martes, 5 de mayo de 2015

La locura de Ibrahim I


El sultán Ibrahim I, llamado “el Loco”, sentía tal atracción por las mujeres obesas y con busto generoso que enviaba a sus hombres por todos los rincones de su Imperio con la misión de traerle las más gordas que encontraran. Su favorita resultó ser una armenia que pesaba unos 150 kilos.

Vivía aterrado, y no era para menos: su hermano Murad, al que sucedió en 1640, había ejecutado al resto de los hermanos, y a punto estuvo de acabar con él también. En su lecho de muerte había ordenado su asesinato para atajar aquella “semilla de locura” latente en la dinastía, pero su madre intervino y le salvó la vida. Ibrahim tenía tal pánico de Murad que cuando fueron en su busca para proclamarlo sultán, lo encontraron encerrado a cal y canto. Temía que en realidad siguiera vivo en algún lugar y se propusiera atacarlo, y exigió que le trajeran su cuerpo antes de salir de allí. Cuando finalmente se convenció, fue corriendo por todo el harén gritando:

—¡El carnicero del Imperio ha muerto!


Después de eso dejó que su madre, Kösem, gobernara mientras él se refugiaba en su cada vez más extenso harén. Como no se caracterizaba por su potencia sexual, Kösem tenía que proporcionarle afrodisíacos frecuentemente. Ibrahim otorgaba mucho poder a sus favoritas, y elevó a ocho de ellas a la categoría de consorte real.

Un día la armenia le dijo que corría el rumor de que una de sus concubinas había tenido un comportamiento poco honesto con un forastero, pero que no conocía los detalles, ni siquiera le identidad de la concubina. El comentario enfureció a Ibrahim, que durante tres días se mostró de muy mal humor. Su hijo Mehmed tuvo la mala fortuna de hacer una broma que no le gustó justo por esas fechas, y la reacción del sultán fue sacar la daga y hacerle una cicatriz en el rostro del niño.

El jefe de los eunucos, que era el hombre más poderoso después del gran visir, intentó averiguar la identidad de la concubina infiel torturando a algunas mujeres del harén, pero no consiguió el nombre de la culpable. El irritado sultán decidió entonces que todas ellas, 280, fueran metidas en sacos y arrojadas al Bósforo. Solo excluyó a la armenia y a la madre de su primogénito.

Murad IV

Durante los cuatro primeros años de reinado la administración gozó de cierta estabilidad gracias a los esfuerzos del gran visir, que continuó con las reformas políticas y económicas ya iniciadas en tiempos de Murad. Pero la corrupción proliferaba, los cargos se venían al mejor postor o se regalaban a los favoritos. Aumentaban sin freno los impuestos y todos los recursos se agotaban en satisfacer los excesos y extravagancias del sultán. El 8 de agosto de 1648 estalló una revuelta. Los jenízaros, mal pagados, se sublevaron, despedazaron al gran visir y depusieron a Ibrahim.

El sultán depuesto fue confinado en una habitación de palacio mientras proclamaban a su primogénito, Mehmed, un niño de solo siete años. Su encierro empeoró su inestable salud mental. Si antes sufría depresiones y frecuentes ataques nerviosos, ahora no dejaba de gritar noche y día, temeroso de que se propusieran asesinarlo. Y no se equivocaba: apenas diez años después, por temor a que sus partidarios lo liberaran, Ibrahim fue estrangulado con la cuerda de un arco y enterrado en la mezquita de Hagia Sofía.


miércoles, 29 de abril de 2015

Le Guast, "Nacido para el Mal"


En la Biblioteca Nacional de Francia se conserva un dibujo que retrata el rostro felino de Louis de Béranger, Sieur du Guast (Señor de Le Guast), con sus facciones angulosas, barba en punta, labios finos de gesto desdeñoso y mirada dura e irónica a la vez, reveladora de audacia y astucia. Hay algo en él que resulta imponente e infunde respeto en quienes le rodean, incluso miedo a veces. Son muchos los cortesanos que llegarán a odiarlo por su insolencia y su orgullo desmedido, pero, sobre todo, por la enorme influencia que ejerce sobre su amigo, el que fuera primero duque de Anjou y después Enrique III de Francia. 

Miembro de una antigua familia del Delfinado, Louis había nacido en 1540. Treinta años más tarde lo encontramos en la corte como gentilhombre de cámara y capitán de la guardia del duque de Anjou. Le es absolutamente leal a Enrique, a quien acompañará incluso a Polonia, y le aconseja con una franqueza que llega a ser brutal. No vacila a la hora de denunciar ante él a los personajes más encumbrados, aunque sean los propios hermanos de Anjou. Fue él mismo quien le reveló los amores de Margot con el duque de Guisa, y quien consiguió la carta que demostraba la relación a través de una servidora de la princesa. Para Margot, Le Guast era su bestia negra; en sus memorias se refiere a él como “ese hombre malvado, nacido para hacer el mal”.

Era un notable espadachín, probablemente la mejor espada de Francia, pero en su persona la violencia coexistía sin problemas con una cultura esmerada y una inteligencia despierta. Mujeriego empedernido, se negaba a casarse. Cuando un día Brantôme le sugirió hacerlo, su respuesta fue que hasta entonces lo había tenido por uno de sus mejores amigos, pero que se había desengañado al ver que le proponía lo que él más detestaba: casarse y convertirse en cornudo en lugar de seguir burlando él a los demás. Decía que ya tenía suficientes mujeres al año, y consideraba el matrimonio una especie de prostitución regulada por ley.


Uno de los cortesanos a los que convirtió en cornudos fue el padre de la célebre Gabriela d’Estrées. Françoise, la madre de Gabriela, estaba loca por Le Guast, y se trataba de algo público y notorio. En una ocasión la dama entró en el gabinete de Catalina de Médicis mientras Margot se encontraba allí. La princesa, que no solía morderse la lengua, comentó con desprecio:

—Ahí está la perra del capitán.

Un insulto que Françoise no sufrió sumisamente, sino que haciendo un juego de palabras, replicó:

—Prefiero serlo del capitán que del general.

Y al decir “general” quería expresar “todo el mundo”.

Margot tenía sus motivos para sentirse aludida. También los tenía para odiar de tal modo a Le Guast. Todo había comenzado con el asunto del duque de Guisa, pero no se detendría ahí. La espiaba constantemente, delataba sus conspiraciones, sus intrigas con su hermano menor y sus asuntos amorosos. La hacía seguir cuando salía en su carruaje para reunirse con alguno de sus amantes, se lo contaba a Enrique, y posteriormente incluso a su marido. En una ocasión hizo registrar la casa donde creía que ella se encontraba con un caballero, para disgusto de Catalina de Médicis.


Le Guast se había convertido en un personaje muy molesto para muchos poderosos personajes, de modo que un día se decidió su muerte. Nunca se ha sabido a ciencia cierta quién ordenó el asesinato, pero sí que su brazo ejecutor fue Guillaume Duprat, Barón de Vitteaux, muy ducho en esos asuntos. El cronista Pierre de L’Estoile apunta hacia el padre de Gabriela, que habría obrado por celos y deseoso de vengar sus cuernos. De Thou deja entrever la posibilidad de que fuera Margot la instigadora, harta del acoso al que la sometía Le Guast. Pero el abanico de sospechosos es más amplio: Vitteaux pertenecía al círculo de Alençon, y además la propia Catalina de Médicis lo odiaba profundamente desde aquel escándalo del infructuoso registro de la casa.

Louis sabía que tenía motivos para temer a los poderosos, y por eso siempre salía en compañía de gente de armas que lo escoltaban y a los que incluso sentaba a su mesa. Se alojaba habitualmente en el Louvre, y después de haber dejado a sus guardias a las puertas de los aposentos del rey, los hacía colocar igualmente a las suyas. Pero Vitteaux sabía que Le Guast se alojaba a veces en una casa de la rue Saint-Honoré, donde podía reunirse más discretamente con Françoise. Esos días los arcabuceros del Louvre acudían por la mañana a montar guardia en la calle hasta las diez o las once de la noche. Fue hacia esa hora, el 31 de octubre de 1575, cuando el asesino y tres cómplices, disfrazados de arcabuceros, lograron entrar en la casa. Le Guast leía, acostado en la cama, y reconoció a Vitteaux antes de que comenzaran a llover sobre él dagas y espadas. Todo concluyó en apenas unos minutos. Louis quedaba moribundo sobre el suelo mientras sus asesinos se retiraban con todo sigilo.




sábado, 25 de abril de 2015

La Belle Dame Sans Merci

Frank Dicksee - La Belle Dame Sans Merci

Alain Chartier escribió en el primer cuarto del siglo XV un poema titulado La Belle Dame sans Merci (La Bella Dama sin Piedad), sobre el tema del amor cortés. Se trata de un diálogo entre el amante y su dama. Siglos más tarde, en 1820, el irlandés John Keats tomó el título para una de sus obras, un poema cuya estructura es la de una balada tradicional y que inspiró hermosos lienzos durante la época victoriana. El poema de Keats recuerda las leyendas y mitología celta sobre el mundo de las hadas, criaturas crueles alejadas de la imagen que se tiene de ellas hoy día.

El poeta, que iba a sucumbir a la tuberculosis con solo 25 años, escribió esta obra cuando ya se encontraba enfermo. El mal se había cebado con su familia, primero con su madre y después con su hermano, al que él mismo hubo de cuidar. Keats se hallaba en plena juventud y profundamente enamorado de Fanny Brawne. Sin embargo, sabía que iba a morir. De esta terrible crueldad nace el poema.

Trató desesperadamente de eludir la muerte viajando a Italia, de clima más benigno. Se trasladó a Roma invitado por su amigo Shelley, pero finalmente acabó falleciendo allí. Sobre su tumba está escrito el bello epitafio que él eligió: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”.

Dante Gabriel Rossetti, 1848

Keats mantuvo el título en francés, y a este respecto existe la curiosa teoría de que ello se debe a que durante aquella época los británicos asociaban a las francesas esta clase de femme fatale, un tema muy atrayente para los artistas victorianos.

El primero en ocuparse de La Belle Dame sans Merci fue Dante Gabriel Rossetti. En 1861 también Arthur Hugues representarse a la bella de cabellos rojos en un maravilloso lienzo en el que pueden verse tras ella los espíritus de sus víctimas. 

Arthur Hugues

Poco después es el turno de Walter Crane, que la retrata cantando la melodía de hadas que hechiza al caballero.

Walter Crane

A finales de ese siglo también Waterhouse sucumbe a ella y la representa envolviendo al amante en sus propios cabellos.

John William Waterhouse

Posiblemente una de las obras más bellas es la de Dicksee, que la coronó con la guirnalda de la que habla la quinta estrofa y la presenta en el momento de la seducción. Otros artistas que pintaron a la dama fueron Neatby y Henry Meynell Rheam.

Henry Meynell Rheam

A principios del siglo XX Robert Anning Bell nos presenta a una dama con el caballero en su gruta encantada, él arrodillado y suplicante. 

Robert Anning Bell

De la misma época es el lienzo de Cadogan Cowper. Ella aparece sola y tocando el laúd, un instrumento que no forma parte del poema. Más adelante el artista haría esta otra versión:

Cowper

En 1908 William Russell Flint realiza la última. Tras la dama hay colgado un escudo en el que puede leerse el lema: “fide sed cui vide” (confía, pero mira en quién confías).

William Russell Flint


LA BELLE DAME SANS MERCI - JOHN KEATS

¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas, vagabundo pálido y solitario? Las flores del lago están marchitas; y los pájaros callan.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero en armas, tan macilento y dolorido? La ardilla ha llenado su granero y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente, bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre, y en tus mejillas una rosa sufriente, también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera, de belleza consumada, bella como una hija de las hadas; largos eran sus cabellos, su pie ligero, sus ojos hechiceros.

Tejí una guirnalda para su cabeza, y brazaletes y un cinturón perfumado. Ella me miró como si me amase, y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel, y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día; pues sentada en la silla cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores, y miel silvestre y rocío celestial, y sin duda en su lengua extraña me decía: Te amo.

Me llevó a su gruta encantada, y allí lloró y suspiró tristemente; allí cerré yo sus ojos hechiceros con mis labios.

Ella me hizo dormir con sus caricias y allí soñé (¡Ah, pobre de mí!) el último sueño que he soñado sobre la falda helada de la montaña.

Ví pálidos reyes, y también princesas, y blancos guerreros, blancos como la muerte; y todos ellos exclamaban: ¡La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo!

Y ví en la sombra sus labios fríos abrirse en terrible anticipación; y he aquí que desperté, y me encontré en la falda helada de la montaña.

Esa es la causa por la que vago, errabundo, pálido y solitario; aunque las flores del lago estén marchitas, y los pájaros callen.


martes, 14 de abril de 2015

Del jabón al detergente


Encontramos los primeros indicios del uso del jabón en la antigua Mesopotamia, en torno al año 2800 a.C. Se trataba, según consta en alguna descripción, de una mezcla de grasas hervidas con cenizas. 

Se supone que fueron los fenicios quienes lo introdujeron en Europa en el 600 a. C. Los griegos y romanos solían limpiar su piel aplicando aceite de oliva y arena que después quitaban con un raspador, pero también conocían el jabón. Prueba de ello son las ruinas de una fábrica descubierta en Pompeya. De todos modos, en un principio el método empleado por las mujeres en la antigua Grecia no era tan sofisticado como frotarlas con jabón; por el contrario, Homero lo describe como “pie de doncella”, pues consistía en que la mujer pateaba la ropa en el río hasta dejarla limpia.

Con la caída del Imperio Romano, los hábitos higiénicos de la población fueron cambiando, o tal vez debería decir desapareciendo. El jabón cayó en desuso. Las sucesivas oleadas de invasores bárbaros fueron arrasando a su paso edificios y costumbres, y la mayoría de los baños romanos no resistieron su avance. El pensamiento cristiano que se impuso durante la Edad Media no ayudó a recuperarlos, pues se pensaba que eso de ir limpio y oler bien fomentaba la tentación y era, por tanto, pecaminoso, pura vanidad; lascivia, incluso. El baño completo y sin ropa quedaba descartado, y acudir a los baños públicos era el acabose, porque a saber qué pecados se podrían cometer o imaginar allí en semejante situación. Aquellas piscinas de mármol romanas, aquellos baños turcos se convertían en sospechosos de alentar el vicio y la depravación. Las gentes huían de todo ello como del diablo; no se bañaban por no condenarse, y de ese modo padecían muy cristianamente la peste y cuantas enfermedades se propagaban entre la mugre. 

Sin embargo, siglos más tarde renacería la industria jabonera y se convertiría en un refinado arte que tuvo su sede principal en las ciudades italianas de Venecia y Savona. En el año 800 la mayor fabricante y exportadora de jabón era España. Los árabes habían introducido en la península jabones más fuertes que se extendieron así por los países mediterráneos.

En el siglo XV surge el jabón de Marsella, del que derivan los que conocemos actualmente. Se preparaba a base de huesos y grasas vegetales, razón por la cual la industria floreció en las ciudades mediterráneas donde abunda el aceite de oliva. Un siglo más tarde comenzaban a desarrollarse las técnicas para fabricar un jabón más puro.

Pero su uso continuaba sin ser tan frecuente como hubiera sido deseable. La prevención contra el baño no solo se asentaba sobre principios religiosos medievales; por el contrario, si se mantuvo durante tantos siglos fue debido a la creencia generalizada de que el agua, en especial la caliente, favorecía el contagio al ayudar a introducir a través de la piel gérmenes como por ejemplo del de la sífilis. El perfume, en cambio, se pensaba que contribuía a alejar la enfermedad. Atrás quedaban los tiempos en los que Galeno había apreciado el uso curativo del jabón.

Aún durante los siglos XVII y XVIII, aunque se podían alquilar bañeras y había baños públicos, estos solían ser establecimientos de mala reputación dedicados a satisfacer discretamente otro tipo de necesidades, de modo que la gente solía preferir el agua de los ríos. Un recurso era sustituir el agua y jabón por una tela mojada en espíritu de vino, un poderoso alcohol con efecto desinfectante. Afortunadamente el día de San Juan quedaba excluido de estas prevenciones populares, y se consideraba que bañarse en esa fecha protegía contra las enfermedades. 

En 1810 se reguló la producción de jabón. Cada jabonería debía poner su propia marca y garantizar la calidad de su producto, y había una comisión de control que velaba por el buen funcionamiento de todas ellas.


Para pasar del jabón al detergente haría falta que transcurriera aún mucho tiempo. El detergente nació en 1890, gracias al descubrimiento del químico alemán A. Krafft, un químico alemán. Sin embargo, en aquel momento nadie vio utilidad a aquel invento, que quedó como una mera curiosidad. Habría que esperar a la Primera Guerra Mundial, cuando el bloqueo aliado hizo que el jabón fuera un artículo difícil de conseguir en Alemania. Hubo entonces dos químicos que recordaron aquella extravagancia de Kraft y fabricaron el primer detergente, con la intención de que sirviera tan solo para sustituir al jabón en tiempo de guerra. Pero el éxito del invento resultó ser tal que para el año 1930 se fabricaba ya en buena parte del mundo.

El jabón desodorante también surgió más o menos por los mismos años. Se desarrolló a raíz de descubrir los científicos el papel de las bacterias en la aparición del mal olor. El primero de ellos fue una crema, Mum, inventada por los norteamericanos en 1888. Hasta esa fecha, la gente combatía el problema frotando las axilas con amoniaco diluido en agua, o bien trataban de disimularlo a base de perfume, lo que solo conseguía empeorarlo.

Y aún faltaba un adelanto más: el jabón dermatológico, nacido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fue preciso idear un jabón menos agresivo que pudiera ser utilizado con agua de mar. De ese modo podrían emplearlo los marines destinados en el Pacífico.


domingo, 5 de abril de 2015

Napoleón y la Gioconda


“Es más vieja que las rocas entre las que se sienta; como el vampiro, ha estado muerta muchas veces, y ha conocido el secreto de la tumba”. Walter Pater


La Gioconda es seguramente el lienzo que más fascinación ha suscitado durante siglos, desde que el rey Francisco I de Francia lo adquiriera. La mujer del retrato es Lisa Camila Gheradini, segunda o tal vez tercera esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo, un rico comerciante que ocupó un cargo en el gobierno de Florencia y con el que Lisa tuvo cinco hijos. Gioconda es, por tanto, su nombre de casada.

Al parecer Francesco estaba enamorado de su mujer, con la que contrajo matrimonio cuando ella era apenas una adolescente de quince años, y fue él quien encargó su retrato a Leonardo da Vinci con motivo del nacimiento de uno de sus hijos. Leonardo aceptó el encargo porque andaba escaso de recursos en ese momento, pero poco después viajaba a Milán y dejaba el retrato sin terminar. El cuadro nunca fue entregado ni pagado, y el pintor lo terminó muchos años después, mientras estaba en Francia.

Francesco fue el primer admirador de Lisa, pero a él seguirían muchos otros a lo largo de los años. La Gioconda terminó en el Louvre. Durante el siglo XIX se convirtió en objeto de fascinación para los románticos; recibía flores, poemas y notas apasionadas que desconcertaban a los estudiosos del cuadro. “Amantes, poetas, soñadores, acuden a morir a sus pies”, escribió un conservador del museo. Y no exageraba: Los espíritus más arrebatados llegaban al suicidio. En 1852 un artista se arrojó desde la cuarta planta de un edificio de París tras dejar una nota de despedida en la que decía “Durante años he luchado desesperadamente contra su sonrisa. Prefiero morir”. Théophile Gautier decía que aquella boca hacía que los espectadores se sintieran como tímidos escolares en presencia de una duquesa, y llamaba a la Gioconda la esfinge de la belleza.

Ni siquiera Napoleón Bonaparte había sido insensible a su influjo. El emperador tenía el retrato colgado en su dormitorio en el palacio de las Tullerías. Estaba fascinado por la Gioconda, a la que él llamaba “Madame Lisa”, y posiblemente por esa razón puso sus ojos en una joven llamada Teresa Guadagni.

En 1805, después de que el Senado proclamara el Primer Imperio francés, Napoleón confió a su hermana Elisa el gobierno de una gran parte de Italia. Dos años más tarde Elisa fundaba una escuela para jóvenes aristócratas, con el objetivo de convertirlas en futuras esposas bien educadas y refinadas, y reclutó a las más bellas entre aquellas jovencitas como damas de compañía. 

Una de ellas fue aquella Teresa Guadagni, nacida en 1790 y descendiente precisamente de Lisa Gherardini. Al igual que su antepasada, Teresa poseía, al parecer, un atractivo especial, y guardaba un parecido tan curioso y remarcable con ella que pronto acaparó la atención del emperador. 

Napoleón la vio probablemente por primera vez en París, una ciudad que Elisa continuaba visitando con frecuencia en compañía de su séquito, y no tardó en poner cerco a la bella. Pero cuentan que Teresa resistió sus avances, y que el emperador nunca obtuvo de ella nada más que aquella enigmática sonrisa que le devolvía el retrato de su “Madame Lisa”. 

La historia de Napoleón a partir de ese momento nos es bien conocida: en 1810 se divorció de Josefina y se casó con María Luisa, y cinco años después partía al exilio tras ser derrotado en Waterloo. La vida de Teresa, en cambio, transcurrió de un modo más silencioso. A la caída de Bonaparte Teresa se casó con un conde italiano, y la historia pierde memoria de ella.

¿Y la Gioconda? ¿Fue una moda pasajera que terminó con los últimos románticos? No.

Durante la Belle Epoque, las mujeres procuraban adoptar su aire y embadurnaban rostro y cuello con polvos amarillos para adquirir la tonalidad del retrato mientras trataban de imitar su sonrisa. En los cabarets de París había bailarinas vestidas como ella para bailar el can-can.

Pero la influencia de la Gioconda se extendía a todos los ámbitos, y así, no solo fue motivo de inspiración para gran número de escritores, sino que también la encontramos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los británicos utilizaron el siguiente mensaje cifrado para contactar con la resistencia francesa: 

“La Joconde garde un sourire”.


miércoles, 1 de abril de 2015

Catalina de Médicis y la gastronomía


"Al llegar a Francia trajo consigo de todo: cocineros, reposteros, vinateros… Sus banquetes y fiestas serían recordados por siglos. No en vano, cada convite era un acto político al servicio de sus intereses, además de para mostrar a ojos de sus invitados su poder y el de la monarquía francesa. Y lo más importante: la cocina francesa puede dar gracias a ella, en parte, lo que es ahora ...trajo consigo sabores dulces y salados, el uso del aceite de oliva, la preparación de la pasta, del pato a la naranja, de la sopa de cebolla o del pollo al vino… Incluso la preparación de los hojaldres y vol-au-vent. Más allá: de no ser por Catalina de Médici, posiblemente los franceses desconocerían los helados cremosos, las esculturas de azúcar o golosinas y dulces de todo tipo."

Ediciones Áltera publica hoy un artículo sobre Catalina de Médicis y su pasión por la cocina. Si queréis conocer más curiosidades sobre este tema, las encontraréis en este enlace:


Y con él les deseo unas felices Pascuas a todos. Nos vemos tras las cortas vacaciones.




sábado, 28 de marzo de 2015

Las rosas de Heliogábalo


Vario Avito Bassiano, posteriormente llamado Heliogábalo, fue sin duda uno de los más peculiares emperadores romanos. Nacido en Siria hacia el año 203, en su adolescencia fue sacerdote del dios El-Gabal, del que deriva su nombre.

Contaba alrededor de catorce años cuando fue proclamado emperador, y su reinado supuso grandes cambios en Roma. Uno de ellos fue en materia religiosa, puesto que reemplazó a Júpiter por su propia divinidad. Según Herodiano, Heliogábalo continuó practicando en Roma los mismos ritos que había aprendido desde la infancia en su ciudad natal. Se vestía con ricas túnicas púrpura bordadas en oro, se ponía collares y pulseras y una tiara adornada con joyas. Despreciaba el paño romano y el griego, y solo encontraba aceptable el procedente de Siria. Así vestido, y acompañado por la música de flautas y tambores, procedía a honrar a su dios en excéntricas ceremonias en las que los personajes más destacados estaban obligados a participar. El emperador se subía al altar “con atuendo afeminado y las tetillas al aire”, para consternación de sus espectadores.

Su abuela, Julia Mesa, había intentado persuadirlo para que vistiera al uso romano cuando entrara en la ciudad y se dirigiera al senado, temiendo que su aspecto resultara demasiado bárbaro y ofensivo. “No estaban acostumbrados a tal atuendo y consideraban su atavío propio solo de mujeres”. Pero Heliogábalo no escuchaba los consejos de la abuela, y prefería prestar oídos a aquellos que lo adulaban. Incluso hizo pintar un retrato en el que aparecía de cuerpo entero sirviendo al dios con dichos ropajes. La imagen mostraba al emperador haciendo sacrificios bajo auspicios favorables. Heliogábalo hizo que enviasen el retrato a Roma para que se luciera en el centro del Senado. Al mismo tiempo ordenaba sacrificios públicos al nuevo dios, que debería tener precedencia sobre todos los demás que se invocaban en los ritos.


Cuando llegó a Roma, repartió dinero según la tradición y derrochó en espectáculos a cada cual más extravagante. Erigió un enorme templo a su divinidad en la ladera oriental del Palatino. Allí sacrificaba hecatombes y numerosas ovejas. Las colocaba sobre los muchos altares de los que había rodeado el templo, ante los que depositaba también jarras con los mejores vinos para que después los arroyos de sangre corrieran mezclados con el vino. Mientras tanto él bailaba al son de toda clase de instrumentos, con mujeres de su tierra que lo acompañaban en la danza alrededor de los altares. Los patricios y senadores debían permanecer observando como espectadores en un teatro.

Las entrañas de los animales sacrificados eran luego transportadas en recipientes de oro, sin que ningún hombre de baja condición pudiera intervenir en el proceso. Los encargados del transporte eran los magistrados más importantes, vestidos con túnicas de manga larga con una banda púrpura en el centro.

Heliogábalo construyó teatros y pistas de carreras para agradar al pueblo, y durante las celebraciones colocaba al dios en un carro tirado por seis caballos blancos y adornado con oro y piedras preciosas. Él mismo llevaba las riendas del carro mientras montaba su propio caballo de cara al dios y de espaldas al camino, escoltado a ambos lados para impedir que se cayera a lo largo de un trayecto que aparecía lleno de polvo de oro. La gente corría a su paso portando antorchas y arrojando flores.

La vida conyugal del emperador fue ciertamente agitada. Se casó cinco veces. La primera esposa fue Julia Cornelia Paula, en el 219, un matrimonio concertado por la abuela. Heliogábalo la proclamó augusta, pero meses más tarde le retiraba los honores imperiales y se divorciaba de ella para casarse con Aquilia Severa. Como esta era una vestal, el asunto fue un escándalo objeto de mucha polémica. El emperador dirigió una carta al senado explicando que no había podido resistir la arrolladora pasión que le inspiraba, y que, como él también era sacerdote, consideraba que su matrimonio con una sacerdotisa era perfectamente legal.

Poco después de casarse con la vestal se separaba de ella para desposar a Annia Faustina, bisnieta de Marco Aurelio y viuda de un hombre al que él mismo había ejecutado para poder desposarla. El matrimonio se celebró en julio del 221, pero a finales de ese año también se divorciaba de ella y volvía a casarse con la vestal.

Le tomó tanta afición al matrimonio que buscó también esposa a su dios. Hizo traer una estatua de Palas Atenea para casarla con él, pero entonces cayó en la cuenta de que la divinidad seguramente no estaría muy complacido con una diosa vestida con armadura. Seguro de que Urania sería una esposa mucho más adecuada, mandó a buscar su estatua a la colonia de Cartago. Con el anuncio de que estaba concertando un matrimonio entre el sol y la luna, hizo que le trajeran todo el oro que había en el templo y exigió una suma de dinero como dote de la novia. Cuando llegó la estatua a su destino, ordenó que toda Italia lo celebrara pública y privadamente con gran derroche.

Según la Historia Augusta, Heliogábalo también se casó con un atleta llamado Zotico. El emperador aparecía en público con los ojos y mejillas pintadas, se depilaba, lucía pelucas y tomaba amantes masculinos, entre ellos el auriga Hierocles, al que consideraba su esposo y al que incluso quiso convertir en su sucesor al frente del Imperio.

Dion Casio cuenta lo siguiente al respecto de esa relación:

“Imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser sorprendido in fraganti, a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendido por su marido [Hierocles] y golpeado hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este grave trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en ese mismo instante”.


El mismo autor lo llega a acusar de prostituirse en el propio palacio:

“Reservó una habitación en el palacio y allí cometía sus indecencias, permaneciendo siempre desnudo en el umbral, como hacen las prostitutas, y moviendo la cortina que colgaba de anillos dorados, mientras que en una voz suave y conmovedora se ofrecía a los que pasaban por el corredor”.

Herodiano va más allá y afirma que Heliogábalo había ofrecido una fortuna al médico que fuera capaz de dotarlo de genitales femeninos.

Su pasión por Hierocles fue el detonante que precipitó su caída. La guardia pretoriana estaba cada vez más descontenta con sus excentricidades y con dicha relación. Hubo un motín. Heliogábalo intentó huir escondido en un arcón, pero fue descubierto y asesinado mientras su madre también moría abrazada a él. El joven emperador solo tenía 18 años. Después ambos fueron desnudados, despedazados y arrastrados sus despojos por la ciudad.

Cuando se recuerda a Heliogábalo, resulta difícil delimitar la frontera entre leyenda y realidad. Sus excentricidades se exageraron tanto que dieron origen a relatos como el que inspira el maravilloso lienzo de Alma-Tadema: las rosas de Heliogábalo. Según esta leyenda, durante el transcurso de una fiesta del emperador, este mandó que cayeran desde el techo tantas violetas y rosas sobre sus invitados que provocó la muerte por asfixia de algunos de ellos.


jueves, 26 de marzo de 2015

Escritores de Hoy elige el libro del mes


Tenemos una noticia que celebrar: Escritores de Hoy ha elegido La Corte del Diablo como libro del mes y nos deja una preciosa reseña:

"…Cortesanos y cortesanas al cabo de conspiraciones, amoríos interesados, manejos despiadados para conseguir más poder y, más que nobles, gañanes ansiosos de oro y favores reales. Tendrás la sensación de estar viviendo allí mismo...

"...Montserrat Suáñez dibuja más que escribe, sin cansar, acompasando la acción que va desde la sutileza amorosa más romántica hasta los deseos de guerra más enfervorecidos.

"Más que recomendable si añora la literatura de verdad."



Muchas gracias a Escritores de Hoy, y también a Raquel Campos, autora de novela romántica. Raquel hace una amplia reseña en su blog sobre La Corte del Diablo para concluir con una muy favorable opinión.

“Esta historia me ha encantado. Con una trama que atrapa desde la primera página y que no puedes dejar de leer… La ambientación está muy bien cuidada y es donde se aprecia la labor de documentación de la autora. Los detalles sobre la época, tanto políticos como cotidianos, la forma de vivir, los vestidos, etc., todo ello nos adentra en la época desde el principio… En definitiva, una historia que conjuga acción, intriga, odio, amor, amistad, lealtad, ambición y traición, además de muchos enredos. Muy recomendada.”



Este fin de semana esperamos continuar con nuestra labor habitual en este blog. Muchas gracias.