martes, 14 de octubre de 2014

Juliano el Apóstata


Flavio Claudio Juliano, que reinó como Juliano II, nació en Constantinopla hacia el año 331, hijo de uno de los hermanos de Constantino el Grande. Solo contaba alrededor de seis años cuando, a la muerte de su tío el emperador, estuvo a punto de ser asesinado con toda su familia. Logró salvarse junto con su hermano Galo, aunque este perecería de todos modos años más tarde a manos de sus enemigos. Juliano pasó su infancia exiliado en Capadocia, privado de compañía adecuada a su edad y sin nadie en quien pudiera depositar su confianza.

Al cumplir doce años, se traslada a Nicomedia y se dedica al estudio. Desde un principio mostraba una marcada inclinación por la filosofía pagana. Deseaba convertirse en discípulo de Libanio, pero el nuevo emperador, su primo Constancio II, instigador del complot que había acabado con su familia, le prohibió asistir a sus clases. De poco sirvió la prohibición, porque Juliano estudiaba los apuntes que tomaban los alumnos del filósofo.

Tenía 23 años cuando su hermano fue asesinado. Su propia vida pendió de un hilo por espacio de seis meses, hasta que finalmente consiguió que le permitiesen viajar a Atenas para continuar sus estudios.

Sin embargo poco después era reclamado en Milán. Cuando acude recibe el nombramiento de César y el gobierno de las Galias, junto con una esposa: Helena, la hermana del emperador. De ese modo Juliano se instala en la ciudad que él siempre llamó su “querida Lutetia”, el núcleo de lo que un día llegaría a ser París, y se ocupa de las incursiones de los bárbaros. 

Juliano gozaba de gran popularidad entre el ejército, algo que alienta su imprudencia y despierta al mismo tiempo los recelos del emperador. Cuando Constancio prepara una expedición contra los persas, le ordena que le envíe un tercio de sus legiones, pero estas se sublevan; afirman que no irán si no es con Juliano al mando y lo proclaman Augusto. Este, sin embargo, se niega a rebelarse abiertamente contra el emperador y le envía testimonios de adhesión, algo insuficiente para detener un conflicto que tal vez hubiera desembocado en guerra de no ser porque el 3 de noviembre del 361 moría Constancio. 


Juliano se convertía así en su heredero y vestía la púrpura tras asistir a los funerales. Apenas proclamado emperador, restauró el paganismo, mandó abrir los viejos templos y hacer sacrificios a los antiguos dioses. Como en Constantinopla ya no había ningún templo pagano que revistiera suficiente importancia, decidió hacer un sacrificio en palacio, ante una estatua de la diosa Fortuna.

Pero Juliano no solo quería reinstaurar la antigua religión, sino renovarla según sus propios criterios. A tal fin reorganizó el clero para que pudiera competir con el cristiano, y enviaba a sus sacerdotes a predicar como hacían los cristianos. Su clero debía dedicarse con exclusividad al culto, sin poder realizar ninguna otra actividad remunerada. Faltar a los deberes religiosos era castigado severamente. En teoría había libertad religiosa, pero al mismo tiempo se ocupó con un edicto de que “todos los que se consagren a la enseñanza deben ser de buena conducta y no tener en su corazón opiniones contrarias a las del Estado”. Esto, desde luego, alejaba de la docencia a los cristianos. “Ahora que los dioses nos han devuelto la libertad es absurdo, a mi parecer, enseñar aquello en lo que no se cree”. La mayoría de cuantos profesaban el cristianismo se negaron a enviar a sus hijos a escuelas paganas, lo cual los situaba en un plano de desventaja cultural. Tampoco podían aspirar a ningún cargo en palacio, porque todos los servidores de Juliano estaban obligados a honrar a los dioses, medidas que en su conjunto fueron causa de muchas apostasías.

“Por lo que a mí concierne, por los dioses, no quiero que los galileos sean condenados a muerte, ni castigados injustamente, ni que deban sufrir ningún tipo de mal; pero, ciertamente, se ha de preferir a los adoradores de los dioses, y ello, declaro, es un deber absoluto”. Estos deseos de convivencia pacífica con los cristianos, sin embargo, no siempre pudieron verse cumplidos, y en ocasiones optó por las ejecuciones que hubiera deseado evitar. Además, sus medidas anticristianas fueron endureciéndose progresivamente, llegando a promover motines contra los galileos y a gravarlos con impuestos especiales.


El emperador continuó con la vieja tradición de celebrar hecatombes, es decir, ceremonias en las que se sacrificaban cien bueyes en cuyas entrañas leían los arúspices la voluntad de los dioses. Así se hizo cuando en 363 Juliano emprendió una campaña contra los persas. Reunió a los augures, que vaticinaron lo nefasto de una acción bélica. Curiosamente el emperador no tuvo demasiado en cuenta esta opinión, y acabó envuelto en una escaramuza con el enemigo. Durante el enfrentamiento que se produjo, una lanza entró por uno de sus costados y lo hería de extrema gravedad. Aunque pudo ser trasladado a su tienda aún con vida, nada se pudo hacer por conservársela.

No hay acuerdo con respecto a la procedencia de esa lanza que acabó con el emperador. Muchos afirmaron que partió de entre sus propias filas, fruto de un complot de uno de sus generales. Según otras opiniones, fue un cristiano quien la arrojó, y cuenta la leyenda que Juliano, al caer del caballo, alzó sus manos al cielo y exclamó: “¡Venciste, galileo!”. Otros, en cambio, afirman que sus palabras fueron: “¡Helios, tú me has perdido!”, algo mucho más acorde con sus propias creencias, que le hacían proclamarse descendiente del dios Sol.



domingo, 5 de octubre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (V)



La policía volvía a perseguir al fugitivo. En mayo de 1809 el ruido le despierta cuando irrumpen en su casa. Tiene el tiempo justo de escapar y vuelve a disfrazarse para pasar desapercibido. Acude a casa de un curtidor del que pretende que le consiga un pasaporte falso, pero a su amigo no le interesa dar cobijo a un hombre que estaba siendo buscado por todo Paris. A las tres de la mañana se presentan los gendarmes a prenderlo. Vidocq corre en camisa hacia el granero, y desde allí trepar al tejado, pero ya no irá más lejos. Es obligado a bajar para ser conducido a prisión. Es entonces, cuando todo parece que se le ha puesto en contra, cuando va a alcanzar un gran logro. 

Vidocq dirige una carta a Dubois en la que vuelve a proponerle un trato, y esta vez es escuchado. El prefecto de policía de París consintió en ponerlo a prueba, y gracias a su colaboración pudieron prender a algunos malhechores peligrosos. Satisfechos con su labor, lo envían a prisión, donde permanece año y medio como agente secreto con apariencia de simple prisionero. Al cabo de ese tiempo, impresionados por sus éxitos, el nuevo prefecto de policía llega a la conclusión de que Vidocq les será de mucha más utilidad aún si lo ponen en libertad.

Una vez libre, comenzó trabajando solo, pero después tuvo otros agentes a sus órdenes, hasta un total de doce, y con ellos ejerció como policía en París. Era excepcional en el desarrollo de su trabajo: descubría pistas en las que ningún otro especialista de la época había pensado hasta entonces; tenía un olfato especial para rastrear el crimen e iba a revolucionar las técnicas policiales sentando las bases de la moderna investigación criminalística. 


Vidocq fundó la primera agencia de detectives privados, y además llegó a ser el primer director de la Sûreté Nationale. No se conformó con eso: fue editor, y novelista; continuó viviendo una vida agitada, al compás de los tiempos revueltos que le tocó vivir. 

El resto de sus aventuras dan para mucho, pero por el momento nos conformamos con ver cómo ha llegado a pasar de ladrón a policía. Detendremos aquí el relato de su vida, porque la próxima semana se hará preciso pasar a otros asuntos.



sábado, 27 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (IV)


«Después de mi última fuga, en el año VII [1799], me trasladé a Lyon, donde tuve que codearme con muchos evadidos y liberados que quisieron arrastrarme al mal. Pero, llevado de mis deseos de poner fin a sus presiones, me dirigí al señor Dubois, prefecto del Ródano. Le expliqué mi posición y le propuse detener a un buen número de los evadidos. Él comenzó por preguntarme qué garantías podía darle respecto a la sinceridad de mis promesas, y yo le contesté que sólo podía darle mi palabra de honor. Entonces el señor Dubois me dijo que no tenía más remedio que ordenar mi detención, pero que si yo conseguía evadirme de manos de los agentes que me condujeran, aceptaría mi propuesta. Y, en efecto, apenas salí de la prefectura, dejé en una esquina a los agentes que me llevaban.

»Pocos días después, más de veinte criminales fueron detenidos, incautándoseles objetos robados y una enorme cantidad de herramientas, de las usadas por los ladrones; varios encubridores famosos sufrieron la misma suerte. Poco más tarde, los dos hermanos Quinay asesinaron a una mujer en la calle Belle-Cordelière de Lyon, donde hacía dos meses que los buscaban inútilmente; pero yo los puse en manos de la autoridad en pocos días. Todos estos hechos son ciertos y pueden ser confirmados por el señor Garnier, antiguo comisario de la policía de París, que entonces era secretario general de la prefectura del Ródano.

»Después de otras operaciones muy importantes, conseguí un pasaporte y me puse al servicio de Holanda. Alcancé el grado de oficial de marina, pero descubrieron mis antecedentes y me vi obligado a dejar ese país y el cargo bastante alto que supe ganarme allí.»

En Lyon se había convertido en agente secreto. Tenía dos sueños: uno era contribuir a una reforma de la justicia, cuyas deficiencias había sufrido en propia carne; el otro era ayudar a llevar una nueva vida a aquellos reclusos que salían de prisión, para que no se vieran obligados a seguir aquel círculo vicioso en el que él mismo había caído. Pero primero tenía que lograrlo él, y no iba a ser un camino fácil. Oficialmente aún era un proscrito, condenado a ocho años de trabajos forzados y buscado por haberse evadido. Su colaboración temporal y clandestina con la policía no había solucionado sus problemas.


Decide viajar a Arras, donde espera llevar una existencia tranquila junto a su madre. Era mucho esperar. Es reconocido durante el transcurso de un baile al que acude disfrazado de marqués. Nuevamente se escapa, consigue un pasaporte falso que le proporciona un amigo y va a París. Allí encuentra trabajo junto a una mujer que vende mercancías en ferias y mercados. El problema es que ella se siente muy atraída por Vidocq y pretende convertirlo en su amante, mientras que él, aunque con gustos muy amplios en cuestión de mujeres, encuentra que su patrona no entra en ellos. Termina sucumbiendo cuando no ve mejor alternativa, pero no podía pedírsele que además le fuera fiel, y pronto la engaña con una de las chicas que trabajan en el taller. Ella se entera y se enfurece tanto que Vidocq decide poner pies en polvorosa para evitar cualquier idea de venganza. No tiene más remedio que regresar a Arras.

Durante unas semanas lleva en Arras una vida relativamente tranquila, entregado a diversiones inofensivas. Hace una nueva conquista, y esta vez se trata precisamente en la hija de un gendarme. Según Vidocq, la joven reunía el doble mérito de ser “una amante exquisita y un magnífico agente de información”, al proporcionarle todo tipo de detalles sobre cuanto se tramaba contra él en la comisaría.

La inconstancia de sus afectos volvía a procurarle la desgracia al poco tiempo, porque la novia, al saberse engañada, lo denuncia. Vidocq tiene el tiempo justo de arrojarse al río para escapar a los ocho guardias que venían a por él. 

Un año más tarde se encuentra en Rouen, donde regenta una mercería. El negocio marcha bien, y Vidocq, que ha encontrado una pareja estable, goza de buena reputación. Pero entonces, una fatídica noche, encuentra a su amada en brazos de otro hombre. Es el fin de la relación; ambos dividen los bienes que habían compartido y él se marcha de la ciudad para instalarse en Versalles. Allí abre una tienda, un negocio que también funciona debidamente y que parecía señalar el fin de sus calamidades, pero eso era demasiado esperar. En la feria de Nantes se encuentra con un viejo conocido que le guarda rencor, y pronto se ve denunciado y detenido. Lo llevan a Saint-Denis. Protagoniza un nuevo intento de evasión que no culmina con éxito debido a que se lesiona un pie. Conducido a la ciudadela de Bapaume, se escabulle aprovechando un tumulto de prisioneros y guardias en el patio, y abandona el lugar escondido debajo de un carruaje.


En una taberna conoce a un corsario, el capitán Paulet, que está celebrando una captura reciente. Seducido por los relatos del capitán, Vidocq decide enrolarse, pero su expedición no tendrá la misma suerte: terminará con un encuentro con un barco inglés, y un abordaje que causará doce víctimas. Es suficiente para que se dé cuenta de que no está hecho para ser un pirata, así que se apodera del pasaporte de uno de los fallecidos y se enrola en una compañía de cañoneros con el nombre de Lebel. Desde un principio destaca por su valentía, algo que le vale ser admitido en una sociedad secreta militar que era una especie de masonería cuyo objetivo era extender su influencia entre los mandos del ejército y del Estado. 

Pero también pretende reclutarlo el llamado Ejército de la Luna, una asociación criminal mucho más peligrosa cuyo jefe era un estafador, antiguo recluso de Tolón. Vidocq rechaza las invitaciones del tal Fessard para participar en sus fechorías, algo que lo conducirá nuevamente a la perdición. Fessard lo denuncia; lo acusa de una minucia a modo de advertencia, y Vidocq para 24 horas en arresto preventivo. El castigo era leve, pero durante ese tiempo los gendarmes averiguan su verdadera identidad. Las cosas se habían puesto lo bastante feas como para que deba tomar la determinación de huir.

La suerte seguía sin estar de su parte, y durante un alto del camino es detenido durante un registro rutinario. Al ser trasladado a prisión vuelve a encontrarse con el procurador general Ranson, responsable de su vieja condena a ocho años de trabajos forzados.

Vidocq decide solicitar un indulto, pero la respuesta no termina de llegar. Él se desespera y el 28 de noviembre de 1805 se arroja al río y logra cruzar a la otra orilla. La policía le persigue mientras huye disfrazado de militar.

Llega a París, y allí toma el traspaso de una tienda de sastrería. Sin embargo, no puede desprenderse de su pasado. Aparecen de nuevo dos viejos conocidos que pretenden que participe en sus planes delictivos. O los ayuda, o lo denuncian. Vidocq se libra de ellos dándoles 50 francos, pero sabe que es sólo un respiro momentáneo, y que volverán. No se equivoca. Sus antiguos camaradas pretenden que les compre la mercancía que roban y que luego él la venda en las ferias. Además se llevan su carro para realizar sus oscuros manejos. Un día Vidocq observa que hay sangre cuando se lo devuelven. Se entera de que han asesinado a un carretero y han transportado el cadáver en su carruaje. Para que el vehículo no se convierta en una prueba de peso contra él, lo lleva a un lugar apartado y allí le prende fuego.

Pero no logra deshacerse con igual facilidad de los dos criminales, cuyas exigencias cada vez son mayores. Vidocq no ve otra salida que recurrir por segunda vez a aquella acción audaz y presentarse ante el jefe de la División de Seguridad. Se entrevista con él y le propone que le firme un salvoconducto con el que pueda permanecer a salvo en París a cambio de información sobre los muchos bandidos que infestan la ciudad, pero el policía no acepta. Quiere primero la información, y calibrar su relevancia antes de hacer un trato que le repugna.

Sin obtener un acuerdo, Vidocq regresa con las manos vacías, obligado a continuar bajo el chantaje de los bandidos con los que se cruza.


Continuará


jueves, 18 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (III)


Naturalmente Vidocq no podía llegar muy lejos. Era imposible librarse tan fácilmente de la acción de la justicia, y pronto era puesto a buen recaudo en un calabozo del que logrará evadirse tan sólo para terminar regresando a él. Su condena se agrava y se le ponen grilletes en manos y pies. Pero Eugène era irreductible; no dejaba de pensar en el modo de alcanzar de nuevo la libertad. Lo consiguió durante un interrogatorio, apoderándose de una capa y un sombrero de gendarme con los que salió sin ser molestado por la puerta de la prisión.

Francine vuelve a acogerlo, pero él la engaña con un nuevo amor, una traición que pagará muy caro. Se hallaba en brazos de su nueva conquista cuando aparece un grupo de gendarmes. Francine, despechada, se vengaba de él acusándolo de haber intentado asesinarla. 

Vidocq lucha por demostrar su inocencia, aunque, dado su historial carcelario, teme que no lo crean. Convencido de tener las probabilidades en su contra, decide evadirse nuevamente. Sueña de nuevo con viajar a América; quiere enrolarse en alguno de los buques a punto de zarpar, pero no es admitido. Necesita dinero para sobrevivir, y no encuentra otra salida más inmediata que dedicarse al contrabando. Obtiene poco provecho de ello y decide regresar a Lille, aunque nunca llegará: es detenido a las puertas de la ciudad.

La imaginación estaba siempre de parte de Vidocq, junto con una extraordinaria habilidad para disfrazarse. Los métodos que llegó a idear para evadirse son asombrosos, y no le costó esta vez volver a obtener el éxito con ellos. Desde allí fue a enrolarse en un regimiento de húsares adoptando el apellido Lannoy. Lamentablemente para él, había llegado a hacerse demasiado conocido para los gendarmes. Uno de ellos le reconoce y Vidocq ha de volver a prisión. Lo encierran en la cárcel de Douai, y allí se entera de que sus antiguos compañeros falsificadores lo acusan a él de ser el único responsable. El 27 de diciembre de 1796 comparece ante el tribunal y contempla cómo sus cómplices, a excepción de uno, son absueltos, mientras que él es condenado a ocho años de trabajos forzados. Él sólo tiene 21.


Esta vez parece imposible evadirse, incluso para él. Los presos van en cadena, sujetos de dos en dos por un brazalete de hierro y arrastrando cada uno una pesada bola. Pero Eugène es hombre de recursos: uno de sus compañeros, Desfosseux, esconde en el recto una provisión de limas y sierras con las que logran desprenderse de sus cadenas al entrar en el bosque de Compiègne. A una señal de Vidocq, los reclusos se vuelven contra los gendarmes. Dos de los presos mueren en la refriega, otros cinco resultan heridos y el resto se ve obligado a rendirse.

Vidocq llega a la prisión que le estaba destinada entre severísimas medidas de seguridad. Pero él no quiere resignarse a cumplir tan dura condena, de modo que, con las últimas monedas que le quedan, consigue un uniforme de marinero y se disfraza con su habilidad habitual. Así sale nuevamente por la puerta de la prisión, no sin antes permitirse la osadía de pedirle al portero fuego para encender su pipa.

En su huida atraviesa una región que le resulta desconocida, lo que no facilita sus propósitos. Se encuentra con unos gendarmes y, aunque afirma llamarse Augusto Duval, acaba en prisión mientras la policía investiga acerca de su identidad. Entonces se inventa una dolencia capaz de hacer que los médicos decidan trasladarlo al hospital. Allí le será más fácil fugarse. Lo hace disfrazado de monja, con los hábitos de una de las religiosas que atendían a los enfermos en el hospital. “Sor Francisca”, como elige llamarse, se va sin despertar sospechas.

Aún con su disfraz de monja, encuentra empleo por un tiempo como ama de llaves en la casa de un cura de aldea. Los hábitos le resultaban muy útiles, pero al mismo tiempo le obligaban a una castidad que encontraba difícil de sobrellevar. Una vez, alojado con una familia de labradores, al llegar la hora de acostarse se le ofreció a la supuesta religiosa compartir el lecho con dos de las hijas, ambas muy bonitas. Vidocq resiste estoicamente la tentación, pero cuando amanece decide que resulta imperativo recuperar su identidad masculina, para lo cual debe alejarse de la zona del presidio y acercarse a París.


Por fin, durante el camino, se siente lo bastante seguro para cambiar los hábitos de monja por un disfraz de campesino con el que encuentra ocupación como pastor que ayuda a conducir unos bueyes hasta París. Una vez allí, sin embargo, se da cuenta de que no está seguro, y que sería más prudente regresar a su Arras natal. Como necesita un trabajo, se le ocurre que le iría bien el de sacristán. Además desempeña también la tarea de maestro de escuela, algo que le resulta muy satisfactorio, porque tiene algunas alumnas que son lindas jovencitas y acogen favorablemente sus avances. Pero una noche es sorprendido con una de ellas por unos mozos de la comarca que se lo toman muy a mal y la emprenden a golpes con él. Vidocq se ve obligado a marcharse.

Se traslada a Holanda, donde se enrola en barcos piratas de poca monta. Así iba sobreviviendo hasta que un control policial le puso de nuevo en apuros. Es detenido y, descubierta su verdadera identidad, lo envían a prisión. Las medidas de seguridad son impresionantes esta vez: se ordena que sea puesto el primero de la cadena de reclusos, acoplado a un célebre bandido mediante esposas y doble collar.

Tras un penoso y largo viaje, llegan a Tolón. Las condiciones en esa prisión eran peores que nunca, insportables; y la fuga también era más difícil. Vidocq se dedica a ganarse las simpatías del tío Mathieu, jefe de los guardias, hasta convertirse en su protegido y conseguir que lo envíen al hospital. Allí recurre nuevamente a su arte con los disfraces para hacerse pasar por el médico, pero cuando intenta abandonar la prisión es descubierta la fuga; suena la alarma y se escuchan voces gritando que se ha escapado un preso. Vidocq, reuniendo toda su sangre fría, se suma a esas voces, como si fuera uno de los perseguidores en lugar del perseguido.

—¡Corred, corred, que se escapa un preso del hospital! ¡Venid, por aquí, rápido!

De nada sirvió su argucia, porque era descubierto y devuelto a su celda.


Ni las dobles cadenas lograban doblegar su espíritu. Totalmente resuelto a evadirse a cualquier precio, consigue que lo liberen de los grilletes que lo encadenaban a su celda para realizar los trabajos forzados. Esto le permitía encontrarse en el exterior de la prisión, y de ese modo le sería más fácil la fuga.

Una vez más lo consigue, y huye a través de Tolón. No había franqueado las puertas de la ciudad cuando unos cañonazos advertían de su huida, pero aún no está todo perdido: Vidocq recurre a una mujer que lo alberga en su casa y le ofrece ayuda para salir de allí.

Por el camino, ambos se cruzan con un entierro, y Vidocq se mezcla con el cortejo, fingiendo profundísimo dolor por aquel difunto al que no había visto en su vida. Acompaña al féretro hasta el cementerio, situado convenientemente fuera de la ciudad, y entonces desaparece.

Va camino de Lyon, pero durante la noche se refugia en un lugar de mala reputación donde es reconocido por unos antiguos reclusos que le proponen participar en algunos golpes que planean. Él no quiere; no desea ser un criminal ni continuar con aquella vida a la que se ve encadenado. Sus colegas se toman muy a mal el desaire de su negativa. Lo denuncian, y ello provoca que sea detenido y encarcelado de nuevo.

Vidocq se desespera. Ve claramente que se verá siempre sometido a este chantaje a menos que se pase al otro bando. Aunque, naturalmente, es una locura pensar siquiera que sería admitido en él…



Continuará.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía (II)


En aquel tiempo el feroz Lebon gobernaba Arras. La madre de Vidocq recurre a su adjunto, Chevalier, para que interceda ante él, pero sin demasiado resultado. La salvación vendría para Eugène de la mano de una mujer: Ana María Luisa, la hermana de Chevalier, que se muestra más que sensible a los encantos del prisionero y logra convencer a su hermano.

Vidocq regresa al ejército, donde sus muchas cualidades para la vida militar le valen el grado de oficial. Vuelve a combatir a los austriacos y se enamora de una joven llamada Delfina. Está a punto de comprometerse con ella cuando se entera de que, lejos de ser el dechado de virtudes que él imaginaba, había mantenido relaciones con otros militares.

Más tarde se entera de que Ana María espera un hijo suyo. No cabía esperar que Chevalier tolerase que su hermana fuera abandonada en tal estado, de modo que Eugène no tiene otra alternativa que casarse con ella. Acaba de cumplir 19 años cuando se ve obligado a pasar por el altar el 8 de agosto de 1794.

Puesto que Ana María ha logrado su propósito, ya no ve la necesidad de seguir fingiendo algo que no tardaría en descubrirse, y le confiesa toda la verdad: no viene ningún niño en camino; todo fue una treta suya para conseguirlo por marido.

Con semejantes comienzos, el matrimonio estaba destinado a salir mal. Las desavenencias no tardan en surgir. Ella, que lleva una mercería, es derrochadora y frívola, y él vuelve a alistarse en el ejército para huir de su realidad cotidiana.


Pocos días después, aprovechando que lo envían a Arras con una misión, va a hacer una visita a su esposa, pero se lleva una desagradable sorpresa. Nota que tardan mucho en abrirle; se oye ruido en una ventana, seguido del que hace alguien al saltar a la calle. Eugène persigue al militar intruso, lo alcanza y lo reta para el día siguiente, pero interviene el poderoso Chevalier y Vidocq se ve obligado a retirarse discretamente y regresar con el ejército a Tournai.

Cuando llega, el general al que debe dar cuenta de su misión ha partido hacia Bruselas. Vidocq va a buscarlo, pero no lo encuentra; ha emprendido ya el camino a París. Ahora Eugène es un oficial sin regimiento, dedicado al juego y al amor. Acaba por ser detenido, y para evitar nuevos problemas adopta el apellido Rousseau. Después regresa a Bruselas con la falsa documentación que han fabricado para él, gracias a la cual aparece como soltero.

Como no tiene dinero, unos compañeros de juego le sugieren la solución. ¿Por qué no seguir con las falsificaciones para resolver también sus problemas económicos? Podría elaborarse una hoja de ruta a nombre de Rousseau, teniente de Cazadores “que viaja en su caballo y tiene derecho a alojamientos y a suministros”. Eugène acepta el plan y respira tranquilo, sin saber que aquello no iba a salirle gratis.

En Bruselas se aloja en casa de una rica baronesa viuda que cae rendida ante sus encantos, y sus amigos ven en ello su fortuna. Pretenden casarlo con su anfitriona, y de ese modo, cuando Eugène entrara en posesión de las riquezas de su esposa, ellos sacarían su buena tajada. Vidocq se resiste cuanto puede; no le apetece nada, pero finalmente debe claudicar. Todo estaba ya dispuesto para la boda cuando una serie de incidentes obligan a sus malas compañías a abandonar la ciudad. Es entonces cuando Eugène se sincera con la viuda y le confiesa que es un desertor que ha dejado una esposa en Arras. Debió de explicarse con suma maestría, porque su enamorada baronesa no se lo toma a mal. Por el contrario, en el momento de separarse le regala un cofrecillo con quince mil libras. Por fin, con esa suma, puede hacer lo que siempre ha querido: irse a París.


Llega a comienzos de marzo de 1796, pero no tarda en arruinarse debido a su marcada tendencia hacia cierto tipo de mujer. Se convierte en amante de Rosina, quien no sólo lo engaña con todo aquel que puede, sino que le saca todo el dinero que Eugène ha obtenido de la baronesa.

Vidocq viaja entonces a Lille. Allí desempeña algunos trabajos temporales para subsistir y comienza una relación con Francine, la cual, por supuesto, lo simultanea con otros amantes a pesar de todas sus promesas de fidelidad. Una noche Vidocq la sorprende cenando en público con un capitán de ingenieros y, furioso, le propina una paliza al militar. Su arrebato le valió una condena a tres meses de cárcel. 

Sus condiciones en el llamado “tragaluz” de la prisión eran bastante buenas, y hasta podía recibir las visitas de Francine. Allí, además, conoce a bandidos de todas clases, de los que aprende a despojar al prójimo, engañar a la policía y escaparse cuando las cosas se ponen feas. Dos de los prisioneros maquinan un plan de fuga para un tercero, que a cambio los recompensaría generosamente. La idea era falsificar una orden de puesta en libertad. A Eugène le faltaban pocos días para terminar de cumplir su condena. No le convenía involucrarse, pero lo hace porque la pena que le ha sido impuesta a aquel hombre, sentenciado por robar cereales para alimentar a sus hijos, le parece injusta. Vidocq es un bribón, un aventurero, pero no un desalmado. Llevado por ese impulso, permite que todo ello se redacte en su habitación, y, para dar autenticidad al documento, les presta un sello militar que conserva. Desde el exterior, otro cómplice, disfrazado de oficial, muestra el documento al conserje, y al poco tiempo el preso logra abandonar su celda.

Al día siguiente un inspector descubre el engaño. El prisionero es detenido de nuevo en su casa e incomunicado en la prisión. Al ser interrogado, delata a todos sus cómplices, entre ellos Eugène. Las cosas pintan muy mal para él, y comprende que lo único que cabe hacer en tales circunstancias es evadirse. 

Encuentra una estupenda colaboradora en Francine, que cuando le visita le lleva en pequeños paquetes disimulados las prendas que componían el traje que vestían los inspectores de prisiones. Así, el día fijado, se disfraza y abandona de esa guisa la prisión mientras el verdadero inspector procedía a la revisión semanal de la torre.

Lo primero que hace es ocultarse en casa de una amiga de Francine, pero no aguanta mucho tiempo recluido. Cuando abandona su escondite, tiene la mala fortuna de ir a topar con un agente al que había conodido en la cárcel. Con mucha astucia, consigue que le acompañe a casa de Francine con el pretexto de que desea despedirse de ella antes de volver a prisión. Allí se sientan a la mesa para obsequiarse con la última copa en libertad. Francine, que comprende bien la treta y las disimuladas instrucciones de su amante, aprovecha el abrazo de despedida para deslizar en su bolsillo un paquete que contiene ceniza. Vidocq acompaña entonces al agente, pero antes de llegar a la prisión, en una calle solitaria, arroja la ceniza a los ojos del policía y se escabulle hacia el lugar en el que había permanecido refugiado los primeros días.


La policía lo busca sin tregua. El propio comisario Jacquard ha convertido en una prioridad su captura y dirige personalmente los registros. Vidocq se divierte de lo lindo viendo este halagador despliegue. Una vez más, se disfraza y se mezcla entre la gente, llegando al extremo de presentarse ante el comisario para proponerle atrapar a Vidocq cuando regrese al escondite que suele utilizar. Les advierte que el fugitivo es un tipo muy peligroso, por lo que sería conveniente tenderle una emboscada en un gabinete que constituía, según él, un inmejorable puesto de observación.

Jacquard y sus agentes muerden el anzuelo y van a instalarse allí. Cuando se encuentran en el interior, Eugène los encierra con doble llave y se despide gritándoles:

—¿No buscabais a Vidocq? ¡Pues es Vidocq quien os mete en la jaula!


Continuará


sábado, 6 de septiembre de 2014

Vidocq: de ladrón a policía


“Nací en Arras. Como mis continuos disfraces, la movilidad de mis acciones y una habilidad especial para caracterizarme, dejan alguna duda sobre mi edad, no será ocioso declarar aquí que vine al mundo el 23 de julio de 1775, en una casa vecina a aquella en que, 16 años antes, nació Robespierre. Era de noche…, llovía…, retumbaban los truenos y una parienta que acumulaba las funciones de comadrona y de sibila vaticinó que mi vida sería muy tormentosa.”

No se equivocaba la mujer: pronto comenzó a manifestarse que la vida de Eugène François Vidocq iba a ser una aventura interminable. Hijo de un panadero, sus padres no eran capaces de enderezar los pasos de este niño que, ya desde su más tierna infancia, era el terror del barrio. No le gusta el oficio de panadero que su padre trata de inculcarle; él prefiere los juegos, los deportes violentos, y pronto se apasionará también por las chicas. A los trece aprende a manejar el florete y la espada con los militares de la guarnición cuya compañía busca con asiduidad. No es buen estudiante; en cambio aprovecha maravillosamente las lecciones de esgrima que recibe de ellos. 

Eugène sigue el penoso ejemplo de su hermano mayor y comienza a hurtar dinero del cajón de su padre. Éste había sorprendido las fechorías de su primogénito y decidió enviarlo a Lille para ponerlo a trabajar con un jefe que fuera capaz de quitarle las ganas de volver a hacerlo. Luego, para evitar que el menor cayera también en la tentación, cerró con dos vueltas el cajón donde guardaba sus ganancias. Lamentablemente de nada sirvieron sus precauciones, porque Eugène utilizaba un palito embreado para hacerse con las monedas que pasaban por el hueco. Cuando no lograba bastante de ese modo, recurría a una llave falsa de fabricación propia. Si faltaba el dinero, se apoderaba de las mercancías para revenderlas, hasta que un día fue descubierto por su madre cuando dos pollitos que había escondido en el pantalón lo delataron al piar.

Para Eugène había llegado el momento de dar un gran golpe, y así lo planea con sus amigos. Se apodera de los cubiertos de plata y con lo que obtienen por ellos se dedican a divertirse en la taberna. Pero el dinero se terminó, y como no se atrevía a regresar a casa, emprende una vida de vagabundo que dura tres días. El final de la aventura llegó cuando dieron con él los gendarmes a los que su padre había alertado. Los guardias lo conducen a la prisión de Les Baudets, donde el panadero pidió que lo encerraran una semana para darle una lección. Tratándose de Eugène, tan corto periodo era un evidente error de cálculo, pero el pobre hombre aún no lo sabía.


Su estancia en la cárcel lo convirtió en una especie de héroe para sus malas compañías, y ello hará que lo empujen a llegar más lejos y urdir un plan para conseguir más dinero de su padre. Tenía quince años cuando un día uno de sus amigos se presentó ante su madre para representar la comedia ideada: la convenció de que su marido estaba en peligro en esos momentos, amenazado por unos malhechores al otro lado de la ciudad. Era preciso entregarles lo que pedían a cambio de su vida. La mujer, terriblemente desazonada, va en busca de su hijo, y ambos se ocupan de entregar las dos mil libras supuestamente exigidas por los bandidos ficticios. 

Pero esta vez hay algo diferente: Eugène siente remordimientos. Considera que ha llegado demasiado lejos, y además sabe que esta vez su acción tendrá consecuencias cuando se descubra la trama. Huye y busca en Calais un barco que zarpe hacia América, donde quiere hacer fortuna, pero no puede pagar el pasaje y se desplaza a Ostende esperando encontrar algo más asequible.

Una vez en Ostende, hace amistad con un individuo de costumbres igual de penosas. Ambos se dirigen a la taberna y buscan la compañía de algunas mujeres. Saciado de placeres, Eugène se durmió sin saber que le aguardaba un despertar mucho menos agradable: cuando abrió los ojos se encontró medio desnudo en un mal rincón del puerto, y además sin apenas dinero. Con las escasas monedas que le quedan alcanza a duras penas a pagar al posadero y poder así vestirse con las ropas que éste le retenía, puesto que le habían robado el traje que llevaba puesto la noche anterior. 

Era el fin de su sueño de embarcarse rumbo a otro continente. La única solución que se le presenta ahora es conseguir ganar suficiente dinero para devolver lo sustraído a su padre. Con esa idea en mente se enroló con una compañía de saltimbanquis. Su tarea consistía en limpiar las jaulas, pero pronto le proponen convertirse en acróbata. Aunque Eugène lo intenta, el entrenamiento era tan duro que prefiere volver a dedicarse a los animales.


Su aventura con los saltimbanquis termina cuando pretenden que interprete el papel de negro antropófago, embadurnado con hojas de nogal, comiendo carne cruda y bebiendo sangre para convencer al público. Eugène se marcha y encuentra empleo como ayudante de una pareja que tiene un teatro de marionetas. La mujer, Elisa, sólo cuenta 16 años, y surge el romance; pero, ¡ay!, el marido no era ciego. Un día los descubrió a ambos y al jovenzuelo no le quedó otra opción que emprender la huida.

Eugène decide regresar a su ciudad natal. Para subsistir por el camino, trabaja como mozo de carga con un médico bastante extravagante. Así pudo llegar a Arras y reencontrarse con sus padres, que le perdonaron.

Para las jovencitas de la localidad, su regreso fue todo un acontecimiento. Se lo disputaban, y al final fue una actriz quien se hizo con el trofeo. Ambos se fugan a Lille, pero cuando ella se queda sin recursos, Eugène se ve obligado a volver a casa. Tiene 16 años y ya sabe lo que quiere ser en la vida: ingresará en el ejército.

Vidocq se incorpora al regimiento de Borbón en marzo de 1791. Pronto iba a ganarse una reputación temible, a base de desafiar a todo aquel con el que reñía. En cuestión de seis meses mantuvo quince duelos y dio muerte a dos hombres.

En el campo de batalla mostraba un valor singular, lo cual le valió ser ascendido a cabo de granaderos; pero, por desgracia, su carácter volvía a jugarle una mala pasada: Eugène está a punto de comparecer ante un consejo de guerra por haberse peleado con un sargento, de modo que deserta y se enrola en el 11º de los Cazadores. Participa gloriosamente en la batalla de Jemmapes cuando se entera de que le están buscando por desertor. No cabe más que la huida de nuevo, ni ve otra opción que pasarse temporalmente a los austriacos, pero pronto regresa con la caballería ligera francesa. Por fortuna puede beneficiarse de una amnistía, y así reunirse con sus antiguos Cazadores.


Resulta herido en combate y es trasladado a Arras mientras permanece convaleciente, una época que dedica a conquistar mujeres. Debido a uno de estos lances galantes reta a un rival y eso hace que sea arrestado y conducido a la prisión de los Baudets. Era una época en la que resultaba sumamente fácil terminar en la guillotina, y en especial desde esa cárcel. Vidocq tenía muchas probabilidades, puesto que su rival lo había denunciado como enemigo del Régimen.



Continuará


domingo, 24 de agosto de 2014

El origen de los etruscos


Acerca del origen de los etruscos se han emitido las más variopintas teorías. La de Heródoto, muy seguida en la antigüedad, sostenía que hubo una gran colonización, tal vez en torno al siglo XIII a. C., procedente de Lidia, en Asia Menor. La hipótesis halló eco en ciertos nombres de peso, como Séneca y Tácito. Sin embargo, Dionisio de Halicarnaso observó que ambos pueblos se diferenciaban “no sólo por su lengua, sino también por su género de vida y sus costumbres”. Los etruscos o tirrenos no creían “en los mismos dioses que los lidios, ni poseen leyes o costumbres parecidas, sino que, al menos en estas cuestiones, difieren más de los lidios que de los pelasgos”, es decir, los pueblos que habitaron Grecia antes que los Helenos.

Según Helánico de Lesbos, en tiempos del pelasgo Nasas, rey de Pelasgiotis, en Tesalia, los pelasgos se rebelaron contra los helenos y marcharon a Italia. Una vez allí, fundaron Tirrenia, convirtiéndose en los ancestros de los etruscos. Ello explicaría la semejanza de la lengua etrusca con otras del norte del Egeo.

Dionisio de Halicarnaso, por su parte, propone una tercera teoría, y es que se trataría de un pueblo autóctono: “Es posible que los que más se acerquen a la verdad sean los que declaran que este pueblo no vino de ningún sitio, sino que es autóctono, puesto que se nos revela como muy antiguo y no coincide ni en la lengua ni en la forma de vida con ningún otro pueblo”.

En 1885 se localizó precisamente al norte del Egeo, en Lemnos, una estela que data de finales del siglo VI a. C. Contiene una larga inscripción funeraria que evidencia que su lengua estaba estrechamente emparentada con la etrusca. Esto parecía inclinar la balanza hacia la teoría de Helánico.


Pero en 1853 se había hallado la necrópolis de Villanova, en la llanura del Po, y del estudio de los objetos y su comparación con otros hallados en diferentes lugares de Europa, surgió una nueva teoría, según la cual durante el segundo milenio a. C. habría llegado a Italia un pueblo desde los Alpes, una migración que englobaría tanto a ítalos como a etruscos. Estos se llamarían a sí mismos rasenna, y estarían emparentados con los raetii, que durante la época romana vivían en algunos valles alpinos.

La teoría gozó de mucha aceptación a comienzos del siglo XX, pero presentaba múltiples objeciones. En primer lugar, no era verosímil que ítalos y etruscos, cuyas lenguas no tienen nada que ver, entraran juntos en Italia. Además, según señalaban ya en la antigüedad Tito Livio y Plinio el Viejo, el parentesco entre los raetii alpinos y los rasenna etruscos era justo al revés, puesto que los raetii fueron los restos de una colonización etrusca en el valle del Po, exterminada por los celtas en el siglo IV a. C. 

Pallottino, creador de la moderna etruscología, llegó a la conclusión de que, aunque se puede hablar ciertamente de una cultura etrusca, ello no significa que hubiera un pueblo etrusco racialmente homogéneo. Para él, la población etrusca sería autóctona en un algo porcentaje, pero a su cultura autóctona se irían sumando otras aportaciones por parte de comerciantes y artesanos extranjeros en ocasiones, o por colonizaciones en otros casos. Parece que este pueblo siempre estuvo abierto a aprender y asimilar cuanto los forasteros pudieran enseñarles.

El profesor Pallottino dirigió las excavaciones que descubrieron en 1964 las llamadas láminas de Pirgi. El lugar había sido uno de los puertos más importantes de la cuenta mediterránea, y en él se erigían dos santuarios de enorme importancia en la antigüedad. Las tres láminas contienen un texto en fenicio y dos en etrusco, pero, aunque presentan alguna frase idéntica, no son enteramente coincidentes. Este hallazgo, al igual que sucedió con la piedra de Rosetta para la comprensión de los jeroglíficos egipcios, ha servido de gran ayuda para obtener un cierto grado de conocimiento de la lengua etrusca.

Territorio etrusco

Guido Barbujani, genetista del Departamento de Biología y Evolución de la Universidad de Ferrara, ha estudiado el ADN de los etruscos, extrayéndolo unos 40 individuos de varias necrópolis. Después comparó las muestras con otras perteneciente a habitantes de cuatro localidades toscanas. La conclusión es que existen muchas probabilidades de que los actuales toscanos desciendan, al menos en parte, de antepasados etruscos. 

Un segundo experimento comparó esas mismas muestras de italianos contemporáneos con otras de individuos de la región de Anatolia. El resultado descarta la teoría de Heródoto, mientras que se inclina hacia el carácter autóctono de los etruscos.



Bibliografía:
El enigma etrusco - Miguel Ángel Elvira
Alec Forssmann – National Geographic, febrero 2013
es.wikipedia.org/wiki/L%C3%A1minas_de_Pyrgi



martes, 5 de agosto de 2014

La religión espartana


Los espartanos seguían fundamentalmente las tradiciones religiosas del resto de los griegos, adorando a las divinidades del Olimpo. Ellos creían que los dioses eran responsables de cada acontecimiento de la vida cotidiana, y que todo era una manifestación de lo sobrenatural. Por tanto, tenían que procurarse el favor de las divinidades mediante determinados ritos.

Consideraban a Lacedemón, hijo de Zeus, el fundador de Esparta, aunque, al contrario de Atenas, no tenían un único dios patrón protector de la ciudad. Adoraban a Artemisa, Apolo, Ares, Poseidón y Atenea, pero también rendían culto a los héroes de la guerra de Troya y a los Dioscuros. Era práctica común honrar con ofrendas a los dioses.

En un principio los únicos sacerdotes de Esparta eran los reyes, sacerdotes de Zeus. Ellos tomaban parte en muchas prácticas religiosas, supervisándolo todo en busca de alguna señal de los dioses.

El calendario espartano tenía nueve festividades religiosas, fechas de suma importancia para la ciudadanía. Se les concedía prioridad sobre cualquier otra actividad, incluida la guerra. Por ejemplo, durante las carneas se producía una tregua y los gobernantes no podían declarar la guerra ni llevar a cabo ninguna campaña militar.


Durante el verano celebraban las jacintas, un festival de tres días de duración en honor al héroe Jacinto, amante de Apolo que murió accidentalmente al ser golpeado cuando el dios lanzaba su disco. Tenía lugar en el santuario de Amyclae, a unos cinco kilómetros de Esparta. Allí se había erigido una estatua gigantesca de Apolo, además de la tumba de Jacinto y un espacio para la danza. Se dedicaba un día a llorar su muerte, con prohibición de adornarse con guirnaldas o cantar canciones alegres. Se depositaban ofrendas en la tumba y se procedía a un banquete ritual. Las dos jornadas restantes se destinaban a adorar a Apolo, con sacrificios, canciones, bailes y una procesión. 

También en verano tenían lugar las gimnopedias, en honor de Leto y sus hijos, Apolo y Artemisa. Se organizaban en el ágora de Esparta, y conmemoraban la batalla de Thyrea, en la que habían combatido contra argos hacia el año 550 a C. Había competiciones deportivas y representaciones musicales, pero no se permitía participar a los hombres que, habiendo alcanzado los treinta años, permanecían solteros o no tenían hijos.

Eran igualmente propias del tiempo estival las carneas, que se prolongaban durante nueve días, terminando en una noche de luna llena. Era una especie de festival de la cosecha que conmemoraba la colonización por parte de los dorios. Se celebraban en honor de Apolo Carneo. Carneo era en su origen una divinidad de los aqueos que acabó siendo asimilada a Apolo. Junto a los muros de la ciudad se levantaban nueve tiendas, en cada una de las cuales se situaban nueve hombres en edad militar. Entonces aparecía una barca que traía la estatua del dios, al que adornaban con guirnaldas, y se hacían sacrificios que corrían a cargo del sacerdote llamado agetes. Este contaba con la asistencia de los carnetai, cinco jóvenes solteros procedentes de cada tribu. Los elegidos no podrían casarse durante los cuatro años siguientes. Una de las misiones de los carnetai era participar en una carrera en la que debían perseguir a un hombre por toda la ciudad. El hecho de que consiguieran o no alcanzarlo, se interpretaba como un augurio que pronosticaba cómo sería la cosecha ese año.


Cuando fallecía un rey, partían jinetes a anunciar la noticia a todos los lugares. Era preceptivo que al menos dos personas de cada casa, hombre y mujer, tomara parte en los funerales. El luto duraba diez días, un tiempo en el que cesaba toda actividad política. Se le erigía al líder fallecido una estatua que era llevada en procesión por las calles la ciudad. A su paso, la muchedumbre se golpeaba la frente y se lamentaba en señal de gran duelo, y las mujeres recorrían la ciudad golpeando sus calderos.

Según Herodoto, las niñas se ponían bajo la protección de Helena, patrona de los matrimonios. Las nodrizas de los niños espartanos participaban en un culto asociado a su función, ante la imagen de Artemisa, diosa de la fertilidad y los nacimientos, protectora de las mujeres y los niños. 

Ortia era una primitiva diosa espartana de origen antiquísimo, de la que poco se sabe. La combinación de Ortia y Artemisa se convirtió en un objeto de veneración particular de los espartanos. El culto se dirigía en su origen a una efigie maléfica que volvía locos a los hombres y hacía que se mataran aquellos que ofrecían sacrificios a Artemisa. La efigie se aplacaba al principio con sangre humana, hasta que Licurgo sustituyó esta práctica por la flagelación de los efebos. Para proceder a este rito, se apilaban unos quesos sobre el altar, protegidos por hombres armados con látigos. La misión de los efebos era apoderarse de ellos a pesar de los latigazos, que recibían en presencia de familiares y amigos. El castigo llegó a ser tan duro que en ocasiones se producía la muerte de alguno de los jóvenes. Después de esta dura prueba había bailes y canciones, y aquellos que habían participado en ella desfilaban con sus mejores galas.

Cuando iban a partir en una expedición militar, los espartanos hacían previamente un sacrificio a Zeus, y renovaban el sacrificio al pasar la frontera. Un tercero tenía lugar sobre el campo de batalla para atraerse la protección de Ares, dios de la guerra.