martes, 24 de mayo de 2016

Acaba de publicarse "La leyenda del enmascarado"


A comienzos del siglo XIII, viejos conflictos familiares y el amor a una misma mujer impulsan a Robert de Montfort a acusar falsamente a su rival de practicar la herejía de los cátaros. Torturado y sometido a proceso, Raymond logra escapar cuando está a punto de sufrir el castigo de la hoguera. Todos creen que ha muerto durante la huida.

Un relato cuyo hilo conductor es una historia de amor tan oscuro como el propio Medievo; un recorrido por Occitania y Castilla en busca del lado más tenebroso de la Edad Media junto al más romántico y evocador: los torneos, los procesos inquisitoriales, aquelarres, batallas, raptos, ritos de caballería, crímenes y maldiciones, cruzados, trovadores y señores feudales; un hombre dispuesto a todo con tal de lograr sus fines y una mujer que se debate entre sentimiento y razón.

En el Languedoc nace el amor cortés, es tierra de juglares y trovadores, del florecimiento de la poesía; el Languedoc ilumina la época más oscura de la historia de occidente. Pero su brillo y el deseo de posesión llevará a que el Papa Inocencio III convoque la cruzada contra los cátaros, una guerra que llevó la muerte a todos cuantos no coincidían con la ortodoxia del momento y que favoreció la expansión hacia el sur de las posesiones de la monarquía capetiana, dibujando así el mapa de la moderna Francia. La Inquisición actuó de un modo terrible acabó con el movimiento religioso cátaro y la hasta entonces floreciente cultura del Languedoc, creando un nuevo espacio geopolítico en Europa occidental.

Esta obra es la ganadora del IV Premio Alexandre Dumas de novela Histórica. 

Para facilitar el acceso a la publicación a aquellas personas fuera de la península, M.A.R. Editor ha decidido servirla SIN GASTOS DE ENVÍO no solo en territorio español, sino A CUALQUIER PARTE DEL PLANETA desde donde se solicite. 


La autora, Montserrat Suáñez, ha publicado La corte del diablo (Ediciones Áltera, 2015), una novela histórica ambientada en la Francia de Catalina de Médicis y los últimos Valois. Ha colaborado en la antología Tras las huellas de Arsenio Lupin y en las tres de Mujeres en la historia publicadas por M.A.R. Editor, además de ser la editora literaria y prologuista de la tercera de ellas, dedicada a la Ilustración. 

Entrevista a la autora:

P.-¿Cuál es el origen, la razón inicial, del recorrido por Occitania, Francia, Castilla que va a hacer el lector en La leyenda del enmascarado?
R.- El choque entre dos mundos que coexistían en aquella época y lugar: uno brillante, de trovadores, torneos y cortes del amor, y otro tenebroso, el del Medievo dogmático, sanguinario, intolerante y cruel. Ambos mundos aparecen representados por los protagonistas masculinos de la novela: el caballero occitano, culto y refinado, perseguido por el poderoso señor feudal, ambicioso y falto de escrúpulos, que quiere apoderarse de sus tierras y de su mujer, y para ello no duda en acusarlo de herejía.


P.- ¿Así pues, se podría decir que tiene elementos de novela histórica, novela romántica y novela de aventuras?
R.-Sí, reúne elementos de las tres cosas. Es, sobre todo, una historia de amor oscuro, con alguna pincelada gótica, protagonizada por personajes ficticios en un entorno histórico real, con hechos verdaderos, en el que he procurado mimar el detalle. Al mismo tiempo, tiene otros ingredientes que añaden la aventura a la trama.


P.- Nos propones un viaje al Languedoc del siglo XIII, a las cortes de amor. ¿Se puede decir que allí nace el concepto de amor moderno? ¿Cómo era el amor de aquella época?
R.-He oído decir muchas veces que el amor es un invento del movimiento romántico que surgió a finales del XVIII, pero echando un vistazo a la historia está claro que eso no es así. Había diferencias, naturalmente. El amor no tenía nada que ver con el matrimonio, que se contraía por razones de conveniencia; se buscaba a la persona amada fuera de él, y estaba mucho peor considerada una infidelidad al amante que al cónyuge. Se trataba de una relación sometida a las leyes de la caballería, pero que podía ser simplemente ideal y platónica. A veces la dama era un ideal inalcanzable; se la veneraba y se estaba dispuesto a cualquier sacrificio por ella. En cualquier caso, el amor cortés combinaba erotismo y espíritu.


P.- ¿Qué papel tienen en la historia que nos ofreces, los procesos inquisitoriales, los aquelarres, las batallas, los ritos de caballería, las justas, los cruzados y los trovadores?
R.-Todo ello potencia el interés de la trama y al mismo tiempo nos ayuda a situarnos en aquel tiempo y lugar. Tiene el doble interés de permitir conocer hechos, costumbres y ritos de la época y de servir de pretexto para que los protagonistas vivan sus aventuras. He querido que hubiera todo eso y algunas sorpresas más en la historia. Los cátaros, los interrogatorios, las torturas, las persecuciones y la superstición, formaban parte de aquel mundo, y no podían omitirse.


P.- ¿Se puede leer tu novela como una historia de aventuras que pudiera servir de base para una película de época?
R.-Supongo que no sería imposible de adaptar al cine, sí. Está muy documentada, todo lo que sucede es verosímil y recoge el espíritu de la época. Eso sería estupendo.


P.- Tú te diste a conocer por tus fantásticos blogs literarios de historia. Cuáles son y qué cuentas en ellos.
R.- Uno de ellos es "Cierto sabor a veneno", y está dedicado íntegramente al reinado de Luis XIV, sobre todo a la petite histoire, todas esas cosas que no suelen aparecer en los libros de texto. El otro, "De reyes, dioses y héroes", aborda temas históricos con carácter general, da igual la época o el lugar.


P.- Aunque aquella fue una época de esplendor cultural, de renacimiento de las artes. ¿Se puede decir que se vivía en un mundo cargado de dogmas religiosos, morales, de principios que resultaban terribles para la sociedad?
R.-Por supuesto. El Medievo fue, ante todo, tinieblas, oscuridad arrolladora que resultó más fuerte que la luz. El dogmatismo religioso hizo mucho daño. El arte estaba casi exclusivamente al servicio de la religión, y el sistema feudal propiciaba injusticias inimaginables. Y, sin embargo, cuando pienso en la Edad Media estoy convencida de que son sus tinieblas lo que más nos seduce y atrapa nuestra imaginación.


P.- ¿Cuál es el origen de esta novela?
R.-Está dedicada a mi amiga Mónica. Ella estaba enferma, y, como era una apasionada de la Edad Media, comencé a escribir esta historia para animarla y que tuviera alguna ilusión. Yo escribía esta novela y ella otra paralela sobre la familia de Guiomar de Ulloa, pero el proyecto se interrumpió porque Mónica empeoró. Yo tenía fe en que se recuperaría, pero nunca fue así. Mi pobre amiga falleció hace casi tres años. Era importante para mí conseguir terminar la historia y poder dedicársela un día.

http://www.mareditor.com/narrativa/leyenda_enmascarado.html



jueves, 19 de mayo de 2016

La vida de estudiante del marqués de Sade


Donatien Alphonse François de Sade no resultó un estudiante brillante durante los años de su formación en París, puesto que no se encuentra su nombre en las listas de premiados que cada año publicaba el colegio de jesuitas Louis-le-Grand, que su padre eligió para él por tratarse de la más prestigiosa institución académica de su tiempo. Allí se educaban tres mil estudiantes entre los que figuraban los vástagos de las más aristocráticas y poderosas familias del reino.

Con diez años de edad, no acudía solo a la capital: su padre contrató al abad Amblet como tutor, para que supervisara los estudios de Donatien. El sacrificio económico que suponía para la familia era enorme, pues la importancia de su linaje no se correspondía con la pobreza a la que habían quedado reducidos; sin embargo, era esencial para un miembro de la nobleza que su hijo pudiera contar con un tutor privado.

Los alumnos de familias más acomodadas residían en lujosas suites privadas, con espacio para alojar incluso a sus ayudas de cámara. Pero el padre de Donatien ya no podía alcanzar a tanto lujo, de modo que el niño no fue uno de los estudiantes internos. Probablemente vivió durante ese tiempo en el modesto apartamento del abad en la Rue des Fossés Monsieur le Prince.

En aquella época era costumbre fustigar a los alumnos. El libro de texto más importante del siglo, Manual de instrucciones para maestros cristianos, explicaba que, aunque debían evitarse los golpes en la cabeza y en el estómago, era necesario golpear las nalgas con la vara: “fomenta el buen comportamiento y debe utilizarse”.

Lycée Louis-le-Grand, París

Los jesuitas llevaban a cabo estos azotes con pródiga abundancia y considerable mano dura delante de toda la comunidad, una práctica que marcó el carácter de Donatien y sus inclinaciones sexuales. Sin embargo, a pesar de todo los jesuitas estaban considerados los mejores educadores que podían encontrarse, pues imponían una rutina menos piadosa que otras escuelas, reduciendo el tiempo de devoción a tres breves sesiones de oración diarias. Su misión era formar a la élite, al cuerpo de futuros dirigentes del Estado, a los que dotaban de una amplísima cultura. 

Cinco veces al año organizaban obras de teatro, óperas y oratorios, todo ello destinado a fomentar “la audacia y el criterio necesarios para hablar en público”, y a instruirlos para el posterior ejercicio de la abogacía y de la carrera eclesiástica. A menudo los bailarines y cantantes profesionales de la Ópera de París actuaban junto a los estudiantes, y esas obras atraían a un gran número de personas ajenas a la escuela, tanto nobles como burgueses. Solo podían participar los alumnos que obtuvieran las mejores notas, por lo que no es probable que Donatien haya figurado alguna vez en ellas.

Su rutina era espartana. La comida que ofrecía el colegio era, según testimonios, nauseabunda, y las camas de los internos solían estar infestadas de chinches. Su estancia en París supuso un alejamiento prácticamente total de la familia. Su madre, siempre fría y distante, se alojaba en un convento carmelita de la rue d’Enfer. Sin embargo, hubo otras mujeres en su entorno, damas de las que recibió el cariño que no pudo encontrar en su madre. Las primeras vacaciones de verano las pasó en el Château de Longeville, a unos 80 kilómetros al este de París, con Madame de Raimond, una antigua amante de su padre. De hecho, esta mujer se encariñó tanto con Donatien que a menudo se refería a él en sus cartas al conde de Sade como “nuestro hijo”, o “nuestro niño”, y él la llamaba “mamá”.

El padre del marqués

La dama tenía dos amigas, Madame de Saint-Germain y Madame de Vernouillet, que influirían en la vida emocional de Donatien apenas comenzar la adolescencia. La segunda, que también había sido amante de su padre, fue su primera pasión amorosa. Con solo trece años se enamorara perdidamente de ella, como cuenta Madame de Raimond en una carta:

“De verdad está enamorado de ella. Me hizo reír tanto que se me saltaron las lágrimas… Evidentemente experimentó sensaciones que no sabía expresar, lo cual le sorprendió y le enloqueció. Su confusión resultaba encantadora. Estaba enfadado, luego se quedó quieto, y después dio muestras de celos y otros signos del amor más tierno y cariñoso. Y su “amante” sin duda estaba emocionada y enternecida. Dijo: “Este niño es de lo más insólito”.

Al final de las vacaciones escolares rompió a llorar cuando se despidió de la que consideraba su mamá.

También Madame de Saint-Germain experimentaba sentimientos maternales hacia él, y lo invitó a pasar algunas temporadas en su casa solariega. Era tanto el cariño que sentía por el niño que a veces se negaba a devolverlo y rogaba que se lo dejaran un poco más de tiempo.

“Sí, disfruto queriendo a vuestro hijo. El tiempo, que todo lo consume, no hace más que incrementar mi pasión por él… Vuestro hermano ha intentado apartarlo de mí durante las dos últimas semanas. Me apena tanto que estoy desconsolada… ¿Seréis tan cruel como para privarme de mi niño y negarme el único placer que os pido de rodillas?”


Cuando Donatien se hizo adulto, su relación con estas mujeres continuó siendo afectuosa y profunda. Siempre quiso mucho a Madame de Saint-Germain. Una vez, décadas después, en una carta que escribió a su esposa desde la cárcel se refería a ella como “la única mujer del mundo a quien amo después de ti, a quien sin duda debo todo lo que un hijo puede deber a una madre”. Y en otra ocasión, interesándose por ella, decía: “Si ha muerto, no me lo digas, porque la amo, siempre la he amado mucho y nunca lo superaría”.

Durante su último año de estudios con los jesuitas, su padre tocó todos los resortes para encaminar a su hijo hacia la carrera militar. Donatien acababa de cumplir catorce cuando abandonó el colegio para inscribirse en una prestigiosa academia militar que lo formaría para servir en el regimiento de la Caballería Ligera de la Guardia del Rey, sin duda una de las unidades más elitistas. Tras veinte meses de instrucción, entraba en el regimiento a finales de 1755 con el rango de subteniente. 

Poco después, con solo quince años, iba a terminar abruptamente su infancia al entrar en batalla durante la Guerra de los Siete Años, cuando los franceses tomaron a los ingleses el puerto de Mahón, una de las fortalezas más inexpugnables de Europa. El teniente de Sade, al frente de cuatro compañías de granaderos, se distinguió en un asalto especialmente peligroso en el que perecieron más de 400 de sus compatriotas. La Gazette de París informaba:

"El marqués de Briqueville y el señor de Sade atacaron con energía el reducto de la reina y tras un acalorado y mortífero intercambio de fuego, consiguieron, mediante ataques frontales… tomar el objetivo y establecer una cabeza de puente."


lunes, 16 de mayo de 2016

Oferta y anuncio importante


Os comunico que hoy Amazon ofrece el kindle de La Corte del Diablo con unas ofertas exageradas en España, México y USA.

España: 1,19 €
México: 14 pesos
USA: $1.35

Vamos, regalado. No sabemos cuántos días durará. Nunca nos dicen nada, así que aprovechad antes de que recupere su precio habitual.

Anuncio también que ya faltan pocas semanas para la publicación de mi segunda novela, La leyenda del enmascarado, ganadora del Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica

La primera presentación está prevista para el 6 de junio, pero aún no me autorizan a mostrar nada ni revelar más datos.

Muchas gracias.


sábado, 7 de mayo de 2016

La musa de Botticelli


El 26 de abril de 1476 toda Florencia se conmueve al paso de un ataúd descubierto al que millares de personas despedían arrojando flores. En él viajaba una hermosa joven hacia su última morada: Simonetta Vespucci, nacida Cattaneo, esposa del florentino Marco Vespucci, amante de Giuliano de Médicis y musa del pintor Sandro Botticelli. Tenía tan solo 23 años.

Lorenzo el Magnífico, hermano de Giuliano, escribió sus recuerdos de aquel día:

“Llegó la noche, y fui a pasear con uno de mis mejores amigos hablando de la pérdida que todos habíamos sufrido. Mientras hablábamos, como el aire era extremadamente sereno, volvimos nuestra vista a las estrellas y noté una que brillaba hacia el oeste con tal esplendor que no solamente sobrepasaba todas las demás, sino que hacía que los objetos que interceptaban su luz produjeran sombra. Nos maravillamos ante esta estrella por un momento, y luego, volviéndome a mi amigo, le dije: “No hay de qué sorprenderse, puesto que el espíritu de aquella gentil dama ha sido transformado en esa nueva estrella que vemos, o se ha juntado a ella y, si esto es así, el resplandor de esa estrella no tiene que maravillarnos, y así como en vida su belleza fue un gran descanso para nuestros ojos, podemos confortarnos ahora con la visión de tal brillantez, y si nuestros ojos son débiles para soportar tal resplandor, roguemos al Dios que es su deidad darles fuerza de modo que, sin dañarnos los ojos, podamos seguir contemplándola”…

Simonetta y Giuliano representados por Botticelli como Venus y Marte

La oscuridad cae sobre sus primeros años de vida. El lugar que la vio nacer ha sido objeto de controversia. Poliziano afirma que nació en Liguria, “donde el furioso Neptuno golpea las rocas. Ahí, como Venus, nació entre las olas”. Pero otros, con criterios menos poéticos, proponen Génova, de donde era su padre. Fue allí donde residía Simonetta cuando en 1469, al acudir con sus padres a una iglesia, conoció al que sería su marido, un joven florentino de su edad, pariente de Americo Vespuccio, que se encontraba en la ciudad para estudiar en el Banco di San Giorgio, una de las principales instituciones bancarias europeas. Marco se enamoró al instante, para gran contento de la familia de Simonetta, pues era un buen candidato a su mano, muy bien relacionado con los Médicis.

Lorenzo el Magnífico organizó la boda en el palacio de Via Larga. Posteriormente ofreció un suntuoso banquete en la Villa di Careggi. Desde el primer día, Florencia entera caía rendida ante la belleza de la novia, que Lorenzo se detiene a describir:

“Su cutis era extremadamente claro, pero no pálido; rosado, pero no rojo. Su porte era serio, sin ser severo; dulce y placentero, sin asomo de coquetería o vulgaridad. Sus ojos vivos, no manifestaban arrogancia ni soberbia. Su cuerpo era finamente proporcionado, y entre las demás mujeres aparecía de superior dignidad. Paseando, bailando o en cualquier otro ejercicio, se movía con elegancia y propiedad. Sólo hablaba cuando era conveniente y emitía opinión con tal acierto que nada se podía añadir o quitar a lo que decía”. Y después añade esta perla: “Su intelecto era superior al que requiere su sexo, pero sin aparentar darse cuenta de ello y sin caer en el error, tan común entre las mujeres, que cuando sobrepasan el nivel resultan insoportables".

Él y su hermano Giuliano figuraban entre sus numerosos admiradores, y fue este último quien logró conquistarla.

Simonetta como Flora en La Primavera

En enero de 1475, Lorenzo organizó una gran fiesta. En teoría se trataba de celebrar una victoria diplomática de Florencia, pero a nadie se le ocultaba que era a Simonetta a quien estaban dirigidos los honores. Al son de la música, jóvenes de ambos sexos ricamente vestidos montaban hermosos caballos; caían lluvias de lirios y violetas; de trecho en trecho se erguían arcos triunfales adornados con guirnaldas; se arrojaban confites a la población mientras las antorchas iluminaban el crepúsculo. 

En la plaza de la Santa Croce se organizó un torneo en honor de Giuliano de Médicis. La reina de la belleza durante las celebraciones no podía ser otra que Simonetta. El joven enamorado, Giuliano, hizo que su escudero desfilara con un estandarte sobre el que Botticelli la había representado como Minerva junto a Cupido. Como lema, La Sans Pareillle. 

Los poetas le dedican sus versos; Poliziano alude a ella a propósito del nacimiento de Venus, y Botticelli lleva al lienzo esa imagen: 

“Por los céfiros lascivos empujada / veríais la diosa que del mar salía / exprimiendo cabellera remojada / mientras el pecho la cubría”.


También fue Simonetta su musa al pintar La primavera, un cuadro que se cree encargado por el propio Lorenzo para su casa de Florencia. Cuentan que Botticelli se inspiró en el lema que llevaba Lorenzo en el torneo: Le temps revient

Otros artistas encontraron inspiración en su belleza. Tal fue el caso de los hermanos Ghirlandaio y de Piero di Cosimo, que la retrató como Cleopatra con un áspid alrededor del cuello.

Antes de que Botticelli pudiera terminar de pintar El nacimiento de Venus, ella sucumbía a la tuberculosis. Simonetta pasó sus últimos días junto al mar en Piombino, frente a la isla de Elba, cuyos aires le habían recomendado los médicos para aliviar su enfermedad. Cada día su cuñado se encargaba de hacer salir un correo que llevara a los Médicis noticias acerca de su evolución.

Botticelli nunca la olvidó: todas las mujeres que pintó en adelante tenían los rasgos de Simonetta. Y cuando él murió, 34 años después, su última voluntad fue que lo enterraran a los pies de su sepulcro en la iglesia de Ognissanti.



jueves, 28 de abril de 2016

El apodyterium y las tablillas de maldición


En las termas romanas y también en los edificios destinados a albergar espectáculos públicos había una sala junto al pórtico de entrada que hacía las veces de vestuario. Esta sala, el apodyterium, contaba con una bóveda de cañón y su suelo aparecía decorado con mosaicos, si bien su ornamentación no solía ser tan rica como la del vecino tepidarium. Había bancos de piedra adosados a los muros y hornacinas decoradas en las paredes, para guardar la ropa y el dinero de los ciudadanos. 

No se permitía pasar del apodyterium con la ropa aún puesta, pero en tiempos muy antiguos los romanos se mostraban pudorosos a la hora de desvestirse en las termas; no lo hacían por completo, sino que se bañaban con una especie de calzoncillo llamado subligamentum; sin embargo, a partir del siglo II a. C. comenzaron a desnudarse, tarea en la que eran ayudados por esclavos. Los romanos más acaudalados podían llevar más de un esclavo, pues hacer ostentación en los baños era una de las formas de mostrar el status social. Ellos llevaban los artículos para el aseo con toda la parafernalia: las sandalias, las toallas de lino, aceites, perfume, esponja y todos los utensilios para frotar la piel. Sus funciones podían incluir incluso la de dar masajes.

Los nichos de la pared podían cerrarse mediante puertas de madera, pero a veces carecían de ellas, por lo que los robos eran frecuentes. Para evitarlos, los romanos llevaban consigo a algún esclavo que vigilara sus pertenencias, o bien contrataba sus servicios dentro del propio establecimiento. 


En las termas excavadas en Pompeya hay un escalón bajo frente a los bancos, y en uno de los lados de la habitación se abre una cámara pequeña que pertenecía al capsarius, es decir, el guardián de las ropas de los bañistas. El término capsarius deriva de capsa, nombre dado al armario donde se guardaban cosas de valor.

Pero el capsarius era con frecuencia deshonesto, y se aliaba con los ladrones. En Roma el problema llegó a ser de tal magnitud que fueron precisas leyes muy severas para tratar de atajarlo. El delito de robo en los baños llegó a ser considerado muy grave.

Si se producía, el ciudadano tenía el recurso de apelar a alguno de los dioses en demanda de reparación. Se escribía una maldición contra el ladrón en una tableta y se hacía una ofrenda a la divinidad que se esperaba que interviniera. En el antiguo balneario de Bath, Inglaterra, se encontraron 130 de estas tabletas. En una de ellas se lee: 

“Solinus a la diosa Sulis Minerva. Ofrezco a tu divinidad y majestad mi túnica de baño y mi capa. No permitas que el que me ha dañado duerma ni tenga salud, sea hombre o mujer, libre o esclavo, a menos que confiese y devuelva a tu templo lo robado”. 

Otra de ellas solicita justicia de este modo: 

“Docimedis ha perdido dos guantes y pide que el ladrón responsable pierda mente y ojos en el templo de la diosa.”


La mayoría de estas tablillas de Bath están dirigidas a Sulis Minerva, fusión de la diosa latina con otra divinidad celta, pero en general están destinadas a las divinidades infernales, y también se pueden encontrar algunas en las que no aparece invocado ningún dios. Otras 80 se han hallado en un templo dedicado a Mercurio en West Hill, Uley. 

Las tablillas de maldición no solo tenían por objeto el castigo de los ladrones en los baños públicos, sino que abarcaban una amplia gama de peticiones relacionadas con el afán de venganza: alguna desea incluso la impotencia a un rival comercial. 

Generalmente se escribían sobre finas hojas de plomo, aunque cualquier tipo de material era válido. Contienen a veces fórmulas mágicas intraducibles. Se situaban en diversos lugares: podían ser arrojadas a un manantial, hallarse en el fondo de una fuente, bajo tierra o en algún hueco en los muros, incrustadas en las paredes de los templos, enrolladas, dobladas o clavadas. También podían depositarse en una tumba cuando se solicitaba la intercesión del difunto. Como conjuros de amor, debían ser colocadas en el interior de la casa de la persona amada. A veces aparecen junto a unas figuritas que se pretendía que guardaran un parecido con la persona a la que se pretendía maldecir, y que se solían representar atados de pies y manos.

Las tablillas de maldición también se han hallado en diversos puntos de la península Ibérica, como Córdoba, Sevilla, Málaga, Jaén, Cuenca o Sagunto.


jueves, 21 de abril de 2016

MONTSERRAT SUÁÑEZ, PREMIO ALEXANDRE DUMAS DE NOVELA HISTÓRICA


"La obra "La leyenda del enmascarado" de la escritora gijonesa Montserrat Suáñez ha resultado ganadora en el IV Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica, elegida entre 136 novelas provenientes de 19 países."

Acaba de ser notificado el fallo y esto es todo cuanto puedo contar por ahora. La emoción no permite más. Mejor dejo el enlace para que vean la noticia:


La novela se publicará próximamente, en fecha aún por determinar.

Muchísimas gracias.

Montserrat Suáñez





martes, 19 de abril de 2016

Carlos V y los comuneros: Villalar


Los comuneros, desesperados ante el giro que toman los acontecimientos, comprenden que solo hay un hombre que aún puede salvarlos: Juan de Padilla, y envían en su busca a Toledo.

—Señor, Valladolid os necesita. Socorrednos, buen capitán, porque por el amor que todos os tenemos, estamos seguros de que lo que don Pedro Girón perdió por cobardía vos lo ganaréis con vuestra lanza.

Juan despidió a los enviados. Quería reflexionar. El bravo guerrero, amado por su pueblo más allá de toda medida, aquel hombre bajo cuya bandera se alistaban multitudes sin pedir precio alguno, ocultaba al mundo una gran debilidad: su indecisión. Sentía dudas y escrúpulos a la hora de actuar; era lento en la toma de decisiones. Pero finalmente decidió acudir a la llamada.

Llegado a Valladolid, comienza a organizar el ejército a toda prisa. El pueblo, unánimemente, lo consideraba su capitán general, aunque la Santa Junta se inclinaba por Pedro Laso de la Vega. Esto era una muestra de las envidias e incongruentes rivalidades que sacudían a los dirigentes del movimiento comunero.

Torrelobatón

Padilla veía claramente que debía tomar la fortaleza de Torrelobatón, villa del almirante situada estratégicamente entre Tordesillas y Medina de Rioseco. Así dominaría el camino por donde las tropas del condestable hubieran podido, desde Burgos, unirse a las del conde de Haro. 

El 21 de febrero de 1521 llegaba a Torrelobatón. Hizo creer a los imperiales que se dirigía a atacar Medina de Rioseco, con lo que sorprendió a la guarnición y en seis días tomó la plaza fortaleciendo de nuevo la causa. Los gobernadores se avienen a negociar y se impone una tregua.

Ambos bandos, con Pedro Laso en representación de la Santa Junta, dialogan en el monasterio de Santo Tomás, y los gobernadores se comprometen a respaldar a los rebeldes en todo aquello que no vaya directamente en contra del rey. Padilla está satisfecho, pero quienes pretenden derrocar a Carlos son mayoría, y no se alcanza ese acuerdo. Es entonces cuando Laso abandona la causa.

Los imperiales hacen traer artillería desde Málaga, pero el conde de Salvatierra, que había reunido un ejército de varios miles de hombres, se apodera de gran parte de ella para los comuneros y destruye la que no puede llevarse. Se intenta entonces reclutar hombres en Aragón para la causa del rey, pero los aragoneses se muestran solidarios con los rebeldes castellanos. Finalmente el único refuerzo que reciben los imperiales es el que envía el nuevo virrey de Navarra.

Carlos I de España y V de Alemania

Mientras tanto los comuneros, inactivos tras la toma de Torrelobatón, se dedicaban en muchos casos al pillaje. Eran gente humilde que, al verse súbitamente enriquecidos con el producto de estas correrías, desertaban para regresar a sus casas con el botín. El ejército de Padilla se hacía cada vez más pequeño, de suerte que el capitán comenzaba a considerar escasas sus posibilidades de victoria. Racionalmente sabía que debía recuperar Tordesillas, lanzar un ataque fulminante; pero Padilla volvía a dudar. Segovia y Salamanca le habían enviado refuerzos al mando de Juan Bravo y Francisco Maldonado, y aun así él continuaba sin moverse. Ya no estaba seguro de que aquella fuera su causa. Sus compañeros alentaban posturas extremistas que él no compartía, y si seguía adelante estaría contribuyendo al derrocamiento del rey.

Era el 21 de abril. El ejército imperial había tomado Becerril de Campos, y los dos grupos de tropas del rey se unen en Peñaflor, cerca de Torrelobatón, donde Padilla continúa encerrado. Los comuneros celebran un urgente consejo de guerra. Bravo era partidario de abandonar la plaza lo más deprisa y en secreto posible y refugiarse en algún lugar seguro a esperar refuerzos, de modo que se decidió dirigirse a Toro. Dos días más tarde, al amanecer, se ponían en marcha, pero la noticia de su escapada llega pronto a las tropas imperiales. El condestable sabe que no podrán alcanzarlos con la infantería, pero envía contra ellos a la caballería, que pronto comienza a hacer estragos entre sus filas.

Arreciaban persistentes las lluvias de abril, y los soldados se hundían en el barro hasta la rodilla. Era un infierno de lodo en el que apenas lograban avanzar. De este modo llegaron a la vista de Villalar, tan desamparados que incluso habían perdido la artillería. Al ver aquel pueblo tan cerca, los comuneros acaban por perder el escaso temple que les queda: la mayoría de ellos, con los nervios deshechos, tan solo podían pensar en alcanzar cuanto antes aquel lugar. Se atropellaban los unos a los otros en su desesperado afán sin que sus capitanes pudiesen imponer orden. Tal era el pánico que se había apoderado de la tropa que, ante la inminencia del desastre, algunos soldados se quitaban la cruz roja que era su distintivo y la cambiaban por la blanca imperial. Todo estaba perdido, pero Padilla aguantó hasta el final con unos pocos leales que calaron sus picas para resistir un nuevo ataque de la caballería mientras los demás huían en desbandada. A mediodía de aquella jornada de San Jorge el sueño comunero había terminado para siempre.


A la mañana siguiente apenas unos cuantos curiosos se atrevían a abandonar sus hogares para contemplar el paso de las carretas que llevaban a Padilla, Bravo y Maldonado, maniatados, hasta el lugar de la ejecución. Por el camino iba proclamando el pregonero que morían por traidores.

—¡No por traidores —exclamó Bravo—, sino por defender las libertades del reino!

—Tened paciencia, señor Juan Bravo —le dijo Padilla—, que ayer peleamos como caballeros y hoy hemos de morir como cristianos.

Comenzaba a llover cuando subieron al cadalso. Primero fue el turno de Juan Bravo, que tras recibir la bendición del sacerdote y besar la cruz, puso dócilmente la cabeza sobre el tajo. Por fortuna el verdugo fue diestro y bastó un solo golpe para que rodase sobre la tarima. Después llegó el momento para Padilla.

Castilla lloró al conocer la noticia. Valladolid se apresura a solicitar el perdón de los gobernadores, y después también lo hace Medina del Campo. Solo había un lugar que no cedería: Toledo, donde se encontraba María Pacheco, la viuda de Padilla.

María Pacheco recibe la noticia de la muerte de su esposo

La comunera no tenía intención de rendirse. Solicitó una tregua que aprovechó para reparar las murallas, aprovisionarse y reclutar nuevos soldados. Después de eso no dejó de lado ningún medio para sostener la plaza. Se llegó a tomar el oro y la plata de las iglesias en la implacable rebeldía de María Pacheco. 

Ella era infatigable, pero los toledanos comienzan a cansarse de aquella lucha sin esperanza. El arzobispo de Bari entra en la ciudad y logra atraerse la voluntad del clero para la causa del emperador, que encuentra también apoyo en algunos de los caballeros. Puesto que María había convertido aquella fortaleza en impenetrable, la única solución era provocar una revuelta interna que abriera las puertas al enemigo. El arzobispo lo logra, y así es como pueden entrar las tropas.

El mayor deseo del rey es atrapar con vida a la viuda de Padilla, pero su afán se ve frustrado, porque María logra escapar hacia Portugal con su hijo de corta edad, disfrazada de labradora, burlando así al ejército que entraba en su busca.

María de Pacheco conseguiría llegar al vecino reino y ponerse a salvo, puesto que el rey de Portugal, haciendo gala de su eterna caballerosidad, se negó a entregar a los comuneros que se habían refugiado en sus dominios. Años más tarde un español encontraría en Oporto un sepulcro con el siguiente epitafio:

“María, de alta casa derivada, de su esposo vengadora, honor del sexo, yace aquí enterrada.”

La comunera reposaba allí, puesto que Carlos V había negado su autorización para que sus restos fueran trasladados a Villalar para ser depositados junto a los de su esposo.

Si preguntas mi nombre, fue María,
Si mi tierra, Granada; mi apellido
De Pacheco y Mendoza, conocido
El uno y el otro más que el claro día
Si mi vida, seguir a mi marido;
Mi muerte en la opinión que él sostenía
España te dirá mi calidad
Que nunca niega España la verdad.

(Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, hermano de María)