martes, 25 de julio de 2017

INDIGNACIÓN


Regreso al blog y vuelvo a encontrar copias que me desaniman y me invitan a marcharme de nuevo. 

Intento compartir estos artículos de forma totalmente desinteresada con cualquier persona a quien pueda agradar su lectura o encontrarle alguna utilidad, pero lo que ya no puedo consentir es que esa utilidad que muchos le encuentran consista en apropiarse de mis escritos y hacer pasar por suyo el esfuerzo ajeno. Lo último de lo que me han avisado ha sido esto:


Bajo el artículo, este individuo tiene la poca vergüenza de afirmar lo siguiente: "El contenido del post es de mi autoría y/o es una recopilación de diversas fuentes".

Pues bien, en realidad fue publicado por primera vez en este blog en abril de 2014, y la única autora soy yo. Ni es suyo ni ha recopilado nada, como se puede apreciar comparando con el original. No falta ni una coma:



domingo, 23 de julio de 2017

La higiene en la antigüedad


Los antiguos egipcios concedían gran importancia a la higiene, pues creían que cuanto más limpia y perfumada estuviera una persona, más cerca se encontraba de los dioses. Por tanto, cuestiones como el aseo, los cosméticos y la vestimenta eran esenciales a la hora de enterrar a los muertos. 

Es a los egipcios a quienes se suele atribuir el primer desodorante de la historia, para cuya elaboración recurrían a una variedad de especias. Esta práctica de perfumarse las axilas habría sido imitada con posterioridad por los griegos.

El pueblo egipcio conocía igualmente la pasta para limpiar los dientes. En la Biblioteca Nacional de Viena hay una colección de papiros que incluyen la receta del dentífrico más antiguo del mundo, a base de flores de iris secas, sal, pimienta y menta. Tampoco olvidaban los palillos, utensilios que se encontraron junto a los restos momificados de sus dueños en tumbas que datan del 3500 a. C., sin duda allí depositados para que los difuntos pudieran continuar con sus hábitos higiénicos en el más allá.

Para el mal aliento tenían un remedio: mezclaban miel con hierbas y especias hervidas, entre ellas canela y mirra, y elaboraban con la mezcla unas pastillas capaces de combatir el problema.


Librarse de parásitos era importante para todos los egipcios, puesto que piojos o pulgas podían ser portadores de temibles enfermedades, como por ejemplo el tifus. Solían afeitar la cabeza para evitar los piojos, aunque utilizaban pelucas. Estas se elaboraban generalmente con fibra vegetal, pero los más acaudalados podían comprarlas de cabello humano. La calidad de las pelucas se convirtió así en un símbolo de status. 

A los niños y las niñas se les dejaba crecer una trenza en el lado derecho, cubriendo la oreja, un símbolo de la infancia. Al alcanzar la pubertad llegaba el momento de cortar la coleta, a excepción de los príncipes, que la conservaban más tiempo. 

En el caso de los sacerdotes, era preceptivo afeitarse todo el cuerpo, una práctica que solían realizar cada dos días, pues consideraban indigno tener piojos o cualquier otro parásito mientras servían a los dioses. 

En las tumbas se han encontrado muchos utensilios para el cuidado personal y del cabello, como espejos de cobre pulidos con mangos muy elaborados que se colocaban bajo la cabeza del difunto o ante su rostro, peines de marfil y plata, horquillas, pinzas de bronce para las cejas y maquinillas de afeitar de oro.

Según el papiro de Ebers, que se remonta al 1500 a. C., los egipcios empleaban un material similar al jabón, un compuesto de sales alcalinas, grasas animales y vegetales. No sólo lo utilizaban para el lavado, sino también para el tratamiento de enfermedades de la piel. Muchos se lavaban varias veces al día, por ejemplo antes y después de las comidas. Generalmente este aseo consistía en sumergir las manos, rostro o pies en palanganas con agua y jabón.

En el mundo antiguo los baños públicos se convirtieron en la principal forma de bañarse, puesto que mucha gente no tenía acceso a instalaciones privadas. Uno de los primeros es el de Mohenjo-daro, ubicado en Pakistán y que se remonta a la civilización del Valle del Indo, una de las tres más antiguas junto a la egipcia y la mesopotámica.

En el antiguo Egipto y Mesopotamia los más acaudalados disponían de habitaciones en las que los sirvientes vertían sobre ellos agua fría que caía de una jarra. Pero para que apareciera realmente la ducha habría que esperar a los griegos. Fueron ellos los primeros en hacer que el agua fluyera sobre las cabezas de la gente a través de tubos de plomo. En el siglo XI a. C. ya contaban con baños públicos, y con posterioridad hubo bañeras en la parte superior de los gimnasios, para que los atletas que allí competían desnudos pudieran bañarse después de sus ejercicios. Unos leones con las fauces abiertas conducían a las duchas, y contaban con piscinas circulares con hileras de peldaños en los que se podía descansar. La variedad de tipos de baño se multiplicó: los había de agua caliente, de vapor, de arena, cascadas frías, etc.

Más tarde los romanos desarrollarían este sistema de tuberías, creando acueductos y baños en los que se ofrecía también masajes y entretenimiento. Las termas romanas llegaron a tener salas de juegos, jardines e incluso bibliotecas y teatros. 

En la antigüedad tampoco olvidaban ocuparse de la menstruación de las mujeres, y algunas civilizaciones, como la persa y la babilonia, tenían cabañas donde las mujeres iban a sangrar. Entre los antiguos egipcios se usaban una especie de tampones hechos con papiro, y en general todos los pueblos utilizaron paños y tampones de madera, lana o cualquier material que sirviera para absorber. Existieron también los sacos catameniales, una especie de artefactos con forma de embudo, parecidos a irrigadores vaginales que se insertaban para recoger la menstruación.

Parte esencial de la higiene eran las letrinas. Para los egipcios consistían en una losa de caliza delimitada por dos muros cuya misión era evitar que las salpicaduras estropearan el adobe de la construcción. Las deposiciones salían al exterior de la vivienda a través de un caño, o bien a un gran recipiente colocado en la parte inferior. También disponían de retretes portátiles consistentes en un taburete con un agujero en el centro.

En Roma, las clases más afortunadas tenían letrinas consistentes en fosas cubiertas con una placa con agujeros circulares. Estaban situadas cerca de la cocina, para que al baldearla esa misma agua arrastrara la suciedad a través de un canal que conducía al sistema de alcantarillado. 

Los pobres que se hacinaban en las insulae contaban con tinajas que hacían las veces de orinales que guardaban en el hueco de la escalera de la planta baja, o bien se servían de una simple fosa que se limpiaba periódicamente para evitar los malos olores. 

Había letrinas públicas, habitaciones provistas de bancos de piedra adosados a los muros, con espacio para varias personas que hacían sus necesidades fisiológicas al mismo tiempo, unos frente a otros sin paredes de aislamiento. Bajo los asientos había recipientes que eran recogidos por el personal. Aquellos ciudadanos que acudían a las letrinas acompañados de sus esclavos, hacían que ellos se sentaran primero en el banco para calentar la piedra.

En lugar de papel higiénico, los romanos se limpiaban con una esponja o bien lana o algún tipo de tela insertada en el extremo de un palo. Había una fuente para lavarse después las manos, y canales por los que corría el agua de forma continua para que pudieran aclararse las esponjas. Esto era especialmente conveniente, puesto que las esponjas también eran públicas, y sólo los más ricos llevaban las suyas. Los demás se veían obligados a compartirlas.



Y yo que iba a merendar, ya no me quedan ganas. ¡Quién me mandará meterme en estas!



jueves, 13 de julio de 2017

BIG BEN


Big Ben era el nombre de la primera campana que tuvo el reloj de la torre del Parlamento de Londres, fundida en 1856 y encargada de contar las horas. El motivo de la elección del nombre no está clara. Lo más probable es que se deba a su constructor, Benjamin Hall, aunque también se sugiere que podría referirse a Ben Caunt, un famoso boxeador que ayudó a subirla al campanario.

El Big Ben, que se ajusta mediante la adición y eliminación de las monedas de su péndulo, se ha ganado la reputación de ser el reloj más preciso del mundo. A pesar de resultar dañado por un bombardeo alemán en 1941, resistió heroicamente y fue capaz de seguir marcando la hora con absoluta puntualidad. Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916, la esfera del reloj dejó de iluminarse y las campanas guardaron silencio durante dos años, pero fue un silencio intencionado para impedir que el enemigo se guiara por el Big Ben durante sus ataques. Esas mismas campanas volverían a enmudecer el 30 de enero de 1965, durante el funeral de Winston Churchill, y el 17 de abril de 2013 durante el de Margaret Thatcher.


Sin embargo, el famoso reloj no siempre fue tan puntual: por ejemplo, una bandada de estorninos logró en 1949 lo que no habían conseguido los bombardeos, y al posarse sobre el minutero causó un ligero retraso. También acusó los estragos de la acumulación de nieve durante algunos años especialmente fríos, y la ola de calor que Londres padeció en 2005. Más recientemente, en agosto de 2015, el relojero del Parlamento admitió que el Big Ben llevaba dos semanas dando las campanadas con unos segundos de desfase, problema que logró ser resuelto.

Leyenda o realidad, cuentan que el Big Ben fue atrasado por la mano del hombre en dos ocasiones a lo largo de su historia. La primera vez para disimular que la reina llegaba tarde a un acto oficial, y la segunda por la juerga del capitán John Stubbs, que una noche celebró su desembarco con tal desenfreno que acabó trepando a la torre y agarrándose a una de las manecillas del reloj.


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martes, 6 de diciembre de 2016

La mujer entre los francos salios


Los francos, originarios del bajo Rin, formaban una federación de tribus unidas bajo el mando de un jefe. A mediados del siglo IV, tras hacerse estos bárbaros con el control de las vías fluviales del Rin, el emperador Juliano vio la necesidad de alcanzar un acuerdo y atraérselos como aliados. En adelante los francos se ocuparían de defender las fronteras imperiales, y a cambio se les permitía establecerse en el norte de la Galia, que por ellos pasaría a llamarse Francia. Posteriormente iban a saber aprovechar las debilidades del Imperio para ir extendiendo su dominio.

Eran belicosos, y tan pronto luchaban juntos como se enfrentaban entre sí y peleaban por el motivo más insignificante. La situación resultaba bastante caótica hasta que los dos grupos más poderosos lograron imponerse al resto y ejercer el dominio. Estos eran los salios y los ripuarios o renanos.

A mediados del siglo V los salios se situaban en Bélgica, Artois y Picardía, mientras que los ripuarios se habían establecido en el valle del Mosela. Los primeros proclamaron rey a Clodoveo, que sucedía a su padre, Childerico, y era nieto de Meroveo. Este último había dado nombre a la dinastía merovingia. Clodoveo no solo mostraba capacidades bélicas y ardor guerrero, sino que también era un gobernante muy astuto. Llevó a cabo la expansión de los salios por el territorio comprendido entre el Marne y el Sena hasta entrar victorioso en París, que acabaría por convertirse en la capital, desplazando a Soissons. 


Entre los francos la familia comprendía no solo el matrimonio y sus hijos, sino también al resto de parientes que no tenían su propia familia, e incluso a los esclavos. Todos vivían bajo el mismo techo, y se hallaban bajo el dominio del varón, que tenía la obligación de velar por ellos. Los derechos de un franco provenían de estar adscrito a un núcleo familiar, sin el cual carecería de cualquier tipo de protección. La personalidad se adquiría solo cuando el individuo era reconocido por el padre. Había solidaridad entre parientes en lo económico, a la hora de pagar deudas o multas, pero también para reclamar una venganza privada, autorizada por la ley. Se podía, no obstante, renunciar a la familia mediante un rito realizado ante los tribunales.

Los niños eran amamantados por una nodriza hasta cumplir tres años. Antes de alcanzar esa edad no se les podía dar muerte durante una acción bélica; por el contrario, los niños de pecho y las mujeres de los lugares conquistados se llevaban como botín. Según el código de los francos, solo era lícito matar a quienes “podían orinar contra la muralla”. No reconocían el derecho de primogenitura, por lo que la herencia se repartía entre todos los hijos, y esto incluía al propio Estado.

El padre velaba por la pureza de las mujeres mientras permanecían solteras. No se trataba de un trabajo que hubieran de tomarse durante mucho tiempo, ya que se consideraban aptas para el matrimonio al alcanzar los doce o trece años, y una vez casadas era el esposo quien tomaba el relevo como protector. La virginidad era tan importante que la violación de una mujer libre se castigaba con la muerte, y la de una esclava con el pago de su valor. Pero la mujer violada ya no era aceptada, y, al no ser adecuada como esposa, apenas podía encontrar otra salida que ejercer la prostitución.

Durante la ceremonia pública de esponsales se procedía a una compra simbólica de la novia con el pago de una cantidad a sus padres. Esta suma era mayor si se trataba de un segundo matrimonio para la mujer, una medida que tenía por objeto obstaculizar las segundas nupcias de la viuda, algo mal visto, aunque no prohibido. La ceremonia terminaba con la entrega de las arras del novio a la novia, pero el matrimonio no tenía por qué celebrarse de inmediato. Si en algún caso finalmente la unión no se llevaba a cabo y el novio desposaba a otra mujer, debía pagar una fuerte multa. 

Los matrimonios solían ser concertados, y, aunque las leyes merovingias llegaron a prohibir que se celebraran contra la voluntad de la novia, esta se veía obligada a aceptar lo que su familia hubiera dispuesto para ella. A veces se burlaban las disposiciones paternas mediante raptos fingidos llevados a cabo con su consentimiento, pero si el raptor no compensaba a los padres de la novia, el castigo era la castración. El adulterio y el incesto eran severamente castigados, y por lo mismo no se permitían matrimonios entre parientes.

El matrimonio se celebraba con un banquete acompañado de cantos obscenos cuyo objetivo era favorecer la fertilidad de la pareja. La novia recibía regalos diversos, y un par de pantuflas del novio, símbolo de la paz doméstica, además de un anillo de oro como hacían los romanos para simbolizar la fidelidad, tan importante como la virginidad. Los francos castigaban con pena de muerte a la esposa infiel. El varón, en cambio, podía tener concubinas o mantener relaciones con sus propias esclavas, pero si las mantenía con las esclavas de otro, perdía su condición de hombre libre.

Con el beso de los novios terminaba el rito y la pareja era conducida al lecho nupcial. A la mañana siguiente, tras la consumación, el esposo entregaba a la esposa el llamado “morgengabe”, término que significa “regalo de la mañana”. Consistía en destinarle parte de sus bienes para que no quedara desamparada en caso de que él falleciera antes. Esto se consideraba, además, una compensación a la virginidad perdida, con la que el marido adquiría la seguridad de que la descendencia sería suya. 

En el caso de los reyes merovingios, entregaban a sus reinas algunas ciudades y los ingresos que las mismas reportaban. Las ciudades recibidas eran administradas por ellas junto a los obispos o duques correspondientes, y de ahí extraían los fondos con los que fundaban iglesias y conventos y con los que ir reuniendo el ajuar de sus hijas. Era también función de la reina organizar los espectáculos de la corte dando prueba de la riqueza y magnificencia del rey, al objeto de impresionar a sus nobles mostrando su poderío, para así intimidar a los más revoltosos.

Las reinas tenían acceso al tesoro. En realidad el tesoro público se identificaba con el tesoro privado del rey, y se guardaba en su propia habitación. Las reinas carolingias, además, supervisaban el palacio y representaban al rey en su ausencia. Se trataba de una posición que adquirían solamente al ser ungidas y coronadas, un poder que en ningún caso podía detentar una concubina. El propio Carlomagno declaró que lo que la reina ordenara a jueces, ministros, senescales y escanciadores debía ser ejecutado al pie de la letra. 

Las mujeres tuvieron un papel decisivo en la conversión de los hombres al cristianismo, en especial las reinas y princesas. Según Tácito, “piensan que hay en ellas algo de santo y profético, por lo que no desprecian sus consejos ni desdeñan sus respuestas”. El mejor ejemplo de ello fue Clodoveo, rey pagano cuya conversión se cree que fue debida, en buena medida, a la influencia de su esposa, la reina Clotilde, una princesa burgundia católica. En el año 496, Clodoveo recibía el bautismo en la basílica de Reims en compañía de todo su pueblo. Eran los primeros germanos en convertirse. Hasta ese momento los francos habían sido politeístas, y sus creencias se encuadraban en la mitología germana.


martes, 29 de noviembre de 2016

Decio, emperador de Roma


Gayo Mesio Quinto Trajano Decio fue uno de los muchos emperadores romanos de origen ilirio. Nació en la Baja Panonia, en la actual Hungría, en el año 201. Antes de llegar al trono había acaparado importantes honores y dignidades: fue senador, cónsul, gobernador de la Hispania Tarraconense y prefecto urbano de Roma, además de comandante de las legiones en la región del Danubio en tiempos de Filipo I. Era esencialmente un soldado, y fueron precisamente las legiones las que, supuestamente en contra de su voluntad, lo proclamaron emperador aún en vida de Filipo, a cuyas tropas hubo de enfrentarse cerca de Verona. Caído este en la batalla y asesinado su hijo por la guardia pretoriana, Decio fue reconocido por el senado.

El nuevo emperador reparó el Coliseo y las calzadas en todo el Imperio, devolvió el poder al senado y restableció la censura, proponiendo como candidato a censor a Valeriano, el futuro emperador; pero este, consciente de los problemas que conllevaba el cargo, declinó el honor. Además Decio trató de asegurarse la sucesión asociando al trono como césares a los dos hijos habidos de su matrimonio con Herenia Etruscila, a la que concedió el título de Augusta.

Una de sus primeras decisiones fue recuperar los viejos cultos y fortalecer a los dioses de Roma, que representaban los valores tradicionales y el modo de mantener un Imperio unificado. Esto se tradujo en una feroz persecución contra los cristianos, a los que trató de obligar a participar en estos cultos y a adorar a su propia figura en todos los rincones del Imperio. Los cristianos ponían en cuestión la adoración al emperador, y Decio consideraba que la base principal de la unidad del Imperio era precisamente esa. Llevaba tan solo unos meses de reinado cuando, en enero del año 250, promulgó un edicto que ordenaba la supresión del cristianismo. Todos tenían que presentar un libelo, es decir, un documento que certificaba que se habían realizado los sacrificios y ofrendas requeridos y que, por tanto, eran fieles a la religión romana. El que se negara, podía ser torturado, desposeído y ejecutado, dejando el castigo a discreción del juez; aunque algunos magistrados corruptos se mostraban tolerantes con los cristianos ricos que podían comprar con oro falsos certificados.


Es en ese mismo año cuando se registra la primera acción bélica de los godos contra los romanos. Venían conducidos por Cniva, un ejército de 70.000 hombres que atravesó el Danubio, entró en Serbia y asedió Nicópolis. Decio acudió con gran cantidad de tropas y los hizo retirarse, pero solo como una estrategia de los godos, que poco después caían por sorpresa sobre los romanos y saqueaban su campamento. El emperador huyó ante los bárbaros, una humillación a la que Roma no estaba habituada.

Cniva continuó su campaña y asedió Filipópolis. Su defensor, Prisco, les abrió las puertas y se proclamó emperador con el apoyo de sus nuevos aliados, una ambición que pronto fue segada por los mismos godos, que lo asesinaban poco después. 

Decio acudió de nuevo a su encuentro y tuvo lugar una terrible y sangrienta batalla en junio del año 251 en territorio búlgaro. Los historiadores romanos dicen que los godos dejaron treinta mil cadáveres sobre el campo de batalla, pero no mencionan cuántos dejaron los romanos, que, puesto que resultaron derrotados, debieron de perder aún más hombres. Tras caer la ciudad en manos de los godos, cien mil personas fueron asesinadas, pero, entretenidos en el saqueo, no contaron con el regreso de Decio, dispuesto al desquite. Aunque Cniva trató de comprar un armisticio y ofreció abandonar la plaza sin cautivos ni botín, el humillado emperador quiso darles un escarmiento y no les permitió retirarse sin luchar. 

Decio había colocado a sus espaldas a Treboniano Galo, su mejor general, pero según el historiador Zósimo, Galo lo traicionó, y entonces fue el emperador quien se encontró atrapado en medio de unas tierras pantanosas. Sin embargo, esta versión ha sido puesta en cuestión por muchos estudiosos.


El hijo del emperador, Herenio Etrusco, cayó mientras dirigía un ataque. Decio lo supo, pero, sin dejar de luchar, se limitó a comentar:

—Uno menos.

Poco después también él perdía la vida allá en Abrito con casi todo su estado mayor. Su cadáver nunca fue recuperado.

Galo, que le sucedió en el trono, compró a los godos aquella paz que Decio no había querido venderles. El nuevo emperador adoptó a Valente Hostiliano, el hijo menor de Decio, como emperador conjunto, casó a su hijo Volusiano con una hermana de Valente y se comprometió a pagar a los godos una suma que los romanos llamaron subsidio y los godos, en cambio, tributo.

Cniva regresó a sus tierras con un buen botín y con la certeza de la debilidad de un Imperio que hasta entonces había parecido invencible. A partir de ese momento los godos ya no dejarían de codiciarlo.


Muchas gracias a cuantos compartisteis con nosotros esas maravillosas jornadas literarias en Sevilla y a cuantos asististeis a la presentación de “La leyenda del enmascarado”. Se agotaron los ejemplares y no alcanzaron para todas las personas que querían llevarse la novela. Para los sevillanos que aún sigan interesados, el domingo entré en La Casa del Libro de Sevilla y vi que lo tienen. 


Gracias a la organización de la feria por haberme invitado a participar de algo tan bonito, y en especial a Elena Marqués. Y, por supuesto, gracias a Jose Ardna y a los amigos sevillanos que me brindaron su hospitalidad.



sábado, 12 de noviembre de 2016

La mujer ante la ley de Roma


En torno al siglo III a.C. hubo en Roma infinidad de procesos en los que se acusaba a mujeres de comportamiento impúdico. Entre ellos, dos alcanzaron gran repercusión. El primero tuvo lugar en el 295 a. C., cuando, según el relato de Livio, varias matronas fueron acusadas de mantener relaciones sexuales ilícitas. La condena consistió en el pago de una multa con la que se erigió un templo a Venus Obsequens para aplacar la ira de los dioses.

Otra divinidad que intervenía en las desavenencias conyugales era Viriplaca, “la que aplaca a los hombres”. Según nos cuenta Valerio Máximo, “cada vez que marido y mujer discutían, iban al pequeño santuario de la diosa Viriplaca en el Palatino, y allí, después de decirse lo que querían, deponían su enojo y volvían a casa reconciliados. Se dice que esta diosa debe su nombre a que consigue calmar a los maridos. Era objeto de gran veneración como guardiana de la paz doméstica, y tal vez también obsequiada con los mejores y más exquisitos sacrificios, ya que con su advocación expresa, sin pretender herir la igualdad del mutuo amor, el respeto que las mujeres han de tributar a sus maridos”.

A veces también se veneraba su estatua en el interior de las casas, cuando la desavenencia no era de tal envergadura que requiriera desplazarse hasta el Palatino. Sin embargo, la diosa fue perdiendo importancia con el transcurso del tiempo, y a finales de la República los divorcios aumentaron considerablemente.

El segundo gran proceso por la misma causa fue en el 213 a. C., también contra varias matronas. En esta ocasión la pena fue más severa y hubieron de partir al exilio.


Ambos fueron celebrados por los ediles curules, que eran los magistrados con competencia sobre los burdeles. Sin embargo, no se trataba de casos de prostitución, que no estaba perseguida por la ley penal, sino de comportamientos excesivamente licenciosos para el gusto romano, y que no habían podido ser corregidos. Es posible, incluso, que muchas de esas mujeres vivieran solas, sin el control de unos familiares, puesto que era potestad del marido y del padre matar a la mujer casada que hubiese cometido adulterio, sin necesidad de juzgarlas, siempre que el crimen tuviese lugar en un arrebato inmediato. Augusto añadió el adulterio a la lista de delitos que debían ser juzgados por tribunales públicos, restringiendo severamente el derecho de los parientes varones a castigarlo. Los emperadores posteriores no siempre iban a respetar esta decisión: Tiberio dejó el castigo de Apuleia Varilla en manos de su familia.

Es posible que la diferencia en el rigor con el que fueron tratadas las mujeres en ambos procesos se debiera a que en el primer caso las matronas acababan de participar en la fiesta Vinalia Rustica, un festival de la vendimia celebrado el 19 de agosto en honor precisamente de Venus Obsequens, y esto se consideraría una atenuante. Venus era precisamente la patrona del vino destinado al consumo humano, mientras que Júpiter era la divinidad del destinado a los sacrificios, así como de las condiciones climatológicas de las que dependía una buena cosecha. Prostitutas y no prostitutas se daban cita en el santuario de Venus Erycina, probablemente en ceremonias separadas en aras de la decencia, para ofrecer a la diosa incienso y manojos de rosas en los que ocultaban mirto, menta y juncos, a cambio de lo cual solicitaban belleza y encanto.


En el segundo de los procesos, y aunque parezca sorprendente, el motivo de la intervención de los magistrados podría radicar en el peligro cartaginés, puesto que los romanos solían atribuir las desgracias y catástrofes a la inmoralidad femenina. Creían que los dioses les enviaban señales que se manifestaban mediante acontecimientos inexplicables o prodigia, para que, al verlos, pudieran buscar a los culpables y castigarlos. En aquel tiempo había llovido tierra en muchos lugares, un rayo había fulminado a unos cuantos de sus soldados y unos años antes habían muerto muchos sacerdotes que ocupaban cargos públicos, todo lo cual se interpretaba como avisos de la divinidad. Consultados los libros sibilinos, la acusación recayó sobre las matronas de comportamiento licencioso.

En el 337 a. C., Minucia, la primera vestal plebeya, fue hallada culpable de adulterio y condenada, como era la tradición, a ser enterrada viva. Y en tiempos del emperador Domiciano hubo dos procesos a vestales. 


Las mujeres también podían cometer delitos de traición a la patria, por los que merecían la condena a muerte basándose en la tradición que contaba cómo la vestal Tarpeya había traicionado a Roma abriendo las puertas al enemigo. Como castigo, Tarpeya fue arrojada al vacío desde la roca que aún lleva su nombre. Pero no parece que hubiera otros casos de traición femenina más allá de aquellos legendarios de Tarpeya y de Horacia.

El homicidio, en cambio, se trataba de un delito que las mujeres cometían con frecuencia, y en especial mediante el recurso al veneno. En el año 331 a. C. hubo un proceso en el que se condenó a 160 mujeres por envenenadoras, nada en comparación con otro que tuvo lugar en el 180 a.C. y que terminó con más de dos mil condenadas. 

Parece imposible que más de dos mil mujeres de Roma fueran culpables al mismo tiempo, pero para hombres como Catón, todas las mujeres son adúlteras y “no existe en Roma una adúltera que no sea envenenadora”. 

Lo cierto es que, desde la más remota antigüedad, eran ellas quienes recolectaban y aprendían las propiedades de las hierbas, con las que preparaban medicinas destinadas a curar fundamentalmente enfermedades de tipo ginecológico. Macrobio nos habla de una farmacia dentro del templo de la diosa Bona Dea donde se guardaban las hierbas de las que se servían las sacerdotisas para la elaboración de los medicamentos. Estos conocimientos eran útiles para provocar un aborto sin conocimiento del marido, algo castigado con el repudio, pero también podían emplear las propiedades de las hierbas para fabricar venenos o filtros de amor, dado que creían en las prácticas mágicas. Era suficiente para sembrar el recelo en los hombres, que siempre sospechaban de ellas. 

Pero a veces resultaban condenadas por haber intentado poner freno a una epidemia distribuyendo productos que consideraban eficaces. En esta ocasión se había declarado una de esas plagas que se propagó por toda Roma, causando la muerte de muchos personajes ilustres. La investigación concluyó que las más de dos mil mujeres habían envenenado a sus parientes masculinos bajo la influencia de los rituales del culto a Baco, en los que se entregaban al desenfreno.

Los romanos no veían bien que las mujeres bebieran vino si no era por prescripción médica. La sociedad no se volvió más tolerante al respecto hasta el siglo II a. C. Con anterioridad, la ley decía que si una mujer bebía vino en casa, debía ser castigada como una adúltera. Solo les permitían beberlo cocido, muy ligero, o condimentado y mezclado. Valerio Máximo nos cuenta el caso de un romano que mató a palos a su mujer a la que sorprendió bebiendo, una actitud que se encontró perfectamente comprensible. Un marido, en efecto, podía matar a la esposa o divorciarse de ella si descubría que bebía vino. Para asegurarse de que no lo había hecho, la besaba en la boca. La prohibición era tan tajante que las mujeres ni siquiera podían guardar las llaves de la bodega, y hacerlo también podía acarrear la muerte. 

A la hora de aplicar la pena capital, en teoría apenas había diferencias entre hombres y mujeres, excepto si la mujer estaba embarazada, pues en ese caso se aplazaba la ejecución hasta después del parto; pero en la práctica rara vez se las ejecutaba en público. Una posibilidad era dejarlas morir por hambre, y otra era el estrangulamiento, aunque no en la prisión, sino en sus casas y a manos de sus familiares, a los que eran entregadas. Tal suerte corrieron en el año 150 Publilia y Licinia, acusadas de haber envenenado a sus maridos, ambos cónsules. Lo habitual era que solo se las ajusticiara en público si no había un familiar idóneo para llevar a cabo la tarea. Pero en el caso de las vírgenes culpables de algún delito, la ley no permitía el estrangulamiento, por lo que, según Suetonio, el emperador Tiberio hacía que el verdugo las violase antes de estrangularlas.


Para los varones, en cambio, la forma de morir dependía del delito. Si mataban a un patricio o al propio padre, eran arrojados al río, con los ojos vendados por ser indignos de ver la luz, y metidos en un saco. Previamente eran azotados en el campo de Marte, lugar al que eran arrastrados entre la plebe, con una capucha de piel de lobo y zuecos de madera, mientras recibían el impacto del estiércol que el populacho arrojaba a su paso. Meter a un hombre en un saco simbolizaba que se le hacía regresar al seno materno, como si nunca hubiera nacido. En un principio se introducía solo al prisionero, pero más adelante metían con él una serpiente, a la que se llegó a añadir un mono, un perro y un gallo.

La crucifixión se aplicaba a los esclavos, y por eso Séneca la llamaba supplicium servile. Más tarde se extendió a libertos, rebeldes, piratas y enemigos y criminales especialmente odiados. Una mujer podía morir en la cruz igual que un hombre, y también igual que ellos debía desnudarse por completo. Por eso se consideraba la forma más humillante de morir, y una pena no aplicable a un ciudadano romano.



(Todas las imágenes están en dominio público, y proceden de mi propia cuenta de pinterest: https://es.pinterest.com/dianademeridor/)

lunes, 7 de noviembre de 2016

Rotario, rey de los lombardos


Según la Crónica de Fredegardo, a la muerte del rey Ariolaldo sin hijos varones, la nobleza lombarda, que no se ponía de acuerdo para designar a un sucesor, invitó a su viuda a elegir otro esposo que se convertiría en el nuevo soberano, igual que había hecho su madre antes. A pesar de la oposición de muchos grandes, Gundiperga eligió a Rotario, hasta entonces duque de Brescia, y le propuso repudiar a su esposa para casarse con ella y ceñir la corona. Desde un punto de vista estratégico, la elección era oportuna: el territorio de Brescia se encontraba próximo a los controlados por Bizancio, por lo que constituía una base importante para las incursiones lombardas en un momento en el que se intensificaba la amenaza bizantina.

Aceptada por Rotario una propuesta que llevaba aparejada tan generosa recompensa, se celebró la ceremonia en Pavía, la capital del reino, y los recién casados fueron a pasar esos primeros días de su matrimonio en un castillo vecino, a orillas del río Po. Pero pronto la unión resultó ser desastrosa. El principal motivo de disensión fue religioso: ella era católica y él arriano. Al cabo de unos meses Rotario acusó a su esposa de tramar un complot, la recluyó en sus aposentos y se rodeó de una notable cantidad de concubinas. Vivía públicamente con una de ellas e incluso con su anterior esposa, a la que había permitido retener la dignidad real. 

Gundiperga permaneció prisionera durante cinco años, hasta que su pariente Clodoveo II, rey de los francos, intervino como mediador en su favor y logró su liberación. La reparación fue total, y la reina volvió a sentarse en el trono junto a su esposo, que le devolvió cuantas propiedades le había confiscado.


Rotario contaba unos treinta años al ceñir la corona lombarda. Pasó a la historia como un rey prudente y poderoso, de costumbres licenciosas y sumamente enérgico. Al comienzo de su reinado, que se prolongó entre el 636 y el 652, condenó a muerte a muchos nobles insurrectos, pero su principal acto como gobernante fue dar a su pueblo las primeras leyes escritas. Anteriormente los lombardos se regían por viejas costumbres que pasaban de forma oral de padres a hijos y que se fundamentaban en la llamada “faida” o venganza privada de tipo mafioso. Mediante la faida, un particular tenía derecho a obtener satisfacción a una ofensa o daño vengándose de su enemigo. Hacía más de 70 años que los lombardos se habían asentado en suelo italiano, y aquel código primitivo que les había servido durante su vida nómada necesitaba ser reformado. Era una condición imprescindible para alcanzar un grado de civilización aceptable. Francos, visigodos y anglosajones ya poseían sus propios códigos. Había llegado el momento de compilar las leyes lombardas.

El 22 de noviembre del 643, el rey publicó un edicto que lleva su nombre. Como no sabía leer ni escribir, hubo de dictarlo a Ansoaldo, el escriba que lo compiló en un latín que dejaba bastante que desear y que contenía abundantes palabras lombardas latinizadas. Se trataba un código de normas civiles y penales que fijaba las tarifas debidas por el ofensor a modo de reparación. Se estipulaban minuciosamente las cantidades a pagar por cada ofensa. Esta tarifa, llamada guidrigildo, sustituía a la faida. En adelante los litigios se solventaron pagando, pero, eso sí, las penas se fijaban según el rango del ofendido. 

El edicto, compuesto por 388 capítulos, fue aprobado en el gairethinx o reunión del ejército convocada por Rotario, en una ceremonia en la que los guerreros mostraban su aceptación golpeando sus escudos con las lanzas, según la vieja costumbre germánica. 


La obra está dividida en tres partes. La primera se refiere a los delitos contra el rey y contra el pueblo o personas particulares; la segunda regula las herencias y derecho de familia, y la tercera los delitos contra la propiedad y la prueba ante los tribunales. Pero estas leyes no se aplicaban a la población romana sujeta al dominio lombardo, que continuaban rigiéndose por el Digesto promulgado por Justiniano.

El edicto de Rotario protege principalmente a la aristocracia militar. Matar, golpear, desarmar a un guerrero o afeitarle la barba se consideran delitos muy graves. Y es que los lombardos eran un pueblo de carácter esencialmente militar, formado por guerreros llamados arimanes. Dentro de estos, los más importantes eran los adelingos, descendientes de antiguas tribus germánicas que constituían la nobleza. Entre ellos se encontraban los duques, los galstads o condes y el propio rey, y tenían infinidad de privilegios. Las tierras arrebatadas a los romanos eran cultivadas por los esclavos y los aldios, en cuyas manos estaba también el comercio. Los aldios eran bárbaros que los lombardos habían ido alistando antes de llegar a Italia. Al igual que los adelingos, eran libres y tenían derechos, pero solamente civiles, porque, al no formar parte del ejército, carecían de derechos políticos y quedaban excluidos de la asamblea de guerreros, que era el órgano supremo.

No se permitían los matrimonios mixtos. El edicto prohibía que una mujer soltera o viuda se casara con un hombre de condición servil, es decir, no lombardo. La desobediencia podía suponer la pena de muerte para el hombre y el destierro para la mujer, que también se arriesgaba a ser vendida o asesinada por su propia familia. El edicto aplicaba la pena capital a los esclavos que golpeaban a sus dueños, los traidores, los amotinados y los desertores, además de las mujeres que mataban o traicionaban a sus esposos. Si era el marido el que mataba a su mujer, en cambio, solo pagaba una multa; pero, eso sí, tan alta que el asesino acababa condenado a trabajos forzados por no poder abonarla.


El edicto también preveía que un padre no podía desheredar a su hijo excepto por determinados crímenes especialmente graves.

La administración de justicia no se inspiraba tanto en el derecho romano como en las antiguas ideas tribales. Los lombardos se defendían de una acusación mediante el juramento, las ordalías y el duelo. El juramento podía imponerlo tanto el acusado como el acusador, se prestaba sobre los Evangelios y contemplaba el derecho a retractarse por parte de quien previamente se había declarado culpable.

Para asuntos más graves, en lugar del simple juramento se recurría al juicio de Dios, es decir, la ordalía. El ofendido y el acusado comparecían ante un juez en el atrio de una iglesia. Después de celebrarse una misa cantada, se disponía una gran olla con agua hirviendo y el sacerdote decía:

—Señor, haced que quien meta la mano en esta olla siendo inocente, pueda retirarla sin daño. Yo te bendigo, oh agua que hierves al fuego, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El acusado sumergía entonces su mano en la olla y se entendía que en caso de sufrir quemaduras quedaba demostrada su culpabilidad.

En cuanto al duelo, era un procedimiento muy socorrido. Se celebraba a campo abierto, en un terrero cercado mediante cuerdas. Se leía un bando advirtiendo a los presentes de las penas que sufrirían si provocaban desórdenes o entorpecían el combate, pues estaba prohibido hablar o dar muestras de entusiasmo mientras durase. La derrota era señal de culpabilidad, y al perdedor se le amputaba la mano derecha.


Los combatientes, al igual que los que se sometían a la ordalía, no podían llevar amuletos ni ninguna clase de encantamiento orientado a favorecerlos en la lucha. Y es que los lombardos eran un pueblo muy supersticioso que creía en las brujas y adoraba a las víboras, algo que el rey trató en vano de eliminar.

Rotario murió en el 652, tras 16 años y cuatro meses de reinado. Hacía casi doce que había tomado Génova a los bizantinos, ampliando sus dominios hasta poseer toda Liguria y el valle del Po. Como conquistador, sometió a pillaje y arrasó muchas poblaciones cuyos habitantes hizo prisioneros. 

Según el historiador Pablo el Diácono, “fue fuerte y valiente y siguió el camino de la justicia; sin embargo, no mantuvo el camino recto de la fe cristiana, sino que se contaminó con la perfidia de la herejía arriana”. En efecto, Rotario restauró el antiguo apoyo al arrianismo, que se había perdido durante el reinado anterior. Para él era una forma de preservar la identidad de los lombardos y distinguirlos de la población nativa de Italia, que era católica. Sin embargo, permitió a sus súbditos total libertad para profesar la fe que estimaran mejor, y para ello se ocupó de que en sus ciudades hubiera siempre dos obispos, uno católico y otro arriano.


Le sucedió su hijo Rodoaldo, pero este solo reinó cinco meses. Al cabo de este tiempo fue apuñalado por un siervo de cuya mujer había abusado.