miércoles, 17 de diciembre de 2014

MUJERES EN LA HISTORIA 2


Hoy tengo otra grata noticia que anunciar: por fin ha entrado en maquetación la segunda antología de Mujeres en la historia, en la que también participo. En vista del éxito de la anterior, M.A.R. Editor ha decidido sacar a la luz un segundo volumen, esta vez dedicado a aquellas que destacaron en algún campo desde 1940 a la actualidad.

Son relatos de ficción que tienen por protagonistas a mujeres cuya labor abarcó todos los ámbitos imaginables: pintura, fotografía, literatura, egiptología, periodismo, música, cine, política, espionaje… Además la antología contará con un relato de Josefina Aldecoa.

Algunos de los nombres femeninos que protagonizan nuestras historias son bien conocidos. Por las páginas de la antología desfilan, entre otras, Agatha Christie, Marguerite Duras, Alejandra Pizarnik, María Zambrano, Ana María Matute, Oriana Fallaci, Josephine Baker, Audrey Hepburn o Eva Brown.

Yo participo nuevamente con un relato que me ha divertido mucho escribir. Quienes conocen a La Dame Masquée, a estas alturas ya habrán adivinado a cuál de esas actividades se dedicaba mi protagonista. Pues sí, por supuesto: la mía es espía. Se trata de la mujer que cuentan que sirvió de inspiración a Ian Fleming para el personaje de su primera chica Bond. Es la que aparece en la foto. Ya les hablaré más de ella.

En principio está previsto que la antología salga a mediados de enero. En su momento avisaré del feliz acontecimiento.

Muchas gracias,


Montserrat Suáñez


domingo, 14 de diciembre de 2014

Fernando VI


Fernando fue el cuarto hijo del rey Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Nació el 23 de septiembre de 1713 tras un parto que ofreció la peculiaridad de haber intervenido hombres en la atención debida a la reina, algo que en aquel tiempo era aún muy poco corriente.

El recién nacido fue puesto bajo los cuidados del doctor Legendre, que había llegado a España entre el séquito de Felipe. De su crianza se ocuparon sucesivamente ocho nodrizas, ninguna de las cuales parece haber durado mucho en su puesto. Cuando cumplió siete años, su educación pasó a estar en manos exclusivamente masculinas, siendo nombrado el conde de Salazar como gobernador de su casa.

María Luisa Gabriela fallecía al cabo de tan sólo cinco meses del nacimiento de su hijo, y al poco tiempo el rey volvía a casarse. La nueva reina, Isabel de Farnesio, velaba por los intereses de sus propios retoños, por lo que el niño no pudo encontrar en ella una segunda madre.

En 1724 Felipe V abdicó en su hijo mayor, Luis, que fallecía sin descendencia meses después, a consecuencia de la viruela. Lo lógico era que el sucesor hubiera sido entonces Fernando, pero Isabel Farnesio maniobró para que su esposo recuperara el trono, logrando imponer su voluntad sobre aquel amplio sector que consideraba que una abdicación era irrevocable. Poco después Fernando era proclamado Príncipe de Asturias.

Bárbara de Braganza

Tenía tan sólo once años cuando comenzaron a buscarle esposa. La elegida fue Bárbara de Braganza, hija del rey de Portugal y dos años mayor que él, pero pronto surgió el primer problema al procederse al habitual intercambio de retratos entre los prometidos. Cuando el enviado español quiso obtener el de Bárbara, se le ofrecieron toda clase de pretextos para no entregarlo. El embajador, intrigado por unas evasivas y demoras que no resultaban naturales, indagó la causa, y no tardó en escribir a Madrid contando la resolución del misterio: “La cara de la señora infanta ha quedado muy maltratada después de unas viruelas, y tanto que afírmase haber dicho su padre que sólo sentía hubiese de salir del reino cosa tan fea”. Más adelante ofrece detalles mucho más demoledores: “He sabido que desde hace algún tiempo se le vienen aplicando a su alteza ciertos remedios por si fuera posible igualar los hoyos de la cara y hacer remitir el humor que destila por los ojos a causa de la cruel enfermedad, con lo que hasta concluida la curación no quieren los reyes permitir la vista de su hija”.

Finalmente el embajador se hizo con un retrato, pero, al parecer, muy poco realista, según advierte él mismo: “No está nada semejante, porque además de encubrir las señales de la viruela se han favorecido considerablemente los ojos, la nariz y la boca, facciones harto defectuosas”.

Fernando debió de encontrar decepcionante incluso el retrato que había pretendido ser halagador, porque cuando lo recibió, lo guardó en sus aposentos y nunca quiso mostrárselo a nadie en los tres años que tardaría en celebrarse la boda.

La primera entrevista entre los prometidos tuvo lugar en Caya. Fernando iba preparado para encontrar una jovencita fea, pero no tanto. Según el embajador inglés, “la infanta, aunque estaba cubierta de perlas y diamantes, desagradó al príncipe, que pese a sus prevenciones la miraba como no dando crédito a lo que veía. Claro que si bien la desposada es un verdadero adefesio, este defecto se halla compensado por su conocimiento de seis lenguas”.

Fernando VI

Y, ciertamente, una de las virtudes de la novia era su esmerada cultura. Bárbara era, además, muy aficionada a la música, pasión que compartiría con su esposo, y estaba dotada de un carácter tan agradable que no le costaba esfuerzo hacerse querer por quienes la rodeaban. Fernando, a pesar de esta primera impresión penosa, no iba a ser precisamente la excepción. Como escribió un contemporáneo, “era tal la bondad de la reina, que la hacía resplandecer como hermosísima”. Aunque, eso sí, también hay que anotar que era muy avara, y que la obsesión por quedarse en la miseria si perdía a su marido la impulsaba a acumular dinero sin medida.

Ambos contrajeron matrimonio en la catedral de Badajoz. Isabel de Farnesio no estaba inquieta por las consecuencias que este enlace pudiera traer para su propio hijo, puesto que sabía perfectamente que no saldría de allí descendencia alguna que pudiera hacerle sombra. Se conserva un informe enviado a París en el que se lee lo siguiente acerca del novio:

“Aunque por su gran juventud se encuentran en él los movimientos necesarios para contentar a una mujer, sin embargo le falta naturalmente lo que por artificio se quita en Italia a los que se quiere hacer entrar en la música, de manera que el príncipe tenía muchos fuegos, pero no producía ninguna llama ni resultado alguno propio de la generación”.

En 1746, a la muerte de su padre, Fernando alcanza la corona. Mantuvo buenas relaciones con sus hermanastros y permitió que su madrastra se quedara en la corte, pese a lo mal que Isabel se había portado con él y con su esposa mientras vivió el rey Felipe. Continuar teniéndola cerca era una fuente de continua perturbación, dado que Isabel aspiraba a manejarlo todo. 

Isabel de Farnesio

Bárbara, mientras tanto, era feliz al lado de su esposo, y su única pena era la de no poder darle un heredero. Sabía que por ello no podría ser enterrada en El Escorial, de modo que fundó el convento de las salesas reales para que sus restos descansaran allí junto a los de Fernando. No fue, sin embargo, una buena idea, porque, a pesar de ser muy querida por el pueblo, en esta ocasión apareció un pasquín en la puerta de la iglesia:

Bárbaro edificio.
Bárbara renta.
Bárbaro gasto.
Bárbara reina.

Bárbara de Braganza moría el 27 de agosto de 1758, una pérdida que causó profunda depresión en su esposo, ya de por sí muy inclinado a la melancolía. 

Cuentan que Fernando no mudó de ropa durante un año, y que no se acostó en una cama, limitándose a dormir en su butaca. Se encerró en el castillo de Villaviciosa; se negaba a hablar o a ocuparse de los asuntos de Estado. Le daban ataques de locura que lo impulsaban a arrojar vasos y platos a la cabeza de sus servidores y a tratar de estrangularse con sus sábanas o servilletas. Perdía la memoria, gritaba y suplicaba a los presentes que le dieran ideas, porque “decía que no tenía pensamientos y que era forzoso morir por falta de ellos”. Además se esforzaba por no evacuar, y para ello utilizaba como tapón los pomos puntiagudos de las sillas de su cuarto, sobre los cuales se sentaba. En esa posición podía pasar hasta 18 horas. Como mordía los vasos, fue preciso sustituir los de cristal por otros de plata, que también mordisqueaba. Había que vigilar que no se lesionara, porque quería suicidarse y pedía que le dieran veneno. Cuando cayó agotado en cama, se hacía encima sus necesidades y las arrojaba a cualquier servidor que se acercara. 

Al cabo de un año, también él descansaba al fin en paz.


martes, 9 de diciembre de 2014

NATIONAL GEOGRAPHIC CELEBRA SU 125 ANIVERSARIO CON DE REYES, DIOSES Y HÉROES


National Geographic, referente desde hace mucho tiempo en el campo de la divulgación científica, desea celebrar su 125 aniversario con una oferta para los lectores de este blog, que podrán beneficiarse de un descuento del 40% en las suscripciones pinchando sobre el banner. El acuerdo al que hemos llegado con National Geographic Historia incluye lo siguiente:

-12 revistas National Geographic Historia al año por sólo 24,95 € en lugar de los 42€ habituales.

-Y además un regalo de cuatro libros de Grandes Civilizaciones con cada suscripción.


National Geographic es sin duda ampliamente conocida por todos nuestros lectores, debido a la especial atención que presta a la arqueología y la historia. Con su patrocinio se realizó el primer vuelo sobre el Polo Sur y la expedición que descubrió las cabezas de piedra olmecas en el sureste de México, se estudiaron los restos del Titanic y se llevaron a cabo numerosas investigaciones muy valiosas para la ciencia. Por todo ello, en el año 2006 National Geographic mereció el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.



¡Muchas felicidades y a seguir cumpliendo siglos!


domingo, 7 de diciembre de 2014

La cocina romana


Los romanos no tenían una hora determinada para el desayuno (iantaculum o ientaculum); dependía de la hora a la que se levantaran. Comían entonces pan empapado en vino o con sal, además de uvas, aceitunas, queso, leche y huevos.

El almuerzo o prandium se tomaba a mediodía, y consistía en platos tanto calientes como fríos. No era el prandium, sin embargo, la comida principal, sino que este puesto le correspondía a la cena.

El alimento básico de las clases humildes eran las gachas (puls), y los vegetales como la col, nabos, rábanos, cebollas, ajo, legumbres, pepino y calabazas. Solamente comían carne los días de fiesta.

En los primeros tiempos todo era muy sencillo, y amos y esclavos tomaban la misma comida. Para las ocasiones especiales podían alquilarse cocineros que ofrecían sus servicios en el mercado. Pero después de las conquistas de Roma, la dieta de las clases acomodadas fue adquiriendo más variedad y complicación. El número de platos, así como su elaboración, pasó a requerir toda una plantilla de cocineros con sus ayudantes. Cuando se trataba de profesionales expertos, recibían una excelente paga. Los hogares contaban también con un esclavo cuya misión era cocer al horno los pasteles, cuando al principio esta tarea la habían llevado a cabo las mujeres de la familia. 

Los pobres comían las clases más pequeñas de pescado, mientras que los mújoles de gran tamaño eran uno de los bocados más apreciados y caros. Otros peces que satisfacían el paladar romano eran el lucio, que mantenían en estanques, la platija que solían importar de Ravena, y la morena, recogida principalmente en Sicilia y Tartessos. Gustaban de condimentarlos con salsas y contaban además con pescados en conserva, importados de Cerdeña y España. Entre los mariscos y moluscos, mostraban preferencia por la ostra.



Para disponer siempre de pescado construyeron viveros con agua salada o dulce y que se comunicaban con canales para renovar el agua. Durante la época de la República, Lucio Licinio Lúculo hizo excavar un canal que atravesaba una cadena montañosa hasta llegar al mar, con tal de suministrar agua salada a su vivero. Lúculo fue un victorioso militar que, una vez retirado del ejército, se dedicó a disfrutar del botín y a llevar una vida de lujo y refinamiento. Los banquetes que ofrecía a sus amistades fueron famosos, y hay al respecto una anécdota que cuenta que una noche se quejó a sus servidores de lo escasa que le parecía la cena para lo que él acostumbraba. Ellos le respondieron que, al no haber invitados en esa ocasión, lo habían estimado suficiente. Indignado, el viejo militar replicó:

—¿Acaso no sabíais que hoy Lúculo cena con Lúculo?

La expresión “Lúculo cena con Lúculo” o “Lúculo come en casa de Lúculo” ha pasado al idioma castellano para designar a aquellos que se obsequian a sí mismos con banquetes suculentos.

Además de viveros, los romanos tenían reservas de pájaros o aviaria. Allí podían encontrarse aves de corral, tordos, faisanes o pavos reales. Los zorzales y los huevos de faisán estaban considerados bocados exquisitos.

En ocasiones viveros y pajareras se convertían en una fuente de ingresos considerable, porque destinaban los ejemplares a la venta además de al consumo propio.


Liebres y conejos eran también muy apreciados, junto con los cabritos importados de Ambracia, los cerdos y verracos. El cerdo era sumamente aprovechado, y los romanos gustaban mucho del jamón (perna) y las salchichas, que los vendedores llevaban por las calles en hornos portátiles mientras voceaban la mercancía.

Contaban con magníficas ensaladas a base de ruda, lechuga, berro o malva, a las cuales se añadían otras traídas de provincias. Además, la península era rica en árboles frutales, por lo que contaban con manzanas, peras, ciruelas, membrillos, cerezas, melocotones, granadas, higos, nueces, castañas y un sinfín de frutas. Sin embargo, algunas de las más comunes hoy, no crecían en la antigua Italia. Los melones comenzaron a cultivarse en el siglo I, mientras que limones y pomelos no llegaron hasta la época de las Cruzadas. La naranja amarga fue introducida en Europa por los árabes desde España y Sicilia, pero la dulce que conocemos hoy habría de esperar aún más: la importaron los portugueses desde China en el siglo XVI. Eran las “naranjas de la China” o “mandarinas”. En cuanto a los cereales, los romanos sólo conocían el trigo y la cebada.

Los romanos empleaban cuchara, pero no tenedor. Comían con la mano derecha, mientras que con la izquierda sujetaban la vajilla.

Se bebía mulsum con los entrantes (gustatio o promulsis) de la cena, una mezcla de un quinto de miel y cuatro de vino o mosto. Con esta mezcla se preparaba el estómago para los vinos más fuertes. Después venía la cena propiamente dicha o prima mensa, que consistía en tres platos llamados prima, altera y tertia. Todos se traían sobre una bandeja o repositorium. El postre, secunda mensa, era a base de dulces, confituras y frutos secos y frescos.


Al igual que los griegos, los romanos solían mezclar el vino con agua. Beberlo sin mezcla o utilizando muy poca cantidad de agua estaba mal visto, por considerarse señal de intemperancia. Los esclavos jóvenes eran los encargados de preparar la mezcla, añadiendo agua caliente o nieve, según el gusto del comensal. La bebida caliente se llamaba calda. Se preparaba en vasijas con asas y tapadera, con una caja cilíndrica para el carbón caliente, un receptáculo en el fondo para las cenizas y un grifo en el centro.

Durante la cena se bebía con moderación, pero cuando esta terminaba y se daba paso a la comissatio o velada, era frecuente continuar hasta embriagarse. Se elegía al rey de la fiesta tirando los dados, se brindaba por los presentes con las palabras “bene tibi, vivas”, o bien a la salud de los amigos ausentes. En tiempos posteriores se incluyó el brindis a la salud del emperador y del ejército. Cuando el objeto del brindis era una mujer, el número de vasos que debía apurar cada invitado era igual al número de letras del nombre de ella.

Sin embargo, no todo el mundo en Roma podía disfrutar de estos lujos y refinamientos. Allí residía también la masa de gente llamada plebs frumentaria, pobres entre los que el Estado debía distribuir raciones de grano para alimentarlos. Su número no era pequeño: desde que la ley de Clodio del año 58 a. C. había establecido que la distribución fuera completamente gratis, el volumen de esta plebs había crecido de modo alarmante. Los intentos de Pompeyo por reducirla fracasaron a causa del incendio del templo de las Ninfas, donde se custodiaba la lista de beneficiarios. Habría que esperar a que César fijara nuevos criterios para el reparto, logrando rebajar la cifra de 320.000 a 170.000 beneficiarios.



lunes, 1 de diciembre de 2014

LA CORTE DEL DIABLO: PORTADA Y SINOPSIS



En Francia reina Carlos IX. Apenas dos años antes de la masacre de la Noche de San Bartolomé, las intrigas proliferan en el palacio del Louvre, donde es la reina madre, la formidable y astuta Catalina de Médicis, quien lleva las riendas del gobierno. En esta época concurren las guerras entre católicos y hugonotes, los desdichados amores entre el duque de Guisa y la hermana del rey, los disturbios en las calles, el cautiverio de María Estuardo, la batalla de Lepanto y los planes para arrebatar Flandes a España. En medio de este ambiente enrarecido, un polaco de origen francés viaja a Francia con motivo de la boda de Carlos IX. Al llegar se enamora de la amante del duque de Anjou y su destino se complicará hasta lo inimaginable…

Ediciones Áltera publica hoy en su blog una reseña de mi novela, cuya salida al mercado les recuerdo que está prevista para finales de enero.

Encontrarán la reseña en este enlace, donde pueden dejar también sus comentarios si lo desean:


Muchas gracias a todos,


Montserrat Suáñez


jueves, 27 de noviembre de 2014

La educación de Fernando VII


Fernando, nacido el 14 de octubre de 1784, fue el noveno de los catorce hijos del rey Carlos IV. A pesar de ello, acabaría heredando la corona al no superar la infancia sus hermanos mayores.

Aunque pueda parecer lo contrario, Fernando VII había recibido una educación esmerada en comparación con la de sus padres. Tuvo preceptores cultos que lograron inculcarle amor por las artes: primero fue Scio, religioso de la Orden de San José de Calasanz; después el obispo de Orihuela y, cuando el príncipe tenía once años, el canónigo Juan Escoiquiz, hombre intrigante y ambicioso que fue seguramente quien más influyó en su carácter.

Durante su infancia su rutina diaria transcurría de un modo asfixiante que resulta poco adecuado para un niño. Todo estaba tan severamente controlado y el horario era tan rígido que por fuerza debía de imperar una tristeza abrumadora entre tanta monotonía. Según Michael J. Quinn, “Al plantear el curso de educación del príncipe de Asturias, Godoy adoptó principios semejantes a los que habían seguido en otros países Mortimer, Richelieu y Bute. Su interés exigía que el heredero de la corona no saliese de la dependencia, de la sumisión y si posible era, de la nulidad: porque su permanencia en el poder era incompatible con las ideas que el príncipe debía naturalmente adquirir; así que no olvidó ninguno de los medios propios para llegar al fin que se proponía. Los preceptores de Fernando veíanse obligados a seguir la línea de conducta que les había trazado el príncipe de la Paz, y había formado su corte con los hombres más ignorantes que no tenían otro destino que perpetuar su infancia y alejarle de los negocios públicos del reino”.

Cuando tenía once años, su jornada, recogida por Voltes, se desarrollaba del modo siguiente:

Se levantaba a las seis de la mañana desde septiembre hasta abril, mientras que durante los restantes meses del año se despertaba a las cinco. Una vez vestido, se reunía con su preceptor y ambos rezaban un tedéum, “dando gracias a Dios por haberle sacado de las tinieblas de la noche y suplicándole le preserve de ofenderle en el día”. El preceptor podía entonces proponerle algún asunto a meditar, tras lo cual lo instruía “en algún punto de gobierno y política cristiana”.



De siete a ocho tenía clase de latín. Cuando esta terminaba, el príncipe desayunaba, y después el maestro le explicaba una nueva lección y hacían un repaso de lo anterior hasta las 9. Finalizado el repaso, se peinaba y acudía a misa, y luego asistía a una clase de historia.

De diez y cuarto a once menos cuarto recibía su lección de baile. A las once menos cuarto “pasará su alteza al cuarto de sus majestades a darles cuenta de su salud y aprovechamiento, y saber cómo han pasado la noche, manifestando a sus augustos padres el afecto y cariño que les profesa y los deseos de complacerles y servirles”. Concluida la visita, regresa a su habitación, donde aguarda el maestro de historia. Con él permanecía el príncipe hasta las doce y cuarto, hora de comer.

Después de comer disponía de algún tiempo libre para divertirse “en lo que guste o hará la siesta hasta las dos”. Tras los cortos momentos de asueto venía una hora de estudio del latín, pues debía aprender la lección que le habían señalado por la mañana.

A las tres salía de paseo con su hermano el infante don Carlos, y a su regreso, dos horas más tarde, volvía a saludar a sus padres. Después de la merienda venía la lección de gramática hasta las siete, hora en la que pasaba a buscarlo el preceptor para rezar el rosario. “Acabado que sea, se recogerá un poco de tiempo a hacer examen de las obras del día y pedir a Dios le perdone sus defectos. Después podrá leer en el Año cristiano el santo del día.”

La cena era a las nueve. Cuando terminaba de cenar disponía de unos pocos minutos para entretenerse hasta que se fuera a acostar, que era a las diez.

No sirvió toda esta disciplina para convertirlo en un intelectual. No se rodeaba de ellos, sino que prefería la compañía de gente con menos formación que él, tal vez porque se le había acostumbrado a ello desde la más tierna edad. Sus aficiones más conocidas tampoco eran de carácter intelectual: le gustaban los toros y el billar, y se divertía con las mismas cosas con las que disfrutaba el pueblo. Sin embargo, y aunque sea uno de sus rasgos menos divulgados, Fernando VII sí que fue aficionado a la lectura, y, de hecho, reunió una importante biblioteca personal. Además era melómano y amante de la pintura; tocaba la guitarra, dibujaba bastante bien y se atrevía a traducir alguna obra del francés, además de ser mecenas de grandes artistas, como Goya o Madrazo. Todo ello sin olvidar que es a él y a su esposa Isabel de Braganza a quien se debe el museo del Prado. Tampoco la ciencia escapaba por completo a su curiosidad, puesto que algunas veces se entretuvo haciendo experimentos de física y química, creó el museo de ciencias naturales, patrocinó el jardín botánico y ordenó restaurar el observatorio astronómico, que había resultado gravemente dañado durante la guerra contra Napoleón.

Tampoco sirvió la educación religiosa recibida para convertirlo en un hombre devoto. Sin duda abrumado aún por el pesado recuerdo de aquellos años de infancia y por la excesiva devoción de su tercera esposa, cuando se le buscaba una cuarta reina y se le propuso como candidata a otra princesa de la Casa de Sajonia, exclamó (y disculpen el exabrupto):

-¡No más rosarios ni versitos, coño!




miércoles, 19 de noviembre de 2014

El primer reinado de Estanislao I de Polonia


Polonia ofrecía una característica muy peculiar: a pesar de ser gobernada por un rey, en realidad, y aunque de modo atípico, era una república. Cuando fallecía un rey, toda la nobleza se reunía en un barrio de Varsovia para elegir sucesor, una gran asamblea que era presidida por el cardenal primado. Además, el poder del soberano nunca era absoluto, sino que estaba sometido a la fiscalización de la Dieta y el Senado, que eran quienes votaban las leyes. 

A finales del siglo XVII fallecía Juan III Sobieski. Su muerte trajo consigo el desencadenamiento de una dura pugna entre las familias que aspiraban a sucederle, y para atajarla el cardenal primado decidió que la elección quedara reducida a dos candidatos que no fueran polacos. Estos eran el elector de Sajonia, Federico Augusto, y el francés príncipe de Conti, pariente de Luis XIV y que fue el que se alzó con la victoria por un estrecho margen. Pero el perdedor no se conformó y, aprovechando que su rival estaba lejos, hizo que la asamblea se reuniera de nuevo para rectificar su decisión. Conti iba de camino cuando se entera de que Federico Augusto ha sido consagrado ya en la catedral de Cracovia y, ante los hechos consumados, no encuentra otra opción que regresar a Francia.

El rey de Sajonia se había convertido en Augusto II de Polonia, pero pronto los polacos tendrán razones para arrepentirse de su decisión, porque el nuevo soberano entra a sangre y fuego, arrasando los lugares por donde pasa. Todo aquello que no resultaba destruido, era entregado al pillaje. No satisfecho con estos desmanes, lanza a Polonia a una guerra contra Suecia infravalorando a su joven monarca, Carlos XII. Todavía no sabía que había ido a topar con un magnífico militar y estratega. Carlos avanzó hasta entrar en Polonia y llegar a una legua de Varsovia, obligando a Augusto a huir precipitadamente hacia Cracovia. Mientras tanto la Dieta envía una delegación ante el rey de Suecia. Al frente de la misma iba Estanislao Leczinski.

Augusto II de Polonia

Estanislao aún era joven entonces. Había nacido en 1677, en el seno de una familia que había dado leales servidores a los reyes de Polonia y, aunque mucho fue lo que viajó por toda Europa, eligió como esposa a una rica heredera polaca: Catalina Opalinska Benz. De su unión nacieron dos hijas: Ana y María Leczinska, aquella que un día se convertiría en reina de Francia al casarse con Luis XV.

El rey de Suecia quedó gratamente impresionado por Estanislao. Carlos quiere destronar a su enemigo, Augusto II, y poner a otro en su lugar. En esos momentos resuelve que aquel joven polaco que comparece ante él podría ser muy indicado, de modo que convoca una nueva asamblea y se asegura de que sea elegido rey. Era el 12 de julio de 1704.

Pero esta proclamación no resolvía el conflicto, puesto que Augusto no se mostraba nada dispuesto a ceder la corona. Cuando el rey de Suecia se ve obligado a poner rumbo al norte para combatir a los rusos en compañía de Estanislao, Augusto aprovecha para emprender el camino a Varsovia y ponerle cerco. Aunque logra momentáneamente su objetivo, cuando regresa Carlos XII es expulsado de nuevo. Tras haberse hecho con el control del Estado, Estanislao y Catalina eran consagrados en la catedral de San Juan de Varsovia.

Como Augusto continuaba la guerra desde sus dominios de Sajonia. Carlos decide invadirlo para poner fin a su resistencia y, cuando llega a las puertas de Dresde, el rey se rinde y acepta abdicar en Estanislao.

Carlos XII de Suecia

A pesar de todo, la posición de este último era tan precaria que encuentra más seguro alejar de Polonia a su esposa y sus hijas y buscarles asilo en la Pomerania sueca. Consciente de la fragilidad de su trono, no quiere acompañar a su aliado Carlos XII cuando éste emprende una loca campaña contra el zar. Fue una decisión afortunada, porque esta vez Carlos midió mal sus fuerzas y no tuvo en cuenta los estragos del invierno ruso, todo lo cual lo condujo a una contundente derrota que contribuirá a que su enemigo ganase el nombre de Pedro el Grande.

Son malas noticias para Estanislao, que sabe que si se ha sostenido hasta entonces es gracias al rey de Suecia. Ahora Augusto, envalentonado, afirma que ha sido obligado a abdicar y empuña de nuevo las armas. Cuando avanza sobre Varsovia, Estanislao lo ve todo perdido y decide abandonar Polonia para reunirse con su familia. No desea luchar por su corona, pero Carlos XII se resiste a abandonar la causa y le invita a reunirse con él en la Turquía europea, donde se encontraba desde la derrota en Rusia.

Estanislao se disfraza de oficial francés para viajar hasta allí, pero cuando llega se entera de que el rey de Suecia ha partido ya. Cansado de tanta lucha que apenas le ha proporcionado alguna satisfacción, le pide a Carlos que le conceda una posición en Europa, y con eso se dará por satisfecho. Así fue nombrado duque de Zweibrücken, y de rey de Polonia pasaba a gobernar una pequeña ciudad situada en un valle. Sin embargo, él está contento: en aquel hermoso lugar de no más de cinco mil habitantes podrá al fin ser feliz junto a su familia y entregarse a la vida hogareña mientras aguarda el momento en que pueda recuperar su corona.

El momento llegaría, pero seguramente no imaginaba lo lejos que estaba: habría de esperar 24 años, y tampoco entonces lograría retener su corona mucho tiempo.


martes, 11 de noviembre de 2014

La Corte del Diablo




Me complace anunciar que Ediciones Áltera publicará próximamente mi primera novela, que llevará por título La Corte del Diablo. La acción transcurre en tiempos de Catalina de Médicis, durante el reinado de Carlos IX, una época convulsa y propicia para la intriga, la conspiración y la aventura.

La fecha de lanzamiento estimada es el 27 de enero, dato que confirmaré más adelante, a la vez que revelaré otros nuevos. Ya iré informando mejor a medida que se acerque el día. Por el momento sólo quería adelantarles la noticia.

Saldrá tanto en papel como en formato ebook, de modo que la lectura estará también al alcance de aquellos que no residen en España. 

Vaya, voy a tener que dejar de ser La Dame Masquée.

Muchísimas gracias a todos.



sábado, 8 de noviembre de 2014

El Imperio Sasánida: Shapur II el Grande


La dinastía sasánida gobernó Irán desde el año 224 hasta el 641. Su origen es oscuro. Parece ser que se remonta a un sacerdote del templo de Istar llamado Sasán, cuyo nieto Ardacher se hizo con el trono tras una revuelta de los terratenientes contra la dinastía arsácida, considerada extranjera.

Shapur II, décimo de sus gobernantes, tuvo un larguísimo reinado de 70 años, entre el 309 y el 379. Su nombre significa “hijo de rey” y, en efecto, lo fue. Sin embargo, era el menor de toda la progenie del soberano. De hecho ni siquiera había nacido aún cuando su padre falleció dejando el trono en manos del primogénito, Adarnases. Pero Adarnases mostró tal crueldad apenas suceder a su padre que fue asesinado por sus propios nobles. Como estos tampoco deseaban por rey a ninguno de sus hermanos, acordaron aguardar a que naciera Shapur, colocando simbólicamente la corona sobre el vientre de su madre encinta. Su confianza en que sería un varón no resultó defraudada, y de ese modo los grandes señores de la corte sasánida pudieron ostentar todo el poder y gobernar en su nombre hasta que el niño alcanzó la edad adecuada, lo que sucedió al cumplir 16 años.

Shapur se reveló como el más brillante de cuantos gobernantes había tenido la dinastía hasta entonces. Sabía usar la diplomacia cuando resultaba conveniente, pero solía mostrarse intransigente en sus reivindicaciones. “Astutum”, llamaban los romanos a aquel que ostentó el título de “Rey de Reyes, partícipe de las estrellas, hermano del Sol y de la Luna”. Hábil tanto en el terreno de la política como en el militar, gran administrador y dotado de una fuerte personalidad, todo en él era impresionante, incluso su elevada estatura. Amiano Marcelino, que lo llama el Gran Rey, al conocerlo quedó deslumbrado por su imagen.

Poco antes de la muerte del emperador Constantino, Shapur rompió la paz que había sido concertada con Roma en tiempos de Diocleciano, más de cuarenta años atrás. Dirigía personalmente sus ejércitos y logró reconquistar buena parte de los territorios que habían sido arrebatados a su Imperio, hasta hacerse de nuevo con Mesopotamia, Armenia y el Cáucaso. Luego fundaba ciudades que repoblaba con prisioneros de guerra que capturaba en las fortalezas que tomaba a los romanos. 

Investidura de un rey sasánida (Shapur II o Ardacher II), entre Mithra y Ahura Mazda

Hombre supersticioso y profundamente religioso, hacía sacrificios en el puente de Anzaba antes de cruzar el río y fue el último de los gobernantes sasánidas en proclamarse imagen de la divinidad. Además de ordenar unificar la doctrina de Zoroastro, practicó una política de persecución de la herejía y, muy especialmente, del cristianismo, rompiendo así la tradicional tolerancia de la dinastía. Su inquina contra los cristianos se debía a que, al haber sido ampliamente cristianizado el Imperio Romano, él los identificaba con el enemigo, con el que temía que pudieran colaborar. Aquellos que vivían en sus dominios eran considerados espías y traidores en potencia.

Su ejército era numéricamente muy superior al de los romanos. Contaba con los peligrosos arqueros sasánidas y con los elefantes. Sin embargo, la táctica favorita de Shapur era no presentar batalla directamente. Él prefería la incursión rápida y el ataque por sorpresa, siempre de día, cuando el calor hacía más mella en el enemigo que entre sus propias filas. Pero una de sus debilidades era precisamente que no sabía combatir de noche, y por eso sufrió una derrota a manos de los ejércitos de Constancio II en la batalla de Singara en el 344, la única que el emperador pudo anotarse frente a él. Tampoco sabían sus soldados manejarse bien bajo la lluvia.

Shapur no sólo logró mantener a raya a los romanos, sino que también fue capaz de sofocar las invasiones de kushanitas y otros pueblos del norte con quienes supo aliarse para luego utilizarlos contra Roma.

Shapur II

A su muerte no fue sucedido inmediatamente por su hijo, que llevaba su nombre. Durante cuatro años, y hasta ser destronado, reinó su hermanastro Ardacher II, quien tuvo la misma madre que Shapur.