jueves, 28 de abril de 2016

El apodyterium y las tablillas de maldición


En las termas romanas y también en los edificios destinados a albergar espectáculos públicos había una sala junto al pórtico de entrada que hacía las veces de vestuario. Esta sala, el apodyterium, contaba con una bóveda de cañón y su suelo aparecía decorado con mosaicos, si bien su ornamentación no solía ser tan rica como la del vecino tepidarium. Había bancos de piedra adosados a los muros y hornacinas decoradas en las paredes, para guardar la ropa y el dinero de los ciudadanos. 

No se permitía pasar del apodyterium con la ropa aún puesta, pero en tiempos muy antiguos los romanos se mostraban pudorosos a la hora de desvestirse en las termas; no lo hacían por completo, sino que se bañaban con una especie de calzoncillo llamado subligamentum; sin embargo, a partir del siglo II a. C. comenzaron a desnudarse, tarea en la que eran ayudados por esclavos. Los romanos más acaudalados podían llevar más de un esclavo, pues hacer ostentación en los baños era una de las formas de mostrar el status social. Ellos llevaban los artículos para el aseo con toda la parafernalia: las sandalias, las toallas de lino, aceites, perfume, esponja y todos los utensilios para frotar la piel. Sus funciones podían incluir incluso la de dar masajes.

Los nichos de la pared podían cerrarse mediante puertas de madera, pero a veces carecían de ellas, por lo que los robos eran frecuentes. Para evitarlos, los romanos llevaban consigo a algún esclavo que vigilara sus pertenencias, o bien contrataba sus servicios dentro del propio establecimiento. 


En las termas excavadas en Pompeya hay un escalón bajo frente a los bancos, y en uno de los lados de la habitación se abre una cámara pequeña que pertenecía al capsarius, es decir, el guardián de las ropas de los bañistas. El término capsarius deriva de capsa, nombre dado al armario donde se guardaban cosas de valor.

Pero el capsarius era con frecuencia deshonesto, y se aliaba con los ladrones. En Roma el problema llegó a ser de tal magnitud que fueron precisas leyes muy severas para tratar de atajarlo. El delito de robo en los baños llegó a ser considerado muy grave.

Si se producía, el ciudadano tenía el recurso de apelar a alguno de los dioses en demanda de reparación. Se escribía una maldición contra el ladrón en una tableta y se hacía una ofrenda a la divinidad que se esperaba que interviniera. En el antiguo balneario de Bath, Inglaterra, se encontraron 130 de estas tabletas. En una de ellas se lee: 

“Solinus a la diosa Sulis Minerva. Ofrezco a tu divinidad y majestad mi túnica de baño y mi capa. No permitas que el que me ha dañado duerma ni tenga salud, sea hombre o mujer, libre o esclavo, a menos que confiese y devuelva a tu templo lo robado”. 

Otra de ellas solicita justicia de este modo: 

“Docimedis ha perdido dos guantes y pide que el ladrón responsable pierda mente y ojos en el templo de la diosa.”


La mayoría de estas tablillas de Bath están dirigidas a Sulis Minerva, fusión de la diosa latina con otra divinidad celta, pero en general están destinadas a las divinidades infernales, y también se pueden encontrar algunas en las que no aparece invocado ningún dios. Otras 80 se han hallado en un templo dedicado a Mercurio en West Hill, Uley. 

Las tablillas de maldición no solo tenían por objeto el castigo de los ladrones en los baños públicos, sino que abarcaban una amplia gama de peticiones relacionadas con el afán de venganza: alguna desea incluso la impotencia a un rival comercial. 

Generalmente se escribían sobre finas hojas de plomo, aunque cualquier tipo de material era válido. Contienen a veces fórmulas mágicas intraducibles. Se situaban en diversos lugares: podían ser arrojadas a un manantial, hallarse en el fondo de una fuente, bajo tierra o en algún hueco en los muros, incrustadas en las paredes de los templos, enrolladas, dobladas o clavadas. También podían depositarse en una tumba cuando se solicitaba la intercesión del difunto. Como conjuros de amor, debían ser colocadas en el interior de la casa de la persona amada. A veces aparecen junto a unas figuritas que se pretendía que guardaran un parecido con la persona a la que se pretendía maldecir, y que se solían representar atados de pies y manos.

Las tablillas de maldición también se han hallado en diversos puntos de la península Ibérica, como Córdoba, Sevilla, Málaga, Jaén, Cuenca o Sagunto.


jueves, 21 de abril de 2016

MONTSERRAT SUÁÑEZ, PREMIO ALEXANDRE DUMAS DE NOVELA HISTÓRICA


"La obra "La leyenda del enmascarado" de la escritora gijonesa Montserrat Suáñez ha resultado ganadora en el IV Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica, elegida entre 136 novelas provenientes de 19 países."

Acaba de ser notificado el fallo y esto es todo cuanto puedo contar por ahora. La emoción no permite más. Mejor dejo el enlace para que vean la noticia:


La novela se publicaré próximamente, en fecha aún por determinar.

Muchísimas gracias.

Montserrat Suáñez




martes, 19 de abril de 2016

Carlos V y los comuneros: Villalar


Los comuneros, desesperados ante el giro que toman los acontecimientos, comprenden que solo hay un hombre que aún puede salvarlos: Juan de Padilla, y envían en su busca a Toledo.

—Señor, Valladolid os necesita. Socorrednos, buen capitán, porque por el amor que todos os tenemos, estamos seguros de que lo que don Pedro Girón perdió por cobardía vos lo ganaréis con vuestra lanza.

Juan despidió a los enviados. Quería reflexionar. El bravo guerrero, amado por su pueblo más allá de toda medida, aquel hombre bajo cuya bandera se alistaban multitudes sin pedir precio alguno, ocultaba al mundo una gran debilidad: su indecisión. Sentía dudas y escrúpulos a la hora de actuar; era lento en la toma de decisiones. Pero finalmente decidió acudir a la llamada.

Llegado a Valladolid, comienza a organizar el ejército a toda prisa. El pueblo, unánimemente, lo consideraba su capitán general, aunque la Santa Junta se inclinaba por Pedro Laso de la Vega. Esto era una muestra de las envidias e incongruentes rivalidades que sacudían a los dirigentes del movimiento comunero.

Torrelobatón

Padilla veía claramente que debía tomar la fortaleza de Torrelobatón, villa del almirante situada estratégicamente entre Tordesillas y Medina de Rioseco. Así dominaría el camino por donde las tropas del condestable hubieran podido, desde Burgos, unirse a las del conde de Haro. 

El 21 de febrero de 1521 llegaba a Torrelobatón. Hizo creer a los imperiales que se dirigía a atacar Medina de Rioseco, con lo que sorprendió a la guarnición y en seis días tomó la plaza fortaleciendo de nuevo la causa. Los gobernadores se avienen a negociar y se impone una tregua.

Ambos bandos, con Pedro Laso en representación de la Santa Junta, dialogan en el monasterio de Santo Tomás, y los gobernadores se comprometen a respaldar a los rebeldes en todo aquello que no vaya directamente en contra del rey. Padilla está satisfecho, pero quienes pretenden derrocar a Carlos son mayoría, y no se alcanza ese acuerdo. Es entonces cuando Laso abandona la causa.

Los imperiales hacen traer artillería desde Málaga, pero el conde de Salvatierra, que había reunido un ejército de varios miles de hombres, se apodera de gran parte de ella para los comuneros y destruye la que no puede llevarse. Se intenta entonces reclutar hombres en Aragón para la causa del rey, pero los aragoneses se muestran solidarios con los rebeldes castellanos. Finalmente el único refuerzo que reciben los imperiales es el que envía el nuevo virrey de Navarra.

Carlos I de España y V de Alemania

Mientras tanto los comuneros, inactivos tras la toma de Torrelobatón, se dedicaban en muchos casos al pillaje. Eran gente humilde que, al verse súbitamente enriquecidos con el producto de estas correrías, desertaban para regresar a sus casas con el botín. El ejército de Padilla se hacía cada vez más pequeño, de suerte que el capitán comenzaba a considerar escasas sus posibilidades de victoria. Racionalmente sabía que debía recuperar Tordesillas, lanzar un ataque fulminante; pero Padilla volvía a dudar. Segovia y Salamanca le habían enviado refuerzos al mando de Juan Bravo y Francisco Maldonado, y aun así él continuaba sin moverse. Ya no estaba seguro de que aquella fuera su causa. Sus compañeros alentaban posturas extremistas que él no compartía, y si seguía adelante estaría contribuyendo al derrocamiento del rey.

Era el 21 de abril. El ejército imperial había tomado Becerril de Campos, y los dos grupos de tropas del rey se unen en Peñaflor, cerca de Torrelobatón, donde Padilla continúa encerrado. Los comuneros celebran un urgente consejo de guerra. Bravo era partidario de abandonar la plaza lo más deprisa y en secreto posible y refugiarse en algún lugar seguro a esperar refuerzos, de modo que se decidió dirigirse a Toro. Dos días más tarde, al amanecer, se ponían en marcha, pero la noticia de su escapada llega pronto a las tropas imperiales. El condestable sabe que no podrán alcanzarlos con la infantería, pero envía contra ellos a la caballería, que pronto comienza a hacer estragos entre sus filas.

Arreciaban persistentes las lluvias de abril, y los soldados se hundían en el barro hasta la rodilla. Era un infierno de lodo en el que apenas lograban avanzar. De este modo llegaron a la vista de Villalar, tan desamparados que incluso habían perdido la artillería. Al ver aquel pueblo tan cerca, los comuneros acaban por perder el escaso temple que les queda: la mayoría de ellos, con los nervios deshechos, tan solo podían pensar en alcanzar cuanto antes aquel lugar. Se atropellaban los unos a los otros en su desesperado afán sin que sus capitanes pudiesen imponer orden. Tal era el pánico que se había apoderado de la tropa que, ante la inminencia del desastre, algunos soldados se quitaban la cruz roja que era su distintivo y la cambiaban por la blanca imperial. Todo estaba perdido, pero Padilla aguantó hasta el final con unos pocos leales que calaron sus picas para resistir un nuevo ataque de la caballería mientras los demás huían en desbandada. A mediodía de aquella jornada de San Jorge el sueño comunero había terminado para siempre.


A la mañana siguiente apenas unos cuantos curiosos se atrevían a abandonar sus hogares para contemplar el paso de las carretas que llevaban a Padilla, Bravo y Maldonado, maniatados, hasta el lugar de la ejecución. Por el camino iba proclamando el pregonero que morían por traidores.

—¡No por traidores —exclamó Bravo—, sino por defender las libertades del reino!

—Tened paciencia, señor Juan Bravo —le dijo Padilla—, que ayer peleamos como caballeros y hoy hemos de morir como cristianos.

Comenzaba a llover cuando subieron al cadalso. Primero fue el turno de Juan Bravo, que tras recibir la bendición del sacerdote y besar la cruz, puso dócilmente la cabeza sobre el tajo. Por fortuna el verdugo fue diestro y bastó un solo golpe para que rodase sobre la tarima. Después llegó el momento para Padilla.

Castilla lloró al conocer la noticia. Valladolid se apresura a solicitar el perdón de los gobernadores, y después también lo hace Medina del Campo. Solo había un lugar que no cedería: Toledo, donde se encontraba María Pacheco, la viuda de Padilla.

María Pacheco recibe la noticia de la muerte de su esposo

La comunera no tenía intención de rendirse. Solicitó una tregua que aprovechó para reparar las murallas, aprovisionarse y reclutar nuevos soldados. Después de eso no dejó de lado ningún medio para sostener la plaza. Se llegó a tomar el oro y la plata de las iglesias en la implacable rebeldía de María Pacheco. 

Ella era infatigable, pero los toledanos comienzan a cansarse de aquella lucha sin esperanza. El arzobispo de Bari entra en la ciudad y logra atraerse la voluntad del clero para la causa del emperador, que encuentra también apoyo en algunos de los caballeros. Puesto que María había convertido aquella fortaleza en impenetrable, la única solución era provocar una revuelta interna que abriera las puertas al enemigo. El arzobispo lo logra, y así es como pueden entrar las tropas.

El mayor deseo del rey es atrapar con vida a la viuda de Padilla, pero su afán se ve frustrado, porque María logra escapar hacia Portugal con su hijo de corta edad, disfrazada de labradora, burlando así al ejército que entraba en su busca.

María de Pacheco conseguiría llegar al vecino reino y ponerse a salvo, puesto que el rey de Portugal, haciendo gala de su eterna caballerosidad, se negó a entregar a los comuneros que se habían refugiado en sus dominios. Años más tarde un español encontraría en Oporto un sepulcro con el siguiente epitafio:

“María, de alta casa derivada, de su esposo vengadora, honor del sexo, yace aquí enterrada.”

La comunera reposaba allí, puesto que Carlos V había negado su autorización para que sus restos fueran trasladados a Villalar para ser depositados junto a los de su esposo.

Si preguntas mi nombre, fue María,
Si mi tierra, Granada; mi apellido
De Pacheco y Mendoza, conocido
El uno y el otro más que el claro día
Si mi vida, seguir a mi marido;
Mi muerte en la opinión que él sostenía
España te dirá mi calidad
Que nunca niega España la verdad.

(Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, hermano de María)


domingo, 17 de abril de 2016

Carlos V y los comuneros: la guerra civil


En enero de 1520 Carlos pretende dirigirse a Santiago. Quiere visitar la tumba del apóstol. Chièvres convoca a representantes de todas las ciudades de Castilla y León para que se reúnan allí y le entreguen el dinero con el que sufragar los gastos del nuevo viaje que deberá emprender el rey, que incluyen los de la ceremonia de coronación como Rey de Romanos. Es decir, se les pedía que pagasen los gastos de una lujosa y lejana ceremonia que nada tenía que ver con sus reinos. Además el dinero seguía saliendo en grandes cantidades rumbo a Flandes, a la vista de todos. Era el más cínico de los saqueos, cien veces peor que el de los turcos.

Por el camino el rey llega a Valladolid, donde los ánimos están muy agitados. Mediante presiones de toda índole, Chièvres consigue fondos, pero los castellanos comienzan a reaccionar con violencia. Grupos pobremente armados recorren las calles profiriendo gritos contra él, y uno de estos grupos intenta incluso impedir que Carlos abandone Castilla. La guardia se ve obligada a intervenir.

En Toledo la situación empeoraba. En Benavente el monarca recibe al portavoz de los descontentos, Pedro Laso de la Vega, pero no de muy buen talante.

—No me tengo por servido con lo que está sucediendo en Castilla, y particularmente en Toledo. Si no tuviera en cuenta que sois mis hijos, os mandaría castigar como bien os merecéis por dedicaros a lo que vos y yo sabemos. He querido advertiros claramente de lo peligroso de vuestra actitud, y espero haberme hecho entender. Si os queda alguna duda, acudid al presidente del Consejo y él os dirá qué es lo que más os conviene hacer.

Benavente

Y se negó a escuchar las quejas que el portavoz deseaba formularle. Pero Carlos no se libraría de él; Pedro Laso lo seguiría hasta Santiago. Allí el rey prometió regresar antes de tres años y se reafirmó en su juramento de no dar oficio en Castilla a personas que no fueran naturales de esas tierras. Sin embargo, a continuación nombra como regente al cardenal Adriano de Utrecht, que ni por aproximación era castellano.

Mientras tanto Chièvres hacía desterrar a Pedro Laso, el hombre más amado de Toledo, una decisión que no contribuyó a apaciguar los ánimos.

Adriano de Utrecht se encontraba en Benavente cuando le llegan noticias de que en Segovia el pueblo había asesinado a un procurador al que acusaban de haber traicionado sus intereses durante las cortes celebradas en Santiago. El procurador se había refugiado en la iglesia de San Miguel, pero fue sacado de allí a la fuerza, tan enfurecido el pueblo que ni siquiera se detuvo ante el Santísimo Sacramento que los sacerdotes exhibían en un intento por salvar la vida de aquel hombre. Acababan de nacer los comuneros, la revolución del pueblo contra un emperador extranjero, un regente extranjero y un hombre más extranjero aún que gobernaba de hecho por ambos.

Adriano decide imponer un castigo ejemplar y envía al licenciado Ronquillo como alcalde de corte, pero los segovianos le impiden la entrada. Ronquillo pide un ejército mientras en Segovia se buscan más armas y hombres. Toledo envía ayuda inmediata al mando de Juan de Padilla.

Adriano de Utrecht

El movimiento se extiende a otras ciudades: León, Zamora, Ávila, Salamanca… Los comuneros comienzan a controlar villas y ciudades, y el clero se va uniendo a ellos. Los rebeldes toman el alcázar de Madrid, donde capturan las armas que necesitan para enfrentarse al ejército. La guerra estaba a punto de comenzar.

Medina del Campo se niega a entregar su artillería al ejército imperial. Era una decisión unánime de su pueblo, al mando del alcaide de la fortaleza, don Diego de Padilla, hombre recto e intachable que había sido muy estimado por la Reina Católica. Hombres y mujeres luchan contra el ejército en las calles y en las casas. Los asaltantes, al ver que no podrían tomar la plaza, le prenden fuego, pero aun así el pueblo no se entrega. Los soldados entran en las casas matando a todas las mujeres y niños que encuentran a su paso. Fue inútil: Medina no se rindió, y el ejército se vio obligado a refugiarse en la fortaleza de Arévalo.

Ante el horror de esta noticia, se subleva Valladolid, donde residía el regente. La heroicidad de Medina del Campo llega hasta Burgos. Los comuneros se organizan y unen sus fuerzas en lo que denominan la Santa Junta. Tienen el propósito de dirigirse a Tordesillas y presentarse ante la reina doña Juana. No quieren derrocar al rey, sino tan solo que se tomen las medidas oportunas para que se ponga fin a aquel mal gobierno.

El 29 de agosto de 1520, Bravo, Padilla y Zapata entran en Valladolid con el ejército comunero para poner sitio a Tordesillas y entrevistarse con la reina. No fue necesario el cerco: el propio pueblo, harto del mal gobierno del marqués de Denia, les abrió las puertas. Padilla habló a la reina, pero ella se negó a firmar cualquier documento.

Juana I de Castilla
Al cabo de tres semanas llega la Junta a Tordesillas y se proclaman como el auténtico gobierno del reino. Comienzan las disensiones entre ellos: algunos ya eran partidarios de derrocar al rey. La alta nobleza comienza a apartarse del movimiento comunero ante esta actitud de extrema rebeldía. Los comuneros solicitan la ayuda al monarca portugués, pero este, indignado, no solo se la niega, sino que se la presta a Carlos. 

Padilla logra apresar a tres de los consejeros reales, aunque el regente logra huir a Medina de Rioseco, la villa del almirante de Castilla, donde comenzaban a concentrarse las tropas imperiales. 

Para tratar de apaciguar a los castellanos, en Lovaina Carlos reúne al Consejo de Estado y decide eliminar las causas que hacían que el pueblo apoyara a los comuneros. Promete regresar pronto y nombra a dos españoles para que gobiernen con Adriano, uno de ellos el almirante. A continuación designa al conde de Haro como capitán general de los ejércitos imperiales en Castilla. A partir de ese momento, advierte que sus tropas aniquilarán a quien continúe mostrando rebeldía.

La Junta comunera cometió entonces el error de nombrar capitán general de los suyos a Pedro Girón. Con ello pretendían atraerse a toda aquella nobleza que les era adversa, pero eso significaba renunciar al liderazgo de Juan de Padilla, que se retira a Toledo. La causa comunera vio cómo muchos hombres se alejaban para seguir al único hombre al que considerarían siempre su capitán.

Aun así, las fuerzas eran mucho más numerosas que las del enemigo, pero Girón no se demostró muy hábil. En lugar de asaltar Rioseco, se contentó con poner a sus tropas en orden de combate, esperando que los sitiados aceptaran la confrontación. El regente y el almirante enviaron al campamento enemigo a fray Antonio de Guevara para parlamentar, pues era famosa su elocuencia. La misión fracasó, pero no totalmente, porque Pedro Girón iba a abandonar la causa.

Otro de los rebeldes, el obispo Acuña, se mostraba tan implacable que el almirante decidió recurrir a un ardid. Se entrevistó con él y le prometió que Rioseco se declararía comunera. Acuña lo creyó, de modo que levantó el campamento situado frente a la villa y se dirigió con las tropas a Villalpando, lo que convenía mucho más a los imperiales, cuyos refuerzos, reunidos por el conde de Haro, llegaban ahora libres del cerco comunero. El ejército del rey propone entonces atacar Tordesillas, aún en poder enemigo, y rescatar a doña Juana.

Pedro Girón

El conde imprime a sus hombres un ritmo infernal y logra alcanzar la plaza en solo dos jornadas. Únicamente 300 clérigos armados y reclutados por Acuña permanecían allí para defender Tordesillas. Fue una tarea fácil tomar la villa la noche del martes 4 de diciembre de 1520. Los miembros de la Junta fueron hechos prisioneros.

La noticia siembra el terror y algunas ciudades comienzan a apartarse de la revolución. Días más tarde Carlos envía a los gobernadores una lista con 250 nombres de los cabecillas condenados a muerte y pérdida de todos sus bienes, acusados del crimen de lesa majestad. Adriano de Utrecht y el almirante le habían suplicado repetidamente que concediera un perdón general, pero Carlos estaba dispuesto a mostrarse firme y utilizar guante de hierro.

(El próximo día la última parte)


Muchas gracias a todos los asistentes a la presentación en Madrid de Mujeres en la historia.

De izquierda a derecha: Montserrat Suáñez, Charo Martínez, Carmen Martí, la vizcondesa de Saint-Luc, Elena Marqués y Rosi Serrano.

Teresa Iturriaga, Montserrat Suáñez, Carmen Martagón y Elena Marqués


También llevaron mi novela "La corte del diablo" para firmar. Mil gracias.


martes, 12 de abril de 2016

Cita en Madrid



"M.A.R. Editor presenta en Madrid el tercer volumen de "Mujeres en la historia", dedicado a La Ilustración.

Presenta Montserrat Suáñez, directora literaria de la antología, con la participación de las escritoras: 

Maria Luisa De León González, Rosi Serrano Romero, Ana Gefaell Camacho, Teresa Iturriaga Osa, Elena Marqués Núñez, Carmen Martagón Enrique, Carmen Martí Fabra, Charo Martínez y Sara Sánchez Rivas. 

Con la actuación de la pianista Natalia González de León. 

En la Biblioteca Municipal Eugenio Trías, El Retiro, Madrid."



El domingo, a nuestro regreso, continuaremos con la actividad en el blog. 

Muchas gracias,


Montserrat Suáñez


domingo, 10 de abril de 2016

Carlos V y los comuneros de Castilla: el germen de la rebelión

Carlos I de España y V de Alemania

“¡Vete! ¡Vete! Que la maldición caiga sobre ti, reino de Castilla, que permites y soportas que tus hijos, amigos y vecinos sean asesinados por extranjeros sin tomar venganza. Tú, tierra de Castilla, maldita seas por sufrir que tan noble reino sea gobernado por extranjeros que no te tienen amor, teniendo tú tan grandes príncipes a los que estimas en poco y les causas gran deshonra. Castilla cobarde, Castilla desgraciada, que soportas por engaño, sobornos y astucias, que la segunda persona que contigo has criado y educado vaya a partir de estos países, con gran pesar de todo el pueblo. Puesto que así lo quieres, tendremos que ir en breve a Aragón, donde de todas estas cosas y otras felonías esperamos ser vengados.”

La llegada a España de Carlos I no se produjo sin sembrar gran descontento entre los castellanos, que veían cómo sus consejeros flamencos saqueaban sus tierras y cómo sus nobles cometían impunemente toda clase de desmanes e instalaban un régimen corrupto en el que se ninguneaba a las élites castellanas. Crecía el resentimiento y la oposición junto al deseo de que fuera Fernando, el hermano de Carlos, quien ciñera la corona. Fernando había nacido en Castilla, era uno de ellos, al contrario que aquel joven rey extranjero que desconocía sus costumbres y ni siquiera hablaba su idioma.

En 1518 la ciudad de Valladolid, obligada a acoger a tan numeroso séquito, estaba a punto de estallar. Los clérigos gozaban de un antiguo privilegio que los excusaba de albergar gentes en sus hogares, pero ahora, ante la patente escasez de alojamiento, se los forzaba a hacerlo para dar cabida a todos. Algunos continuaban negándose, y se atrevieron a excomulgar al mariscal aposentador que el propio rey había enviado para hacer cumplir sus órdenes. Libelos difamatorios aparecían clavados en las puertas de las iglesias. Cuando entraba un flamenco, interrumpían la misa y dejaban de cantar

Plaza Mayor de Valladolid

En febrero estaba previsto que Carlos recibiera el juramento de homenaje por parte de las cortes de Castilla, pero tampoco esto podía realizarse sin problemas. El procurador de Burgos no estaba conforme con que presidiese la sesión un extranjero, y exigía que, antes de prestar ese juramento, hiciese otro el rey comprometiéndose a guardar las leyes y costumbres de Castilla. El procurador fue amenazado con la pena de muerte por incurrir en desacato a la persona del rey, pero nada de eso logró hacerle desistir. Puesto que su voz había hallado eco y se extendía por Castilla prendiendo la mecha del descontento, se estimó más prudente dejar correr el asunto y acceder al juramento requerido.

“Muy alto, muy poderoso Rey Católico, nuestro soberano: reunidos vuestros súbditos en este lugar, tanto por mandato de la altísima y poderosísima reina doña Juana como por el vuestro, y a fin de juraros y recibiros como rey de nuestros reinos, para que los gobernéis en la forma acostumbrada, os pedimos antes que escuchéis lo que tenemos que deciros, que es recordaros que la reina doña Juana es la reina de Castilla, y que antes que ella lo fue su madre doña Isabel, que haya gloria, en cuya última voluntad expresó su deseo de que no se concediera oficio ni beneficio en el reino a extranjeros. Mande Vuestra Alteza ver las cláusulas del testamento que de esto hablan. Es también petición de estas cortes que contraigáis matrimonio, para asegurar la sucesión y traer estabilidad a este reino. Os pedimos que no hagáis salir de Castilla a vuestro hermano el infante don Fernando hasta que no hayáis asegurado la sucesión, y que aprendáis el castellano, para poder entenderos con vuestros vasallos.”

Carlos juró cuanto le exigían, pero la desconfianza seguía presente entre el pueblo incluso cuando en la mañana del 7 de febrero se presentaba en la iglesia de San Pablo, donde sería leído el juramento que confirmaba que los castellanos lo aceptaban como su rey. Su hermano Fernando se arrodilló ante él y le besó la mano, y después se procedió a leer la promesa de homenaje, mucho más importante que la anterior, porque no se podía romper sin cometer delito de traición. 

Iglesia de San Pablo, Valladolid

Ya tan solo faltaba cumplir con la difícil tarea de alejar a su hermano. Las cortes le habían pedido que no lo hiciera, y sabía que castellanos y aragoneses se resistirían. Pero el abuelo Maximiliano se había expresado en términos inequívocos: era imprescindible que Fernando fuera enviado a Flandes, donde los nobles castellanos no podrían reunirse para conspirar en torno a él. 

A mediados de abril Carlos despedía a su hermano. Este debía embarcar en Santander, pero pronto se hizo evidente que había en marcha un complot para impedir su partida. El rey había dispuesto que 400 soldados zarpasen con él para ocuparse de su protección, pero no aparecían por ninguna parte, y los pilotos se negaban a partir con la excusa de que no podían hacerse a la mar sin los soldados.

Aquellos hombres se presentaron en Santander tres semanas después de lo previsto. Interrogados acerca del motivo de la tardanza, respondieron:

—Señor, nos habían dicho que el barco llamado La Ángela se había quemado. Pensamos que era cierto, y que entonces la partida sería retardada. Por eso no nos dimos prisa: somos gente pobre, y nuestra bolsa no está tan bien provista para tener que vivir mucho tiempo de ella.

La Ángela no se había quemado. Todavía no. Lo curioso es que eso fue precisamente lo que sucedió después. 

Fernando I del Sacro Imperio Romano Germánico

Carlos se inquietó con estas noticias y procuró acelerar los preparativos del viaje lo más posible, hasta que al fin, a finales de mayo, supo que Fernando había embarcado.

El 12 de enero de 1519 el emperador Maximiliano fallecía a consecuencia de un ataque de apoplejía mientras se encontraba de caza en el Tirol. Carlos era consciente de las dificultades que ofrecería ser elegido como sucesor de su abuelo, pero estaba decidido a ello. El rey de Francia, Francisco I, mostraba la misma determinación, y Carlos buscaba incesantemente dinero para contrarrestar los sobornos de su adversario. 

El 28 de junio se reunían en Frankfurt los príncipes electores con sus trajes de gala color escarlata. En el interior de la iglesia de San Bartolomé eligieron al archiduque Carlos de Austria, duque de Borgoña, rey de España y de Nápoles. El 6 de julio el joven soberano despertaba en Barcelona con el correo que traía la noticia.

Su entusiasmo fue enorme, pero los españoles no lo compartían. Aquella elección significaba que a partir de ese momento tendrían un rey que no podría residir en España, sino que se vería obligado a viajar constantemente para hacerse cargo de sus múltiples asuntos, la mayoría de las veces ajenos por completo a ellos. ¿Quién gobernaría en su ausencia? Porque estos reinos no estaban estructurados como el Imperio, en el que había una serie de príncipes que ejercían de hecho las tareas de gobierno, siendo el emperador una especie de unificador y cabeza visible de todos ellos. 

Maximiliano I

Ni siquiera les gustaba el nuevo tratamiento de “Majestad” que Carlos había adoptado. Se escandalizaron ante ello, pues decían no conocer más Majestad que la del mismo Dios. Pero el peor problema era el hombre de confianza del rey: Guillaume de Croy, señor de Chièvres, empeñado en mantener a toda costa la cada vez más frágil alianza con Francisco I, para lo cual atiende las reclamaciones del francés sobre Navarra. La indignación de los castellanos no tiene límite al enterarse. Lo toman como la mayor de las afrentas, y jamás había alcanzado Chièvres tal grado de impopularidad. Ya estaba bien con que en 1515 hubiera obligado a Carlos a firmar las cartas dirigidas al francés como su “humilde servidor y vasallo”, pero pretender desmembrar sus reinos para regalárselos a Francisco era intolerable. 

Una delegación de Toledo acude en vano a entrevistarse con Carlos. Chièvres no les permite el acceso y los toledanos se sienten agraviados. Tienen un rey que resulta inaccesible para sus súbditos incluso cuando permanece en sus reinos, y esto no les contenta en modo alguno.

Toledo envió una carta a las demás ciudades de Castilla y León. Esa carta, aunque escrita en términos respetuosos, contenía el germen de una rebelión, de una llamada a la resistencia.



Continuará el próximo día con:

II – La guerra civil


miércoles, 6 de abril de 2016

Enrique VIII y Pavía


Enrique VIII dormía plácidamente en el castillo de Windsor cuando un mensajero se presentó con inusual urgencia, las ropas cubiertas por el polvo del camino y falto de aliento por la frenética cabalgada que lo había conducido hasta allí.

—Debo ver al rey de inmediato. Le traigo una noticia que le alegrará el corazón.

El mensajero fue conducido a presencia de Enrique, quien, aún adormilado, leyó los despachos que le entregaban. Como impulsado por algún resorte invisible, súbitamente saltó del lecho, se arrodilló y comenzó a derramar incontenibles lágrimas de alegría.

—¡Dios mío, os doy las gracias! —exclamó emocionado, y luego se incorporó para dirigirse al mensajero—. ¡Sois como el arcángel San Gabriel, que anunció el nacimiento de Jesús!

Lo que tanto complacía al rey era enterarse de que el ejército francés había sido aplastado por las tropas del emperador a las puertas de Pavía tras un combate que apenas duró una hora. La flor y nata de la caballería francesa había sucumbido, y el rey de los franceses era ahora prisionero de Carlos V.

Carlos V

—¿Y Richard de la Pole? —preguntó ansioso. Le inquietaba el destino de aquel representante de la Casa de York cuya existencia era un constante peligro para su trono, y que estaba al servicio de Francisco I.

—Señor, la Rosa Blanca ha perecido en el combate.

—¿Habéis visto el cadáver?

—Sí, yo mismo lo he visto entre los muertos.

—Que Dios tenga piedad de su alma. ¡El Todopoderoso azota a todos los enemigos de Inglaterra!

Enrique acudió a compartir su alegría con su esposa, Catalina de Aragón, tía del emperador. Ella, transportada de júbilo, olvidó por un instante todas sus desdichas. Era un triunfo para su nación, para su familia y para su propia hija, a la que ya veía al lado del vencedor de Pavía.

Catalina de Aragón

El cardenal Wolsey celebró una misa solemne en la catedral de San Pablo, todo Londres se iluminó con fogatas y los magistrados desfilaron por sus calles al son de las trompetas. En cada cruce de caminos había toneles de los que manaba vino para la población.

Enrique reunió a su Consejo y anunció sus planes: aprovechando la debilidad del enemigo, con el rey prisionero, pronto se pondría al frente de sus tropas, desembarcaría en Francia y reconquistaría cuanto territorio consideraba que le pertenecía. No halló, sin embargo, el entusiasmo que esperaba entre sus consejeros, más conscientes que él de las dificultades económicas de la empresa. Wolsey propuso la solución: él entregaría un tercio de su propia fortuna y solicitaría el resto como contribución extraordinaria a villas y aldeas.

Comenzó a circular el rumor, y con él la agitación del pueblo. El alcalde, furioso, advirtió al cardenal que si se le ocurría exigir más dinero a los ciudadanos, su vida estaría en peligro. Los artesanos del sector textil, en crisis por entonces, ya habían tomado las armas. El duque de Norfolk fue enviado para apaciguarlos, y cuando les preguntó quién era su jefe, un artesano respondió:

—Se llama Pobreza, porque la Pobreza es prima de la Necesidad que nos impulsa a resistir.

María Tudor

El rey tomó conciencia de la magnitud del peligro y dio marcha atrás. Pero no estaba dispuesto a permitir que el emperador se apoderara de todo el botín de Italia para sí. Él quería obtener algún beneficio, y Wolsey apuntó el modo de sacar el mejor provecho posible de aquella victoria ajena: para convertirla en propia, Carlos debía casarse de inmediato con la princesa María. A cambio, cuando el emperador hubiera concluido la conquista de Francia, Enrique sería proclamado rey de los franceses. La ventaja para Carlos era que, como María era la única heredera del rey Inglés, un día el emperador o su descendencia sumarían Francia e Inglaterra a sus ya numerosas posesiones. El emperador sería el amo del mundo.

Carlos no deparó a la propuesta tan buena acogida como él esperaba: no se fiaba de Wolsey, “el mayor pillo del mundo”, como lo llamaba su canciller, y pensaba en los peligros que conllevaba hacer tan poderoso a Enrique, permitiendo así que se convirtiera en una potencia capaz de poner en peligro a sus Países Bajos. Además, no eran tiempos en los que un soberano vencido pudiera ser despojado impunemente de su trono por otra potencia; no sin que esto provocara un clamor de protestas, máxime cuando se trataba de un monarca como Francisco, que había dado muestra de tanto valor y gozaba de tal prestigio.

La victoria había sido realmente aplastante, pero ocultaba un lado que la hacía frágil: los soldados no habían recibido su paga desde hacía un año, y el emperador se veía constantemente amenazado por sublevaciones. Necesitaba mucho oro, y no solo para eso, sino que también se requería para acabar con los luteranos en sus dominios. No disponía de tanto. Francia, en cambio, parecía disponer de riquezas inagotables, porque la madre del rey, Luisa de Saboya, se hizo cargo del gobierno y, tras pagar las deudas de la Corona, aún le sobraba dinero para enviar a aquellos a los que deseaba atraer a su causa.

Francisco I

Tan solo había un hombre capaz de solucionar los problemas económicos del emperador, y este era su cuñado, el rey de Portugal, que le ofrecía una dote mucho más elevada que la de María si se casaba con su hermana Isabel. Y Carlos aceptó.

Había que deshacerse primero del compromiso inglés, de modo que se instruyó al embajador para responder que el emperador estaba dispuesto a casarse a condición de recibir de inmediato la dote, o como mínimo dos terceras partes de la misma. Era sabido que Enrique no podía adelantar esa suma, y la imposibilidad de satisfacerla lo dejaría a él en libertad.

El rey de Inglaterra pronto comprendió que no iba a obtener nada de la batalla de Pavía. Carlos no precisaba de él. Ya era el dueño del mundo, dominaba a la Cristiandad y relegaba a su reino a la categoría de potencia secundaria.



EL VIERNES 15 DE ABRIL ESTARÉ EN MADRID PARA PRESENTAR MUJERES EN LA HISTORIA A LAS 19 HORAS EN LA BIBLIOTECA EUGENIO TRÍAS, CASA DE FIERAS DEL PARQUE DEL RETIRO.

PARA LOS QUE NO PODÁIS ESTAR EL VIERNES A ESA HORA, INTENTO QUEDAR CON VOSOTROS EL SÁBADO 16, TOMAR UN CAFÉ Y APROVECHAR PARA FIRMAROS MI NOVELA O CUALQUIER ANTOLOGÍA. SI OS APUNTÁIS, POR FAVOR, ESCRIBIDME A MI CORREO. LO ENCONTRARÉIS EN MI PERFIL.


MUCHAS GRACIAS