domingo, 23 de agosto de 2015

Los árboles sagrados de Roma

Ruinas del templo de Diana en Nemi

La antigua Roma tenía varios árboles sagrados. Uno de ellos fue la Higuera Ruminal o Romular, que crecía cerca del Palatino. Según la leyenda, fue el árbol que cobijó a Rómulo y Remo cuando fueron abandonados por orden de su tío Amulio a la entrada de una caverna llamada Lupercal. 

El lugar recuerda a la loba capitolina que los amamantó, por lo que, según Plutarco, el nombre de ruma designaba el pecho materno en la lengua arcaica del Lacio. Igualmente simbólico y representativo de la leyenda es el líquido lácteo que producía la higuera. La higuera Ruminal puede significar “higuera de la diosa Rumina”, protectora de las madres lactantes y de las hembras de los animales. La diosa, cuyo templo se situaba al pie de la colina, presidía la crianza de los niños y recibía ofrendas de leche. Cuando Rumina se representa como animal, se identifica con la loba, y cuando se representa como mujer adopta la forma de Acca Laurentia, la mujer del pastor Fáustulo, que encontró a los gemelos. El árbol simbolizaría, al mismo tiempo, la edad de la paz: incluso la loba se amansa a su sombra, y el quebrantahuesos, ave consagrada a Marte, protegía a los niños y les traía alimento.

La higuera aparecía en las monedas del siglo II a. C. junto a Fáustulo, la loba y los gemelos. Cuando comenzó a morir en el año 58, los romanos se inquietaron enormemente, porque significaba para ellos una premonición de grandes calamidades. 
Otro árbol sagrado era el Roble del Capitolio, dedicado a Júpiter. Cuando Rómulo derrotó a Acrom, rey de los caeninenses, colgó del roble los spolia opima, es decir, la armadura, armas y demás trofeos de los que se apoderaba el vencedor tras derrotar al general enemigo en combate singular.

Hay en Italia un bosque al este del lago Albano. Es el bosque de Nemi, también llamado Espejo de Diana, sede del santuario de Diana Nemorensis. La leyenda hace remontar este culto a Orestes, que habría llevado la imagen de la diosa escondida en un haz de leña en su huida a Italia.

Había en ese hermoso bosque un árbol sagrado de ramas doradas que nadie podía arrancar a excepción de los esclavos fugitivos. Un sacerdote lo cuidaba y permanecía continuamente alerta, espada en mano, dispuesto a matar al que osara tocarlo. El que lo conseguía, adquiría así el derecho a combatir contra el sacerdote, y si le daba muerte ocupaba su lugar con el título de Rex Nemorensis.

Diana bendecía los matrimonios, concedía descendencia y facilitaba los alumbramientos. Cada 13 de agosto se celebraba en su honor un ritual al que acudían las mujeres portando antorchas y ataviadas con guirnaldas. El bosque también aparecía iluminado con antorchas, y se han encontrado estatuillas que muestran a la propia diosa levantando una de ellas con la mano derecha. Se cree que en su templo de Nemi las vestales custodiaban la llama perpetua.

Bosque de Nemi

Por último, el Roble del Algido se remonta al 459 a.C., cuando los ecuos rompieron una tregua con Roma. En aquella ocasión acamparon en un monte que llevaba el nombre de Algido, hoy Aglio. El imperator de los ecuos, Graco Clelio, se había retirado con su botín y se había erigido la tienda de su pretorio bajo la copa de un enorme roble. Allí se presentaron tres emisarios del Senado para reclamar el botín según los pactos establecidos, pero Clelio les respondió que estaba muy ocupado y que presentaran sus quejas al árbol. Uno de aquellos enviados dijo entonces:

—Que este roble sagrado y lo que en él haya de los dioses se enteren de que el pacto ha sido roto por vosotros, así ahora a nuestra reclamación y después a las armas con que vengaremos los derechos que se han violado tanto de los dioses como de los hombres.

Cuatro siglos después Horacio componía una oda a ese árbol.

duris ut ilex tonsa bipennibus
nigrae feraci frondis in Algido,
per damna, per caedis ab ipso
ducit opes animumque ferro

Como la encina, podada por las duras hachas,
de negra fronda, en el fértil Álgido,
a pesar de daños y cortes, del mismo
hierro toma fuerzas y vigor

Y mucho después aún Fray Luis de León tomaba de esta oda su lema Ab Ipso ferro (del mismo hierro). Él mismo escribió un poema inspirado por Horacio:

Bien como la ñudosa
Carrasta en alto risco desmochada
Con hacha poderosa
Del ser despedazada
Del hierro torna rica y esforzada.



Fuentes:
Mitos romanos - Jane F. Gardner
La República de Roma – Antonio Blanco Freijeiro
paginasarabes.com/2013/05/13/la-higuera/
ecvlactando.com/2014/02/15/rumina-diosa-romana-protectora-lactancia/ 
laramadorada.wordpress.com/2010/04/28/san-hipolito-virbio-y-el-bosque-nemi/



viernes, 7 de agosto de 2015

El crimen de René de Villequier


René de Villequier, barón de Clairvaux, de Aubigny y de Evrey, Caballero de la Orden del Espíritu Santo, fue uno de los favoritos de Enrique III de Francia y primer gentilhombre de su cámara desde 1574. 

La familia, originaria de Normandía, toma su nombre de la tierra de Villequier, a orillas del río Sena. El antepasado más antiguo de René fue Robert, que formó parte de los caballeros que siguieron al hijo de Guillermo el Conquistador, Roberto Curthose, cuando partió hacia Jerusalén en 1097. Los Villequier entran al servicio de la corona con Carlos VII, y desde entonces ocupan cargos importantes tanto en el ejército como en la corte.

El ascenso comenzó con André de Villequier, que compró el vizcondado de La Guerche y con ello desplazó las posesiones familiares hasta situarse más cerca del poder central. Él fue el primer mignon de la historia de Francia. Llegó a la corte en 1442 y se convirtió en chambelán del rey, miembro del Gran Consejo y posteriormente Gran Chambelán. André no tuvo inconveniente en desposar en octubre de 1450 a la amante del rey, Antoinette de Maignelais, que había sucedido en el favor real a su fallecida prima Agnès Sorel. 

René, nacido en torno a 1535, aparece en las crónicas como un hombre depravado, pero también refinado, amante del lujo y los placeres. Por ejemplo, en una ocasión hizo servir en su mesa una tortilla rociada con perlas trituradas.


Su carrera comienza al servicio del mariscal de San André, y después va acaparando cargos en tiempos de Carlos IX, gracias al favor con el que lo distinguía Catalina de Médicis. René participa en las campañas militares del duque de Anjou, futuro Enrique III, y está presente en la batalla de Jarnac contra los hugonotes. Es a él a quien Enrique designa para llevar la noticia de la victoria al rey de España.

Pero Villequier no encaja con la figura del mignon, ni por su físico ni por su edad, pues es 15 años mayor que Anjou. En 1574 se lo describe como un hombre “viejo y pesado” que bebía sin moderación. Célebre por su sobrepeso, en la corte lo llamaban “el gordo Villequier”. A pesar de todo, el embajador de Saboya lo acusa de haber iniciado al joven Enrique en “el vicio que la naturaleza detesta”, y Brantôme lo responsabiliza de lo que él llama “juegos infames” que el rey habría practicado.

Su fidelidad al soberano ha sido muy cuestionada, puesto que se dijo que había llegado a entrar en la Liga de los Guisa. Lucinge, el embajador de Saboya, lo presenta como cortesano ambicioso y desprovisto de convicciones religiosas sinceras en aquellos tiempos de confrontación entre católicos y hugonotes, y afirma que la reina madre, Catalina de Médicis, se servía de él para manejar a su hijo a su través.

René contrajo matrimonio con Françoise de la Marck el 17 de enero de 1558, una unión que tendría un trágico final. El caballero la asesinó, al parecer por una cuestión de celos no suficientemente esclarecida. No se sabe a ciencia cierta si ella imitaba las licenciosas costumbres de su esposo o si sus reproches hacia él, excesivamente frecuentes, colmaron la paciencia de Villequier. Una fuente afirma que René había recibido un anónimo informándole del comportamiento de su esposa. Françoise esperaba un hijo. En aquellas líneas le revelaban que él no era el padre, y que su esposa planeaba envenenarlo antes de que su deshonra se hiciera pública. René hizo registrar en secreto los aposentos de la dama y encontró un paquete de cartas de su amante y un pastel que le resultó sospechoso de contener el veneno que iba a serle administrado.

Ambos se encontraban en la villa de Poitiers en septiembre de 1577, alojados bajo el mismo techo que el propio rey. Una mañana Villequier entró en la alcoba de su esposa, que acababa de levantarse y peinaba su cabello ante el espejo que una servidora sujetaba. El esposo se precipitó hacia ella, le hundió un puñal en el costado y luego desenvainó su espada y se ensañó con ella hasta dejarla muerta sobre el suelo. Luego persiguió a la servidora y le asestó varias puñaladas. Según una versión, la mujer se habría arrojado por una ventana para escapar a su violencia.

Después se presentó en la alcoba del rey, le confesó lo que había hecho y solicitó su perdón, pues consideraba que había tenido justa causa para obrar de tal modo. Mientras tanto todo era confusión en el castillo. Los cortesanos, conmocionados, gritaban contra el asesino con tal vehemencia que Enrique vaciló y consideró entregar a su favorito a la justicia. La reina madre así se lo exigía, y lo exhortaba a castigar el crimen con rigor ejemplar.

Villequier abandonó secretamente el lugar en dirección a París, y para cuando la corte emprendió el regreso los ánimos ya se habían calmado en buena medida. Las magníficas fiestas que el asesino ofrecía en el Hôtel de Ville, como gobernador de París, contribuyeron enormemente en disipar la indignación popular.


El crimen no fue castigado; por el contrario, poco después Villequier era recompensado con la Orden del Espíritu Santo, lo que hace sospechar a l’Estoile que todo había sido hecho por secreto mandato del rey, que odiaba a esta dama por haberlo rechazado. Se decía que en un tiempo ambos habían sido amantes, pero que ella no quiso continuar la relación y hablaba mal de él, causando su despecho. En cualquier caso, Enrique no guardó ningún luto por ella; por el contrario, en una carta a Souvré la llamaba “putain de fame” (estoy segura de que no necesitan traducción) y felicitaba al marido por haberse librado de ella.

Sin embargo, el ensañamiento y la furia ciega que se aprecia en el brutal ataque no se corresponden bien con el mero cumplimiento de una orden. Tampoco justificaría el asesinato de la servidora, a la que Villequier más bien parece haber considerado cómplice de algún desmán. Aunque de Thou, por su parte, opina que la dama era inocente de toda acusación, y que había provocado las iras del rey y de René por reprocharles a ambos sus excesos. 

El matrimonio había tenido una hija, Charlotte Catherine, casada con el barón de Chappes. El 8 de julio de 1586 René se casaba de nuevo, esta vez con Louise de Savonnières, una de las damas de Catalina de Médicis, vástago de una gran familia angevina. Curiosamente, el comportamiento de Villequier con su segunda esposa se dice que fue ejemplar.

De esta segunda unión nació un hijo, Claude, que no pasó de la adolescencia. Se extinguía así con él el linaje de los Villequier.


domingo, 2 de agosto de 2015

La crueldad de Isabel II


En tiempos de Isabel II, “la reina de los tristes destinos”, el gobierno de la nación se hallaba sumido en el caos; las libertades democráticas no llegaban a satisfacer las demandas del pueblo, el caciquismo y la corrupción estaban generalizados, las elecciones viciadas y la reina dominada por la camarilla de religiosos de los que se rodeaba y manipulada por sus ministros y amantes. El reino se veía sometido al ejército, cuyos mandos hacían y deshacían gobiernos a su antojo a base de golpes de Estado y pronunciamientos.

En 1866 España se ve inmersa en una gran crisis financiera originada por las compañías de ferrocarriles, que arrastran en su caída a los bancos, sus principales accionistas. En junio estalla en Madrid la sublevación de los sargentos del cuartel de artillería de San Gil, próximo al palacio real, una revuelta promovida por los partidos progresista y democrático y cuyo objetivo era derribar a la monarquía. Al frente, el general Prim, en el exilio.

Todo estaba preparado para que el día 26 se tomara el palacio, pero los acontecimientos se precipitan: el gobierno tiene noticias de ciertos movimientos sospechosos en torno al cuartel, de modo que la sublevación se adelanta al 22, apoyada por el pueblo en las calles.

"la Católica Majestad, vestida con una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios como las boqueras del chocolate..." (Valle-Inclán - La Corte de los Milagros)

El movimiento fracasó. Prim aguardaba en Hendaya, pero no llegó a cruzar la frontera. O’Donnell, jefe del gobierno, reprimió la rebelión con tremenda dureza, basándose en la gravedad del hecho de que los sargentos hubieran asesinado a sus jefes. Lo que más temía era que se habían repartido armas entre el pueblo, algo que podía convertirse en un estallido social de proporciones inabarcables si no se atajaba de raíz.

«los horrores de la revolución francesa no se hubieran parecido en nada a lo que habría pasado aquí... Aquí no existían más principios ni otro objeto que el saqueo, el asesinato y la desaparición de los fundamentos sociales».

El historiador José Luis Comellas describe a Isabel II como "desenvuelta, castiza, plena de espontaneidad y majeza, en la que el humor y el rasgo amable se mezclan con la chabacanería y con la ordinariez, apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus numerosos amantes". Pero a veces ese humor y rasgo amable se tornaba acre y cruel, como ocurrió en tal ocasión.

Aquella noche el general Zabala comía en palacio, y la reina le preguntó cuántos prisioneros se habían hecho.

—Señora, más de mil.

—Pues que se cumpla la ley en todos, en todos, antes de amanecer.

Leopoldo O'Donnell

Y poco después repetía al propio O’Donnell la orden de fusilar en masa a los sublevados.

—Eso no puede hacerse con los fusiles, señora.

—Pues entonces, ¿para cuándo quieres la metralla?

Las ejecuciones se sucedieron durante varios días. Junto a los muros exteriores de la plaza de toros se fusiló finalmente a 67 sargentos, cabos y soldados, pero la reina insistía para que se ejecutara a la totalidad. O’Donnell llegó a decir:

—Pero, ¿no ve esa señora que si se fusila a todos los soldados detenidos va a ser tanta la sangre que llegará hasta su alcoba y se ahogará con ella?

Isabel tuvo después conocimiento de ese comentario, causa final de su caída en desgracia. Cuando un par de semanas más tarde la reina se negó a firmar unos nombramientos de senadores, O’Donnell se vio obligado a dimitir y abandonó Madrid en dirección a Biarritz diciendo que jamás volvería a ser ministro de Isabel II.


miércoles, 22 de julio de 2015

Crónica en A Quemarropa


Esta es la crónica que apareció el domingo en A Quemarropa, el periódico oficial de la Semana Negra, acerca de nuestra presentación: 

"La actividad en la carpa del Espacio A Quemarropa finalizó por este año con la presentación de MAR editor, cuyo responsable, Miguel Ángel de Rus, acudió acompañado por Pedro Antonio Curto y cuatro de los autores de su catálogo: José Luis Caramés Lage, Óscar Fernández Camporro, Salvador Robles Miras y Montserrat Suáñez. 

“El primero es el autor de Asesinatos con arte, en la que este profesor de literatura inglesa de la universidad de Oviedo presenta un relato de suspense en el que un asesino mata a músicos de una orquesta sinfónica por el placer de hacerlo y por componer unas escenas basadas en momentos de la historia del arte pictórico. 

Rodeando al gran Juan Ramón Biedma, y de izquierda a derecha, Pedro Antonio Curto, Caramés Lage, Óscar Fernández Camporro, Salvador Robles Miras, Miguel Ángel de Rus y Montserrat Suáñez

“Fernández Camporro, por su parte, es el creador de Regresa a Riverthree, libro que definió como "un western" ambientado en la actualidad en los Estados unidos, aunque los crímenes que recoge justifiquen su aparición en esta colección de género negro. Se trata de la segunda de las seis novelas que, aun contando una historia independiente, dibujan un mundo propio ambientado en un pueblecito de las montañas Rocosas.

“La exclusiva del asesino es la novela de Salvador Robles Miras, "escritor vocacional que escribe para aprender de lo que sé y de lo que no sé", tal y como se definió él mismo. Miras confesó su atracción por una de las condiciones del ser humano, la violencia, un elemento en el que bucea en esta obra, para la que, según apuntó, tuvo que meterse en la mente de un asesino. En este ejercicio aprendió que "desde la mente de un asesino, la sociedad es atroz".

Había bastante público, ¿verdad?

“Completó la presentación Montserrat Suáñez con la segunda parte de Proyecto mujeres en la historia, en la que colabora con otras autoras para rescatar a mujeres que dejaron su impronta y entre las que se encuentran escritoras, periodistas, arqueólogas, luchadoras contra el nazismo y por los derechos civiles, etcétera. Según explicó, ya están trabajando en un tercer volumen que estará centrado en la Ilustración. 

“Y así finalizó esta jornada y se echó el cierre a la carpa por este año. Se hace extraño no invitarles a que nos acompañen esta tarde en alguna cita ineludible, pero no se preocupen, volveremos el año que viene. Seguro.”




En otro orden de cosas, muchas gracias a México por esto. Qué subidón levantarse un día y encontrarse con La Corte del Diablo en el número 1 del ranking.



Estamos de vacaciones, pero volveremos dentro de una semana.

¡Hasta pronto!

Montserrat Suáñez


miércoles, 8 de julio de 2015

Cita en la Semana Negra


La Semana Negra es un festival literario que se celebra en Gijón cada mes de julio desde 1988, y que este año tendrá lugar entre los días 10 y 19. Comenzó como una feria internacional dedicada exclusivamente a la novela de género negro, y de ahí su nombre. Posteriormente se fue ampliando para abarcar también el género histórico, ciencia-ficción y fantasía, y hoy recibe más de un millón de visitas en cada edición.

Una de las características de esta feria es la inclusión de diversos eventos en torno a la cita con la literatura. Los visitantes pueden disfrutar también del parque de atracciones instalado en el recinto, asistir a conciertos, ver cine, recorrer los mercadillos que exhiben sus artículos junto a las casetas de libros o sentarse en alguna de las numerosas terrazas de bares y restaurantes de las que dispone la Semana Negra. El festival cuenta, además, con su propio periódico: “A quemarropa”, que se distribuye gratuitamente. 


Todo comienza con la llegada a la ciudad del Tren Negro, en el que viajan los escritores invitados. Se inauguran entonces estas jornadas en las que se entregan diversos premios literarios, como el Hammett a la mejor novela policiaca escrita en español; el Celsius, a la mejor novela de fantasía, ciencia-ficción o terror; el Espartaco de novela histórica; el Memorial Silvino Cañada a la ópera prima policiaca y el Rodolfo Walsh, para obras de no ficción sobre tema criminal. Se suceden, además, las presentaciones de obras literarias en los diversos espacios habilitados a tal efecto.

El sábado 18 de julio a las 20h estaré en la Semana Negra para presentar Mujeres en la historia 2 con Miguel Ángel de Rus, en un acto en el que participaré junto a destacados autores de novela negra: Caramés Lage, Oscar Fernández Camporro y Salvador Robles Miras. Contaremos, además, con la colaboración del periodista y escritor Pedro Antonio Curto. 


Os esperamos a todos los que estéis por la ciudad, y a los que no estáis pero teníais pensado visitar la Semana Negra este año. El 18 es una buena fecha, ¿verdad?


Montserrat Suáñez


miércoles, 1 de julio de 2015

Carta de Fernando VII a Napoleón


España se veía inmersa en la guerra de la Independencia. Mientras los españoles combatían contra José I y aclamaban a Fernando, mientras un 2 de mayo regaban Madrid con su sangre, El Deseado se encontraba a salvo en Valençay, a 300 kilómetros de París, recibiendo clases de danza y música en compañía de su hermano. Allá en el castillo de Talleyrand ambos entretenían su tiempo montando a caballo, pescando y organizando cenas y bailes. Y, por supuesto, durante una de estas fiestas, con ocasión de la boda de Napoleón con María Luisa, Fernando no olvidó brindar por los novios.

En Valençay permaneció hasta el final de la guerra, dirigiendo al emperador unas cartas que revelan mucho acerca de una naturaleza en la que no cabía la lealtad, el orgullo o la dignidad; mucho menos el valor. Este es un ejemplo de lo rastrero que podía llegar a ser:


Señor: he recibido con sumo gusto la carta de V.M.I. y R.* de 15 de corriente, y le doy las gracias por las expresiones afectuosas con que me honra, y con las cuales yo he contado siempre. Las repito a V.M.I. y R. por su bondad en favor de la solicitud del duque de San Carlos y de don Pedro Macanaz, que tuve el honor de recomendar. Doy muy sinceramente, en mi nombre y de mi hermano y tío, a V.M.I. y R., la enhorabuena de la satisfacción de ver instalado a su querido hermano el rey José en el trono de España. Habiendo sido objeto de todos nuestros deseos la felicidad de la generosa nación que habita en tan dilatado terreno, no podemos ver a la cabeza de ella un monarca más digno ni más propio por sus virtudes para asegurársela, ni dejar de participar al mismo tiempo el grande consuelo que nos da esta circunstancia. Deseamos el honor de profesar amistad con S.M. y este afecto ha dictado la carta adjunta que me atrevo a incluir, rogando a V.M.I. y R. que después de leída se digne presentarla a S.M. católica. Una mediación tan respetable nos asegura que será recibida con la cordialidad que deseamos.

Señor, perdonadme una libertad que nos tomamos por la confianza sin límites que V.M.I. y R. nos ha inspirado, y asegurado de nuestro afecto y respeto, permitid que yo renueve los más sinceros e invariables sentimientos con los cuales tengo el honor de ser, señor, de V.M.I. y R. su más humilde y muy atento servidor.

Fernando. Valençay, 22 de junio de 1808.


*Vuestra Majestad Imperial y Real


Napoleón lo despreciaba tanto que acabó por publicar en Le Moniteur universel estas cartas. En lugar de inquietarse por ello, Fernando tuvo la poca decencia de darle las gracias por hacer público el inmenso amor que profesaba al emperador. 



jueves, 25 de junio de 2015

Los símbolos jacobitas

Retrato de una dama jacobita, 1740 – 1750 – Cosmo Alexander

La dama del retrato no ha sido identificada con toda certeza, pero se cree que podría tratarse de Jenny Cameron, amante de Bonnie Prince Charlie. Se aprecia que es jacobita porque sujeta en su mano derecha la rosa blanca de York. Los Estuardo descendían de Isabel de York a través de su hija Margarita Tudor, y en ello fundaban su derecho al trono de Inglaterra. 

Otro de los símbolos es la rosa y los capullos que exhibe en su tocado. Esa rosa representa al exiliado rey Jacobo, y los capullos son sus herederos, Carlos y Enrique.

También llevaban una escarapela blanca en el sombrero azul, como la que aparece en el relato de Bonnie Prince Charlie. Estos símbolos solían ir prendidos a una ramita de la planta que identificara la pertenencia a un determinado clan. De ese modo los escoceses distinguían a los amigos de los enemigos.

Bonnie Prince Charlie, el Joven Pretendiente

Los jacobitas también elegían como símbolo una mariposa: la vanesa de los cardos, puesto que el cardo es la flor nacional de Escocia y emblema de los Estuardo desde Jacobo III. Una leyenda dice que cuando los daneses invadieron escocia, uno de los soldados invasores pisó un cardo en la oscuridad con su pie descalzo, y los escoceses, alertados por su grito de dolor, pudieron así defenderse. Por eso en adelante llamaron a esta planta “El Cardo Guardián”.

O a veces preferían la polilla que es atraída por la luz, y que significaba el modo en que seguían a su líder. Por la misma razón aparece a veces el girasol, que siempre sigue al astro rey y era para ellos símbolo de lealtad, igual que la brújula. 

Si el cardo representaba a Escocia, el narciso es un emblema galés, y para los jacobitas se identificaba, por tanto, con el titulo de Príncipe de Gales. Y los haces de leña significaban la importancia de permanecer todos unidos. 

Igualmente eligieron las hojas de roble y las bellotas. Con la hoja de roble recordaban cuando Carlos II se ocultó en uno de estos árboles tras la batalla de Worcester contra las fuerzas de Cromwell. Carlos, que contaba principalmente con tropas escocesas, trataba de recuperar el trono tras la ejecución de su padre. El roble salvó así la vida del rey tras una derrota en la que se habían perdido muchos hombres. 

El Príncipe Carlos Eduardo Estuardo (Bonnie Prince Charlie) en Edimburgo, por William Brassey Hole

En ocasiones los jacobitas representaban con una estrella el nacimiento de Bonnie Prince Charlie, y con el sol las esperanzas del regreso de su monarca. Otras veces expresaban este anhelo con la palabra latina Redeat (que regrese), o con el número 8, por un futuro rey Jacobo VIII. Y, por último, recurrían a la cabeza de Medusa, identificando a Bonnie Prince Charlie con la figura de Perseo.

Un ritual que solían practicar era el de pasar el vaso sobre un recipiente con agua antes de beber. Así recordaban al rey “sobre el agua” (over the water), es decir, exiliado en el extranjero, al otro lado del mar (overseas).

Para brindar por la causa, utilizaban los llamados Amen glass, por ser Amen la última palabra de su himno The Origin of Our Own. Estaban grabados con dibujos y lemas alusivos y que llevaban frecuentemente una burbuja en forma de lágrima en el tallo, simbolizando el dolor por la ausencia de los Estuardo. 

Hoy terminamos con Bonnie Charlie, también conocida como Will ye no come back again?, un poema de Carolina Oliphant (Lady Nairne) convertido en canción tradicional escocesa. Después de la derrota de Bonnie Prince Charlie en Culloden en 1746 y su huida a Francia, muchos jacobitas esperaban que un día regresara. Lady Nairne escribió sobre este sentimiento a comienzos del siglo XIX.


Bonnie Chairlie's noo awa', 
Safely ower the friendly main; 
Mony a heart will break in twa', 
Should he ne'er come back again. 

Will ye no come back again? 
Will ye no come back again? 
Better lo'ed ye canna be, 
Will ye no come back again? 

Ye trusted in your Hielan' men, 
They trusted you dear Chairlie. 
They kent your hidin' in the glen, 
Death or exile bravin'. 

We watched thee in the gloamin' hour, 
We watched thee in the mornin' grey. 
Tho' thirty thousand pounds they gie, 
O there is nane that wad betray. 

Sweet the laverock' s note and lang, 
Liltin' wildly up the glen. 
But aye tae me he sings ae sang, 
Will ye no' come back again? 


sábado, 20 de junio de 2015

Ghillie Callum: la danza escocesa de las espadas


La danza de las espadas, llamada Ghillie Callum, es la antigua danza guerrera escocesa. Su nombre deriva de Gille Chaluim, cuyo significado es “el sirviente de Calum”. Según la tradición, se remonta a tiempos medievales. Una romántica leyenda sitúa su origen a los tiempos del rey Malcolm III Canmore, una época que sirvió de inspiración a Shakespeare para su obra escocesa. Ghillie Callum fue un guerrero que combatía en el ejército de Malcolm y sostuvo un combate a muerte contra uno de los generales del rey rival en 1054. Para celebrar su victoria, cruzó su espada en el suelo sobre la de su enemigo y comenzó a bailar sobre ellas. Según otra versión, más legendaria aún, sería el propio Malcolm quien ejecutó la danza.

Existe la opinión de que el baile ya formaba parte de los ejercicios que realizaban los diversos clanes para desarrollar las habilidades de sus guerreros, pero, sea cual sea su origen, se supone que acabó por convertirse en un modo habitual para los highlanders de celebrar sus victorias. 

De acuerdo con otra opinión, para estos guerreros no era solamente una forma de demostrar su agilidad y destreza, sino que incluía un componente supersticioso: bailaban sobre las espadas la noche anterior a la batalla, y creían que conseguir terminar sin tocarlas era un buen presagio que auguraba la victoria. Si el guerrero la tocaba, resultaría herido, y si la desplazaba con el pie, encontraría la muerte.


Con el tiempo han ido surgiendo muchas variantes, como la jacobita, o la de los clanes, o los sables de Argyll. Una de las más antiguas es la de Papa Stour, una pequeña isla de las Shetland. La ejecutan siete bailarines que representan a los siete campeones de la cristiandad: San Andrés de Escocia, San Jorge de Inglaterra, San David de Gales, San Patricio de Irlanda, San Dionisio de Francia, Santiago de España y San Antonio de Italia.

El texto más antiguo en el que aparece recogida la danza de las espadas es el Scotichronicon, compilado en torno a 1440. Se trata del pasaje que narra el segundo matrimonio de Alejandro III con Yolanda de Dreux el 14 de octubre de 1285.

Se cuenta que en 1573 la danza fue utilizada como estrategia por unos mercenarios escoceses que se sirvieron de ella para introducir armas en el castillo del rey Juan III de Suecia durante un banquete. Tenían intención de asesinarlo con las espadas sobre las que bailaban, pero al final nunca llegó a darse la señal convenida. Juan III había destronado a su hermanastro, Eric XIV, a quien retenía prisionero. Carlos de Mornay, antiguo favorito de Eric, pretendía ahora aprovechar la situación para coronarse él mismo, pero en el momento decisivo no se atrevió a dar la señal. Al año siguiente se descubría el complot y Mornay era ejecutado.

La danza fue representada posteriormente como recepción y agasajo de diversos reyes: Ana de Dinamarca en 1589, Jacobo VI en 1617 y Carlos I en 1633. Pero tras la batalla de Culloden en 1746, que supuso el aplastamiento de la causa jacobita, el gobierno de Londres intentó purgar las Tierras Altas de todo elemento que pudiera resultar perturbador, de modo que llevar armas o incluso el tradicional kilt escocés se convertía en un delito. La danza fue así cayendo en desuso, al no contar con el equipo necesario para ella.

El renacimiento de la cultura Highlander tuvo lugar con la reina Victoria, que impulsó los modernos juegos de las Highlands. La danza forma parte de ellos junto a pruebas deportivas y musicales. En la actualidad también las mujeres pueden ejecutarla, aunque les estuvo vedado hasta finales del siglo XIX.

El origen de estos juegos también se hace remontar al rey Malcolm III, cuando organizó una carrera a pie hasta la cima de Craig Choinnich, junto a Braemar, con la intención de convertir en su correo personal al hombre más rápido.


Los actuales juegos se celebran de mayo a septiembre por todo el país, sea en pequeñas localidades o en viejos castillos, y admiten a participantes de todo el mundo. Es tradición que el primer sábado de septiembre la familia real británica acuda a presenciar los de Braemar, a los que la reina Victoria concedió en su día el patrocinio real y que este año celebran su bicentenario.



Dedico este texto a mi amiga de Namibia, con mi gratitud por todo su apoyo. Hoy es mi turno para brindarle el mío. Fuerza y ánimo, Pilar.


Muchas gracias a Inktense por la estupenda reseña de La Corte del Diablo. Para mí es una enorme satisfacción conocer cuánto han disfrutado con la lectura.

"La corte del diablo se convierte en uno esos libros que te despiertan en la madrugada para continuarlo."