martes, 29 de noviembre de 2016

Decio, emperador de Roma


Gayo Mesio Quinto Trajano Decio fue uno de los muchos emperadores romanos de origen ilirio. Nació en la Baja Panonia, en la actual Hungría, en el año 201. Antes de llegar al trono había acaparado importantes honores y dignidades: fue senador, cónsul, gobernador de la Hispania Tarraconense y prefecto urbano de Roma, además de comandante de las legiones en la región del Danubio en tiempos de Filipo I. Era esencialmente un soldado, y fueron precisamente las legiones las que, supuestamente en contra de su voluntad, lo proclamaron emperador aún en vida de Filipo, a cuyas tropas hubo de enfrentarse cerca de Verona. Caído este en la batalla y asesinado su hijo por la guardia pretoriana, Decio fue reconocido por el senado.

El nuevo emperador reparó el Coliseo y las calzadas en todo el Imperio, devolvió el poder al senado y restableció la censura, proponiendo como candidato a censor a Valeriano, el futuro emperador; pero este, consciente de los problemas que conllevaba el cargo, declinó el honor. Además Decio trató de asegurarse la sucesión asociando al trono como césares a los dos hijos habidos de su matrimonio con Herenia Etruscila, a la que concedió el título de Augusta.

Una de sus primeras decisiones fue recuperar los viejos cultos y fortalecer a los dioses de Roma, que representaban los valores tradicionales y el modo de mantener un Imperio unificado. Esto se tradujo en una feroz persecución contra los cristianos, a los que trató de obligar a participar en estos cultos y a adorar a su propia figura en todos los rincones del Imperio. Los cristianos ponían en cuestión la adoración al emperador, y Decio consideraba que la base principal de la unidad del Imperio era precisamente esa. Llevaba tan solo unos meses de reinado cuando, en enero del año 250, promulgó un edicto que ordenaba la supresión del cristianismo. Todos tenían que presentar un libelo, es decir, un documento que certificaba que se habían realizado los sacrificios y ofrendas requeridos y que, por tanto, eran fieles a la religión romana. El que se negara, podía ser torturado, desposeído y ejecutado, dejando el castigo a discreción del juez; aunque algunos magistrados corruptos se mostraban tolerantes con los cristianos ricos que podían comprar con oro falsos certificados.


Es en ese mismo año cuando se registra la primera acción bélica de los godos contra los romanos. Venían conducidos por Cniva, un ejército de 70.000 hombres que atravesó el Danubio, entró en Serbia y asedió Nicópolis. Decio acudió con gran cantidad de tropas y los hizo retirarse, pero solo como una estrategia de los godos, que poco después caían por sorpresa sobre los romanos y saqueaban su campamento. El emperador huyó ante los bárbaros, una humillación a la que Roma no estaba habituada.

Cniva continuó su campaña y asedió Filipópolis. Su defensor, Prisco, les abrió las puertas y se proclamó emperador con el apoyo de sus nuevos aliados, una ambición que pronto fue segada por los mismos godos, que lo asesinaban poco después. 

Decio acudió de nuevo a su encuentro y tuvo lugar una terrible y sangrienta batalla en junio del año 251 en territorio búlgaro. Los historiadores romanos dicen que los godos dejaron treinta mil cadáveres sobre el campo de batalla, pero no mencionan cuántos dejaron los romanos, que, puesto que resultaron derrotados, debieron de perder aún más hombres. Tras caer la ciudad en manos de los godos, cien mil personas fueron asesinadas, pero, entretenidos en el saqueo, no contaron con el regreso de Decio, dispuesto al desquite. Aunque Cniva trató de comprar un armisticio y ofreció abandonar la plaza sin cautivos ni botín, el humillado emperador quiso darles un escarmiento y no les permitió retirarse sin luchar. 

Decio había colocado a sus espaldas a Treboniano Galo, su mejor general, pero según el historiador Zósimo, Galo lo traicionó, y entonces fue el emperador quien se encontró atrapado en medio de unas tierras pantanosas. Sin embargo, esta versión ha sido puesta en cuestión por muchos estudiosos.


El hijo del emperador, Herenio Etrusco, cayó mientras dirigía un ataque. Decio lo supo, pero, sin dejar de luchar, se limitó a comentar:

—Uno menos.

Poco después también él perdía la vida allá en Abrito con casi todo su estado mayor. Su cadáver nunca fue recuperado.

Galo, que le sucedió en el trono, compró a los godos aquella paz que Decio no había querido venderles. El nuevo emperador adoptó a Valente Hostiliano, el hijo menor de Decio, como emperador conjunto, casó a su hijo Volusiano con una hermana de Valente y se comprometió a pagar a los godos una suma que los romanos llamaron subsidio y los godos, en cambio, tributo.

Cniva regresó a sus tierras con un buen botín y con la certeza de la debilidad de un Imperio que hasta entonces había parecido invencible. A partir de ese momento los godos ya no dejarían de codiciarlo.


Muchas gracias a cuantos compartisteis con nosotros esas maravillosas jornadas literarias en Sevilla y a cuantos asististeis a la presentación de “La leyenda del enmascarado”. Se agotaron los ejemplares y no alcanzaron para todas las personas que querían llevarse la novela. Para los sevillanos que aún sigan interesados, el domingo entré en La Casa del Libro de Sevilla y vi que lo tienen. 


Gracias a la organización de la feria por haberme invitado a participar de algo tan bonito, y en especial a Elena Marqués. Y, por supuesto, gracias a Jose Ardna y a los amigos sevillanos que me brindaron su hospitalidad.



sábado, 12 de noviembre de 2016

La mujer ante la ley de Roma


En torno al siglo III a.C. hubo en Roma infinidad de procesos en los que se acusaba a mujeres de comportamiento impúdico. Entre ellos, dos alcanzaron gran repercusión. El primero tuvo lugar en el 295 a. C., cuando, según el relato de Livio, varias matronas fueron acusadas de mantener relaciones sexuales ilícitas. La condena consistió en el pago de una multa con la que se erigió un templo a Venus Obsequens para aplacar la ira de los dioses.

Otra divinidad que intervenía en las desavenencias conyugales era Viriplaca, “la que aplaca a los hombres”. Según nos cuenta Valerio Máximo, “cada vez que marido y mujer discutían, iban al pequeño santuario de la diosa Viriplaca en el Palatino, y allí, después de decirse lo que querían, deponían su enojo y volvían a casa reconciliados. Se dice que esta diosa debe su nombre a que consigue calmar a los maridos. Era objeto de gran veneración como guardiana de la paz doméstica, y tal vez también obsequiada con los mejores y más exquisitos sacrificios, ya que con su advocación expresa, sin pretender herir la igualdad del mutuo amor, el respeto que las mujeres han de tributar a sus maridos”.

A veces también se veneraba su estatua en el interior de las casas, cuando la desavenencia no era de tal envergadura que requiriera desplazarse hasta el Palatino. Sin embargo, la diosa fue perdiendo importancia con el transcurso del tiempo, y a finales de la República los divorcios aumentaron considerablemente.

El segundo gran proceso por la misma causa fue en el 213 a. C., también contra varias matronas. En esta ocasión la pena fue más severa y hubieron de partir al exilio.


Ambos fueron celebrados por los ediles curules, que eran los magistrados con competencia sobre los burdeles. Sin embargo, no se trataba de casos de prostitución, que no estaba perseguida por la ley penal, sino de comportamientos excesivamente licenciosos para el gusto romano, y que no habían podido ser corregidos. Es posible, incluso, que muchas de esas mujeres vivieran solas, sin el control de unos familiares, puesto que era potestad del marido y del padre matar a la mujer casada que hubiese cometido adulterio, sin necesidad de juzgarlas, siempre que el crimen tuviese lugar en un arrebato inmediato. Augusto añadió el adulterio a la lista de delitos que debían ser juzgados por tribunales públicos, restringiendo severamente el derecho de los parientes varones a castigarlo. Los emperadores posteriores no siempre iban a respetar esta decisión: Tiberio dejó el castigo de Apuleia Varilla en manos de su familia.

Es posible que la diferencia en el rigor con el que fueron tratadas las mujeres en ambos procesos se debiera a que en el primer caso las matronas acababan de participar en la fiesta Vinalia Rustica, un festival de la vendimia celebrado el 19 de agosto en honor precisamente de Venus Obsequens, y esto se consideraría una atenuante. Venus era precisamente la patrona del vino destinado al consumo humano, mientras que Júpiter era la divinidad del destinado a los sacrificios, así como de las condiciones climatológicas de las que dependía una buena cosecha. Prostitutas y no prostitutas se daban cita en el santuario de Venus Erycina, probablemente en ceremonias separadas en aras de la decencia, para ofrecer a la diosa incienso y manojos de rosas en los que ocultaban mirto, menta y juncos, a cambio de lo cual solicitaban belleza y encanto.


En el segundo de los procesos, y aunque parezca sorprendente, el motivo de la intervención de los magistrados podría radicar en el peligro cartaginés, puesto que los romanos solían atribuir las desgracias y catástrofes a la inmoralidad femenina. Creían que los dioses les enviaban señales que se manifestaban mediante acontecimientos inexplicables o prodigia, para que, al verlos, pudieran buscar a los culpables y castigarlos. En aquel tiempo había llovido tierra en muchos lugares, un rayo había fulminado a unos cuantos de sus soldados y unos años antes habían muerto muchos sacerdotes que ocupaban cargos públicos, todo lo cual se interpretaba como avisos de la divinidad. Consultados los libros sibilinos, la acusación recayó sobre las matronas de comportamiento licencioso.

En el 337 a. C., Minucia, la primera vestal plebeya, fue hallada culpable de adulterio y condenada, como era la tradición, a ser enterrada viva. Y en tiempos del emperador Domiciano hubo dos procesos a vestales. 


Las mujeres también podían cometer delitos de traición a la patria, por los que merecían la condena a muerte basándose en la tradición que contaba cómo la vestal Tarpeya había traicionado a Roma abriendo las puertas al enemigo. Como castigo, Tarpeya fue arrojada al vacío desde la roca que aún lleva su nombre. Pero no parece que hubiera otros casos de traición femenina más allá de aquellos legendarios de Tarpeya y de Horacia.

El homicidio, en cambio, se trataba de un delito que las mujeres cometían con frecuencia, y en especial mediante el recurso al veneno. En el año 331 a. C. hubo un proceso en el que se condenó a 160 mujeres por envenenadoras, nada en comparación con otro que tuvo lugar en el 180 a.C. y que terminó con más de dos mil condenadas. 

Parece imposible que más de dos mil mujeres de Roma fueran culpables al mismo tiempo, pero para hombres como Catón, todas las mujeres son adúlteras y “no existe en Roma una adúltera que no sea envenenadora”. 

Lo cierto es que, desde la más remota antigüedad, eran ellas quienes recolectaban y aprendían las propiedades de las hierbas, con las que preparaban medicinas destinadas a curar fundamentalmente enfermedades de tipo ginecológico. Macrobio nos habla de una farmacia dentro del templo de la diosa Bona Dea donde se guardaban las hierbas de las que se servían las sacerdotisas para la elaboración de los medicamentos. Estos conocimientos eran útiles para provocar un aborto sin conocimiento del marido, algo castigado con el repudio, pero también podían emplear las propiedades de las hierbas para fabricar venenos o filtros de amor, dado que creían en las prácticas mágicas. Era suficiente para sembrar el recelo en los hombres, que siempre sospechaban de ellas. 

Pero a veces resultaban condenadas por haber intentado poner freno a una epidemia distribuyendo productos que consideraban eficaces. En esta ocasión se había declarado una de esas plagas que se propagó por toda Roma, causando la muerte de muchos personajes ilustres. La investigación concluyó que las más de dos mil mujeres habían envenenado a sus parientes masculinos bajo la influencia de los rituales del culto a Baco, en los que se entregaban al desenfreno.

Los romanos no veían bien que las mujeres bebieran vino si no era por prescripción médica. La sociedad no se volvió más tolerante al respecto hasta el siglo II a. C. Con anterioridad, la ley decía que si una mujer bebía vino en casa, debía ser castigada como una adúltera. Solo les permitían beberlo cocido, muy ligero, o condimentado y mezclado. Valerio Máximo nos cuenta el caso de un romano que mató a palos a su mujer a la que sorprendió bebiendo, una actitud que se encontró perfectamente comprensible. Un marido, en efecto, podía matar a la esposa o divorciarse de ella si descubría que bebía vino. Para asegurarse de que no lo había hecho, la besaba en la boca. La prohibición era tan tajante que las mujeres ni siquiera podían guardar las llaves de la bodega, y hacerlo también podía acarrear la muerte. 

A la hora de aplicar la pena capital, en teoría apenas había diferencias entre hombres y mujeres, excepto si la mujer estaba embarazada, pues en ese caso se aplazaba la ejecución hasta después del parto; pero en la práctica rara vez se las ejecutaba en público. Una posibilidad era dejarlas morir por hambre, y otra era el estrangulamiento, aunque no en la prisión, sino en sus casas y a manos de sus familiares, a los que eran entregadas. Tal suerte corrieron en el año 150 Publilia y Licinia, acusadas de haber envenenado a sus maridos, ambos cónsules. Lo habitual era que solo se las ajusticiara en público si no había un familiar idóneo para llevar a cabo la tarea. Pero en el caso de las vírgenes culpables de algún delito, la ley no permitía el estrangulamiento, por lo que, según Suetonio, el emperador Tiberio hacía que el verdugo las violase antes de estrangularlas.


Para los varones, en cambio, la forma de morir dependía del delito. Si mataban a un patricio o al propio padre, eran arrojados al río, con los ojos vendados por ser indignos de ver la luz, y metidos en un saco. Previamente eran azotados en el campo de Marte, lugar al que eran arrastrados entre la plebe, con una capucha de piel de lobo y zuecos de madera, mientras recibían el impacto del estiércol que el populacho arrojaba a su paso. Meter a un hombre en un saco simbolizaba que se le hacía regresar al seno materno, como si nunca hubiera nacido. En un principio se introducía solo al prisionero, pero más adelante metían con él una serpiente, a la que se llegó a añadir un mono, un perro y un gallo.

La crucifixión se aplicaba a los esclavos, y por eso Séneca la llamaba supplicium servile. Más tarde se extendió a libertos, rebeldes, piratas y enemigos y criminales especialmente odiados. Una mujer podía morir en la cruz igual que un hombre, y también igual que ellos debía desnudarse por completo. Por eso se consideraba la forma más humillante de morir, y una pena no aplicable a un ciudadano romano.



(Todas las imágenes están en dominio público, y proceden de mi propia cuenta de pinterest: https://es.pinterest.com/dianademeridor/)

lunes, 7 de noviembre de 2016

Rotario, rey de los lombardos


Según la Crónica de Fredegardo, a la muerte del rey Ariolaldo sin hijos varones, la nobleza lombarda, que no se ponía de acuerdo para designar a un sucesor, invitó a su viuda a elegir otro esposo que se convertiría en el nuevo soberano, igual que había hecho su madre antes. A pesar de la oposición de muchos grandes, Gundiperga eligió a Rotario, hasta entonces duque de Brescia, y le propuso repudiar a su esposa para casarse con ella y ceñir la corona. Desde un punto de vista estratégico, la elección era oportuna: el territorio de Brescia se encontraba próximo a los controlados por Bizancio, por lo que constituía una base importante para las incursiones lombardas en un momento en el que se intensificaba la amenaza bizantina.

Aceptada por Rotario una propuesta que llevaba aparejada tan generosa recompensa, se celebró la ceremonia en Pavía, la capital del reino, y los recién casados fueron a pasar esos primeros días de su matrimonio en un castillo vecino, a orillas del río Po. Pero pronto la unión resultó ser desastrosa. El principal motivo de disensión fue religioso: ella era católica y él arriano. Al cabo de unos meses Rotario acusó a su esposa de tramar un complot, la recluyó en sus aposentos y se rodeó de una notable cantidad de concubinas. Vivía públicamente con una de ellas e incluso con su anterior esposa, a la que había permitido retener la dignidad real. 

Gundiperga permaneció prisionera durante cinco años, hasta que su pariente Clodoveo II, rey de los francos, intervino como mediador en su favor y logró su liberación. La reparación fue total, y la reina volvió a sentarse en el trono junto a su esposo, que le devolvió cuantas propiedades le había confiscado.


Rotario contaba unos treinta años al ceñir la corona lombarda. Pasó a la historia como un rey prudente y poderoso, de costumbres licenciosas y sumamente enérgico. Al comienzo de su reinado, que se prolongó entre el 636 y el 652, condenó a muerte a muchos nobles insurrectos, pero su principal acto como gobernante fue dar a su pueblo las primeras leyes escritas. Anteriormente los lombardos se regían por viejas costumbres que pasaban de forma oral de padres a hijos y que se fundamentaban en la llamada “faida” o venganza privada de tipo mafioso. Mediante la faida, un particular tenía derecho a obtener satisfacción a una ofensa o daño vengándose de su enemigo. Hacía más de 70 años que los lombardos se habían asentado en suelo italiano, y aquel código primitivo que les había servido durante su vida nómada necesitaba ser reformado. Era una condición imprescindible para alcanzar un grado de civilización aceptable. Francos, visigodos y anglosajones ya poseían sus propios códigos. Había llegado el momento de compilar las leyes lombardas.

El 22 de noviembre del 643, el rey publicó un edicto que lleva su nombre. Como no sabía leer ni escribir, hubo de dictarlo a Ansoaldo, el escriba que lo compiló en un latín que dejaba bastante que desear y que contenía abundantes palabras lombardas latinizadas. Se trataba un código de normas civiles y penales que fijaba las tarifas debidas por el ofensor a modo de reparación. Se estipulaban minuciosamente las cantidades a pagar por cada ofensa. Esta tarifa, llamada guidrigildo, sustituía a la faida. En adelante los litigios se solventaron pagando, pero, eso sí, las penas se fijaban según el rango del ofendido. 

El edicto, compuesto por 388 capítulos, fue aprobado en el gairethinx o reunión del ejército convocada por Rotario, en una ceremonia en la que los guerreros mostraban su aceptación golpeando sus escudos con las lanzas, según la vieja costumbre germánica. 


La obra está dividida en tres partes. La primera se refiere a los delitos contra el rey y contra el pueblo o personas particulares; la segunda regula las herencias y derecho de familia, y la tercera los delitos contra la propiedad y la prueba ante los tribunales. Pero estas leyes no se aplicaban a la población romana sujeta al dominio lombardo, que continuaban rigiéndose por el Digesto promulgado por Justiniano.

El edicto de Rotario protege principalmente a la aristocracia militar. Matar, golpear, desarmar a un guerrero o afeitarle la barba se consideran delitos muy graves. Y es que los lombardos eran un pueblo de carácter esencialmente militar, formado por guerreros llamados arimanes. Dentro de estos, los más importantes eran los adelingos, descendientes de antiguas tribus germánicas que constituían la nobleza. Entre ellos se encontraban los duques, los galstads o condes y el propio rey, y tenían infinidad de privilegios. Las tierras arrebatadas a los romanos eran cultivadas por los esclavos y los aldios, en cuyas manos estaba también el comercio. Los aldios eran bárbaros que los lombardos habían ido alistando antes de llegar a Italia. Al igual que los adelingos, eran libres y tenían derechos, pero solamente civiles, porque, al no formar parte del ejército, carecían de derechos políticos y quedaban excluidos de la asamblea de guerreros, que era el órgano supremo.

No se permitían los matrimonios mixtos. El edicto prohibía que una mujer soltera o viuda se casara con un hombre de condición servil, es decir, no lombardo. La desobediencia podía suponer la pena de muerte para el hombre y el destierro para la mujer, que también se arriesgaba a ser vendida o asesinada por su propia familia. El edicto aplicaba la pena capital a los esclavos que golpeaban a sus dueños, los traidores, los amotinados y los desertores, además de las mujeres que mataban o traicionaban a sus esposos. Si era el marido el que mataba a su mujer, en cambio, solo pagaba una multa; pero, eso sí, tan alta que el asesino acababa condenado a trabajos forzados por no poder abonarla.


El edicto también preveía que un padre no podía desheredar a su hijo excepto por determinados crímenes especialmente graves.

La administración de justicia no se inspiraba tanto en el derecho romano como en las antiguas ideas tribales. Los lombardos se defendían de una acusación mediante el juramento, las ordalías y el duelo. El juramento podía imponerlo tanto el acusado como el acusador, se prestaba sobre los Evangelios y contemplaba el derecho a retractarse por parte de quien previamente se había declarado culpable.

Para asuntos más graves, en lugar del simple juramento se recurría al juicio de Dios, es decir, la ordalía. El ofendido y el acusado comparecían ante un juez en el atrio de una iglesia. Después de celebrarse una misa cantada, se disponía una gran olla con agua hirviendo y el sacerdote decía:

—Señor, haced que quien meta la mano en esta olla siendo inocente, pueda retirarla sin daño. Yo te bendigo, oh agua que hierves al fuego, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El acusado sumergía entonces su mano en la olla y se entendía que en caso de sufrir quemaduras quedaba demostrada su culpabilidad.

En cuanto al duelo, era un procedimiento muy socorrido. Se celebraba a campo abierto, en un terrero cercado mediante cuerdas. Se leía un bando advirtiendo a los presentes de las penas que sufrirían si provocaban desórdenes o entorpecían el combate, pues estaba prohibido hablar o dar muestras de entusiasmo mientras durase. La derrota era señal de culpabilidad, y al perdedor se le amputaba la mano derecha.


Los combatientes, al igual que los que se sometían a la ordalía, no podían llevar amuletos ni ninguna clase de encantamiento orientado a favorecerlos en la lucha. Y es que los lombardos eran un pueblo muy supersticioso que creía en las brujas y adoraba a las víboras, algo que el rey trató en vano de eliminar.

Rotario murió en el 652, tras 16 años y cuatro meses de reinado. Hacía casi doce que había tomado Génova a los bizantinos, ampliando sus dominios hasta poseer toda Liguria y el valle del Po. Como conquistador, sometió a pillaje y arrasó muchas poblaciones cuyos habitantes hizo prisioneros. 

Según el historiador Pablo el Diácono, “fue fuerte y valiente y siguió el camino de la justicia; sin embargo, no mantuvo el camino recto de la fe cristiana, sino que se contaminó con la perfidia de la herejía arriana”. En efecto, Rotario restauró el antiguo apoyo al arrianismo, que se había perdido durante el reinado anterior. Para él era una forma de preservar la identidad de los lombardos y distinguirlos de la población nativa de Italia, que era católica. Sin embargo, permitió a sus súbditos total libertad para profesar la fe que estimaran mejor, y para ello se ocupó de que en sus ciudades hubiera siempre dos obispos, uno católico y otro arriano.


Le sucedió su hijo Rodoaldo, pero este solo reinó cinco meses. Al cabo de este tiempo fue apuñalado por un siervo de cuya mujer había abusado.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Goswinta, reina visigoda


Goswintha pertenecía a la aristocracia visigoda del siglo VI. Hacia el año 545, o tal vez algo después, se casó con Atanagildo, un poderoso magnate que a la muerte de Teudiselo ya reivindicó su derecho al trono. No lo consiguió entonces, pues fue Agila el elegido. 

Al cabo de un par de años Atanagildo protagonizó una rebelión contra el rey en Sevilla, una gran ciudad habitada por muchas familias de la aristocracia hispano-romana. La rebelión desembocó en una guerra civil durante el transcurso de la cual Atanagildo solicitó ayuda al emperador Justiniano, que envió a sus tropas. La contienda duró tres años. Al cabo de ese tiempo los godos, temiendo que Justiniano aprovechara sus luchas internas para apoderarse de Hispania, decidieron ponerle fin asesinando a Agila y reconociendo como rey a Atanagildo.

El nuevo monarca eligió como capital a Toledo, y allí residía toda la corte. Tenía dos hijas de Goswinta: Galswinta y Brunegilda, que alcanzaron la edad casadera durante los últimos años del reinado de su padre. El rey Sigeberto I de Austrasia eligió por esposa a Brunegilda, a quien Gregorio de Tours describe como bella, virtuosa, juiciosa y de trato agradable. La boda se celebró en Metz, y tras el enlace la nueva reina abjuró del arrianismo para convertirse al catolicismo.


Sigeberto tenía un hermano llamado Chilperico, que era rey de Neustria. Este no se caracterizaba por su rigidez de costumbres y, además de tener varias concubinas, estaba ya casado con Audovera, con quien tenía varios hijos; pero al tener conocimiento de la boda de su hermano con una princesa de tan alto rango, quiso aspirar también él a una hija de rey y solicitó la mano de Galswinta. Logró anular su matrimonio para poder desposarla, de modo que, con Audovera en el convento y libre ya el rey del obstáculo que hubiera impedido el enlace, la hija de Atanagildo partió hacia Neustria. Su esposo la recibió en Rouen y tras la boda también ella, al igual que su hermana, abrazó la fe católica.

El matrimonio fue un fracaso desde el principio, porque Chilperico no cumplió su palabra de alejar a sus concubinas y continuaba siendo el amante de Fredegunda, una aldeana franca que servía en palacio. Galswinta, descontenta, quiere regresar a Hispania, pero, aunque se muestra dispuesta a entregar la dote y abandonar incluso las ricas joyas que ha traído consigo, el rey la retiene con engaños y la hace estrangular en su lecho. Poco después Chilperico se casaba con Fredegunda.

No habría de transcurrir mucho tiempo entre la muerte de la reina de Neustria y la de su padre. Atanagildo fallecía en el año 568, dejando vacante el trono durante cinco meses, hasta la designación de Liuva, duque de la Narbonense. Este asoció al trono a su hermano Leovigildo, quien se hizo cargo de las provincias de Hispania mientras Liuva gobernaba el territorio al norte de los Pirineos. Leovigildo decide reforzar su poder aliándose con la familia del rey difunto, y para ello se casa con la viuda.


Goswinta era mujer inteligente y con gran sentido político, pero también una arriana fanática y, según Gregorio de Tours, la principal instigadora de las persecuciones contra los católicos en tiempos de Leovigildo. Este tenía dos hijos de su primer matrimonio: Hermenegildo y Recaredo, ambos asociados al trono desde muy jóvenes. Goswinta maniobró para que el mayor, Hermenegildo, se prometiera con Ingunda, la hija de Brunegilda y Sigeberto.

Ingunda, apenas una niña, llegaba a su destino en el año 579, pero la felicidad de Goswinta pronto se troca en decepción: la fe católica de su nieta era sólida, y no aceptaba convertirse al arrianismo. Viendo que la persuasión no daba frutos, la reina probó métodos más drásticos y llegó a maltratarla: la agarró del cabello con fuerza, la derribó y comenzó a cubrirla de golpes y patadas que la dejaron ensangrentada. A continuación ordenó que fuese arrojada a la piscina bautismal arriana, pero ni siquiera bajo tan graves circunstancias cedió un ápice Ingunda.

Así las cosas, el ambiente era irrespirable y la convivencia entre ambas un imposible. Leovigildo había confiado a su hijo el gobierno de la Bética y, para aliviar la tensión, se ocupó de el joven matrimonio abandonase cuanto antes la corte para residir en Sevilla. Una vez allí, fue Hermenegildo quien abrazó el catolicismo, por influencia de la esposa y del obispo San Leandro. Ese mismo año se rebela contra su padre y se proclama rey en los territorios que gobernaba, comenzando así una guerra de cinco años. Finalmente el príncipe fue hecho prisionero y moría a manos del carcelero Sisberto.


Ingunda huye con su hijo Atanagildo e intenta buscar refugio en Constantinopla, pero fallece durante la travesía. El rastro del niño se pierde al llegar a Bizancio, donde reinaba el emperador Mauricio.

El triste destino de la princesa no fue lamentado por Goswinta, que por razones de Estado tampoco tuvo empacho en negociar el matrimonio de Recaredo con la hija de Chilperico y Fredegunda. No se detuvo ante la consideración de que Chilperico era el asesino de su hija Galswinta, y si la boda no llegó a celebrarse fue tan solo porque el rey de Neustria moría cuando la novia ya estaba a punto de cruzar la frontera.

En el año 586 fallecía también Leovigildo, pero ello no supuso para la viuda su retirada de la vida pública. Por el contrario, Recaredo hubo de alcanzar un acuerdo con ella en virtud del cual la reconocía como su propia madre. El joven siguió sus consejos y fue un continuador de la política que ella había impulsado. Se trató de nuevo el asunto del matrimonio con una princesa franca, esta vez hermana de Ingunda, pero, dadas las malas experiencias de aquella princesa en la corte de Toledo y su trágico final, en Austrasia no aceptaron la propuesta.

Para entonces Goswinta ya era anciana y una catarata blanca velaba uno de sus ojos, pero sus energías no se hallaban mermadas. Ni siquiera logró fulminarla el peor de los golpes que se le podía asestar: la conversión de Recaredo al catolicismo cuando aún no llevaba un año de reinado. La anciana reina guardó silencio, pero cuando en dos ocasiones los arrianos trataron de sublevarse, ella se lanzó con vigor a las conspiraciones. Junto con el antiguo obispo de su fe, urdió una conjura contra Recaredo. Descubiertos ambos, el obispo fue exiliado mientras que el destino de Goswinta resulta incierto en las crónicas, que nos cuentan, de forma muy ambigua, que “llegó al fin de su vida”, algo que sugiere que tal vez la muerte no se produjo de modo natural.


miércoles, 26 de octubre de 2016

Los romanos y las joyas


Lo que los romanos llamaban ornamenta muliebria consistía en una serie de adornos femeninos, básicamente brazaletes, collares, anillos, pendientes, broches y horquillas. A veces las joyas con las que se cubrían las romanas eran tan desmesuradas que, según Plinio, Lollia Paulina, esposa de Calígula, en una ocasión normal podía llevar encima adornos por un valor de 40 millones de sestercios. Y no hacía falta ser la esposa de un emperador para recargarse de asombrosas cantidades de costosas joyas. Las señoras apreciaban especialmente las perlas y las esmeraldas, aunque no los diamantes, pues aún no se había descubierto el modo de tallarlos y pulirlos. 

Lo primero que hacía una matrona cada mañana era ocuparse de su aseo y su atuendo. Después de peinarse y maquillarse, se ponían las joyas con ayuda de esclavas llamadas ornatrices. Utilizaban horquillas que podían tener cabezas redondas o angulares, o con ojos para sujetar los cordones de perlas. Eran populares las que tenían forma de manos humanas. 

El cuello y el pecho se adornaban con collares o cadenas de oro, con perlas y joyas imitando objetos cotidianos: tijeras, anclas, llaves, pinzas o martillos pendían como colgantes. Se han encontrado en Pompeya muchos con cuentas de cristal de esmeralda, algunos con los llamados nudos de Hércules entre las cuentas, también conocidos como nudos de matrimonio, y que eran amuletos. 


Otras cadenas se enrollaban varias veces alrededor del cuello y caían por el pecho sujetando un amuleto de forma redonda que protegía contra la enfermedad y el mal de ojo. Los hombres llevaban la llamada bulla, inicialmente reservada a los hijos de familias nobles hasta la renuncia de la toga praetexta, según una vieja costumbre etrusca, pero extendida después a los hijos legítimos de los libertos. Cuando el niño alcanzaba la edad adulta, abandonaba la bulla junto con sus viejas vestimentas. Pero, por extensión, se llegó a llamar bulla a cualquier objeto parecido. En un periodo posterior las personas adultas, especialmente los generales victoriosos en sus triunfos, solían llevar una bulla protectora.

Los brazaletes tenían frecuentemente forma de serpiente enroscada, símbolo de inmortalidad, o eran simples aros o hilos de oro trenzados. En las tumbas se han encontrado algunos hechos de bronce o metales preciosos. Los etruscos los habían usado como adornos masculinos, y en tiempos del Imperio se les daba brazaletes a los hombres como recompensa por su valor.

Las romanas también llevaban pendientes. Había perlas y joyas sujetas a la oreja mediante ganchos de hilo de oro. Los crotalia eran una variedad que se componía de varios colgantes suspendidos de una barra horizontal. Su nombre deriva del sonido que hacían las perlas al entrechochar. Como no todas las mujeres podían permitirse llevarlos, para una romana eran símbolo de status, pues ese tintineo característico delataba su elevada posición. 

“Dos perlas, una al lado de la otra con una tercera en la parte superior, ahora se llevan en un solo pendiente. Las tontas extravagantes creen probablemente que sus maridos no están lo suficientemente molestos si ellas no llevan colgadas de sus orejas dos o tres herencias”. (Séneca)


Otra moda consistía en llevar como pendiente una única perla grande. Las perlas blancas alcanzaban precios elevadísimos. César regaló a la madre de Marco Bruto una que le había costado seis millones de sestercios (unos 9 millones de euros), y la que bebió Cleopatra disuelta en vinagre valía 5 millones de sestercios. Solían combinarse con lapislázuli, jaspe o cornalina.

Las matronas también gustaban de esmeraldas y amatistas, especialmente por las cualidades que se les atribuían. Se creía que las perlas atraían la felicidad, mientras que las esmeraldas las hacían fértiles.

El precio de los pesados pendientes solía ser tan elevado, que Petronio, en el Satiricón, hace decir a Habinas:

—Si tengo una hija, haré que le corten las orejas.

Se apreciaba mucho el ámbar. Incluso establecieron una ruta para su transporte desde Gdansk. Durante el reinado de Nerón trajeron tuvo lugar una expedición que regresó con tanto ámbar que se decía que era suficiente para construir un estadio. Hacia el final del Imperio, además, llegaban de Oriente zafiros y topacios.

Las romanas únicamente no usaban muchas diademas, aunque se han encontrado algunas que siguen la moda helenística.


Los anillos adornados con joyas y camafeos también alcanzaban un alto valor. Según costumbre heredada de los etruscos, se llevaba en la mano derecha un sello de hierro, algo que las familias antiguas continuaron respetando incluso después de la introducción de anillos de oro. Al principio solo los embajadores enviados al extranjero podían llevar anillos de oro. Era símbolo de su dignidad, y se les proveía de él con dinero público. Luego se extendió a senadores y magistrados de igual categoría, y más tarde a los caballeros. El privilegio acabó tan extendido que en tiempos de los primeros emperadores se había dado el anillo a tantos libertos que la distinción perdió su valor. Después de Adriano dejó de ser un signo de categoría, y Justiniano se lo otorgaba a todos los ciudadanos nacidos libres y libertos. 

Este annulus aureus se distinguía de otros adornados con piedras o camafeos y que podían llevar hombres y mujeres de todas clases. De hecho, las romanas los usaban con profusión, y, aunque los hombres solían llevar solo uno que servía para sellar con cera caliente, también llegaron a adornarse con varios. Tenían unos pequeños cofres especiales para guardar los anillos. Plinio nos cuenta: “Al principio era costumbre llevar anillos en el dedo anular solamente; después también ocupaban el meñique y el índice; solo el dedo corazón quedaba libre. Algunas personas se ponían todos los anillos en el meñique; otros solo ponían un anillo en él para distinguir que lo utilizaban para sellar”.

Los más adinerados tenían juegos de anillos, más ligeros para el verano y más pesados para el invierno, y se exhibían en sus cofres los camafeos que se traían como botín de guerras en el extranjero. Esta exhibición podía ser privada o pública; por ejemplo, Pompeya colocó una colección de camafeos en el Capitolio como ofrenda votiva, y César ofreció seis colecciones al templo de Venus Genetrix.


Por último, se servían de hebillas y broches para sujetar sobre el brazo derecho la palla de las mujeres y los extremos de la toga masculina. Al principio eran de bronce, más tarde de plata y oro, con frecuencia adornados con joyas y camafeos. Aureliano permitió llevar hebillas de oro en vez de plata, incluso a los soldados rasos. También llegaron a usarse monedas para adornar fíbulas o como colgantes.

En el año 215 a. C., a raíz de la derrota de Roma ante Aníbal, se impuso una forzosa austeridad para tratar de paliar las desastrosas consecuencias económicas. Se votó la Lex Oppia, que debía su nombre al tribuno de la plebe Cayo Oppio, una ley que regulaba los límites a los que debía someterse el atuendo femenino: no se permitía llevar más de media onza de oro en joyas y se prohibían los tintes caros.

Cuando la situación mejoró y desapareció el motivo para tanta restricción, las romanas se echaron a la calle en una gran manifestación que reclamaba sus antiguas libertades. Entraron en el Capitolio, ocupando todas las calles y los accesos al Foro. Fueron llegando mujeres desde otras ciudades para unirse a la protesta, y la rebelión alcanzó tales proporciones que Catón hubo de ceder y derogar la ley.


Adelanto que el sábado 26 de noviembre estaré en SEVILLA para presentar mi novela "La leyenda del enmascarado" en la Fiesta del Libro de Bormujos.



viernes, 21 de octubre de 2016

CASA DE FIERAS


Acaba de salir de imprenta la nueva antología en la que colaboro junto a un importante elenco de autoras contemporáneas que han querido sumarse a este genial proyecto de M.A.R. Editor. Encontraréis también, entre otros nombres de peso en el panorama literario, relatos de:

Lourdes Ortiz, finalista del Premio Planeta 1995.

Elena Marqués, finalista de la última edición del Premio de Novela Fernando Lara.

María Zaragoza, Premio Ateneo Ciudad de Valladolid.

Ángela Hernández Benito, directora de la Casa-Museo Zorrilla de Valladolid.

Olga Mínguez Pastor, ganadora de la última edición del Premio El Espectáculo Teatral

Rosario Martínez, accésit del Premio Poético Blas de Otero.

Este proyecto surgió el pasado abril en una reunión en Madrid de las autoras que participamos en la antología de Mujeres en la historia dedicada a la Ilustración, una obra que tuve el honor de dirigir. Allí, en la biblioteca Pública Eugenio Trías, en el parque de El Retiro, donde en otro tiempo había estado la Casa de Fieras, nuestro editor, Miguel Ángel de Rus, hizo la propuesta, y la acogida no pudo ser mejor. Pronto nos pusimos a la tarea de ofrecer un punto de vista femenino al tópico de la mujer mala. El resultado final no podía llevar otro título que aquel que inspiró la obra: “Casa de Fieras”.

Junto a mis compañeras en la Biblioteca Pública Eugenio Trías, Madrid, ante el cartel de "Casa de Fieras"

“Encontramos relatos de asesinas de ficción, de mujeres frías y despiadadas, algunas reales, pero también de mujeres traviesas, de mujeres que entienden la maldad de un modo muy distinto al habitual, con otra profundidad psicológica, transgresoras del orden social establecido porque consideran que ese orden las subyuga. En estos relatos, tan breves como contundentes, pasaremos del estupor a la risa, del crimen a la venganza tranquila, veremos cómo las mujeres pueden tramar desquites que los hombres ni imaginan y que los objetos sexuales pueden ser ellos.”

Toda la información en:





domingo, 16 de octubre de 2016

"La leyenda del enmascarado" en Conocer al Autor

Firmando en los estudios de grabación de Conocer al Autor, Madrid

Este es uno de los vídeos de presentación de “La leyenda del enmascarado” grabados en los estudios de Conocer al Autor, portal de promoción y difusión de la creación en el ámbito iberoameticano:


video


“…Pero luego, al llegar la mañana y despertar a su lado, una indeleble impresión de culpa enturbiaba su dicha, se instalaba en su mente como áspera pátina. El recuerdo la atormentaba entonces, amargaba sus placeres, iba horadando su alma con el férreo tesón de la gota de agua al golpear repetidamente sobre la superficie de la roca. Retazos de su pasado se engarzaban en una larga cadena sin resquicios, salmodiaban sus horas con la cadencia monocorde de una letanía infernal.

“Llegó a sentir temor: la asaltaba el pensamiento obsesivo de que él viniera un día desde el mundo de los muertos para reprocharle que prefiriera el lecho de su asesino entre todos aquellos a los que hubiera podido aspirar. Lo imaginaba como si lo tuviera ante sí, lamentándose, sin hallar reposo, maldiciendo su unión, torturando su conciencia… Tenía pesadillas en las que se le aparecía. Podía ver su mirada acusadora, ese azul otrora tan cargado de amor al posarse sobre ella y que ahora se volvía acerado como el brillo de una espada vengadora.

"A veces yacía con los ojos abiertos aguardando el alba, escudriñando las tinieblas, escuchando el bramido estentóreo de su propio terror en el silencio de la noche, olfateando el aire enrarecido en busca de la acre pestilencia de la muerte, temiendo el gélido roce de las ánimas. En tales momentos, cuando el pavor se apoderaba de ella, se espantaba de las sombras que iba creando la luz rosada de la aurora al comenzar a filtrarse en la alcoba; los aullidos de los perros le causaban sobresalto; se estremecía con el suave siseo que producían las faldas de sus servidoras al acercarse, cuando la mañana volvía a traer la actividad al castillo."

Se encontrará también el vídeo con la lectura del fragmento en este enlace: