No enseñes a un amigo nada que pueda asustarlo.

-Cuando estés en presencia de otras personas no debes tararear, ni tamborilear con los dedos o repiquetear con los pies.

-Cuando tosas, estornudes, suspires o bosteces, debes hacerlo lo más silenciosamente posible. No hables mientras bostezas; cúbrete el rostro con un pañuelo y gira la cabeza.

-Si estás acompañado, no menees la cabeza, los pies o las piernas. No pongas los ojos en blanco ni levantes una ceja. No hagas muecas ni tuerzas la boca. Al hablar no te aproximes tanto a la gente como para poder salpicarlos de saliva sin querer.


-No mates pulgas, piojos, garrapatas, etc, delante de otros. Si ves suciedad o un esputo, tápalo con el pie. Si lo ves en la ropa de tu acompañante, quítalo discretamente. Si otros te lo quitan a ti, da las gracias. 

-Mantén las uñas limpias y arregladas. Las manos y los dientes también deben estar limpios, pero sin mostrar excesiva preocupación por ellos.

-Aunque en el fondo puedas alegrarte, muestra siempre compasión por un criminal cuando sea castigado.

-Al caminar, en la mayoría de los países el lugar más importante parece ser el de la derecha. Por tanto, colócate a la izquierda de aquella persona a la que desees honrar. Pero si son tres las personas que van caminando juntas, entonces el lugar preferente es el central. Si dos personas caminan juntas, el lado de la pared es el que se cede habitualmente al más distinguido.

-Cuando visites a un enfermo, no juegues a ser médico a menos que hayas estudiado medicina.

-No hables de cosas tristes en tiempo de alegría o sentado a la mesa. No debes hablar de cosas como la muerte o heridas, y si otros lo mencionan harás lo posible por cambiar de tema. Revela tus sueños solo a tu íntimo amigo.

-Cuando dos personas discuten, no te pongas de parte de ninguno a menos que sea estrictamente necesario. No te obstines en tus opiniones. En asuntos neutrales, alíate con la mayoría.

-No mires las marcas y cicatrices de la gente ni les preguntes cómo se las hicieron.


-No establezcas comparaciones, y si alguien entre los presentes es alabado en la conversación por alguna virtud, no elogies a otro de tus acompañantes por la misma razón.

-Si te sientas a comer, no escupas, tosas ni te suenes a menos que sea necesario.

-Actúa con discreción al mostrar tu agrado por la comida que se sirve. No comas con gula. Al servirte de la barra de pan compartida con el resto, utiliza el cuchillo para cortar una rebanada. Pero no uses un cuchillo que ya hayas empleado para comer. No te apoyes sobre la mesa ni critiques la comida.

-Si mojas pan en la salsa, asegúrate de que no tiene un tamaño mayor que el de un solo bocado. A la mesa no soples la sopa para enfriarla; mejor espera un poco y deja que se enfríe sola.

-No comas directamente del cuchillo; no escupas las pepitas de la fruta y no arrojes nada debajo de la mesa.

-No limpies los dientes con el mantel, la servilleta, el tenedor o el cuchillo, pero si ves que otros usan un palillo, puedes hacerlo tú también.

-Ya no es costumbre animar repetidas veces a los invitados a servirse de nuevo un plato. Y no hace falta brindar cada vez que se toma vino.

-Que tus diversiones sean masculinas, pero no pecaminosas.

-Esfuérzate por mantener viva en tu pecho esa chispita de gracia celestial llamada conciencia.




Muchas gracias a Miguel Ángel Gómez Juárez por su estupenda reseña de La Corte del Diablo en "Me gustan los libros":

"...Humor, drama, aventuras e historia se dan la mano en esta entretenida novela que nos ofrece una lectura amena y divertida..."

La Corte del Diablo también está en Globedia

Y comienzan a llegar las opiniones a Amazon. "Un gran descubrimiento", dice una lectora.


domingo, 31 de mayo de 2015

Los asesinatos de los duques de Guisa


Francisco I de Lorena, duque de Guisa, era el jefe del bando católico que sostenía el trono del joven rey Carlos IX durante las guerras de religión en Francia. Ambicioso sin límite, estaba dispuesto a todo con tal de detentar el poder y seguir manejando los hilos del gobierno por encima de la autoridad de la reina madre, Catalina de Médicis. 

No tuvo reparo en ordenar una masacre en sus tierras de Wassy el 1 de marzo de 1562. Guisa tuvo noticias de que un grupo de hugonotes se había reunido para celebrar su culto en el interior de la villa, infringiendo así el edicto firmado seis semanas antes, que solo permitía hacerlo en el exterior. Cuando envió a sus gentes para impedirlo, fueron recibidos a insultos y pedradas. Poco después llegaba el duque en persona y, al encontrarse con el mismo recibimiento, ordenó el asalto de la granja en la que se celebraba la reunión. Murieron unos cincuenta protestantes, incluyendo mujeres y niños, y otros 150 resultaron heridos. Este episodio acabó siendo el desencadenante de las guerras entre católicos y hugonotes tras una tensión que había ido en aumento en los últimos años.

Al año siguiente las tropas del rey sitiaban Orleáns, ocupado por los protestantes. El 18 de febrero, hacia las seis de la tarde, el duque de Guisa se dirigía a caballo hacia su cuartel general. Iba sin armadura y en compañía de otros dos jinetes. Oscurecía cuando ascendieron por una suave colina y llegaron a un cruce de caminos dominado por altos nogales y una enorme roca, un paraje propicio para la emboscada. De allí surgió de pronto un hombre que disparó contra Guisa. 

—¡Me han matado! —exclama el duque mientras ve huir a au asesino— ¡Prended al miserable! ¡Prendedlo!

Francisco de Lorena, duque de Guisa

Pero sus amigos no consiguen identificar al autor del atentado en la oscuridad. Solo alcanzan a distinguir el manto oscuro con el que se cubre, y un casco metálico con una cresta. El asesino huye en su caballo sin que puedan darle alcance.

Aunque Guisa lucha por mantenerse sobre su montura y empuñar su espada, no tiene fuerzas. Sus compañeros lo ayudan a desmontar y apoyarse contra la roca. Le rasgan la camisa para intentar detener la hemorragia causada por una bala que había entrado por la espalda. El duque tiembla de frío y pide a un caballero que pasa por allí que le deje su manto y que acuda a París a anunciar cuanto antes la noticia a su hermano el cardenal. Poco después sus amigos consiguen izarlo de nuevo al caballo y alcanzar su cuartel general, donde los médicos examinan la herida. Seguramente hubiera sido mejor que no lo hicieran, pues los cuidados que le prodigaron se revelaron fatales para su evolución.

Tan pronto como amanece se organiza una batida en busca del asesino. Al cabo de dos días lo encuentran refugiado en una casa de los alrededores. Se trata de un joven de unos 25 años que responde al nombre de Poltrot de Méré y al que nadie reconoce. 

Catalina de Médicis acude al lecho del herido tan pronto como tiene noticias del atentado, pero ni siquiera sus grandes conocimientos de la ciencia médica logran hacer nada por él. El 24 de febrero Guisa se dirige a su esposa y a su primogénito, Enrique, un niño que acaba de cumplir 13 años apenas unos días antes. Luego da las gracias a sus servidores y aún tiene tiempo de dictar su testamento antes de expirar.

Habían encontrado al asesino, pero faltaba saber lo más importante: quién había armado su brazo. Poltrot delata al almirante Coligny y a Soubise, jefes del bando hugonote, aunque luego se retracta. El 18 de marzo es descuartizado en la plaza de Gréve ante una gran multitud que acude a presenciar la ejecución.

Enrique de Lorena, duque de Guisa

El nuevo duque, Enrique, iba a seguir los pasos de su padre y acabaría encontrando su mismo trágico final 25 años después.

Enrique de Guisa tuvo una vida de novela. Se convirtió desde su adolescencia en el mayor azote de los hugonotes, destacándose como soldado en las batallas de Jarnac y Montcontour. Mantuvo un desdichado idilio con Margarita de Valois, la hermana del rey, y poco después se convertía en el principal instigador de la masacre de San Bartolomé. 

No era menos ambicioso que su padre. Sabiéndose muy amado por el pueblo, llegó a ambicionar la corona de Francia. Corría entonces el año 1588. Carlos IX había sido sucedido por su hermano, que reinaba como Enrique III, pero este, como tampoco había conseguido descendencia capaz de sucederle en el trono, aceptaba nombrar como sucesor a Enrique de Navarra, de religión protestante. La decisión causó un alboroto tan tremendo en París que dio lugar al Día de las Barricadas. El rey se vio obligado a abandonar la ciudad mientras los parisinos, reunidos en una liga católica, se preparaban para ofrecer la corona a su ídolo, Enrique de Guisa.

El monarca finge entonces someterse y promete no firmar jamás ningún tratado ni tregua con los hugonotes. A continuación nombra a Guisa lugarteniente general del reino y le pide que acuda a reunirse con él en Blois, donde van a celebrarse los Estados Generales.

El duque acude sin saber lo que su amigo de la infancia preparaba en realidad contra él. El viernes 23 de diciembre varios miembros de los llamados cuarenta y cinco, la guardia del rey, aguardan en su antecámara en el castillo de Blois armados con dagas. El capitán se oculta en la cámara del soberano con ocho cómplices. Allí debía ser recibido Guisa, convocado con el pretexto de despachar todos los asuntos pendientes antes de Navidad. Tan pronto como entra, se ve asaltado y apuñalado una y otra vez; se defiende con coraje y es capaz de herir a cuatro de sus oponentes antes de caer desangrado a los pies del lecho del rey. Cuando este entra y lo ve, un hombre tan alto tendido cuan largo era, cuentan que exclamó:

—¡Dios mío, qué grande! Parece aún más grande muerto que vivo.


Al día siguiente hace arrestar a su madre, su hijo y su hermano, el cardenal Luis de Lorena. A este último también lo hace asesinar, y, al igual que fue dispuesto para el duque de Guisa, su cuerpo no fue enterrado, sino que, tras quemarlo, sus cenizas fueron arrojadas al Loira.

Pero el rey pronto sabría que no había sido una buena idea asesinar al duque. Realmente era aún más grande muerto que vivo. El pueblo lo había amado mucho, y este crimen no hizo sino aumentar el odio contra Enrique III. La liga católica pronunció su condena a muerte. A partir de ese momento sus días estaban contados. Meses más tarde, en agosto de 1589, también él moría apuñalado por un monje católico.

Sin embargo, nada ni nadie pudo impedir que fuera el protestante Enrique de Navarra quien reinó como Enrique IV a la muerte del último Valois. El primer Borbón se sentaba en el trono de Francia, a pesar de los esfuerzos de la Liga, del Papa y de Felipe II de España.


domingo, 24 de mayo de 2015

El antiguo Egipto y la sexualidad


Los antiguos egipcios concedían tal importancia a la sexualidad que creían que las prácticas sexuales trascendían la muerte y se extendían al más allá, formando parte incluso de la religión. 

En el Egipto predinástico y durante las primeras dinastías, se sabe que había sacerdotisas que participaban en rituales de carácter orgiástico dedicados a la diosa Madre. Eran ritos relacionados con la fertilidad y las buenas cosechas. Durante el transcurso de estas ceremonias, las sacerdotisas empleaban objetos con formas fálicas para su propio placer. La misma forma tenían los alabastrones, vasijas de alabastro para el perfume. Llevaban estos objetos colgados al cuello a modo de talismán.

El erotismo estaba presente en la cultura egipcia y en su vida cotidiana. En los templos había sacerdotisas que cumplían la función de esposa de la divinidad, aunque ello no significaba necesariamente que debieran mantener relaciones con los sacerdotes que representaban al dios. Herotodo habla de una mujer en el templo de Amón que guardaba castidad. Estrabón, por el contrario, cuenta que los egipcios consagraban a Amón una hermosa muchacha de ilustre familia, y que esta “se convierte en prostituta y mantiene relaciones con quien ella desee, hasta que tenga lugar la purificación de su cuerpo [es decir, su primera menstruación]. Después de la purificación es entregada en matrimonio”.

En el templo de Astarté se encontraban las llamadas palácidas, seleccionadas del modo que relata Estrabón y cuyo cometido era ejercer la prostitución.


Las prostitutas comunes ejercían su oficio, socialmente aceptado, en tabernas, puertos o en las calles. Eran también bailarinas y participaban en fiestas y banquetes, se rapaban la cabeza, usaban pelucas y maquillaban sus ojos con kohl. Algunas se tatuaban la figura de Bastet, la diosa gato, protectora de las mujeres y símbolo de la alegría además de la fertilidad y la maternidad. 

Una clase especial eran las felatrices, dedicadas en exclusiva a este tipo de prácticas. Las felatrices se pintaban los labios exageradamente con carmín para anunciar su especialidad.

En el antiguo Egipto había burdeles, y de hecho se han encontrado las ruinas de uno de ellos en Deir-el-Medina, donde habitaban los obreros que trabajaban en la construcción de tumbas. 

También eran populares las casas de cerveza. Las mujeres que acudían a estos locales no eran prostitutas, sino que acudían libremente a disfrutar de una buena cerveza igual que los hombres. Allí se relacionaban ambos sexos y en alguna ocasión la jornada terminaba con una pareja que se deslizaba hacia algún rincón discreto.

Y es que los egipcios no valoraban la virginidad, y las mujeres solteras gozaban de total libertad para elegir a las parejas que desearan. Ahora bien, las casadas debían abstenerse de mantener relaciones fuera del matrimonio, porque el castigo que ello conllevaba podía ser la muerte, o, como mínimo, el repudio. Los devaneos del hombre, en cambio, no estaban mal vistos.

Aparte de la infidelidad de la mujer, otra causa de repudio era la infertilidad femenina. El problema es que no tenían un sistema muy fiable para averiguar si ella era fértil. Una de las pruebas consistía en preparar una mezcla de sandía y fruto del sicomoro revuelto con leche, y si la mujer vomitaba demostraba su fertilidad, pero si le producía gases es que era estéril.

El maltrato a la mujer estaba prohibido por ley, y la reincidencia suponía la disolución de la unión.

El matrimonio no se celebraba mediante una cermonia, sino que, simplemente, se iban a vivir juntos. El pueblo llano se conformaba con mantener una sola esposa, mientras que los altos dignatarios podían tener alguna concubina, sin ser lo habitual. La poligamia aparece reservada a los reyes.

La impresión es que los egipcios no eran muy pudorosos, puesto que existe alguna imagen en la que se ve a una pareja en actitud sexual en presencia de niños.

Aparte de esto, tenían muy pocos tabúes. Ni siquiera la necrofilia se encontraba entre ellos. Cuando durante el reinado de Amenhotep I se descubrió que los embalsamadores se entregaban a dichas prácticas, las familias de las difuntas se vieron obligadas a contratar por su cuenta guardias que protegieran los cadáveres, porque no parece que hubiera leyes que contuvieran o castigaran la necrofilia.

Curiosamente, uno de los pocos tabúes de la cultura egipcia se refería a las mujeres extranjeras. En un papiro queda reflejada la siguiente prevención: “Guárdate de las mujeres extrañas desconocidas de sus conciudadanos. No te las comas con los ojos cuando pasan ni intentes conocerlas íntimamente.”

La homosexualidad era tolerada. No abundan las representaciones explícitas, aunque sí hay referencias en textos literarios: existe un papiro en el que un dios llega a decirle a Horus “me encanta tu trasero”. Sin embargo, aunque no fuera castigada, no estaba bien vista.

En cuanto a la poesía amorosa, tenía carácter erótico y gran belleza literaria.

Mi amor ha regresado, déjame difundir la noticia!
Mis brazos se abren amplios para abrazarla,
Y el corazón hace piruetas en su oscura cámara
Feliz como un pez cuando la noche sombrea la alberca.
¡Tú eres mía, mi querida, mía para siempre,
Mía desde el día que por primera vez musitaste mi nombre!




Muchas gracias a Actualidad Literatura por su fantástica reseña de La Corte del Diablo.

“Esta novela es una de las más divertidas que he leído nunca”.

“Una novela de gran rigor histórico”.



Aviso que el kindle vuelve a estar de oferta en Amazon.